martes, 19 de febrero de 2013

Al final del camino (I)

Pensaba que nunca llegaría a acostumbrarse a aquella  nación. Había viajado mucho, no había tenido más remedio. A toda prisa por muchos rincones de Théah, todos ellos oscuros, inmundos pero lo suficientemente discretos para él. Pero lo de Eisen no tenía nombre, aquello rozaba las descripciones que hacía el padre Merino sobre el purgatorio.

Se paró en mitad del camino. Le había alcanzado aquello que los castellanos denominaban "morriña". Era una sensación que cualquier castellano conocía, y les hacía volverse distantes y desapasionados cuando estaban lejos de su hogar. Alonso cerró los ojos y trató de respirar profundamente, pretendiendo fingir que se encontraba en Santa Elena, su hogar; pero no hubo éxito.

En el aire eiseno solo se podía respirar polvo. Las calles habían estado adoquinadas hace un tiempo, o se había pretendido al menos; pero después de que finalizara la Guerra de la Cruz en el año 1648 los cañones, los caballos y las carnicerías habían dejado un suelo lleno de baches y piedras. A pesar de que nos encontramos en el enero el año 1669, las disputas entre los Príncipes de Hierro para repartir las tierras no habían permitido que el país se recuperara del todo. 

Freiburg, sin embargo, sí parecía una ciudad ajena al resto de Eisen. Al menos pacería una ciudad, y era hermosa. Después de las guerras religiosas entre católicos y protestantes, Freiburg se había erigido como una ciudad neutral, dirigida nada menos por el filósofo Nicklaus Tägue, el primer gobernante declarado absolutamente ateo en toda Theah. Claro que, aunque muchos eisenos resentidos por las guerras religiosas habían aplaudido a este gobernador, también se había ganado a muchos enemigos sí creyentes, como el Vaticano y los protestantes.

Alonso pensaba que Freiburg iba a ser el lugar perfecto para celebrar la Cumbre Theana de las Seis Coronas, donde se pensaba llegar a un pacto para luchar contra los infieles de Cathay y el inminente apocalipsis profetizado por el nuevo Mesías; pero Nicklaus Tägue, borracho como otras muchas veces, cerró las puertas de Freiburg porque ni harto de vino iba a tolerar en su ciudad a "borregos estúpidos que siguen a un ciego pastor autoproclamado Profeta que lo único quiere es violar a sus ovejas". Ni qué decir que aquello indignó al Buen Rey Sandoval y...bueno, seguramente al Papa, si hubiera alguno en estos momentos.

Con ropas pardas y una capa de viaje, Alonso, o, mejor dicho, Frederic Strauss para quien preguntara en las afueras de Freiburg, entró en un hostal de mala muerte llamado el Dragón Verde. Había estado haciendo preparativos fuera, la cosa parecía estar marchando según sus planes. En el interior de la posada el ambiente no solo estaba rancio, como era normal, había miedo, mucho miedo. Las gentes de cuna más humilde se juntaban bajo las escaleras, señalando la parte y oscura parte de arriba donde se encontraban las habitaciones.

-¡Der Teufel! ¡Der Teufel!

El posadero parecía tener la mirada ausente, pero Alonso intuyó que estaba de los nervios. Todos estaban atacados.

Alonso se acercó al posadero y habló por encima de los gritos de los campesinos.

-¿Qué gritan esas pobres gentes?- preguntó pasando una moneda.

El posadero salió de su ensimismamiento sobresaltado y pensó las palabras en un mal castellano.

-Decir...eh..."el diablo"- explicó señalando arriba.

Alonso enarcó una ceja extrañado.

-¿Por qué?

-Sie wissen nicht- dijo el posadero encogiéndose de hombros mientras que Alonso hacía gesto de no entender nada,- Ellos...escuchar...hellscream, hellscream.

Aquello sí lo entendió y solo se le ocurrió una cosa. Frunció el ceño con rabia y subió corriendo mientras los lugareños seguían gritando "Der Teufel".

"Hellscream: grito infernal. Maldito sea, ¿qué ha sido de tanta discreción? ¿Tantas lecciones para que lo eche a perder?", pensó el Barón mientras subía.

Y entonces corriendo por la sala oscura llegó a la habitación. Entró y no se sorprendió nada en encontrar a un caballero allí dentro, a pesar de que la habitación estaba vacía cuando salió hará una media hora.

-¡Maldita sea!- exclamó el Barón con reproche hacia el caballero que estaba esperándole- ¿Se puede saber qué ha sido de "la discreción y el sigilo"?- imitó con un retintín sarcástico y una pizca de enfado mientras ordenaba un poco la habitación -¡Llevo tres días intentando no llamar la atención como me dijiste y tú vas y rompes el sigilo de un plumazo! Qué pasa, ¿no sabes predicar con tus propias lecciones? Me diste una soberana charla de media hora sobre no llamar la atención, ¡y ahora medio pueblo está gritando que el diablo está en esta casa!

Julius se encontraba sentado en el escritorio de la habitación, parecía que no estaba mucho en sus cabales. Tenía las manos ensangrentadas y sostenía el bastón del Barón igualmente cubierto de sangre. Parecía mareado o a punto de vomitar. Por supuesto, el "grito infernal" que habían oído los lugareños eran la hechicería de portales sanguíneos de Julius en acción. El espía no parecía estar escuchándole, había hecho mucho camino por el Otromundo. 

- Dejadme en paz- fue lo único que alcanzó a decir Julius.

