viernes, 28 de noviembre de 2014

Un nuevo sol (I)

El imponente castillo negro que se alzaba sobre el río Sineuse era la prisión de Les Insurgents. Un coloso de piedra fortificado que tragaba por sus fosos a los criminales, que rechazaba las tropas enemigas con los cañonazos de sus torreones y digería a los principales disidentes políticos de Montagine con un vientre oscuro y seco. 

Pocos salían de allí, y los que lo hacían salían "curados" de sus ideales.

Quién iba a imaginar que ese día el prisionero político más peligroso de Montaigne era el mismísimo Empereur.

León Alexandre XIV du Montaigne. 

El hombre que se autoproclamó Emperador, que se aventuró a desafiar a la Iglesia con sus artes hechiceras, que expandió sus fronteras hasta límites insospechados con el paso fuerte de su magnífico ejército y unió todo el poder en una sola cabeza.

La suya.

Pero ahora era el enemigo número uno de su propio pueblo.

Montaigne contenía el aliento ante tal golpe y nadie sabía hacia dónde iban a encaminarse los nuevos pasos. 

Iba a ser una larga y oscura noche, pero el amanecer llegaría un nuevo sol.



Aquella noche del 4 de noviembre de 1670 los soldados de la guarnición de la prisión de Les Insurgents tenían órdenes de bajar a medianoche los estandartes imperiales como signo de que el mismísimo Empereur no iba a gobernar. ¿Pero por cuánto tiempo? ¿Sería apresado por un tiempo o le ejecutaría el nuevo gobierno? ¿Estaban cometiendo traición a su rey respetando la decisión de los rebeldes de mantener al Empereur entre rejas? ¿Quién era el líder de los rebeldes? ¿Era un gobierno piadoso o unos cortadores de cabezas como los revolucionarios radicales? Esa noche los guardias de la prisión no sabían muy bien qué iba a pasar después del asalto improvisado de los ciudadanos de Charouse al Palacio Imperial. 

Asalto improvisado porque la reunión popular producida frente al palacio no buscaba en primer lugar invadir la corte, sino que buscaban simplemente entregar a su monarca a la enemiga número uno del Empereur: la espadachina castellana Marina Oliván. El Empereur había prometido a su pueblo que si le entregaban a la heroína castellana él les daría la comida, la ropa y los tratamientos médicos que necesitaba su maltratado pueblo. 

-¿Por qué es tan importante la chica para el Emperador? Nunca había oído hablar de ella- preguntó uno de los guardias uniéndose a su grupo en las almenas mientras se quitaba el capacete y dejaba la alabarda a un lado.

El resto se mostraban en un estado entre la alerta y la ociosidad, una actitud producto de muchos años de defender posiciones, probablemente en sirviendo en el frente de la guerra entre Castilla y Montaigne.

- Yo he oído- dijo un guardia con un uniforme que le quedaba grande- que el Empereur la odia porque Marina estaba ganando la guerra ella sola. Dicen que recuperó ella sola Santiago robándole un cañón a las tropas imperiales.

-Tonterías y leyendas- bufó otro que se limpiaba las botas como si fueran nuevos-. Marina Oliván no es más que una criminal que desautoriza la ley y el orden y por eso es buscada las tierras ocupadas. Te lo digo yo, estuve dos años sirviendo en la guarnición de La Reina del Mar, y provocó un desorden público en el nuevo teatro imperial que jamás olvidaré. Incluso le partió el labio al prefecto de la ciudad...

Un gallinero de risas, maldiciones, silbidos de admiración o escupitajos de asco sonó en las almenas ante el relato. Todos reaccionaban de diferente manera, con simpatía o con odio, ante las supuestas hazañas o desórdenes de Marina Oliván. El caso es que todos comenzaron a compartir el calor en las almenas en aquella noche que casi se convirtió en la más larga de la historia de Montaigne.

-Mi primo- decía otro- trabaja en la corte como tapicero y me ha contado que la tal Oliván asaltó al Emperador en sus propios aposentos hará casi un año.

-Sí, sí- asentía otro mientras se afeitaba bajo la luz de un quinqué ayudado por otro guardia que le enfrentaba un espejo- eso es seguro. Por ese incidente la querían colgar frente a la plaza del Emperador. Pero por alguna extraña razón ella consiguió evadirse de los guardias y pronunció un discurso que enmudeció al Empereur.

-¿El Emperador estaba el día que iban a ejecutar a la castellana? Si nunca va a ese tipo de eventos- preguntó confundido el que sujetaba el espejo.

-Sí, yo estaba aquí en Charouse cuando pasó. Oliván no pasó ni por un juicio que yo sepa, y voto a Theus si era raro que el mismísimo Empereur quisiera verlo en persona. Por lo visto durante el discurso Marina Oliván dio a entender que sabía algo que podría dañar la imagen pública del Empereur y la dejó marchar. 

-¿Y ha tenido la osadía de volver a Charouse?

-Sí. Por eso el Empereur ha puesto la ciudad bajo llave, impidiendo que entraran los pocos víveres del pueblo. Desde el castillo no se ha notado mucho pero mi esposa dice que la ciudad se había vuelto loca buscando a la guerrillera castellana. Y la pillaron por lo visto cerca de una fábrica abandonada de retales. La llevaron a Charouse reclamando la recompensa frente al Empererur, enarbolando a la muchacha, que estaba ya muy maltratada por el pueblo...

-Pero sigo sin entender cómo ha cambiado todo. ¿Cómo de pronto todo se convirtió en una revuelta contra el Empereur?

La pregunta se quedó en el cielo nocturno de Charouse y todos se ensimismaron, buscando respuestas o ignorando esos pensamientos. 

Nadie sabía cómo Marina Oliván y sus compañeros de aventuras habían conseguido convertir esa entrega de una prisionera en una revuelta popular. Por mucho que le dieran vueltas, los guardias de la prisión no entendían mucho, aislados de los acontecimientos del mundo civil. Todo parecía lógico. El pueblo tenía a Marina Oliván. El Empereur tenía los víveres para el pueblo. El pueblo quería los víveres y el Empererur quería atrapar a Marina Oliván. ¿En qué punto se perdió el norte del asunto?

No lo entendían porque no habían estado en las calles junto al pueblo aquél día. El Empereur había ordenado poner bajo llave la ciudad entera de Charouse, sin dejar entrar o salir nada ni nadie bajo pena de muerte. La ciudad estaba sitiada por su propio monarca, maltratando más aún a sus descontentos ciudadanos. Para motivar a su gente el Empereur había ordenado a todos sus súbditos peinar toda la ciudad para encontrar a la espadachina Marina Oliván y a cambio cubriría las necesidades básicas que él mismo les negaba con su tiránico reinado.

-Ni idea. Pero empiezo a tener miedo sobre el futuro rey...-resumió

-O el futuro gobierno. He estado leyendo octavillas por ahí clamando una revolución en contra del régimen absolutista de Leon XIV y formar una asamblea ciudadana...

- ¡¿Sin rey?! Theus nos libre de esos locos- se santiguó el que se afeitaba con la cara llena aún de espuma.

-No. Ha sido un golpe de estado por lo que tengo entendido. Lo que no sé es quién ostenta el poder.

-Joder-escupió otro un cacho de tabaco-. En este castillo nadie sabe nada...lo mismo son radicales lo mismo es otro monarca. A ver si alguien empieza a explicarnos algo.

La incertidumbre sobre el futuro de la nación les unió en las almenas frías para compartir el calor de la ignorancia común. Los guardias no se aclaraban entre ellos y toda la nación de Montaigne se preguntaba lo mismo: ¿había sido una revuelta? ¿una revolución? ¿un golpe de estado? Nadie sabía responderlo y seguro que hubo disputas populares por todas partes. Lo único que se sabía con certeza era lo siguiente: el Empereur había sido apresado por el pueblo y con ayuda de unos poderosos conspiradores de la corte.

Un joven guardia se asomó al patio interior del castillo y observó los torreones. 


-Debe ser duro para el Empereur pasar de dormir en el Palacio Imperial a dormir en una prisión.

Entonces, rompiendo la quietud y la magia de vivir aquella noche tan interesante de la historia de Théah, apareció el teniente George d'Argeneau. 

-Bajad ahora mismo. Hay un carruaje abajo que merece ser escoltado con todo tipo de atención.

Todos los montaignenses ignoraron la disciplina y se asomaron como cazurros a las almenas para ver el carruaje a ver si podían ver a algún personaje que les arrojara un rayo de luz en toda ese aislamiento en el que vivían en Les Insurgents. El Teniente lo entendió y no reprendió a sus hombres, estaban viviendo un momento histórico.

-¿Quién es, teniente?- preguntó uno de los más osados mientras se pateaban por conseguir mirar entre las almenas. 

-No os interesa. ¡Cumplid con vuestras órdenes!

-¡Venga teniente! ¡Por favor!- suplicaron los guardias.

El teniente se limpió el tabardo lo mejor que pudo. 

-Bien, pero mantened la discreción. 

Todos los capacetes bajaron y subieron lentamente en señal de fascinado asentimiento. 

-Por lo visto...se llama Louis Alexander, y es el hijo secreto demostrado del Empereur. 

-¡¿Cómo?!- exclamaron todos.

-¡Silencio!- reprendió el teniente.

Todos se cuadraron en silencio, pero sus miradas expresaban sus ansias de saber más, a lo que el teniente accedió dadas las extraordinarias circunstancias.

-Por lo visto está implicado en promover la revuelta y en la organización para enfrentar el poder del Empereur. Ha proclamado su real derecho a ser heredero de la nación. 

Uno de los guardias levantó una mano lentamente y el teniente suspiró.

-¿Sí...?

-¿El Emperador sabía que tenía un hijo?

-Por lo que sé no.

-Vaya palo que tu hijo desconocido rebele al pueblo contra ti...- reflexionó por lo bajo uno de los guardia y el resto rió por lo bajo.

-¡Todos abajos holgazanes!. Abrid los portones y ya sabéis, escoltadlo hasta la prisión donde está el Empereur...su padre.

