viernes, 7 de septiembre de 2018

¿Traidora?

Pirata. Criminal. Hereje. Pirata. Bruja. Criminal. Traidora. Bruja. Hereje. Criminal. Bruja. Pirata. Hereje.




“Criminal, pirata, bruja, hereje, traidora…”




Ya, ya lo sé. Esa soy yo. Lo habéis dicho mil veces.

Espera, ¿traidora?

Acepto de buena gana responder al resto de títulos que se me han asignado, pero este último me parece intolerable.

Porque si he trasgredido las normas no ha sido más que para salvaros a todos.

Y si he sido más libre de lo permitido no ha sido más que para salvaros a todos.

Y si he usado artefactos prohibidos no ha sido más que para salvaros a todos.

Y si mis compañías no han sido apropiadas no ha sido más que para salvaros a todos.

Salvaros a todos.







Salvarlos…



A todos.





“Menos a mí”.

Así que basta.


Sí. Soy muchas cosas. Pero una traidora... eso jamás. Me dejé de lado por los demás y hay que pagar el precio.

No soy ninguna santa. Admito que he simpatizado con esta vida y con quienes me he cruzado en ella. Pero, ¿dónde está el problema? ¿No hay acaso herejes y criminales en los cargos más altos y reconocidos por la sociedad? ¿Es que todo es mejor si lo hace una cara aceptada por el resto? ¿O es que el problema está en ser descubierto?

Una cosa es segura, y es que el mundo está lleno de luces y sombras que se esconden en todas partes. Conoced y luego juzgad, maldita sea. No todos tenemos malas intenciones.


“Ya… el problema está en ser impredecible.”


Decenas de guardias me recibieron cuando llegué al castillo de la Isla de Sandoval, donde el Rey y la Reina de Castilla se hospedan ahora. Decenas de armas me apuntaron y cientos de ojos me miraban sólo a mí.


Traidora.


¿Desde cuándo me he vuelto tan peligrosa?

“Yo… yo nunca os haría daño.”

Reconozco que tuve miedo. Y no por ser atravesada por el fuego o el acero. Eso podía superarlo. Pero una parte de mí se había roto al verse rechazada por tanta gente, temida por lo que pudiera hacer.



“¿Por qué? ¿Es que soy una mala persona? ¿Por qué no puedo volver a casa? Hice todo lo que pude… por vosotros.”



Traidora.

“Pero no de la forma en que quisisteis.”

“¿Es que eso está mal?”



Nadie me quería allí. Y al mismo tiempo, muchas eran las naciones que me buscaban, incluida Castilla.

Traidora.

Claro que me buscaban para luego deshacerse de mí o Theus sabe qué.

Y yo había decidido presentarme ante el mismísimo Rey sin saber muy bien si saldría de allí. Solo tenía claro que, de hacerlo, sería sin trucos y sin armas. Las cosas se complicaban, pero merecería la pena.


Tenía que despedirme de alguien.



Traidora.




Lo sé, y en parte también lo siento, ¿vale? Aquel día, cuando salí de casa en busca de mis padres hace ya casi cinco años… no pensé que llegaría tan lejos ni que haría tanto daño.


Cuando dejé mi hogar de la Villa de Santa Elena no podía siquiera imaginar que mi nombre se pronunciaría más allá de la valla de mi casa y de los muros de la iglesia del pueblo.

Supongo que todo comenzó de maravilla. Entre tormenta y tormenta, encontré a mis padres, salvé a Layla en dos ocasiones antes de que se convirtiese en la Reina de Castilla; protegí al Buen Rey Sandoval en su cumpleaños, destruí buena parte del NOM…

Y yo me convertí en una de las espadas de Su Majestad.

¡Yo! ¡Una mera campesina portando espada y entrando en la corte a sus anchas!


Yo al servicio del Rey.



Ya en aquel entonces pensé que había tocado el cielo.

Y en cierto modo tenía razón. Ahora sólo me hundo.

Pasaba el tiempo y las tormentas cada vez eran más fuertes, mientras yo me empeñaba en seguir aferrándome al timón de un barco que no aguantaría mucho más tiempo a flote. Llegó el día en que me di cuenta de ello.

Corté mi cuerda de seguridad y descubrí ante todos lo que he sido siempre.

Que simpatizo con piratas, herejes y criminales. Que soy uno de ellos y que gracias a eso he conseguido volar con un navío. Ya, es impresionante cuando no conoces la verdad.

Quitarse la máscara es doloroso y yo ya nunca podré volver a llevarla.

No soy misteriosa, ni extraordinaria, ni una heroína, ni nadie digno de admirar.

Y si lo fuera tendrían que admitir que admiran lo prohibido.



Traidora.


Sí, puede que me lo tenga merecido. No pido que entiendan todo lo que he hecho. A veces incluso pienso en que quizá me equivoqué, que debí haber parado en el momento justo. Que la valentía se valora, pero la temeridad se paga.

Y sin embargo, creo que era lo mejor que podía ocurrir. Suicidar la reputación que había conseguido era la única manera de proteger lo que quiero.

Ni siquiera pido que entiendan el por qué, y tampoco quiero que se apiaden de mí.

Sólo quiero que me olviden.

Sé que será difícil. Al parecer no he hecho más que cosas horribles como robar el buque insignia de Castilla para detener una batalla o ponerme al mando del ejército enemigo para impedir una invasión en mis tierras.

Debe ser duro para ellos.

Traidora.


Puede que mis dedos queden lejos ya de rozar las estrellas, pero mi corazón sigue en el mismo punto en el que empezó toda esta aventura.

Nunca traicioné a los míos.

Pero a veces hay que alejarse para estar más cerca de quienes queremos... O al menos eso dicen.

Nunca hubo Castilla o exilio; y nunca hubo Rey Sandoval o Leandro.



Y si tengo que elegir, me quedo con ambos.



Traidora. Traidora. Traidora.


“Traidora…”

Si esto es traición, entonces es hora de darle al mundo lo que lleva pidiendo ya mucho tiempo.

Me voy.

Pero me voy en paz, con todos mis cabos atados. Me voy tranquila de haber superado una tormenta de color rojo.

Y me voy sin lágrimas, porque creo que las dejé todas en aquella isla. Me consuela saber que allá donde voy no las voy a necesitar.

Y es que sólo hay una única cosa que nunca podré perdonarme.

Que mientras sea Marina Oliván nunca podremos estar juntos.

“Alonso, nunca podré devolverte todo el tiempo que te debo. Porque todo el amor que tenía te lo entregué en las pocas horas que duraron nuestros eclipses. Pero fallé, nos abandoné por los demás.”

Borré todas las cosas que tanto nos costó construir y un papel dice que no soy aceptada por el mundo.

Pero tú sí que mereces estar en él, a ti te necesitan y yo sé que ese es tu sitio.

“Así que sé libre… sé feliz.”


Yo me quedo con que al menos pude despedirme de ti.



Lo han intentado muchas veces y sin embargo, nunca he perdido la vida. Pero esta vez lo han conseguido sin la necesidad de un auto de fe o de sumergirme bajo agua en un carruaje blindado. Hoy me alejo de la Isla de Sandoval sin trucos ni armas, tal y como yo quería. No comprendo bien cómo he salido de aquí, pero no importa. Me alejo de la isla con la certeza de que por primera vez he muerto.

Me voy de Theah. Es una suerte que el mundo haya ampliado sus horizontes cuando no te quieren en ningún lugar de los que ya conoces.

Y me voy vacía. No llevo nada, ni a nadie.

Sólo llevo mi nombre. Quien he sido y quien soy ahora.

Y es que, me guste o no, soy Marina Oliván… pero nunca más de Santa Elena.

Soy Marina Oliván y soy lo único que tengo.


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Pensamientos de Marina Oliván tras despedirse de Alonso y partir a los confines del oeste para evitar las consecuencias del hundimiento de Cabora y todos sus crímenes. Junio de 1672. 


Escrito por Sara/Aleera, mi jugadora de 7º Mar ^^

jueves, 12 de julio de 2018

La pieza del rompecabezas

El soldado se desplomó sobre el escritorio provocando una lluvia de cartas y polvo. Dorante, impaciente, lo devolvió al trabajo inmediatamente apresándolo de la nuca.

-Creo que no se te ha ordenado que descanses, soldado.

El soldado agarraba con dedos débiles la presa de su capitán, pero lo que más le atenazaba era el miedo.

-Capitán, no hay nada. Habéis estado mirando todo su correo durante meses. Ni rastro de ella. Marina no le escribe. No veo por qué hoy iba a ser diferente.

-Ese es tu problema, que solo buscas cartas de ella. Tienes que pensar como él. Quiero códigos, frases hechas, números, símbolos, aunque sea el triste dibujo de una margarita azul garabateado en una esquina.

Los ojos del soldado raso se entrecerraron, achinados de leer a la luz de una vela en el húmedo puesto de soldado en el castillo de Santa Esperanza.

-¿Margaritas...? Capitán, no creo comprenderle...no hay nada de eso aquí- sollozó apretando la montaña de correo-. Estoy agotado.