Julius siempre había sido hosco y reservado, pero Alonso acabó percibiendo que había más tristeza en sus ojos que dureza en sus palabras. Era evidente que a Julius le había pasado algo malo. 

-¿Qué ha ocurrido?

Julius se incorporó, dejó el bastón ensangrentado junto la ventana y cogió la jarra de vino dispuesto a echarse un vaso.

-Nada...

-¿Va todo bien...? ¿Ha pasado algo malo en Montaigne?

-Nada. Son cosas mías. Cosas personales. Ella está bien. Solo...déjame en paz.

Alonso se sentó en la triste cama y, si no fuera porque veía a su guardaespaldas literalmente destrozado, hubiera intentado pinchar a Julius hasta que hablara. Hasta ahora el Barón ni se hubiera podido imaginar que Julius podía tener vida personal más allá de su rutina como espía. 

- Vamos, ¿es que no te pago lo suficiente? Es eso, ¿verdad?

Alonso tenía innumerables defectos, pero uno de los peores es que no sabía cuando parar de bromear. 
Julius mantuvo la compostura ante la broma.

-No es eso.

-Entonces es problemas de faldas.

Julius alzó la cabeza y lo miró. Alonso asintió con satisfacción.

-No intentes negarlo. Lo único que puede destrozar tanto a hombres simples como nosotros es una mujer difícil.

Julius bebió pausadamente. Tardó cinco minutos en hablar, pero Alonso esperaba mientras escribía unos documentos en el triste escritorio de madera de la habitación. Habló para sí mismo más que para su contratante.

-Ella no es difícil...el que es difícil soy yo. O mi vida, o mi pasado. O los sentimientos contradictorios que tengo. La quiero y por eso no puedo tenerla.

Cuando dejó el vaso en la mesa de madera vio la sonrisa picarona de Alonso mientras escribía al fondo e la habitación. Vaya sorpresa ¡Ni se podía imaginar que bajo la escueta apariencia de Julius se pudiera esconder alguien tan atormentado amorosamente! Julius estalló al ver la sonrisita estúpida de su contratante y le lanzó el vaso en un estallido de indignación. ¡Por eso no se abría ante la gente! Se sentía ridículo intentando explicar sentimientos estúpidos que no iban a ninguna parte. Alonso no tuvo problemas en esquivar el vaso con una carcajada y se acercó a él trayéndole otro vaso lleno de vino.

-Vamos, vamos...no puede ser tan difícil, te lo aseguro yo, que entiendo más o menos de mujeres. Veamos ¿ella sabe de tu existencia?

-Ella cree que estoy muerto desde hace cinco años. Ahora está prometida con alguien a quien ama porque yo he querido. No quiero ninguna burla, chiste, comentario, ni ningún abrazo, ni ayuda, ni ningún consejo de camarada ni nada por el estilo. Se acabó, sigo siendo su espía y protector y es lo que cuenta. Punto y final.

-...

Alonso seguía mudo. No esperaba eso. Julius concluyó con una frase pesada.

-Es mejor así. Así lo he querido.

-¿Y ya está? ¿La vais a abandonar?

Julius le miró fríamente.

-Abandonarla para no meterla en los peligros de mi vida. Menudo hipócrita sois los nobles ¿Acaso no hicisteis vos lo mismo con la señorita Oliván? Ni siquiera os atrevisteis a dar la cara cuando la abandonasteis. Si tan dispuesto estáis a insistir en que luche o haga algo ¿por qué no hicisteis vos lo mismo? No, Don Lara, no nos diferenciamos mucho. Voy a huir por verla bien, vos sois igual de cobarde que yo.

Alonso se levantó con una expresión neutra que Julius no supo descifrar. Comenzó a andar en silencio por la habitación, pero la calma fue interrumpida por una repentina lluvia caía de los cielos grises de Eisen. Julius se levantó observando la calle.

-Deberíamos partir.

-¿Qué? Pero si está lloviendo- se quejó el muchacho.

-Precisamente. Eso limitará la visión de tus perseguidores. Se lo pondremos más difícil. ¿O quieres que te vuelvan a partir una costilla como en San Elíseo?

Alonso rememoró aquél día. Un agente del Novus Ordum Mundi le había pillado en el este de Castilla por hacer preguntas en público que no debería. Se salvó al arrojarse desde lo alto de una pequeña arconada de la ciudad. El coste fue una costilla rota, pero era una suerte mucho mejor que ser prisionero o chantajeado por esos psicópatas. Cuando consiguió lo que se proponía en San Elíseo tuvo que alquilar un caballo hasta Charouse, tenía un baile al que asistir.

-Pero en San Elíseo no contaba con vos, Julius- respondió el Barón dándole una palmada en el hombro a lo que Julius le miró con dureza.

-Me temo que sobrevolarais mis habilidades.

-Nunca lo sabremos- replicó el Barón con una carcajada.

Julius abrió la puerta de la posada, se puso el traje de cuero de faena y el tricornio. La lluvia caía torrencialmente y antes de salir le respondió duramente:

-No tientes a la suerte.

Los dos misteriosos personajes entraron en la lluvia y comenzaron su larga andanza por el barro. El largo viaje de Alonso había sido penoso, pero tenía la sensación de que su esfuerzo iba a merecer la pena.
Un cuervo graznó desde lo alto de la posada. Quizás no lo escucharon o no hicieron caso de las advertencias del ave. Eisen estaba plagado de cuervos con ansia de devorar la carne de los hambrientos y los enfermos.

