El Mariscal mostró sorpresa abriendo ligeramente los ojos.
Las aventuras de Marina Oliván. Espadachina. Pirata. Temeraria. Indomable. Libre.
lunes, 19 de septiembre de 2011
Se prepara la revuelta...
El Mariscal mostró sorpresa abriendo ligeramente los ojos.
viernes, 16 de septiembre de 2011
Gracias
martes, 6 de septiembre de 2011
NOVUS ORDO SECLORUM
Hay preguntas que son difíciles de contestar para las gentes de Théat del siglo XVII. Una de ellas es...¿Quién mueve el mundo? Si a un Mountaignés le preguntaran le respondería orgulloso "nuestro Rey Sol el emperador". Si le preguntáis a un Castellano, os dirá humildemente "Dios y nuestros hermanos, sin duda". Un vodacciano, por el contrario, os respondería "nuestras brujas, nuestras familias y nuestras fortunas". En Ávalon, la tierra mística, os dirían "los Shide, nuestras hadas y nuestras ninfas". Si nos vamos al norte, a Vendel, os afirmarán: "los gremios y el comercio". En Eisen, la destruida tierra de los dragones, pregonarían que el mundo lo mueve "la fuerza, el noble valor y el arrojo en combate". Y en la fría Ussura, se frotarían las manos susurrando "Matushka, nuestra Madre tierra y nuestra abuela Invierno"
Puede que tengan razón, puede que no.
Realmente, quien mueve el mundo es la avaricia, el poder, la fuerza, el odio, la conspiración... Otros, lo mueven por el honor, la bondad, el altruismo y el amor. Pero la realidad es realmente gris.
Muchos, movidos por estos impulsos, se han reunido a lo largo de los siglos para cambiar los destinos del mundo y de sus habitantes.
Hoy, una vez más, lo han hecho.
En las profundas cavernas de un imponente castillo, en Dios sabe dónde, Trece personas se reúnen como han ido haciendo durante siglos, desde la fundación de
Los Trece, se encuentran de pie, embozados de pies a cabezas. Se muestran en círculos alrededor de una enorme mesa de piedra de madera. Y su sello precede la reunión, un globo terráqueo atravesado por sus sables, marcada por la pirámide del ojo que todo lo ve. En modesto relieve, está el mapa del mundo conocido moldeado en la mesa...
De los trece solo se ven sus ojos, que parecen zafirinos a la luz de las antorchas del oscuro salón subterráneo.
-Nos NOVUS ORDO SECLORUM- susurran ceremonialmente a la vez.
Las trece figuras oscuras se sientan entre las sombras. Y empiezan a nombrarse uno a uno.
- Espada.-dice uno.
- Soga. -responde otro
-Moneda.
-Cruz.
-Academia.
-Corona.
-Báculo.
-Ojo.
-Piedra.
-Fuego.
-Sombra.
-Palabra.
-Cerbero.
-Bien, se inicia la reunión.- dice uno de los encapuchados.- Hoy, un día más, el Concilio de los Trece se reúne. Los trece, nosotros, los que desde las sombras traeremos la paz y el orden bajo nuestro mandato único y anónimo. Empecemos con los informes. ¿Espada?
Un enorme hombre encapuchado y embozado, como todos, se levanta. Se ven sus guanteletes, y bajo ellos, se vislumbra sin querer unas escamas.
-Eisen está al borde del levantamiento, no hacen más que cultivar barro. En Ávalon mis hombres han confirmado que los Perros Marinos actúan en nombre de la reina Elaine y los casacas rojas de su Majestad hicieron movimientos en las islas del Glamour. La invasión de Castilla por parte de Mountaigne se ha estancado por nuestros movimientos para que dividiera sus fuerzas hacia Ussura. El general Montegue no ha conseguido tomar el río helado Rurik que conduce a la capital de Ussura. Por el otro lado del frente, el Mariscal Charles Dupont le sustituye en Castilla, disponiéndose a asediar Santiago y a bloquear los puertos castellanos. Lo que le quedaría para tomar la costa occidental sería una villa de campesinos sin oposición ninguna y el fuerte de San Teorodo, donde se espera resistencia. Espada.
-¿Soga?
Una figura delgada se levanta, a través de su capucha se pueden ver sus finos rizos rubios y unos ojos claros encantadores. Su voz suena claramente delicada y femenina.
-El Rey Sol de Mountaigne ha ejecutado a tres de sus consejeros por dar una orden que dio él mismo: repartir la comida podrida que no ha enviado a sus ejércitos. También se rumorea que la esposa del Empereur va a ser ejecutada por traición, aunque realmente el motivo es que no le da un heredero al rey. Su verdadero sucesor sigue encerrado en nuestra prisión de donde aún no saldrá. El Buen Rey Sandoval, por otra parte, está en el punto de mira, pues podríamos aprovechar que solo es un muchacho de 16 años para quitárnoslo de en medio y conseguir parte de nuestros intereses. Soga.
-¿Moneda?
-Estúpidas reuniones, ¡venimos aquí y no avanzamos nada en nuestros planes! ¡Porca misseria!- dice una delgada pero atlética figura con fuerte acento vodacciano- ¿Cuándo vamos a actuar de verdad? Esos Príncipes Mercantes no hacen más que fanfarronear del poder que me pertenece por derecho, Vodacce lo necesita. ¡Me necesita! Un único Rey Mercader... -dijo con avaricia.
-Los príncipes te temen, amigo mío. Sigue con tus intrigas, lo estás haciendo bien. Informa.
-Figlio di putana... de acuerdo.- recapacitó- Las guerras entre Castilla y Mountaigne aumentarán nuestras arcas. Sin embargo mis mercaderes preveen que tengamos pérdidas por el frente Usuro. El mercado de divisas nos hace ganar más, pero con el gremial perdemos beneficios. Hay que ganar esa guerra mercantil contra la nueva moneda vendelia. Moneda.
-¿Ojo?
Un muchacho delgado se levantó, sus ojos grises, lo único que se veía, estaban serenos.
-Nuestros ojos ven muchas cosas, hermano, pero lo más importante es que los Caballeros de
-¿Sombra?
-En las sombras de los barrios bajos de todo el mundo se habla de Revolución, pero donde más es en Mountaigne. Los campesinos están hartos de su nobleza decadente y derrochadora. Esperan al momento adecuado, o a la persona adecuada para que comiencen a rodar cabezas nobles, aquí sugiero que pueda encargarse nuestra hermana Soga de ejecutar a los que nos interesen quitar de en medio y salvar mediante un juicio sobornado a los que nos importa mantener vivos de momento. Por otra parte, en las Tierras Altas y
-Fuego.
Un hombre encapuchado y embozado se levanta trabajosamente. Solo se ven sus ojos oscuros tras unas lentes convexas. Su voz suena templada y experimentada, mayor.