-Quizás no deberíais haber estado ayer bebiendo hasta las tantas en el pueblo, estarías más fresco para vuestro deber.

El soldado quiso armarse de valor, pero suspiró. Haría lo que le habían recomendado otros antes que él. Fingiría que le presta atención a las cartas y le diría que no ha encontrado nada.

-No puede ser que reciba tanto correo y que nada sea de ella. Lo de la Rioja fue un contacto. Y antes de eso seguro que me torearon para preparar ese cebo.

La cabeza del soldado cedió por agotamiento contra la mesa, trayéndose de vuelta un folio estampado en la frente.

-Capitán- su voz se agudizó lastimosamente-, aquí solo hay propuestas de matrimonio, deudas, informes de tasación y de gestión de tierras. Créame, no hay nada. Y es de lo más aburrido. ¿No podría al menos leerlas fuera de la camareta?

Dorante le apartó de la silla con un brazo fuerte pero tembloroso.

-Estás relegado de tu puesto y suspendido de empleo y sueldo. Está claro que no puedes aguantar tu responsabilidad.

El soldado se levantó de un salto y se alejó brincando de la mesa, aunque con severa jaqueca. El soldado negaba con la cabeza para sí: desde luego, obsesionarse con Marina Oliván como enemigo del rey haría que los verdaderos enemigos de la corona conspiraran a sus anchas.

Dorante cubrió el hueco que acababa de abandonar el soldado y palpó su calva sudada en búsqueda de equilibrio mental. Se dispuso a coger el montón de correo que quedaba.

Pero un guardia real entró.

-¿Capitán?

-¡Ahora no!

-Pero...

-¡Que no!

-Es importante...

-Argg...- Dorante se levantó tirando la silla y afefrrando el estoque.

-¡Es Marina!- gritó el guardia de Sandoval.

-¿Qué?

-Está aquí.

Dorante se lanzó a coger los grilletes de un clavo puesto en la pared de la camareta.

-Y ha entrado de forma legal.

Dorante frunció el ceño empuñando los grilletes. El guardia sintió que los grilletes se ponían al rojo vivo bajo su intensa mirada. La presión de tener que proteger a un rey tan amenazado empezaba a pasarle factura al Capitán.

Los puños de Dorante apretaron los grilletes y su capa voló con él fuera de la estancia.

-Eso ya lo veremos.
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 La Reina volvió a pronunciar sus deseos frente al Concilio de Razón. La Guardia de Sandoval en lo alto de la muralla miraban inquisitivamente a Marina y Alonso, que se despedían en el jardín a la sombra del Capitán Dorante. En el jardín de Santa Esperanza los pájaros evacuaron ante la tormenta personal que se avecinaba y los nidos enmudecieron. Hasta el océano parecía murmurar con tal de no molestar.

Los reyes y los miembros del Concilio habían salido del jardín a petición de la reina. Todos en la corte decían que las sensiblerías femeninas de la reina estaban reblandeciendo al rey. Ella gastaba toda su paciencia infinita para evitar que el Rey no se hundiera ante tantos juicios. Hasta ahora, todos esos buitres, nobles y burócratas, les observaban, probablablemente molestos por tener que haber dejado a Marina sola con Alonso. Aunque Dorante seguía allí, las expectativas de que algo extraño y extraordinario pasase (catastrófico o salvador) se habían disparado entre los presentes.

Ahora le tocaba a la Reina seguir la jugada que le había llevado a esta encrucijada.

-Mi Rey...

El Rey miró a los hombres y mujeres del Concilio, que cuchicheaban y analizaban todo lo que hacía y decía el rey. Negaban o asentían a todo lo que hacía. Normalmente solo negaban.

-Marina ha burlado la ley y no ha respondido ante su Rey cuando éste se lo ha pedido...y...

-Deseo hablaros aparte, majestad. Como marido y mujer.

La Reina jugó una buena baza: el matrimonio. Si en Castilla había algo más sagrado, era la familia. Y si lo había mezclado con la segunda cosa más sagrada: la Iglesia. Concilio de Razón se disolvió por los salones y plazas del castillo respetando la intimidad del sacramento matrimonial de los reyes de Castilla.


-Debes dejarla despedirse adecuadamente y marcharse. Por favor, no la arrestes.

-No entiendo por qué está aquí de vuelta. Le dije claramente que no lo hiciera. Estoy...estoy muy enfadado. Creía que habíamos quedado bien, pero veo que no teme las consecuencias. La temeridad se paga...¿por qué no escribió simplemente?

-Deben verse en persona. Así es el amor.

-¿Amor?- el Rey observó a la pareja despedirse a través de la arcada de piedra que les separaba del patio al jardín.

-Sí- la Reina le tomó de la mano- ¿Sabes lo que es eso?

El Rey se ruborizó y por un segundo recuperó algo de su inocencia.

-¿El amor?

Miró la mano de su esposa. Se sentía tan inexperto en eso. Layla, por el contrario, parecía tan aventajada. Parecía haber sido educada para entenderlo, expresarlo, comunicarlo. Ella le había guiado en todas sus dudas, sus miedos y torpezas.

Todo el mundo le había dicho que su esposa serviría para ser la madre de sus hijos. Pero nadie había querido qué era amar a alguien.

Ella le esperaba pacientemente descansando en su sonrisa.

-Sí, el amor.

-Marina es un peligro...

-Solo está enamorada.

-Razón de más para creer que puede hacer una locura.

-Ellos sienten igual que nosotros. No hay nada peligroso en todo esto. Solo se aman.

El Rey no pudo mirarla a los ojos.

-Ella ha hecho demasiado daño. Ocultó información sobre una invasión enemiga, robó el buque insignia de mi Armada, se alió con mi peor enemigo, lo protegió...

-Y todo lo hizo para salvarme.

Entonces el Rey pudo mirarla.

-¿Cómo dices?

La Reina se sentó en un banco de piedra. A lo lejos, en el patio de armas, los criados salían de las cocinas para alimentar a las gallinas nerviosas que había en el corral del castillo. El Rey comenzó a andar y no podía parar aunque lo deseara.

-No sé cómo, pero...hace tiempo, alguien descubrió que guardaba un libro sagrado Creación del Mundo y de las Tribus...

-Un libro pagano...

-El libro de mi fe. Y me chantajeó.

-¡¿Cómo pudiste?!- el Rey mascullaba evitando gritar-. Claro que te chantajearon. Es un libro prohibido. -de pronto, se derrumbó junto a ella-. Layla, queman a gente por menos. ¡Yo acudo a esos Autos de Fe!

-Lo sé de sobra, me has obligado a verlo muchas veces.

-Es parte de nuestro mundo. Aunque creas que puedo hacerlo todo siendo Rey, te equivocas. ¿Por qué conservaste ese libro?

-Es mío. Yo lo transcribí a mano y lo ilustré como dictamina mi gente.

-¿Qué?- el rey hundió su cara entre sus manos esperando leer una respuesta buena-. Tú eres vaticana, Layla. Te convertiste.

-Nadie tiene raíces de quita y pon, Sandoval.

-¿Qué insinúas? ¿Qué mentiste para estar aquí?

-No. Simplemente que no puedo quemar en una hoguera mi identidad ni mi legado. No podéis quemar todo lo que os supone un problema.

-Si te refieres a Marina, yo no quería que la ejecutaran en un Auto de Fe. Te recuerdo que estábamos fuera del país.

-No hablo de ti, hablo de los que te rodean.

-Ellos la odian.

-Y ella me salvó.

-¿Del chantaje?

-Sí. Consiguió traerme de vuelta el libro y no pasó nada más.

-¿Y el chantajista?

-No me dijo quién era.

-¡Ja! Eso es tan típico...

-Creo que era lo más sensato.

El Rey enmudeció. Sus ojos se empañaron y su voz temblaba.

-¿Y desde cuándo llevas callándote esto?

La Reina percibió que había entrado en un laberinto. El laberinto de la desconfianza.

-Fue antes de la batalla en la cala de San Elíseo.

-El ataque de los Bernoulli...entonces...no puede ser coincidencia. Los Bernoulli te chantajeaban o estaban metidos hasta el cuello en todo esto. Ella...

"Ella...solo nos estaba protegiendo. Con su silencio"

El Rey golpeó con su puño el banco de piedra hasta que se hizo daño. La Reina suspiró comprendiendo que le faltaban piezas del puzle, quizás las que tenía su marido. Juntos acabaron el puzle...pero era demasiado tarde.

Y Marina seguía habiendo elegido estar fuera de ley. No podía protegerla.

"Pero por fin sé el por qué...o lo intuyo"

El Rey agachó la cabeza, herido.

-Al final...tú también, Layla. Eres como todos. Todos me ocultan, todos me engañan.

El Rey cogió su capa y le dio señal a su guardia a lo lejos alzando un brazo, pero Layla le detuvo,

-Sandoval, yo no te he engañado en nada.

El Rey hizo un titánico esfuerzo por no gritarle a ella y por no dar la orden de arresto.

