martes, 16 de septiembre de 2014

Un cortejo desastroso

Al grito de "ya llegan" despertó la villa de Santa Elena. Si bien mucho antes habían levantado las gentes del pueblo, no se habían sentido despiertos hasta ahora. Era un grito infantil y enérgico el que sonaba desde los campos de más allá de la empalizada y que se coreaba con entusiasmo por las ventanas de todo el pueblo. Los portales y las ventanas se abrían, asomando de ellas los curiosos inquilinos. En los balcones de las  casas de fachada blanca y tejas naranjas las muchachas casaderas se asomaban entre las cortinas, discretas. Las viejas alcahuetas, las viudas y casadas se abanicaban sofocadas en la plaza del pozo, rodeadas de palomas y de un rebaño de ovejas apiñadas por un pastor que no quería perderse tampoco el asunto. Los hombres, todos villanos, campesinos y artesanos, se asomaban con disimulo desde sus negocios, pretendiendo no parecer cotorras como sus respectivas señoras.

Todos hacían la guaña para ser testigos. Antonio el bodeguero había colgado un cartel de "vuelvo en 5 minutos"; el posadero de las Castañuelas, más conocido como el Rancio, servía su clientela en la calle; Baltasar Temprado, antiguo sargento de un regimiento de espaderos de Castilla, observaba toda la plaza desde su banco preferido con una pipa de caña humeante en los labios. Las viejas Engracia, Encarnación, Euclides y Evangelina ya estaban todas agarradas entre ellas comentando que esto era lo más emocionante que pasaba en el pueblo desde que el joven barón llegó a la villa hará unos cuatro días. Bajando desde el barrio del cementerio bajaba casualmente por la plaza la campesina Micaela Narváez con una cesta de flores, dirección a las tierras que debía trabajar en lugar de la anterior campesina, Marina Oliván, que ahora había probado suerte y fortuna como aventurera en la capital del reino de Castilla. El padre Merino hablaba con su peculiar tartamudeo a sus monaguillos desde la puerta de la parroquia para que prepararan los botafumeiros. Octavio, despeinado y torpe pintor, aprovechaba la enorme reunión de pueblerinos bajo el amparo de la iglesia para ponerse a pintar un cuadro y colocaba torpemente su lienzo en el caballete sujetando los pinceles con los dientes. El último en llegar fue don Gaspar Ferrer, el alguacil del pueblo, que debía preparar los corchetes para evitar que la pequeña masa de curiosos estropeara la bienvenida del carruaje que se aproximaba desde la Sierra del Testigo.

A pesar de los intentos de disimulo de algunos, al final todos invadieron con sus miradas cargadas de curiosidad la carretera que venía de fuera de esa villa en la que todo se sabía.

Pero era normal, era un día atípico y dejado del espanto de la rutina pueblerina. Quién sabe, a lo mejor en ese carruaje que se acercaba a la villa venía la futura baronesa de Santa Elena. Aquella que se casaría con el querido señorito del pueblo amado por todos, Alonso Lara, barón de Santa Elena.

Un mozuelo con el pelo mal recortado corría por el feo empedrado de la plaza.

-¡Ya llegan! ¡Ya vienen!

El grito se propagó como el fuego y llegó hasta la mansión de piedra que había alejado de los barrios llanos, ligeramente por encima del resto de tejados al estar situado sobre un suave montículo. En su balcón de piedra se encontraba Umberto Lara, viejo profesor de la Universidad de San Cristóbal. Profesor de una calidad más que cuestionable y de quién se dice que el poderoso caballero don dinero le consiguió su puesto en tan estimada universidad, aunque nadie sabe quién se lo proporcionó ni a cambio de qué. Actualmente, Umberto Lara se tomaba un tiempo libre de su cargo por cuestiones puramente familiares que tenían que ver con el reparto de herencia al fallecer su hermano mayor, Gregorio Lara, Primer Barón de Santa Elena.

La ama de llaves, gris y de semblante aburrido, apareció en el balcón con un rodillo. Lo pasó por las ropas del profesor para quitarle las motas de polvo de su austero traje de satén negro y le apretó la diminuta golilla blanca al cuello, prenda que había pasado de moda hace ya un tiempo y que solo los viejos más rancios de Castilla llevaban.

Un muchacho apareció de entre las desiertas calles circundantes a la mansión Lara y gritó al profesor desde abajo.

-¡Ya están aquí!

Don Umberto Lara miró a la apática y aburrida ama de llaves.

-¿Está todo listo?- preguntó.

-Todo, señor.

-¿Impoluto?

-Sí, señor.

-¿Listo para impresionar a la familia?

-Sí, señor.

Umberto se tomó un momento, dubitativo, casi temeroso.

-¿Y...el muchacho?

-Abajo, señor. Está a la espera mirando por la ventana del jardín trasero.

Umberto suspiró aliviado, temía que el muchacho escapara de sus deberes en cualquier momento.

-Bien, pues recibamos a la pretendienta como se merece.

-¿Y cómo es eso, señor?- preguntó la ama de llaves. Umberto la miraba ojiplático ante semejante pregunta.

-Pues tan bien como de llena estén sus arcas.

Umberto Lara entró al edificio en busca de su hermano, seguido de la ama de llaves. Bajó las enormes escaleras de la entrada principal, admirando la balaustrada de duro roble. Umberto nunca entendió por qué su fallecido hermano mayor, con un título nobiliario, decidía quedarse a velar unas tierras tan turbulentas con unos ciudadanos tan vulgares en vez de salir fuera a aumentar sus influencias o a gozar de sus privilegios. La única razón que encontraba siempre es que la comodidad de la pequeña mansión era lo único que lo retenía allí.

Siempre que pasaba por el descansillo de las escaleras observaba el enorme retrato de su hermano mayor, el barón Gregorio Lara, antes de noble un modesto capitán de un Tercio Viejo en la Guerra de la Cruz. El retrato engrandecía a su fallecido hermano, la mirada se presentaba marcial y a la vez serena, mostraba un señor reacio de generoso  mostacho vestido de forma austera y con coraza de batalla. El porte era militar y regio, mano siniestra a la empuñadura de la espada envainada y diestra por encima del pecho, encogida en un puño. Fue un gran soldado y mejor estratega, pero fue salvar al Rey de una escaramuza lo que le hizo ganar un título nobiliario como signo de gratitud real.

"Ah...si hubiera sido yo en vez de mi hermano."

Fue tal la gratitud que le otorgó un título especial de cercano al Rey, no llegaba a ser ni un Duque ni un Grande de Castilla, pero todos debían dirigirse a él como Excelencia.

Gregorio Lara había merecido todo lo que había ganado en la vida, era un hombre correcto, responsable y marcial. Sin duda Alonso había salido a su madre, ingeniosa, avispada y alegre ante las adversidades. Rasgos propios de mujeres y no de hombres. Sin duda el muchacho era un desperdicio.

Pero ahora era Alonso el que tenía el título. Y con él, las influencias con las que Umberto jugaba para conseguir lo que quería, prosperar en su trabajo, comprar cargos...dependían de él. Eso era lo que importaba ahora mismo. Si no fuera gracias al título de su hermano, Umberto Lara jamás habría conseguido que Donato Orsini le diera crédito para comprar su puesto de profesor en la prestigiosa Universidad de San Cristóbal.

Aunque para eso le hubiera prometido que casaría a Alonso con su hija Alicia Orsini. Intentaron manipular el testamento para que Alonso tuviera que casarse con Alicia, pero no contaron con la espadachina. Ya daba igual, el corrupto Donato Orsini estaba entre rejas y sus planes fracasados. Todo por culpa a Marina Oliván.

Pero no estaban derrotados. Aún no.

Tenía que conseguir que Alonso, su sobrino, se casara cuanto antes con alguien de gran fortuna para poder recibir él parte de la herencia de su hermano fallecido. No vería un céntimo hasta que el muchacho se casara, pero ya que tenía que hacer eso, qué mejor que buscar a una muchacha de familia acaudalada.

La que estaba en camino, por ejemplo.

-Pobre Gregorio, sus esfuerzos y todo lo ganado se esfuma como el humo- dijo una voz lívida.

Umberto Lara salió de su ensimismamiento y vio a su gordo hermano, monseñor Luís Lara, mirar el retrato del hermano mayor. Era encargado de las parroquias de la zona y por ello vestía como tal, pero tenía el hábito manchado de alguna salsa. Sus manos grasientas apestaban a algún tipo de marisco.

-Tranquilo Luis, nosotros arreglaremos esto. Conseguiremos que la estirpe Lara llegue a lo más alto, hasta Grandes de Castilla si hace falta.

-¿Cómo? Ahora por testamento prácticamente solo somos cuidadores del muchacho sin un céntimo que ver por lo menos hasta dentro de muchos años. Fermín Losada ni siquiera nos quita ojo...si nos desentendemos del muchacho no heredaremos nada. Estoy harto de este pueblucho. ¿Qué propones?

Umberto dio una palmada y los seis criados de la casa se pusieron en sus respectivos puestos para recibir la calesa con la pretendienta y su familia. Los hermanos bajaban las escaleras mientras Umberto le explicaba a su hermano:

-Pues verás, el verdadero testamento de nuestro hermano me obliga como nuevo tutor legal a llevar a Alonso por el buen camino y encontrar una esposa. Hasta que eso ocurra no veremos nada de la herencia.

-Pero si eso apenas es nada.

-¡Exacto! Por eso tenemos que casar a Alonso con alguien con dinero. ¿Entiendes? Entonces el capital aumentará y cuando se casen nos tocará más dinero por cabeza. Tenemos que hacer eso antes de que se nos acabe el tiempo, tenemos diez años para conseguir que el muchacho se case. En ese tiempo conseguiremos doblegar la voluntad del muchacho si aún sigue pensando en Marina Oliván.

-¿Entonces nos conviene que se case antes?- preguntó el orondo monseñor, sin entender.

-Depende. Si es una pobretona, no. Si es rica, sí.

-Ahh, eso sí lo entiendo.

-Y yo, como tutor legal puedo decirle con quién debe casarse.

El gordo hombre de dios se frotó las manos, restregándose el aceite de sus sucias manos.

La ama de llaves salió a recibir el carruaje que ya estaba en la entrada, seguida de un enorme cortejo enorme lleno de catetos residentes del pueblo que no querían perderse el evento.

Umberto y Luis se quedaron en la entrada. Cuando la muchacha salió de la calesa se escuchó un "ooooohhh".

-Debe ser bellísima-comentó Luis-. Aunque estos catetos se impresionan por cualquier cosa.

-Eso espero. Si encandila a Alonso el plan quedará perfecto y no tendremos que esperar tanto.

Desde el porche veían acercarse a una muchacha con un cortejo de sirvientes. De lejos Umberto pudo entrever cómo la pretendienta se colocaba un modesto velo de seda, dejando entrever unos ojos oscuros. El cortejo de sirvientes atravesó el jardín de jazmines de la casa y llegó al porche con la pretendienta al frente, de la mano de su padre. El padre, de tez morena, delgado, pomposamente vestido con una capa de seda y adornado con alhajas de oro de las colonias, venía muy estirado y con aires de grandeza. Umberto dio un paso al frente y saludó a los invitados.

- Bienvenido, don Filiberto de Ariza. Es un honor recibirles aquí en nuestra humilde morada y estamos agradecidos de que acudan a esta llamada para nuestro joven noble y casadero.

El canijo pero pesadamente vestido Filiberto saludó con una exagerada reverencia propia de los que no conocen la aristocracia. Sus joyas chocaron entre sí haciendo un tintineo pesado y Umberto se agitó excitado mientras no quitaba ojo a la reverencia de su invitado.

-El honor es mío por conocer a sus grandezas. En cuanto supimos que buscaban esposa para el excelentísimo barón de Santa Elena quisimos venir. Además, nuestra Lupita está encantada con el retrato que recibimos de su Excelencia.

-Oh...nos halaga señor. Pero pasen pasen, no se queden ahí fuera, delante de las miradas de la plebe.