-Un avance que les pueda interesar a los que solo les interesa la guerra- dice con desprecio con fuerte acento castellano sureño- es la creación de una gran bombarda en las tierras de las arenas ardientes. También el mortero, con el cuál podremos traficar como material de guerra y sacar una sustanciosa suma a Montaigne, lo que avanzaría la guerra. Si a alguien le interesa otras cosas verdaderamente interesantes, les interesará que hemos descubierto planetas nuevos, así como que sus giros son elípticos. También estamos a punto de crear una piedra filosofal...mediante métodos que quizás no pueda explicar detalladamente, pues no entenderíais ni la mitad de todo mi saber. Fuego.
-¿Corona?
-Nada nuevo, los reyes solo son unos títeres cuyas cabezas rodarán cuando sea el momento. Nada más relevante. Corona.
- Palabra.
Una mujer madura se levantó delicadamente. Solo se veían sus ojos, como a todos.
-Me parece interesante la observación de que la palabra se esté usando para levantar al pueblo castellano. Aún no sabemos quién publica esos poemas tan altivos y candentes que motivan a la lucha, pero sea quien sea tiene una lectora. Por otro lado, los textos de las hijas de Sophía han aumentado en la parte occidental de Castilla, seguramente porque
-¿Academia?
-Sí, eh...están los preparativos para buscar los códices Syrne en las catacumbas de Mountaigne, así como los de la biblioteca capital de Vendel. Eso es todo. Academia.
-Bien. ¿Báculo?- valora el intermediador de la reunión dando paso al siguiente.
Un hombre se levanta trabajosamente con las manos totalmente quemadas, apoyado por un bastón.
-Los hechiceros están a punto de culminar el estudio de una ceremonia que podría volver a darnos nuevos pactos para conseguir sangre hechicera como la nigromancia. Avisaré con nuevos avances. Báculo.
-¿Cerbero?...- hubo un silencio largo.- ¡Cerbero!-gritó al ver que no respondía.
Cerbero, una figura enorme igualmente encapuchada, se levanta con una manada de lobos enormes tras su asiento.
-Éstas reuniones son una mierrda- dice con desprecio, recalcando las "r" como un buen ussuro.- Somos como vulgares políticos decidiendo que vamos a hacer dentro de cinco minutos. Quiero que el Gaius que mató a mi padre acabe su cabeza en la nieve y su corona en mi cabeza. Aún espero que me ayuden los miembros de la sociedad de exploradores que solicité para...
-Sí, estamos al tanto, te llegarán dentro de una semana en la corte de Ussura.
-De acuerdo, inútiles pomposos. Cerbero se sienta ya.
- Y por último...¿Cruz?
Una risa oscura salió por respuesta de la profunda capucha del aludido.
-¡Cruz!
Pero el aludido seguía riéndose tenebrosamente.
-¡Es vuestro turno maldita sea! ¿Qué es lo que le hace tanta gracia?
-Nada, nada. Simplemente que mientras vosotros habláis de cosas mundanas, yo he hecho un descubrimiento de lo más...inusual. Algo que implicaría cambiar la balanza a nuestro favor. La señal de poder que todos esperábamos, espiritual y carnal. La señal que llevaba esperando estas reuniones desde hace más de mil años.
Los miembros del concilio comenzaron a murmurar entre ellos.
-¡Explicaos!- exigió el moderador.
-¿Qué acontecimiento se va a dar 4 veces en la historia de la humanidad?
-¿Qué...? ¿Qué queréis decir, Cruz?- dijeron asustados.
-Cuatro veces...
- No puede ser...
-¡Exacto, lo que estáis pensando, las venidas de los Profetas se han daron 4 veces en la historia de la humanidad!- dijo oscuramente aquél al que llamaban Cruz.
-Estáis alucinando. El cuarto nunca ha llegado, y no creo que lo haga nunca, son cuentos para niños y...-decía el hombre rodeado de lobos, hasta que fue interrumpido.
-Vuestra falta de fe, resulta molesta. El cuarto está en
-¿Qué decís? ¡Estáis loco!
-¡Contemplad al cuarto profeta, malditos infieles!
Una bola de humo y una explosión atronadora se hizo encima de la mesa, y de ella apareció un encapuchado del cuál solo se veía una frondosa barba con una espada flamígera. El aura de poder que desprendía el profeta era inmensa...oscura y aterradora. Era imposible mirarle a la cara y menos aún a los ojos.
-Por todos los dioses...-dijeron los presentes evitando la mirada del recién llegado.- ¡Es él! ¡El cuarto profeta!
-El cuarto profeta nos ha elegido para traer sus predicciones. El cuarto profeta está con nosotros. El primero habló contra los pecadores. El segundo habló de éxodo. El tercero habló de separación. Y el cuarto está aquí, y habla en el mismo lenguaje que nosotros, el de la nueva unión, el del Fin del mundo que conocemos y nosotros somos los elegidos para moldear su nuevo orden. El primer Profeta que nos arrebató el poder, el cuarto nos lo dará. Nuestro camino llega a su fin.
Los presentes siguieron discutiendo.
-Hermanos...éste es el momento que esperábamos. El momento de actuar, de cambiar lo conocido y moldearlo a nuestra manera. Por lo que veo, ésta podría ser la señal que esperaban nuestros padres a lo largo de los siglos. Las sagradas escrituras están de nuestro lado, pues el Cuarto Profeta, aquí presente, es un hechicero...como nosotros. Nadie podrá oponerse a nuestros designios. Nadie...-concluía Cruz.
-¡Es el momento de actuar, pero con cuidado! ¡Es la hora! ¡Podremos vengarnos y tomar lo que es nuestro después de un milenio.-decían desde el fondo de sus capuchas.
"Es la hora"
Los trece sonrieron como tiburones y dijeron al unísono mirando a la figura que portaba la espada flamígera sobre la mesa de piedra.
-Somos la paz, somos el orden, somos la justicia, somos la determinación, somos la fuerza, somos los intocables, somos la pureza de la sangre, somos la evolución, somos el progreso, somos los sabios, somos el poder, somos el mandato, somos lo divino. Somos trece y somos uno. Somos la nueva era. ¿Quién estaría tan loco, como para oponerse a nosotros?
Sus sombrías carcajadas dieron fin a la reunión y cada uno de los trece volvió a su cargo público, civil o militar, normal, corriente...e insospechado.
El mundo tal y como lo conocemos va a cambiar. A menos que alguien lo impida...