Quizás por eso no vieron venir el final de su camino.

lunes, 31 de diciembre de 2012

Feliz año, soldados

Los cañonazos del ejército de Montaigne eran incesantes. Uno tras otro las serpentinas de la marea azul invasora en Castilla caían entre la nieve blanca de las montañas del frente del norte. Los soldados castellanos, los hombres del Tercio Viejo de San Juan, todos ellos voluntarios para defender la patria, la corona y el hogar, se ocultaban en unas granjas abandonadas por la cercanía del ejército invasor.

El grupo de soldados veteranos había sido enviado en pleno mes de diciembre de 1665 a reconocer la punta de lanza de la reciente invasión montaignense. No por nada, se decía que el legendario Montegue lideraba el ejército enemigo. El Capitán Ramiro tuvo un escalofrío que nada tuvo que ver con el frío de las montañas al pensar en Montegue: era una leyenda viva, solo él podía haber conseguido cruzar el río con todos sus hombres y superar la frontera de Castilla con tanta facilidad.

La mansión solariega abandonada tenía dos pisos y seguía bien amueblada, como si el que hubiera vivido allí ni siquiera hubiera intentado salvar sus posesiones materiales. Desde una enorme ventana en la habitación se podía ver el campo donde podrían haber dado batalla los castellanos de no ser porque Montegue había sido astutamente rápido cruzando el río.

- Está bien, ¿mi capitán?- preguntó un hombre fornido, embutido en una coraza y coronado con el capacete propio de los ejércitos de Castilla.

Ramiro negó con la cabeza, contradiciendo lo que iba a responder:

-Sí, Mariano...estoy bien.

-Necesita comer algo, capitán-le instó el mismo enseñándole el único trozo de pan duro que les quedaba.

-No. Comeré cuando sepamos a qué nos enfrentamos.

El furriel del Tercio, Mariano, se sentó en un taburete guardando el único pan que quedaba. En la ventana había otro soldado acariciando un arcabuz y miraba el horizonte con los ojos desorbitados.

-Virgen Santa. ¡Cómo es posible que se hayan atrevío los gabachos a invadirnos! Más les vale que esos hi de putas estén haciendo la musa porque como esto sea en serio se las van a ver con Castellanos- dijo rasposamente el soldado con un bufido.

-¡Sshh! ¿Es que quieres desvelar nuestra posición?- le chistó Bianca Salvador, una veterana con las ropas casi feudales de un señorío de Castilla. Estaba enseñándole a cargar el mosquete a José, un chavalillo que se había alistado voluntariamente por no tener nada. José miraba atentamente y estornudaba cada dos por tres, ya que le había pillado la ventisca fuera- No te preocupes, pronto se te pasará, es solo un poco de fiebre- le dijo la muchacha a José mientras seguía desaprobando a Castellanos, que seguía refunfuñando.

- Si es imposible ver nada desde aquí, entre la noche y la nieve - respondió Castellanos enojado- ¡Aquí no pasa ná, cojone! Estoy más tostao que una puta en una iglesia.

Pero el capitán Ramiro levantó una mano cerrada en un puño y todos callaron. Había escuchado algo, así que prestos los exploradores bajaron con cautela por las quejosas escaleras de madera de la casa solariega. Detrás de la puerta pareció que entre el sonido de la ventisca se oyó algo. José, que era el más sigiloso, se aproximó a escuchar tras la puerta, pero con tan mala suerte, que el brutal resfriado le hiciera estornudar al lado de la puerta.

A partir de ahí todo fue un caos. Una salva de disparos atravesaron la fina puerta de madera, acribillando al joven y voluntario del Tercio. El chico cayó en el suelo de madera con un sordo golpe. Estaba muerto.

-¡Allez! ¡Allez!- se escuchó en el exterior de la casa entre la ventisca.

-¡Gabachos!- exclamó Ramiro y de inmediato Bianca y Mariano se habían puesto a los dos lados de la puerta principal, emboscando con éxito a los primeros y bien abrigados soldados extranjeros.

Desde el exterior, entre la nieve, un tirador montaignense apuntaba a la puerta donde se podía entrever el capacete del abanderado Mariano acabando con un mosquetero enemigo, pero antes de que apretara el gatillo alguien le atravesó la cabeza con un balín de plomo.

-¡Corred a casa desgraciaos! ¡Aquí no os queremos!- gritó Castellanos al resto de soldados desde la ventana del desván, recargando su recién disparado arcabuz.

Ramiro y sus soldados tuvieron un pequeño respiro, pero entre la ventisca se vislumbraba una línea de infantería.

- ¡Castellanos, acaba con el oficial! ¡Danos cobertura mientras escapamos por la puerta trasera!-gritó el Capitán desde el piso de abajo.

No oyó la respuesta, pero en un Tercio castellano lo normal era hacer las cosas en silencio.

Ramiro, Mariano y Bianca corrieron por la casa, y cuando salieron por la puerta trasera hacia la nieve no pudieron creer lo que veían.

Un comandante a caballo, seguido de una línea completa de infantería con mosquetes les apuntaba.

No había marcha atrás. Ramiro alzó los brazos.

-¡Alto! Me entregaré a cambio de que dejes partir a mis hombres.

El comandante, embutido en un uniforme azul y blanco, se acercó a caballo mostrando un rostro maduro, surcado de arrugas y de expresión inquisitiva. No dijo absolutamente nada y siguió observándolo.

- No hace falta derramar la sangre de nuestros hombres. Dejemoslo en un duelo honorable entre oficiales. Solos usted y yo. Nos entregaremos, si me derrota...

El oficial montaignense escupió en la nieve con expresión de total desprecio.

