martes, 20 de agosto de 2013

Dejadme descansar

Cierro los ojos. Estoy tumbada sobre un montón de paja, tranquila. No es raro; es la hora de la siesta y, aunque ya falta poco para que caiga la tarde, todavía queda tiempo para dormir un rato. Aun así, siento que hoy será diferente: para empezar, la profunda respiración de Cintia al dormir se escucha lejos, un piso más arriba de este granero, y para seguir, él está tumbado a mi lado.
Entorno un poco los ojos y echo un vistazo de reojo al lugar. Alrededor no hay mucho que ver, solo montones de paja y, si te fijas bien, un par de…¿cómo lo diría? Trozos de tela elaborada, hecha con la vejiga de algún animal. Asqueroso, lo sé. No entraré en más detalles sobre la utilidad de esas dos…cosas. Miro arriba y, sobre nosotros dos,  hay una viga caída de madera que antaño formaba parte del techo y que, ahora, además de bloquear la puerta principal, hace las veces de “cueva improvisada”. Lo cierto es que me traía muchos recuerdos; después de todo fui yo quien la echó abajo hace ya casi dos años (aunque accidentalmente, debo decir). Y ahora, ¿quién iba a decir que, después de todo lo que ha pasado, iba a estar tumbada junto a la misma persona a la que le tiré esa viga en la cabeza por querer huir de una patética proposición de matrimonio? Lo sé, casi parece un chiste.
Me pierdo en mis pensamientos y empiezo a recordar de ahí en adelante: el momento en el que mi, hasta entonces, malvado tío, Harold, se llevó a mis padres, mi huída de la Villa de Santa Elena y la breve permanencia en el cuartel del sargento Félix Marangio. El día en que supe las verdaderas intenciones de esa frustrada encerrona en el granero; fue también cuando a Ventisca pasó a ser mi gran compañero de aventuras y conocí la leyenda sobre los caballos del Imperio de la Media Luna. También se cruzan por mi mente las revueltas de Santiago y las largas charlas tras las barricadas... En ese momento me viene a la cabeza cuando estuvieron a punto de ahorcar a Alonso por ser un castellano sin papeles en una ciudad pseudomontaignere. Sonrío y le miro. “No tenéis remedio”.
Justo entonces me doy cuenta de que él también me mira, no sé desde hace cuánto tiempo. Aparto la vista rápidamente; qué vergüenza.

- Se supone que íbamos a intentar dormir – me dice.

- Aham…¿y qué? – pregunto sin atreverme aún a mirarle.

- Pues que ni tú ni yo estamos cerrando los ojos.

- Ah, vale pues…cerraré los ojos –respondo sin saber muy bien cómo voy a conseguir conciliar el sueño. Hoy es uno de esos días en los que echo la vista hacia atrás y me pregunto si todo habrá, por fin, terminado.

Y entonces vuelven esas fugaces reminiscencias: me encuentro todavía en Santiago, en el momento en el que irrumpimos con los caballos en la iglesia de la ciudad para impedir la boda entre Jeannette y el Marqués. También hablo con mi padre antes de morir, él siembra en mí su última voluntad y, de pronto, siento que algo pesa aún en mi corazón. Recuerdo el barco vodacciano maldito, la isla de los quebrantahuesos, las olimpiadas piratas de la Bucca, la entrega del falso mapa a Rivera para confundir al NOM, el viaje a San Cristóbal en busca de mi madre y de cómo conocí allí a parte de mi familia, las celdas de la inquisición, el Vagabundo… Los constantes reencuentros y duelos a medias con mi tío Harold y la persecución por el puente que me llevó a conocer a Christiano. La estancia en Ciudad Vaticana y la investigación de los cardenales, la conspiración contra el rey de Castilla en su cumpleaños y cómo Rivera consiguió salvarse de la muerte o de la condena de seguir muriendo mientras vivía. La llegada de Necrón, el Segador, y el secuestro y rescate de Valia junto a los siete señores de la piratería, la aventura en la Reina del Mar junto a Fernando y Mala Hierba. La gran batalla de San Teodoro y sus caídos, que nunca caerán en el olvido; ese beso que cambió mi vida…
Siento entonces una extraña sensación que ya conozco y que a la vez no comprendo, y no sé si se trata del estómago, la cabeza o el corazón, pero me está volviendo loca.
Entorno los ojos y miro a Alonso casi subrepticiamente. Para mi sorpresa, sus ojos se encuentran de nuevo con los míos.

“¿Se puede saber qué demonios hace? ¿En qué piensa? ¿Es que tiene algo que decir o algo así?”

- Esto…creía que ibais a intentar dormir.

Alonso vacila un poco.

-Sí…sí.

Nos miramos de nuevo y volvemos a apartar la vista al encontrarnos. ¿Qué estamos haciendo? Empiezo a pensar que no es vergüenza, sino estupidez. No sé qué pasa…ni qué me pasa.

- ¿No podéis dormir o qué?

- No…sí, estoy bien.

- Entonces no os hagáis el dormido. Decidme – Insisto - ¿Alonso?

- ¿Quéee? Estoy intentando dormir…

- Sí, ahora, ¿no? – hago una pequeña pausa. Sé que soy muy pesada así que, finalmente, me rindo. Quizá realmente no ocurra nada – Está bien, está bien…os dejaré tranquilo.

Finjo acomodarme y cerrar los ojos y suelto una carcajada al ver que Alonso no descansa y, si lo intenta, no puede. ¿En qué narices estará pensando? Lo mato.

- Sois un mentiroso – le suelto de pronto.

- ¿Eh? Me habéis despertado – responde haciéndose el amodorrado.

Esta vez mantengo la mirada, aunque él no lo haga. Sonrío. A mí no me toma el pelo de esa forma:

- Eso no os lo creéis ni vos mismo. ¿Qué os pasa?

- Nada, no me pasa nada – hace una breve pausa para darse cuenta de que sigo a la espera de una respuesta más convincente- Así no puedo dormir, me estáis poniendo nervioso.

- ¿Ah sí? ¿Os pongo nervioso si os miro? – Mi tono se torna burlesco. “Si así consigo sacarlo de sus casillas, que así sea”.

Pero él comienza a jugar a lo mismo que yo. Esto no me gusta.

- ¡Ay, dejad de mirarme! –exclamo.

- ¿Por qué?

- Pues porque…me pongo nerviosa – giro la cabeza y miro hacia arriba con una expresión enfadada, aunque realmente no lo estoy. Se acabó la gracia: “Está bien, Alonso, vos ganáis”.


Vuelvo a no ver nada excepto esas imágenes, que pasan cada vez más rápido por mi cabeza:
La aventura en la Atlántida, la isla hundida, y la llegada al 7º Mar, con la vuelta de Harold a quien realmente era; el misterio de la bestia de Ussura y las extrañas costumbres de las gentes de allí, la búsqueda de Alonso a causa de su gran estupidez y cómo acabamos en un bote a la deriva…Esa sensación extraña. Recuerdo la vuelta a casa, y de nuevo, el fuego. Los rosacruces y la destrucción de los inventos de Giuseppe, las profecías de Eltanin y la misteriosa muerte del Papa; la marcha de Alonso y la llegada de Julius y Domingo Villaverde. El bosque de Fendes, la llegada a Mountaigne y el reencuentro con dos viejos amigos, el baile de máscaras en la Château du Soleil y las lágrimas en una de las peores noches de mi vida. La costosa entrega del Grial en Ávalon, el intento de frustrar y conocer los planes del NOM y cómo todo se desmoronó en Eisen luchando junto a los más allegados. Les agradezco tanto que estuviesen allí…
Finalmente, me encuentro de nuevo en casa, pero no hay descanso. Una desaparición, un falso testamento y un matrimonio por arruinar; una fiesta de disfraces, un juicio…y una siesta en este granero abandonado, donde todo comenzó.

Sé que todo ha acabado, pero siento que aun así no voy a poder tranquilizarme. Hace ya varias noches que no lo consigo… Siempre queda algún cabo por atar y no puedo evitar pensar en ello. No puedo evitar pensar en que…
De pronto, mis pensamientos se interrumpen cuando algo roza mi mano tímidamente. Siento un pequeño respingo y mi ceño se frunce de forma muy leve. No me hace falta mirar para saber que son sus dedos los que se abren paso, casi con miedo, entre los míos. Me encuentro bien.
“Es como si pudiese saber lo que se me pasa por la cabeza, como si supiese que hay algo que no me deja dormir.”
Despacio, entreabro los dedos mínimamente, intentando no mostrar mi timidez, y nuestras manos comienzan a acoplarse, a encajar. Finalmente, se entrelazan. Silencio.

“ Ya pasó todo, Marina, todo está bien” oigo en mis pensamientos. Realmente necesitaba escucharlo, aunque nadie lo haya pronunciado.
Ladeo entonces la cabeza, que miraba aún hacia el techo de la pequeña cueva, y me apoyo sobre su hombro.

- Bueno, no ha sido tan difícil – dice Alonso, casi con un susurro.

Respiro profundamente y sonrío. No suelto su mano; él la mía tampoco.

- Cállate.

“Cállate, porque ya pasó todo... Es hora de dormir.”
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Pensamientos de Marina Oliván en el granero abandonado de su Villa después de dos años y algo de aventuras. Escrito por Aleera/Sara, mi jugadora de 7º Mar.

domingo, 21 de julio de 2013

Paisajes de Théah (I)

Son muchas las ciudades y paisajes por la que los personajes de la partida de 7º Mar han viajado y corrido muchas aventuras. Algunas ciudades, edificios y lugares son parte del juego de rol original, pero son más las que han sido creadas por mi mismo (o modificadas) con un poco de imaginación. En este post me gustaría ilustrar un poco esos paisajes que he creado o modificado de 7º Mar para la partida, tomando fotografías de paisajes reales que creo que concuerdan con muy bien con la visión que tengo de esos escenarios que imagino en partida. Obviamente, las fotos son para recrear un poco lo narrado, las fotografías son orientativas, no escenarios literales de la partida. Estos son algunos de ellos:


Sierra del Testigo
El lugar fue ideado para ser un nido de bonachones bandoleros sureños. Quería crear como mi propia Sierra Morena en 7º Mar, así que no es de extrañar que las descripciones del lugar coincidan plenamente con ese lugar, hogar del famoso bandolero el Tempranillo, "el bandido bueno"

Paisaje de la Sierra del Testigo (Sierra Morena)

Cueva del Gato, refugio de los bandoleros castellanos (Parque natural de Despeñaperros)

En 7º Mar, esta sierra es un conjunto de cadenas montañosas de gran altitud, que se encuentra al norte de la Villa de Santa Elena, hogar de nuestra heroína Marina Oliván. Esta sierra es algo así como el símbolo de lo desconocido, la protección y el aislamiento del mundo, la puerta a los cambios, el camino hacia las aventuras y los peligros para las buenas gentes del sur; pues, a pesar de que saben que más al norte hay compatriotas suyos, también se encuentran los ejércitos invasores de Montaigne. Es el hogar de la cuadrilla de bandoleros de Antonio Cortés, el Patillas.