-Me ocultaste tu falsa fe, me ocultaste que amenazaban tu vida y a la Corona. No contaste conmigo.

-Mi vida espiritual no es un secreto nacional, majestad. Y mi alma no es información clasificada. Se trata de mi intimidad. Y ese santuario es solo mío. Ahí no tienes entrada. Y tú, tendrás la tuya.

Sandoval quiso replicar...pero no le había revelado a la Reina su conexión con el Rey de los Piratas: el infame Allende.

-Layla, me enfadé con ella porque se jugó tu vida disparando a Fiana. Y ahora me dices que todo este tiempo ya le debías la vida...

-Ya se la debía de antes y ya lo sabías. Y tú también se la debes. Nos ha salvado en innumerables ocasiones. A ti, y a mi. ¿No ves que ha sacrificado su amor para que nosotros podamos vivir el nuestro?

Entonces el Rey supo que Marina ya había partido hacia el oeste y sintió confusión e ira por no saber a quién odiaba más y quién merecía su perdón. 

Pero ya era demasiado tarde. Marina ya había partido hacia su exilio y sintió confusión e ira por no saber a quién odiaba más y quién merecía su perdón. 

Quizás debía alejar a Marina de su lado. O quizás era a su Reina a la que debía apartar. 

Dejó entonces con amargura y odio que Marina se alejara hacia su exilio. 

Hasta que las aguas se calmaran.
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El Rey dio a orden de dejar marchar a Marina.

Evidentemente, eso no había gustado nada a los miembros del Consejo. Mientras ella se alejaba en una pinaza, los viejos nobles y burócratas batallaban como gallinas descabezadas.


-Majestad, es inadmisible que hayáis dejado que alguien como ella, asociada con piratas, protectora de hechiceros, poseedora de tecnología prohibida...¡ya sabéis todo eso! Es inadmisible que la dejéis escapar estando tan clara su condena. ¡Solo dejáis clara vuestra debilidad! La debilidad de la Corona.

Layla, entre tanto ruido y charlatanería, miró al Rey y le susurró confidencialmente:

-Habéis hecho bien, mi rey. Marina ya debe estar lejos de aquí.

Pero el rey no pudo mirarla. En el fondo tenía la duda de haber dejado marchar a una irresponsable temeraria y quedarse con una traidora que le había confesado su pecado.

No sabía si odiaba a Layla, pero desde luego, ya no pudo mirarla igual.

Por otro lado, Sandoval quería pensar que la revelación de Layla le traería paz, que todo tenía un por qué. Pero solo le traía desazón. Igualmente, Marina había elegido la herejía, la hechicería, la vida criminal y lo que era peor...

A Leandro.

Antes que a él.

Y a pesar de todo lo que le dolía...no podía evitar sentirse más en deuda que nunca con ella.

Pero la realidad era bien distinta. El Concilio mostraba indignación ante tanto misterio.

-¿Sabéis que las fuerzas de Montaigne la consideran pirata de búsqueda y captura en sus costas? Vuestro primo el Rey Pastor hubiera estado encantado del apresamiento de esta infame espadachina. ¡Y ni hablar de esa fragata que ha asolado docenas de barcos de la Iglesia en nuestras aguas! ¡Piratas! Sabéis de sobra que tienen puerto seguro  con esa escoria de la Bucca. Piratea en vuestras aguas y delante de vuestras narices sin bandera ni tributo ¿Habéis olvidado que robó vuestro buque insignia? ¡Si casi mata a vuestra esposa desobedeciendo vuestras órdenes! ¡¿Y lo de Leandro?! ¡Ah! ¡¿Y lo de Cabora?! Majestad...creo que no sois conscientes de que...

Los viejos seguían hablando. Pero Sandoval era consciente de todo. En este último mes comenzaba a verlo todo más claro. El Rey levantó su mano enguantada y la cámara se silenció.

-Caballeros. Somos castellanos, y ante todo, somos gente piadosa y agradecida. Marina ha sangrado y luchado por la bandera de nuestra nación durante años y les ha dado una figura a seguir a los lugareños de Zepeda. Lo menos que podía hacer era darle una cierta ventaja por los servicios prestados.

Los miembros del concilio enmudecieron.

-Claro, pero...¿entonces? ¿No pensaréis perdonarla no?

El Rey los miró a todos. Conocía a muchos de ellos y ya sabía que había al menos tres focos diagnosticados de conspiración en su corte. Unos que querían declararle loco y enfermarle para que le llevasen a isla Tormentos; otros que abogaban por colocar a su prima cerca de él como valido, con el fin de subirla en el trono en su lugar y de los últimos, menos imaginativos, se creía que querían asesinarle en un viaje que estaba preparando a Montaigne, culpando a radicales anti monárquicos. Dorante coincidía conque todos los conspiradores estaban de acuerdo en una cosa: el Rey era manipulable y no sabía imponerse. El prestigio de Castilla seguía en decadencia.

Y ahora estaban esperando a que mostrara debilidad de nuevo. Con una traidora.

Traidora para ellos. Pero para el Rey...ya no sabía qué pensar. Layla le apretó su mano. Y Dorante sudaba a su lado, dispuesto a protegerle con su vida de todos esos buitres tan peligrosos como necesarios.

-Mantenedla non grata con todos los cargos que se le imputan.

"Con todo eso como mínimo es la horca...pero yo no elijo los crímenes que ella ha cometido. No sé cómo ayudarte, Marina. No sé cómo perdonarte. No sé cómo sobrevivir sin ti.

Y lo peor de todo.

No sé si podré agradecértelo algún día.

Solo espero que en tu regreso sigas en mi bando.

Solo espero que no me pongas en la obligación de arrestarte. 

Pero conociéndonos, no estaremos en el mismo bando...me pondrás en esa situación de nuevo.

Eso significará que volveré a verte algún día.

Cuando las aguas estén calmadas"

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El Buen Rey Sandoval, Layla reina de Castilla y Dorante de los Reyes en la despedida de Alonso y Marina antes de que ésta tuviera que partir a los confines del oeste para evitar las consecuencias del hundimiento de Cabora y todos sus crímenes. Junio de 1672. Isla de Sandoval, Ducado de Aldana, Reino de Castilla.

miércoles, 31 de enero de 2018

El mortal juego del ratón y el gato

-¡Majestad! ¡La Rioja!

El Buen Rey Sandoval abrió los ojos al escuchar a su capitán, Dorante de los Reyes, a través de la tormenta de agua y ceniza que arreciaba en el exterior.

Se abrigaba lamentablemente en el camarote principal de El Corazón de Castilla. El frío de aquella última semana no era habitual en los mares de la Boca del Cielo.

Y aún así, el Rey sudaba febrilmente bajo los mantos reales.

Desde luego nada de lo que ocurría en los últimos meses era natural.



Dejó los papeles en el escritorio y salió aferrándose a los muebles anclados de la habitación. Dorante le extendió su brazo, pero Sandoval no lo recogió con tal de no sacar ni un miembro de sus mantos. Una vez fuera, entrecerró los ojos para observar los puertos pesqueros de la Rioja a través de un mar picado coronado de aguaceros y ceniza. Sobre los muelles había un gigante acantilado sobre el que se erigía la ciudad principal de la Rioja, una maravilla arquitectónica de mecanismos de bronce y vidrio que desafiaba toda física conocida hasta la época.

Dorante se sacudía el agua de su cabeza rapada sacudiéndose como un perro mientras aferraba su estoque castellano.

-Majestad, deberíais quedaros aquí. Yo me encargaré de que os la traiga.

-No, quiero verla yo en persona. Tráigame al Barón de Santa Elena.

Dorante asintió, pero Alonso Lara ya se encontraba en cubierta empuñando una sonrisa afilada.

-¡Majestad!- gritó a través del ruido de la tormenta- ¡Menudo día hace! ¡Una lástima que se tenga que cancelar nuestra excursión!

-No se haga el listillo, Excelencia- Dorante avanzó hasta ponerse cara a cara hasta el punto de escupir al barón con sus ladridos, pero a Alonso le quedó la duda debido a la lluvia-. Vos venís conmigo hasta el muelle.

-¡No se preocupe! ¡Estoy con ustedes hasta el final! ¡Solo me preocupaba por el Rey! ¡Debería descansar en el camarote! ¡Está sobreesforzándose demasiado y necesitamos que su mente esté clara!

El Rey Sandoval miró enigmáticamente a Alonso bajo las goteras de sus cejas empapadas. No sabía si sentirse timado por las atenciones del barón o agradecido. Dorante percibió la confusión del Rey.

-¡Tu fama de hacerte el simpático no os servirá conmigo! Subid a la pinaza, por favor.

-¡El primero! ¡Síganme si pueden!

El barón cojeaba por sus antiguas heridas en costado y piernas en la Batalla de Tormentos. No era nada grave ya, pero siempre le gustaba dar un poco de lástima al Rey. Por otro lado, Dorante era un hueso de roer y le tenía más que calado.

