lunes, 25 de abril de 2011

¿Quién está tan loco como para oponerse?

El hombre de túnica escarlata se encontraba mirando por las enormes cristaleras que daban a la plaza de San Jorge, donde la ciudad bullía de actividad. Mercancías, comidas, armamento, reclutamiento de tropas... aún así los niños seguían jugando en la fuente de la plaza, ajenos a la guerra. El gentío no era para menos, Ciudad Vaticana era el centro de todo el país y además estaban invadidos por el extranjero. Desconocía las verdaderas intenciones del Empereur para iniciar semejantes guerras a gran escala e invasiones, e incluso por qué había abierto un segundo frente en Ussura: a lo mejor era una ambición enorme, a lo mejor combinada con avaricia, afán de poseer el mundo, pero él sospechaba que se hubieran lanzado a la invasión por las malas cosechas que sufría Mountaigne, después de todo, se sabía que habían ignorado los consejos de los cardenales por cuidar las tierras, por mantenerlas en reposo...quien sabe, a lo mejor era un poco de todo, o demasiado de todo. A él no le interesaba los motivos de la guerra, solo sabía que le servía a sus intereses y que tenía los contactos suficientes para meter mano en los acontecimientos y aprovecharse de la situación. El hombre de sotana escarlata tocó el crucifijo dorado del Profeta que colgaba de su cuello y sonrió. Podría ser el momento que estaba esperando...pudiera ser. Todos los acontecimientos eran propicios a dar un golpe decisivo, esta vez de verdad, rápido, contundente y sin vuelta atrás.
-Bernardo.- llamó el hombre con voz templada.
-Sí, ¿Su Eminencia?
-Quiero que contactes con mis aliados y subordinados.
-¿Señor?
-Diles que es posible...-tomó una pausa para sonreir- que el momento de actuar es inminente. En cualquier momento podremos proceder.
-Sí, Su Eminencia.- dijo el criado mientras se retiraba del despacho con una reverencia.

El hombre de escarlata volvió a mirar por la cristalera y observó al populacho. Su expresión era de odio. Ganado desvariante que se ahoga en el pecado, en los vicios. El hombre nunca aprendería de sus errores. Habían pasado miles de años y el ser humano era igual de idiota, avanzado, pero idiota. No eran más que asesinos, un depredador para el mismo hombre, un cáncer que arrasaba la naturaleza que les había regalado el mismo Dios. El ser humano, supuestamente hijo de Dios, era casi una propia herejía. Seguramente aquél era el enigma del mundo, que los hijos de Dios eran el mayor sacrilegio que pudiera existir. Sus existencias carecían de sentido sin un orden. Eran un mal y una plaga que podía razonar. El hombre no era más que un lobo para el mismo hombre. Pero él, era diferente. Él era superior, no pertenecía a ese sucio rebaño.

- Y esta vez no habrá fallos.- concluyó en voz alta mientras la puerta de su despacho se cerraba con un chirrido lastimoso.

Si todo salía bien, todo el mundo tal y como es conocido cambiaría...y ya no habría vuelta atrás.

"Pero, ¿que loco necio iba a enfrentarse a mis designios?" pensó con burla mientras se le escapaba una risa gutural.

Corrió con violencia las cortinas rojas de la enorme cristalera y se quedó a oscuras, asqueado del populacho.

Castilla, Ciudad Vaticana, hace 1 año.

domingo, 24 de abril de 2011

Ser héroe nunca se olvida.