También es un importante lugar para las campesinas, ya que un río subterráneo corre por las cuevas de la montaña en la zona sur y desemboca en la Poza de la Santa, cerca de la Villa de Santa Elena. En la poza las mozas se reúnen para hacer sus quehaceres y lavar sus ropas y, de vez en cuando, bañarse. Es un santuario acuático para las campesinas de la Villa, aunque de vez en cuando algún fisgón se cuela por esa zona íntima de las mujeres castellanas.
                                      
                                    Poza de Santa Elena (Charca de las Mozas, Benahavis)


En el interior y los caminos  de esta sierra se desarrolló una de las primeras aventuras de la campesina Marina Oliván y su amiga de la infancia, Cintia Ruíz. Una en busca de su padre y la otra en busca de un porvenir fuera de su pequeño pueblo, ambas se toparon con el 7º cuerpo de caballería ligera del Teniente Sebastien, despiadado oficial de Montaigne.


San Teodoro
El castillo de San Teodoro simboliza la última esperanza del pueblo castellano occidental. Es la última muralla, el último refugio en el caso de que las tropas de Montaigne consiguieran tomar Santiago o San Agustín, las principales ciudades portuarias del sur. San Teodoro es un refugio para los castellanos como lo fue el Cádiz de las guerras napoleónicas, el último refugio de los andaluces ante las tropas francesas de Napoleón, símbolo de resistencia, terquedad y cabezonería popular. Una fortaleza que prácticamente se mete en el mar.
Castillo de San Teodoro (Castillo Palacio de Peñíscola)

En el juego original, San Teodoro no es más que un importante puerto de la armada castellana que mantiene a ralla a los piratas de la Fraternidad de la Costa y a la flota invasora de Montaigne. Yo preferí convertirlo en una fortaleza, y no una cualquiera, sino la última fortaleza. Algo así como un Abismo de Helm para los castellanos. De hecho, una importante batalla se dio aquí, donde cayeron pnjs importantes como Diego Núñez de Ávila, o Antonio Cortés el Patillas entre otros Héroes y Villanos.

San Teodoro es un símbolo que obliga a los castellanos a elegir entre luchar o morir. El que quiera huir tendrá que despeñarse por el acantilado sobre el que se erige el castillo.

Puente de San Ricardo
En el juego original, San Cristobal es la antigua capital de Castilla. En la partida de 7º Mar, San Cristobal no solo es el centro de la política castellana, sino que además es la residencia del Buen Rey Sandoval.
El puente de San Ricardo surge prácticamente como un largo puente por el que se accede a la puerta sur, desde las lonjas del puerto de la capital hacia el ensanche gitano de San Cristobal. El puente no era más que una excusa para poner las cosas difíciles a la heroína a la hora de acceder a la ciudad, pero rápidamente se convirtió en un buen escenario donde se han dado grandes acciones aventureras como el escape de las celdas de la Inquisición por parte de Marina Oliván y su consiguiente persecución a caballo por el largo puente, seguida de cerca por 20 guardias inquisitoriales y su malvado tío.

Al ser imaginado en un gran acantilado (en cuyas profundidades hay una salida secreta de las mazmorras del Palacio de Justicia Inquisitorial), me pareció muy propio imaginarlo como el puente del Tajo de Ronda, el que seguro que  muchos conocemos. La única diferencia entre el puente ficticio y el real, es que el de 7º Mar es muchísimo más largo.

Puente de San Ricardo (Puente sobre el Tajo de Ronda)



En las profundidades del acantilado se puede acceder a las mazmorras secretas de la Inquisición



Como con el tiempo se convirtió en un escenario recurrente, acabé poniéndole un nombre. Surgió con la película del Gato con Botas, en el que aparece un gran puente muy parecido al que me imaginaba, situada en la ciudad ficticia de San Ricardo.


En la continuación de este post seguiré con Mont Sant, la Catedral de Santiago y el puerto de la Reina del Mar.

domingo, 23 de junio de 2013

Entre el querer y el deber (II)

El pueblo estaba dormido y Alonso lo agradecía. Su aspecto era prácticamente lamentable y no quería que su imagen juvenil y elegante se viera distorsionada en sus tierras. Andaba lentamente y había decidido no entrar por la calle mayor que conducía a la plaza de la villa. Aunque no fueran horas, seguía siendo un mentidero y corría el riesgo de ser visto por las ancianas vecinas.

Esperó a la máxima hora de oscuridad para esquivar las patrullas de la Ronda y a los grupos encargados de iluminar las farolas cuando estas se apagaban. Entró por la frontera del barrio medio, por los callejones junto al último círculo de expansión de la ciudad junto a la empalizada, donde eran menos los ciudadanos que encendían su vela obligada en los portales. No necesitaba luz, conocía ese pueblo como si fuera su propia habitación. Cada seto, cada bordillo, cada farola, cada banco o cada pozo, estaba todo en el recuerdo de su infancia, todo asociado a pequeñas aventuras y escapadas cuando antes de la guerra.

Tras una caminata lenta y eterna, Alonso avanzó sus pasos hasta que llegó a la verja de la mansión de su familia y la enganchó con sus manos, estaba cerrada. Pero no era problema, él sabía que la ama de llaves estaría...

-¡¡Aaahh!!- gritó el joven Barón dando un repullo hacia atrás sin ni siquiera saber lo que había visto.

Cuando su vista se recuperó, pudo escrutar en la oscuridad medio rostro que salía de la columna de piedra de uno de los lados de la verja. Allí estaba media cara de Josefa Soriano, la ama de llaves de la mansión Lara, cuyo ojo saliente del muro le observaba inquisitivamente desde la oscuridad.

-¿Quién va?- preguntó la mujer, mirándolo desde sus ojeras cuarentonas.

-Soy yo, Alonso- apremió el joven volviendo a la verja.

-Lo siento, no damos limosnas.

Alonso dio un paso atrás y suspiró con una cálida y aterciopelada risa. Su estado era tan lamentable que le habían confundido con un vagabundo. Observó los balcones de la fachada superior para ver si había alguna luz encendida, sobre todo, si estaba la de su padre encendida. Nada, estaba todo a oscuras. Volvió a la carga tambaleándose hasta la verja.

-No soy un limosnero, señora Soriano. Soy Alonso Lara, hijo del Barón de Santa Elena.

-Pero el señorito partió a la guerra- indicó la señora, desconfiada.

-Pero he vuelto maldita sea, ¿es que acaso esperabais que volviera en un féretro?

-Bien, venga a la luz que le vea el rostro.

Alonso dudó ante esto pero negó enérgicamente.

-No, me vais a abrir la verja y pasaré sin ninguna maldita condición, doña Josefa Soriano. Agradezco su sentido de la desconfianza, pero soy Alonso, no un maldito ladrón. Y ahora, ábrame.

La criada echó mano al manojo de llaves, pero no sabía si hacía bien. No veía nada con esa insondable oscuridad, y la voz del supuesto señorito Lara estaba ligeramente cambiada, era casi un gorgojeo lamentable. Abrió la verja lo justo y necesario para que entrara.

-Gracias- acertó a decir cuando atravesó la verja.

Alonso atravesó el jardín de jazmines de su difunta madre y llegó hasta la puerta. La atravesó sin problemas y subió las escaleras de escalón en escalón apoyándose en el pasamanos. Casi saludó el enorme retrato bélico de su padre y subió al ala oeste de la casa.

Entró en el enorme salón secundario, donde su padre solía fumar o jugar a las cartas con viejos militares licenciados. Por una vez deseo que fuera así, pero estaba en silencio. La chimenea del salón de juegos brillaba con unas ramificaciones ígneas que atrapaban los leños. Las ascuas lo hipnotizaron y observó la chimenea que observaba hará ya un par de meses cuando sus tíos y el letrado de su familia vinieron a visitar a su padre.

Un crujido detrás de él le hizo sobresaltarse.

-¡Por el amor de Dios!- exclamó el Barón poniéndose en pie al darse cuenta de que la ama de llaves le observaba de cerca fijamente con una inexpresividad que daba miedo. Esa señora tenía el maldito sigilo de un fantasma.

Ella hizo caso omiso del cobardica y encendió las velas de los candelabros y los dejó en la mesa de naipes.

-Su padre se encuentra en reposo, está despierto- dijo antes de irse.

Alonso cogió el candelabro y anduvo hasta la habitación de su padre. Había pasado tanto tiempo desde la última vez que estuvo allí. Mes, mes y medio...pero para él había sido toda una vida. Golpeó suavemente con los nudillos en el quicio de la puerta. Una oscura tos le respondió desde la cama. Gregorio Lara, viejo militar y guardaespaldas del anterior Rey de Castilla en la Guerra de la Cruz y condecorado por su famosa labor. Ahora era un pellejo viejo que se descomponía con un pañuelo húmedo en su frente , su fuerte bigote se torcía mortecino, y las manchas de su piel se habían oscurecido. La voz quebrada de su padre le dio paso:

-Adelante.

Alonso avanzó con la luz con paso trémulo.

-¿Padre?-preguntó el muchacho alzando el candelabro.

Su padre intentó alzar su cuerpo de la cama, pero los duros mareos le ataron a la cama con un quejido ahogado. Alonso acudió presto a recostarlo desde una silla de caoba.

-No se fuerce, padre. Ya estoy aquí.

-Estoy bien, maldita sea- se defendió el enfermo recostado sobre la cama con una dolorosa tos.

El silencio les invadió a ambos en la oscuridad. La habitación era suavemente iluminada por esferas de luz que emanaban de las velas del candelabro que sostenía el joven.

- Hijo mío...estás bien -suspiró de alivio el Barón-¿Qué has estado haciendo todo este tiempo?

-En el ejército, padre, como era mi deber.

El enfermo lo miró trémulamente con la mirada cansada.

-Acércate a la luz, hijo mío.

Tras un largo silencio, Alonso se acercó a la burbuja clara que emanaba el candelabro colocado en la mesa. Su padre pudo observar cómo su hijo llevaba una enorme gasa sucia y con sangre seca de hacía días envuelta en el cuello. Su padre se quedó congelado, y minutos después la retiró lentamente; en cuanto vio la fea cicatriz que tenía el joven en el cuello, cerca de la clavícula, devolvió la gasa rápidamente a su sitio.

-Lo siento tanto...- fue lo único que dijo con una mirada de infinito arrepentimiento.

-Fue en la batalla de las estepas de Santiago-explicó Alonso entristecido mientras se tapaba la herida- Me colocaron al frente de un regimiento de guerrilla para emboscar el flanco izquierdo del ejército de Montaigne. Fue un maldito fracaso...encerraron a los pueblerinos armados en un molino y le intentaron prender fuego con ellos dentro. A mi me tomaron preso ya que era lo más parecido a un oficial que teníamos cerca.

Su padre no dijo nada, le encantaban los relatos de guerra, él contaba muchos, pero aquello que contaba su hijo no parecía el mundo bélico y glorioso que le había hecho ganar fama y fortuna cuando era joven. Creía que había enviado a su hijo a ganar fama, gloria y a luchar por su patria para que se convirtiera en un buen hombre. Entonces supo que la guerra actual contra el Mariscal Charles Dupont era más una carnicería que otra cosa.

