viernes, 25 de noviembre de 2016

La hora del dolor (II)

No hay nada como volver a casa. Hogar, ese lugar sobre el que todos los poetas han escrito alguna vez.

Huele a romero y a rocío. La villa está de noche. Las tiernas luces de su interior brillan y me atraen como una polilla. El viaje ha sido incómodo y largo pero satisfactorio.

Bajo del carruaje siendo cada vez más consciente de una cosa. Cada vez tengo más claro que necesito un poco de rutina. De que los días sean iguales y de que todo esté siempre en su sitio.

Paso por la tierra removida y entro en la propiedad. La tierra mojada por el rocío transmite un olor que me hace sentir viva, aunque deseo que sea de día para ver a los jornaleros trabajar y...no sentirme tan sola.

Abro la puerta. No hay nadie para recibirme. Solo una carta en el suelo. Bien lacrada, con el sello del Reino de Castilla. No lo entiendo. Debe ser para Marina. ¡El Rey habrá vuelto y será una ordenanza para levantarle la pena!

Rompo el sello y leo ansiosa.

"La Junta de Regencia, formada por los elegidos del Concilio de Razón del Reino de Castilla y en nombre de Su Majestad el Rey, lamentamos comunicarle que su hija, Marina Oliván de Santa Elena, guerrillera de los ejércitos de las juntas de liberación de Santiago, Gentilhombre de armas del Rey Sandoval y amiga de la Nación, ha fallecido en las aguas del Río Doigt, cerca de Surling, al intentar cruzar la frontera. Su cuerpo se perdió junto con el de muchos otros leales a castilla y el navío que la transportaba. La oficina del Canciller le envía su más sincero pésame y la promesa de exigir las explicaciones pertinentes a los rebeldes de Lyon y al Reino de Montaigne.

Se le levantará una lápida conmemorativa a su hija en el cementerio de la Almudena, congraciándonos en todos los servicios militares que realizó para nuestra nación. 

Lamentamos su pérdida. 

Junta de Regencia. Presidente Marius de Luna. "

No consigo leerlo entero. El dolor me retuerce por dentro pero mi cuerpo no reacciona. La casa a oscura se vuelve más fría de lo que era antes.

¿Qué le han hecho?

¡¿Qué le han hecho?!

¡A la mierda Lyon!

¡Lucius! ¡¿Qué le has hecho hijo de mil putas?!

¿Cómo puede dar una persona tanto amor y solo recibir tanto daño? Si Marina ni siquiera pensaba en qué podía hacer bien por los demás, porque lo sentía natural... ¿Cómo podían estar constantemente pensando en hacerle daño? Si Marina se entristecía agotada cada vez por el sufrimiento de los demás ¿cómo podían reír al saber que la habían matado? Si solo sonreía por las pequeñas felicidades de los demás ¿cómo podían odiarla tanto?

Golpe a golpe vuelvo a esta fría oscuridad. Pero esta vez no es enterrar a un marido con el que has pasado toda una vida, sino una hija con la que me quedaba toda una vida por compartir.

Yo quería volver a mi hogar, pero no a la villa. Sino hacer mi maleta y visitar a mi hija en ese exilio injusto. Ya no tengo que hacer ninguna maleta, sino que me deshago en llanto y en penas. Ahora lo único que me puede acercar a ella es la muerte.

Y sé de sobra que la muerte lleva una máscara. Y esa máscara tarde o temprano me llevará a ella.

Pero con este tormento que llevo dentro se tragará a todos los que pueda al pozo negro de Legión.

Grito, lloro, me autocastigo y me araño buscándote en mi vientre, donde una vez te tuve segura. Tu calor se va, se va...dejando un frío hueco donde corren tempestades heladas. Las bestias del patio están inquietas. Los burros agachan la cabeza y un caballo se encabrita. A lo lejos los perros ladran asustados oliendo el dolor que desangro. Las bestias aúllan sintiendo un terremoto en mi pecho.

Afilo mi espada. Cambio el luto por el traje púrpura y la máscara blanca del Vagabundo. Rabiosa, ciega y helada de miedo parto hacia San Cristóbal. La sangre de mis venas se tornan hielo con un frío que congelará sus estúpidas sonrisas devotas para siempre.


Thomas, mi niña ya por fin vuela hacia tus brazos. Mientras que yo...me apresuro a bajar hacia mis infiernos.