Todos bajaron por las escaleras de piedra, aunque uno de los guardias más jóvenes se quedó en la escalera mirando al techo, absurdamente cuadrado. El teniente se quitó el sombrero y se corrigió el peinado.

-Qué pasa ahora...

-Teniente...¿cómo le tratamos...como a un traidor, como heredero o como al nuevo Rey?

El teniente pensó en cómo Marina Oliván y los suyos habían conseguido detener al Empereur y su maltrato al pueblo. No solo eso, además había traído un heredero legítimo bajo el brazo que aplacaba la anarquía y a los sangrientos revolucionarios que produciría enfrentarse al Empereur. Estaba impresionado. De alguna manera habían deshecho y establecido el equilibrio en el mismo día, sin excesiva sangre

-De momento, tratadlo como a un héroe...
____________________________________________________________
Primera noche tras asaltar Marina Oliván y sus compañeros la Chateau du Soleil para detener la tiranía del Empereur contra el pueblo y la invasión de Castilla. Plan que culminaba con el apresamiento del tirano y su intercambio por el hijo no conocido del Empereur, guardado en secreto el día de su nacimiento por la duquesa Mariam Dubois, el arzobispo Maurice Rostand du Pourisse y el Cardenal d'Argeneau. 4 de noviembre de 1670, Charouse, capital de Montaigne.


viernes, 14 de noviembre de 2014

El fuego de la rebeldía

-¡Guardias! ¡Guardias!

En todo lo que el Emperador llevaba gobernando la gran nación de Montaigne, pocos cortesanos le habíam visto temblar el falso lunar de su mejilla derecha. Menos aún lo habían visto temblar de ira como estaban presenciando en esos instantes. El rostro de L' Empereur había sido dominado por un tic nervioso y gritaba con fuerza mientras recapitulaba que acababa de pasar.

Todo había ocurrido muy rápido.

Hacía unos instantes toda la corte de Montaigne observaba a una cortesana danzar bajo el anonimato que da los empalagosos maquillajes y las recargadas pelucas cortesanas. La joven había hipnotizado al Emperador con una fogosa y apasionada danza castellana, algo que odiaba y le excitaba a partes iguales. Había estado bailando solo para él, para deleite de su mirar y de su tacto. Lo había clavado con sus ojos oscuros y lo había destruido con un suspiro apagado. Entre giro y vuelo de falda lo atrajo con un mirar que lo desafiaba y lo provocaba.

Sin duda esa danza apasionada era castellana y desafiaba al mismísimo Empereur.

El mundo sintió que en aquél baile prohibido se encendía la mecha de la rebeldía.


El Emperador no sabía si estaba disgustado o extasiado.

Y cuando acabó el baile, el Emperador se decidió a acercarse a la cortesana para intimar con ella, la misteriosa mujer disparó un trabuco sin balines peligrosamente cebada de pólvora negra.

En medio de una gran nube de pólvora el gran jardín de juegos del palacio de la Chateâu du Soleil  se había convertido en una estampida de aristócratas ridículos. La orden de fiesta perpetua, espectáculo y vicios que había declarado el Emperador en su palacio tras la muerte de su odiada madre se había interrumpido por un enorme disparo. En mitad del humo producido por la detonación y la estampida, la cortesana causante del caos había desaparecido entre un mar de faldas, pelucas y levitas. El Emperador estaba abochornado.

-¡Guardias! ¡Guardias!

Jean-Marie du Montaigne, capitán de los Mosqueteros reales se puso frente al Emperador por si se produjera algún atentado con la espada medio desenvainada.

-¡Formad un perímetro y cerrad el palacio!

-¿Qué estáis diciendo?- ladró el Emperador tras las órdenes del capitán Jean Marie- ¡Id a por ella! ¡Arrestadla directamente!

Los Mosqueteros se dividieron, sin saber si hacer caso a su capitán o a su Emperador. Su capitán había ganado el respeto de todos los soldados del imperio, pero una sola palabra del Emperador haría que fueran fusilados por insurrección.

-¡Allí! ¡Allez!- gritó un mostachudo mosquetero señalando hacia los jardines de la recientemente fallecida Reina Madre.

Un pelotón de mosqueteros corrió hacia la lejana figura de la mujer que huía. Fue fácil alcanzarla, pero llegaron demasiado tarde. La misteriosa cortesana tenía un as en la manga...un mago de Porté la estaba esperando junto al muro exterior del palacio y desapareció en un sangriento portal a Theus sabe dónde. Como último intento por detenerla, dos mosqueteros dispararon al portal sin éxito alguno.

La chica escapó y los mosqueteros se quedaron con la miel en los labios. Un oficial de los Mosqueteros volvió a Jean Marie con el mostacho tembloroso.

-La chica...ha escapado.

Jean Marié suspiró y miró al Emperador. Rodeado de enanos vestidos de forma ridícula, el Emperador miraba a los mosqueteros de reojo fingiendo desinterés desde su privilegiado patíbulo dorado. Los cortesanos lo miraban atónitos tras sus empolvados rostros y, por una vez en la corte del conocido Rey Sol, nadie se atrevió a chismorrear.

-Continuad- ordenó el Emperador con el habitual gesto condescendiente de su mano.

Toda la orquesta volvió a tocar, haciendo que los cortesanos danzaran sin mucho entusiasmo. Entre salto y giro observaban disimuladamente cuál iba a ser la reacción del Emperador ante la gran afrenta que acaba de sufrir su orgullo.

Orgullo que no había conseguido herir ningún rey ni el mismísimo Santo Padre.

Jean Marie subió al patíbulo atenazando el ala ancha de su sombrero emplumado con sus guantes de ante.

-Mon Empereur, la asaltante ha escapado.

Un enano trajo una copita de licor de moras al Emperador, que cogió dos dedos finos. Se lo llevo a los labios con pulso firme y calmado. Jean Marie observó que ni siquiera había bebido realmente, pero no dijo nada. El Emperador dejó la copita sujeta entre sus dedos y carraspeó con indiferencia hacia el Capitán de los Mosqueteros.

-Aún hay más-prosiguió Jean Marie.

-Hablad- ordenó el monarca casi sin poder disimular su impaciencia.

-La intrusa ha escapado con un mago de Porté, podría estar en cualquier parte.

El falso lunar del Empereur tembló, pero su cuerpo quedó fijo como si estuviera retratado en un lienzo.

-Entiendo.

-Aún hay más.

-¿Qué es ahora?- preguntó contenido de ira.

-Mon Empereur...el Arzobispo Maurice Rostand du Pourisse, el confesor de vuestra fallecida madre...ha desaparecido también.

La copita repleta de licor de mora se resquebrajó entre la mano enguantadas del Empereur con unas crujientes cuchilladas, manchándose de sangre. Un grupo de criados intentó asistirle pero el otro los paro con una autoritaria y sangrante mano. La corte seguía escuchando mientras bailaban. Todos sabían que el Emperador quería humillar a ese hombre frente a toda la corte y que quería averiguar todos los secretos que había contado su madre al sacerdote, pero ahora era él el avergonzado. Por un momento pareciera que se iba a hacer el silencio en el jardín, pero un chambelán ordenó tocar in crescendo para ocultar la conversación del Empereur.

- Jean Marie, si el capitán de mi guardia de mosqueteros no puede protegerme en mi propio palacio quizás deba replantearme el por qué sigues aquí.

Jean Marie no agachó la cabeza y mantuvo entereza militar. No se sentía ni un poco culpable siquiera. Solo era solo un hombre y en la vida podría proteger al Emperador de todos los enemigos que se había ganado en los últimos años. Le faltaban horas de sueño y con los disturbios en las calles de Charouse ya tenía bastante. Jean Marié esperó a que el Emperador prosiguiera.

-¿Sabéis? Hace unos dos años estuve a punto de disolver los Mosqueteros. Pero en un acto de bondad y velando por mis fieles soldados decidí manteneros con un trabajo y un señor al que servir.

-Lo celebro y se lo agradezco, mon Empereur.

-Si Remy hubiera estado aquí con su Guardia Relámpago hubiera atrapado a la intrusa- seguía murmurando el Emperador distraído con la copita de licor.

-Es posible- respondió Jean Marie con paciencia.

- Hay muchos que matarían y morirían por estar en vuestro puesto. Dadme una razón por la que, después de esta negligencia vuestra, deba seguir contando con tus servicios y tus hombres.

-Yo moriría por vos, mon Empereur.

El Emperador salió de su ensimismamiento fingido, dejó de mirar sus manos enguantadas y sangrientas, y se dignó a mirar a Jean Marie. Deseaba ver la expresión de su capitán.

-¿Y mataríais, capitán?

La nuez de Jean Marie se estranguló como un blando fruto y falsas palabras murieron en su garganta.

Finalmente no dijo nada.

-Vuestro honor a la verdad os delata, Jean Marie. Sí, sí- asintió distraído con algo en mente-, esa será vuestra prueba final de lealtad para conservar vuestro rango y título. Me traeréis a la criminal y la ejecutaréis con vuestra espada vos mismo delante de toda Charouse.

Jean Marie abrió la boca para protestar, pero de pronto se dio cuenta de que su señor no cedería y eso solo lo alentaría en seguir adelante con su capricho. El Emperador se levantó y toda la corte dejó de bailar para inclinarse ante el Sol. La música dejó de sonar, haciendo perfectamente audible todo lo que decía el Emperador a Jean Marie.

Ya no había vuelta atrás. Mosqueteros y cortesanos por igual habían escuchado el deseo del Empereur. Jean Marie tendría que hacerlo o sus hombres acabarían en la calle.


Y dejando a Jean Marie con ese dilema, el Empereur se marchó al interior de palacio presumiendo de sus habilidades hechiceras. Con la sangra que brotaba de sus manos metió las manos en la realidad y extrajo sus tripas para internarse en ella como si se escondiera tras una cortina. La corte aplaudió y alabó las habilidades y la gracia del Empereur, que desaparición enseguida.

León Alexandre XIV du Montaugne, Empereur del Oeste de Théah, apareció de la nada en el ala oeste de palacio.