-Soy el comandante y duque consorte Charles Dupont de Dubois. Y no hago prisioneros.

Sacó un pistolete velozmente y se produjeron dos disparos. Una centésima antes de segundo Castellanos había disparado al comandante desde la casa, dándole al caballo del comandante. Ésto le salvó la vida a Ramiro, porque el disparo del general Dupont erró el corazón del capitán al encabritarse el caballo, aunque le acertó en su pierna derecha.

Bianca y Mariano corrieron entre la nieve para escapar, pero un oficial montaignense gritó:

-¡Abran fuego!

Pero los disparos no se produjeron. Se produjo un milagro, no hubo fuego. La nieve había humedecido la pólvora de los enemigos dejando los mosquetes inútiles.

Castellanos saltó desde el desván de forma torpe y, rompiéndose unas cuantas costillas, cayó en un carro de provisiones del ejército enemigo. Pero no había tiempo que perder, así que se incorporó rápidamente y forzó al caballo a tirar del carromato.

-¡Vámonos que nos revientan!

El carruaje entró por la carretera de adoquines despejadas por el ejército enemigo, pero no tardaría mucho en que eso dejara de ser así, debían darse prisa.

Un mosquetero montaignense intentó detener el carromato, pero el capitán Ramiro le hizo frente sin armas y con una pierna herida por el disparo traicionero del comandante. Con una furia ciega y armado con uñas y dientes, profirió un rugido sobrenatural y mordió con mandíbula de hierro la yugular del enemigo. Cuando neutralizaron el obstáculo, los soldados subieron y escaparon por la carretera, huyendo de los aislados disparos enemigos.

-¡Por los pelos!- dijo Bianca agachándose en la parte trasera del carromato.

-Sí...por los pelos- repitió oscuramente el capitán Ramiro después de escupir un trozo de carne tierna del mosquetero enemigo con el que se acababa de batir. Tenía un aspecto terrible, con la cara, los labios y los dientes empapados en sangre enemiga.

Los hombres del Tercio decidieron que debían volver con el Tercio y avisar al  Maestre de Campo, Luís del Río, de que la invasión era peor de lo que se imaginaban.

Y ese maldito comandante Charles Dupont parecía que iba a dar mucha guerra en los años venideros de la invasión.

Cuando la nieve hizo imposible que el carruaje pudiera continuar, los guerreros castellanos se ocultaron en una pequeña caballeriza. Bianca y Mariano ayudaron al capitán Ramiro a llegar a la caballeriza, debían atender su pierna en seguida. Presto, le hicieron un torniquete y le lavaron la herida.

-Habrá que amputar.

-¡Un carajo! Aún no está morada. No pienso ser un jodido capitán con una pierna- gritó Ramiro con dolor.

-Esperemos que no sea gangrena, pero casi seguro que tendrás una cojera de por vida.

-Suficiente con tal de vérmelas con ese hijo de puta de Charles Dupont un día más.

La caballeriza pronto se quedó estancada de nieve e intentaron encender un fuego, pero no hubo suerte.

Castellanos llegó al refugio después de asegurar que los alrededores fueran seguros. Cuando vio dónde se habían refugiado sus compañeros soltó un bufido.

-¡Joder, debe ser una maldita broma! ¡Un pesebre! ¿Vais a representar el alumbramiento del Primer Profeta?- dijo Castellanos.

Bianca le miró con dureza, no estaba de humor.

-Sí, menos mal que has llegado, no podríamos haber empezado sin el burro.

-Vaya, y supongo que tú eres la Virgen, ¿no?- escupió Castellanos con gran sarcasmo, replicando con la misma dureza.

Bianca se escandalizó levantando la espada.

-¡¿Qué insinúas?!

Pero Mariano se puso entre los dos.

- Calma chicos, ha sido una dura noche. Sentaos y cenad.

-¿Cenar? Si no hay nada que comer.

Pero el furriel Mariano sacó del carro de provisiones montaignense un puñado de huevos frescos y algo de vino y, de pronto,  a los soldados se les olvidaron las penas.

-Los gabachos pensaban celebrar el cambio de año en esa granja, no esperaban encontrarnos allí- dijo el abanderado con una sonrisa.

Cogieron el vino y batieron los huevos, para mojarlos con el único trozo de pan duro que les quedaba, el cuál repartieron entre todos.

-¡Já! ¡Si yo soy el burro, Mariano es el buey!- se carcajeó Castellanos ahora de buen humor por tener algo en el estómago. El humor había mejorado y la ventisca de fuera crecía. Mariano aceptó ser el buey con buen grado.

- Y José podría haber sido José...- murmuró Bianca y todos se santiguaron por el voluntario fallecido.

Una voz medio dormida se escuchó a un lado. el Capitán Ramiro hablaba suavemente: estaba recostado y había cogido fiebre por la herida de la pierna.

-¿Y yo qué demonios sería? Y no me digáis que el jodido niño santo...

Todos le miraron en silencio, pero solo Castellanos abrió la boca, en nombre de todos.

-Mi capitán...pa usted ni buey, ni burro ni ná. Vuestra merced es un león.

Y a partir de ahí Ramiro fue conocido por su brutalidad al defender a sus hombres como León el Capitán.

Pronto amaneció y todos sintieron en su interior una mezcla entre vacío, unión y esperanza.

-Feliz año, mis guerreros, que peores no pueden ser- dijo el Capitán Ramiro "León" viendo el sol alzarse en un nuevo día por el que luchar.

Bianca, Mariano y Castellanos respondieron al unisono más como colegas que como soldados.

-Feliz año nuevo, capitán.