La sala estaba mal ventilada y mal iluminada, un sótano de piedra que se encontraba en el subsuelo, pero toda precaución era poca a la hora de reunirse unos viejos héroes que querían cambiar el curso de la historia...y hacer justicia. Pero hay muchos enemigos de la justicia, sobre todo cuando hay una guerra de por medio y muchos, muchos intereses. Aquél era un sitio lamentable y clandestino, pero sería suficiente.
Un caballero con un bigote elegantemente afeitado y con el rostro oculto por su sombrero de ala ancha esperaba presidiendo la enorme mesa rectangular con 6 sillas. Había solo dos ocupadas, la del caballero y la de una bella mujer de cabellos ondulados azabache, claramente de belleza castellana, que le murmuraba algo nerviosa mientras miraba las sillas vacías:
-¿Vendrán? ¿Asistirán todos después de tanto tiempo?
-Vendrán.- le tranquilizó él.- Ser héroe nunca se olvida, y menos la amistad que nos une.
Ella pareció tranquilizarse un poco.
-Tienes razón.- dijo sonriendo con nostalgia.
De repente alguien pegó de forma contundente y escueta en la puerta de madera roída.
-Ese debe ser mi hermano, siempre tan sombrío.- dijo el caballero.
-No hables así de Harold.- le excusó ella mientras se levantaba para abrir la puerta.- Es muy serio y honorable.
-Sí...demasiado serio. Supongo que lo heredó de padre.
Ella abrió la puerta y allí se encontraba un espadachín oscuro elegante con una barba bien afeitada.
-Os he oído, hermano.- dijo la figura al entrar.
-Pues claro que me has oído. Lamento haberte hecho retirarte de tu regimiento, Harold, pero esto es importante. Ven, siéntate y relájate, los demás estarán al llegar.
La mujer abrazó al recién llegado.
-Os eché de menos, mi buen amigo. - le sinceró la mujer.
Él se quedó petrificado y se retiró del abrazo nervioso. Agachó la cabeza para ocultar su rostro y se sentó.
-Yo...también.- tartamudeó.
De nuevo pegaron a la puerta. Los ánimos de la mujer se disparaban. ¡Estaban acudiendo a la llamada!
-¡Alejandra!- saludó la castellana sin poder contener una risa y abrazó a la muchacha de largos cabellos rubios.- ¡Cuánto has crecido!
-Tú sin embargo sigues igual de hermosa.- rió sinceramente con un poco de acento vendelio.
-Me resulta raro verte sin un libro en la mano.- siguió bromeando la castellana.
-A mi me resulta raro no verte junto a tu prometido. Todo el día juntos ¿No te cansas de él?
-Estoy delante.- afirmó gravemente la figura que presidía la mesa, aunque realmente estaba divertido.
-¡Oh, vamos!¡Era una broma! Eres tan estirado como tu hermano Harold. ¡Hola Harold!- dijo al reconocerlo también sentado en la mesa.
-Alejandra.- dijo el espadachín tocándose el sombrero a manera de saludo.
-Bueno, ¿y se puede saber qué es lo que ha pasado?- preguntó intrigada la mujer rubia.
-Todo a su tiempo.- dijo el caballero que los convocó.- Esperemos a que lleguen todos.

Sirvieron vino caliente, pues la noche helaba y en el sótano corría un poco de corriente. Estuvieron hablando de los viejos tiempos, más animados conforme continuaba la reunión. Pegaron tres veces en la puerta.

-Tres veces...- se quedó pensativa la vendelia mientras se retrepaba en la silla de madera.- Un número perfecto, ni uno más, ni uno menos. Esa manera de llamar es de Walter.
-Maese Ericsson para vos, señorita.- dijo un señor de pelo canoso y de arrugas pronunciadas, que saludaba a los presentes quitándose un sombrero pequeño doblado como un tricornio.- Bueno no, llamame Walter, que si no me harás sentir más viejo de lo que soy. -dijo sonriendo.
-¡Ay va! ¡Lentes nuevas!- exclamó Alejandra al ver los ojos de su antiguo colega de arqueología.
-Sí, son de manifactura eisena, inoxidables. Ya no tendré que preocuparme por la humedad cuando esté en alta mar.
-Me alegro de que te haya ido bien este tiempo, Walter. -dijo el anfitrión cuando le tocó ser abrazado por el recién llegado.
-Faltan dos. -observó el arqueólogo, mientras limpiaba sus lentes.
-Ahora uno.- dijo una muchacha recién llegada vestida con una casaca azul brillante con el icono de un sol en el pecho.
-Dominique, pasa. Lamento haberos tener que dejar los Mosqueteros por un tiempo- le saludó el hombre que los había invitado a tidis, atusandose el bigote. La nostalgia le hacía sonreír-. Sentaos, por favor.