Pero no te preocupes, mi niña, que llevaré este infierno hasta sus corazones.
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Esos imbéciles no paran de hacer ruido y con este dolor de cabeza me van a matar. A ver, en la mesa dos eran tres pintas y en la doce estofado de patatas y en la catorce grog y tres de ron. Voto a Theus. Creo que María dejaba esa hierbabuena por este cajón que me abría los pulmones. A ver.

-¡Señor!- me dice una voz al otro lado de la barra, entre puñetazos, dardos, naipes y dados.

-¡Ya va! ¡Ya va ese estofado!- joder ¿es que no se pueden esperar?

-No, señor. Es para usted. Una carta señor Muelas.

Miro por encima de la barra y veo a Joselito que tiende una carta ya abierta

-¡Joselito! No se te habrá ocurrido abrirla tú. ¡Como la hayas abierto te zurro de una manera que nunca se ha visto en este tugurio! ¡Y te aseguro que aquí he visto soplamocos que ni la imaginación puede alcanzar!

-¡No patrón se lo juro! Una señora me lo dio allí fuera. ¡Ah! ¡Y me dio estas instrucciones!

Cojo la carta abierta y el otro papel que me tiende Joselito. Espero que no sea una de las gracietas del muchacho.

Leo la carta. De pronto deseo estar muy borracho para no sentir nada. Mis ojos surten lágrimas saladas y una espuma agridulce que corroería cualquier alcohol me trepa por la garganta. Vomito toda mi rabia por la boca. Nunca me había percatado hasta ahora lo agobiante que era el jaleo y las peleas del Gato Negro.

-¡Callaos gandules! ¡Silencio! ¡Callaos voto a bríos!

Ni caso. Ni siquiera yo me oigo a mi mismo. Mis gritos de pena y de rabia se camuflan entre todas las peleas entre piratas, corsarios, contrabandistas, matones, matasietes, jaques y matarifes que vienen a mi local. Siento que podría gritar y nadie darse cuenta entre tanta violencia. Lo uso en mi favor, y aprovecho para sumarme a los gritos para descargar mi espíritu.

-¡¡¡Han asesinado a Marina Oliván!!!

De pronto se hace el silencio. ¿Qué demonios...? ¿Se han callado? Solo oigo mi llanto. Los inismoreses han dejado de golpearse y de clavarse los dardos entre ellos. Los lanzadores de cuchillos vodaccios ya no intentan hacer malabares con las jarras. Los castellanos ya no se gritan con los montaignenses. Los vesten ya no rompen las jarras y se bañan en los barriles de cerveza. Nadie intenta cazar al gato y nadie está intentando robar a nadie, ni golpearlo...ni insultarlo.

Por una vez, todo El Gato Negro había sido golpeado.

Y ahora no sabían qué responder.

Solo María sale de la cocina y pregunta

-¿Quiénes?

-Según esta nota. Lucius Varela.

-¡¡La Inquisición!!- dicen y escupen al suelo todos a la vez. Que asco.

Todos se quitan el sombrero.

-¿Qué podemos hacer?- dice uno.

-No podemos hacer nada- dice otro.

-Recordarla- dice mi esposa- Después de todo una vez fue número uno en nuestro ranking de forajidos respetados.

-Hace tanto de eso.

-Recuerdo que robó al Guendarme Fernand Lemoin- escupen todos otra vez...malditos hijos de un camello- un cañón de doce libras tras engañar a las tropas del Mariscal Dupont en la tregua.

-¡Gracias a ese cañón las tropas se fueron de este distrito!

-Destrozaron media catedral de Santiago..., hicieron trincheras con sus bancos, tiraron una de las lámparas e incluso aún sigue oliendo a pólvora la capilla. Pero el Obispo está encantadísimo. ¡No para de contar la historia en misa!

-¡No serán tantas cosas buenas!-dice uno de mal carajo.

-¡¿Pero qué dices desgraciado?!- escupen otros al otro lado santiguándose.

-Eso digo. ¡Que a mi tío lo dejaron sin trabajo 3 meses porque le dio por volar el polvorín militar del muelle!

-¡Eso fue Barceló!

-¡Pues a mi me dijeron que fue ella!

-¿Y recordáis también cómo plantaba cara a los majarones del Pater Morales en las revueltas de Grano?