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Año 1666-1667, primer mes de la invasión de los ejércitos del recién nombrado Empereur Leon Alexandres du Montaigne al reino de Castilla. Frontera original entre Castilla y Montaigne en los montes de la provincia de Torres junto al Río del Comercio.

viernes, 14 de diciembre de 2012

Nada es imposible

-¡¿Perdón, messier?!- preguntó atónito el comerciante de un puesto de jardinería en un burgo rural perdido en las miles de encrucijadas de Montaigne- !¿Puede repetirme qué es lo que quiere vuestra merced?¡

El hombre, que hasta hace poco había sido alto, joven y atlético, estaba encorvado y no se le veía apenas la cara con la capucha oscura que llevaba, a excepción de unos deshilachados cabellos plateados. Suspiró y repitió lo que le había pedido al tendero jardinero.

- Quiero un millar de rosas rojas silvestres.

-¿Pero cómo es posible que le traiga eso, vuestra merced? ¡Es imposible!- cuestionó el tendero, atónito y reflexionó.

-Nada es imposible, amigo mío. Hace poco fue el festival de las flores en los pueblos de Montaigne, ¿me equivoco?- le dijo el misterioso cliente con aspereza, completando los pensamientos del tendero.

-Oui, oui...mandaré a mis chicos a los pueblos, corren rumores por el gremio que en Mont Sant los niños han cogido las flores más bellas antes de que murieran por el invierno. Pero, messier...¿para qué quiere tantas rosas?

De la capucha se vislumbró una sonrisa alimentada por el recuerdo y la imaginación.

-Tengo una amiga...que va a montar una fiesta.

jueves, 13 de diciembre de 2012

Un desvío en el camino

Le Chateaû du Soleil estaba en calma esa noche. En el aire se olía los jazmines de los jardines laterales de la Reina Madre, y lo único que se podía escuchar era los pasos ahogados de alguien por debajo de las fuentes doradas del palacio. Ese jardín apenas era visitado, ya que se encontraba cerca de la capilla donde la anciana madre del Empereur se hallaba semirrecluida. La gente evitaba la mayor parte del contacto con la Reina Madre, pues se decía que seguía siendo ferviente vaticana y odiaba a su hijo. Sus jardines eran los más bellos y los más solitarios, bajo la luz de la luna las estatuas de ángeles y querubines se mostraban bohemias y románticas. Los únicos que se atrevían ir a esa zona eran los jóvenes enamorados que por razones políticas o de envidias y disputas familiares querían ocultar al mundo su amor prohibido.

"En la corte no se nos permite tener vida."

Un firme  y silencioso hombre caminaba solitario por los jardines de la Reina Madre. Estaba embozado hasta arriba por una casaca de combate de cuero cuyos abroches fueron víctimas de las prisas; la prenda le llegaba por encima de la nariz, mostrando sus escrutadores ojos azules, que iban dirigidos a las esquinas del laberinto de setos verdes. Obviamente, no quería que le vieran rondando por ahí, pero sus intenciones no eran las de ocultar un encuentro amoroso, como otros cortesanos.

Estaba allí para planear una venganza.

Bajo el ángel redentor de mármol se encontró con otra persona. Su informante.

-Messier, está todo preparado. El hombre de la Liga de Vendel ha firmado el contrato y su negocio prestamista será vuestro en cuanto deis el dinero. Con ello, la deuda de vuestro hermano menor pasará a vos. Os ha debido costar mucho reunir tanto dinero para plantear este paso de vuestra venganza, messier.

- No te imaginas cuanto, Gauvin. Cinco años reuniendo dinero, cinco años prestándome a servicios infames para ganar dinero y preparando mi regreso...

- ¿No hubiera sido mejor preparar unos asesinatos como venganza, messier?

- Cuando me dieron por muerto hace cinco años las cosas no estaban tan claras como ahora, Gauvin. No había contado con que el cruel viejo Angelier hubiera muerto, ni que mi hermano fuera el estúpido que le diera muerte. Ha cavado su propia tumba.

El jardín se quedó en silencio. Gauvin miró fijamente a su interlocutor.

-¿Messier? ¿Le pasa algo? Está todo listo, solo necesitamos su aprobación y empezaremos. Los aliados que ha comprado están preparados.

Le costó la vida arrancar lo que le pasaba, pero el hombre contestó:

-Aún...no puedo vengarme- susurró dubitativo-. ¡No! Aún no quiero vengarme- corrigió a sí mismo.

Gauvin lo miró atónito.

-¿De qué está hablando, messier?  Algunos miembros de la familia están deseando su regreso.

-Sí, porque ahora les van las cosas mal con mi hermano menor. Solo están asquerosamente interesados- gruñó detrás del cuello de la casaca.

-¡Pero lleva años preparando esto! ¡No puede parar ahora!-exclamó en voz baja Gauvin mientras miraba nerviosamente si alguien les escuchaba.

El hombre se levantó lentamente dejando caer todos los pliegues de cuero hacia el suelo. Miró el querubín de bronce de la fuente y recordó el encuentro amoroso que tuvo con una joven cantante de la corte hace mucho tiempo. Nunca olvidaría aquél encuentro nocturno, al igual que nunca olvidaría que la perdió a ella por un cruel chantaje, por política, por envidias familiares...la perdió por una estupidez. Al cabo de un rato agachó la cabeza apesadumbrado.

-Si tengo una maldita debilidad, es que no puedo contra una mujer que llora frente a mi. No puedo quedarme quieto esperando a que cometa una estupidez...