Tardaría un rato en llegar a sus aposentos privados, a los que no podía acceder directamente por Porté.

Los zuecos del Empereur sonaron por todo el mosaico acaramelado y brillante del palacio. Al cabo de tres segundos ya estaba rodeado de criados que estaban atentos a todos sus caprichos.

Pero ahora el gran monarca no tenía ningún capricho.

Al menos no ninguno que pudiera resolver un criado. Ni siquiera miles.

Erika Durkheim, la única cardenal de la Iglesia tolerada en la Chateau du Soleil, apareció frente al Emperador cojeando lentamente con un bastón de empuñadura dorada que representaba un hipogrifo echando a volar.

El Emperador aminoró el paso para deleitarse con la esbelta figura de la cardenal que se dirigía a él. Se veía a la legua que Erika poseía sangre eisena. Su pelo rubio, recogido en una trenza de espiga, reflejaba la luz al igual que su blanca piel brillaba como la nieve; su rostro mostraba unos rasgos tan afilados como su mirada inquisitiva e inteligente coronada por una extraña oscuridad. La figura, cojeante, se presentaba esbelta tras su sotana escarlata y su pecho pétreo empuñaba la cruz de los Profetas.

Erika se detuvo y esperó a que el Emperador se cruzara con ella, clavando su mirada desafiante en el monarca, sabiendo que la desnudaba con la mirada.

-No habéis cumplido con vuestra parte- dijo la cardenal gélidamente contenida.

-¿Es una adivinanza?- preguntó el Emperador, claramente había vuelto a olvidar todo lo que había prometido.

-Habéis dado de comer al pueblo tal y como me prometisteis, pero habéis dado comida que no quieren ni las ratas.

El Empereur se paró frente a uno de sus famosos espejos y se distrajo para arreglarse.

-No entiendo. Me pidieron pan y eso fue lo que les di a mis súbditos. ¿Acaso no están agradecidos a su emperador? Les he dado pan para el verano y pan para el invierno.

Erika respiró profundamente, airada.

-Es cierto, vuestros despachos han ordenado dar pan a todas las familias de los campos de los ensanches. Pero han dado pan de centeno únicamente y existen evidencias de que el pan podría estar contaminado por hongos cornezuelos.

-Pero es pan al fin y al cabo ¿no querréis que le de el mismo pan que comemos aquí, no? Sería una lástima que nadie comiera ese pan y tuviéramos que tirarlo- sin mediar palabra el monarca prosiguió su andar hacia sus aposentos privados.

Erika persiguió al Emperador, a pesar de su cojera.

-El problema es que algunos barrios campesinos comienzan a padecer Mal de San Antón.

-Pues que vayan a un galeno.

-Algunos no pueden permitírselo y no todos saben tratar esta enfermedad.

-Que vayan a refugios para enfermos.

-Los hospitales voluntarios estaban regidos por eclesiásticos, la mayoría se fueron cuando os coronasteis Emperador y hechicero.

-Pues que recen al profeta que más les salga...

-La situación es muy seria...-insistió la cardenal.

León Alexander XIV resopló vagamente al llegar por fin a los aposentos que buscaba.

-Por fin se muere mi molesta madre y vos pretendéis sustituirla en pesadez.

-Solo intento que ayudéis a vuestro pueblo.

El Emperador la miró largamente desde el interior de sus aposentos.

-Nunca entenderé cómo alguien tan inteligente desperdicia su belleza sirviendo castamente a la Iglesia.

La mano ensangrentada del Empereur se alzaba lentamente hacia el rostro de mármol de Erika como si intentara atrapar un delicado pájaro. Erika detuvo su brazo con la empuñadura del bastón antes de que llegara a tocarla, desafiante.

-Si seguís ignorando los ruegos del pueblo de Montaigne acabaréis mal.

-¿Es una amenaza?

-Es una profecía que hasta un ciego podría ver.

-¿Sabéis? Si no fuera porque me ayudáis y me decís las cosas claramente diría que intentáis conspirar contra mi- dijo apartando el bastón que lo apresaba y se lo arrebataba- Además, no sois una amenaza.

Cogió el bastón y lo lanzó al suelo, haciendo que la lisiada tuviera que recogerlo. El Empereur sabría que tardaría un rato, así que se adentró donde quería llegar y le cerró las puertas.

Una vez dentro se acercó al espejo donde tenía atrapado a su fantasma favorito. El único al que conseguía que le respondiera y le hablara.

Ahí estaba, con su melena caída y su aire melancólico. El fantasma era una figura joven, barba de tres días, casaca limpia y de levita con buen vuelo. Le faltaba las manos, sustituidas por dos látigos de sangre. Deambulaba por el reflejo de la habitación con pesadumbre sin impresionarse al ver al Emperador.

-Fantasma del espejo. Yo te invoco- ordenó el Emperador.

El fantasma apenas se inmutó, mirando al suelo.

-Quiero hacer uso de las preguntas que me debes- el Emperador casi se dignó a mostrarle respeto al fantasma.

El fantasma asintió.

-Dime, fantasma del espejo. ¿Era la mujer, la intrusa que se ha infiltrado hace menos de una hora en mi palacio, de nacionalidad castellana?

-Sí.


-Dime, fantasma del espejo. ¿Continúa en Charouse?

-Sí.

Era una locura, no podía ser pero tenía que preguntarlo o moriría allí mismo de la incertidumbre.

-Dime, fantasma del espejo ¿es la intrusa castellana se llama... Marina Oliván?

-Sí.

-¡Muéstramela!

El fantasma dudó, pero respondió. La imagen se emborronó inundadas de ondas de agua y apareció una joven espadachina de pelo rizado de obsidiana, cosida a cicatrices y remendada con una piel curtida al sol.

El Emperador ahogó un grito de asombro y sus ojos se volvieron depredadores y se dirigió al exterior de la habitación. No había rastro de Erika pero Jean Marie estaba en la antecámara, probablemente buscándole.

-¡Jean Marié!- le llamó el Emperador.

-¿Mon Empereur?

-La intrusa está en la ciudad- la ira y la esperanza se mezclaba en su boca como una espuma rabiosa- Es Marina Oliván y quiero que la traigas viva a mi presencia. Quiero que la traigas intacta y sana.

Jean Marie casi tiembla ante el nuevo giro de acontecimientos.

-Mon Empereur, no debéis perseguir fantasmas del pasado...tenéis problemas peores, los revolucionarios están a las puertas y...

-¡No me digas lo que tengo que pensar o hacer! ¡A ti te correspondía haberla arrestado en su momento! ¡Tráemela o pediré tu cabeza! ¡Quiero Charouse bajo llave!

-Pero...

-¡¡Ahora!!

Jean Marie dudó. Sentía que el fuego de la rebeldía nacía en su corazón, pero su juramento de fidelidad echó un jarro de agua fría.

"El fantasma del espejo lo profetizó. La alma pura de la castellana Marina Oliván está al margen de mi maleficio y podrá darme el hijo varón que tanto deseo. Ella me dará un heredero, alguien que continuará mi legado y apaciguará a estas hienas que tengo por corte. Marina Oliván es mi esperanza de mantener el Imperio de Montaigne como la gran potencia que es.

Marina Oliván dará a luz al siguiente Empereur de Montaigne. Lo quiera o no. Porque esa es mi voluntad"
______________________________________________________________________

Una media hora después, la cardenal Erika Durkheim se reunía frente al espejo de su alcoba.

-Raoul, yo te invoco.

El fantasma del espejo que había atendido a las cuestiones del Empereur se apareció en su espejo y se inclinó levemente con respeto.

-Mi señora...

La cardenal lo observó un largo rato sintiendo compasión del fantasma, y le preguntó con una entonación rutinaria:

-Contadme, mi querido amigo. ¿Qué ha preguntado ésta vez el Empereur? ¿Qué le atormenta ahora...?

___________________________________________________________________

La danza ígnea de Marina Oliván parecía haber prendido una mecha de una rebelión que estallaría por toda Charouse. Quizás era el cambio que Montaigne necesitaba. Quizás...

martes, 16 de septiembre de 2014

Un cortejo desastroso

Al grito de "ya llegan" despertó la villa de Santa Elena. Si bien mucho antes habían levantado las gentes del pueblo, no se habían sentido despiertos hasta ahora. Era un grito infantil y enérgico el que sonaba desde los campos de más allá de la empalizada y que se coreaba con entusiasmo por las ventanas de todo el pueblo. Los portales y las ventanas se abrían, asomando de ellas los curiosos inquilinos. En los balcones de las  casas de fachada blanca y tejas naranjas las muchachas casaderas se asomaban entre las cortinas, discretas. Las viejas alcahuetas, las viudas y casadas se abanicaban sofocadas en la plaza del pozo, rodeadas de palomas y de un rebaño de ovejas apiñadas por un pastor que no quería perderse tampoco el asunto. Los hombres, todos villanos, campesinos y artesanos, se asomaban con disimulo desde sus negocios, pretendiendo no parecer cotorras como sus respectivas señoras.

Todos hacían la guaña para ser testigos. Antonio el bodeguero había colgado un cartel de "vuelvo en 5 minutos"; el posadero de las Castañuelas, más conocido como el Rancio, servía su clientela en la calle; Baltasar Temprado, antiguo sargento de un regimiento de espaderos de Castilla, observaba toda la plaza desde su banco preferido con una pipa de caña humeante en los labios. Las viejas Engracia, Encarnación, Euclides y Evangelina ya estaban todas agarradas entre ellas comentando que esto era lo más emocionante que pasaba en el pueblo desde que el joven barón llegó a la villa hará unos cuatro días. Bajando desde el barrio del cementerio bajaba casualmente por la plaza la campesina Micaela Narváez con una cesta de flores, dirección a las tierras que debía trabajar en lugar de la anterior campesina, Marina Oliván, que ahora había probado suerte y fortuna como aventurera en la capital del reino de Castilla. El padre Merino hablaba con su peculiar tartamudeo a sus monaguillos desde la puerta de la parroquia para que prepararan los botafumeiros. Octavio, despeinado y torpe pintor, aprovechaba la enorme reunión de pueblerinos bajo el amparo de la iglesia para ponerse a pintar un cuadro y colocaba torpemente su lienzo en el caballete sujetando los pinceles con los dientes. El último en llegar fue don Gaspar Ferrer, el alguacil del pueblo, que debía preparar los corchetes para evitar que la pequeña masa de curiosos estropeara la bienvenida del carruaje que se aproximaba desde la Sierra del Testigo.