Héroes. Es lo que el mundo necesita en estos tiempos de incertidumbre y necesidad.
jueves, 1 de septiembre de 2011
Héroes y villanos (I)
Ésta chica (bueno...ejem) es Cintia Ruíz. Es una huérfana castellana de la Villa de Santa Elena, el pacífico pero orgulloso pueblo de las ciudades libres del sur. Castiza, apasionada, alegre, caradura y activa. Se ha iniciado en la profesión de la herrería en el pueblo (acabando con la poca feminidad que tenía) y ya ha alcanzado un nivel en el que no puede aprender más, a no ser que salga de la ciudad. Tiene un futuro prometedor en su profesión, pero su enorme amistad infantil con Marina Oliván le ha distraído siempre de sus funciones. Y ella ha distraído a Marina arrastrándola en aventuras como la captura de melones y sandías en los cultivos del vecino o tirarle piedras al espantapájaros gabacho. Aunque se distraen ambas dos de sus funciones, se lo pasa mejor que pegarle a un yunque, dice ella. Parece bastante encoñada del hijo del Barón Lara, pero no se sabe realmente de qué va la cosa. Sospecha que Marina Oliván quiere quitárselo. De hecho, ha comenzado su venganza de dejar calva a su amiga cada vez que ella cree que su amiga tontea con el hijo del Barón, Alonso Lara. Parece uno de los pocos personajes que no tiene mucho que ocultar. ¿O sí? Quién sabe.
Aquí está el chico por el que cualquier campesina de pueblo soñaría. Alonso Lara. Guapo, joven, elegante, culto, amante de los caballos y gran jinete. Y además, viene con futuro título nobiliario de barón. Es ideal para cualquier campesina de pueblo menos para una: Marina Oliván, que rechazó su propuesta de matrimonio tirándole una granja en la cabeza. Sería casi perfecto si no fuera tan creído, sobrado y mujeriego, pero sobre todo, su peor defecto es que es malísimo a la hora de la dialéctica amorosa (y se sabe que pretendía a muchas, con las que nunca llegaba a nada serio). Parece que Marina ha descubierto que sus patéticas maneras de intentar contraer matrimonio es realmente porque quiere hacer feliz a su anciano padre, el Barón Lara, el cuál quiere que antes de morir él, su hijo haya encontrado esposa. Él quiere hacer feliz a su padre de forma desesperada...pero lo cierto es que no tiene ninguna gana de casarse. Eso podría explicar muchas cosas. También le regaló a Marina el que iba a ser su futuro caballo, Ventisca (aunque ella se adelantó y lo tomó por su mano, jeje.) Parece bastante seguro que después de muchas aventuras con Marina Oliván, ellos dos se casarán 
sábado, 2 de julio de 2011
Resumen de partida: El principio de algo nuevo...otra vez (Sesión introductoria)
Su aventura comienza como un día cualquiera cuando amanece en la campiña castellana. Marina, arrastrada por la mala influencia de su amiga Cintia Ruiz, espera al amanecer para robar unas frescas y jugosas sandías en el campo de Mauricio el Roñoso, su vecino. Mientras corren con el preciado tesoro, su vecino alza su hoz por encima de la hierba y las persigue entre las plantaciones, intentando identificar a los ladronzuelos que le roban. Para ello, con gran maldad, Mauricio suelta a Napoleón y a Salchichitas para que cace a los ladrones, pero el bulldog francés y el pequeño caniche no imponen demasiado, eso le pasa por creer que los perros del extranjero son mejores, a los roñosos son los fáciles de timar.
Tras su pequeña travesura, Marina y Cintia se reunen en la vieja granja abandonada, que hace las veces de granero alguna vez. La granja siempre ha estado así y no parece que nadie la quiera reparar. Marina y Cintia, amigas de la infancia, discuten sobre sandías y melones. Mientras mira intensamente las frutícolas, a Cintia le llega una duda existencial de sobre por qué algunos hombres llaman a los senos femeninos "melones". Tras una conversación amena entre chicas, la campana del pueblo suena, y la villa comienza a despertar. Cintia, con la excusa de que ahora trabaja para el herrero del pueblo Julián Montalbán, le da el resto de las sandias a Marina y se va hacia la villa. Marina, por otro lado, aun sospechando de las extrañas buenas intenciones de su amiga, acepta llevarse la fruta.
Marina llega a casa y se encuentra con que su vecino Mauricio el Roñoso está pidiendo explicaciones de quién le roba las sandías. Su padres, Tomás y Beatriz, pagan el coste de lo robado, sabiendo que su hija ha vuelto a hacer de las suyas bajo la mala influencia de la huérfana Cintia. Beatriz, queriendo ser educada (sólo, educada) le invita a tomar algo a su vecino como disculpa, pero Mauricio en vez de tomar la mano que se le tiende, toma todo el brazo y se queda a desayunar. Marina intenta entrar en casa con la sandía por el patio gallinero, y hace gala de una buena maña para no despertar a esas locas gallinas. Cuando entra en casa Mauricio no tiene más remedio que acabar enterándose que la que roba las sandías es Marina, sólo ella, pues entró en casa con las pruebas del crimen. Por otro lado, Cintia, mientras va hacia la forja del pueblo, se ríe malvadamente pues sospecha que su plan ha salido a la perfección y está libre de sospecha de robar sandías.
Tras el desayuno, el pueblo se viste para acudir a misa, y la familia Oliván no son menos. Allá en la villa, la misa se hace interminable, pues aparte de que son largas de por sí, más lo son si el cura es tartamudo. El pobre Padre Merino tiene problemas para hablar en público. De hecho, hay misa porque una de las monjas le empuja hacia el altar para que hable. La misa se hace interminable y las mujeres se abanican con aburrimiento. Llega el momento de consagrarse y las familias van hacia el pater para tomar la consagración. Marina y Beatriz van, mientras su padre las espera en el banco. Marina le pregunta a su madre por qué nunca va su padre a tomar la consagración, y ella le responde que su padre "no cree que el cuerpo de los profetas esté en una galleta". Algunas feligresas que chochean ya se escandalizan ante tal comentario en la iglesia, pero a los 5 minutos se olvidan y siguen abanicándose casi con furia. El primero en consagrarse es el Barón Lara y su hijo, Alonso Lara, el picha brava (o eso quisiera) de la villa. Tras tomar la comunión saluda a Marina en la cola de la misa, y la saluda como un caballero, tomándola de la mano y besándosela (todo un escándalo en una iglesia). Al retirar la mano, Marina ve como le ha dejado un papel donde le ha dejado escrito Alonso Lara que se encontraran después de la misa en la vieja granja abandonada, ellos solos. Las viejas vuelven a chismorrear escandalizadas, llamando a Marina de todo menos bonita, que si es una pelandrusca que hace que los hombres hagan cosas blasfemas en la iglesia, que las muchachas de hoy en día eran unas frescas y bla bla bla. Otra cosa que avivó los comentarios hacia Marina en el pueblo, era que se levantara para acercarse al altar para darle la paz del Señor al padre Merino, cuando éste siempre se muestra aparte en este tipo de cuestiones. Ni qué decir que se podía freír un huevo en la cara del pater, mientras la monja se reía inocentemente ante la situación, mientras los comentarios negativos hacia las hijas de los Oliván crecían por las chismosas: " va a por todos los varones, incluso se le insinua al cura, qué buscona" siguen diciendo más o menos las viejas. Al fin y al cabo, es un pueblo. Sus padres por el contrario les da igual, incluso aprueban que su hija lleve contraria a la gente (más que nada porque ellos eran igual a su edad)
Más tarde, Marina se reune en la granja abandonada con el futuro barón, el señorito Alonso Lara. Le esperaba tras la puerta, encerrándola justo cuando ella entrara. Allí declaró su amor (de forma muy patética) haciendo símiles de su persona con una estrella y chorradas varias y otros comentarios hirientes y pomposos como "deja tu burro y cásate conmigo", le dice mostrándole un anillo con el nombre de su amada Marina grabado (de todos los anillos que tenía acertó con el que correspondía). Marina, viendo que no había por donde huir, pues él estaba bloqueando la salida astutamente, se le abraza emocionada (para poder alcanzar el pomo del portón) mientras él no paraba de preguntar emocionado "¿eso es un sí?". Marina lo sigue abrazando y le da la vuelta, estando ahora ella cercana a la puerta, se separa de él y le responde "eso es un...¡tengo prisa!" dice locamente mientras cierra de un portazo la granja abandonada y sale corriendo como alma que lleva el diablo. Lo que nadie había previsto es que fue tal el portazo que pegó Marina que la granja se derrumbó parcialmente encima del hijo el barón. Cuando Marina vió que el hijo del barón estaba ileso mientras sacaba una mano entre las vigas con el anillo, todavía pidiéndola en matrimonio, salió corriendo hacia su casa.