Bajaron hasta la pinaza ligera, que a través de los esfuerzos de remos y marineros cortaron camino hasta los muelles pesqueros. Sin duda se notaba que la Rioja extraía al menos un tercio del pescado consumido en Castilla, la flota pesquera de baja y alta altura era considerable.

Pero esas embarcaciones no pescaban.

Ya no.

Las oleas estaban atestadas de peces y langostas que flotaban en el agua. Desde la pinaza el Rey observaba cómo los marinos recogían langostas que se deshacían en arena de mar. Algo pasaba en los cielos, pero también en las profundidades de la Madre Océano. En general, la fuerza vital de Théah se iba al traste.

Y Marina se había llevado la llave del poder y la solución consigo. Con Leandro. A nadie sabe dónde. Sin saber en manos de quién o qué puede acabar.


-Ya llegamos- advirtió Dorante, y preparó a unos veinte hombres de incógnito que pateaban la madera de la pinaza para coger calor-. Quiero absoluta discreción; y ya sabéis: nadie saca acero a menos que ella lo haga. Quiero ballesteros en lo alto de las grúas portuarias, y el resto rodeando las calles. Sabed que hemos hablado con el jefe de puerto y nos ha dado el visto bueno para cerrar las los muelles en cuanto demos la señal. Sabed que es buena trepadora y que puede contar con artefactos como pistolas garfio. Si eso ocurre, tenéis estos virote especializados para cortar cuerdas a distancia- comenzó a repartirlos a sus tiradores-. Recordad, la queremos viva y no dudéis de el honor de vuestras acciones. ¡Todos abajo!

Mientras todos bajaban, Dorante agarró del brazo a Alonso.

-Como intentéis algún truco, dad por hecho que me enteraré.

Alonso le miró preocupado. O fingiendo preocupación. Dorante no sabía y eso le sacaba de quicio.

-Vos habéis leído la carta que habéis mandado para encontrarla. No hay nada raro en todo esto y lo sabéis.

Es cierto que Dorante había comprobado las cartas, pero aún así no se fiaba de él.

-Sabed que si vos no servís para capturarla, otro lo hará y no será como vos desearíais.

Esto sí captó la atención del barón, pero no demostró expresión alguna. Dorante sonrió arrugando las cicatrices de su rostro.

-Cumplid con vuestro deber. Conseguid quitarle sus armas o convencedla para que no se resista.

Alonso posó su bastón sobre el puerto. Aquello estaba atestado de gente ociosa y preocupada. No había nada que pescar y el descontento político de los nobles locales hacia la Corona eran evidentes en carteles y panfletos que hablaban de la independencia del Ducado de Gallegos.

El Rey iba tras ellos embozado, con ojos brillantes por la fiebre y la excitación, viendo toda la atmósfera de la ciudad como algo alienígeno.

Llegaron a las puertas de piedra del muelle número seis. Alonso se paró de pronto.

-¿Qué ocurre excelencia?- le preguntó Dorante inquisitivo.

"No puede ser...¿ha venido?", pensó Alonso observando desde lejos a Marina embozada bajo la terraza de una taberna local. Sorbía lentamente de un baso de barro mientras que con la otra mano tamborileaba tranquilamente una mesa de madera. Se mantenía discreta ocultando su rostro bajo el ala ancha de su sombrero pardo y abrigada con su capa habitual. Le daba impresión de que llevaba esperando días.

"Quizás fui demasiado ingenioso para ella, típico. En fin...pues aquí se acaba todo, supongo."

Entonces penetró en la sexta plataforma del muelle.

Se encontró las oficinas de comercio y las lonjas adornadas con innumerables margaritas azules, que mantenían vivas y coloridas docenas de contratados. Probablemente, fuera la única actividad que mantenía viva el puerto y las vistas eran pintorescas, agradables y vivas para los ojos apagados de los riojanos.

Alonso se detuvo para poder reprimir una sonrisa y tuvo que admitirse algo que sus labios raramente dirían en voz alta.

"No entiendo nada"

Aunque confuso por la esperanza de las flores y desquiciado por la presencia de Marina, Alonso no tuvo más remedio que señalarle a Dorante la figura de Marina. Dorante asintió silencioso y puso en posición a todos sus hombres. El Rey avanzó lentamente hasta ponerse a la altura de los hombres, a pesar de que Dorante había insistido que Sandoval se quedara atrás. Observaba a Marina entre sus embozos, sintiéndose por fin dominante de una situación. Siendo por fin observador y no el observado.

-Sin duda, es ella. Tened cuidado. Y no falléis.

El Rey observó a Marina. No quería hacerle daño, aunque él se sentía herido. Nunca había sido el elegido por nadie, y siempre que lo había sido era para que se lo pasaran como una pelota entre todos.
Él nunca era el favorito de nadie. Sentía que solo gozaba del afecto por su estatus.

Por su corona y cetro.

Así pues empezaría a usarlo.

Odiaba haber llegado hasta esta situación, pero no podía dejar para siempre el destino de su país en manos de los demás. Tanto buenos como malos o neutrales...se sentía manipulado de una u otra manera.

"Has sido mi servidora, mi espada, mi amiga y confidente...pero has escogido tu camino sin bandera al lado de un traidor, de piratas y rebeldes. Si ese es tu camino, yo no puedo permanecer indiferente. Es mi país o echar la mirada a otro lado. Ya no quiero seguir siendo ciego. Ahora voy a controlar el destino de mi corona y mi país, ni favorecer ni a unos ni a otros. Ahora solo empieza mi mandato...ya no te espero más, hermano"

Una vez Alonso vio a los batidores encima de los tejados y Dorante le hiciera la señal de que los muelles estaban cerrados se acercó a Marina, que seguía sentada tomando algo relajadamente.

-Marina, por Theus, ¿qué haces aquí? ¿Y las margaritas?

Marina se giró y resultó ser un hombre de mediana edad, bigotudo y canoso con grandes arrugas en su rostro.

-¿Disculpe?

-Ah, eh...- balbuceó el barón, hasta que pensó-. Ah...

"No estáis. Las margaritas son para que me tranquilice. Pero...¿de qué va esto?"

El hombre pestañeó hasta que cayó en la cuenta.

-Vos sois el hombre al que tengo que dar esta carta ¿no?

-¿Cómo?

-Sí, sí. El hombre de la casaca verde, ¿cierto? Estoy deseando entregar la carta y volver a casa. Llevo días esperándole.

Alonso retrocedió. El mensajero le dio las ropas de marina.

-¿Vais armado?- preguntó Alonso.

-¿Qué? No. Aunque debería porque ha sido un viaje de lo más movidito. Mi mujer siempre dice que si vuelvo a San Cristóbal será mejor que lo haga con una espada para defender el honor y la vida pero...

El barón le arrebató la carta.

-Bueno, buenoo.

"Marina, como sea una carta para mí la llevamos clara. No tengo tanto tiempo para leerla. Los tengo encima"

Alonso leyó el reverso notando la mirada de Dorante en su nuca.

Para: Alonso Lara.

"Marina, ¿qué haces?"

De pronto, y contra todo pronóstico, Dorante entró en escena.

-¡No está armada! ¡Vamos!

Al menos unos veinte hombres invadieron la calle, vestidos de paisanos, aunque bajo sus capas pardas se encontraban miembros de la guardia de Sandoval. Entre ellos estaba Dago, que viajaba con el rey bastante resignado con la misión que tenían. Otros veinte se asomaron ballestas en mano sobre las grúas portuarias.

Dorante desenvainó su estoque.

-¡Marina Oliván de Santa Elena, quedáis arrestada en nombre del Rey por delitos de sedición, oposición a la justicia y conspiración contra la Corona!

El mensajero miró a todos los miembros recién llegados, mientras Alonso rompía el sobre y tanteaba  leer discretamente la carta antes de destruirla.

Sus dedos contaron tres hojas de texto.

Tres, puñeteras, hojas.

No le daría tiempo a nada con Dorante y el Rey tan cerca.

-¿Qué? ¡Yo no he hecho nada!-gritaba el mensajero  mientras alzaba los brazos- ¡Oh, genial! ¡Me han tendido una trampa!

Dorante se acercó a él, confuso y escupiendo órdenes.

-¡Arrestad a este impostor!- a lo que seis de sus hombres se abalanzaron sobre el confuso mensajero.

Dorante miró los tejados. Todo normal.

¿Qué estaba pasando?

-¿Dónde está Marina? -preguntó el Rey a Alonso saliendo de las sombras. Éste intentó ocultar la carta pero el Rey no le había quitado ojo en este rato, así que desenvainó y amenazó al barón-. Dádmela.

Alonso vio que en la primera hoja de las carta ponía:

Para: su Majestad el Buen Rey Sandoval de Castilla.

Entonces lentamente Alonso se la extendió.

-¿Qué es esto?-preguntó Sandoval, pero nadie dijo nada.

Desenvolvió la carta y la leyó con mano temblorosa.

Hola, majestad:

Confieso que nunca imaginé entrar en una situación como esta, pero así es. 