Gauvin frunció el ceño y ladeó la cabeza como si buscara alguna lógica en lo que decía ese hombre. Pensó que tantos años viajando por el mundo le había trastocado la cabeza.

-¿Messier Julius?

Julius no respondió. Sacó un pañuelo bordado y con el pulgar calloso recorrió las casi invisibles ("y un poco torcidas", pensó) iniciales bordadas en el filo.

-Esa niña tonta me necesita.
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Julius en los jardines de la Reina Madre justo después de ver a Marina Oliván llorando destrozada por aceptar el chantaje del Emperador para que no apoyara el plan secreto del Novus Ordum Mundi en la Santa Alianza. Charouse, Montaigne.

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Atlantis (I)

Desde las alturas se podía ver la gran ciudad blanca, solitaria y rodeada por el vasto océano. La blancura de las murallas y las torres se confundían con la espuma sedosa del mar eterno. Supervivientes y regias, las colosales torres albinas nacían de los océanos y se alzaban como un titan paciente y terrible que evitaba que las aguas engulleran el interior de la civilización. La protegían con un escudo de fuerza invisible, firmes contra el tiempo, escudados contra el viento y la marea, contra lo imposible, contra la grandeza del mundo y el terrible poder de los océanos. Era una ciudad imposible, pero era mucho más.

Era el símbolo la civilización contra la naturaleza. El recuerdo de nuestra civilización antigua conviviendo con Gaia.


La ciudad pálida y marítima estaba investida con la gran capa de los océanos, coronada por el cielo y blandiendo su cetro la Gran Torre de Marfil que vigilaba en el centro de todo. La aguja de la torre casi acariciaba el cielo cual Torre de Babel, y su punta fraccionaba en mil pedazos la luz de los astros con un sistema complejo de cristales-espejo. Las gotas de luz rompían en el cielo cristalinas y caían suavemente sobre la ciudad. Dentro de sus murallas crecía la vida, verde, equilibrada, armoniosa, bella y luminosa; mientras que tenía que convivir con el control de la tecnología, los vehículos elegantes, las luces artificiales, y los cambios de la ciudad. Al igual que la naturaleza, los edificios cóncavos y cilíndricos de la ciudad blanca crecían, se ensanchaban, ascendían o se ocultaban bajo tierra mediante los engranajes y bisagras enormes que hacían funcionar la ciudad como un gigante reloj conforme lo iban necesitando sus huéspedes. Un reloj que marcaba el tic y el tac de nuestra civilización, pero desconocíamos que nuestra arrogancia marcaba en su reloj el próximo fin. Habíamos conseguido la fusión entre máquina y naturaleza. Y por nuestra culpa, algunos de nosotros quisieron más y más. Sin quererlo, alimentamos la avaricia de algunos de los nuestros.

Quisieron a Gaia dominada por el Deux Machina, el dios máquina.

Qué arrogantes fuimos...


Nuestro equilibrio estaba a punto de romperse. No era un lugar excesivamente contaminado, la tecnología seguía un sistema complejo basado en la sencillez, pero había algunos que querían más. Sistemas y protocolos de seguridad ante las devoradoras olas permitían existir a la antigua civilización donde Dios no podía permitir la vida. Pero toda esa seguridad y fortificación contra la cólera de Gaia no le impedía ser una de las civilizaciones más bellas del mundo. Solo desde el cielo se podía ver el perfecto equilibrio de la ciudad, construida por círculos armoniosos que se comunicaban por una perfecta red de redes de plastiacero cabalgando por encima de las rugientes olas. Las ventanas de nuestras casas eran una arquitectura altamente avanzada en tecnología y claramente superior a la humana a años luz. Los ciudadanos se comunicaban por hologramas en tiempo real y muchos de nosotros nos transportábamos por hovercrafts diseñados como los barcos de vela que copiaron las civilizaciones clásicas de la humanidad.

Poseíamos una tecnología superior a la que ha tenido tiempo de poseer los humanos. Y mientras nosotros clavávamos nuestros estandartes por el mundo, los humanos estaban a punto de descubrir el fuego.

Nosotros somos los Syrneth. Y estuvimos mucho antes que vosotros.



Y aunque éramos superiores, fue nuestra codicia la que nos hizo caer ante los ojos de Dios. Una bestia que vive en todos los corazones, incluso en una raza tan superior como la nuestra. Os llevábamos años luz en cuanto a conocimientos, pero nuestros corazones no se diferenciaban mucho de los humanos. Y ahora, estáis a punto de permitir que el mismo error se reproduzca: dejar que las cadenas del honor, la virtud y la bondad liberen las múltiples cabezas de la arrogancia, la crueldad y el dolor.

Estamos en la Atlántida, cuna de la civilización de la mística civilización Syrneth. Y éste era mi hogar. El que decidí hundir para proteger al mundo de nosotros mismos.

Esta es la historia de lo que nos ocurrió hace miles de años. Y vosotros estáis a punto volver a permitir nuestra tragedia


Os avisé...

A la Bestia encerramos para protegeros.

...y estáis a punto de no entender de que algunos de los vuestros están siguiendo nuestros errores. Vuestro fin se acerca. Vosotros elegís. Salvación y muerte.

Vosotros aún podéis evitarlo. La humanidad debe decidir qué es lo que mueve  vuestro mundo.

No debéis perderlo todo solo porque algunos querían un poco más.

Nosotros solo deseamos un poco más, solo un poco más...hasta que el mundo se nos quedó pequeño y deseamos la creación.  Y cuando yo, decidí que debíamos parar, nadie me quiso escuchar. La avaricia había germinado en nuestros corazones. Era demasiado tarde. Ya no hubo vuelta atrás.