Allá en casa lo primero que hacen sus padres es mirar la mano de su hija, y al ver que seguía desnuda respiraron con alivio. Con esto salió el tema de las pedidas de mano y su hija Marina pregunta cómo fue la suya, la de sus padres. Éstos se miran y misteriosamente cambian de tema con gran descaro, lo cuál le toca un poco la moral a su hija.
Tras preparar Marina las últimas piezas de alfarería, se dispone a secarlas y llevarlas a la feria del pueblo con su gran pollino valiente. Su padre Tomás sugiere vender el pollino pues ya está para el arrastre, pero su hija Marina se niega rotúndamente ¿le habrá cogido cariño al burro?
Allá en el pueblo hay un heraldo hablando encima del pozo, contando las nuevas, sobre cómo los cardenales han decidido disolver el Tercio Viejo de San Juan y que hay que racionar la comida porque Mountaigne está bloqueando los puertos castellanos. Marina se mete en la feria y consigue vender algunos botijos de barro cocido de forma extraña, pero curiosa. Allí se encuentra un puesto de metales forjados, donde está su amiga Cintia vendiendo materiales de la forja del pueblo. Se quedan charlando y Marina se da cuenta del poco arte y paciencia que tiene su amiga para vender productos. Al final acaban hablando del hijo del barón y Marina le cuenta que acababa de pedirla en matrimonio en el viejo granero. En ese momento Marina descubre que a Cintia también intentó "conquistarla" el susodicho, pero que ella no le dió bola porque esperaba a que lo hiciera de nuevo de manera menos cutre. También se dió cuenta de que Cintia está un poco encoñada de Alonso Lara, por lo que empezó a tirar de los pelos a su amiga por envidia en mitad de la feria. Al final de la conversación, Cintia le acaba vendiendo una daga que no corta, pero al desprenderse la hoja de la empuñadura, Marina decide quitarle una lima sin que se diera cuenta para compensar el timo.
Josué, Blas y Clara, los huérfanos del pueblo, le robaron la lima en la feria y persiguiéndolos conoció a Ramiro, maestro de escuela, aunque solo sabe impartir historia. Allí hablaron sobre el Tercio de San Juan, y Ramiro le pidió si veía a alguien del Tercio que le dijera que Ramiro León estaba allí.
Marina volvió a casa con el dinero y una lima, pero sus padres no se encontraban allí, así que decidió darse una vuelta. Allí en la posada "las castañuelas alegres" vió que estaba plagado de mercenarios, la mayoría eisenos imponentes. Allí había otro hombre enorme y barbudo, el Capitán Barceló, que se encontraba reclutando gente sobre un papel donde ponían precio a su cabeza por deserción. Marina estuvo hablando mucho tiempo (o más bien escuchándo a ese fantoche) sobre sus estúpidos planes de hacerse pirata para volver a la Armada Castellana y conseguir una patente de corso, el problema es que solo cuenta con un bote y una tripulación de 4 piratas...toodos locos. Mientras, su criado no hacía más que darle la razón o tocar el violín cuando Barceló se ponía dramático. Allí juntos llegaron a la conclusión de que su tierra podría ser liberada por mar, y con ésta idea fue a sus padres a contarselo. Pero sus padres no estaban en casa.
Más tarde tuvo otra travesura con Cintia, escalar el campanario y dar cinco campanadas, siendo las tres de la tarde, lo que confundió a todo el pueblo. El padre Merino las persiguió por el pueblo infructuosamente. Con el "cambio de hora" improvisado, aprovecharon para coger unos melones a Mauricio el Roñoso, para no ir perdiendo la costumbre. Volvieron a la granja abandonada y alli escucharon entrechocar de espadas. Los padres de Marina se estaban batiendo en duelo y rememorando viejos tiempos (¿qué tiempos? ¿acaso no eran campesinos?). Marina, escondida, descubrió que su padre es realmente avalonés y que no son precisamente unos campesinos muy normales. El duelo quedó en empate "como siempre" dice Tomás a su esposa Beatriz. Ya en el suelo de la granja, se echan un rato mirando desconcertadamente como un melón rueda por una de las vigas caidas hacia ellos.
Ya en casa Marina deja claro que se ha enterado del pequeño secreto de sus padres y su afición por matarse con floretes en el granero abandonado, así que le cuentan parte de su historia. Marina muestra intenciones de alistarse algún día al ejército o a la marina, lo cual no le hace mucha gracia a sus padres. Su padre le regala un crucifijo con una piedra de singular belleza, como regalo para que su hija no hiciera ninguna estupidez de alistarse en un ejército. Sus padres quieren asegurarse que su hija no van acabar en ninguna guerra absurda muriendo por un rey al que ni siquiera conocen. En cualquier caso, dejaron bastante claro que no querían a su hija en la guerra, de hecho hablaron de mudarse, pero...¿a dónde?
Al final pasa lo inevitable, la guerra alcanza la Villa. Durante la cena, la familia Oliván nota como sus platos vibran y forman olas en su sopa. No es una tormenta. Bueno sí, la de la guerra. Los cañones se escuchan a escasos kilómetros. Están asaltando la ciudad de Santiago al norte de la villa.
Durante la noche comienzan a llegar los primeros refugiados. Soldados del Tercio que se han retirado...pues dicen que hubo alguien de dentro que les ha habierto la puerta a los enemigos. No podían combatir con un traidor entre sus filas. Marina les dice a los soldados del Tercio, Castellanos, Mariano y Bianca que Ramiro se encuentra en el pueblo. Todos se reunen a la esperda de decidir si van a retomar la ciudad de Santiago, si hacer frente a los gabachos en Santa Elena o replegarse en el fuerte de San Teodoro. En cualquier caso, la participación del pueblo es decisivo.