Como decía en mi anterior carta, que supongo que habéis leído pese a que no iba dirigida a vos, habéis hecho algo bastante recurrente.
Ya estoy acostumbrada a que traten de utilizar las cosas que amos para atraerme hacia una trampa [...]

El Rey arrastró sus pies hasta el asiento donde el mensajero tomaba vino. El resto de sus hombres estaban parados expectantes. Lo único que hizo fue sentarse torpemente para seguir leyendo.

[...] Me alegra saber que el Santísima Trinidad está reparado casi por completo, que las heridas de Alonso de la batalla de Tormentos estarán curadas y que parece que os también estáis en plenas condiciones. Si me permitís, también creo que a sido un acierto por vuestra parte enviar parte de la flota de Castilla a San Agustín o a San Teodoro. Esperar eternamente en Tormentos con tantos navíos era una tontería. Hay mucho que hacer [...]

Las manos temblorosas del Rey se volvieron inestablemente fuertes, arrugando el papel. Todo era mentira. La bases de su nueva personalidad como rey que toma sus propias decisiones para controlar su destino se desmoronaban. Creía haber conseguido ya ser un observador más en este juego de intrigas y apocalípsis y ha resultado que seguía siendo una hormiga más observada con lupa.

-Dorante- murmuró, y este se acercó presto-. Registrad los muelles a fondo, interroguen al mensajero, cuando volvamos, pongan a su excelencia a buen recaudo. Y cuando acaben aquí, devuelva a estos guardias de Sandoval a otros cometidos alejados de mí y tráigame otra guardia desde San Cristóbal.

Los guardias de Sandoval se miraron, confusos de ser depuestos del noble trabajo de proteger a su Rey. Dago simplemente negó con decepción. Pero Sandoval lo tenía claro. No podía discernir si Marina había visto todo eso con sus propios ojos, pero tampoco podía descartar que hubiera un topo. Y Alonso estaba siendo discretamente vigilado...


[...] Debéis comprender que no podía tragarme esta pantomima de viajar a La Pasiega a reencontrarme con su Excelencia, [...] pero dudo que Alonso me citase tan cerca de la capital sabiendo la situación en la que me encuentro. Sin olvidar, por supuesto, el hecho de que no le habría dado tiempo a huir de vuesro lado y llegar tan lejos en tan poco [...]

Cruzó una mirada febril con Alonso. Verdaderamente la mirada del barón era confusa, pero veía preocupación por Marina. No había visto en él una preocupación tan verdadera hasta ahora. Pero notaba que no sabía nada.

-Siento haberos hecho venir hasta aquí, excelencia. Dorante, vuestro plan...apesta.

Alonso simplemente inclinó la cabeza, aceptando la disculpa y Dorante dio un paso al frente herido. El capitán abrió la boca pero no dijo nada. Nadie tenía ni idea de qué iba todo esto. Ni a qué venían las margaritas azules. ¿Serían códigos entre ellos? Si así era, el Rey suponía que Alonso no podría contactar nunca con Marina...

Quizás su afinidad era demasiado fuerte como para tener al barón tan cerca. Era un arma de doble filo y no sabía si se había cortado con ella.

[...] En fin, dejo de abrumaros. Ya os habéis percatado de que sólo digo todo esto para probar que os vi no hace demasiado y para ahorraros la parte en la que dudáis de las lealtades de Alonso [...]

"Así que quiere confirmarme que fue ella la que me vio", pensó el Rey y miró a los guardias de Sandoval que iba a deponer de sus deberes. Pensó largamente en ellos. El Rey sospechaba de las simpatías de algunos guardias hacia a ella y la indiscutible afinidad del barón por la campesina. Podría ser que Marina les hubiera visto. ¿Pero desde tan lejos? ¿En Tormentos? ¿Se la jugaría a pasar con su navío tan cerca siendo la persona más buscada del país? No le parecía probable. Mejor prevenir...

-Está claro que estáis conmigo, Excelencia. Así que supongo que ayudareis a Dorante con su caza.

Alonso dudó un segundo. ¿Qué había mandado Marina al Rey?

-Por supuesto, Excelencia.

-Estarás al servicio de Dorante y le ayudarás en todo lo que te pida ofreciéndole información veraz. Si la encontráis y la convencéis de que debe colaborar con nosotros antes de que sea demasiado tarde os daré el beneplácito real para vuestra unión sin desigualdades.

Alonso casi se queda sin respiración.

-¿Aprobación...real?

-Nadie discutiría eso. Sería un honor.

Alonso debatió interiormente. Amaría a Marina hasta el final, pero no sabía aún si estaban hechos para el matrimonio. Bailaban como astros en el espacio y rara vez se tocaban. Pero cuando eso ocurría era maravilloso. Estaba relativamente feliz con esa situación...no sabía qué pensar...

-Sin embargo, si Dorante observa cualquier acto de traición, encontraremos un castigo pertinente y a otra persona que se quede con vuestros privilegios y deberes.

Alonso sabía de sobra que habría mil candidatos.

-Si vuestra lealtad está conmigo, no deberíais tener ningún problema- concluyó el Rey.

[...] Aun así os felicito. La idea no era mala, pero os recomiendo revisar esos detalles para la próxima vez [...]

"No os preocupéis, Marina. Estoy tomando nota de todo esto"

[...] Me da pena que perdamos el tiempo de esta forma. No sé si estaréis leyendo esta carta en el puerto de La Rioja o si os la habrán llevado hasta donde os encontréis mientras hacíais cosas más importantes que buscarme. De ser lo primero, tenemos un problema, que no es más que la prueba de que os llevan a donde quieren [...]

-Nos marchamos. Preparad el navío y cargad los suministros. Nos vamos de inmediato.


[...] Esta vez, por supuesto, me atribuiría el mérito de ello [...]

"Se agradece la sinceridad, pero no la temeraria gallardía. Está bien que te sientas orgullosa de ser una manipuladora más. Pero esto se acabará."

El Rey se enfadaba por momentos y la fiebre le hacía sudar. Sabía que debía controlarse. Pero la voz de Marina que narraba en sus pensamientos sonaba burlona y despectiva.

[...]Y mientras destruyen la Bucca, que tanto nos ha ayudado siempre, surgen de la nada los navíos de la Atabean Trading Company, los lyonenses continúan en nuestras tierras, Eisen es invadida por el Imperio de la Media Luna y caen del cielo rayos de sangre como si el mundo fuese a acabarse de un momento a otro....vos dedicáis parte de vuestro esfuerzo y tiempo a hacer planes para atraparme [...]

"Pues claro. Vos os habéis llevado la única cosa que puede hacer increíblemente indestructibles a lyonenses, eisenos, lunares o a la Trading Company y la llave de todo los misterios de Théah con el mayor traidor y sádico de Castilla. ¿Queréis que simule solucionar pequeños problemitas cuando la impotencia de que esto no servirá para nada porque nadie está la persona más incauta y temeraria con el destino del mundo?"


[...] Entiendo que estéis enfadado [...]

"No os imagináis cuánto"

[...] pero si realmente queréis ayudar, os pido que destinéis absolutamente todas vuestras fuerzas contra algo de lo que haya mencionado antes [...]

"Por supuesto, digámosle al Rey Niño lo que le conviene"

Dorante interrumpió la lectura del Rey.

-Majestad. El navío está listo. ¿A dónde vamos?

-A la Bucca.

-¿A la Bucca?- Dorante se desencajó. Iban al mayor agujero de corsarios y piratas de los mares del sur-. ¿Para hacer qué, Majestad?

-Eso dependerá de ellos.


[...] Yo volveré. Desconozco la situación y las condiciones, pero espero que sea cuando todo esto se haya acabado. Etonces asumiré lo que merezca [...]

"Si queda algo de nosotros. Esto podría ser el alzamiento de Castilla y tú, como siempre, te lo juegas a todo o nada. Como la vida de mi esposa"

-Ya lo creo que volverás.

El Rey subió al bote y dejó el puerto de la Rioja, pero antes cogió un ramillete de margaritas azules mirando a Alonso para descifrar su expresión. A un gesto, Dorante y el barón se marcharon para iniciar su misión, volviendo al mar de langostas de ceniza muerta.

[...] Sé que si nos encontramos antes solo será para que me impidáis continuar, y no puedo permitir que eso ocurra.

Así que no me queda más remedio que seguir huyendo.

De vos y de todo el mundo.[...]

El Rey Sandoval dobló delicadamente la carta y la guardó entre sus mantos, cerca de su corazón.

"No hay suficiente mundo para los dos, Marina.

Volverás.

Ya lo creo que volverás.

Y no me encontrarás esperando."