Debíamos morir...

Atlas

jueves, 15 de noviembre de 2012

Honor desfigurado


Las botas del joven soldado se lamentaban en el exterior de la mansión Dubois. Louis notó que su pulso se aceleraba mientras miraba una y otra vez el camino que venía desde las afueras de Paix. En cualquier momento aparecería un carruaje...con el cadáver de su padre. ¿Cómo era posible? Su padre era uno de los mejores mariscales del Rey Sol, ¿acaso los castellanos le emboscaron junto con sus guardaespaldas? Seguramente, pensó Louis, incluso le disparó algún guerrillero castellano antes de la batalla de San Teodoro, o un asesino. Desde luego, su padre, el mariscal Charles Dupont, era demasiado experto como para ponerse en peligro tontamente. Su mente privilegiada para la estrategia estaba por encima de los riesgos tontos de los guerreros. ¿Entonces...como había muerto su amado padre?
Además, no tenía sentido. Todas sus victorias por Castilla habían sido obras estratégicas dignas del gran general Montegue. Las ciudades acababan rindiéndose después de ofrecer una leve resistencia, incluso hasta el gobernante de Santiago lo iba a hacer. Su padre era un negociador nato...hasta que esos estúpidos guerrilleros asaltaron las calles e incendiaron la ciudad que a su padre tanto le había costado mantener intacta. A pesar de que el Rey Sol ponía en un apuro a su padre y le forzaba a la conquista de toda la península oeste de Castilla antes del invierno, su padre traía conquistas y conquistas y venía a contarlas. Y por supuesto, él mismo escuchaba las campañas de su padre en Castilla de principio a fin.
Al fin apareció el carruaje negro donde debía estar su padre. Miró a su lado. Su hermana Jeannette estaba estática y pálida como una estatua de mármol. ¿Acaso no sufría por la innoble muerte que les había dado esos campesinos castellanos a su amado padre? Ah...ojala le hubieran dejado ir a él también a Castilla con su padre cuando tomó Santiago sin apenas derramamiento de sangre. Pero tenía que quedarse en Charouse si quería llegar a ser como su padre; no podía permitirse dejar de ir a la Academia Militar más prestigiosa de la nación solo por una excursión. A su otro lado estaba su madre, la excéntrica duquesa Mariam Dubois. Iba con uno de esos vestidos horribles que tanto les gustaba a algunas viejas chochas de la corte del Rey. Ella tenía el rostro arrugado por la vejez y mostraba el semblante aburrido. Ni siquiera se había vestido de luto.

-¿Tan poco respeto le tenéis al padre de vuestros hijos, que ni si quiera se os ha pasado por la cabeza vestir como una persona decente, madre? ¿Ese es el respeto que le tienes a tu difunto marido?- su madre ni siquiera se giró, parecía hastiada de todo. Ante la falta de respuesta de su madre Louis le alzó la voz, pero evitando que los criados, centenares de militares y docenas de cortesanos que habían acudido para el funeral del famoso mariscal Charles Dupont escucharan sus ataques a su madre- ¡¿Es que acaso os dais cuenta de que sois viuda, madre?! Muestras un semblante como si el que hubiera muerto fuera cualquiera, sin daros cuenta de que no solo habéis perdido a vuestro esposo, sino que la nación ha perdido a un excelentísimo y noble general.

Hubo un incómodo silencio antes de que hubiera una reacción. Ella respondió muy tranquilamente, mirando fijamente cómo iba llegando el carruaje desde Paix.

-No te equivoques, hijo mío. Es cierto que tu padre era un gran general, un excelente estratega y un conquistador nato- dicho esto miró a su hijo con semblante ausente-, pero te aseguro de que no había nada de honor en él.

-¡Madre! ¿Cómo os atrevéis?- farfulló su hijo mientras levantaba la mano con furia instintiva hacia la duquesa, pero ella le aguantó la mirada fríamente.

-De hecho, no os diferenciáis en nada a él- sentenció la madura duquesa con voz quebrada esperando recibir el golpe.

Louis recogió su brazo sin querer. Era Jeannette, quién con expresión asustada tomaba su brazo y lo dejaba abajo.

-¡Louis, por favor!- rogó su hermana con gran sufrimiento, pero Louis sospechó que era más por el enfrentamiento con su madre que por la muerte de su padre.

El carruaje llegó a la entrada de la Mansión Dubois. Los militares hicieron una salva de mosquetes y un camino de sables de caballería hasta que paró delante del porche de la mansión. Louis Dupont se deshizo de la presa de su hermana y bajó por las escaleras de la mansión, llegando al féretro donde debía estar el cuerpo de su padre.

Un sargento vestido con un peto con el sol de la nación estampado en el pecho se adelantó a Louis con el rostro desencajado.

-Caballero, no creo que debáis...

-¡Apartad! ¡Es mi padre, y voto a bríos que quiero verlo por última vez!- gritó con violencia.

Con toda la impaciencia apartó a los soldados y a los criados y en un silencio sepulcral y expectante, abrió el ataúd.

-¡Por todos los diablos!

Hubo un tumulto general de sorpresa entre todos los presentes. El cadáver del mariscal no solo estaba irreconocible, probablemente por un cañonazo, sino que además le habían propinado docenas de cuchilladas en el pecho.

-¡¿Qué clases de salvajes le han hecho esto a mi padre?! ¡Esto es una salvajada incluso para la guerra! ¡Malditos castellanos, salvajes, bestias de campo, eso son! No merecen otro nombre...