Y así acaba un día relativamente normal para Marina Oliván. A la noche siguiente, todo cambiaría.
Su tío, Harold Owen, un espadachín con parche en el ojo ha reaparecido en sus vidas después de muchos años. No parecía conocer la existencia de su sobrina Marina, y no le importaba demasiado. Harold Owen iba con la intención perdonar a su hermano, después de que perdiera el ojo (y a una persona) por culpa de su hermano...aparte de que lo odiaba por haberse casado con la única mujer a la que había amado, Beatriz. Les propuso unirse a ellos en una nueva cruzada, como los viejos tiempos, pero esta vez...una más decisiva. Unirse a una organización con verdadero poder, no como los Rosacruces, dice. Poder real, poder controlar el mundo, acabar con las guerras, provocarlas...podrían aceptar a ser una de esas pocas personas que pueden cambiar el mundo. Harold había cambiado mucho en estos 24 años, hasta el pundo de ser irreconocible. Está consumido, agotado, nervioso, pedía constantemente un artefacto que guardaba su hermano y Beatriz. Thomas, al rechazar la oferta de su hermano hizo enfurecer a su hermano, sobre todo porque le miraban como si hubiera enloquecido. ¡Detestaba que le prejuzgaran! Claro...ellos eran felices en su pueblucho con su hija...con la mujer que él había amado. Le sacó de sus casillas. Pero estaba preparado ante la negativa de su hermano, había tomado una decisión y sus hombres estaban dispuestos a actuar.
Marina Oliván volvió a casa después de otro día de duro trabajo trabajo. Todo empieza a ir mal cuando se encuentra a Salchichas, el perro del vecino, degollado. Mariano, por su parte, solo estaba amordazado. Marina ve su casa en llamas y ve paisanos armados llevando a sus `padres fuera de casa hacia un carruaje celda para llevárselos. Harold les está dando órdenes. Escucha las voces de los soldados, de donde distingue acento mountaignés... ¿por qué hay mountaigneses al servicio de su cruel tío? ¿Qué demonios busca Harold con tanto ahínco?
Harold se toma un momento para aprovechar que Beatriz está presa para abusar de ella delante de su hija, mientras Thomas está insconciente en el carruaje prisión. No llega a abusar del todo de ella, pues su hija no hace más que tocarle las narices tirándole una piedra. Harold decide que la diversión a acabado. Se lleva a los prisioneros hasta conseguir lo que quiere de ellos. En cuanto a su sobrina, le ha dejado un hermoso corte de despedida en la clavícula, para el próximo encuentro. Cuando se marchan, encuentra una carta abierto, cuyo remitente es un tal Walter Ericson y va dirigida a su padre. Parece dar una pista que no parece tener mucho sentido...
¿Qué vas a hacer, Marina Oliván?
A partir de ahora tu camino lo haces tú. Hay miles de caminos y ningún hogar al que volver.
martes, 28 de junio de 2011
Oda a Castilla
castellanos de desnudos corazones
con garras de cálida y apasionada esgrima
nuestras familias guardamos noche y día.
He aquí Castilla, la vieja gloria
antaño nuestro sol nunca se ponía
la dejamos para guardarla en nuestra alma
sincera, pura, cálida como nuestro alba
He aquí Castilla, ahora arrasada
y una a una va cayendo nuestra espada
nuestro envidioso enemigo aniquila
todo cuanto se mueve, todo lo que respira
He aquí Castilla, ahora tierra triste
antaño alegre castañuela, como viste
ahora, abusada por avaricioso gabacho
¡¿Castellanos, es que ya no estáis hartos?!
He aquí Castilla, que ya no germina
todo muere, arde, batalla que no termina
prospera la guerra que no cultivamos
para el soldado ha llegado de segar lo sembrado
He aquí Castilla, ahora arrebatada
¿vamos a quedarnos en casa?
¿vamos a inclinar nuestro cuello?
¡¿o vamos a luchar hasta quedar sin resuello?!
He aquí Castilla, tierra del buen honor
por la familia, aguantamos gran dolor
aquí morimos con gran valentía
y nunca, ¡nunca! pediremos aministía
¡Castilla es de quien sangró por su libertad!
¡No por quién la quiso exclavizar!
¡Lucha, vence y muere, pueblo castellano!
pues mejor muerto que consentir gabacho
lunes, 6 de junio de 2011
¡Cierra, Castilla!
Los cuervos estaban a la espera de su festín. Pero hasta entonces, su futura comida se pudría al sol sobre las estepas marrones de Zepeda. El ejército Mountaignés, situado al norte de la estepa, gozaba de cómodas y limpias tiendas de campañas blancas, coronadas de banderas azules con el emblema del Sol de su nación. La moral del ejército invasor era alta, después de ocho horas de batalla contra el inquebrantable e improvisado ejército castellano. Se escuchaban sus risas extranjeras y sus ánimos fervorosos ante la inminente victoria a través del aire que olía a muerte y pólvora. De fondo los castellanos oían cómo se daban a la fiesta y la celebración anticipada, lo que les ponía con un humor de perros al ver a su enemigo alardear de pretender saber el resultado de la batalla.
"Solo Dios sabrá" decían los soldados castellanos.
Por contraste, El Tercio Viejo de San Juan se encontraba al otro extremo del campo, con escasas tiendas de campañas hecha jirones y con sus viejos soldados reunidos en las cazuelas, prestos a comer cualquier cosa: desde lagartijas hasta algunos huevos robados y manzanas. El ejército castellano era un conjunto de soldados quemados por el combate y la guerra; se distinguían claramente dos tipos de soldados: los del Tercio Viejo y los que se les habían unido por el camino, con deseos de expulsar a los invasores de sus casas. Los veteranos, distinguidos por los capacetes, habían renunciado a su peto, cediéndoselo a los novatos y campesinos, los cuales lo agradecieron amistosamente la protección. A la larga los soldados del Tercio Viejo cogieron la creencia de que más valía confiar en los camaradas que en las armaduras. La unión y la fe podía ser una valiosa armadura. A pesar de la tregua, nadie perdía un segundo. Los soldados veteranos seguían instruyendo a los campesinos en el manejo de armas.
Los Mountaigneses se habían retirado de la batalla por el calor sofocante del clima continental interior y por el acoso ilógico de los guerrilleros castellanos. Pero sabían que la batalla estaba ganada, no había más que tener ojos para saberlo.
Por el contrario, el Tercio Viejo de San Juan no se rendiría, no ya porque eran castellanos: tozudos, pasionales y unidos más allá de lo razonable; sino porque aquél ejército invasor les había dejado huérfanos de tierra natal. San Juan cayó hacía unos dos meses y ellos no estuvieron allí para poder evitarlo, porque se encontraban en un frente inmóvil y lejano que les había otorgado la Corona de Castilla. De todas formas, no habría servido de mucho, pues la tomaron con barcos. No hubiera habido lucha, las fragatas y monitores mountaignesas les habrían bombardeado desde el puerto. Con las atarazanas bloqueadas, era cuestión de tiempo que la península castellana cayera: fuera de hambre o bajo el cañón del invasor extranjero.