Los invitados y su cortejo entraron y fueron recibidos de forma espectacular en la mansión Lara. En breve todos tenían una taza de té que había traído Filiberto.

-Este té lo exportamos desde las colonias. Soy el mayor exportador de la Isla de las Especias en el puerto de la Marcina. Solo estoy por detrás del comercio de la minería, esclavos, tabaco, arroz, harina y sedas.

Umberto le dio un sorbo al té con gusto, como si pudiera saborear el dinero que le iba a tocar si conseguía casar a Alonso con la Lupita esta o como diablos se llamara.

-Sí, sí, el té es excelente. Y dígame, Mudita...

-Lupita- le corrigió Filiberto.

-Eso, Lupita...- Umberto se quedó dubitativo- Un nombre poco común, ¿de dónde proviene?

Filiberto, que no dejaba hablar a su hija aún misteriosa tras el velo, como si no supiera, respondió:

-Oh, su madre es de las colonias del Archipiélago de la Medianoche, allí ese nombre es muy popular entre los colonos de la Marcina.

-Entiendo. Y...¿no se va a quitar el velo? Al final el muchacho es el que tiene la última palabra respecto al casamiento y me imagino que querrá verla.

"Por desgracia", pensó.

La muchacha se dispuso a quitárselo y su padre asintió con energía.

-¡Por supuesto! Lupita de Ariza es la muchacha más bella de la Isla de las Especias. Adelante hija.

-Seguro que su hija es muy hermo...

La muchacha se había quitado el velo.

Silencio.

Luis Lara la miró después y se le cayó una gamba en el té. Los Lara se quedaron pálidos y ojipláticos como dos cadáveres embalsamados.

-...hermosa- terminó Umberto y giró rápido hacia su rechoncho hermano que se había quedado con la boca abierta y la papada bailando- Hermano...¿podemos hablar?- se levantó y casi tuvo que empujar a Luis a la cocina- Un segundo- se excusó.

-¿Pasa algo?- preguntó Filiberto, preocupado.

-Oh no, nada nada. Todo va bien.

Umberto condujo a duras penas el obeso cuerpo de su hermano hasta el comedor principal, casi con asma.

-¿Has-has visto lo mismo que yo?

-Sí- respondió Luis, obnubilado.

-¿Cómo vamos a conseguir que Alonso acepte?

-No...no lo sé ¡tu eres el de las ideas!

-Sí, sí, lo sé. Pero no estoy preparado para esto. No esperaba que la pretendienta de Alonso tuviera más mostacho que él...

-Ay...¿cómo dios puede hacer éstas cosas? Extrañas son las razones de la naturaleza-dijo Luis santiguándose.

-¡Deja los rezos para luego! ¿Qué le decimos a Alonso? Esta muchacha es claramente una mestiza entre un castellano y una indígena o una india del Archipiélago...tiene rasgos de alguna tribu salvaje sin duda...esa piel color café, ojos semirrasgados, algo gruesa y ese...ese...

-¿Montón de vello facial?- completó monseñor Lara

-Eso...

-Vete tu a saber si no estará encasquetándonos una bastarda que ha tenido con una indígena que no acepta la fe vaticana. Oh dios, oh dios.

-Al cuerno, por mí como si es un rinoceronte que le reza a Alá. El padre está deseando casarla y es un poderoso comerciante de las colonias. Claramente es de clase pudiente y quiere quitarse a su hija bastarda de en medio. Lo que tenemos que conseguir es que Alonso acepte.

-Podemos ponerle el velo...a lo mejor Alonso no se fija.

Umberto lo miró como si lo que había propuesto fuera ridículo.

-¡Sí, claro! ¡Y mejor aún, le decimos que es Marina, el amor de su vida!

Al gordo monseñor se le iluminaron los ojillos.

-¡Claro! ¡Eso es! ¡Eso lo aceptaría!

-¡No seas imbécil!- gritó Umberto furioso.

-Uh...pues no sé, le decimos que es una belleza étnica y que tienen prohibido quitarse el velo hasta que se casen. El padre dice que la muchacha más bella de la Isla de las Especias.

-¡Pues la Isla de las Especias será un islote! ¡Menuda cosa!

La puerta sonó y Filiberto asomó la cabeza.

-Toc, toc, ¿hay algún problema?

-¡No!- dijeron entusiasmados los dos avaros y sudorosos hermanos.

-Bien...porque...Lupita está deseando ver a su Excelencia. Porque...él está aquí, ¿verdad?

-¡Oh, sí! está en los despachos que dan a la plaza trasera- les contaba a todos mientras conducía el cortejo hasta donde estaba Alonso- Allí el anterior barón domaba los corceles purasangre que traía de algunos de sus viajes...

Lupita se acercó a Umberto Lara y le dijo:

-He oído que el barón es un joven muy interesante con muchas anécdotas y aventuras que contar...y que es popular por su gran ingenio y elegancia. ¿Es eso cierto?

-Sssíi...-respondió Umberto con asco, odiaba esa faceta de su sobrino- Tu ponte el velo, bonita.

Dios, no podía dejar de ver ese mostacho. ¡¿Que era eso?! ¡¿Acaso también tenia un poco de barba?!

Umberto se acercó a Luis y le dijo al oído:

-A la próxima le pedimos un retrato antes.

Luis asintió, como sonámbulo.

Llegaron a una enorme puerta de doble hoja de caoba fina y tiradores dorados. La ama de llaves estaba frente a la puerta como centinela y Umberto se adelantó hasta ella en modo confidencial.

-¿El muchacho sigue ahí? No le habrás dejado salir, ¿verdad?

-No, señor. El señorito sigue ahí dentro, me he asegurado. No se ha movido en toda la mañana y solo ha salido un caballero esta mañana de casa que había entregado un correo.

-Bien.

Umberto bloqueó la entrada y se dirigió al ejército de criados, al cortejo y a la pretendienta.

-Tras esta puerta se encuentra el ingenioso barón de Santa Elena. Por favor, criados y cortejo, quédense fuera.

Umberto miró al cielo antes de abrir las puertas.

"Por dios que Alonso no ofenda a nadie y se quede calladito...con el odio de los Orsini me basta y me sobra"

Cuando entraron, el despacho estaba perfectamente ordenado y un enorme ventanal al fondo mostraba una enorme plaza para caballos. Un enorme sillón les daba la espalda y se podía entrever el brazo de Alonso (vestido siempre con su casaca de terciopelo verde) reposar en el brazo del asiento. El barón miraba por la ventana, en silencio. Umberto suspiró y se acercó hasta el asiento.

-Alonso, levanta y saluda a los De Ariza. Son una familia comerciante provenientes del Archipiélago de la Medianoche...- Umberto atravesó toda la habitación y se puso delante de la ventana.

Ahora entendía por qué miraba por la ventana.

-SERA HIJO DE...

Todo este tiempo estaba vigilando un sonriente espantapájaros... vestido con las ropas de Alonso.
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Alonso Lara se encontraba en las Castañuelas, que estaba desierta porque todos querían ver a la nueva pretendienta del barón, que se rumoreaba que venía de los mares occidentales, de las colonias o algo así.

-Señor- decía un caballero con hábito de ser un correo- me temo que no puedo mandar esta carta a la corte...menos aún a la reina.

Alonso lo enmendó rápido.

-Vale, mándele esta nota a una tal Cintia Ruíz, dígale al correo que la espere en la entrada del Alcázar real si hace falta. ¿Ve esta otra nota? Tiene que dejarla junto a unas flores que habrá frente al portal a la hora que indica, a ser posible con la letra de otra persona que trabaje allí.

-Dios mío señor...y todos estos esfuerzos...¿para qué?

Alonso sonrió.

-No tengo ni idea.

Había usado el anillo de camuflaje que le había dado Marina Oliván, pero ya no volvería a usarlo en mucho tiempo, tenía que usarlo con cabeza.

Así que esta escapada tenía que valer la pena.

"Cintia, confío en ti para que las flores estén a la puerta a esa hora...espero que sepas convencer a la Reina"

La próxima vez no podría usar el mismo método. Alonso tuvo una idea.

-Espere un momento...voy a escribir otra carta.

El correo le miró suplicante.

-Más trabajos extraños no, por favor...

Las campanas de la parroquia sonaron. Alonso tenía que darse prisa...debían estar a punto de averiguar su escapada.
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La familia De Ariza alucinaba con el espectáculo. Umberto acababa de decapitar a un Barón hecho de paja y corrió hasta donde el ama de llaves, que estaba confusa y hablaba consigo misma.

-No lo entiendo...si esta mañana había hablado con él...

-¡Doña Josefa! ¡El correo que salió de la mansión, lo vio entrar o solo salir!

-Solo lo vi salir, pensé que le había abierto otro de los criados mientras vigilaba al muchacho.

-Maldito sea...¡otra vez! ¿Dónde demonios...?

-Ya estoy aquí.

La voz del barón resonó en la sala, ante la estupefacta mirada de Filiberto, Lupita, Umberto y Luis.

El barón avanzó sonriente, en camisola y mirando a la pretendienta con su velo y se acercó a ella dándole un beso en su morena mano.

-¿Esta es mi primera pretendienta? Siento que hayas tenido que hacer un viaje tan largo...

-Lupita- dijo la pretendienta embelesada.

-Lupita, pero no estoy interesado. Gracias por venir. Esto es por las molestias- la despidió con una bolsa de gremiales. Umberto Lara se echaba las manos a la cabeza de la desesperación. ¿Es que acaso se iba a poner a regalar el poco dinero que tenían?

-No estás cumpliendo con la última voluntad de tu padre, Alonso. ¡Se supone que debes establecer un cortejo para conocer a tu pretendienta y hacer lo posible por encontrar esposa! ¡Si no cumples con tu parte tenemos la potestad de desheredarte legalmente! ¿Lo sabes, no?

Alonso frunció el ceño.

-¡Preguntale al letrado, don Fermín!- le amenazó su tío.

Alonso suspiró. "La última voluntad de su padre". Umberto sabía dónde le dolía. El noble se encogió de hombros y suspiró. Lamentaba tener que llegar a esos extremos, pero no le quedaban más opciones. Con una sonrisa y presto le arrancó el velo a la muchacha.

La sorpresa embargó al joven barón, no esperaba encontrarse aquella mata de pelo étnica sobre el labio superior...y entre sus cejas. Pero valdría.

-Lo siento, pero mi esposa no puede tener más bigote que yo.

La muchacha se puso roja.

-¿¿CÓMO DICES??

-¡Alonso!- se escandalizaron los Lara.

Filiberto se desmayó y la ama de llaves entró en tal confusión que empezó a tocar la campana de servicio. Umberto encaró al joven con un dedo amenazador y esgrimió otra vez la amenaza que siempre le funcionaba.

-¡No estás cumpliendo con la voluntad de poner de tu parte para casarte! ¡Ni siquiera lo estás intentando!

-Pero si ella no quiere casarse conmigo.

-¡¿Pero qué estás diciendo?! ¡Ha venido desde el Archipiélago solo para verte!

Alonso se encaró a Lupita.

-Lupita, ¿tú te quieres casar conmigo?

-¡NO!-gritó furiosa

-¿Ves? ella no quiere

-¡Te odio!

-Ponte a la cola. Vas detrás de los Orsini.

La muchacha le lanzó un caro jarrón castellano que el joven barón esquivó.

-Lo siento.

Los De Ariza se marcharon y Umberto se acercó furibundo.

-Te vas a enterar, si toda la familia está de acuerdo, podemos desheredarte.

-Me temo que eso no es así. La pretendienta ha renunciado a conocerme. ¿Verdad, Fermín?

-Sí, excelencia- dijo guiñándole un ojo el viejo letrado, que había bajado al oír todo el escándalo.

-¡Tu padre quería que te casaras y que propagaras el apellido y tu título!-gritó Umberto

-Sí...pero recuerda. En el verdadero testamento de mi padre, el que tú no manipulaste con tu insana y asquerosa avaricia, añadió a última hora que yo tenía la última palabra.