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El Buen Rey Sandoval, Alonso Lara de Santa Elena, Dorante de los Reyes y Dago en la fallida trampa del Rey para atrapar a Marina y Leandro por sus insubordinaciones contra la Corona de Castilla. Marzo de 1672. La Rioja, Ducado de Gallegos, Reino de Castilla.

lunes, 25 de diciembre de 2017

Descenso a los Infiernos

El Buen Rey Sandoval descendió a las entrañas más inferiores del Santísima Trinidad. Las campanas que anunciaban el incendio de la cubierta superior comenzaron a sonar lejanas. Las llamas fueron sustituidas por lenguas de frío, sudor agua salada. El que había sido el orgullo de la Armada de Castilla estaba plagado de hemorragias internas de donde manaba la mar salada. Las espléndidas botas de batalla del Rey chapotearon conteniendo el agua hasta por encima de sus rodillas, mientras que el peto de batalla le impedía respirar. 

Los marineros se apartaban a trabajar prestamente, mientras otros miraron sin ninguna discreción la figura ensangrentada del rey. Esperaban por Theus que fuera sangre de sus enemigos y no sangre real.

El rey miraba cómo los marineros se increpaban los unos a los otros, a veces con insultos llenos de urgencia La agobiante perspectiva de que no pudieran salvar el gran galeón de la armada les ponía bajo una gran presión. No era para menos:  la Batalla de los Tormentos había concluido y pasaría sin duda a los libros de historia, así que debían quedar lo mejor posible.


Al menos de momento, Lyon se había retirado, pero la Armada de Castilla había quedado tan diezmada que no podrían ni formar una guarnición local.


El resultado estaba en tablas. De momento.


Lo que aún estaba por decidir era cómo iba a quedar la figura del Rey de Castilla en la historia que se avecinaba.


-Majestad, será mejor que os lo traiga hasta aquí y que me esperéis- susurró servicial Dorante de los Reyes, el Capitán de la Guardia de Sandoval.



El Rey levantó su enguantada mano manchada de sangre. Dorante sabía lo que eso significaba.


-Como queráis. Seguidme pues.

Dorante y el Rey se abrieron camino a través del agua, madera, astillas y restos de navío. Avanzaban lento a causa de la inundación, pero no les quedaba mucho tiempo.


Llegaron hasta la puerta pesada, que tres guardias de Sandoval tuvieron que empujar debido a la presión de la inundación.


Entre las sombras chapoteaba desesperadamente con las piernas un hombre de capa negra y ropajes rojos. Sus brazos estaban encadenados fuertemente a una barra del techo y gemía dolorosamente por los esfuerzos de escapar.


-Su majestad el Buen Rey Sandoval- anunció Dorante al prisionero.


El rictus de Marcus se contrajo y sus ojos se clavaron en los recién llegados. El aire se le escapó de su pecho y las piernas se relajaron hasta el fondo de las frías aguas.


-Majestad...qué alegría que la batalla haya cesado y estéis aquí. Sin duda es una buena nueva que terminará con el anuncio de vuestra victoria en...

  
-Silencio- siseó el Rey.


Su labio inferior temblaba. Lo había hecho siempre durante mucho tiempo. Un gesto que Aldana siempre le había metido en mente corregir. El conde siempre le había advertido de que sus expresiones le delataban, sobre todo ante sus enemigos. Le pasaba siempre que no sabía obtener una decisión por sí solo y se encontraba perdido en el laberinto de las decisiones.
  



¿Cuál sería la decisión correcta?

 No.

¿Cuál sería la mejor para su país?



El Rey se mordió el labio inferior. No volvió a temblar, pero apretó hasta que sangró.



-Escucha villano. La batalla ha terminado, y de esta conversación dependerá el destino de vuestra miserable vida.



Marcus miró a Dorante, que abrió los ojos ante las palabras del Rey, y pensó que iba en serio. El hombre que estaba frente a él no parecía el niño del que les había hablado el Sumo Inquisidor antes de su suicidio.
  


-Como toda la Inquisición, pertenezco al Ministerio del Terror. Estoy a vuestra disposición.

-Vas a contarme todo lo que sepas de Lucius, Marina y Leandro. Y esta vez, no te vas a dejar nada.


Marcus suspiró gravemente. Eso le llevaría demasiado y el barco seguía hundiéndose.

  
-Majestad, pertenezco a la guardia personal de Lucius Varela, el anterior Sumo Inquisidor.
  

-Que cayó en desgracia por conspirar contra mi. No es un buen comienzo para vos.


-...sí. Lucius llevaba tiempo obsesionado con un asunto sobre un Éxodo hacia los mares del oeste que no nos quería revelar, ya que su paranoia persecutoria se hizo patente en el último mes de su vida. Sabía que había que dejar Théah en algún momento, sabía que se acercaban tiempos difíciles y que debía encontrar a los elegidos. Pero...dejó de confiar en nosotros.



-¿Por qué?



-Lucius Varela comenzó a coquetear con el conocimiento de artefactos syrneth y otros saberes prohibidos que ninguno de nosotros permitiría. Por eso les legó  el conocimiento a Marina y Leandro. Yo solo quería evitar que cayeran en sus manos. Os oculté el suicidio de Varela, pero la situación debía ser tratada por la Inquisición con sumo cuidado para protegernos a todos de esos conocimientos y artefactos peligrosos...

-A ver si lo he entendido. Dices que ocultaste a tu Reino información muy peligrosa sobre artefactos Syrneth que incumbían a Varela y que pueden ser clave de la destrucción o salvación en el mundo. Y resulta, que tu plan ha sido dárselo a Marina y a Leandro.


-Veréis, Majestad, solo ellos podían desvelar los secretos de Varela.


-O sea, que para evitar que cayeran en sus manos...se las entregasteis en mano precisamente a ellos.

  
-Majestad...



-Si de verdad queríais acabar con esos conocimientos, no les hubiérais dado la clave de la supremacía de Théah a una de mis espadas más temerarias e imprudentes y a uno de mis enemigos jurados más peligrosos. Simplemente, los habríais destruido.



Marcus miraba sus cadenas y apretó su expresión intentando encontrar un hilo entre el ovillo que acaba de formar con sus argumentos.


-No...


-Así que, parece ser, perteneces a esa facción de Varela que atentó contra mi cargo alejándome del trono y creando el caos en mi reino. Con lo cual, parece ser, que solo queréis obtener la información para sacar poder para la Inquisición. Habéis conspirado y habéis puesto en peligro a la corona de Castilla atrayendo enemigos visibles como Leandro e invisibles como el legado perdido de los Syrneth, naturales como esa Atabean Trading Company y antinaturales como ese Autómata. Habéis atraído de forma irresponsable el mal a los mares del sur ¿Tenéis argumentos para defenderos?


-Majestad...yo...no...Marina...no es tan peligrosa...no podía saber que las cosas se iban a poner tan peligrosas



-¡Habéis puesto el destino de las naciones en manos a Marina Oliván! ¡La mujer que con menos de 20 hombres robó el Santísima Trinidad y lo condujo a una batalla en nuestras costas! ¡La que oculta sus artefactos en las sombras! ¡La que es amiga de todos y de nadie!  ¡La temeraria que se jugó mi vida y la de mi esposa a un disparo! ¡La enmascarada cuyas lealtades se balancean entre los suyos y los bucaneros, piratas y maleantes! ¡La que se entregó voluntariamente a la Chateu du Soleil en las Revueltas de Charouse con tal de destruir al lobo desde dentro! ¡La guardiana de Leandro que ha acabado por ser la llave de su liberación!



-Sí, majestad...


-Le has dado una información que podría DESTRUIRNOS a todos, que podría cambiar la hegemonía de poderes de las potencias de Théah o incluso destruirnos a la persona más temeraria e incontrolable que conozco. ¡Nos jugamos a cara o cruz el destino de todos!

  
 -Pero ella...siempre ha sido vuestra espada, majestad. Aun en las sombras...la Inquisición bien lo puede confirmar.

  
-¿Es que no escuchas? No dudo de sus buenas intenciones. Dudo de sus métodos. De sus lealtades. De que cometa un error...es cosa de probabilidad de que algún día le saldrán mal las cosas. Y esta vez se está jugando el todo por el todo. Y si no está con Castilla en esto...es un peligro para ella.


 El Rey volvió a morder su labio. Estaba demasiado excitado.


 -Liberad a este hombre.



Marcus respiró aliviado y soltó una leve carcajada fatigada. Dorante le desencadenó apresuradamente, ya que el nivel del agua subía implacablemente.


 -Majestad, le honra esta decisión. Es cierto que...

  

-Llevad a este hombre a la prisión del Morro. Su previsión, cadena perpetua con vista a condena de muerte. Cómplice de conspiración con Lucius Varela, ocultación de información relevante para la seguridad de la Corona, contacto con Traidores de la Nación, introducción de esto en tierras de Castilla y conspiración.
  

-¿Qué? ¡Majestad! ¡Majestad...! ¡Yo! ¡Yo no tuve nada que ver con los movimientos de Varela! ¡Yo...! ¡Yo...!
  


-¿Sí?



Marcus tragó saliva dejándose apresar por Dorante.



-Yo no soy un traidor. Pero como Guardián de la Fe, mi misión es anteponer la obra de Dios. Yo sirvo a Theus.

   
El Rey masculló cerca de su rostro, salpicandole la sangre real de sus labios heridos en la cara.

   
-Pues entonces te llevaré con él, para que goce de tu lealtad, ya que parece que a tu rey no se la profesas.