Dicho esto cayó llorando sobre el ataúd y comenzó a llover en sobre Louis Dupont.

El velatorio siguió su curso y los cortesanos y militares comenzaron con sus corrillos y sus habladurías después de mostrar sus respetos al difunto militar. Louis no se apartó del cuerpo de su padre. No podía dejar de escuchar los comentarios de su alrededor. Todos hablaban de que el dirigente de la Academia Militar en la que Louis estudiaba, Philippe Leveqe, sería el candidato idóneo para sustituir a Charles Dupont. Ni siquiera había empezado a descomponerse el cuerpo de su padre y ya hablaban del nuevo mariscal: Philippe Leveque. Louis lo conocía, le había dado clases de logística y maniobras de campaña en la Academia Militar de Charouse. Ahora sería messieur Leveque el nuevo Mariscal... y ni siquiera había venido a presentar sus respetos al cuerpo de su padre.

viernes, 28 de septiembre de 2012

Ojo por Ojo...

La villa sureña de Santa Elena bombeaba tumultos. La confirmación de los rumores de la aparición del Cuarto Profeta sobre la tierra había hecho que el fin del mundo fuera promulgado por todos los rincones de Théah. Castilla y sus pequeños y humildes pueblos no iban a ser diferentes. Con el mensaje de igualdad y salvación, los pobres de todas las naciones se habían sublevado por devoción o por hambre, destrozando todo lo que la pecaminosa civilización occidental había construido. Muchos odiaban a los nobles, otros creían devotamente en Dios y creen en el Cuarto Profeta, otros querían salvar sus almas para el futuro reino de los cielos y otros muchos solo buscaban la excusa perfecta para desatar el caos y comenzar el saqueo. El Cuarto Profeta, falso o no, había dado luz verde a una actitud de salvación...a través del caos.

Dentro de la ciudad, el Pater Morales seguía proclamando mensajes apocalípticos tal y como los había escuchado del verdadero Profeta allá en Eisen...no quería asustar a la gente, pero quería salvar a todos los que pudieran del inminente apocalipsis, y Dios sabe que el miedo es una poderosa arma; quizás la única. Frente a la puerta de la empalizada, se encontraba un cuerpo tirado bruscamente en el suelo. Lo custodiaban mercenarios, valentones y soldados a sueldo. Una mujer rubia, de mirada alta y fría, ataviada con un largo vestido orlado por un hermoso plumaje negro que estilizaba su figura, se movía elegantemente entre los campesinos que huían y los que querían saquear. Aquél pueblo era un caos, pero todo fuera por llevar a aquellos paisanos a su Nuevo Orden Mundial. Siguió andando con indiferencia entre los muertos de la Villa y ni siquiera puso una expresión de tristeza ¿Acaso alguna vez en la historia hubo una revolución sin sangre? Aquél era un precio que los hombres debían pagar si querían un único gobierno, un único orden, un único mandato...de aquellos preparados para levantar Théah.

Llegó hasta el círculo de matones, que entendieron desde el minuto uno que ella era una de esa gente anónima que les pagaban tan bien.

-Señorita...- dice uno de los sucios matones tendiéndole la mano, pero la dama ni se digna a mirarlo. En vez de eso, sigue caminando como si todos aquellos disturbios provocados por el Pater Morales no le molestaran.

-Dejadme ver el cuerpo.

-Sí...señora.

Los secuaces se apartan y dejan ver un cuerpo oscuro tumbado en el suelo con la vista al cielo. Sus brazos están transformadas en dos grandes alas negras. Ella sonrió, desde luego, aquél era Corvus, su antiguo maestro hechicero cambiaformas.

-Vaya, vaya, vaya...Hola, mi querido maestro.

Ella se arrodilló junto al cuerpo. Corvus pertenecía al Novus Ordum Mundi, y su cargo era OJO, el encargado de verlo todo. ¿Seguía vivo? No, Marina Oliván se las había apañado para matarlo, como ella esperaba después de varios meses observándola; aunque por toda la sangre que había por allí, la guerrillera castellana debía estar muy herida. La expresión de Corvus era tranquila con las grandes alas negras que hacían las veces de brazos cruzados sobre el pecho, con un disparo mortal que quizás le había propinado la heroína. Ella sonrió.


- Qué sorpresa que estés muerto, ¿no, querido maestro?- comenzó ella a explicar al cuerpo muerto con voz socarrona- Resulta que al final Marina Oliván ha resultado ser más que un problema para ti. Quizás no debí haberte dicho que la chica estaba indefensa, que no estaba acompañada de otros con talento, que no tenía ni idea de empuñar un arma, que no tenía coraje alguno...no debí aconsejarte que podrías acabar fácilmente con ella y ganarte el reconocimiento del Concilio de los Trece- rió con crueldad- ¡Al final resulta que me equivoqué y te han matado por mi pequeño error! Espero que no me lo tengas en cuenta, Corvus. Después de todo, no es nada personal, ¿no? Eso fue lo que me dijiste cuando aniquilaste a toda mi familia para comprometerme con el Nuevo Orden Mundial...

Ella le prendió fuego al cuerpo, no debían dejar ninguna pista sobre la existencia del Novus Ordum Mundi...ya se estaban arriesgando su anonimato con esta operación final.

- Ya sabes lo que dicen, maestro: cría cuervos y te sacarán los ojos.

Cadenas por corona

Los grilletes se cerraron sobre las muñecas de Leandro Vázquez de Gallegos. El Alguacil cerró las esposas duramente y apretando con malicia,...