El capitán Ramiro León escrutaba la animada acampada mountaignesa al frente del campamento castellano, ignorando el ruido, las órdenes que daban sus sargentos a sus soldados y el griterío de los moribundos y heridos. Se encontraba con el sombrero de ala ancha puesto y con el capote deshilachado azotado por la brisa árida de agosto. Su sargento, Bianca, se acercó mientras se recogía el largo cabello oscuro, presto junto con el furriel Mariano, que aún portaba la bandera del Tercio a pesar de apenas ver con la venda que le cubría casi toda la cabeza. La bandera se había mantenido en vertical durante las 2 semanas de batalla, pero ahora el aspa de borgoña ondeaba triste sobre la tela en la que convivían el escudo de San Juan y el de la nación de Castilla, acompañado del lema: "Castilla mi natura, Vodacce mi ventura, Eisen mi sepultura". Ambos soldados se acercaron haciendo ruido para no sorprender a su superior y se dieron cuenta de que se le crispaba el rostro cuando los invasores se reían y disfrutaban de una buena comida. Los recién llegados hicieron un saludo marcial a su superior y la sargento se dispuso a informar.
-El maestre de campo, Luís del Río, ha fallecido. No ha pasado de esta batalla, como ya vaticinó. Su última voluntad es que la provincia de Zepeda no caiga, pues dice que eso supondrá el fin de nuestra nación.
Después de decir esto, se santiguaron y murmuraron unas oraciones para que encontrara el descanso. El rostro de Ramiro León, surcado de cicatrices y quemaduras, quedó impasible, aunque su barba descuidada temblaba ligeramente. Su honorable maestro y querido superior había muerto en el campo de batalla, pero no le dedicó una sola lágrima al caído. No porque no sintiera dolor, sino porque no era momento de mostrarlo. Cuando muriese, ya tendría tiempo de llorarlo con sangre en el fragor de la batalla. Dejaría que su espada expresara su agonía y su tristeza. El capitán se quitó el sombrero y se limpió el sudor, acababa de darse cuenta de que ahora él estaba al mando del Tercio.
-Que todo Cristo se entere de la mala nueva. Hacedlo bien, quiero que su muerte les haga arder la sangre de justicia. Obligadles a sacar las garras de leones que sé que tienen. Hacedlo vos, Mariano, sois muy pasional y fervoroso a la hora de honrar a los muertos. Mandad al capellán a dar la extremaunción al caído.
-Así lo haremos.
-Sargento. Podéis quedaros conmigo.
Bianca no mostró sorpresa. Vestida casi anacrónicamente con un uniforme castellano bastante antiguo de su tierra natal de Aldana, se acercó a su superior jugueteando nerviosamente con el cuerno de guerra que siempre llevaba, herencia guerrera de su familia.
-Han llegado noticias desde Ciudad Vaticana, ¿verdad?- preguntó sombrío al sentir la presencia de ella.
-Así es, mi capitán. Iba a llevársela al Maestre de Campo, pero...
-Como ahora soy el que carga con la responsabilidad del Tercio, os invito a que me contéis qué dice el Concilio de la Razón.
Bianca ignoró el resentimiento con el que el capitán había nombrado al concilio de los cardenales de Castilla.
-El Concilio de Razón ha denegado los refuerzos que solicitamos. Dicen que es primordial guardar todos los hombres posibles para contenerlos en el Fuerte del Río Delia. Está firmado por el infante Sandoval.
-El Infante no tiene ni voz ni voto- se lamentó el capitán-. La Iglesia está demasiado metida en política. Los cardenales solo cubren sus intereses y se dedican a reforzar la Ciudad Vaticana. Han dado por perdida nuestra tierra mientras ellos viven aún comodamente al lado del Mar del Cielo. Si queremos luchar, tendremos que contar con el pueblo, por lo demás, estamos solos. Malditos cardenales ¿Acaso les parecía poco conquistar el mundo espiritual sino que también quieren dominar el material?
-Guardaos esos comentarios, mi capitán, los hombres pueden escucharos y muchos otros pueden ofenderse. Hay muchos devotos.
-Soy creyente, sargento. Lo que no creo es en los hombres de Dios que se meten en política.
-Os creo.
El capitán se pasó una mano por la cara, palpando las grietas de sus cicatrices mientras miraba el paisaje castellano regado con la sangre de los soldados. Ya no podrían aguantar mucho más. El Tercio había retrasado ya durante meses el avance del superior, numeroso y profesional ejército mountaignés gracias a la guerrilla que caracterizaba a los castellanos: emboscadas, encamisadas, ataques relámpagos...fervor, valentía, amor a su tierra y valor, mucho valor.
- ¿Podremos organizar una encamisada para esta noche?
-No- respondió tajante el capitán.
-Sabe que cuenta con Mariano, Castellanos, Miguelo "Cachiporra"...
-Sé que cuento con los tuyos, Bianca, pero no nos dejarán una noche más. Además, no debemos abusar de las tácticas...o acabaremos enseñando a los gabachos todo lo que sabemos.
-Con permiso, capitán, jamás aprenderían a sangrar y morir como un castellano. Eso es algo que llevamos en la sangre y en nuestras almas. Ellos matan por su patria, nosotros morimos por la nuestra. Eso es lo que nos diferencia.
El capitán se limitó a asentir aprobatoriamente mientras desataba una leve sonrisa. Miraba el campamento enemigo, pues escuchaba los cascos de unos caballos aproximarse por la estepa.
-He aquí los carroñeros.- murmuró.
Bianca miró al cielo, escuchando a los cuervos esperar a alimentarse de los caídos.
-¿Los cuervos?- preguntó extrañada.
-No, los gabachos.
Sobre el horizonte de aire ondulado, se acercaban seis jinetes que escoltaban al general enemigo: el Mariscal Charles Dupont. Iba escoltado por un Sargento de los Mosqueteros del Rey Sol (por lo que dedujo que el Mariscal tenía sangre real) y cinco de los temida caballería pesada mountaignesa: los curaisser. Los jinetes portaban muchas banderas: una azul repletas del icono de la flor de Lis, otra del Reino de Mountaigne, otra de una casa familiar (presumiblemente la del mariscal) y otra sin ningún emblema. Ésta última era totalmente blanca.
-Los gabachos quieren parlamentar. O imponer sus condiciones más bien.
-Qué gran honor- añadió sin mucho entusiasmo Bianca.
-Reúne a lo que queda del Estado Mayor del Tercio. Trae a Mariano y dile que traiga otro abanderado que porte una tela blanca. Ordena al ejército a formar para dar batalla. Quiero a los piqueros en el centro, arcabuceros en los flancos. Veteranos al frente.