A pesar de los intentos de disimulo de algunos, al final todos invadieron con sus miradas cargadas de curiosidad la carretera que venía de fuera de esa villa en la que todo se sabía.

Pero era normal, era un día atípico y dejado del espanto de la rutina pueblerina. Quién sabe, a lo mejor en ese carruaje que se acercaba a la villa venía la futura baronesa de Santa Elena. Aquella que se casaría con el querido señorito del pueblo amado por todos, Alonso Lara, barón de Santa Elena.

Un mozuelo con el pelo mal recortado corría por el feo empedrado de la plaza.

-¡Ya llegan! ¡Ya vienen!

El grito se propagó como el fuego y llegó hasta la mansión de piedra que había alejado de los barrios llanos, ligeramente por encima del resto de tejados al estar situado sobre un suave montículo. En su balcón de piedra se encontraba Umberto Lara, viejo profesor de la Universidad de San Cristóbal. Profesor de una calidad más que cuestionable y de quién se dice que el poderoso caballero don dinero le consiguió su puesto en tan estimada universidad, aunque nadie sabe quién se lo proporcionó ni a cambio de qué. Actualmente, Umberto Lara se tomaba un tiempo libre de su cargo por cuestiones puramente familiares que tenían que ver con el reparto de herencia al fallecer su hermano mayor, Gregorio Lara, Primer Barón de Santa Elena.

La ama de llaves, gris y de semblante aburrido, apareció en el balcón con un rodillo. Lo pasó por las ropas del profesor para quitarle las motas de polvo de su austero traje de satén negro y le apretó la diminuta golilla blanca al cuello, prenda que había pasado de moda hace ya un tiempo y que solo los viejos más rancios de Castilla llevaban.

Un muchacho apareció de entre las desiertas calles circundantes a la mansión Lara y gritó al profesor desde abajo.

-¡Ya están aquí!

Don Umberto Lara miró a la apática y aburrida ama de llaves.

-¿Está todo listo?- preguntó.

-Todo, señor.

-¿Impoluto?

-Sí, señor.

-¿Listo para impresionar a la familia?

-Sí, señor.

Umberto se tomó un momento, dubitativo, casi temeroso.

-¿Y...el muchacho?

-Abajo, señor. Está a la espera mirando por la ventana del jardín trasero.

Umberto suspiró aliviado, temía que el muchacho escapara de sus deberes en cualquier momento.

-Bien, pues recibamos a la pretendienta como se merece.

-¿Y cómo es eso, señor?- preguntó la ama de llaves. Umberto la miraba ojiplático ante semejante pregunta.

-Pues tan bien como de llena estén sus arcas.

Umberto Lara entró al edificio en busca de su hermano, seguido de la ama de llaves. Bajó las enormes escaleras de la entrada principal, admirando la balaustrada de duro roble. Umberto nunca entendió por qué su fallecido hermano mayor, con un título nobiliario, decidía quedarse a velar unas tierras tan turbulentas con unos ciudadanos tan vulgares en vez de salir fuera a aumentar sus influencias o a gozar de sus privilegios. La única razón que encontraba siempre es que la comodidad de la pequeña mansión era lo único que lo retenía allí.

Siempre que pasaba por el descansillo de las escaleras observaba el enorme retrato de su hermano mayor, el barón Gregorio Lara, antes de noble un modesto capitán de un Tercio Viejo en la Guerra de la Cruz. El retrato engrandecía a su fallecido hermano, la mirada se presentaba marcial y a la vez serena, mostraba un señor reacio de generoso  mostacho vestido de forma austera y con coraza de batalla. El porte era militar y regio, mano siniestra a la empuñadura de la espada envainada y diestra por encima del pecho, encogida en un puño. Fue un gran soldado y mejor estratega, pero fue salvar al Rey de una escaramuza lo que le hizo ganar un título nobiliario como signo de gratitud real.

"Ah...si hubiera sido yo en vez de mi hermano."

Fue tal la gratitud que le otorgó un título especial de cercano al Rey, no llegaba a ser ni un Duque ni un Grande de Castilla, pero todos debían dirigirse a él como Excelencia.

Gregorio Lara había merecido todo lo que había ganado en la vida, era un hombre correcto, responsable y marcial. Sin duda Alonso había salido a su madre, ingeniosa, avispada y alegre ante las adversidades. Rasgos propios de mujeres y no de hombres. Sin duda el muchacho era un desperdicio.

Pero ahora era Alonso el que tenía el título. Y con él, las influencias con las que Umberto jugaba para conseguir lo que quería, prosperar en su trabajo, comprar cargos...dependían de él. Eso era lo que importaba ahora mismo. Si no fuera gracias al título de su hermano, Umberto Lara jamás habría conseguido que Donato Orsini le diera crédito para comprar su puesto de profesor en la prestigiosa Universidad de San Cristóbal.

Aunque para eso le hubiera prometido que casaría a Alonso con su hija Alicia Orsini. Intentaron manipular el testamento para que Alonso tuviera que casarse con Alicia, pero no contaron con la espadachina. Ya daba igual, el corrupto Donato Orsini estaba entre rejas y sus planes fracasados. Todo por culpa a Marina Oliván.

Pero no estaban derrotados. Aún no.

Tenía que conseguir que Alonso, su sobrino, se casara cuanto antes con alguien de gran fortuna para poder recibir él parte de la herencia de su hermano fallecido. No vería un céntimo hasta que el muchacho se casara, pero ya que tenía que hacer eso, qué mejor que buscar a una muchacha de familia acaudalada.

La que estaba en camino, por ejemplo.

-Pobre Gregorio, sus esfuerzos y todo lo ganado se esfuma como el humo- dijo una voz lívida.

Umberto Lara salió de su ensimismamiento y vio a su gordo hermano, monseñor Luís Lara, mirar el retrato del hermano mayor. Era encargado de las parroquias de la zona y por ello vestía como tal, pero tenía el hábito manchado de alguna salsa. Sus manos grasientas apestaban a algún tipo de marisco.

-Tranquilo Luis, nosotros arreglaremos esto. Conseguiremos que la estirpe Lara llegue a lo más alto, hasta Grandes de Castilla si hace falta.

-¿Cómo? Ahora por testamento prácticamente solo somos cuidadores del muchacho sin un céntimo que ver por lo menos hasta dentro de muchos años. Fermín Losada ni siquiera nos quita ojo...si nos desentendemos del muchacho no heredaremos nada. Estoy harto de este pueblucho. ¿Qué propones?

Umberto dio una palmada y los seis criados de la casa se pusieron en sus respectivos puestos para recibir la calesa con la pretendienta y su familia. Los hermanos bajaban las escaleras mientras Umberto le explicaba a su hermano:

-Pues verás, el verdadero testamento de nuestro hermano me obliga como nuevo tutor legal a llevar a Alonso por el buen camino y encontrar una esposa. Hasta que eso ocurra no veremos nada de la herencia.

-Pero si eso apenas es nada.

-¡Exacto! Por eso tenemos que casar a Alonso con alguien con dinero. ¿Entiendes? Entonces el capital aumentará y cuando se casen nos tocará más dinero por cabeza. Tenemos que hacer eso antes de que se nos acabe el tiempo, tenemos diez años para conseguir que el muchacho se case. En ese tiempo conseguiremos doblegar la voluntad del muchacho si aún sigue pensando en Marina Oliván.

-¿Entonces nos conviene que se case antes?- preguntó el orondo monseñor, sin entender.

-Depende. Si es una pobretona, no. Si es rica, sí.

-Ahh, eso sí lo entiendo.

-Y yo, como tutor legal puedo decirle con quién debe casarse.

El gordo hombre de dios se frotó las manos, restregándose el aceite de sus sucias manos.

La ama de llaves salió a recibir el carruaje que ya estaba en la entrada, seguida de un enorme cortejo enorme lleno de catetos residentes del pueblo que no querían perderse el evento.

Umberto y Luis se quedaron en la entrada. Cuando la muchacha salió de la calesa se escuchó un "ooooohhh".

-Debe ser bellísima-comentó Luis-. Aunque estos catetos se impresionan por cualquier cosa.

-Eso espero. Si encandila a Alonso el plan quedará perfecto y no tendremos que esperar tanto.

Desde el porche veían acercarse a una muchacha con un cortejo de sirvientes. De lejos Umberto pudo entrever cómo la pretendienta se colocaba un modesto velo de seda, dejando entrever unos ojos oscuros. El cortejo de sirvientes atravesó el jardín de jazmines de la casa y llegó al porche con la pretendienta al frente, de la mano de su padre. El padre, de tez morena, delgado, pomposamente vestido con una capa de seda y adornado con alhajas de oro de las colonias, venía muy estirado y con aires de grandeza. Umberto dio un paso al frente y saludó a los invitados.

- Bienvenido, don Filiberto de Ariza. Es un honor recibirles aquí en nuestra humilde morada y estamos agradecidos de que acudan a esta llamada para nuestro joven noble y casadero.

El canijo pero pesadamente vestido Filiberto saludó con una exagerada reverencia propia de los que no conocen la aristocracia. Sus joyas chocaron entre sí haciendo un tintineo pesado y Umberto se agitó excitado mientras no quitaba ojo a la reverencia de su invitado.

-El honor es mío por conocer a sus grandezas. En cuanto supimos que buscaban esposa para el excelentísimo barón de Santa Elena quisimos venir. Además, nuestra Lupita está encantada con el retrato que recibimos de su Excelencia.

-Oh...nos halaga señor. Pero pasen pasen, no se queden ahí fuera, delante de las miradas de la plebe.