-¿Cómo se resolvió?

-Fue gracias a un soldado. Rescató a los guerrilleros antes de que las llamas devoraran el molino en el que estaban encerrados. Intentó rescatarme a mi también, pero el oficial que me tenía de rehén me cortó el cuello. Ese mismo soldado se mantuvo a mi lado mientras me desangraba, me atendió presionando mi herida y recordándome lo bueno que me esperaba en casa. Me hizo guardar mi alma en la tierra haciéndome recordar lo bueno que hay en ella. Por suerte el corte del sable no alcanzó la arteria y el cirujano pudo hacer su trabajo. Ganamos la batalla con grandes pérdidas y el Tercio Viejo de San Juan parte hacia las llanuras. Y por eso estoy aquí, padre.

El Barón se incorporó levemente con los ojos llorosos y con manos temblorosas tocó el cambiado rostro de su hijo.

-¿Y quién es ese buen soldado al que le debemos, incluido yo, tu vida?

-Es una paisana vuestra, padre. Es Marina Oliván.

-Marina Oliván...- el Barón abrió levemente los ojos-. Conozco a su padre, es propietario de unas tierras al otro lado de la empalizada. Las viejas dicen que tenía alguna relación contigo, cuando te quedaste atrapado en el granero abandonado que se vino abajo.

-Le pedí en matrimonio antes de que llegaran los reclutadores del ejército, padre.

El Barón escupió como un aspersor parte de su vaso de agua.

-Entonces los rumores son ciertos. Esas viejas chochas parece que de vez en cuando dan en algo- hizo una pausa para aclarar sus ideas- Y dime, ¿por qué?

-Porque era vuestro deseo que contrajera matrimonio cuanto antes para consolidar el apellido Lara y su patrimonio.

-¿La amáis?

-No he conocido tan desafortunado sentimiento, padre. Además, no sabía que mis deberes con la familia me permitieran el lujo de amar- respondió con pesar.

-¿Por qué la señorita Oliván entonces?

-Alguien tenía que ser en esta villa a la que no hubiera pretendido ya. Fue puro azar, padre. Pensé que con encontrar esposa era suficiente para dar herederos a la baronía y hacer que prospere nuestra casa noble.

-Ciertamente, pero de todas formas ese matrimonio en concreto no hubiera aportado la solidez que necesitan los Lara. Esa joven solo es una campesina.

Alonso interrumpió a su padre con una firmeza y seguridad en su voz que nunca antes había visto en su hijo.

-Hasta hace un momento esa campesina era el soldado que me salvó la vida y a la que le debíamos mucho, incluido vos, padre. Ahora me decís que solo es una campesina. Creía que para vuestra excelencia el honor, la valentía y la gallardía era más importante que la condición social, pero veo que constantemente me equivoco. Decidme, padre...¿vuestro deseo de casarme cuanto antes con alguien de relevancia social y económica es lo que queréis o lo que debéis hacer para contentar a toda la familia? ¿Qué es lo que queréis para vuestro hijo ahora mismo?

Barón tuvo una revelación en ese preciso momento. Las palabras de su hijo le habían calado muy hondo y habían echado raíces, allá donde nace el querer de uno. Don Lara miró al joven con sorpresa, atónito por el hecho de que su hijo le había plantado cara por primera vez, pero no pronunció palabra. Alonso le mantuvo la mirada, una mirada que decía que no le estaba desafiando, sino que pensaba por si mismo y que defendía con fervor sus razonamientos aunque fuera contra los deberes dictados por su querido padre al que siempre había querido agradar. Seguía queriéndolo, más que nunca de hecho, debido a su cercana experiencia con la muerte. Pero no entendía nada, se hacía preguntas que nunca se había hecho, la cruda guerra le había hecho madurar ¿a quien estaba intentando agradar realmente, a un titulo nobiliario o a su padre? ¿Cómo sabía que su padre no estaba en el mismo dilema que él? ¿Y si quizás su padre no quería casarlo, sino que debía casarlo? Él no quería agradar a un título nobiliario ni a su familia, él quería agradar a su padre. El quería que su padre se sintiera orgulloso de él, pero si en realidad era todo cosa de un papel con derechos nobiliarios, no sabía si todos sus sacrificios merecerían la pena. El deber y el querer de Alonso se batía en cruenta batalla...pero lo que Alonso no sabía, era que el deber y el querer de su padre también se tambaleaban.

-Sabed que no conseguiréis contentar a todos-continuó Alonso-,yo mismo llevo intentando agradaros desde siempre y nunca lo he conseguido. Intenté casarme a pesar de que no quiero hacerlo. Partí al ejército porque era lo que queríais, y yo quería porque quería que os sintierais grande por vuestro hijo aunque fuera por una vez. Pero no hago  más que meter la pata cuando intento contentaros por mi mismo. Así que esperaré aquí en casa y haré todo lo que deba hacer padre. Cumpliré con mi deber.

Silencio. Barón padre pensaba en todo lo que le había dicho su hijo y un rayo de luz atravesó sus pensamientos, los cuales descendieron del deber de la mente al querer del corazón. La pregunta que le había hecho su hijo resonaba en la mente del enfermo:

"¿Qué es lo que quiero yo realmente para mi hijo...?"

-Hijo mío...¿qué es lo que quieres?

Alonso lo miró cansado y dolorido.

-Cumplir con mi deber,  con mi padre, al que amo y el que siempre ha cuidado de mi.- respondió de corazón.

-¡Olvidate de tu padre por una vez, maldita sea! Solo soy una vieja momia que no ha empezado a descomponerse. Piensa por una vez en ti...¡es una orden!

Alonso sonrió, le encantaba cuando su padre se comportara como si de un sargento se tratara.

-Si es una orden...ahora mismo deseo partir con Cintia, Marina y otros compatriotas a la corte del Buen Rey Sandoval. Algo huele podrido allí, Marina ha tirado del hilo de una conspiración que implica al Secretario y Tesorero Real  Ricardo de Barcino. Probablemente el Rey esté en peligro.

-Por todos los diablos, estás loco, vas a viajar con dos muchachas que te han rechazado en matrimonio. Anda, parte de inmediato. Si es cierto lo de Ricardo de Barcino, Castilla puede correr peligro. Coge tu caballo...

-Ventisca es de Marina Oliván- añadió Alonso ahora que se acordó.

Barón padre se quedó en silencio, atónito. Ya había salido ese nombre demasiadas veces.

-¿Cómo es posible? ¡Si lo robaron!

-Se lo he regalado, ha sido la única alma que ha podido montar en Ventisca.

-No es posible, ese caballo era un demonio. Ni tú ni yo pudimos, que somos expertos en caballos  ¿cómo lo pudo domar?

-Porque no lo ha hecho padre, él se deja montar...ellos simplemente viajan juntos. No hay jinete, no hay montura, son compañeros. Ambos cabalgan el viento en busca de aventuras y de libertad.

Gregorio Lara pegó un bufido gracioso ante la lírica  y las sonrisas de su hijo, le recordaba tanto a su fallecida esposa...

-Que se lo quede maldita sea, se lo  merece y le debo que mi querido hijo siga con vida. Lo único que me duele, es que dos expertos domadores de caballos hayamos sido vencidos por una campesina

Alonso y su padre se miraron, y estallaron en carcajadas ante la graciosa idea, pero el Barón acabó en toses quebradas.

-Por el amor de Dios, parte a San Cristóbal.

-Pero padre, no puedo dejaros así...

-¡Es una maldita orden! -gritó el moribundo desde su cama con una voz autoritaria antes de acabar en más toses- Ahora haz lo que quieras,  cuando vuelvas, tendrás que cumplir con tu deber y de ver a tu padre.

Alonso sonrió y cogió sus cosas.

-Gracias...papá, volveré pronto. Cuando vuelva, juro cumplir con tu voluntad. Gracias- le exclamó mientras le abrazaba.

-Solo una cosa, tráeme un tintero y ese portafolios negro que hay al lado del cuadro de caza.

Alonso le dispuso rápidamente la pluma, el tintero, folios y el portafolio y a continuación  llegó a la puerta su padre lo llamó:

-Alonso...

-¿Si...?- respondió el joven antes de salir del todo.

-Eres un muchacho avispado e ingenioso, hoy me has demostrado en cuantas cosas puedo estar equivocado. Estoy orgulloso de ti. Ahora sé feliz, ya habrá tiempo para cumplir el deber que tienes con esta familia. Hasta entonces, haz lo que siempre has deseado.

La sonrisa de Alonso se ensanchó como pocas veces hizo en su vida y sus ojos se pusieron llorosos.

-Gracias, papá.


Gregorio Lara se puso en su escritorio bajo la luz de las velas, a escribir sobre un folio en blanco. Ver a su hijo en ese estado le había marcado mucho. Tenía que hacerlo antes de que fuera tarde, sentía que le quedaba poco tiempo de lucidez. Ahora Gregorio quería cumplir su deber para consigo mismo. Era lo mínimo que podía hacer, ya que sabía que no viviría mucho más-

Aquella fue la última vez que Gregorio Lara vio a su hijo, en vida.

sábado, 20 de abril de 2013

Entre el querer y el deber (I)

El calor del hogar se estaba debilitando. La chimenea de madera de la habitación anterior a la alcoba mayor de la mansión Lara se negaba a seguir iluminando la habitación. Alonso miró con gesto doloroso este hecho, por lo que atizó con el hierro los tocones de madera para avivar las llamas. Cualquier analogía en ese momento con apagarse o perder la energía no le hacía ninguna gracia.

La puerta del interior se abrió y el joven se levantó en seguida sin parar de manosear los puños de su camisa. Una figura oscura con unos gruesos anteojos negros salía de la habitación con paso lento, buscando en la penumbra de la habitación a Alonso. Al ver la figura del joven, el hombre, de una edad madura y un pelo que ya encanecía, miró cansadamente a Alonso y agradeció que la oscuridad de la habitación fuera casi nula. No quería ver su expresión.

-¿Excelencia...?

Alonso tardó en responder. No acostumbraba a que le llamaran de esa manera y menos si su padre aún vivía...pero, ¿vivía? Alonso avanzó desubicado en la oscuridad y tropezó con una banqueta.

-Por Dios no me diga que...- no pudo acabar la frase.

-No, no se preocupe.  Su excelencia el señor Lara sigue entre nosotros. Dios no dispone de momento de su alma. Sin embargo, no pinta bien su aspecto, cada vez le cuesta más respirar. Siento decirle que se acabó para él el montar a caballo.

Alonso sintió cómo le machacaba la noticia. No ya por él, que lo de montar a caballo le era más o menos indiferente y algo en segundo plano, pero a su padre ser jinete era algo que llevaba en la sangre. Además, llevaba un mes y medio intentando domar otra vez a aquél corcel que había traído de su reciente viaje del Imperio de la Media Luna hacía ya un tiempo.

La puerta que salía a las escaleras del piso inferior de la mansión se abrió, entrando tres hombres de forma ordenada y con templanza: un caballero mayor, de poco pelo y poblada barba sobre una anticuada golilla blanca, vestido completamente con una capa de viaje negra; un hombre regordete, con hábitos de monseñor; y, por último, un señor delgado, despeinado, de pómulos afilados y mirada vivaz. Alonso los fue saludando conforme entraban.