Hizo esto Bianca con gran rapidez, pero ya se sabe que las cosas rápidas no se suelen hacer bien. El capitán miró al abanderado Castellanos, portando una pica con una camisa blanca manchada de sangre anudada al asta del arma. Su bandera blanca, símbolo de parlamento y diálogo, estaba ensangrentada.
-Bastará. No es momento de ponernos pulcros. Adelante.
El ejército Mountaignés se desplegó en el campo de batalla. Los fusiliers de línea, vestidos con impecables casacas azules y blancas, se movieron en bloque lentamente haciendo un ruido atronador con cada paso a ritmo de un pífano que lanzaba las notas al aire de una marcha militar típicamente mountaignesa. El ejército enemigo se desplegaba de nuevo para la batalla. Ramiro León, o "León", miró dónde anclaban sus enemigos la artillería de seis libras. Tendría que saberlo en todo momento...ellos no contaban con cañones.
Con el Maestre de Campo muerto en combate, así como su Sargento mayor y sus ayudantes de campo, el Tercio Viejo de San Juan tuvo que improvisar un Estado Mayor para parlamentar con el Mariscal. Ramiro León, Bianca, Mariano y Castaños (un arcabucero que portaba la bandera blanca) avanzaron a pie, cojeando y aguantando el dolor de las heridas. En gran contraste, sus oponentes trotaban en perfecta formación de diamante en magníficos corceles de guerra. El Mariscal Charles Dupont, un hombre maduro vestido con casaca azul marino de gala y un bicornio oscuro orlado de cintas con los colores de su patria, miró a sus oponentes con clara muestra de desdén y desagrado al comprobar que eran unos sucios y malolientes campesinos los responsables de que Le Grande Armée no hubiera podido consolidarse en la provincia de Zepeda, ni haber llegado a la ciudad de Santiago. A estas alturas, ya debería estar asediando el fuerte de San Teodoro, pensaba el Mariscal con ambición.
-¿Hay alguna de estas sucias gallinas que sepa hablar mi idioma?- dijo el Mariscal en su mountaignés. Evidentemente, ninguno de los castellanos le comprendió.
-Encima el muy cerdo viene a hablarnos en su lengua.- dijo Castellanos ásperamente clavando el asta de la bandera blanca en el suelo con violencia-. ¡Eh, tú! Si tantas ganas tienes de hablar en tu idioma vete a tu casa, paticaliente. En cuanto me des la papaya te machaco ¿me oyes? ¡A montar gorro a otra parte jodía hostia!
Los escoltas del Mariscal, aun no entendiendo lo que Castellanos Jiménez decía, notaron el tono hostil de sus palabras y desenvainaron los sables. Ramiro León levantó una mano haciendo callar a su oficial arcabucero. No había entendido gran cosa de lo que había dicho el mariscal, pero sabía qué tenía que decir.
-Estáis en Castilla y éste es nuestro hogar. Una tierra que mancilláis con vuestra presencia hostil y deshonrosa. No tenéis ningún derecho de exigirnos nada pues aún somos libres y esta sigue siendo nuestra tierra.
El Mariscal sonrió y se quitó el bicornio.
- Ahora recuerdo por qué L´Empereur tiene tantos quebraderos de cabeza con vuestro pueblo. Vengo a que prestéis vuestra rendición...
-Esto es un Tercio Castellano. Aquí nadie se rinde, todos luchamos y morimos juntos.
-Bonitas palabras, pero dejadme acabar. A cambio, dejaremos que portéis vuestras banderas y que volváis con vuestras familias. Os aseguraremos que no sufriréis ningún daño si no os oponéis a nuestra noble causa.
-¡Por todos los diablos! ¿Habré oído bien? ¿Noble causa?- replicó Castellanos, que se abalanzó hacia el Mariscal para inflarle los morros, pero fue sujeto por la sargento.
-Con nuestra soberanía,-continuó el Mariscal- gozaréis de los privilegios de servir al Empereur, así como el bienestar de nuestra avanzada civilización y tecnología. Nunca más sufriréis malas cosechas y dejaréis de vivir como vagabundos catetos en el campo. Y ante todo, os liberaremos de la tiranía de la Inquisición y su Iglesia.
Tomó la palabra el capitán del Tercio.
-Nuestros problemas los solucionamos nosotros y no creo que os hayamos pedido opinión ni ayuda. Sólo habéis entrado en nuestra tierra a golpe de cañón sin pegar en la puerta. Estoy de acuerdo de que nuestra vida pueda ser dura, pero no nos hemos quejado nunca. Si queríais ayudar, era tan simple como no invadir nuestra tierra ni meteros en nuestros hogares. Os sentís libertador, pero no sois más que un grano en el culo que ha llegado sin avisar ni preguntar.
-No he acabado con las condiciones...capitán, si es que es vuestro verdadero rango. También liberaré a los prisioneros que hemos hecho. Son de vuestro ejército- el Mariscal se giró y miró hacia el campamento-. Mírelos, allí están.
Con horror, los oficiales castellanos miraron cómo los fussiliers mountagineses ataban a los prisioneros unas sogas al cuello a las robustas ramas de unos árboles solitarios. El Mosquetero que escoltaba al Mariscal negaba la cabeza, desaprobando tímidamente las acciones de su superior.
-No me queda más remedio que echaros por las malas para traer el orden y la justicia a esta tierra. Si os retiráis, viviréis. Si no...bueno, podéis imaginároslo.
El Sargento de los Mosqueteros que lo escoltaba se acercó a su señor y le habló en mountaignés.
-Señor Mariscal Charles Dupont, ¿no creéis que hay otra manera de llegar al consenso con éstos nobles soldados? Han luchado valientemente y con honor...
-Calláos, Gabriel. Si no podéis apoyarme en lo que hago, será mejor que os calléis- le pidió éste otro.
Dicho esto chasqueó los dedos. Un curaisser levantó una mano y los verdugos tiraron de una rama a uno de los prisioneros castellanos. El capitán conocía al prisionero, era un muchacho al que le habían desposeído de su granja, además de que su ganado había muerto por la artillería mountaignesa porque sospechaban que habían guerrilleros castellanos en la granja. El cuello del prisionero se rompió de un chasquido doloroso, por lo que murió instantáneamente. Los otros prisioneros estaban asustados, pero no ante el enemigo, sino ante la muerte. Inesperadamente empezaron a gritar desde las gruesas y duras ramas de los árboles. Hubo un forcejeo en la zona donde estaban los prisioneros. Los rehenes se estaban ejecutando ellos mismos.
-¡No dejéis que caiga la ciudad de Santiago!- gritó uno de los prisioneros a su capitán desde lejos, lanzándose voluntariamente al vacío, la soga hizo su trabajo.
-Nuestras almas están con Dios, ¡ya estamos muertos! Luchad por nuestras familias.-gritó otro saltando.
-¡Santiago!- exclamó otro lanzándose al vacío
-¡Castilla una y libre!- gritaba otro antes de que su cuello se quebrara.