-¡No creas que con esta escabechina aceptaremos a la que tu quieras, Alonso! ¡Necesitas el beneplácito de la familia para casarte!

-Pero no necesito el permiso de nadie para rechazar vuestras pretendientas.

-ARRGG- Umberto enrojeció de ira.

El cortejo de los De Ariza se marcharon. Por suerte Filiberto no era ni noble ni soldado, y carecía del honor de llevar espada al cinto con la que lavar el insulto. Y aunque portara acero, Alonso se percató de que el hombre no parecía estar dispuesto a acrecentar el escándalo para no llamar más la atención sobre lo que era claramente su hija bastarda fruto de un adulterio con una indígena cuya tribu prohibía cortar pelo ya que se consideraba un insulto a la naturaleza. Filiberto prefería poner pies en polvorosa antes que exigir un duelo. Sabía que si se descubría que había traído una bastarda para casarla con un noble también podría considerarse un insulto a los Lara y por tanto ellos podrían tomar la iniciativa del duelo.

El caso es que Filiberto de Ariza huyó sin desaire alguno y no se le volvió a ver por la villa. A Alonso le pareció estupendo.

El barón salió al patio trasero de la mansión. Estaba anocheciendo y sentía que los rumores del pueblo estallaban  por todos los locales.. Decidió que esa noche dormiría en los establos con los caballos. No sabía qué iba a hacer, se sentía perdido.

"Supongo que Marina estará igual de confusa y perdida. Ojalá las flores le hagan entender que sigo creyendo en ella y que no cambiaré."

Entonces decidió tomar una línea de actuación, tras lo ocurrido hoy. Él no debía mostrar que no quería casarse, tendría que hacer que al final todas las pretendientas lo rechazaran, lo aborrecieran...

"Si me gano el rechazo de todas las jóvenes, ninguna querrá casarse conmigo.

Y la culpa no será mía...

A lo mejor para conseguir el amor de la persona que amaba debía hacer que todas las mujeres del mundo me odien."

Iba a ser difícil, todos amaban al ingenioso barón de Santa Elena.

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Vuelta de Alonso a Santa Elena después de que su familia le forzara a separarse de su amada, la espadachina Marina Oliván. Septiembre 1670, Villa de Santa Elena, Provincia de Zepeda, Reino de Castilla.

domingo, 17 de agosto de 2014

Hasta pronto...excelencia

Sabía lo que iba a ocurrir  y por ello temía abrir los ojos.
El sol llamaba a mi ventana y, filtrándose bajo las cortinas, me susurraba que le había relevado el turno a la luna y las estrellas y que ya era hora de despertar. Yo mantuve cerrados los ojos, apretados, y las manos aferradas a las blancas sábanas de seda que me arropaban. No había nada más a lo que aferrarse.
Tragué saliva y respiré profundamente. Creo que incluso conté hasta tres mentalmente, como lo haría una niña antes de comprobar si en su armario hay algún monstruo que la atormenta por las noches. Finalmente me incorporé sobre la cama y eché un vistazo a la habitación. Nada. Todo estaba como había previsto, y no supe si era aquella cama la que se me había quedado grande o si era yo la que había encogido terriblemente.
A pesar del estío, me encogí de hombros y me cubrí el pecho desnudo con las suaves sábanas. El frío que sentía venía acompañado de una sensación de soledad en ese inmenso mar de seda blanca. Estaba perdida.
Una sonrisa triste y derrotada se dibujó en mis labios y comprendí que era la única que iba a poder mostrar en mucho tiempo, o quizá en toda la vida.

“La sonrisa viene acompañada de lo que se ve”, me dijo aquella noche en el teatro.

Resulta gracioso que en ese momento llevásemos apenas dos meses sin vernos y que hoy, tras solo unas horas desde que se ha marchado, ya me falte tanto.

Decidí ser valiente y guardar un poco de esperanza en que solo se había ausentado un momento. Entonces aparté las sábanas y me puse en pie para vestirme. No pensaba recibirle…así. Después, descubrí que esta noche solo había sido un recuerdo que envejecería en mi memoria, pero que no caducaría nunca.
No quedaba rastro de las historias que contamos anoche, ni de los besos imposibles que nos dimos, ni de las sensaciones que juntos descubrimos bajo las sábanas. No quedaba sobre la mesa ningún tablero de ajedrez con una partida aún por comenzar; ni la botella vacía de brandy, en la que sumergimos los recuerdos de un pasado mejor y las preguntas de un futuro incierto. No quedaba nada de esta noche, ni tampoco de él. Se había ido.
Nuestro cuento acabó de un soplo, como si nada hubiera ocurrido. Al menos así debía ser para el resto del mundo. Pero en realidad ese soplo solo nos ha llevado a otro lugar donde, aunque distantes, pensamos cómo cometer otra estupidez que nos haga volver a escribir más aventuras como las de antes.

De repente salí de mis pensamientos y miré hacia un lado. Entonces no supe si reír o llorar. Es posible que hiciese las dos cosas a la vez, aunque fue la amargura quien ganó el duelo finalmente. Y es que sí que había algo encima de la mesita junto a la cama, en el lado en que yo había descansado.
Alonso había dejado un ramo de margaritas y rosas azules, coronado por ramitas de laurel. Sabía lo que esas flores significaban; ambos lo sabíamos. Las primeras guardaban la creencia que él tenía en nosotros, adornada después por sentimientos que nunca cambiarían, que nada podría marchitar.
Me acerqué y abracé cada uno de los recuerdos que traían aquellas flores, sin dejar de llorar un instante. Supe entonces que Alonso me había dejado un beso sobre la mesita de noche y deseé poder guardarlo para luego. Detestaba pensar que había sido el último.
Perdí la mirada durante un rato en un vacío del que no podía escapar. El corazón se había encogido al ser pellizcado por la nada.

“¿Debería haberme despertado antes de que se fuese? ¿Debería haberle dicho algo más? ¿Pero qué?"

No quería despedirme, no pensaba decirle adiós ni sabría cómo hacerlo. Tan solo le habría pedido otros cinco minutitos conmigo, porque no me atrevería a robarle seis. Ya habíamos burlando al tiempo durante mucho y estaba enfadado con nosotros. ¿Por qué teníamos que separarnos? No importa, de nada servía pensar en eso ahora. Hay tantos motivos, tantas diferencias entre nosotros… Eso era precisamente lo que nos hacía invencibles. O así me había sentido hasta ahora.

Tres toques en la puerta de la habitación me hicieron recordar donde estaba. Era la habitación de Alonso, que le había sido concedida por una noche en el
Alcázar Real de Castilla.

- ¿Señor? Señor, ¿necesita que limpie su habitación? – preguntó algún criado sin obtener más respuesta que el silencio. Yo no debería estar allí. – Volveré luego.

Escuché sus pasos alejarse de la puerta hacia la próxima habitación del pasillo. No me había movido ni un milímetro, ni tampoco sentí miedo de que el criado entrase y se encontrase con quien no debía.
Permanecí sentada en el suelo hasta que pasó el peligro, sosteniendo el ramo de flores que poco a poco iba enterrándose en unas lágrimas silenciosas. Luego me humedecí los labios y me aparté el pelo que caía tapándome parcialmente el rostro. Reuní fuerzas para levantarme y salir cuidadosamente de la habitación. Me aferré a mis margaritas.
El pasillo estaba desierto, la corte ya había despertado hace rato y no se avistaba ningún noble rezagado en sus quehaceres. Los criados, por otro lado, estarían perdidos en sus tareas ahora que las habitaciones estaban vacías. Mejor así, esta parte del palacio estaba reservada a los invitados de la pequeña nobleza y alguien como yo no podría estar paseando por ahí a sus anchas sin una buena excusa. Yo no la tenía y no pensaba pararme a inventar una.
Caminé como lo haría un fantasma atravesando el Alcázar Real, buscando la salida. No quería encontrarme con nadie, pero tampoco hice por evitarlo. Por suerte no ocurrió nada.
Hice caso omiso a los guardias que custodiaban la puerta principal y crucé los jardines que rodeaban el lugar, sin detenerme como siempre a aprovechar las vistas. El sol me molestaba en los ojos.

“Hoy comienza una nueva vida. Es gris, solitaria y está un poco perdida. Hoy comienza una nueva vida en San Cristóbal, una ciudad casi desconocida para mí. Aquí no tengo hogar, ni tampoco a gente que me conozca o sepa mi historia; nuestra historia. Hoy toca empezar de cero, pero sin olvidar todo lo que hemos vivido. Sin olvidar quiénes somos. Hoy, y seguramente mañana y pasado, lloraré por vos y mis lágrimas se secarán por tanta espera. Pero hoy sigo creyendo que las cosas pueden cambiar, aunque esta vez no esté en nuestras manos hacerlo. Hoy todo se tiñe de recuerdos y quizá, solo quizá, de un poco de esperanza...”

Dejo atrás los jardines y el Alcázar Real. Sigo soñando despierta y huelo mis flores, pensando en que pronto tendré que devolveros este beso. Miro al cielo y suspiro.

“… Y por eso, desde hoy pienso en otra estupidez que me haga volver a veros”.

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Pensamientos de Marina Oliván tras separarse de Alonso Lara debido a la diferencias sociales entre ellos y a los esfuerzos de los Lara por separar a la pareja. Septiembre de 1670. Alcázar Real, San Cristóbal, Castilla.

Escrito por Sara/Aleera, mi jugadora de 7º Mar ^^


jueves, 14 de agosto de 2014

Un último beso

Alonso Lara abrió los ojos lentamente y se sintió como el esclavo que hace un momento soñaba con la libertad. Se había despojado de los grilletes de una ilusión para caer la cruel realidad. Su clara mirada se paseó por la armoniosa habitación del Alcázar Real de Castilla, limpiamente ordenada de muebles de caoba fina, hasta que acabó descansando en la desnuda espalda de Marina Oliván, dormida junto a él.

Sintió deseos de hundirse en el lecho, intentando evadirse en una nube de almohadas de tranquilizadora claridad. Su cuerpo se encontraba junto al de Marina en un mar de frescas sábanas de seda. Pareciera que ambos navegaran a la deriva una vez más entre blancas olas de descanso. La pálida carne del noble buscó tierra donde naufragar y encalló en la morena piel de la campesina. El contacto de sus cuerpos le estremeció el pecho.

Sin duda este había sido el mejor naufragio de todos.

La partida de ajedrez había terminado y ambos debían volver a posicionarse en el tablero donde dictaba las normas. El peón debe volver al frente y la alta figura vuelve  a su privilegiado lugar. Después de tanto tiempo enrocando sus corazones, la partida había terminado para los dos con un jaque mate en el que los dos perdían. Era hora de separarse.

-Bien jugado, Marina- susurró.

Antes de levantarse, Alonso acarició los cabellos azabaches de la espadachina. Pensó en quedarse un par de segundos y marcharse antes de que ella despertara, pero su voluntad quedó esclava de la joven. Su pelo brillaba como el ónice a la luz de un suave fuego, dejándolo hipnotizado. Dormitaba plácidamente con un tierno hoyuelo dibujado en la comisura de sus labios. Su tímida sonrisa, misteriosa y pequeña, hablaba de un beso prohibido. Es ese tipo de beso por los que merece la pena arriesgar el todo por el todo antes de que llegue la nada. Uno de sus dedos jugó con los rizos oscuros de la plebeya, sintiéndose como un niño que podía tocar el manto oscuro del firmamento.

Fuera, los criados comenzaban sus quehaceres y hacían ruido en los pasillos. La corte estaba despertando.

Liberado del embrujo, decidió darse prisa. El barón pensó en darle un último beso y se prestó a ello. Sus manos se acercaron a las muchas cicatrices que ondeaba en la espalda de la espadachina, mientras que sus temblorosos labios se acercaron a los suyos. Justo cuando se iban a encontrar, se detuvo. No quería hacerlo más difícil. Se levantó y se llevó la botella de brandy con la que habían estado bebiendo toda la noche. Quedaba un poco, así que la aniquiló mientras salía al pasillo.