-Tío Umberto, Tío Luís- con éste se arrodilló levemente y se dispuso a identificar al tercero sin éxito, al más joven-. Disculpadme, no creo conoceros.

-Es un bachiller. El letrado de nuestra familia.

Alonso abrió un poco más los ojos.

-¿Para qué...?- comenzó a preguntar mientras su voz se perdía por la oscuridad.

-Es un asunto delicado, Alonso- comenzó diciendo monseñor Lara, el hermano pequeño del Barón Lara- Necesitamos un testamento del señor de la Casa Lara antes de que Dios reclame la presencia de nuestro hermano. El excelentísimo Barón debe poner sus asuntos en orden para que la casa prospere.

-¡Por el amor de Dios, no habléis así!-escupió Alonso con un grito ahogado- ¡Mi padre aún vive y está detrás de esa maldita puerta!

-¿Está despierto, doctor?- preguntó Umberto Lara- Es necesario que hablemos.

El galeno asintió levemente y condujo a los Lara y a su letrado en leyes a la alcoba mayor. Alonso no entró, le irritaba toda aquella situación. Era como si todo fuera un negocio, como si la muerte fuera un tramo burocrático que debían certificar. Estuvo escuchando los murmullos de la habitación, pero solo se acercó a la puerta cuando le pareció escuchar su nombre en el interior de la habitación. Colocó la oreja en la puerta y escuchó la voz de su tío Umberto.

-No os sulfuréis, hermano. Solo digo que la permanencia de la Casa Lara puede correr peligro. Alonso es el único hijo que tenéis, el único que puede asegurar que puede transmitir nuestro apellido y, sobre todo, el título nobiliario de nuestra casa, el que ganaste a pulso al servicio del Rey en la Guerra de la Cruz. No podemos perder tal prestigio de forma tonta.

Gregorio Lara, padre de Alonso, tosió acaloradamente durante un buen rato mientras intentaba hablar.

-Por todos los diablos, ¿creéis que no me he encargado de hacérselo saber a mi hijo? Somos conscientes de nuestro deber para con la Casa Lara. Mi hijo sabe cuáles son sus obligaciones, como yo sé cuáles son las mías, maldita sea.

El Don Lara comenzó a toser y Alonso escuchó como dejaba un vaso de agua en la mesita. Umberto volvió a tomar la palabra cuando cesó el ataque.

-Dices que tu hijo es consciente de sus deberes de transmitir el apellido cuanto antes, pero no creo que ir por las calles de la villa siempre de la mano de una mujer, cada día distinta, sea lo que esperamos todos.

-Estará buscando la más apropiada- dijo Barón padre.

-No sabría qué decirte, hermano. Corren rumores por la Villa de que tu hijo había conseguido aceptar una propuesta de matrimonio con una tal Cintia, pero que se ha echado atrás. Tememos que tu hijo no quiera cumplir con sus obligaciones.

-¡Rumores! ¡Rumores!-gritó el Barón enfurecido- No sabía que hicieran caso a las habladurías de las viejas, caballeros. Me dejan estupefacto- de nuevo tuvo un ataque de tos y continuó-. Escuchadme bien, sé muy bien que teméis que perdamos todo lo que hemos conseguido, que no es poco, así que una cosa os digo, mi hijo no me defraudará.

 Alonso se retiró de la puerta y se sentó en el butacón de roble junto a las pocas llamas de la chimenea.  Se quedó en el salón, atizando el fuego, golpeándolo con rabia para que no se apagara. No quería quedarse a oscuras.

Cuando las agonizantes ascuas cedieron a su inevitable final, una luz entró por la ventana. Estaba amaneciendo. Era hora de ir a misa.

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-Padre, no deberíais haberos levantado de la cama, aún no estáis en condiciones- le dijo Alonso tomándolo del brazo. Andaban por la calle mayor, bajando de la Mansión Lara. Todo el mundo les daba los buenos días tanto al Barón padre como futuro Barón.

Futuro Barón... no quería ni pensarlo. Aún estaba destrozado por la conversación que no debería haber escuchado.

Su padre se atusó el bigote con diligencia.

-¡Menuda tontería! He servido en la Guerra de la Cruz junto a su majestad, un catarro no me impedirá no ir a misa.

Pero Alonso sabía que era algo más que un simple catarro.

-Así de blando sois los jóvenes. Deberías viajar, ver mundo y sobre todo combatir para ser un hombre.

Alonso dejó de escuchar y se limitó a conducir a su padre calle abajo hacia la Iglesia de Santa Elena. Sabía que su padre empezaba a hacer a defender que todos los jóvenes deberían marchar en el ejército aunque fuera unos años, para tener disciplina y haber visto mundo. Alonso sentía que su padre y él estaban eternamente alejados. Su padre era un veterano de una cruel guerra y él ni siquiera había empuñado una espada. Sentía que defraudaba a su familia, que se esperaba grandes cosas de él. Y lo que más le quemaba, sentía que defraudaba a su padre.

Llegaron a la Plaza Mayor de la Villa y mentidero del pueblo. Ya estaban las gentes agolpadas para entrar. Entonces, la mirada de Alonso se tropezó con el de una muchacha que conocía. La joven, morena, de pelo ondulado azabache, agraciada y de clase humilde, iba de la mano de su madre (que seguramente en su juventud había sido igual que su hija), y a su lado estaba su padre, con una expresión de aburrimiento infinito.
La conocía, prácticamente, eran unos buenos conocidos e incluso se podía decir que amigos. Ella era Marina Oliván, y le sorprendió reconocer que era una de las pocas muchachas de la Villa con la que no había intentado intimar. Entonces tuvo una idea.

-Esperadme aquí, padre- dijo éste soltando el brazo del hombre con delicadeza.

-¿Adónde vas, hijo mío?

-¡Será solo un momento!- respondió Alonso corriendo hacia el pozo.

Alonso sacó un papel amarillo y rompió un trozo pequeño. Sacó un carboncillo y empezó a escribir sobre la piedra del pozo.

Se lo guardó en el bolsillo y fue corriendo hacia su padre. Los feligreses entraron y se saludaron entre ellos, con especial atención hacia el barón.

La misa pasó sin incidentes y  llegó la hora de tomar el cuerpo del Profeta. Como marcaba la costumbre de la Villa, los primeros en consagrarse fueron el Barón y su hijo. Tras tomar la comunión, Alonso se cruzó con Marina, que esperaba en la cola. Alonso la saludó como un caballero, la tomó de la mano y se la besó, sonriendo al ver el pequeño escándalo que estaba formando en la iglesia. Retiró la mano con elegancia, y Marina pudo comprobar que tenía un papel amarillento en la mano, el mismo papel en el que había escrito en el pozo.

"Encontraos conmigo en el granero abandonado. Venid sola"

Alonso sonrió mientras volvía a colocarse en su banco de la iglesia. Marina Oliván no le rechazaría, haría que su padre estuviera orgulloso de él. Esta vez afrontaría el deber...aunque el querer deseaba otra cosa.

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Villa de Santa Elena, antes de la misa de un domingo de Julio de 1668. Justo un día antes de que Marina comenzara sus aventuras por Théah tras la vuelta de su malvado tío Harold.

lunes, 1 de abril de 2013

Héroes y Villanos: un vistazo detallado a sus historias

Retomo el blog de la partida de 7º Mar después de haber acabado la campaña Novus Ordum Mundi. Para ir calentando a escribir más a menudo, comienzo con unos estiramientos, en este caso, un remake de los Héroes y Villanos que hay en partida, con la información ampliada de lo que se sabe dentro de juego.

Thomas Owen:
"Tienes la sangre de dos héroes Marina...aprovéchala"

El padre de nuestra heroína, Marina Oliván. Hasta hace un año y medio aparentaba ser un hidalgo sin tierras en la Villa de Santa Elena, al sur de Castilla. Pero esa identidad no era más que una burda fachada para dejar atrás una vida turbia y aparente deshonor. Marina vivió toda su infancia en la ignorancia, creyendo la falsa y humilde identidad de su padre, pero un día, escondida en el granero abandonado de la Villa, descubrió varios secretos de su padre. Primero, que la espada se le daba de miedo; y segundo, que no era el  humilde paisano de Castilla que aparentaba, sino que provenía de las lejanas islas de Ávalon. ¿Qué pensarías si a tus 17 años descubrieras que realmente tu padre proviene de un país lejano y que, además, había sido una de las grandes espadas que había conocido el Gremio de Espadachines en mucho tiempo?

Así de misteriosa empezó la historia de Marina Oliván, una humilde campesina que se vio obligada a buscar la verdad a través de toda Théah. Con el paso del tiempo (y muuchas sesiones), de aventuras y desventuras, Thomas Owen fue descubierto por su propia hija: había sido Espada de Ávalon y Rosacruz, había salvado junto a su futura esposa, Beatriz Oliván, un intento de acabar con el Buen Rey Sandoval de Castilla (así se conocieron) Formaron un grupo de héroes aventureros, en el que estaba también su hermano gemelo Harold Owen, y deshicieron entuertos allá donde iban. Participó en la Guerra de la Cruz, ayudando a que ciudades enteras pudieran salvarse de la locura del Imperator en el Castillo Stein. Una vez en Ávalon, fue nombrado Caballero de la Reina, en la mesa redonda. Entonces las cosas se pusieron feas. Un viejo amigo de la infancia de Thomas apareció. Su nombre era Eltanin, y era un joven discípulo del Círculo de Druidas de Ávalon. Thomas y él eran amigos lejanos, pero aún se recordaban con aprecio. Eltanin quería un favor: acercarse al Grial para poder examinarlo en nombre del Círculo. Como Thomas sabía que el Círculo era amigo de Elaine, le dejó entrar a la Piedra Angular de Carleón.
Aquí ocurrió la traición. Ayudado inconscientemente por Thomas, el druida Eltanin robó el Grial de los Sidhes. La misma noche, Thomas intentó por todos los medios recuperarlo, pero la ciudad entró en un gran caos. Eltanin resultó ser un endemoniado hechicero inmune a las armas convencionales. Harold, que se encontraba al servicio del ejército de Ávalon junto a su padre, perdió un ojo al intentar detener al hechicero, antes de presenciar cómo el hechicero acababa con su progenitor.
Acabada la carnicería, un Thomas destrozado y un Harold tuerto y cada vez más oscuro, eran desterrados de las Islas del Glamour...para siempre.
Harold huyó al continente sin volver a hablar a su hermano, acumulando odio por su estupidez. No volverían a verse hasta dentro de 20 años.
Pero Thomas no se dio por vencido, sabía que aún se podía hacer algo. Contactó con su amigo Walter Ericson, de la Sociedad de Exploradores. Investigaron juntos, y llegaron a la conclusión de que lo que había sido liberado no era un hechicero, puesto a que a un hechicero se le puede matar. Debía tratarse de un demonio, más concretamente de un demonio traído a voluntad, lo que explicaría que no pudiera ser dañado. Tirando de este hilo, llegaron a la conclusión de que algo había encerrado a Eltanin (o el demonio que llevaba dentro), y que eso sería lo único que podría volver a mandarlo al Abismo. Con gran trabajo entre códices Syrneth, Walter dio con una reliquia: La mística Lanza de Tara. Leyendo textos prohibidos, llegaron a la conclusión de que no podía estar más que en un misterioso lugar en una isla hundida, así que Thomas por toda Théah, y Walter en Ávalon, trabajaron en busca de las 7 lágrimas de Calypso, siete piedras místicas que podrían desenterrar toda una isla de las mantas acuáticas.