Las seis figuras se sentaron y se miraron los rostros. Por fin, la Mosquetera, la recién llegada, rompió el silencio.

-Vaya...¿Cuánto tiempo hace?- preguntó dudosa.
-Hace 5 años que no nos reuníamos todos.- dijo Harold con voz grave.
-Cómo pasa el tiempo.- confirmó Walter.
-No, no estamos todos aún. Falta Eldwin.

El caballero que presidía la reunión de viejos amigos se descubrió quitándose el sombrero de ala ancha, mostrando una expresión sombría. Todos le vieron e hicieron lo mismo, esperando malas noticias.

-A eso se debe que os haya convocado, si no nos hubiera sacado de la paz de vuestras vidas. Nuestro amigo, Eldwin Egmont, diplomático eiseno y devoto objecionista, fue ahorcado hace una semana en el castillo de Stein por el fanático Imperator Reifenstahl. La Guerra de la Cruz se está recrudeciendo  y creo que esta absurda guerra se va a prolongar demasiado.
-Madre de Dios. Que Theus lo acoja en su justa gloria.- dijo la castellana santiguándose.
-¿Qué vamos a hacer? ¿Vamos a dejar que siga cometiendo crímenes en nombre de Dios?- prosiguió el caballero.
-No- dijeron los presentes al unísono.
-Tendremos que tomar las espadas de nuevo. Sé que no estamos en las mismas condiciones que cuando éramos joven. Sé que nuestros estilos de esgrima se han oxidado con el tiempo. Sé que hemos olvidado lo que es sentir el aliento de la muerte. Sé que tendremos que afilar de nuevo nuestras armas y recargar de nuevo nuestros mosquetes. Sé que será peligroso e incluso algunos de nosotros moriremos. Pero yo no me quedaré impune ante este crimen. Habremos olvidado muchas cosas, pero ser héroe nunca se olvida - cogió unas ropas de debajo de la mesa y las colocó en la mesa-. Nuestros viejos uniformes de cuando servíamos a la Orden. La Rosa y la Cruz nos dan su aprobación aunque la dejáramos hace mucho. ¿Estamos juntos en esto?

Ni siquiera dudaron. Su prometida desenvainó su espada y colocó la mesa en la hoja.

-Si el Loco Emperador pone todo su empeño en hacer el mal, nosotros debemos hacer lo mismo por hacer el bien.-dijo la castellana consumida por la emoción.
-¡Maldito sea la locura de ese desgraciado que se hace llamar Imperator! ¡Estoy con vosotros!- maldijo Alejandra con un golpe en la mesa.
-No solo provoca una guerra religiosa que está alargando durante décadas, sino que además ejecuta buenas personas por pensar de manera diferente...- susurró Walter mientras se limpiaba la frente con un pañuelo bordado y colocando torpemente su espada .
-Reifenstahl es un hombre indigno de estar en la realeza. Si sus actos no son nobles, su sangre tampoco.- reflexionó Dominique, la Mosquetera, colocando su hoja.
-Venganza.- murmuró ásperamente Harold mientras colocaba su hoja.
-Justicia.- le corrigió su hermano desenvainando la espada entrecruzando su espada con la de sus viejos amigos.- Será un honor luchar junto a vosotros de nuevo.

Los viejos caballeros, aunque cansados y deseosos de encontrar la paz en sus vidas, volvieron a empuñar las armas después de mucho tiempo, al ver que nadie se iba a detener para acabar con la guerra, los crímenes y la injusticia que había traído la Guerra de la Cruz.


Mountaigne, antiguo refugio abandonado de la Orden de la Rosa y la Cruz en Crieux, hace 24 años.

miércoles, 20 de abril de 2011

¿El comienzo de algo nuevo?