Los invitados y su cortejo entraron y fueron recibidos de forma espectacular en la mansión Lara. En breve todos tenían una taza de té que había traído Filiberto.

-Este té lo exportamos desde las colonias. Soy el mayor exportador de la Isla de las Especias en el puerto de la Marcina. Solo estoy por detrás del comercio de la minería, esclavos, tabaco, arroz, harina y sedas.

Umberto le dio un sorbo al té con gusto, como si pudiera saborear el dinero que le iba a tocar si conseguía casar a Alonso con la Lupita esta o como diablos se llamara.

-Sí, sí, el té es excelente. Y dígame, Mudita...

-Lupita- le corrigió Filiberto.

-Eso, Lupita...- Umberto se quedó dubitativo- Un nombre poco común, ¿de dónde proviene?

Filiberto, que no dejaba hablar a su hija aún misteriosa tras el velo, como si no supiera, respondió:

-Oh, su madre es de las colonias del Archipiélago de la Medianoche, allí ese nombre es muy popular entre los colonos de la Marcina.

-Entiendo. Y...¿no se va a quitar el velo? Al final el muchacho es el que tiene la última palabra respecto al casamiento y me imagino que querrá verla.

"Por desgracia", pensó.

La muchacha se dispuso a quitárselo y su padre asintió con energía.

-¡Por supuesto! Lupita de Ariza es la muchacha más bella de la Isla de las Especias. Adelante hija.

-Seguro que su hija es muy hermo...

La muchacha se había quitado el velo.

Silencio.

Luis Lara la miró después y se le cayó una gamba en el té. Los Lara se quedaron pálidos y ojipláticos como dos cadáveres embalsamados.

-...hermosa- terminó Umberto y giró rápido hacia su rechoncho hermano que se había quedado con la boca abierta y la papada bailando- Hermano...¿podemos hablar?- se levantó y casi tuvo que empujar a Luis a la cocina- Un segundo- se excusó.

-¿Pasa algo?- preguntó Filiberto, preocupado.

-Oh no, nada nada. Todo va bien.

Umberto condujo a duras penas el obeso cuerpo de su hermano hasta el comedor principal, casi con asma.

-¿Has-has visto lo mismo que yo?

-Sí- respondió Luis, obnubilado.

-¿Cómo vamos a conseguir que Alonso acepte?

-No...no lo sé ¡tu eres el de las ideas!

-Sí, sí, lo sé. Pero no estoy preparado para esto. No esperaba que la pretendienta de Alonso tuviera más mostacho que él...

-Ay...¿cómo dios puede hacer éstas cosas? Extrañas son las razones de la naturaleza-dijo Luis santiguándose.

-¡Deja los rezos para luego! ¿Qué le decimos a Alonso? Esta muchacha es claramente una mestiza entre un castellano y una indígena o una india del Archipiélago...tiene rasgos de alguna tribu salvaje sin duda...esa piel color café, ojos semirrasgados, algo gruesa y ese...ese...

-¿Montón de vello facial?- completó monseñor Lara

-Eso...

-Vete tu a saber si no estará encasquetándonos una bastarda que ha tenido con una indígena que no acepta la fe vaticana. Oh dios, oh dios.

-Al cuerno, por mí como si es un rinoceronte que le reza a Alá. El padre está deseando casarla y es un poderoso comerciante de las colonias. Claramente es de clase pudiente y quiere quitarse a su hija bastarda de en medio. Lo que tenemos que conseguir es que Alonso acepte.

-Podemos ponerle el velo...a lo mejor Alonso no se fija.

Umberto lo miró como si lo que había propuesto fuera ridículo.

-¡Sí, claro! ¡Y mejor aún, le decimos que es Marina, el amor de su vida!

Al gordo monseñor se le iluminaron los ojillos.

-¡Claro! ¡Eso es! ¡Eso lo aceptaría!

-¡No seas imbécil!- gritó Umberto furioso.

-Uh...pues no sé, le decimos que es una belleza étnica y que tienen prohibido quitarse el velo hasta que se casen. El padre dice que la muchacha más bella de la Isla de las Especias.

-¡Pues la Isla de las Especias será un islote! ¡Menuda cosa!

La puerta sonó y Filiberto asomó la cabeza.

-Toc, toc, ¿hay algún problema?

-¡No!- dijeron entusiasmados los dos avaros y sudorosos hermanos.

-Bien...porque...Lupita está deseando ver a su Excelencia. Porque...él está aquí, ¿verdad?

-¡Oh, sí! está en los despachos que dan a la plaza trasera- les contaba a todos mientras conducía el cortejo hasta donde estaba Alonso- Allí el anterior barón domaba los corceles purasangre que traía de algunos de sus viajes...

Lupita se acercó a Umberto Lara y le dijo:

-He oído que el barón es un joven muy interesante con muchas anécdotas y aventuras que contar...y que es popular por su gran ingenio y elegancia. ¿Es eso cierto?

-Sssíi...-respondió Umberto con asco, odiaba esa faceta de su sobrino- Tu ponte el velo, bonita.

Dios, no podía dejar de ver ese mostacho. ¡¿Que era eso?! ¡¿Acaso también tenia un poco de barba?!

Umberto se acercó a Luis y le dijo al oído:

-A la próxima le pedimos un retrato antes.

Luis asintió, como sonámbulo.

Llegaron a una enorme puerta de doble hoja de caoba fina y tiradores dorados. La ama de llaves estaba frente a la puerta como centinela y Umberto se adelantó hasta ella en modo confidencial.

-¿El muchacho sigue ahí? No le habrás dejado salir, ¿verdad?

-No, señor. El señorito sigue ahí dentro, me he asegurado. No se ha movido en toda la mañana y solo ha salido un caballero esta mañana de casa que había entregado un correo.

-Bien.

Umberto bloqueó la entrada y se dirigió al ejército de criados, al cortejo y a la pretendienta.

-Tras esta puerta se encuentra el ingenioso barón de Santa Elena. Por favor, criados y cortejo, quédense fuera.

Umberto miró al cielo antes de abrir las puertas.

"Por dios que Alonso no ofenda a nadie y se quede calladito...con el odio de los Orsini me basta y me sobra"

Cuando entraron, el despacho estaba perfectamente ordenado y un enorme ventanal al fondo mostraba una enorme plaza para caballos. Un enorme sillón les daba la espalda y se podía entrever el brazo de Alonso (vestido siempre con su casaca de terciopelo verde) reposar en el brazo del asiento. El barón miraba por la ventana, en silencio. Umberto suspiró y se acercó hasta el asiento.

-Alonso, levanta y saluda a los De Ariza. Son una familia comerciante provenientes del Archipiélago de la Medianoche...- Umberto atravesó toda la habitación y se puso delante de la ventana.

Ahora entendía por qué miraba por la ventana.

-SERA HIJO DE...

Todo este tiempo estaba vigilando un sonriente espantapájaros... vestido con las ropas de Alonso.
_________________________________________________________________

Alonso Lara se encontraba en las Castañuelas, que estaba desierta porque todos querían ver a la nueva pretendienta del barón, que se rumoreaba que venía de los mares occidentales, de las colonias o algo así.

-Señor- decía un caballero con hábito de ser un correo- me temo que no puedo mandar esta carta a la corte...menos aún a la reina.

Alonso lo enmendó rápido.

-Vale, mándele esta nota a una tal Cintia Ruíz, dígale al correo que la espere en la entrada del Alcázar real si hace falta. ¿Ve esta otra nota? Tiene que dejarla junto a unas flores que habrá frente al portal a la hora que indica, a ser posible con la letra de otra persona que trabaje allí.

-Dios mío señor...y todos estos esfuerzos...¿para qué?

Alonso sonrió.

-No tengo ni idea.

Había usado el anillo de camuflaje que le había dado Marina Oliván, pero ya no volvería a usarlo en mucho tiempo, tenía que usarlo con cabeza.

Así que esta escapada tenía que valer la pena.

"Cintia, confío en ti para que las flores estén a la puerta a esa hora...espero que sepas convencer a la Reina"

La próxima vez no podría usar el mismo método. Alonso tuvo una idea.

-Espere un momento...voy a escribir otra carta.

El correo le miró suplicante.

-Más trabajos extraños no, por favor...

Las campanas de la parroquia sonaron. Alonso tenía que darse prisa...debían estar a punto de averiguar su escapada.
______________________________________________________________

La familia De Ariza alucinaba con el espectáculo. Umberto acababa de decapitar a un Barón hecho de paja y corrió hasta donde el ama de llaves, que estaba confusa y hablaba consigo misma.

-No lo entiendo...si esta mañana había hablado con él...

-¡Doña Josefa! ¡El correo que salió de la mansión, lo vio entrar o solo salir!

-Solo lo vi salir, pensé que le había abierto otro de los criados mientras vigilaba al muchacho.

-Maldito sea...¡otra vez! ¿Dónde demonios...?

-Ya estoy aquí.

La voz del barón resonó en la sala, ante la estupefacta mirada de Filiberto, Lupita, Umberto y Luis.

El barón avanzó sonriente, en camisola y mirando a la pretendienta con su velo y se acercó a ella dándole un beso en su morena mano.

-¿Esta es mi primera pretendienta? Siento que hayas tenido que hacer un viaje tan largo...

-Lupita- dijo la pretendienta embelesada.

-Lupita, pero no estoy interesado. Gracias por venir. Esto es por las molestias- la despidió con una bolsa de gremiales. Umberto Lara se echaba las manos a la cabeza de la desesperación. ¿Es que acaso se iba a poner a regalar el poco dinero que tenían?

-No estás cumpliendo con la última voluntad de tu padre, Alonso. ¡Se supone que debes establecer un cortejo para conocer a tu pretendienta y hacer lo posible por encontrar esposa! ¡Si no cumples con tu parte tenemos la potestad de desheredarte legalmente! ¿Lo sabes, no?

Alonso frunció el ceño.

-¡Preguntale al letrado, don Fermín!- le amenazó su tío.