  
Dorante arrastró por el agua a Marcus mientras gritaba dolorido.
  

-¡No! ¡No! ¡Vos sois el Buen Rey Sandoval! ¡No he hecho nada malo! ¡La información la tiene Marina Oliván! ¡Es vuestra amiga! ¡Le di la información a una amiga del Rey! ¡No tendríais nada que temer!







Dago, uno de los fajines escarlatas de la guardia personal del Rey, había permanecido fuera, después de haber ayudado a abrir la puerta al Rey. Observó como el rey salía con los puños apretados por la ira, pero en sus ojos leía el miedo de una alimaña acorralada.



-Que custodien a este hombre hasta la prisión de El Morro- le ordenó el Rey.




Dago asintió, pero se aventuró a preguntar:



-Majestad, ¿no es posible encontrarle un indulto? ¿No hay nada que pueda hacer?



El Rey le miró de forma helada. El vientre oscuro del Santísima Trinidad descendía cada vez más hacia el oscuro océano. El Rey pensaba a la velocidad que le permitía su estado. Cuando uno desciende a los infiernos solo existe el bien y el mal, pero las cenizas ciegan los ojos del atormentado. Bajo el cuchillo vería quién sangra blanco y quién negro. Ya estaba bien de ser el títere de todos.


-Solo hay una manera en la que puede salvarse. Solo hay una salvación para Castilla. Solo hay que empezar a actuar.



Y esta vez no habrá medias tintas.


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Febrero de 1672. El Buen Rey Sandoval tras la Batalla de los Tormentos y antes de declarar a Marina en búsqueda y captura como peligro para la Nación.

sábado, 22 de julio de 2017

Contra mis demonios

Hay pesadillas que se fortalecen con la luz del sol. Son esas a las que más debemos temer; las que siguen ahí cuando despertamos. Las que tienen nombre propio.

“Gerard, no imaginas lo fuerte que eres, que has sido”.

El Capitán Reis es tu pesadilla, sin duda. No importa si la has atacado desde lejos y evitando su mirada, eso no te hace más cobarde. Lo más duro es estar dispuesto a encontrarse con ella.

Lo más duro y lo más valiente.

Confieso que por un momento creí en que Gerard aceptaría marchar contra el Bandera Carmesí. Allí estaba su primo y teníamos que sacarle de ese lugar. Pero los muertos, los muertos de verdad, no vuelven. Y para Gerard, no había nadie a quien salvar.

Confieso también que me entristeció e incluso decepcionó. Pero no fui más que estúpida.

¿Quién querría revivir un pasado del que se huye y sentirlo de nuevo sobre la piel? Es imposible dar por ganada la causa cuando sabes que vas al infierno. A tu infierno.

Ahora no puedo hacer más que dar las gracias. Finalmente lo hizo.

No todos habrían podido.

Mi pesadilla no se llama Reis. Tampoco es un temido pirata sanguinario del que nadie puede escapar, ni porta una guadaña capaz de segar tu destino antes de que te hayas dado cuenta.

Mi pesadilla llevaba maquillaje, corona y largos mantos con bordados de oro. Y con el gran poder que recorre su sangre, llegó a ser el centro del mundo.

Ha pasado mucho tiempo, las cosas han cambiado y sé que nada volverá a ser como antes. Aquellos días no van a volver.

Ahora mi pesadilla no puede hacerme nada; ya no es más que un viejo decrépito… pero sigue quedando el miedo.

Su recuerdo me acribilla el alma.

A veces siento sus manos en mi espalda, su cuchillo en mis faldas o sus grilletes en mis pies. Siento la presión de agradar, de corresponder. Revivo la impotencia, las ganas de sacar la espada y las de poder decir “basta”.

Y solo quiero huir. Quiero huir de sus chantajes y de su descontrol.

Quiero huir de su recuerdo al filo de destruir mi voluntad.

Sí, por primera vez, mi voluntad se torció hasta casi romperse. Supongo que ahora es cuando acude la pregunta que en ocasiones me han hecho: “Pero Marina, ¿es voluntad o cabezonería?” Y admito que a veces no distingo la línea que las separa, pero sé que es lo único que tengo y que nunca me falla, ¿qué me queda si ella también se desvanece?

Y el Destino insiste, insiste e insiste. Se ha dado cuenta de que temo perderla. Casi lo consigue una vez y no piensa rendirse conmigo: está dispuesto a quebrarme por todas partes.

¡Pues escúchame, maldita sea, y dime qué quieres! ¿Qué es, que recuerde que hay cosas contra las que no puedo? ¿Demostrarme que no siempre voy a tener alternativa? ¿Que sepa que no soy invencible y que tengo debilidades? Eso ya lo sé. Pero también sé que estás desesperado. Estás cansado de que siempre huya de las cartas que pones sobre la mesa y de que invente una para agujerear tu asquerosa telaraña.

Eso sí, reconozco que cada vez te las ingenias mejor para tratar de quitarme del medio. Esta vez no iba a ser menos y has apuntado bien alto.

Se me acaba el tiempo. No hay forma de combatir el veneno que se expande dentro de mí. Me muero. Sin embargo, me das una esperanza y la depositas irónicamente en aquel que me atemoriza.

Tan sólo tengo una vía de escape.

Mi vida por la suya.




Demasiado fácil.

Venga, reconoce tú también tu parte, que te ha faltado señalarme el camino y llevarme de la mano. Lo siento, pero no soy tan estúpida. ¿Creías que iba a caer en eso? Sé que no destaco precisamente por mi ingenio, pero cualquiera sabría que mi mejor opción es aceptar ese intercambio. Es evidente que aprecio más mi vida que la suya.

Pero tú y yo sabemos que no es sólo eso lo que está en juego.

Volveré a barajar, a probar suerte. El tiempo corre, se precipita al vacío cada vez más rápido, pero exprimiré un poco más sus minutos. Mis músculos se bloquean, mi vista se nubla y multiplica. Me duele la vida porque va ganándome la muerte… Pero te demostraré que sí que tengo alternativa. Y de hecho, tengo dos.

Puedo torcer esa sonrisa tan fea que tienes o puedo torcerte la cara.

No, no será fácil. Tampoco trato de fingir que no me afecta, reconozco el miedo que tengo a paralizarme, a que se suicide el segundero dejándome a medias. No puedo acabar así. Ni de esta forma… ni por él.

Dije que quería huir del recuerdo y eso es precisamente lo que voy a hacer.
Huiré hacia delante una vez más.

“Gerard, tú me has demostrado que se puede, que las pesadillas también se enfrentan… aunque sea de lejos y evitando su mirada”.

Si es cabezonería o voluntad, no puedo estar segura.

Pero correré hacia mi propio Capitán Reis. Nos salvaré a los dos.

El Destino sabrá que aún tengo cartas que inventar.
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Pensamientos de Marina Oliván tras rescatar al Empereur en su aventura en la Cueva de la Desesperanza, refugio del Capitán Reis en Ávalon. Enero 1672. Ávalon.


Escrito por Sara/Aleera, mi jugadora de 7º Mar ^^

jueves, 22 de junio de 2017

La hora del dolor (III)

¡Disparo, disparo, disparo y disparo! ¡Já!

Chequeo y...como siempre, ningún agujerito en el torso. Como era de esperar, no me han dado.

Estos lyonenses no aprenderán nunca, ¿verdad?

Tengo ganas de gritarles quién demonios les enseña a disparar, pero bueno, veeeeenga, todo sea por la puesta en escena.

¿Por qué no? El teatro siempre es divertido. ¡Vive dios que la pólvora montaignense escuece los putos ojos!

Venga, salta a la reja de esa ventana. Aprovecha que el humo sube para camuflarte. Y...bien, ahí está. Madre mía, ¿todavía tengo agujetas?

Se acercan con miedo. Jajaja, madre mía, qué lentitud. El sargento habla en perfecto montaignense

-Buscad el cuerpo e informad a Florian...venga, id a buscarlo. Voy a informar a Florian de que el espía ha muerto.

-Sargento- al cabo le tiembla la voz, casi me da pena-, mejor será que se quede nosotros para confirmarlo...ya sabe lo que dicen...

El sargento le guantea la cara al cabo. A ver si ahora se van a pelear entre ellos y me quitan la diversión.

-Está muerto ¿vale? ¡Muerto! - el sargento tiene miedo- No ha podido sobrevivir a esa salva de disparos- muuucho miedo-. No voy a quedarme aquí por vuestras supersticiones-está a punto de orinarse en los calzones-. Y ahora...si me disculpáis...

-Sargento, no es simple superstición. Cualquier guarnición de la Reina del Mar sabe que ese que llaman Mala Hierba...- mi nombre se le atraganta como pasto rancio- Mala Hierba...

Bah, qué diablos. Me lo están dejando en bandeja. Cojo aire y preparo voz de barítono. Por Theus que la pólvora montaignense apesta.

-Nunca muere.

Mi voz ha atravesado el aire a través del humo y puedo sentir cómo todos cortan su respiración. Ha quedado genial, como siempre.