La campiña de Santa Elena siempre le había transmitido una calma placentera, un estado de reposo constante y una frescura inigualable. A pesar de estar relativamente cerca del frente de guerra, en aquél pueblo se respiraba paz por todas partes y sobre todo en sus gentes, repletos de campesinos humildes de corazones leales, apasionados y alegres al igual que sus guitarras. Podría acostumbrarse a aquél país, aunque evidentemente no podría olvidarse nunca de su tierra natal. Sin embargo, la campiña de Santa Elena no tenía nada que envidiar a los pastos de Ávalon, pues eran igual de verdes y frescos. El hombre, tapado con una larga capa marrón y un gran sombrero de ala ancha, estaba ensimismado en sus pensamientos mientras paseaba por la feria y el mercado de Santa Elena, bulliciosa de actividad, esquivando gallinas, rebaño y gentes por igual. Aquellos días de la semana eran los únicos en los que no había paz en las calles del pueblo, pensó sonriendo mientras compraba una manzana en un puesto y la mordía con un sabroso crujido. Quien sabe, a lo mejor un día compraría una casa solariega y se establecería en ...
De repente un empujón le hizo perder el hilo de sus pensamientos.
-Por todos los...- contuvo un juramento en perfecto avalonés al ver cómo se le caía la fruta tras el golpe.
Alguien le había empujado, pero el torpe no se paró y siguió corriendo a través del mercado, espantando a todos: tanto animales como campesinos. No pudo ver su rostro, pero iba con extrañas ropas, con una levita negra de ropajes púrpuras y un sombrero de ala ancha negro. Lo vió escapar mientras se incorporaba dolorosamente tras el agravio, pero cuando vio la manzana en el suelo echó a correr tras él dispuesto a reclamar una disculpa. Salió a correr tras él por todo el mercado.
-¡Detente!
Tanto perseguidor como perseguido, tras una larga carrera y una lluvia de insultos por parte de los campesinos, salieron de la feria y llegaron a la plaza del pueblo, que estaba desierta por el evento. Allí, el perseguidor atrapó a la figura oscura, que parecía no saber dónde huir, y la arrastró hasta un oscuro callejón. El callejón olía a orina y a perro muerto, pero sería suficiente para mantener una seria conversación. Estampó al personaje ataviado de negro contra la pared y vió como este ofrecía resistencia:
-¡Moriré antes de decir una sola palabra!-gritó con voz aguda el preso.
El avalonés miró fijamente a los ojos al trajeado de púrpura, sólo a los ojos, pues era lo único que vislumbraba de su rostro porque lo tenía oculto tras una máscara blanca completa, orlada con líneas púrpuras que se extendían de la comisura de sus labios como un bigote retorcido.
-¿Hablar? ¿Quién te está pidiendo que hables? Me habéis empujado en plena calle y no he oído siquiera una leve disculpa de vuestros labios.
-¿Qué...no eres uno de ellos?- contestó el enmascarado aliviado.
-¿Uno de quienes?- dijo él mirando alrededor.
Al final del callejón, vió cómo en la bocacalle corría gente armada dando órdenes de búsqueda y maldiciendo haber perdido de vista a alguien. Supuso que perseguían al hombre enmascarado...y si no se equivocaba, pertenecían a la guardia vaticana.
-¿Te persiguen?
El aludido aguantó la respiración y miró a todos lados todo lo que le permitía la presa que le había echado el avalonés. Por su porte, el enmascarado supuso que estaba ante un espadachín y
posiblemente perteneciera al gremio. Las campanas del pueblo sonaron, lo que les permitió a los dos extraños intercambiar unas palabras sin que les escucharan.
-Mira, me da igual lo que hayas hecho, solo quiero una disculpa...en mi tierra los modales son lo primero y...
-¿Sois un poco pesado, no? Mira, yo solo intentaba huir de una injusticia y tú estabas en medio.
-¿No pensáis disculparos? Pensaba que los castellanos teníais más modales.
-Los tenemos, pero somos más cabezones. Y vos no os quedáis atrás, ¿por qué no me soltáis? juro que no me volveréis a ver.
-¿Por qué vais enmascarado? Sólo los criminales desean ocultar su rostro.
-Eso no viene al caso. Y ahora sois vos el que me insultáis a mi.
-Entonces no nos queda más remedio que batirnos en duelo.
El enmascarado sintió la respiración amentolada del avalonés...suspiró al ver que no tenía elección.
-De acuerdo, duelo a primera sangre en la granja abandonada.
-Elegid arma.
-Floretes. Sin padrinos.
-Al amanecer.- se despidió el avalonés con un giro que hizo volar su capa, dejando ver las cazoletas de sus armas.