Salió por la puerta botella en mano, simplemente vestido con pantalones de cintura alta y la camisa sin abotonar. No se dio cuenta de que iba descalzo hasta que pisó el elegante mosaico del pasillo de palacio. Las criadas miraban al suelo cuando veían al desenfadado noble caminar libremente con la camisa abierta y las anchas mangas volar tras él, entre risitas descaradas o miradas reprobadoras. El jefe de criados se acercó presto a Alonso alzando un tímido pero rígido dedo.

-Mi señor, déjeme aconsejarle que, de acuerdo al decoro y a las normas de sobriedad de la corte del Buen Rey Sandoval...

-¡Pero si es el gran chambelán Don José Antonio Fernán! ¿no?- preguntó animado el barón dando una gran palmada alegre.

El buen humor, el ingenio y su distendido carácter hacían famoso al joven barón de Santa Elena, pero esta vez había pillado de sorpresa a los sirvientes. El jefe de criados bajó su dedo y agachó el rostro, dubitativo.

-S-sí, ilustrísima excelencia ¿cómo sabéis mi nombre?

El barón le cogió de los hombros y se dio una vuelta de baile con él, eufórico.

-¡Porque sois mi chambelán preferido de esta ala del palacio!

-¿En serio señor?- dijo el asombrado jefe de criados, olvidando que quería coartar la libertad de su excelencia para cumplir las normas del decoro de la corte.

-¡Por supuesto! Labor impecable, todo sobrio y preciso ¡y no te dejas amedentrar por los nobles! La etiqueta es lo primero.

El chambelán se separó del noble y se estiró las arrugas del traje visiblemente agradado.

-Pues sí, señor, el decoro ante todo...¡gracias, señor!- exclamó perturbadamente feliz por el reconocimiento inesperado.

El barón sonrió al chambelán y siguió andando dirección al exterior. Cuando llegó al final del pasillo en forma de "L" alzó un dedo y la voz:

-¡Por cierto, si viene algún criado a hacer mi habitación y no respondo, que no entre. Ya les daré la orden!

El chambelán seguía embelesado por el cumplido y por el estúpido hecho de que un noble supiera su nombre.

-¡Por supuesto, señor!

Cuando el barón salió corriendo, nadie pudo percibir que sobre su sonrisa una lágrima caía como el telón de un teatro, sabiéndose finalizada la función. Un dedo se lanzó presto a borrar cualquier signo de tristeza y volvió al papel que todos adoraban que hiciera: el del ingenioso y alegre barón de Castilla.

Rápidamente llegó al jardín botánico de la prometida del Rey, Layla Al Shalam, una princesa del Imperio de la Media Luna que había aceptado abrazar la fe vaticana en una política matrimonial arriesgada.

Aunque la boda real no estaba confirmada y el Vaticano (sobre todo la Inquisición) aún tenían que decir mucho de todo esto, el Rey Sandoval había prestado su jardín botánico a la princesa árabe, la cual había hecho resurgir los verdes parques en un gran jardín florecido de plantas exóticas que ella misma cuidaba.


Trotando entre las fuentes y corrillos de cortesanas pertrechadas de abanicos y parasoles, Alonso alcanzó la zona del parque que estaba buscando, no sin antes saltar torpemente un seto, con las consecuentes risas de las cortesanas.

El joven e ingenioso barón sabía exactamente que buscaba. Y sabía que este era el único jardín en el que encontraría unas flores tan raras.

Margaritas azules.

Cuando las encontró se dio cuenta de que no había traído nada para cortarlas. Se dispuso a arrancarlas con sus propias manos cuando una sombra cubrió su propósito. Lentamente, el barón se dio la vuelta.

La princesa Layla se encontraba de pie, empuñando con gruesos guantes una cuchilla para cortar tallos, vestida con un modesto vestido blanco y sombrero de fieltro para el sol. Alonso la miró con resignación, mientras sus manos seguían en su propósito. Igualmente arrancó las flores bajo la atenta mirada de la princesa. El tallo le había quedado horrible al usar las manos, pero ya no había marcha atrás.

-Debe ser importante la persona por la que te estás jugando la vida, joven. ¿Sabes que el rey castiga a cualquiera que arranca las hermosas flores de mi jardín?

-Lo sé, alteza- respondió el barón con ganas de marcharse.

-¿Lo sabéis?- preguntó curiosamente extrañada.

-Sí.

-¿Y no os importa que esté prohibido?

-No, señora- sonrió-. Eso solo alienta a los enamorados a hacer estupideces.

La princesa reaccionó ante la respuesta con una sonrisa.

-Supongo que el hecho de estar prohibido prueba la gallardía de los amantes. Dejadme que os haga un buen ramo, joven.

Layla dispersó a sus boticarias y floristas y se centró personalmente en los deseos del joven cortesano.

-¿Por qué margaritas azules?- preguntó extrañada, mientras hacía el ramo.

-Es...una larga historia- respondió el barón recordando viejas hazañas.

-Son raras las margaritas azules para pretender a alguien. Hay muchas flores más hermosas y menos vulgares para ese cometido.

-No pretendo nada, alteza.

Layla paró un segundo como si se le detuviera el corazón. La posible futura reina gozaba de una sanísima empatía, hasta el punto de que sentía el corazón de los demás.

Y el del barón estaba detenido.

-Oh...se trata un "adiós".

Alonso la miró, su segunda lágrima caía en lo que iba de mañana y su larga tristeza no permitió ni que el sol secara su silencioso llanto.

-Alteza...espero que se trate de un "hasta luego".

La lunar se esforzó en hacer un buen ramo. Colocó un centro de rosas azules coronadas por pequeñas margaritas del mismo color. Justo en el centro de todo, coronaba todo el ramo unas frágiles ramitas de laurel.

Finalmente, Layla tendió el ramo al joven noble.

-El centro de rosas azules hablan más de que buscas tranquilizar a esa persona a sentirse tranquila en momentos de nerviosismo; tienen un efecto de confianza y tranquilidad. Las margaritas azules...

-Dicen que creo en ella.

La princesa sonrió.

-Y el laurel...

-Que nunca cambiaré- sollozó por un segundo para recuperarse rápidamente.

La princesa asintió con masticada admiración.

-Exacto.

-Gracias alteza- dijo para despedirse y salir corriendo.

Alonso volvió con las flores por todo el Alcázar, siendo sigiloso y cruzando pasillos cuando eran desalojados. A pesar de su pinta, la discreción fue su bandera.

Finalmente volvió a la habitación. Marina seguía durmiendo...había sido una noche de apasionada confianza y de ternura. Debía estar agotada de tantas emociones, sobre todo porque eran de esas a la que no estaba acostumbrada.

Avanzó lentamente por la mullida alfombra del hogar. Puso en reposo las flores sobre la mesita de noche en el lado que Marina descansaba. No estaba decidido a soltarlas aún.

¿Se iba...o no se iba?

Se agachó para ponerse a la altura de la cama y mirar su rostro dormitar, mientras acariciaba su frente. Maldijo el hecho de que estuviera dormida porque se le negaba el hecho de bañarse en su mirada. Solo pudo soñar con esos ojos aceitunados que no volvería a ver en mucho tiempo.

-No nos permiten casarnos y no podemos andar por ahí como si lo estuviéramos. La Iglesia, los nobles, mis semejantes, mi familia...no nos dejarían andar libremente sin dejar de entorpecernos y juzgarnos por demostrar lo que sentimos en esta sociedad tan rancia, hipócrita y segmentada. Tampoco puedo pedirte que te fugues conmigo...ya sabes que el precio sería no volver a casa y que la fuga de los amantes está castigada por ley- rió silenciosamente echando todo el aire de sus pulmones mientras jugaba con los rizos de la espadachina-. ¡Oh Theus! ¡Como si eso te hubiera importado alguna vez! Maldita loca- sus labios besaron la pequeña y orgullosa cicatriz que tenía la espadachina arañando su pómulo-. No, todo eso no importa...lo único que te detiene a venirte a destrozar nuestra vida juntos es que quieres protegerme. Ayudarme a no tirar mi vida por la borda, ¿verdad? Aunque yo quisiera tú no me dejarías y viceversa. Venimos de dos mundos destinados a tocarse durante unos segundos, como un eclipse. Todo este drama porque somos incapaces de pedirnos mutuamente destruir nuestras vidas. Separarnos de nuestra gente y nuestras familias. Irónicamente no podemos pedírnoslo... porque nos amamos. Es increíble cómo el amor hace coexistir la valentía y cobardía en un mismo corazón.

No se arriesgaría a darle un último beso, vaya que la despertara. Soltó las flores, dejando el ramo azulado yaciente al lado de Marina. Lo bueno de Marina es que sentía que podía besarla de mil maneras sin necesidad de rozar sus labios.

Y ese ramo era uno de sus mejores besos.

El joven barón se vistió adecuadamente con su levita de terciopelo verde y su corbatín beis. Su camisa quedó perfectamente abotonada y sus calzones planchados. Salió sin hacer ruido, al contrario de cómo entró en su vida.

Atravesó a golpe de bastón todo el Alcázar, dispuesto a salir de la Corte. Los cortesanos, nobles, sirvientes y mecenas comentaban el paso de su presencia. Los cuchicheos anónimos eran claramente audibles entre la enorme multitud gracias al gobernante silencio de las antecámaras.

-Ahí va Don Lara...-decían los corrillos.

"¡Don Lara era mi padre!" gritó rabioso la mente de Alonso mientras cruzaba el pasillo impasible.

-El ingenioso barón de Santa Elena le llaman, por su lucidez y su mente avispada...

-Es tan apuesto y es tan animado...

-Un excelente jinete, sin duda...quizás el rey quiera tenerlo en la corte...

-Aunque es un joven un tanto alocado y con tendencia a desaparecer en el misterio. Inestable, cuanto menos.

-Las universidades están desperdiciando un gran talento como él...podríamos proponerle algo...

-Dicen que hace poco estuvo en una tripulación de piratas y que estuvo explorando islas Syrneth para su majestad...No sé si es estúpido o un genio...

-Que no os engañe ese flacucho con sangre extranjera, todos sabemos que sus intereses no van para con la patria...-replicaba un patriota

-Además de los rumores de que es un espía de Montaigne. Ya saben los rumores de esas cartas con ese infame espía que se hace llamar Julius. Caballeros, cuando el río suena...-acusó un teniente de infantería.

-¿Quién será la mujer digna de su reputación? ¿Creen que gusta de la compañía de alguien? ¿Quién será la afortunada? - suspiraban las damas.

-¿Afortunada? Todos saben que el barón está más que arruinado - respondió un intendente del tesoro real.

-Pero tiene tierras...

-Nada prósperas querida. Si la familia Lara encuentra una pretendienta para el señorito no será una cualquiera, eso desde luego. Será alguien merecedora de su título- aclaró un erudito.

-Hay rumores de que está con una campesina suya, que ahora es soldado del rey- añadía una vieja alcahueta.

-Marina Oliván se llama. Una aventurera intrépida, dicen. Cuentan que tiene el favor del Rey y de su valido Don Andrés Bejarano de Aldana- decía admirado un joven guardia.

-Intrépida puede. Temeraria si se atreve a descarrilar al joven barón de los deberes de su familia- apuntaba un marqués.

-¿Un noble intimando con una campesina?¿Es que ya no se tiene respeto por la sangre azul? Bueno, puede que el barón quisiera tomarla como una furcia...¿pero como una esposa ante los ojos de Theus? ¡Inaceptable!- protestaba un obispo.

-Corren rumores de que los Lara no aceptarían nunca ese enlace...

-Por razones obvias, se convertirían en unos parias sociales ¡qué desfachatez!

-Sí, pero aparten dicen que ella se ganó la enemistad de los Lara. Les agravió y frustró una importante intriga con los Orsini en la villa de Santa Elena para hacerse con la herencia de Gregorio Lara, que concluiría con la boda del barón con la hija de éste último...

-¡Lo de aquél pueblo fue un auténtico circo!- decían

-Malditas intrigas, cada vez más complicadas...uno ya es viejo y no puede seguirlas.