El resultado fue un fiasco. Thomas a lo largo de 3 años solo encontró una Lágrima de Calypso, quitándosela a Jack Mal Tiempo (antes de convertirse en una calavera parlante) Necesitaban al menos cuatro, y aún así ni siquiera sabían si aquella isla existía, o incluso la Lanza que mandaría al infierno a ese demonio suelto y recuperar así el Grial y el honor de los Owen. Entonces Thomas decidió dejarlo. Se fue a vivir con su esposa y compañera de aventuras, la espadachina castellana Beatriz Oliván, y decidieron apartarse de su peligrosa vida de Héroe, lejos de sus enemigos, apartados en un pequeño pueblo de Castilla: la Villa de Santa Elena. A pesar de encontrar una nueva vida tranquila al lado de la mujer a la que amaba, su esposa veía como Thomas no podía dejar de lado que toda su estirpe estuviera exiliada de Ávalon, condenando a las Islas del Glamour al caos y a una probable guerra civil...aunque lo que más le quemaba era el aciago destino de Harold, el cuál no se merecía nada de lo que había pasado. Su esposa le regaló su crucifijo de los Profetas y le preguntó "Thomas, ¿en qué crees?". Él, finalmente respondió: "creo que puedo cambiar las cosas"; y ella, con una sonrisa, le colocó la única Lágrima de Calypso que había encontrado su esposo y la colocó en el crucifijo como la más bella de todo el empedrado. "Entonces no te rindas". Thomas sonrió y continuó investigando con Walter. Al cabo de unos años, Thomas seguía empeñado en hacer justicia, pero nació su hija: Marina Oliván. Lo dejó todo atrás, su felicidad ahora era su hija, y los padres acordaron en que no querían que su hija conociera lo mismo que ellos: la guerra, el sufrimiento, la muerte, la traición...en definitiva, el mundo del héroe. Thomas estuvo de acuerdo, pero sabía que Marina tenía que acabar siendo como ellos dos: tenía la sangre de dos héroes. Así que la fue preparando desde que era niña, pero no entrenándola, sino contándole cuentos de espadachines y aventuras a escondida de su esposa. A Harold no le valía un no, así que secuestró a los padres de Marina, quemó su casa, y dejó a la muchacha allí tirada en el barro...la hija de Thomas solo sería una molestia para él y no representaría ninguna amenaza.
Marina persiguió la pista de sus padres, a través de la misteriosa carta de Walter Ericson, en el que añadía que por fin había encontrado otra de las Lágrimas de Calypso y que les esperaba en Santiago.

El problema es que por aquél entonces Marina no sabía absolutamente nada de la vida de sus padres...y menos aún de las Lágrimas de Calypso.


Marina encontró a su padre en la prisión de Santiago, semanas después de aventuras. Su tío, Harold Owen, lo había asesinado...

En sus últimas palabras, Thomas perdonaba a su hermano, sabía que Harold había sufrido por su culpa. En un resquicio de su alma, justo antes de morir, comprendió que el que le había matado no había sido Harold...había sido su odio. Algo no cuadraba. Thomas pensó que era Marina Oliván quién debía descubrir y salvar a Harold de su propio odio y de la manipulación de alguien más grande que la humanidad. Entonces supo que Marina se convertiría en su heroína, a la que había educado entre historias de capa y espada, forjando una mentalidad aventurera (y no con cuentos de princesitas como le contaba Beatriz). Por ello Thomas Owen murió tranquilo.

Había preparado a su hija para lo que se avecinaba.

Cintia Ruíz:
"¡Contigo me lo paso mejor que pegándole a un yunque!"

Cintia es una huérfana castellana de la Villa de Santa Elena, el pacífico pero orgulloso pueblo de las ciudades libres de la península ociddental.

Castiza, apasionada, alegre, caradura y activa. Su ánimo siempre ha estado por encima de todos los problemas que ha tenido en su vida. No conoció a sus padres, ya que murieron de la fatídica Peste Blanca, por lo que fue dejada por unos peregrinos en las puertas de la Villa de Santa Elena.
Allí la recogió maese Montalbán, el herrero del pueblo de Santa Elena. Intentó cuidarla como una hija pero su oficio no le dejaba tiempo para ella, así que la dejó en el orfanato de guerra del pueblo, mientras hacía donaciones para que dejara de caerse a pedazos.
Prácticamente fue criada por ese maldito cojo llamado Ramiro León, por aquél entonces ex-capitán del Tercio Viejo de San Juan. Criada a partes iguales por un herrero y por un ex-soldado tullido, a Cintia no le acabó aflorando los modales de señorita que debía tener una mujer, por lo que siempre fue algo repudiada en sociedad y nunca fue objeto de deseo de los caballeros de la clase dirigente.
Cuando cumplió los 16 años, Montalbán le dio un puesto de aprendiz en la herrería, formándose en el oficio.  En su vida pueblerina, su mejor amiga desde que eran niñas era con Marina Oliván, una muchacha que vivía al otro lado de la empalizada, con los jornaleros. A pesar de la distinción social que hay entre los que trabajan en la Villa y los que trabajan en el campo, nada interrumpió esta fuerte e infantil amistad.
Una amistad que ha distraído a Cintia de sus funciones como herrera, aunque ella también distraía a su amiga arrastrándola en grandes aventuras como la captura de sandías del huerto de Mauricio el Roñoso, tirarle piedras al espantapájaros de uniforme gabacho, o escalar el campanario para tocar una hora que no es, engañando a toda la Villa.
Su vida fue muy austera, por no decir pobre. Aparte de su amistad con Marina Oliván no contaba con muchos más amigos. Entonces ocurrió algo: se sintió deseada. Por nada más y nada menos que el mismísimo  hijo primogénito del Barón de Santa Elena: Alonso Lara. Estuvo a punto de pedirle en matrimonio, pero él al final acabó huyendo. Eso la dejó muy confundida, volvía a estar sola otra vez y por ello odió al hijo del Barón. A pesar de que la retórica romántica de Alonso no le había parecido gran cosa (de hecho, era patética) y que era un idiota que no se aclaraba y que le había dado plantón justo cuando parecía que la cosa iba en serio, ella estuvo algún tiempo encoñada de él. Entonces el Barón parecía acercarse a su amiga de la infancia Marina Oliván, ¡incluso le había pedido en matrimonio! Se decía que Marina había rechazado a Alonso Lara en el granero abandonado (su refugio secreto), pero aún así no podía evitar pensar que Marina tonteaba con el hijo del Barón. Entonces comenzó su venganza de dejar calva a su amiga cada vez que veía algo que no le gustaba.

Cuando no podía aprender más en la herrería de los Montalbán, Cintia tenía que comenzar a viajar, y le salió un maestro en la ciudad de Santiago, acompañando a Marina Oliván en su aventura de encontrar a sus padres. Cuando la aventura de las dos desembocó en el destape de una trama para asesinar al Buen Rey Sandoval (o más bien, en que éste diera todos los poderes de la Corona en el Sumo Inquisidor, Esteban Verdugo), el Rey Sandoval premió a todos los que le ayudaron a que fuera coronado Rex Castillium. En el caso de Cintia, se le dio un puesto de aprendiz en la herrería Real, como forjadora y orfebre de la familia real.

En uno de los bailes de la Corte, Cintia fue presentada al gran Capitán de la Guardia de Sandoval: Artur Orellán. Ambos parecían tener una actitud parecida, y eso le gustó a Cintia. Ambos tenían un gran gusto por las espadas manufacturadas y a ambos les aburría los chismes de los cortesano. Eran los dos bastante reservados, podían de hablar de armas y alineación de acero durante horas. Parecía que Cintia había encontrado a alguien digno con el que pasear por los Jardines Botánicos de Layla. Lo que ella no sabía es que él estaba interesado en ella, pero así fue. Artur declaró sus intenciones de casarse pronto. Cintia tiene miedo de que le hagan daño, por lo que, aunque halagada, pospone la pedida de mano hasta que sepa quién es Artur. Espera conocerlo mejor, aunque ya cree que puede ser un buen candidato (tanto por su posición como por él mismo) para pedir su mano.

Y así, Cintia Ruíz, a través de las aventuras de Marina Oliván, pasó de ser la masculina herrera huérfana de un pueblo, a una mujer con personalidad (algo loca) al servicio de una de las más grandes coronas de Théah.

Parece que es uno de los pocos personajes que no tiene mucho que ocultar ¿O si? Pues, en realidad, sí que tiene que ocultar, pero esto es algo que ni siquiera sabía ella. ¿Sentía algo especial Cintia por Alonso? La respuesta es sí. ¿Era amor? como ya le explicó en un roleo Cintia a Marina, finalmente comprendió que no era amor. Aunque ella pensaba que el hijo del Barón le gustaba, cuando Cintia llegó a la Corte descubrió que por Alonso no sentía nada más que una profunda amistad. Entonces supo que nunca había amado, Alonso solo había sido para ella la representación de una vida mejor...y ahora que la tenía, no lo necesitaba. ¡Excepto como buen amigo, claro!

Alonso Lara:
"Siempre, siempre existe un plan"

Como decía en la entrada original, éste es el chico por el que cualquier campesina soñaría. Alonso lo tiene todo: es guapo, joven, elegante, culto, buen jinete, amante de los caballos, y viene con título nobiliario bajo el brazo.
Sería ideal para cualquier muchacha casadera, excepto para una: Marina Oliván.
Andaba este pobre barón de Castilla buscando mujer casadera por la Villa de su padre, tras muchos y breves romances. Las viejas del mentidero hablaban constantemente de la nueva "amiga" del barón que tocara aquella semana, había todo tipo de rumores, pero lo único cierto es que no llegaban a nada más. Y fue un día, en los comienzos de las aventuras de la espadachina Marina Oliván, cuando nuestro querido barón la colocó en su punto de mira. Durante la típica misa de domingo, Alonso le pasó una nota para verse a solas en el granero abandonado que había a una distancia considerable de la casa de ella. Marina acudió a la encerrona y le pidió en matrimonio de la manera más cutre y estúpida que se puedan imaginar vuestras mercedes. Allí, encerrados en el granero, Alonso seguía con su perorata absurda. ¿Cuál fue la respuesta de Marina ante tal pedida de matrimonio? Engañarle y escapar de allí, pegando tal portazo que lanzó abajo el granero abandonado para siempre.
Bueno, quizás no era el hombre perfecto para cualquier chica. Bueno, ¿perfecto? Sería casi perfecto si no fuera tan creído, sobrado y que se le haya visto con una y otra, y otra, y otra mujer por las calles de la Villa (se sabe que pretendía a muchas, con las que nunca llegaba a nada serio). Además, tiene una suerte nefasta, aunque eso no le quita la enigmática sonrisa que se le dibuja ante situaciones adversas, casi como si todo lo que le ocurre estuviera ya planeado o solo fuera un trámite para poner las cosas más interesantes.