Alonso suspiró. "La última voluntad de su padre". Umberto sabía dónde le dolía. El noble se encogió de hombros y suspiró. Lamentaba tener que llegar a esos extremos, pero no le quedaban más opciones. Con una sonrisa y presto le arrancó el velo a la muchacha.

La sorpresa embargó al joven barón, no esperaba encontrarse aquella mata de pelo étnica sobre el labio superior...y entre sus cejas. Pero valdría.

-Lo siento, pero mi esposa no puede tener más bigote que yo.

La muchacha se puso roja.

-¿¿CÓMO DICES??

-¡Alonso!- se escandalizaron los Lara.

Filiberto se desmayó y la ama de llaves entró en tal confusión que empezó a tocar la campana de servicio. Umberto encaró al joven con un dedo amenazador y esgrimió otra vez la amenaza que siempre le funcionaba.

-¡No estás cumpliendo con la voluntad de poner de tu parte para casarte! ¡Ni siquiera lo estás intentando!

-Pero si ella no quiere casarse conmigo.

-¡¿Pero qué estás diciendo?! ¡Ha venido desde el Archipiélago solo para verte!

Alonso se encaró a Lupita.

-Lupita, ¿tú te quieres casar conmigo?

-¡NO!-gritó furiosa

-¿Ves? ella no quiere

-¡Te odio!

-Ponte a la cola. Vas detrás de los Orsini.

La muchacha le lanzó un caro jarrón castellano que el joven barón esquivó.

-Lo siento.

Los De Ariza se marcharon y Umberto se acercó furibundo.

-Te vas a enterar, si toda la familia está de acuerdo, podemos desheredarte.

-Me temo que eso no es así. La pretendienta ha renunciado a conocerme. ¿Verdad, Fermín?

-Sí, excelencia- dijo guiñándole un ojo el viejo letrado, que había bajado al oír todo el escándalo.

-¡Tu padre quería que te casaras y que propagaras el apellido y tu título!-gritó Umberto

-Sí...pero recuerda. En el verdadero testamento de mi padre, el que tú no manipulaste con tu insana y asquerosa avaricia, añadió a última hora que yo tenía la última palabra.

-¡No creas que con esta escabechina aceptaremos a la que tu quieras, Alonso! ¡Necesitas el beneplácito de la familia para casarte!

-Pero no necesito el permiso de nadie para rechazar vuestras pretendientas.

-ARRGG- Umberto enrojeció de ira.

El cortejo de los De Ariza se marcharon. Por suerte Filiberto no era ni noble ni soldado, y carecía del honor de llevar espada al cinto con la que lavar el insulto. Y aunque portara acero, Alonso se percató de que el hombre no parecía estar dispuesto a acrecentar el escándalo para no llamar más la atención sobre lo que era claramente su hija bastarda fruto de un adulterio con una indígena cuya tribu prohibía cortar pelo ya que se consideraba un insulto a la naturaleza. Filiberto prefería poner pies en polvorosa antes que exigir un duelo. Sabía que si se descubría que había traído una bastarda para casarla con un noble también podría considerarse un insulto a los Lara y por tanto ellos podrían tomar la iniciativa del duelo.

El caso es que Filiberto de Ariza huyó sin desaire alguno y no se le volvió a ver por la villa. A Alonso le pareció estupendo.

El barón salió al patio trasero de la mansión. Estaba anocheciendo y sentía que los rumores del pueblo estallaban  por todos los locales.. Decidió que esa noche dormiría en los establos con los caballos. No sabía qué iba a hacer, se sentía perdido.

"Supongo que Marina estará igual de confusa y perdida. Ojalá las flores le hagan entender que sigo creyendo en ella y que no cambiaré."

Entonces decidió tomar una línea de actuación, tras lo ocurrido hoy. Él no debía mostrar que no quería casarse, tendría que hacer que al final todas las pretendientas lo rechazaran, lo aborrecieran...

"Si me gano el rechazo de todas las jóvenes, ninguna querrá casarse conmigo.

Y la culpa no será mía...

A lo mejor para conseguir el amor de la persona que amaba debía hacer que todas las mujeres del mundo me odien."

Iba a ser difícil, todos amaban al ingenioso barón de Santa Elena.

___________________________________________________________
Vuelta de Alonso a Santa Elena después de que su familia le forzara a separarse de su amada, la espadachina Marina Oliván. Septiembre 1670, Villa de Santa Elena, Provincia de Zepeda, Reino de Castilla.

domingo, 17 de agosto de 2014

Hasta pronto...excelencia

Sabía lo que iba a ocurrir  y por ello temía abrir los ojos.
El sol llamaba a mi ventana y, filtrándose bajo las cortinas, me susurraba que le había relevado el turno a la luna y las estrellas y que ya era hora de despertar. Yo mantuve cerrados los ojos, apretados, y las manos aferradas a las blancas sábanas de seda que me arropaban. No había nada más a lo que aferrarse.
Tragué saliva y respiré profundamente. Creo que incluso conté hasta tres mentalmente, como lo haría una niña antes de comprobar si en su armario hay algún monstruo que la atormenta por las noches. Finalmente me incorporé sobre la cama y eché un vistazo a la habitación. Nada. Todo estaba como había previsto, y no supe si era aquella cama la que se me había quedado grande o si era yo la que había encogido terriblemente.
A pesar del estío, me encogí de hombros y me cubrí el pecho desnudo con las suaves sábanas. El frío que sentía venía acompañado de una sensación de soledad en ese inmenso mar de seda blanca. Estaba perdida.
Una sonrisa triste y derrotada se dibujó en mis labios y comprendí que era la única que iba a poder mostrar en mucho tiempo, o quizá en toda la vida.

“La sonrisa viene acompañada de lo que se ve”, me dijo aquella noche en el teatro.

Resulta gracioso que en ese momento llevásemos apenas dos meses sin vernos y que hoy, tras solo unas horas desde que se ha marchado, ya me falte tanto.

Decidí ser valiente y guardar un poco de esperanza en que solo se había ausentado un momento. Entonces aparté las sábanas y me puse en pie para vestirme. No pensaba recibirle…así. Después, descubrí que esta noche solo había sido un recuerdo que envejecería en mi memoria, pero que no caducaría nunca.
No quedaba rastro de las historias que contamos anoche, ni de los besos imposibles que nos dimos, ni de las sensaciones que juntos descubrimos bajo las sábanas. No quedaba sobre la mesa ningún tablero de ajedrez con una partida aún por comenzar; ni la botella vacía de brandy, en la que sumergimos los recuerdos de un pasado mejor y las preguntas de un futuro incierto. No quedaba nada de esta noche, ni tampoco de él. Se había ido.
Nuestro cuento acabó de un soplo, como si nada hubiera ocurrido. Al menos así debía ser para el resto del mundo. Pero en realidad ese soplo solo nos ha llevado a otro lugar donde, aunque distantes, pensamos cómo cometer otra estupidez que nos haga volver a escribir más aventuras como las de antes.

De repente salí de mis pensamientos y miré hacia un lado. Entonces no supe si reír o llorar. Es posible que hiciese las dos cosas a la vez, aunque fue la amargura quien ganó el duelo finalmente. Y es que sí que había algo encima de la mesita junto a la cama, en el lado en que yo había descansado.
Alonso había dejado un ramo de margaritas y rosas azules, coronado por ramitas de laurel. Sabía lo que esas flores significaban; ambos lo sabíamos. Las primeras guardaban la creencia que él tenía en nosotros, adornada después por sentimientos que nunca cambiarían, que nada podría marchitar.
Me acerqué y abracé cada uno de los recuerdos que traían aquellas flores, sin dejar de llorar un instante. Supe entonces que Alonso me había dejado un beso sobre la mesita de noche y deseé poder guardarlo para luego. Detestaba pensar que había sido el último.
Perdí la mirada durante un rato en un vacío del que no podía escapar. El corazón se había encogido al ser pellizcado por la nada.

“¿Debería haberme despertado antes de que se fuese? ¿Debería haberle dicho algo más? ¿Pero qué?"

No quería despedirme, no pensaba decirle adiós ni sabría cómo hacerlo. Tan solo le habría pedido otros cinco minutitos conmigo, porque no me atrevería a robarle seis. Ya habíamos burlando al tiempo durante mucho y estaba enfadado con nosotros. ¿Por qué teníamos que separarnos? No importa, de nada servía pensar en eso ahora. Hay tantos motivos, tantas diferencias entre nosotros… Eso era precisamente lo que nos hacía invencibles. O así me había sentido hasta ahora.

Tres toques en la puerta de la habitación me hicieron recordar donde estaba. Era la habitación de Alonso, que le había sido concedida por una noche en el
Alcázar Real de Castilla.

- ¿Señor? Señor, ¿necesita que limpie su habitación? – preguntó algún criado sin obtener más respuesta que el silencio. Yo no debería estar allí. – Volveré luego.

Escuché sus pasos alejarse de la puerta hacia la próxima habitación del pasillo. No me había movido ni un milímetro, ni tampoco sentí miedo de que el criado entrase y se encontrase con quien no debía.
Permanecí sentada en el suelo hasta que pasó el peligro, sosteniendo el ramo de flores que poco a poco iba enterrándose en unas lágrimas silenciosas. Luego me humedecí los labios y me aparté el pelo que caía tapándome parcialmente el rostro. Reuní fuerzas para levantarme y salir cuidadosamente de la habitación. Me aferré a mis margaritas.
El pasillo estaba desierto, la corte ya había despertado hace rato y no se avistaba ningún noble rezagado en sus quehaceres. Los criados, por otro lado, estarían perdidos en sus tareas ahora que las habitaciones estaban vacías. Mejor así, esta parte del palacio estaba reservada a los invitados de la pequeña nobleza y alguien como yo no podría estar paseando por ahí a sus anchas sin una buena excusa. Yo no la tenía y no pensaba pararme a inventar una.
Caminé como lo haría un fantasma atravesando el Alcázar Real, buscando la salida. No quería encontrarme con nadie, pero tampoco hice por evitarlo. Por suerte no ocurrió nada.
Hice caso omiso a los guardias que custodiaban la puerta principal y crucé los jardines que rodeaban el lugar, sin detenerme como siempre a aprovechar las vistas. El sol me molestaba en los ojos.