-Pues si fuera verdad sería tan romántico- suspiraron unas damas de honor.

-Mujeres- rieron los gentilhombres.

Alonso siguió caminando con una encantadora sonrisa en los labios. Pronto había cruzado la plaza principal y salido del Alcázar real.

Allí estaban esperándole seis espadachines vodaccios, de vestimenta oscura y capas sombrías como sus miradas. Venían del país de los gatos negros, pero sus aceros pertenecían a los Lara, su familia. Desde la muerte de su padre, Umberto Lara era su tutor y guía, así lo había establecido su padre. Al menos no podían forzarle a casarse, no después de que Marina Oliván descubriera a los Lara manipulando el testamento del padre de Alonso para obligarle a casarse con Alicia Orsini.

-Ahí está el barón- dijo el cabecilla a los otros, que se pusieron prestos los sombreros para interceptarle y que no se escapara-. Tenemos la misión de separar al muchacho de su amante y vigilar que vuelva a casa con sus deberes. Nada de tonterías.

-¿Para ese esmirriado muchacho han contratado seis de los nuestros? ¡Menudo estúpido!- rió el más gallardo de todos.

-¡Déjate de tonterías, pazzo! Es Marina, la espadachina, la que es peligrosa, recuerda lo que le pasó a Fausto.

Todos asintieron, centrados. El cabecilla de los espadachines se acercó presto avisando a los demás, que echaron manos a las guardamanos de los estoques. El cabecilla cruzó rápido la carretera de adoquines y se desguantó una mano.


-¡Signore!-dijo el cabecilla alzando una mano, atrayendo la atención del barón.

El joven y los espdachines se encontraron. Los vodaccios tendieron una carta sellada.

-Esta carta indica que estamos autorizados por su tutor y por su familia para escoltarle de vuelta al hogar.

El barón miró el sello, aunque no le hacía falta. Sin duda era cierto, Umberto le había amenazado con mandarle espadachines hace mucho tiempo si no se separaba de su mayor enemiga...la que era su amada.

Estaba claro que lo suyo no podía funcionar, no mientras él fuera un Lara. Alonso guardó la carta con la cabeza gacha.

-Caballeros, agradezco vuestro interés, pero creo que puedo ir solo hasta el hogar.

El guante del vodaccio se lanzó como una centella hasta su cara.
-Me temo señor, que su tío y tutor Don Umberto Lara tiene un contrato con el gremio de espadachines...si quiere que incumplamos nuestro trato para con él no me queda más remedio que batirnos con vos, mi señor. ¿O debo entender que intentáis volver a escaparos y que ella tiene algo que ver, otra vez, con vuestra rebeldía? En ese caso estamos autorizados para romper cualquier lazo que os retenga aquí...signore. No sé si me comprende.

El rostro de Alonso volvió al frente, dolorido a la par que humillado y con las lágrimas asomando a los ojos. Una contradictoria sonrisa se le dibujaba en la cara.

-Lo he entendido perfectamente, caballeros. Sean tan amables de acompañarme con mi familia. Seguro que están deseando volver a verme

Subieron a un carruaje, para ir dirección al muelle, donde un navío les esperaba para entrar en la mar. Dentro de la carlinga, Alonso sacó una tímida margarita azul del interior de su casaca y la olió con ensueño.

Marina, creo en ti y en que todo saldrá bien. De alguna manera a tu lado todo siempre acaba con final feliz. El problema es que siempre te sacrificas por el bien de los demás, pero esta vez, conseguiré que los dos seamos felices. Tarde o temprano, ya verás. Cree en mí, porque yo nunca cambiaré.


Y yo siempre he creído en nosotros.


viernes, 11 de julio de 2014

Un rayo de esperanza (II)

Fernando Galán había vuelto a despertarse en el lecho, pero esta vez se había cuidado mucho de despertar a su esposa.

Presto había ido a su nuevo despacho en la finca y, buscando en el compartimento secreto de las cartas, encontró una perfectamente guardada.

A la luz de un candelabro, volvió a leer la carta que le había enviado el Despacho Real de la Corona de Castilla.

"A su Ilustrísimo Señor el Segundo Marqués de Santiago:

Son tiempos difíciles para Castilla, aunque eso ya vuestra merced bien lo sabrá. Después de todo, sus tierras son las más afectadas por la guerra, la cual permítame felicitarle por su gran labor en la defensa de nuestra tierra.

El conflicto entre Castilla y Montaigne está llevando a la ruina a nuestra gran nación y no es desconocido por nadie que las técnicas y tecnología militar de Montaigne son mucho más avanzadas que las de nuestra patria. Nuestros avances tecnológicos en el tratamiento de la tierra, la agricultura y logística no pueden competir contra los nuevos compuestos de pólvora negra, bayonetas, infantería montada y otros avances militares de Montaigne. 

Su Majestad el Buen Rey Sandoval, con el apoyo del Concilio de la Razón y sus validos, cree oportuno que vos, ilustrísimo señor, es el único hombre que podría ayudar a desequilibrar la balanza entre Castilla y Montaigne, consiguiéndonos las últimas tecnologías militares investigadas por los ilustres e intelectuales gentilhombres al servicio de nuestro enemigo el Rey Sol. 

Creemos que es el hombre ideal no solo por sus amplias capacidades intelectuales, filosóficas y humanistas que han hecho de la Universidad de Santiago una de las más grandes de la península occidental de Castilla; sino que su recién proclamado matrimonio con Jeanette Dupont, haciéndole pertenecer a la familia del Ducado de Dubois de Montaigne, le pueden abrir las puestas sin  sospechas al mundo intelectual de Montaigne y sus secretos. Y, por supuesto, la peligrosa oportunidad de robarlos para Castilla y cambiar el curso de la guerra.

Soy consciente del peligro que entraña convertirse en un espía castellano en la capital enemiga de Montaigne. Además de que puede cuestionar su moral y ética al considerar que se está aprovechando de su unión con la familia de su esposa Jeanette Dupont (de la cual no cuestiono su verdadero y puro amor)

Sin embargo, le pido que lo considere, pues conocer el mundo intelectual y militar de Montaigne entre sus estudiantes podría conseguirnos la ventaja suficiente para hacernos ganar la guerra. Solo vos puede hacerlo sin levantar las suficientes sospechas. Tiene tiempo de sobra para pensarlo, pues la guerra está en un punto muerto. Soy consciente de su futura paternidad, con lo que aceptaré de buena gana un no por respuesta. Sin embargo, considérelo.

Un abrazo. El Conde Don Andrés Bejarano de Aldana. Valido de su Majestad el Buen Rey Sandoval de Castilla.


¡Viva el Rey! ¡Viva Castilla!"



No dejaba de darle vueltas pensando en lo que había dicho a su esposa horas antes.

Alguien tiene que desequilibrar la balanza. Alguien tiene que dar el golpe de gracia y dar todo lo que tiene. Alguien tiene que darlo todo y sacrificarse para dar el golpe final. Alguien tiene que conseguir dar estabilidad a esta tierra para mi hijo. Alguien debería conseguir la paz en Castilla para cuando mi hijo nazca. Alguien tiene que darle la oportunidad de no darle grandes responsabilidades siendo tan joven, ni enviarlo al frente.

Y para eso tiene que acabar la guerra.

Pero tampoco era seguro que él pudiera conseguirlo. Además, Jeanette no se lo permitiría. Y si le pillaban, podrían considerar a toda la familia de su esposa, la familia Dubois, traidores para su propio rey, L' Empereur.

Fernando cayó derrumbado sobre el escritorio.

-¿Qué debo hacer?- sollozó- ¿Debo seguir sacrificándome por mi pueblo y para los que están por venir? Ni siquiera sé si serviría de algo. Creía que después de todo por lo que había pasado merecíamos descansar. Pero...¿y si la arriesgada empresa le ahorrara el sacrificio de la guerra a mi hijo?

El nacimiento de su hijo significaba esperanza. ¿Pero qué esperanza iba a traer si no iba a quedar tierra en la que vivir?

Alguien tiene que darle un mundo mejor a nuestros hijos. Y qué mejor que el sacrificio de un padre para dar también esperanzas.

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Despacho de Fernando en la Finca de Olivos a millas de Santiago. Un día antes de partir hacia la asamblea de los Duques en San Felipe. Final de mayo de 1670, Castilla.


Un rayo de esperanza (I)

El segundo marqués de Santiago, Fernando Galán, apretó los puños y se levantó del blanco lecho de un impulso. En el nido descansaba su esposa, Jeanette Dupont, con respiración tranquila y sueño plácido. En mitad de la noche, Fernando vagó frente el cristal que separaba la habitación del balcón de la finca. Finalmente, su mirada encontró descanso en la blanca piel de luna de su esposa. La vio dormir boca arriba, en posición tranquila pero casi forzada, como si estuviera en un sepulcro. Sus delicadas manos se situaban en el cuerpo del camisón, justo por encima del vientre. En la comisura de sus labios se escondía el rizo de una sonrisa esperanzadora y la paciencia de una madre. Siendo tan pronto Jeanette ya estaba protegiendo el fruto forjado con su amor. Quizás ya intentaba protegerlo del mundo de las espadas, los insultos y la traición.

Eso era lo que le preocupaba. No estaba seguro de si todo lo que estaba pasando era un sueño o una pesadilla. Parecía que desde la noticia el tiempo había empezado a cabalgar hacia un acantilado en el que no se sabía si había agua o rocas afiladas.

¿Qué futuro le esperaba a ese niño o niña, entre las viejas rencillas entre los Dupont y los Galán? No sería aceptado por ninguna figura importante de ambas familias. El capitán Louis Dupont lo repudiaría por su mestizaje castellano, asesinos de su padre, el Mariscal Chales Dupont; su padre, Alfonso Galán, nunca reconocería a ese nieto desde su exilio. La única en la que sentía esperanza para mantener un legado de paz dentro de la familia se radicaba en la duquesa de Dubois, madre de Jeanette.

Fernando no pudo reprimir fruncir el ceño de desesperación ante la idea. Sintiéndose ahogado, salió al balcón mientras forzaba el cordón de su batín. A pesar de que se acercaba el verano, las noches en el campo eran frescas.

Sus manos se apoyaron en la fría balaustrada de cerámica. Desde el balcón de la finca podía ver los pequeños fuegos que encendían los aldeanos a lo largo de una extensa plantación. Llegaban las festividades de verano y los campesinos se reunían para aprovechar las frescas noches de mayo. Podía ver desde allá arriba las siluetas de las mujeres bailar mientras los jóvenes intentaban cortejarlas o impresionarlas con alguna diestra danza; no muy lejos,los hombres más viejos hacían corrillos para  charlar de cosas que consideraban importante, mientras los niños se arremolinaban alrededor de los músicos, jugando al son de una fogosa guitarra cuyo sonido buscaba acariciar la luna.

Fernando suspiró. Agachó la mirada para poder concentrar sus pensamiento en un punto fijo.

-Que mis expectativas de forjar una sólida familia se basen en una vieja chocha que no hace más que pensar en cuál será su próximo peinado...

El cristal de la entrada del balcón vibró con un ruido seco. Fernando se giró y se sobresaltó al observar que no estaba solo.

-¿Estas hablando de mi madre?

Jeanette le hablaba a su esposo mientras cerraba la puerta. Estaba vestida con un camisón largo de franela blanco, sosteniendo en su mano un enorme cojín. Fernando tragó saliva, sabía lo que significaba esa ceja arqueada de su esposa, pero lo que más miedo le daba era la tierna sonrisa que la acompañaba. Significaba algo parecido a: "estás metiendo la pata, ten cuidado".

Fernando dio la espalda al paisaje y se centró en replicar la pregunta de su esposa con la esperanza de salir airoso de su juego.

-No, no. No hablaba de tu madre, Jeanette, yo no osaría...

Jeanette negó con la cabeza mientras mantenía bloqueada la entrada al interior de la finca.

-Fernando. ¿Tú crees que soy tonta?

-¿Qué? No, no, mi amor ¿cómo dices esas cosas?