Los verdugos estaban confusos y coléricos. Creían que iban a gritar clemencia, pero no se esperaban que los prisioneros se ejecutaran voluntariamente dando ánimo a sus tropas. No pudieron evitar la muerte de los rehenes a tiempo. Ramiro León le agradeció a sus hombres su arrojo y valor, pues le dolería no haber accedido a las condiciones del Mariscal. El ejército castellano estalló de ira y abucheó al Mariscal. A éste no pareció importarle la opinión de sus enemigos, solo le importaba la victoria, los métodos daban lo mismo.
-Veo que ya no tenéis nada con qué negociar. Mis hombres han hablado- dijo León santiguándose y coreado por el Tercio Viejo.
-La madre que lo parió...-soltó Castellanos lanzándose al ataque mientras le contenían Bianca y Mariano.-¡Sujetadme! ¡Sujetadme que le inflo al gabacho este!
-En ese caso, tendré que ordenar a mis hombres que ataquen. -sentenció el mariscal dándose la vuelta a caballo, ignorando al resto.
-¡Charles Dupont! Ésta conversación no ha acabado. ¡Debéis responder ante vuestros actos deshonrosos e inustos! Se ve que la palabra ha muerto hoy, dejemos que hablen nuestras espadas. Un duelo a muerte. Me lo debéis después de tal agravio hacia los prisioneros.- León desenvainó su vizcaína y su florete y adoptó una postura de esgrima conteniendo el odio y la violencia. Le rechinaban los dientes, en cuanto accediera se lanzaría al ataque.
Pero Charles ni se giró, ni accedió a sus ruegos. Se puso los guantes blancos de gala y le dio indicaciones al Sargento de los Mosqueteros.
-Gabriel, vos podéis encargaros de él. Si quiere un duelo, que así sea.
-¡Contra vos, mariscal!-gritó Ramiro- No seáis cobarde.
-No tiene nada que ver con la valentía, capitán. Simplemente no soy estúpido, esta batalla ya la tengo ganada.
Gabriel du Montaigne desmontó de su caballo con desagrado y accedió como un autómata. El mosquetero desenvainó su florete y su main gauche e hizo un saludo de esgrima sin ninguna gana de enfrentarse a Ramiro León.
-En garde!- dijo el mosquetero, esperando a que su contrincante se lanzara.
El capitán castellano lo ignoró y se dirigió con odio hacia Castellanos, dándole la espalda a su contrincante de esgrima. No era eso lo que había esperado Gabriel, el cuál estaba ya confuso.
-¡Castellanos, tira esa maldita bandera blanca ensangrentada! ¡Sargento, ordene el ataque!
-¡A sus órdenes capitán!- gritó la oficial.
-¡Ya era hora cojones!-gritó Castellanos tirando la bandera blanca.
Bianca tomó el cuerno de guerra. El Tercio Viejo de San Juan avanzó en formación por la estepa al grito de "Castilla". Las largas picas castellanas se alzaron alabando el cielo como un mar de púas, mientras los arcabuceros le escoltaban con aire furioso y marcial. El ruido del avance del Tercio Castellano era contundente e imparable.
El Mariscal enemigo llegó a su frente y dio la orden de atacar.
-Avancez! ¡La Joven Guardia, conmigo!
-La Garde meurt, elle ne se rend pas! (¡la guardia muere, no se rinde!)- gritó la disciplinada compañía de élite mountaignesa.
En el centro de la estepa, en tierra de nadie, Ramiro intentó irse, pero el mosquetero le seguía presentando batalla. Ramiro accedió al duelo que había iniciado. Debía cumplir su palabra. En mitad del lugar donde iban a chocar los ejércitos, el castellano y el mountaignés se enfrascaron en el dialecto de las espadas, acometidas veloces, y estocadas mortales. Los duelistas avanzaban y retrocedían mientras las dos olas de los ejércitos enfrentados se disponían a romper en el centro del duelo. La ira de Ramiro cegó su paciencia en la batalla, lo que le hizo ser imprudente y, por lo tanto, perdedor del duelo. Gabriel le apoyó la punta del florete en el cuello cuando dejó al capitán castellano en el suelo.
-Daos por vencido.- pidió el vencedor.
-El duelo era a muerte, mosquetero. Acábalo.
Al sargento de los mosqueteros no le apetecía nada acabar con su contrincante, lo admiraba.
-Entonces no lo deis por terminado.- dijo éste con un fuerte acento mountaignés-. No es compasión, León. Sois honorable y os respeto, simplemente.- le saludó con el florete y se retiró a su compañía de Mosqueteros para unirse a la batalla.
Ramiro se levantó con esfuerzo y dolor. Pero la ira y el brío corrían en sus venas. El ejército Mountaignere avanzaba frente a él. Pero a sus espaldas se acercaba el castellano.
Todos escucharon de repente gritar al Mariscal.
-Artillerie! ¡Fuego!
El Tercio Viejo de San Juan recibió la descarga de las baterías de cañones de seis libras. La descarga fue atronadora y caía sobre los piqueros del Tercio. A pesar de que los hombres caían y las lanzas se quebraban ante la artillería, los castellanos no cejaron en su avance. Es más, entraron en el fulgor de la batalla. Bianca siguió haciendo sonar el cuerno, uniéndose a la línea de piqueros, los cuales saludaron con un grito a su sargento. El cabo Castellanos se unió a sus arcabuceros y el furriel Mariano, con la bandera del Tercio ondeando al viento árido. Hacia un sol de justicia para una sangrienta batalla como aquella. Bianca saludó al capitán cuando la formación lo alcanzó. De repente el Tercio Viejo estaba desplegado, aunque recibiendo la artillería. Detrás de ellos, a varios kilómetros, se encontraba una de las últimas ciudades libres de Castilla occidental,Santiago, la cuál no debería caer si no querían estar a un paso más de perder su tierra. Tenían que librarles del tirano extranjero. Desenvainó la espada y la empuñó hacia el cielo.
-¡Santiago!-gritó el capitán con la espada recortada por el justiciero sol.
-¡Cierra!- rugieron los hombres del Tercios.
-¡Santiago!- repitió el capitán.
-¡Cierra!
-¡Santiago!
-¡Cierra Castilla! ¡Aur!
El ejército castellano avanzó picas al cielo y mosquetes cargados aun siendo bombardeados por la artilleria. Los fusiliers y la caballería pesada Mountaignesa les esperaba. Ramiro rugió como una bestia. Ramiro León lo llamaban, pero "León" no era su apellido, era un sobrenombre. Entonces supieron sus hombres por qué le llamaban "león". El Tercio Viejo de San Juan cargó como leones, nobles y con furia. Ramiro avanzó con los suyos.
-¡El Mariscal es mío!-gritó León.
-¡Santiago y cierra, Castilla!
Y así comenzó la batalla por Santiago.
Castilla, Estepas de Zepeda, hace 1 año.
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