“Hoy comienza una nueva vida. Es gris, solitaria y está un poco perdida. Hoy comienza una nueva vida en San Cristóbal, una ciudad casi desconocida para mí. Aquí no tengo hogar, ni tampoco a gente que me conozca o sepa mi historia; nuestra historia. Hoy toca empezar de cero, pero sin olvidar todo lo que hemos vivido. Sin olvidar quiénes somos. Hoy, y seguramente mañana y pasado, lloraré por vos y mis lágrimas se secarán por tanta espera. Pero hoy sigo creyendo que las cosas pueden cambiar, aunque esta vez no esté en nuestras manos hacerlo. Hoy todo se tiñe de recuerdos y quizá, solo quizá, de un poco de esperanza...”

Dejo atrás los jardines y el Alcázar Real. Sigo soñando despierta y huelo mis flores, pensando en que pronto tendré que devolveros este beso. Miro al cielo y suspiro.

“… Y por eso, desde hoy pienso en otra estupidez que me haga volver a veros”.

_____________________________________


Pensamientos de Marina Oliván tras separarse de Alonso Lara debido a la diferencias sociales entre ellos y a los esfuerzos de los Lara por separar a la pareja. Septiembre de 1670. Alcázar Real, San Cristóbal, Castilla.

Escrito por Sara/Aleera, mi jugadora de 7º Mar ^^


jueves, 14 de agosto de 2014

Un último beso

Alonso Lara abrió los ojos lentamente y se sintió como el esclavo que hace un momento soñaba con la libertad. Se había despojado de los grilletes de una ilusión para caer la cruel realidad. Su clara mirada se paseó por la armoniosa habitación del Alcázar Real de Castilla, limpiamente ordenada de muebles de caoba fina, hasta que acabó descansando en la desnuda espalda de Marina Oliván, dormida junto a él.

Sintió deseos de hundirse en el lecho, intentando evadirse en una nube de almohadas de tranquilizadora claridad. Su cuerpo se encontraba junto al de Marina en un mar de frescas sábanas de seda. Pareciera que ambos navegaran a la deriva una vez más entre blancas olas de descanso. La pálida carne del noble buscó tierra donde naufragar y encalló en la morena piel de la campesina. El contacto de sus cuerpos le estremeció el pecho.

Sin duda este había sido el mejor naufragio de todos.

La partida de ajedrez había terminado y ambos debían volver a posicionarse en el tablero donde dictaba las normas. El peón debe volver al frente y la alta figura vuelve  a su privilegiado lugar. Después de tanto tiempo enrocando sus corazones, la partida había terminado para los dos con un jaque mate en el que los dos perdían. Era hora de separarse.

-Bien jugado, Marina- susurró.

Antes de levantarse, Alonso acarició los cabellos azabaches de la espadachina. Pensó en quedarse un par de segundos y marcharse antes de que ella despertara, pero su voluntad quedó esclava de la joven. Su pelo brillaba como el ónice a la luz de un suave fuego, dejándolo hipnotizado. Dormitaba plácidamente con un tierno hoyuelo dibujado en la comisura de sus labios. Su tímida sonrisa, misteriosa y pequeña, hablaba de un beso prohibido. Es ese tipo de beso por los que merece la pena arriesgar el todo por el todo antes de que llegue la nada. Uno de sus dedos jugó con los rizos oscuros de la plebeya, sintiéndose como un niño que podía tocar el manto oscuro del firmamento.

Fuera, los criados comenzaban sus quehaceres y hacían ruido en los pasillos. La corte estaba despertando.

Liberado del embrujo, decidió darse prisa. El barón pensó en darle un último beso y se prestó a ello. Sus manos se acercaron a las muchas cicatrices que ondeaba en la espalda de la espadachina, mientras que sus temblorosos labios se acercaron a los suyos. Justo cuando se iban a encontrar, se detuvo. No quería hacerlo más difícil. Se levantó y se llevó la botella de brandy con la que habían estado bebiendo toda la noche. Quedaba un poco, así que la aniquiló mientras salía al pasillo.

Salió por la puerta botella en mano, simplemente vestido con pantalones de cintura alta y la camisa sin abotonar. No se dio cuenta de que iba descalzo hasta que pisó el elegante mosaico del pasillo de palacio. Las criadas miraban al suelo cuando veían al desenfadado noble caminar libremente con la camisa abierta y las anchas mangas volar tras él, entre risitas descaradas o miradas reprobadoras. El jefe de criados se acercó presto a Alonso alzando un tímido pero rígido dedo.

-Mi señor, déjeme aconsejarle que, de acuerdo al decoro y a las normas de sobriedad de la corte del Buen Rey Sandoval...

-¡Pero si es el gran chambelán Don José Antonio Fernán! ¿no?- preguntó animado el barón dando una gran palmada alegre.

El buen humor, el ingenio y su distendido carácter hacían famoso al joven barón de Santa Elena, pero esta vez había pillado de sorpresa a los sirvientes. El jefe de criados bajó su dedo y agachó el rostro, dubitativo.

-S-sí, ilustrísima excelencia ¿cómo sabéis mi nombre?

El barón le cogió de los hombros y se dio una vuelta de baile con él, eufórico.

-¡Porque sois mi chambelán preferido de esta ala del palacio!

-¿En serio señor?- dijo el asombrado jefe de criados, olvidando que quería coartar la libertad de su excelencia para cumplir las normas del decoro de la corte.

-¡Por supuesto! Labor impecable, todo sobrio y preciso ¡y no te dejas amedentrar por los nobles! La etiqueta es lo primero.

El chambelán se separó del noble y se estiró las arrugas del traje visiblemente agradado.

-Pues sí, señor, el decoro ante todo...¡gracias, señor!- exclamó perturbadamente feliz por el reconocimiento inesperado.

El barón sonrió al chambelán y siguió andando dirección al exterior. Cuando llegó al final del pasillo en forma de "L" alzó un dedo y la voz:

-¡Por cierto, si viene algún criado a hacer mi habitación y no respondo, que no entre. Ya les daré la orden!

El chambelán seguía embelesado por el cumplido y por el estúpido hecho de que un noble supiera su nombre.

-¡Por supuesto, señor!

Cuando el barón salió corriendo, nadie pudo percibir que sobre su sonrisa una lágrima caía como el telón de un teatro, sabiéndose finalizada la función. Un dedo se lanzó presto a borrar cualquier signo de tristeza y volvió al papel que todos adoraban que hiciera: el del ingenioso y alegre barón de Castilla.

Rápidamente llegó al jardín botánico de la prometida del Rey, Layla Al Shalam, una princesa del Imperio de la Media Luna que había aceptado abrazar la fe vaticana en una política matrimonial arriesgada.

Aunque la boda real no estaba confirmada y el Vaticano (sobre todo la Inquisición) aún tenían que decir mucho de todo esto, el Rey Sandoval había prestado su jardín botánico a la princesa árabe, la cual había hecho resurgir los verdes parques en un gran jardín florecido de plantas exóticas que ella misma cuidaba.


Trotando entre las fuentes y corrillos de cortesanas pertrechadas de abanicos y parasoles, Alonso alcanzó la zona del parque que estaba buscando, no sin antes saltar torpemente un seto, con las consecuentes risas de las cortesanas.

El joven e ingenioso barón sabía exactamente que buscaba. Y sabía que este era el único jardín en el que encontraría unas flores tan raras.

Margaritas azules.

Cuando las encontró se dio cuenta de que no había traído nada para cortarlas. Se dispuso a arrancarlas con sus propias manos cuando una sombra cubrió su propósito. Lentamente, el barón se dio la vuelta.

La princesa Layla se encontraba de pie, empuñando con gruesos guantes una cuchilla para cortar tallos, vestida con un modesto vestido blanco y sombrero de fieltro para el sol. Alonso la miró con resignación, mientras sus manos seguían en su propósito. Igualmente arrancó las flores bajo la atenta mirada de la princesa. El tallo le había quedado horrible al usar las manos, pero ya no había marcha atrás.

-Debe ser importante la persona por la que te estás jugando la vida, joven. ¿Sabes que el rey castiga a cualquiera que arranca las hermosas flores de mi jardín?

-Lo sé, alteza- respondió el barón con ganas de marcharse.

-¿Lo sabéis?- preguntó curiosamente extrañada.

-Sí.

-¿Y no os importa que esté prohibido?

-No, señora- sonrió-. Eso solo alienta a los enamorados a hacer estupideces.

La princesa reaccionó ante la respuesta con una sonrisa.

-Supongo que el hecho de estar prohibido prueba la gallardía de los amantes. Dejadme que os haga un buen ramo, joven.

Layla dispersó a sus boticarias y floristas y se centró personalmente en los deseos del joven cortesano.

-¿Por qué margaritas azules?- preguntó extrañada, mientras hacía el ramo.

-Es...una larga historia- respondió el barón recordando viejas hazañas.

-Son raras las margaritas azules para pretender a alguien. Hay muchas flores más hermosas y menos vulgares para ese cometido.

-No pretendo nada, alteza.

Layla paró un segundo como si se le detuviera el corazón. La posible futura reina gozaba de una sanísima empatía, hasta el punto de que sentía el corazón de los demás.

Y el del barón estaba detenido.

-Oh...se trata un "adiós".

Alonso la miró, su segunda lágrima caía en lo que iba de mañana y su larga tristeza no permitió ni que el sol secara su silencioso llanto.

-Alteza...espero que se trate de un "hasta luego".

La lunar se esforzó en hacer un buen ramo. Colocó un centro de rosas azules coronadas por pequeñas margaritas del mismo color. Justo en el centro de todo, coronaba todo el ramo unas frágiles ramitas de laurel.

Finalmente, Layla tendió el ramo al joven noble.