- ¿Entonces por qué niegas lo evidente? ¿Crees que el amor hacia mi madre me hace ciega o boba?

-No, no. Claro que no.

-Soy consciente de que la mayor preocupación de mi madre se basa en sus recargados peinados y lucirlos en fiestas, pero...llamarla vieja chocha. Creo que es un agravio bastante fuerte. ¿Qué diría la duquesa si se enterara?

-Todo el mundo lo dice a sus espaldas, no creo que le pillara de nuevas- susurró interiormente Fernando como un pensamiento.

La boca de Jeanette se abrió con un grave gesto de indignación y sorpresa.

-¿Cómo?- acertó a preguntar con una voz aguda y ahogada.

Fernando alzó el rostro y la miró sorprendido, como si no se hubiera dado cuenta de que lo había dicho en voz alta.

-¿Qué? Oh, no, no, no me malinterpretes- se excusó él acercándose a su esposa con los brazos extendidos.

Ella dejó que se acercara, aún con cara patidifusa. Cuando él se acercó lo suficiente para consolarla le estampó la enorme almohada en su cara.

-¿Cómo te atreves? ¡Repite eso!

-A ver, a ver. No saquemos las cosas de quicio...- intentó tranquilizar Fernando quitándose las plumas de la almohada.

-Inténtalo- le desafió su esposa.

Fernando la tomó de las manos y agachó la cabeza, ocultando su rostro con los rizos de su melena.

-Verás, quería decir que tu madre ya sabe lo que dicen de ella a sus espaldas, queriendo decir que ella no es tonta, está muy enterada de todo. De hecho, es posible que sea la más lista de todo cuanto la rodea. Y la más fuerte mentalmente, también. Ya ha tenido que aguantar dardos verbales durante toda su vida y las falsedades de sus compatriotas. Ni qué decir que ha tenido que estar casada con el Mariscal, tu padre, que ya sabemos que no la trataba como se merecía...sin duda es una persona de fuerte carácter y muy resolutiva para cualquier situación y circunstancia y...

Jeanette tuvo que reírse porque si no le iba a dar algo de lo mucho que se estaba divirtiendo.

-¡Oh, Fernando, pero qué tonto eres! Déjalo estar anda. Estoy empezando a sentirme mal de lo bien que me lo estoy pasando haciéndote sudar la gota gorda.

Fernando la miró incrédulo.

-¿Entonces no estás enfadada?

-¡Claro que no!- exclamó divertida- Anda, tráeme fresas, creo que tengo un antojo.

-Estar encinta te está convirtiendo en un monstruo- bufó el marqués.

Ella le miró con los ojos llenos de relámpagos.

-Tú solo tráeme fresas...querido.

-S-sí amor.

Cuando se aseguró de que Fernado bajó a despertar a los encargados de la cocina, ella rió con gusto. Caminó descalza por el balcón y vio las moragas de los aldeanos a lo lejos. Desde luego el pueblo llano castellano la tenía enamorada.

A pesar de la guerra, aquél iba a ser un buen hogar para su hijo. O hija.

Al cabo de un buen rato, Fernando la abrazó por la espalda, acariciando su vientre.

-No estoy seguro de que éste sea un buen lugar para tener un hijo- dijo, tras una larga pausa- La guerra está tan cerca...

-La guerra tendrá que acabar algún día, tanto Castilla como Montaigne están exhaustas. Debe quedarle poco.

-Sí...poco. ¿Pero con qué resultado?

-¿Qué más da? Nadie ganará, estamos atascados. Al final todos comprenderemos que solo hemos perdido.

-No creo que sea tan sencillo. Alguien tiene que desequilibrar la balanza. Alguien tiene que dar el golpe de gracia y dar todo lo que tiene. Alguien tiene que darlo todo y sacrificarse para dar el golpe final. Alguien tiene que conseguir dar estabilidad a esta tierra para nuestro hijo.

-O hija.

-Sí. Alguien debería conseguir la paz en Castilla para cuando nuestro hijo...

-O hija.

-...nazca.  Alguien tendría que darle la oportunidad de no darle grandes responsabilidades siendo tan joven, ni enviarlo al frente. Nuestro hijo...

-O hija.

Fernando suspiró con airado fingimiento.

-¿Qué te pasa con el sexo del bebé?

-Nada, nada. Es que solo tengo nombre por si fuera niña.

-Ah. ¿Y bien?

-Había pensado en llamarla Marina.

-¿Marina?

-Es gracias a ella que todo esto ha sido posible. Nuestro amor, nuestra unión, nuestro regalo del cielo- dijo acariciando su vientre.

-Es justo.

-Es lo que deseo.

-Marina Galán y Dupont de Santiago. Es raro, pero me gusta- le susurró acariciándola.

-¿Habías pensado tú en alguno?

-Solo de niño.

-¡Perfecto! Yo colocaré el nombre de niña y tú el de niño. ¿En qué habías pensado?

-Eh...bueno. Es solo como algo temporal hasta encontrar algo mejor, ya sabes que es difícil encontrar un nombre que te guste y la vida da tantas vueltas que...

-¡Vamos escúpelo!

-Había pensado en Rodrigo.

Ella hundió la barbilla y lo miró radiante, como si pensara que le estaba tomando el pelo.

-¿Rodrigo? ¿Como Mala Hierba?

-Sí...exacto.

-Rodrigo Galán de Santiago. Me gusta- le dijo antes de darle un beso y sonreír como si tuviera algo en mente.

-No se lo digas a Rodrigo.

Jeanette rió.

-¡Pero Fernando, algún día se enterará! ¿no?

-Solo si es niño. No te imaginas lo pesado que se podría poner si se entera antes de tiempo.

-Vale, vale. No diré nada.

Miraron hacia el horizonte nocturno, que pronto empezó a restallar en luces blancas y truenos ahogados. Cualquiera podría pensar que era una tormenta lejana y, en cierto modo lo era. La tormenta de la guerra. Las batería de artillería de Montaigne empezaban a bombardear muchas millas a lo lejos a las fortificaciones al otro lado del río. El infierno de pólvora se desataba a lo largo de muchas millas, a lo lejos.

-No sé si esto es un sueño o una pesadilla.

Fernando tocó su vientre, como si intentara proteger al fruto de su amor de los truenos de la guerra. Ella miró a lo lejos, como explotaban las detonaciones de los cañones de guerra. Al final, sus manos se unieron para acariciar su vientre.

-Es esperanza.

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Finca de olivos a 10 millas de Santiago, residencia donde Fernando y Jeanette residen tras su boda para descansar. Castilla, finales de mayo de 1670




martes, 17 de junio de 2014

Telaraña de destinos

A veces se preguntaba si Dios sentía lo mismo cada vez que tomaba una decisión sobre el destino de los hombres.

La bruja encendió extasiada una cerilla y con ella dio a luz el último de los cirios burdeos. Colocados de forma armónica por toda la sala circular, las luces de las velas parecían una moribunda representación del cosmos, donde las estrellas solo debían existir para dar sentido a la oscuridad. Las velas rodeaban todo el espacio, algunas en el suelo, otras colgando del techo, formando una galaxia de velas sangrantes que atravesaba la habitación como una telaraña. Encendida la última constelación de su universo, la mujer extinguió la luz de la cerilla acercando sus labios perfilados de rojo oscuro muy temerariamente al fuego, aspirando con un ronroneo de placer el humo de la luz muerta.

Paola Ulberti anduvo hasta el centro de la sala como una viuda negra trepa al epicentro de su telaraña, escuchando solo cómo su vestido se arrastraba tras ella como un lacayo. La armonía estaba creada y eso la hacía sentir que todo estaba en su sitio. En caso de que no lo estuviera, tendría el poder de cambiarlo.

A su manera.

Finalmente llegó al centro del universo que ella mismo había creado y, como un poder de la naturaleza, se sentó de rodillas derramando el manto de noche de su vestido por los lados. Colocada en el epicentro de luces muertas como un sol negro, apartó el velo de encaje negro de su cara, dejando ver el vanidoso rostro de una mujer que se sabía atractiva. Pelo oscuro y piel clara, de clásica belleza cortesana, el rostro de la condesa venía acompañada de una mirada madura y segura de sí misma. Mirada que seducía a muchos hombres y, a veces, hasta mujeres. Pero no solo por eso se consideraba una diosa.

Lo era porque manipulaba el destino de quienes les rodeaba, siempre y cuando se lo permitieran, claro. Era una guardiana del equilibrio. Ella, como sus hermanas, podía decidir tejer o deshilachar la telaraña del destino, manteniendo las cosas en su lugar, el status quo.

Y eso que todavía solo era una adepta.

Últimamente debía cumplir muchos deseos de sus señores. Pero no le suponía algo indignante, ella como diosa también estaba para servir a sus hombres y favorecer sus destinos.

Arriba, en un piso superior que bordeaba el extremo de la sala como un puente circular en forma de O, un hombre observaba la galaxia de luces y sombras protegido por la oscuridad. Solo su mentón era descubierto por las luces que provenían de abajo, dejando ver cómo se mesaba pacientemente una perilla bien afeitada bajo una sonrisa magna.

La condesa barajó mazo de Sorte, unas cartas alargadas que simbolizaban desde tiempos inmemoriales los arcanos del tarot que contaban las fuerzas y debilidades de los hombres y mujeres de toda Théah. A otro lado, tenía las cartas menores de naipes, que determinaba las conexiones entre las personas. Estaba preparada para desplegar el Gran Relato.

-Vos diréis quién, señor.

Desde abajo y de soslayo, la condesa solo vio los labios del hombre moverse en un susurro, mientras su rostro seguía encapuchado por las sombras.

-Marina Oliván.

Paola miró hacia arriba con una extraña mueca, como si esperara que todo fuera una broma. Tenía la esperanza que con tal distinguida visita pudiera impresionar con su brujería, pero empezaba mal. Ya había dedicado días pasados enteros en indagar en el destino de la aventurera castellana, sobre todo desde que supo que estaba relacionado con los perseguidos Francesco y Juliette. Pero no había encontrado nada y dudaba que fuera encontrarlo ahora. No quería decepcionar, no en este preciso momento y no delante del caballero.

-¿Algún problema?- la voz del hombre se escuchaba grave y las palabras masticadas a través de las sombras.

La pregunta había sido una mera advertencia de cortesía, no una pregunta.

Ella se puso manos a la obra y empezó a desplegar las cartas delante de ella. Conforme iba desarrollando el relato del tarot se fue tejiendo en por toda la sala una telaraña grisácea, que solo para ella tenía sentido. La tejedora estaba formando el destino de todos sus conocidos. El destino de todos estaba más relacionado de los que muchos podían imaginar y gracias al Sorte ella podía vislumbrar cómo todas las hebras de esas personas quedaban conectadas mediante símbolos de unión.

La habitación se estaba plagando de hebras grisáceas, pero donde cualquiera vería simplemente una horrible telaraña ella veía en cada hilo el destino de una persona. Todos esos hilos eran amigos, amantes, superiores y...enemigos. Solo tendría que detectar cuál era la hebra de Marina Oliván en toda la estructura del Destino y de qué manera se ataban entre ellos.

Tendría que tener cuidado, manipular el hilo equivocado podría deshilachar toda una estructura de la realidad. Amantes que deberían casarse romperían su comunicación de pronto, mercaderes y artesanos podrían arruinar sus negocios de forma violenta, las guerras podrían intensificarse o podrían fomentar alianzas que desestabilizaran el equilibrio de poderes en Théah.

Era un poder que debía usarse de forma muy sutil, puesto ella podía elegir qué quería manipular, pero no las consecuencias. La gente común no sabía, por ejemplo, que disminuir temporalmente el romance entre un diplomático ussuro y su amante montaignense podría en última instancia acabar con el reinado del Rey Sol. Un hilo deshilachado puede deshacer toda una prenda y, lo que es peor, cabía muchas posibilidades de que ella fuera descubierta como la autora de tal destino. Debía tener cuidado qué manipulaba o perdería la cabeza.