-¡Justo antes de la boda del Marqués! ¡Qué verbena más buena! Comimos todos en la calle.

-Sí. En Santiago estaba todo el día del Castillo al Gato Negro y del Gato Negro al Castillo del Marqués.

-Sí, con el flojo de su criado. No sé cómo podía ir con alguien tan cobarde.

-Encima un traidor. Recuerdo que a los Tercios de San Juan los vendió a los montaignenses y viceversa.

-O tenía un gran corazón o era muy tonta.

-Lo que no se le podía negar es que era valiente.

-Mi primo dice que la vio batirse en duelo en los tejados de su casa. Con un prelado Inquisitorial. Venían buscando a nuestro querido Diego Núñez, era fundador de la Registencia.

Todos se santiguan. Incluso los avaloneses. No doy crédito.

-Y también tenía un buen barco. El de velas rojas.

-He hablado con algunos de su tripulación. Dice que tiene muy mal carajo a bordo.

-Mujeres.

-Pues a mi me han dicho que una vez abordaron solo un barco solo para saquear ron.

-¡Voto a Dios que yo quiero una capitana así!- exclaman todos. La cabra tira al monte...

-Decían que luchaba junto al Capitán Barceló- dicen unos.

-Juntos no, eran rivales- replican los otros.

-No, son amigos.

-¡Rivales!

-¡Amigos!

Dos grupos empiezan a ostiarse. Menudos majarones.

Leo por última vez las instrucciones y meto en un sobre la carta que me ha llegado con el lacre roto del Reino de Castilla.

María me mira y me dice que tenemos que hacer algo. Lo único que se me ocurre de momento es colgar el delantal y llorar en su hombro.

Ella se derrumba cuando yo me recupero. Voto a Dios si no estoy seguro de que para María la niña bonita de Santiago es una hija para ella.
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Las calles se empiezan a calmar y junto a ellas mis pulsaciones. ¡Grazie mille a Theus!.  Han sido unos días duros para la ciudad y para mi. Aún no me acostumbro a su ausencia, pero sí que empiezo a reaccionar y a hacer cosas provechosas. Cómo iba a acostumbrarme a esa sensación, es como si a uno lo separasen de su sombra. Su sombra, siempre a sus pies y dispuesto a ocultar todas y cada una de sus oscuridades.

Ya se sabe que no soy una persona muy dada al brío y al envalentonamiento, pero al menos estoy empezando a ayudar como puedo. Lo llevo todo en mi querida bolsa de tela. Qué ganas tengo de revisarlo y poder enviárselo.

Un hombre mayor y cojo me asalta por la calle, vestido con harapos. Me mira con ojos cansados, oscuros como el carbón, Calvo y con una frondosa barba pelirroja. Me asusto igualmente aunque ya sé que la el Pasadizo del Panecillo está plagado de mendigos que van a la Iglesia a abusar de la buena caridad del obispo. Me mira y me pregunta si por algún azar puedo esconderlo en mi casa. ¡Mi casa! ¡Santa Madonna! Me dice que le están persiguiendo y que es por una injusticia. Muy firmemente le mando a freír espárragos.

Acabáramos...como para meterme en otros problemas.

Llego a casa, por fin. Las escaleras han sido arregladas y doña Asunción me abre. Le doy los buenaos días y una propina para el mantenimiento del portal. La puerta de Sergey no está abierta como habitualmente pero le dejo en el picaporte de su puerta un alpiste nuevo que han traído al mercado, para que mire si le gustan a sus pajaritos. La verdad es que me preocupa que la puerta esté cerrada, pero la excitación que siento es mucho más grande. La llave entra a la primera y la cerradura no me da ningún problema como de costumbre. Todo empieza a equilibrarse y a mejorar. Solo falta que el rey vuelva y ponga todo en su sitio.

Lo único que me fastidia el día es que me da el no poder ver su cara cuando le llegue y lo abra.

Bueno, me conformo con ver su expresión cuando esté de vuelta.

Va a ser pan comido. Lo peor ya ha pasado y no hay marcha atrás. Exilio es lo que dijeron y desde un exilio se puede volver. El rey volverá y dará por concluida toda esta farsa y además no solo eso, sino que le darán...

Una carta justo delante de la puerta.

Me agacho como un desgraciado ¡Debe ser de mi señora!