-El centro de rosas azules hablan más de que buscas tranquilizar a esa persona a sentirse tranquila en momentos de nerviosismo; tienen un efecto de confianza y tranquilidad. Las margaritas azules...

-Dicen que creo en ella.

La princesa sonrió.

-Y el laurel...

-Que nunca cambiaré- sollozó por un segundo para recuperarse rápidamente.

La princesa asintió con masticada admiración.

-Exacto.

-Gracias alteza- dijo para despedirse y salir corriendo.

Alonso volvió con las flores por todo el Alcázar, siendo sigiloso y cruzando pasillos cuando eran desalojados. A pesar de su pinta, la discreción fue su bandera.

Finalmente volvió a la habitación. Marina seguía durmiendo...había sido una noche de apasionada confianza y de ternura. Debía estar agotada de tantas emociones, sobre todo porque eran de esas a la que no estaba acostumbrada.

Avanzó lentamente por la mullida alfombra del hogar. Puso en reposo las flores sobre la mesita de noche en el lado que Marina descansaba. No estaba decidido a soltarlas aún.

¿Se iba...o no se iba?

Se agachó para ponerse a la altura de la cama y mirar su rostro dormitar, mientras acariciaba su frente. Maldijo el hecho de que estuviera dormida porque se le negaba el hecho de bañarse en su mirada. Solo pudo soñar con esos ojos aceitunados que no volvería a ver en mucho tiempo.

-No nos permiten casarnos y no podemos andar por ahí como si lo estuviéramos. La Iglesia, los nobles, mis semejantes, mi familia...no nos dejarían andar libremente sin dejar de entorpecernos y juzgarnos por demostrar lo que sentimos en esta sociedad tan rancia, hipócrita y segmentada. Tampoco puedo pedirte que te fugues conmigo...ya sabes que el precio sería no volver a casa y que la fuga de los amantes está castigada por ley- rió silenciosamente echando todo el aire de sus pulmones mientras jugaba con los rizos de la espadachina-. ¡Oh Theus! ¡Como si eso te hubiera importado alguna vez! Maldita loca- sus labios besaron la pequeña y orgullosa cicatriz que tenía la espadachina arañando su pómulo-. No, todo eso no importa...lo único que te detiene a venirte a destrozar nuestra vida juntos es que quieres protegerme. Ayudarme a no tirar mi vida por la borda, ¿verdad? Aunque yo quisiera tú no me dejarías y viceversa. Venimos de dos mundos destinados a tocarse durante unos segundos, como un eclipse. Todo este drama porque somos incapaces de pedirnos mutuamente destruir nuestras vidas. Separarnos de nuestra gente y nuestras familias. Irónicamente no podemos pedírnoslo... porque nos amamos. Es increíble cómo el amor hace coexistir la valentía y cobardía en un mismo corazón.

No se arriesgaría a darle un último beso, vaya que la despertara. Soltó las flores, dejando el ramo azulado yaciente al lado de Marina. Lo bueno de Marina es que sentía que podía besarla de mil maneras sin necesidad de rozar sus labios.

Y ese ramo era uno de sus mejores besos.

El joven barón se vistió adecuadamente con su levita de terciopelo verde y su corbatín beis. Su camisa quedó perfectamente abotonada y sus calzones planchados. Salió sin hacer ruido, al contrario de cómo entró en su vida.

Atravesó a golpe de bastón todo el Alcázar, dispuesto a salir de la Corte. Los cortesanos, nobles, sirvientes y mecenas comentaban el paso de su presencia. Los cuchicheos anónimos eran claramente audibles entre la enorme multitud gracias al gobernante silencio de las antecámaras.

-Ahí va Don Lara...-decían los corrillos.

"¡Don Lara era mi padre!" gritó rabioso la mente de Alonso mientras cruzaba el pasillo impasible.

-El ingenioso barón de Santa Elena le llaman, por su lucidez y su mente avispada...

-Es tan apuesto y es tan animado...

-Un excelente jinete, sin duda...quizás el rey quiera tenerlo en la corte...

-Aunque es un joven un tanto alocado y con tendencia a desaparecer en el misterio. Inestable, cuanto menos.

-Las universidades están desperdiciando un gran talento como él...podríamos proponerle algo...

-Dicen que hace poco estuvo en una tripulación de piratas y que estuvo explorando islas Syrneth para su majestad...No sé si es estúpido o un genio...

-Que no os engañe ese flacucho con sangre extranjera, todos sabemos que sus intereses no van para con la patria...-replicaba un patriota

-Además de los rumores de que es un espía de Montaigne. Ya saben los rumores de esas cartas con ese infame espía que se hace llamar Julius. Caballeros, cuando el río suena...-acusó un teniente de infantería.

-¿Quién será la mujer digna de su reputación? ¿Creen que gusta de la compañía de alguien? ¿Quién será la afortunada? - suspiraban las damas.

-¿Afortunada? Todos saben que el barón está más que arruinado - respondió un intendente del tesoro real.

-Pero tiene tierras...

-Nada prósperas querida. Si la familia Lara encuentra una pretendienta para el señorito no será una cualquiera, eso desde luego. Será alguien merecedora de su título- aclaró un erudito.

-Hay rumores de que está con una campesina suya, que ahora es soldado del rey- añadía una vieja alcahueta.

-Marina Oliván se llama. Una aventurera intrépida, dicen. Cuentan que tiene el favor del Rey y de su valido Don Andrés Bejarano de Aldana- decía admirado un joven guardia.

-Intrépida puede. Temeraria si se atreve a descarrilar al joven barón de los deberes de su familia- apuntaba un marqués.

-¿Un noble intimando con una campesina?¿Es que ya no se tiene respeto por la sangre azul? Bueno, puede que el barón quisiera tomarla como una furcia...¿pero como una esposa ante los ojos de Theus? ¡Inaceptable!- protestaba un obispo.

-Corren rumores de que los Lara no aceptarían nunca ese enlace...

-Por razones obvias, se convertirían en unos parias sociales ¡qué desfachatez!

-Sí, pero aparten dicen que ella se ganó la enemistad de los Lara. Les agravió y frustró una importante intriga con los Orsini en la villa de Santa Elena para hacerse con la herencia de Gregorio Lara, que concluiría con la boda del barón con la hija de éste último...

-¡Lo de aquél pueblo fue un auténtico circo!- decían

-Malditas intrigas, cada vez más complicadas...uno ya es viejo y no puede seguirlas.

-Pues si fuera verdad sería tan romántico- suspiraron unas damas de honor.

-Mujeres- rieron los gentilhombres.

Alonso siguió caminando con una encantadora sonrisa en los labios. Pronto había cruzado la plaza principal y salido del Alcázar real.

Allí estaban esperándole seis espadachines vodaccios, de vestimenta oscura y capas sombrías como sus miradas. Venían del país de los gatos negros, pero sus aceros pertenecían a los Lara, su familia. Desde la muerte de su padre, Umberto Lara era su tutor y guía, así lo había establecido su padre. Al menos no podían forzarle a casarse, no después de que Marina Oliván descubriera a los Lara manipulando el testamento del padre de Alonso para obligarle a casarse con Alicia Orsini.

-Ahí está el barón- dijo el cabecilla a los otros, que se pusieron prestos los sombreros para interceptarle y que no se escapara-. Tenemos la misión de separar al muchacho de su amante y vigilar que vuelva a casa con sus deberes. Nada de tonterías.

-¿Para ese esmirriado muchacho han contratado seis de los nuestros? ¡Menudo estúpido!- rió el más gallardo de todos.

-¡Déjate de tonterías, pazzo! Es Marina, la espadachina, la que es peligrosa, recuerda lo que le pasó a Fausto.

Todos asintieron, centrados. El cabecilla de los espadachines se acercó presto avisando a los demás, que echaron manos a las guardamanos de los estoques. El cabecilla cruzó rápido la carretera de adoquines y se desguantó una mano.


-¡Signore!-dijo el cabecilla alzando una mano, atrayendo la atención del barón.

El joven y los espdachines se encontraron. Los vodaccios tendieron una carta sellada.

-Esta carta indica que estamos autorizados por su tutor y por su familia para escoltarle de vuelta al hogar.

El barón miró el sello, aunque no le hacía falta. Sin duda era cierto, Umberto le había amenazado con mandarle espadachines hace mucho tiempo si no se separaba de su mayor enemiga...la que era su amada.

Estaba claro que lo suyo no podía funcionar, no mientras él fuera un Lara. Alonso guardó la carta con la cabeza gacha.

-Caballeros, agradezco vuestro interés, pero creo que puedo ir solo hasta el hogar.

El guante del vodaccio se lanzó como una centella hasta su cara.
-Me temo señor, que su tío y tutor Don Umberto Lara tiene un contrato con el gremio de espadachines...si quiere que incumplamos nuestro trato para con él no me queda más remedio que batirnos con vos, mi señor. ¿O debo entender que intentáis volver a escaparos y que ella tiene algo que ver, otra vez, con vuestra rebeldía? En ese caso estamos autorizados para romper cualquier lazo que os retenga aquí...signore. No sé si me comprende.

El rostro de Alonso volvió al frente, dolorido a la par que humillado y con las lágrimas asomando a los ojos. Una contradictoria sonrisa se le dibujaba en la cara.

-Lo he entendido perfectamente, caballeros. Sean tan amables de acompañarme con mi familia. Seguro que están deseando volver a verme

Subieron a un carruaje, para ir dirección al muelle, donde un navío les esperaba para entrar en la mar. Dentro de la carlinga, Alonso sacó una tímida margarita azul del interior de su casaca y la olió con ensueño.

Marina, creo en ti y en que todo saldrá bien. De alguna manera a tu lado todo siempre acaba con final feliz. El problema es que siempre te sacrificas por el bien de los demás, pero esta vez, conseguiré que los dos seamos felices. Tarde o temprano, ya verás. Cree en mí, porque yo nunca cambiaré.


Y yo siempre he creído en nosotros.


Cadenas por corona

Los grilletes se cerraron sobre las muñecas de Leandro Vázquez de Gallegos. El Alguacil cerró las esposas duramente y apretando con malicia,...