Las campanas siguieron sonando...y el enmascarado escapó escalando por el campanario, levantando una ola de palomas blancas. Los guardias se marcharon al no haber atrapado a ese enmascarado tan escurridizo.

-Se escapó de nuevo.- dijo uno de los guardias de la Iglesia a otro.
-¿Cómo demonios lo hace? Desaparece cuando menos lo esperas.
-Brujería...seguro.
-Callaos, es solo un delincuente. Un enmascarado más.- dijo el superior.
-O el Vagabundo.-dijo otro poniendo énfasis en "el".
-No...si fuera el Vagabundo no hubiera huído de esa manera. Su fanfarronería le hubiera delatado- concluyó el sargento-. Estoy casi seguro de que no tiene relación con él, si no que es la persona que buscaba el Cardenal de Barcino ¡Marchad!

La guardia vaticana fundó sus espadas y se marcharon de la plaza. No sabían que desde los tejados el enmascarado al que perseguían les observaba. La figura de púrpura suspiró abatida, ahora debía cumplir su palabra y presentarse al duelo...menudo día.

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Cuando amaneció los duelistas se encontraron en la granja abandonada de la campiña, apartada del pueblo. Se saludaron con las armas y dió comienzo al duelo. El enmascarado volvió con su rostro oculto pero el avalonés no dijo nada, dejó que su espada hablase por él. Demostraron ambos ser expertos espadachines, para sorpresa de ambos. El enmascarado demostraba desdeño al poner la zurda tras la espalda, mientras que su contrincante colocaba su izquierda arqueada por la posibilidad de poder bloquear el brazo armado de su enemigo. Tras un combate igualado y veloz mientras amanecía, el avalonés consiguió colocar al enmascarado frente al sol y de una estocada le quitó la máscara. Lo que no esperaba encontrar detrás era el bello rostro de una mujer castellana, ojos negros y de largo y ondulado pelo azabache. Era lo que él llamaba una belleza peligrosa. Ella sonrió y aprovechó la incertidumbre de su oponente para propinarle una patada en la espinilla. En cuestión de segundos el espadachín estaba en el suelo con la punta de la espada de su contrincante en el cuello.
-Os habéis dejado sorprender.- dijo la mujer con una sonrisa encantadora.
-No es para menos.- contestó él tumbado en la hierba, desarmado.
-¿Os disculparéis y me dejaréis irme tranquila?
-No, no llevais la razón...pero os diré una cosa que sí es verdad: sois la mujer más hermosa que haya visto en la vida.
La mujer arqueó una ceja, extrañada, sorprendida y...encantada. ¿Qué le pasaba? Ahora fue él el que con sorprendente velocidad la enganchó de las piernas y la tiró al suelo junto a él. Ahora los dos estaban en la hierba, desarmados y respirando trabajosamente.
-Ahora sois vos la que os dejásteis sorprender.- dijo él con un hilo de voz, cansado.
-No es para menos.- respondió ella sonrojada como él hiciera hace unos minutos.
-Os disculparéis por haberme empujado, ¿pues?
-No. ¿Y vos por haberos puesto en mi camino?
-No, pues no lamento haberos conocido.-musitó él contundente.
A ella casi se le escapa una carcajada.
-Entonces me temo que vamos a pasar mucho tiempo juntos.- replicó ella fingiendo seriedad.
-Quizás no me desagrade la idea.- dijo él mientras se levantaba.
-Continuaremos entonces mañana a la misma hora hasta que os disculpéis.- dijo ella.
-¿Es una excusa para volver a vernos, señorita?

Ella no respondió, se fue por el campo mientras se colocaba de nuevo la máscara, para que no viera su sonrisa.


Castilla, campiña de Santa Elena, hace 32 años.