Espera, espera ¿es un mujeriego pero que nunca ha llegado a nada serio? ¿es un hombre que busca casarse y lo hace de esas maneras tan patéticas? ¿No es un poco contradictorio? Naturalmente. Marina descubrió con el tiempo que sus patéticas maneras de contraer matrimonio (con muchas del pueblo, entre ellas Cintia y Marina) solo busca realmente la aprobación de su padre, el Barón Lara, el cuál siempre le ha metido en la cabeza que se case cuanto antes, que busque esposa y que le de descendientes a la Casa de Lara. Alonso nunca ha sido aprobado por su padre, y ha sido la única manera desesperada de llamar su atención. Cosa mala para él porque cree que es demasiado joven para comprometerse, por lo que al final siempre se rajaba (por eso no había rumores de que los romances del barón se llegara a algo serio), anulando la petición de matrimonio (como con Cintia) o suspirando de alivio cuando le decían que no (con Marina Oliván, aunque esto ella no lo viera).

http://probando7mar.blogspot.com.es/2013/04/entre-el-querer-y-el-deber-i.html

En su pasado ha sido un joven divido entre el querer complacer a su enfermo padre o escuchar a su corazón y dejar que las cosas lleguen por su cauce.

Sin embargo, los deseos de su padre se centraban en ese momento en que Alonso fuera al frente y se convirtiera en un hombre. Gregorio Lara era conocido por su intolerancia hacia los extranjeros tras la Guerra de la Cruz, así que a nadie le pareció raro que ordenara a su hijo único partir a Santiago a recuperarla junto a sus paisanos castellanos. Algunos dicen que él también hubiera ido junto a su hijo, pero que éste padecía de una enfermedad de los pulmones. Igualmente, su hijo accedió a los deseos de su padre de entrar en dar un apoyo nobiliario a la resistencia de Santiago, no por patriotismo, sino por huir de los deberes para con su familia.

Alonso volvió a casa después de mucho tiempo, después de haber estado a punto de morir en la batalla de los campos de Santiago, salvado por los primeros auxilios de Marina Oliván y su aliento hacia la vuelta al hogar. Alonso volvió a casa y descubrió lo mucho que habían cambiado las cosas, y descubrió que su padre había empeorado en su enfermedad. Sin embargo Gregorio encuentra un rayo de esperanza: su hijo único vuelve de la guerra, ha liberado a Santiago de la opresión y su aspecto es claramente el de un soldado, un hombre...no el muchacho enclenque que había criado. Sin embargo, al ver la fea herida de su cuello, Gregorio descubre que no quiere que Alonso se parezca a él, sino a su fallecida esposa, su bella, dulce e ingeniosa esposa:

http://probando7mar.blogspot.com.es/2013/06/entre-el-querer-y-el-deber-ii.html

Así Alonso parte de aventuras, conociendo mundo por las tierras del centro de Castilla, acompañando a nuestra heroína Marina Oliván a limpiar el apellido de su familia y de luchar contra la conspiración del Cardenal Esteban Verdugo.
Sin embargo, algo inesperado ocurre mientras Alonso está en el Alcázar Real: su padre ha fallecido. ¿Cuál será su deber ahora? Su dilema entre su querer y lo que debe a su familia se estira hasta el límite cuando su padre muere y sus tíos vuelven a aparecer en la mansión Lara, a hacerse cargo de las posesiones de los Lara. En esos días una amiga de la infancia de Alonso apareció en la villa dando la peor impresión a nuestra protagonista Marina Oliván. Su nombre: Alicia Orsini. Pasan los días y Marina parte hacia la Reina del Mar junto con Mala Hierba y Don Fernando, en calidad de espías para Castilla, mientras que Alonso se queda en la Villa con Alicia...mientras sus tíos arreglan el matrimonio entre ambos. Los Lara, una familia con un gran privilegio dado hacia el Rey, se acabará perdiendo con los años de linaje, sobre todo si Alonso no tuviera un hijo, así que sus tíos le ordenan a Alonso que acepte a casarse con una adinerada familia de origen vodacciano: los Orsini.

Sin embargo la armada de Montaigne hace un movimiento imprevisible para el espionaje castellano: la flota desembarca en el sur castellano y arrasa en un ataque relámpago con Santiago, sin la menor intención de poseer la ciudad. Los montaigenses quieren tomar San Teodoro, la última fortaleza y de donde emergen las provisiones de los pueblos sitiados. Alonso aún tiene el deber de luchar por su pueblo. Su reencuentro con Marina se recuerda con un gesto de él tapándole los ojos a ella. Marina descubre que Alonso está prometido con Alicia Orsini.

Tras la batalla y su correspondiente victoria para los castellanos, Alonso, en mitad del jolgorio del baile y las cervezas, besa a Marina Oliván. ¿Quién sabe por qué razón? Quizás fuera la bebida, la felicidad de estar vivo...sin embargo, en un futuro éste le confiesa que quería darle su primer beso antes de tener que casarse con Alicia, puesto que el primer beso es algo que no se da a la ligera y él quería que lo guardara en su recuerdo. Marina, estupefacta, no sabía qué acababa de pasar, pero aún así, le devuelve el beso. No se volvieron a verse hasta después de mucho. Marina y Alonso se separaron, cada uno con su deber: Alonso debía comprometerse socialmente frente a la sociedad y Marina partiría a los peligrosos mares del oeste en busca de la isla hundida donde supuestamente se encontraba la Lanza de Tara.

Pasó mucho tiempo, y Marina había desaparecida y en las tascas corrían horribles rumores de que había partido hacia las islas salvajes del oeste y que su nave se había perdido a través de un rayo verde durante el eclipse que dejó a Theah a oscuras. Alonso, ni corto ni perezoso, no soporta el horrible destino que cree que le espera a Marina en aquellas aguas. El tiempo apremia, y corre a socorrerla...el día antes de su pedida de mano. No la encuentra, así que se tira dos meses o más persiguiendo rumores sobre la capitana Marina Oliván, trabajando para barcos contrabandistas u ofreciéndose como mano de obra gratuita a mercantes vendelios. Finalmente, en mitad de una tormenta en el Archipiélago de la Medianoche, ambos se encuentran.

http://probando7mar.blogspot.com.es/2012/08/tirando-la-vida-por-la-borda.html

Alonso y Marina acaban volviendo a casa y descubren que una oleada de violencia a gran escala está arrasando su querida villa. El que se hace llamar Cuarto Profeta ha hecho un llamamiento a los creyentes que quieran salvarse del decadente mundo occidental y ha pedido que se alcen para acabar con el orden establecido, en busca de un nuevo orden mundial. Tras derrotar a los alborotadores, Marina y Alonso parten en busca de ayuda hacia la Corte del Buen Rey Sandoval, donde la espadachina se ofrecería como diplomática para convencer al Rey Sol de que no se uniera a la Santa Alianza del Falso Profeta, ya que sospechaba que era una trampa de Verdugo.

Durante su viaje hacia el norte, Alonso y Marina llegan a Ciudad Vaticana, donde tienen un encuentro con el Falso Profeta. Éste viene en busca del Grial que Marina pretende devolver a la Reina de Ávalon y para ello Alonso es atrapado para que cuente los planes de Marina. Estuvo muy apunto de contar todo lo que sabía, pues le amenazaron con asesinar a súbditos de sus tierras y él sabía que los sectarios del Cuarto Profeta se habían hecho con sus tierras. Finalmente contó información sobre Marina, pero no toda ni nada importante, así que el Cuarto Profeta le mostró con hechicería oscura cómo mataban a Julia, una posadera local de sus tierras. Alonso se sintió débil y justo cuando iba a soltarlo todo...apareció Marina.

Alonso no fue el mismo después de aquello. Se sintió débil y potencialmente peligroso para la causa de Marina. Ella podía defenderse, era atlética y tenía valor. Alonso por el contrario, era una presa fácil y, aunque era muy inteligente, no le serviría de mucho si le amenazaban con vidas ajenas. Lo tenía claro: no debía saber nada de los planes de Marina...no, no debía saber nada de Marina. Alonso la abandonó y se fue con ayuda de Julius a la Villa: al hogar.

Pero a Alonso le esperaba una desagradable sorpresa en la Villa. Sus tíos le reúnen en la vivienda de los Orsini y el barón conoce el mal carácter de Donato, padre de Alicia, por primera vez. Aunque asustado, Alonso se resiste a aceptar casarse...sin embargo, los Lara realizan una jugada con un as de la manga que nunca habían usado antes: le muestran el testamento de su padre. Su amado padre, en sus últimos días de dolor, había dictaminado como última voluntad que su hijo debía casarse con Alicia Orsini. Alonso Lara solo puso una condición: que le dejaran realizar una última misión personal para ayudar a Marina Oliván (que no quisiera saber nada de ella no quería decir que no pudiera ayudarla), y que tras eso, daba su palabra de noble de que volvería y cumpliría la última voluntad de su padre. Tras eso, partió y viajó por todo el mundo, reuniendo a todos los aliados de la espadachina, todos los que le debían un favor u odiaban especialmente al ejército del Falso Profeta. Su último movimiento fue reunirlos a todos en la posada del Dragon Verde, en las afueras de Freiburg, donde Marina podría dar el jaque final a Verdugo y a su deseado futuro sin coronas, en el que el hombre está sometido bajo ninguna bandera, sino bajo la tutela de una nueva Iglesia, la de él. Una nueva edad oscura cuyo único gobierno es el temor a Theus.


miércoles, 20 de febrero de 2013

Al final del camino (II)

La lluvia no parecía tener intención de amainar. Alonso y Julius se habían refugiado en una diligencia abandonada y derruida en el camino que salía de Eisen en dirección al famoso castillo Stein, del famoso y loco Imperator que inició la infame Guerra de la Cruz.
La pálida luz de una vela permitía a Alonso manejar más y más papeles en mitad de la oscuridad del edificio abandonado. Julius había cogido un taburete, había recargado las pistolas y se había sentado frente la puerta de la diligencia abandonada y no se le oía ni respirar. El manejo de documentos y las murmuraciones de Alonso era el único ruido que había.

-¿Por qué no haces más ruido? Podríamos realizar una salva de disparos si quieres que nos encuentren- bufó Julius quitándose la casaca de cuero de faena.

Pero Alonso no respondía, estaba inmerso en sus documentos.

-¿Más alianzas?- preguntó el espía.

Alonso ni siquiera le miró.

-No, eso ya está arreglado. Incluso El Manco está ya en la Cueva del Drachen esperando la señal, después de todo el esfuerzo que eso implica.

-¿Sigues con el montaignere?

- ¡Y con el eiseno! Esto no hay quien lo entienda. El montaignere parece ser algo más humano, excepto esa cuestión del passé composé que me trae de cabeza. ¡Pero el idioma eiseno me vuelve loco! Estas gentes parece que están enfadadas por todo, es como un lenguaje de bárbaros.