Sorte tenía un precio. Aunque ella pudiera manipular el destino de ciertas personas, no controlaría las consecuencias. Y la Dama Sorte casi siempre gustaba de burlarse de las brujas que la reclamaban.

De pronto, el pecho de la cortesana casi estalla en el corsé. Su respiración se hizo irregular y se levantó. Había encontrado la hebra. Paseándose entre la telaraña que ocupaba los cielos de la habitación, fue esquivando hebras hasta atravesar casi toda la sala. Conforme rozaba cerca de los hilos del destino, iba viendo las formas fantasmales de sus dueños, tranquilamente en sus quehaceres y siendo inconscientes de que en cualquier momento sus vidas pueden cambiar. A veces veía hilos sueltos, colgando fuera de la estructura de la telaraña. Sentía pánico cuando veía uno de estos, ellos eran los Desenredados, hombres de Vodacce los cuales eran tan sumamente afortunados, puesto que eran incapaces de ser manipulados por las brujas. Por fin, encontró la zona que buscaba, entre esa estrella formada de telarañas se encontraba la hebra del destino de Marina Oliván.

La cortesana se desvistió los brazos, dejando en el suelo los alargados guantes de encaje. Con sus dedos finos fue tanteando los hilos como si tocara un arpa, hasta que pudiera sentir cual de todos era ella. Conforme los rozaba podía ver los destinos de sus cercanos, hasta que la encontró. Allí estaba, una hebra central que daba consistencia a toda una telaraña de la realidad.

-¿Qué queréis que haga?- preguntó la condesa acariciando el destino de Marina.

-Tanteadla. No espero nada más de vos.

Aquello fue una estocada para el orgullo de la condesa. No podía ser bueno que alguien que se consideraba una semidiosa fuera ninguneada de aquella manera. Obedeció pero sintió el repentino impulso de impresionar a su interlocutor, de demostrar cuán diestra podía ser, demostrar que podía ser más de lo que esperaban de ella. Paola empezó a urgar en los destinos que iban unidos a los de Marina Oliván. De forma inmediata a su hebra había pocos, de los cuales sentía fuertemente a Francesco pero ni rastro de Juliette. También sintió la extraña hebra doble de Dayron, el cuál estaba estaba en esos momentos viajando en búsqueda de la Cámara Ambarina. Comenzó a ver cuantas hebras estaban conectadas de forma indirecta  la de la espadachina...había cientos de destinos los que dependían esa hebra.

Se le hizo un nudo en la garganta, pero siguió tanteando mientras reflexionaba. Si había preguntado por Marina Oliván es porque podían considerarla un peligro...y si la consideraba un peligro, podía hacerle abiertamente daño para complacer a su señor. Inspirada por esta idea, volvió a la hebra original, la de Marina. Encontró un hilo especialmente largo y con apariencia robusta. Estaba exhausta, esa hebra era una de las más poderosas que poseía la castellana. La unía con un joven...no podía ser. ¿Pudiera ser que el hilo unía a Marina Oliván con el joven barón Alonso Lara?

Sí...sí...lo sentía.

Era amor.

¿Cómo era posible que no lo hubiera visto antes? ¿Era posible que se hubiera formado recientemente? Había pasado mucho tiempo y jamás hubiera imaginado que Marina fuera tan tonta de caer en tales romanticismos. Aunque en público y ante la sociedad la plebeya y el noble se mantenían alejados e indiferentes...¡La maldita espadachina que tantos planes le había frustrado estaba enamorada! La bruja del destino tuvo que reprimir un gemido de placer ante tan suculento manjar.

-¿Qué veis, bruja?-preguntó paciente el hombre.

Paola ignoró la pregunta y miró palpitar la hebra mientras sacaba una daga curvada ceremonial. Si su señor preguntaba por la espadachina era porque quería apartarla de sus planes. Estaba decidida en contentar a su señor y para darse placer a sí misma después de tantos agravios. Se aseguró de soslayo que su señor estaba mirando y entonces...intentó cortar la hebra con un golpe certero; pero ésta se mantuvo fuerte. Observó la hebra, ya había visto esto otras veces: las hebras de Marina Oliván relucían con un puro resplandor blanco cada vez que se acercaba a ellas. Solo pasaba con personas con un voluntad legendaria, ayudada quizás de algún objeto que potenciaba su fe. Volvió a empuñar la daga con furia, pensando que estaba apuñalando a la mismísima Marina. Una y otra vez, una y otra vez, gritando de rabia, Paola rajaba ese amor, iba a hacer añicos ese romance...ella se vengaría y su señor sabría que no tendría que preocuparse de ella.

La espadachina tendría el corazón tan roto que no se le ocurriría interrumpir sus planes nunca más.

-Deteneos- le advirtió el caballero sin alzar la voz, observando cómo la bruja se tomaba sus libertades y seguía atacando la hebra como una loca.

Pero ya era tarde, la condesa había asestado otro corte lleno de furia a la hebra. El poderoso hilo se cortó para gusto de la bruja, pero no como ella esperaba. Inesperadamente los restos restallaron como se resquebraja una cuerda de violín tensada de forma peligrosa. No lo vio venir y no volvería a verlo nunca más. El extremo de la hebra latigó de forma lacerante su rostro, rajando superficialmente su cara. La condesa, humillada y a la vez triunfadora, escondió instintivamente la herida y cayó de rodillas enjaulada entre los hilos del destino y cirios llorosos con la respiración acelerada.

El hombre negó con la cabeza, defraudado. Justo lo que más temía Paola.

-Estúpida...que tu mal orgullo te lleve al infierno.

Bajó de forma pausada a la sala por una escalera de caracol apartada para encontrarse con ella. Paola se apartó la mano de la cara, viendo que su palma estaba ensangrentada. Aún de rodillas, veía en el suelo los restos deshilachados hilo que acababa de cortar. Comenzó a reír de forma arrítmica mientras la sangre del rostro le surcaba hasta a los labios. Había dejado un gran hueco en la telaraña de su destino.

De pronto, escuchó cómo los extremos que aún permanecían en la telaraña, separados por un enorme hueco, volvían a alzarse de forma fantasmagórica. Los extremos cortados, aún separados en el espacio, se estaban volviendo a tejer de forma tranquila, buscándose el uno al otro, hasta que se encontraron. Los hilos se empezaron a abrazar y a danzar entre ellos, haciendo de los dos hilos un único destino. La hebra destruida volvió a tejerse, formando una más fuerte que la anterior.

-¡Imposible!

Rápidamente, buscó la baraja menor de naipes y la barajó mientras manchaba las cartas de sangre. Entonces, puso delante del hilo destrozado la carta con la mano izquierda mientras con la otra se tapaba el rostro. Vislumbró dolida la carta frente los restos del anterior hilo que había destrozado.

-No puede ser...

Ante ella se encontraba el caballo de copas.

Una carta cortesana.

Aquello no era una conexión cualquiera. Las copas determinaban la Pasión entre dos destinos, pero el caballo era un cortesano de la baraja, lo cuál complicaba más las cosas. Qué tonta había sido.

-¿Qué significa?- dijo el hombre, que se encontraba detrás de ella.

-Hay determinadas hebras que no pueden manipularse, mi señor.

-¿Las copas?

-Determinan la pasión.

-¿Entre?

-Entre ella y el joven castellano que apresó Verdugo en el castillo de Stronghold, Eisen.

-Amor, ¿eh? ¿Y el caballo?

Ella tragó saliva trabajosamente mientras de entre la palma de su mano seguía conteniendo la sangre de su rostro.

-Que ese amor tiene voluntad propia, que la relación es demasiado fuerte como para cortarla. Escapa más allá de los designios de dios, de los hechiceros, de los hombres y de las fuerzas de la naturaleza. Fluye como un río y nada ni nadie excepto ellos podrá extinguirlo. Podrán ser separados por ángeles y por demonios, por jueces o por familiares, por la guerra y durante la paz. Pueden ser obligados a no verse jamás, frustrados y arrebatarles su derecho a verse, pero nadie jamás podrá negar el verdadero amor que sienten el uno por el otro en secreto. Aunque no sean dueños de sus destinos son dueños de su amor, trasciende cualquier brujería y cualquier circunstancia. Son señores de sus sentimientos y allí no hay rey, ni patria ni iglesia que gobierne. El que lo intente...que espere ser derrotado por dos almas libres que han decidido luchar por su destino.

Giovanni Villanova alargó una mano enguantada de negro y apartó la mano de la condesa. Descubrió el rostro de Paola. Un enorme corte le recorría desde la frente hasta el pómulo, pasando por su ojo izquierdo. Había perdido el color oscuro de su ojo y ahora se encontraba invadido por una película blanca. Entonces ella, llorando sangre por su mejilla, descubrió que su ojo estaba ciego.

Así que no vio venir el revés de Villanova. Con toda la fuerza que podía reunir el hombre, la mejilla de la cortesana fue besada por los nudillos de su mano anillada. Ella no pudo ver el golpe y cayó arrojando los cirios que se encontraban cerca.

Giovanni Villanova se arrodilló junto a ella y apresó su mandíbula con su huesuda mano enguantada y le obligó a que lo mirara.

-No volverás a desobedecerme.

El Príncipe Mercader salió de la sala y Constanzio di Rossi, que se había mantenido al margen todo el rato, le abrió las puertas y le alcanzó la capa de herreruelo.

-¿Puedo preguntaros algo, mi señor?

-Adelante.

-¿Por qué no la habéis matado?

-Porque aún ignorando mis instrucciones me ha sido útil. Y no me deshago de alguien que me es útil.

-¿Os preocupa la castellana?

-No, pero no debemos cegarnos por la soberbia como la condesa. Ningún enemigo debe ser infravalorado, eso es cosa de montaignenses. Ese fue el fallo de mi antiguos...socios.

-Entiendo. Pero, signore ¿por qué, teniendo a una de las brujas más poderosas de toda Vodacce como esposa ha venido vos a consultar a la condesa Ulberti?

Villanova sonrió enigmático.

-No he dicho que Paola me haya sido útil por descubrir que la señorita Oliván está enamorada. Eso me es indiferente. Quería comprobar...otra cosa.

Constancio se despidió del Príncipe Mercader y mantuvo la compostura hasta el final. Pero en cuanto las puertas de la mansión de la condesa se cerraron, salió corriendo escaleras arriba al auxilio de Paola.

Seguía en el suelo entre los cirios, llorando de rabia y humillación, mientras contenía la sangre de la herida.

Constancio se deshizo de el tahalí dejando caer su estoque y sus dagas para arrojarse para arropar a la condesa.

-Mi signora...

-¡Aparta!- rugió ella intentando mantenerse en la oscuridad.

Al ver que él no se alejaba empezó a golpearlo pero Constanzio la redujo tranquilamente, tomó su mentón y le obligó que ella lo mirara. Observó el ojo ciego y las lágrimas de sangre que surcaba su rostro. Besó su mejilla.

-Signora, yo...

"Os amo igual", pero no pudo articular palabra, ella le ladró angustiada.

-¡Dejadme sola!

-Como queráis.

El espadachín recogió su espada y salió de la sala, dejando a la condesa llorar en el suelo. Paola se arrastró y recogió los restos de los hilos del amor que había intentado romper entre Marina y Alonso. Los guardaría, al fin y al cabo, eran retales de sus destinos y de algo servirían. Observó de nuevo que la hebra que hace un rato había cortado se había recompuesto y estaba más sana que nunca.

De pronto, sintió una hebra extraña, otra que no tenía nada que ver. Una hebra que le resultaba familiar.

Presta, comenzó a echar las cartas, a relatar e interpretar. Aquello era extraño, irregular...probablemente peligroso. De pronto, todas las cartas estaban sobre la mesa.

Pero...¿qué significaba aquello?

Sin duda su señor querría averiguarlo.

lunes, 12 de mayo de 2014

El filo de las palabras (I)


La decrépita Madamme Dupin volvió a repetir la pregunta a sus pequeños alumnos regla de madera en mano. Y esta vez esperaba una respuesta:

- Debe ser que me estoy quedando sorda, porque no oigo que ninguno de ustedes haya respondido a mi pregunta.