Um. Vaya. Está abierta y ...tiene el sello del reino de Castilla

Sin soltar la bolsa agarro la carta y la leo como si fuera una broma. La releo, y la vuelvo a releer, y a releer, y a releer...me aseguro de que no estoy en una pesadilla.

Mis dedos se aflojan. Intento hacer un esfuerzo para entrar en casa y dejar la bolsa, pero mis fuerzas se ahogan antes de tiempo. Caigo de espaldas, el pasillo se deforma y se arruga como un papel presionado por todos sus frentes.

Un segundo de oscuridad absoluta. De pronto estoy tirado en el suelo, la frente me palpita y el interior de la bolsa llueve desde el cielo junto con un rocío de astillas.

Un sombrero de ala ancha gris y su cinta azul que iban a lucir sus cabellos por las calles de Charouse. La camisa con cuello de encaje de valona para iban a hacer nuevos y buenos amigos en su exilio. El jubón de motivos azul marino a juego hecho de piel que iban a darle calor en el invierno que se aproximaba. Los guantes de gruesa piel y la capa de embozo para resistir y volver a golpear un día más desde las sombras.

Estoy en el suelo y no puedo respirar. Héctor me llama a gritos, Doña Asunción pide auxilio en el exterior. Dicen que la balaustrada de mi planta ha cedido a mi peso y he caído por el hueco. Pero lo que más me duele no es la caída...sino que no sé si me volveré a levantar. Yo soy la sombra. La sombra de una luz que siempre me ha fortalecido. 

Me asfixio hasta ahogarme.

¿Qué es un criado sin su señor? ¿Qué es un Sancho sin su Quijote? Yo era el complemento perfecto para el vestido que ella llevaba.

Y ya no está. 

Me ahogo hasta casi morir. 

Y me devuelven la vida. Lo hace el hombre de la barba pelirroja, que me mira desde el mundo de los vivos. De pronto puedo volver a respirar. Me mira. Me pregunta si estoy bien, que he caído desde muy alto. Que si estoy bien. 

-¿Quién te persigue?- es lo único que alcanzo a preguntarle.

El hombre mayor me mira y se cubre con los harapos y finalmente responde.

-La Inquisición.

-Ayúdame a levantarme.

Me levanto a pesar de las advertencias de Doña Asunción y Héctor. Le pido a mi nuevo amigo que me ayude a salir de allí. Al ver que no van a hacerme recapacitar, Héctor recoge la ropa del suelo y me la vuelve a ordenar en la bolsa. Pasó por la calle llena de mendigos y les regalo uno a uno el sombrero, camisa, jubón, calzones, botas, guantes y capas que iban a estar destinados a mi signora. 

Si ya no los va a necesitar, ella querría que la vistiera alguien.

El barbudo de casa que me mira sin entender el giro de acontecimientos.

-Te ayudaré a salir de la ciudad. 

-¿Haríais eso?- me pregunta escéptico.

-Yo no. Pero sé que es la voluntad de mi signora.

-¿Y puedo saber quién es mi benefactora?- preguntó 

-Marina Oliván de Santa Elena.

-Decidle a vuestra señora que mil gracias- me dice con una gratitud que me apuñala las costuras.

-Tened presente ese nombre. Y decidle a todos los que estén en tu situación, que tienen un amigo en la 7 de la Calle del Panecillo.

No sé qué estoy haciendo. No es típico de mi. Me da igual lo que ponga esa carta. He viajado lo suficiente a su lado para darme cuenta de que la mala suerte no existe, sino la mala voluntad. Sé que ellos han tenido algo que ver. Esos figlios di putana. Sé que el Sumo Inquisidor está detrás de todo esto.

Yo le servía a ella. Ella le servía al mundo. Entonces yo ahora debo servirle a todos...

Y aunque solo sé de moda y de cocina, coseré estas gentes, remendaré las injusticias que pueda y plancharé toda arruga en el tejido de San Cristóbal.

Lo haré como ella y por ella.

Aunque sea a mi manera.
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Beatriz Oliván, el Muelas y su esposa; y Francesco al enterarse de la muerte de Marina Oliván. Junio de 1671. Villa de Santa Elena, Santiago y San Cristóbal respectivamente. Castilla.

La hora del dolor (III)

¡Disparo, disparo, disparo y disparo! ¡Já! Chequeo y...como siempre, ningún agujerito en el torso. Como era de esperar, no me han dado. ...