Julius casi sonrió.

-Es como si estuviera teniendo eso que llaman un dejá vu- dijo suavemente en las sombras.

Alonso levantó la mirada de los papeles.
-Ah, encima recochineo  ¿no? Claro, como Alonso no entiende el montaignere, ¡vamos a decirles cosas en montaignere!

Alonso corriendo fue a por el diccionario de montaignere y buscó lo que era deja vù. Julius dejó que buscara un rato para aclararle la duda.

-Es una expresión que se dice cuando tienes la sensación de haber vivido una misma situación antes.

El Barón cerró el diccionario pesadamente levantando una ola de polvo que hizo que su nariz le picara.

-Supongo que te refieres a Marina, ¿no?

-Sí. Y debo decir que se le da igual de mal los idiomas como a vos. Aun desconociendo bastante del idioma, igualmente impresionó mucho al Empereur.

Alonso se quedó perplejo.

-¿Cómo?- acertó a decir.

-Digamos que no se quitó al Rey Sol de encima en los pocos días que estuvo en la Chateau du Soleil.

La sala quedó en silencio un buen rato hasta que Alonso contestara.

-Entiendo. Supongo que fue una dura tarea para ella.- dijo él haciendo énfasis en la palabra "dura".

-Eso es lo que al Rey Sol le hubiera gustado.

-¿Cómo? ¿Es que rechazó al mismísimo Rey Sol?- preguntó sorprendido.

-Como una voluntad indomable.

-¿Y mantiene la cabeza sobre los hombros?

-Por los pelos, pero sí. Aunque para lo que le sirve la cabeza no habría mucha diferencia que la hubiera perdido.

Alonso suspiró mientras recogía los apuntes de montaignere y eiseno y sacaba dos vasos llenos de vino, uno de ellos ofrecido a Julius, que aceptó con reservas.

- Está loca.- concluyó el Barón

-Estamos de acuerdo- respondió el otro y brindaron.

-¿Cómo se encuentra ella?

Julius le pegó un trago y dudó. No le gustaba conversar en mitad de una vigía, pero hizo una breve excepción.

-Miradla vos mismo.

Alonso pegó un repullo, no entendía a qué se refería su guardaespaldas hasta que sacó un bloc de dibujo. Fue a la última página y le enseñó un impresionante y realista dibujo. Era un retrato de Marina Oliván. A Alonso se le aceleró el corazón para que tropezase en un pozo sin fondo.

-Está...muy triste ¿no?

-Intenta no aparentarlo, pero la soledad acaba por hacer que uno muestre abiertamente cómo se siente.

-¿Soledad?

-¿No os sentiríais solo si uno de vuestros amigos os abandonara en mitad de la noche?

-Pero ella contaba con vos, con el prelado Domingo, su tío y los Rosacruces. ¡Estaba rodeada de gente cuando me fui!

-Supongo que os valora más de lo que os imagináis. Tuvo buenos momentos debo decir.

Julius le enseñó otro dibujo aún sin acabar. Esta vez era el retrato de dos personas que bailaban. Era Marina y Harold, su tío avalonés. Ella parecía contenta. Estaba dibujada como si hablaran de algo. Julius había dibujado a Harold unas líneas en sus mejillas como si estuviera colorado, o ligeramente bebido, probablemente lo segundo.

-¿Cuándo fue esto?

-Fue en una boda.

-¡¿Una qué?!

-Una boda gitana en los lindes de Fendes. No me hagáis recordar esa historia.

Julius recogió el bloc y le regaló los dibujos a Alonso, quien los rechazó con una expresión ansiosa.

"No quiero un reflejo de ella atrapado en papel..., demonios, quiero verla a ella"

-Eso me recuerda que me ha dado algo para vos- dijo el montaignere buscando en el interior de sus ropas.

Finalmente sacó un ramillete de romero y se lo tendió. Alonso lo miró sin comprender hasta que lo olió.

-Es...romero de la Villa- dijo mientras la morriña que había sentido hace unas horas afloraba en forma de tímidas lágrimas. -¿Cómo has podido tardar tanto en darme un envío así?- le chistó

Entonces graznó un cuervo en el interior de la diligencia. Ambos callaron sorprendidos, pero Julius se quedó pálido.

-Un cuervo- acertó a decir el montaignere.

-Tranquilo, solo querrá resguardarse de la lluvia- dijo el otro intentando quitarle importancia.

Julius buscó el cuervo y lo miró. Este no le apartaba la mirada en ningún momento. Notó cómo un escalofrío le atravesaba todo el cuerpo y reaccionó con brusquedad.

-¡Vamonos de aquí!-gritó Julius mientras tiraba el taburete y levantaba a Alonso.

El Barón hizo caso, pero con reservas. ¿Se habría vuelto loco? Es cierto que el NOM usaba cuervos para sus mensajes, pero esta locura iba demasiado lejos. No iban a escapar de todos los cuervos que habían en Eisen ¿no?

Entonces la puerta de la diligencia abandonada se abrió y entro una tormenta de alas negras. Cientos de cuervos entraron como una bandada de murciélagos en una cueva subterránea y dejaron inmóviles a los dos héroes. De la nube oscura salió un hombre encapuchado totalmente vestido de negro y con el emblema de la cruz dorada de los profetas, buscando a los dos refugiados detrás de una máscara que imitaba la mueca de una figura demoníaca. Sus botas pesadas de caña alta andaban despacio entre los cuervos y la máscara los miró como una burla divina. Del interior de la máscara, unos ojos azules enrojecidos escudriñaban a los refugiados que intentaban dar media vuelta ante semejante e imponente figura. Una voz gutural y sentenciosa salió del interior de la capucha.

-Nunc habeam vos.

Julius intentó conducir a Alonso entre los picoteos de los cuervos por la otra puerta trasera, pero la vorágine de cuervos colocó su epicentro dos pasos delante de ellos, arremolinándose hasta formar la figura de una mujer. Era de piel pálida, rubia, faz altanera y una mirada que denotaba su desprecio. Su vestido estaba formado por algo parecido a las plumas negras que hasta hace un momento eran cientos de cuervos.

Julius y Alonso estaban entre el siniestro encapuchado que esgrimía una espada y la oscura hechicera que negaba con la cabeza pero vestida con una inquietante sonrisa.

-No os iréis a ninguna parte.- sonrió la hechicera- No tenéis ni idea de lo mucho que nos ha costado encontrarte, señor Lara...

Julius y Alonso llevaron a cabo una táctica que había funcionado un par de veces. Alonso empuñó su bastón y le dio un golpe inesperado a la hechicera, lo que la hizo retroceder sorprendida. Con esa acción, Alonso le dio la espalda al guerrero encapuchado, que se abalanzaba sobre él; pero Alonso ya se había dado la vuelta defendiéndose con el bastón. No esperaba ganar el combate, solo esperaba que su pelea contra los dos enemigos durara el tiempo suficiente para que Julius abriera un portal para salir de allí. Las manos ensangrentadas de Julius ya abrían un agujero sangriento en la realidad.
Alonso se volvió a dar la vuelta para encarar a la hechicera con un fondo de su bastón, pero no llegó a tocarla. A tres centimetros de tocarla la mujer estalló en docenas de cuervos que invadieron la habitación y picotearon a Julius, rompiendo su concentración. Esto dejó a Alonso contra el encapuchado, que ni se inmutaba ante los tristes golpes de su bastón.

-Ego sum dolore- aulló desde el interior de la máscara antes de golpearle la cara con el gavilán de su espada y tirarlo contra el suelo de madera.


El portal de Julius dejó de chillar, no consiguió abrirlo del todo. Ya era tarde, la realidad ya estaba cicatrizando, así que se echó al suelo y rodó para deshacerse de los cuervos que buscaban sus ojos. Los cuervos volaron a la oscuridad de la casa en ruinas, convirtiéndose en cientos de ojos brillantes que los observaban de la oscuridad. El combate había terminado.

Alonso estaba en el suelo, la fractura de la costilla le estaba jugando una mala pasada en esos momentos. De pronto vio que el ramillete de romero cayó de la solapa de su casaca verde y estiró un brazo dolorosamente para alcanzarla. Cuando lo tomó, el enmascarado le pisó la mano y en el aire se escuchó un alarido de dolor; pero por nada del mundo habría soltado el romero de su tierra y regalo de Marina.

La espada del inquietante devoto se alzó, dispuesto a rebanar la mano que sujetaba el ramillete bajo su pesada bota, pero el graznido de los cien cuervos le detuvo. El enmascarado paró la hoja justo en la muñeca con una precisión sobrehumana y entonces soltó la primera frase que entendió Alonso en un torpe y oscuro castellano:

-Tienes suerte. Mi señor no quiere que os haga ningún tipo de daño. Conservaréis la mano...

Cuando levantó la bota de la pálida mano del Barón, éste intentó abalanzarse hacia el encapuchado sin éxito. El gavilán de la espada del guerrero eclesiástico se encontró de frente con su boca, haciéndole escupir un gargajo de sangre sobre el ramillete. El enmascarado empezó a hacer cavilaciones:

-La chica no está aquí..

Los cuervos desaparecieron e hicieron que Ojo, seudónimo que poseía la hechicera en el Concilio de los Trece, apareciera de las sombras.

-Eso ya nos lo imaginábamos. Bien, Don Lara, voy a haceros unas preguntas y espero que sean breves, claras y concisas.

Alonso escupió más sangre.

-Don Lara era mi padre.

-Bien, pues os llamaremos señor Lara.

Alonso odió que le llamaran así, le hacía sentir viejo, pero no estaba en condiciones de protestar.

-¿Dónde está Marina y qué es lo que planea? ¿Está con Domingo en este asunto? Algunos afirman incluso que su tío, Harold Owen, está con ella. Cuéntame todo lo que sepas.

Alonso sonrió con mucha alegría. Aquello era precisamente lo que quería evitar abandonando a Marina y haciendo camino por otro lado. No sabía absolutamente nada de los planes de Marina.

-¡No sé absolutamente nada!- y lo dijo con toda la felicidad del mundo, por mucho que lo torturaran no podría contar ninguno de los movimientos de Marina.

Ojo pensó un rato.

-Dejaremos esta cuestión a nuestro señor. Es el mejor deduciendo quién dice la verdad y quién no. Pero ahora necesitamos hacer un envío...- dicho esto se agachó cogiendo el ramillete de romero- Tenéis suerte de que mi señor no haya querido mutilaros como a otros.

-¿Un ramillete de romero? ¿Será suficiente?- dijo el enmascarado más bien poco preocupado.

-Por lo que he oído, es algo personal. Será más que suficiente...- sentenció con una sonrisa.

Entonces se convirtió en cientos de cuervos, y uno de ellos cogió la yerba. Volaron la mayoría hacia Montaigne, sobre todo a Charouse, donde Soga había informado que había visto por última vez a Marina Oliván. Si no hubieran perdido tanto tiempo persiguiendo al escurridizo Barón, quizás podrían haber entorpecido las acciones de Marina, pero ya era tarde. Ni siquiera el Barón sabía dónde podría estar, quizás con un poco de suerte, la encontrarían en una semana...si por algún azar del destino siguiera por Charouse Montaigne.