La pequeña clase de alumnos y alumnas (la academia de la señora Dupin era famosa por considerar conveniente la convivencia de ambos sexos en el aula) se había quedado petrificada, como si alguien los fuera a retratar. Cada uno escurría el bulto como podía mientras esperaban un salvador que aplacara las exigencias de la vieja profesora de historia. Unos pasaban páginas de libro, como si buscaran una solución profética; otros evitaban la mirada de la profesora mirando al suelo, mientras que los más despistados miraban por la ventana.

Jules Angelier, de 10 años, era uno de los privilegiado que se encontraba cerca de la ventana, pero había optado por fingir que tomaba apuntes en su libreta.

No era justo para unos niños de su condición trabajar, menos aún con el día que hacía. Fuera hacía un día despejado y el jardín de la Chateau du Bantreaux se veía más verde que nunca. Los jardineros trabajaban arduamente como hormigas, pero parecían divertirse más que ellos. Los sirvientes abrían manualmente los aspersores y, a veces, cuando el chambelán no miraban, se bañaban en el agua para aplacar el calor. Definitivamente aquél lugar era hermoso, pero como escuela privada para los pequeños hijos de la aristocracia, apestaba.


-Clara Chassier- nombró la profesora, y la docena de alumnos restantes bajaron los hombros de alivio

La niña, sentada justo al lado de Jules , sintió que un sable se clavaba en su estómago. Esa espantosa sensación que todo niño ha sentido cuando el profesor le nombra en clase. Clara jugaba con un tirabuzón que se le había salido de su elaborado recogido, como si con ello pudiera acelerar el mal trago. El corazón se le iba a salir del pecho y se quedó mirando al vacío.

-¿Sí, Madamme Dupin?- preguntó Clara casi como si hubieran presionado un resorte en su mente.

La vieja tomó un largo trago de agua, mientras le clavaba su mirada. Una vez carraspeó, continuó:

-Se lo pondré más claro, señorita Chassier, dándole más datos sobre la pregunta que aquí nos atañe ¿Qué Rey de Montaigne inició la invasión de Ávalon en el 1028?

La alumna fue claramente abrumada por la pregunta y el incómodo silencio solo fue combatido por una temeraria mosca.

-Señorita Chassier- dijo la profesora-. ¿Acaso no ha estado atenta a la lección de hoy? ¿Es que no sabe que sus padres depositan una enorme confianza en mi para convertirla en algo valioso para el futuro?

-Es...es que...-tembló la niña con duda, captando la atención de los alumnos-. Es que Jules me ha estado distrayendo.

Jules, que seguía fingiendo que tomaba apuntes levantó la mirada y la miró con relámpagos en los ojos.

-¿Cómo dice, señorita Chassier? ¿Le está distrayendo el señorito Angelier?

Clara Chassier tuvo que tomó más confianza en su voz.

-Sí, señorita. Además, no está tomando apuntes, ¡está dibujando! ¡Como uno de esos mendigos que hay en las calles de Charouse! No pude estar atenta a la lección, señora Dupin...

El resto de alumnos convirtieron el aula en una jaula de gallinas en menos de 3 segundos.

-¡Niños! ¡Basta ya!- la profesora pegó grandes zancadas hasta el pupitre de Jules, y éste notó su enorme y amenazante sombra-. ¿Jules? Enséñame que estás haciendo.

Jules sacó la hoja que había escondido bajo la mesa, ni siquiera intentó ofrecer ninguna resistencia. Sabía que era inútil, aunque a la traidora de Clara, le había salido condenadamente bien la jugada.

La profesora miró la hoja y arrugó la nariz, mientras deducía qué era lo dibujado. Al principio pensó que había pintado todo el folio con carboncillo y le había faltado el centro, que estaba blanco. Sin embargo, pronto percibió que el dibujo era precisamente lo que no estaba pintado con el carboncillo, dejando un cisne blanco justo en el centro de la oscura hoja. El dibujo tenía estilo, indudablemente.

-Dame tus lápices y tus libretas, señorito Angelier. A partir de ahora aprenderás todo de memoria.

-No es justo- dijo él sin mucha convicción mientras accedía.

-Claro que lo es- dijo ella-. Está usted en mi academia y lo que yo diga es ley.

Mientras madamme Dupin se alejaba hacia su mesa con los materiales de dibujo, la voz contenida del niño los petrificó a todos.

-Es usted una amargada. Es cierto lo que dicen.

Todos sabían que Jules era un niño raro, y que más bien no valía hablarle si no querías que te amargara la mañana. Lo que nadie hubiera imaginado nunca es que la profesora fuera víctima de su agrio veneno.

-¿ Y qué es lo que dicen?- dijo la profesora girándose lentamente a mitad de camino.

-Que está amargada, que su marido no la soportaba y construyó esta casa de verano para esconderse de usted, mientras fingía estar de negocios. Que cuando lo pilló con otras señoritas prefirió marcharse a la Guerra de la Cruz antes que soportarla y ahora se dedica a frustrar a todo el mundo como se dedicaba a frustrar a su marido.

En este momento podían pasar dos cosas. O que todos los niños aplaudieran la ocurrencia de plantarle cara a lo que ellos consideraban una bruja, o que todos se hicieran los muertos como si ante un oso rabioso estuvieran. Ocurrió lo segundo.

Por un momento pareció que Madamme Dupin estuviera altamente sofocada. Luego, con una voz vibrante, volvió a tomar las riendas de la clase.

-Jules, a partir de ahora te encargarás de limpiar el estanque del jardín todos los días después de las lecciones.

El niño asintió, sabía que cuando abrió la boca había comprado un pase para el infierno.

Cuando fuera  el chambelán tocó la campana de salida de sirvientes y alumnos, los niños empezaron a recoger, dispuestos a subir a las calesas familiares que les llevarían a sus respectivos hogares.

-Ah, se me olvidaba. Señorita Chassier...

-¿Si?

-Usted cumplirá condena con el señorito Angelier.

-¡¿Qué?! ¿Por qué?

-Por chivata, por cobarde, por falsa y por no estar atenta en clase.

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-Oye, Jules...no sabía que fuera a pasar esto.

El niño fingió no oírla, estaba demasiado ocupado intentando sacar todos los hierbajos y bichos del estanque. Aquello apestaba hasta el punto de tener que respirar por la boca. Clara era, sin duda, la menos eficaz, porque pescaba más bien poca basura. Finalmente desistió en su tarea y se encargó de mantener alejados a los cisnes.

-¡Oh, venga! ¡Perdoname Jules! Me salió solo. Estaba nerviosa. ¿A quién le importa quien invadió un aburrido trozo de roca en el año 1000?

Pero el chico seguía en su castigo. Cuanto antes empezara, antes acabaría.

-Además, ni siquiera te tenían que castigar por eso. Ha sido tu enorme bocaza la que te ha metido aquí. ¿Cómo se te ha podido ocurrir decirle semejante barbaridad a Madamme Dupin? Serás afortunado si te dejan continuar las lecciones.

-Bien, no tendré que seguir soportándote. Con la de personas que hay en ese aula y tu siempre tienes que fastidiarme a mi.

Ella lo miró largo rato, despistada. Los cisnes empezaron a esquivarla y se volvieron a meter en el estanque.

-Bueno...no siempre te quiero fastidiar. ¡Solo lo hago porque te lo mereces! Eres un niño muy agrio, ¡podrías tener una palabra bonita conmigo de vez en cuando! Pero luego tienes cosas muy bonitas. Sabes dibujar muy bien. Yo...también he hecho un dibujo.

Jules miró la hoja que le tendía. Eran dos monigotes feos, aparentemente niños, pegándose un cabezazo.

-¡Están dándose un beso, idiota!-aclaró la niña-. ¿Ves como nunca tienes una palabra amable?

El chico volvió a lo suyo, pero Clara lo perseguía.

-Jules ¿tú me darías un beso?

Jules la miró. En ese momento no sabía que le daba más asco, besar a una niña o el estanque.

-¿Por qué iba a querer hacer eso?

-No sé, pero he visto muchos hombres de la corte rivalizar por el beso de una dama.

-¿Y por qué dos personas iban a querer besarse?

-Pues no sé...creo que es porque los labios están blanditos.

-¿Para qué? Es estúpido.

-¡Pues porque les gusta, digo yo!

-Mi papá siempre dice que todo tiene que tener un sentido en la vida, y que todo hombre tiene que actuar con un objetivo.

-¡Así has salido!

Pillado con la guardia baja, Clara avanzó su rostro y besó torpemente los labios de Jules. Este, con una mueca de horror la apartó asqueado, tirándola al sucio estanque lleno de sapos, raíces y bichos.

-¡Puaj!- gritaron al unísono.

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Madame Dupin tenía la mirada fría.

-Así que la empujaste a la señorita Chassier al estanque, porque...

-Porque me dio un beso- respondió Jules.

La señora Dupin estalló en carcajadas, como si no recordara las ofensas que le había hecho el niño hacía unas horas.

-Señorito Jules, a lo largo de su vida muchas señoritas van a pretenderlo, y usted tendrá que poseer la etiqueta adecuada como para rechazarlas públicamente con educación y cortesía.

Jules miraba el suelo.

-¿Por qué?

-Porque los sentimientos son complicados y cuando uno no es correspondido uno tiende a sufrir. Por suerte, las palabras nos permiten convertir los mensajes dañinos en algo correcto o dulce. El don de la oratoria se nos dio para amortiguar los efectos que provocan las palabras en los humores de las personas. Confío en que usted aprenda los intrincados designios de la cortesía y el protocolo algún día. Tenga en cuenta que, para rechazar a alguien, elegir las palabras es como elegir un arma para cazar: elijes cómo acabar con la presa, sin dolor o con crueldad, pero recuerda que el fin es matarla. Escoja sus frases como si escogiera un arma, lo único que debe saber antes es cuánta sangre quieres derramar con sus palabras.

Jules se mantuvo callado.

-Algún día comprenderás lo valioso que es es medir las palabras para multiplicar o dividir un efecto; comprenderás lo valioso de ser educado y suave en el insulto, el rechazo y la crueldad. Algún día entenderás por qué necesitamos azucarar el rechazo. Algún  día te enamorarás y sufrirás por ello.

-Ni lo sueñe- dijo el niño limpiándose aún los labios y marchando a la puerta. Una vez en la puerta, volvió la vista-. Lamento lo que dije sobre usted, Madamme Dupin.

A la vieja le tembló la rugosa piel.

-Mi marido huía de mí porque no podía darle hijos. Buscaba escaparse a esta casa con sus amantes a ver si podía dar a luz a algún bastardo, supongo que para después intentar convencerme de hacerlo pasar por hijo nuestro. Una vez me negué, me abandonó marchándose a Eisen, a buscar futuro en otra nación. Me dejó sola, señorito Angelier. Sepa que no debe hablar llevado por la ira, ni crea cierto ningún rumor. Sea un caballero y use guarde sus palabras como si de munición se tratara. Disculpas aceptadas.

-¿Puedo recuperar entonces mis herramientas de dibujo?

-No.
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Una vez Jules salió de la finca, se escondió entre los lindes de una carretera principal. Allí, probó uno de los trucos menores había aprendido. Rajó la palma de su mano con una pequeña navaja y comenzó el ritual. Con la mano ensangrentada, la hechicería del ambiente le permitió introducir la mano en una herida palpitante en la realidad, que se lamentaba de forma ahogada. Su mano se perdió en un bolsillo que acababa en otro plano de la realidad y cuando lo sacó, tenía en sus mano los lápices, los carboncillos y alguna vitela en blanco.

Aquello sí que le parecía práctico, y no las palabras, los modales o el amor.
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Infancia de Julius, uno de los mayores espías y hechiceros de Porté de la historia de Théah. Academia Chateau du Bantreaux de hijos de la aristocracia de la provincia Gloyure, 1646, Montaigne.

Cadenas por corona

Los grilletes se cerraron sobre las muñecas de Leandro Vázquez de Gallegos. El Alguacil cerró las esposas duramente y apretando con malicia,...