De todas formas, su amo no tenía prisa. Tenía la paciencia de un dios.

martes, 19 de febrero de 2013

Al final del camino (I)

Pensaba que nunca llegaría a acostumbrarse a aquella  nación. Había viajado mucho, no había tenido más remedio. A toda prisa por muchos rincones de Théah, todos ellos oscuros, inmundos pero lo suficientemente discretos para él. Pero lo de Eisen no tenía nombre, aquello rozaba las descripciones que hacía el padre Merino sobre el purgatorio.

Se paró en mitad del camino. Le había alcanzado aquello que los castellanos denominaban "morriña". Era una sensación que cualquier castellano conocía, y les hacía volverse distantes y desapasionados cuando estaban lejos de su hogar. Alonso cerró los ojos y trató de respirar profundamente, pretendiendo fingir que se encontraba en Santa Elena, su hogar; pero no hubo éxito.

En el aire eiseno solo se podía respirar polvo. Las calles habían estado adoquinadas hace un tiempo, o se había pretendido al menos; pero después de que finalizara la Guerra de la Cruz en el año 1648 los cañones, los caballos y las carnicerías habían dejado un suelo lleno de baches y piedras. A pesar de que nos encontramos en el enero el año 1669, las disputas entre los Príncipes de Hierro para repartir las tierras no habían permitido que el país se recuperara del todo. 

Freiburg, sin embargo, sí parecía una ciudad ajena al resto de Eisen. Al menos pacería una ciudad, y era hermosa. Después de las guerras religiosas entre católicos y protestantes, Freiburg se había erigido como una ciudad neutral, dirigida nada menos por el filósofo Nicklaus Tägue, el primer gobernante declarado absolutamente ateo en toda Theah. Claro que, aunque muchos eisenos resentidos por las guerras religiosas habían aplaudido a este gobernador, también se había ganado a muchos enemigos sí creyentes, como el Vaticano y los protestantes.

Alonso pensaba que Freiburg iba a ser el lugar perfecto para celebrar la Cumbre Theana de las Seis Coronas, donde se pensaba llegar a un pacto para luchar contra los infieles de Cathay y el inminente apocalipsis profetizado por el nuevo Mesías; pero Nicklaus Tägue, borracho como otras muchas veces, cerró las puertas de Freiburg porque ni harto de vino iba a tolerar en su ciudad a "borregos estúpidos que siguen a un ciego pastor autoproclamado Profeta que lo único quiere es violar a sus ovejas". Ni qué decir que aquello indignó al Buen Rey Sandoval y...bueno, seguramente al Papa, si hubiera alguno en estos momentos.

Con ropas pardas y una capa de viaje, Alonso, o, mejor dicho, Frederic Strauss para quien preguntara en las afueras de Freiburg, entró en un hostal de mala muerte llamado el Dragón Verde. Había estado haciendo preparativos fuera, la cosa parecía estar marchando según sus planes. En el interior de la posada el ambiente no solo estaba rancio, como era normal, había miedo, mucho miedo. Las gentes de cuna más humilde se juntaban bajo las escaleras, señalando la parte y oscura parte de arriba donde se encontraban las habitaciones.

-¡Der Teufel! ¡Der Teufel!

El posadero parecía tener la mirada ausente, pero Alonso intuyó que estaba de los nervios. Todos estaban atacados.

Alonso se acercó al posadero y habló por encima de los gritos de los campesinos.

-¿Qué gritan esas pobres gentes?- preguntó pasando una moneda.

El posadero salió de su ensimismamiento sobresaltado y pensó las palabras en un mal castellano.

-Decir...eh..."el diablo"- explicó señalando arriba.

Alonso enarcó una ceja extrañado.

-¿Por qué?

-Sie wissen nicht- dijo el posadero encogiéndose de hombros mientras que Alonso hacía gesto de no entender nada,- Ellos...escuchar...hellscream, hellscream.

Aquello sí lo entendió y solo se le ocurrió una cosa. Frunció el ceño con rabia y subió corriendo mientras los lugareños seguían gritando "Der Teufel".

"Hellscream: grito infernal. Maldito sea, ¿qué ha sido de tanta discreción? ¿Tantas lecciones para que lo eche a perder?", pensó el Barón mientras subía.

Y entonces corriendo por la sala oscura llegó a la habitación. Entró y no se sorprendió nada en encontrar a un caballero allí dentro, a pesar de que la habitación estaba vacía cuando salió hará una media hora.

-¡Maldita sea!- exclamó el Barón con reproche hacia el caballero que estaba esperándole- ¿Se puede saber qué ha sido de "la discreción y el sigilo"?- imitó con un retintín sarcástico y una pizca de enfado mientras ordenaba un poco la habitación -¡Llevo tres días intentando no llamar la atención como me dijiste y tú vas y rompes el sigilo de un plumazo! Qué pasa, ¿no sabes predicar con tus propias lecciones? Me diste una soberana charla de media hora sobre no llamar la atención, ¡y ahora medio pueblo está gritando que el diablo está en esta casa!

Julius se encontraba sentado en el escritorio de la habitación, parecía que no estaba mucho en sus cabales. Tenía las manos ensangrentadas y sostenía el bastón del Barón igualmente cubierto de sangre. Parecía mareado o a punto de vomitar. Por supuesto, el "grito infernal" que habían oído los lugareños eran la hechicería de portales sanguíneos de Julius en acción. El espía no parecía estar escuchándole, había hecho mucho camino por el Otromundo. 

- Dejadme en paz- fue lo único que alcanzó a decir Julius.

Julius siempre había sido hosco y reservado, pero Alonso acabó percibiendo que había más tristeza en sus ojos que dureza en sus palabras. Era evidente que a Julius le había pasado algo malo. 

-¿Qué ha ocurrido?

Julius se incorporó, dejó el bastón ensangrentado junto la ventana y cogió la jarra de vino dispuesto a echarse un vaso.

-Nada...

-¿Va todo bien...? ¿Ha pasado algo malo en Montaigne?

-Nada. Son cosas mías. Cosas personales. Ella está bien. Solo...déjame en paz.

Alonso se sentó en la triste cama y, si no fuera porque veía a su guardaespaldas literalmente destrozado, hubiera intentado pinchar a Julius hasta que hablara. Hasta ahora el Barón ni se hubiera podido imaginar que Julius podía tener vida personal más allá de su rutina como espía. 

- Vamos, ¿es que no te pago lo suficiente? Es eso, ¿verdad?

Alonso tenía innumerables defectos, pero uno de los peores es que no sabía cuando parar de bromear. 
Julius mantuvo la compostura ante la broma.

-No es eso.

-Entonces es problemas de faldas.

Julius alzó la cabeza y lo miró. Alonso asintió con satisfacción.

-No intentes negarlo. Lo único que puede destrozar tanto a hombres simples como nosotros es una mujer difícil.

Julius bebió pausadamente. Tardó cinco minutos en hablar, pero Alonso esperaba mientras escribía unos documentos en el triste escritorio de madera de la habitación. Habló para sí mismo más que para su contratante.

-Ella no es difícil...el que es difícil soy yo. O mi vida, o mi pasado. O los sentimientos contradictorios que tengo. La quiero y por eso no puedo tenerla.

Cuando dejó el vaso en la mesa de madera vio la sonrisa picarona de Alonso mientras escribía al fondo e la habitación. Vaya sorpresa ¡Ni se podía imaginar que bajo la escueta apariencia de Julius se pudiera esconder alguien tan atormentado amorosamente! Julius estalló al ver la sonrisita estúpida de su contratante y le lanzó el vaso en un estallido de indignación. ¡Por eso no se abría ante la gente! Se sentía ridículo intentando explicar sentimientos estúpidos que no iban a ninguna parte. Alonso no tuvo problemas en esquivar el vaso con una carcajada y se acercó a él trayéndole otro vaso lleno de vino.

-Vamos, vamos...no puede ser tan difícil, te lo aseguro yo, que entiendo más o menos de mujeres. Veamos ¿ella sabe de tu existencia?

-Ella cree que estoy muerto desde hace cinco años. Ahora está prometida con alguien a quien ama porque yo he querido. No quiero ninguna burla, chiste, comentario, ni ningún abrazo, ni ayuda, ni ningún consejo de camarada ni nada por el estilo. Se acabó, sigo siendo su espía y protector y es lo que cuenta. Punto y final.

-...

Alonso seguía mudo. No esperaba eso. Julius concluyó con una frase pesada.

-Es mejor así. Así lo he querido.

-¿Y ya está? ¿La vais a abandonar?

Julius le miró fríamente.

-Abandonarla para no meterla en los peligros de mi vida. Menudo hipócrita sois los nobles ¿Acaso no hicisteis vos lo mismo con la señorita Oliván? Ni siquiera os atrevisteis a dar la cara cuando la abandonasteis. Si tan dispuesto estáis a insistir en que luche o haga algo ¿por qué no hicisteis vos lo mismo? No, Don Lara, no nos diferenciamos mucho. Voy a huir por verla bien, vos sois igual de cobarde que yo.

Alonso se levantó con una expresión neutra que Julius no supo descifrar. Comenzó a andar en silencio por la habitación, pero la calma fue interrumpida por una repentina lluvia caía de los cielos grises de Eisen. Julius se levantó observando la calle.

-Deberíamos partir.

-¿Qué? Pero si está lloviendo- se quejó el muchacho.

-Precisamente. Eso limitará la visión de tus perseguidores. Se lo pondremos más difícil. ¿O quieres que te vuelvan a partir una costilla como en San Elíseo?

Alonso rememoró aquél día. Un agente del Novus Ordum Mundi le había pillado en el este de Castilla por hacer preguntas en público que no debería. Se salvó al arrojarse desde lo alto de una pequeña arconada de la ciudad. El coste fue una costilla rota, pero era una suerte mucho mejor que ser prisionero o chantajeado por esos psicópatas. Cuando consiguió lo que se proponía en San Elíseo tuvo que alquilar un caballo hasta Charouse, tenía un baile al que asistir.

-Pero en San Elíseo no contaba con vos, Julius- respondió el Barón dándole una palmada en el hombro a lo que Julius le miró con dureza.

-Me temo que sobrevolarais mis habilidades.

-Nunca lo sabremos- replicó el Barón con una carcajada.

Julius abrió la puerta de la posada, se puso el traje de cuero de faena y el tricornio. La lluvia caía torrencialmente y antes de salir le respondió duramente:

-No tientes a la suerte.

Los dos misteriosos personajes entraron en la lluvia y comenzaron su larga andanza por el barro. El largo viaje de Alonso había sido penoso, pero tenía la sensación de que su esfuerzo iba a merecer la pena.
Un cuervo graznó desde lo alto de la posada. Quizás no lo escucharon o no hicieron caso de las advertencias del ave. Eisen estaba plagado de cuervos con ansia de devorar la carne de los hambrientos y los enfermos.

Quizás por eso no vieron venir el final de su camino.

Cadenas por corona

Los grilletes se cerraron sobre las muñecas de Leandro Vázquez de Gallegos. El Alguacil cerró las esposas duramente y apretando con malicia,...