Mis bombas de humo caen desde el cielo cortando la visión de cualquier salida. Los soldados comienzan a gritar, que si recargad, que si no da tiempo, que si mejor calad las bayonetas, que si mejor usad las espadas...en fin, el típico tiempo que pierden para que yo les pueda inutilizar.

¡Salto!

Arrebato sobre el primero, adiós hombro. Medio tajo para el segundo, adiós pantalones, adiós dignidad lyonense. Ese está recargando, pues mandoble en la muñeca, suelta ese fusil. El sargento saca una pistola, así que le mando un cuchillo desde cinco metros. Su cara se deforma de dolor, creo que ha captado el mensaje.

-Sargento, ¿no le han dicho que las armas son peligrosas? Podía haberse hecho daño.

El sargento me mira, sudoroso. Su mostacho tiembla de miedo. Se cree que lo voy a matar.

-¡Maldito hijo de...!

Mi puño en su cara. Como un rayo. ¿Por qué se tienen que meter con mis padres?

Me santiguo.

Qué vida. Mi corazón ni siquiera se ha acelerado un poco. Nada. Nada. Creo que me estoy haciendo viejo, o me estoy estancando. La emoción se me va por los poros.

El humo se dispersa. Veo la fachada del palacio y los ventanales de la cúpula abiertos para mi a docenas de metros. Trepo hasta allí y me cuelo en el palacio.

A lo mejor Florian me da la emoción que necesito.

Está en el salón, con sus espejitos. Bien, pónmelo difícil. Si consigo encontrar pruebas irrefutables de que la invasión de Lyon en Fendes fue solo culpa de Florian sin que me detecten, cinco puntos. Si me detectan, dos puntos. Si no lo consigo...

Qué tontería, eso no pasará.

Voy saltando las vigas de la cúpula como un gato negro mientras Floria habla con alguien como una cotorra. Me dejo caer por unas enormes cortinas hacia abajo como una araña. Ningún ruido sale de mi boca, apenas respiro. Mis pulmones están llenos y voy dosificando la expulsión del aire hacia fuera. El sigilo es importante. Me giro sobre mi mismo y me enrollo en la tela pesada de la cortina, quedando oculto tras ella. El suelo me recibe y vuelvo a tomar aire. Ahora escucha...y no respires. Demasiado cerca.

-No. No quiero que os arriesguéis demasiado. Creo que a Leandro le queda poco de su potencial. No, no le enviéis nada a ese pedazo de roca. Si lo tienen aprisionado habrá inquisidores con él y no me voy a arriesgar a mandar ningún espejo para un hombre que ha perdido todo su potencial. Con Fianna entre rejas y Villanova muerto Leandro ya  no me sirve de nada, solo es un estorbo. Rosalva sí que me sigue interesando, tenía potencial...mucho más potencial que Leandro. Lástima que Marina hundiera su barco y la hayan encerrado en dios sabe dónde.

Pues nada, tacho al tal Leandro como posible enemigo, parece ser que a Florian no le interesa ya. Subrayo Rosalva en letras grandes y Villanova sigue tachado. Y bueno, de lo de Marina mejor me callo. Menuda putada, desterrada a Montaigne después de sacrificarse por nosotros.

Un segundo personaje habla.

-A propósito de vuestra enemiga, Marina Oliván, monsieur.

-¡Por todas las cosas! ¿Qué ha hecho ahora? No irás a decirme que está en la Reina del Mar.

-No, monsieur. Son buenas noticias...

¿Buenas? ¿Si son buenas para Florian, son malas para Marina?


-Parece ser que el navío donde ella era trasladada a su destierro a naufragado, posiblemente por nuestra artillería, pero no está confirmado.

-¿Naufragado? ¿Y bien?

-Monsieur. Me alegra anunciarle que Marina Oliván ha muerto.


Pum. De pronto todas las balas que esquivé en el callejón me atraviesan. El dolor del fusilamiento hace que me falte el aire y necesite respirar dolorosamente.

Mi contención se ha perdido.

¿Que Marina Oliván ha muerto?

-¿Qué ha sido eso?

-Parece que hay alguien escondido tras la cortina.

-¡Guardias! ¡Guardias!

Me han pillado. Salgo de la cortina e intento trepar para escapar de allí. Las fuerzas me fallan. Los dedos no me sirven. ¿Cómo que ha muerto? ¿Por lyonenses? Parece poco probable que ataquen a un buque castellano estando en guerra con Montaigne.

Varela, esto es cosa tuya.

El cuerpo  me falla igual que me está fallando mi país. Como la Inquisición tenga algo que ver con todo esto...

Un montón de dudas me asaltan. Parece improbable que un naufragio la mate. Es una muerte perra, sin sentido, carente de honor. De pronto nada tiene sentido. ¿Uno puede morirse en cualquier momento? ¿Sin más? De la manera más injusta y sin poder defenderse.

La muerte de pronto se me torna cercana. Burlona. Al final, ella siempre gana pero a todos deberían dejarnos al menos decidir cómo perder.

Sigo trepando pero no avanzo tan rápido como quisiera.

-¡Fuego!

Un tiro me da en el costado. Los guardias están abriendo fuego. Desde arriba mosqueteros rasgan la cortina.

Por Theus...

De pronto esto ya no es divertido.

Caigo de dolor. La caía destroza las losas y mi hombro. Veo las botas de Florian acercarse desde el suelo.

-Vaya, vaya, vaya. El famoso espía de negro.

Va con un estilete. Puede matarme fácilmente, pero solo puedo pensar en Marina y en el vacío de esa muerte.

¿Pero ha muerto realmente?

Intento escuchar mi corazón...está latiendo. Siempre había deseado notarlo latir.

Pero ahora va a toda velocidad, bombeando miedo, inseguridad. Va tan rápido que tartamudea. No puedo escucharlo.

Tanto tiempo deseando emociones y ahora las tengo. Si esto es emoción ya no lo deseo.


Lo único que ahora me queda de ella es esa cicatriz de Florian en el labio...


Florian se acerca a mi. Se está mirando en el reflejo del cuchillo vanidoso.

-Voy a empezar a pensar que todo se está poniendo de mi parte. Leandro ya no me sirve, Marina muere y ahora me entregan en bandeja al hombre de negro...

De ti solo me queda esa cicatriz...


Un regalo tuyo, Marina.


Tu no lo sabes, pero me estás salvando la vida.


En el último segundo lanzo mi puño hacia su cicatriz.

Florian se da cuenta de que voy hacia la brecha de su labio. Ya no sonríe, reaviva todos sus miedos al ver que me aproximo hacia la peor herida que han podido hacerle.

El arañazo en su perfecto plan.

Florian se aleja estilete en mano, ya no se siente seguro de sí mismo.

-¡Guardias! ¡Matadlo vosotros!

Esos segundos de incertidumbre me dejan saltar por la ventana, acribillado a disparos.

Caigo.

Caigo.

Ahora solo puedo caer.

¿Pero hasta cuando?

Los mosqueteros me atraviesan un hombro y me rajo con los cristales. Doce metros más abajo mi pierna se hace añicos contra una barandilla y caigo al río.

Floto. Envuelto en agua y sangre.

Esos cabrones me siguen disparando, pero la corriente me lleva.


Por un segundo pienso en dejarme llevar por la corriente. Dejarme desmayar y asfixiar en la inconsciencia se me antoja terriblemente fácil.


Por el amor de Theus...


Va a ser muy difícil fingir esta muerte.




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Rodrigo Salvador, al enterarse de la muerte de Marina Oliván. Junio de 1671, la Reina del Mar, Ducado de Zepeda, Reino de Castilla.

domingo, 21 de mayo de 2017

El trono de la vanidad

Florian Rousseau du Toille caminaba con dignidad fingida por el pasillo marmóleo. El paso en punta y la cabeza altiva no era suficiente para ocultar que se sentía vulnerable. Su regia mano sobre el bastón tenía la perfecta tensión y rigidez a la par que suavidad, pero no dejaba de llorar una sangre oscura que consumía todo lo que para él era hermoso.
El jubón de satén azul regio de bordes dorados había sido destruido desde la cadera hasta el hombro por el rabioso sable de su antiguo aliado: Leandro Vázquez de Gallegos.

Pero lo que más dañado había salido de todo ese asunto era su mente. La confusión de la presencia de Marina y Leandro le turbaba.

A su alrededor el palacio del Gobernador de Barcino también era puro caos. Criados y asistentes atendían a la nobleza terrateniente y la guardia lyonense se preparaba para proteger a los suyos en espera de un nuevo posible ataque. Los mosquetes se preparaban y los alabarderos corrían en todas direcciones llevando a sus aposentos a todos los residentes del palacio por si hubiera otro ataque a los dirigentes de la nueva Nación.

Una figura de aspecto mercenario, ropas pardas y sombrero de ala ancha, se unió al séquito de Florian y cruzó sus ojos azules con el prefecto. Introdujo sus manos enguantadas dentro de su enorme capa marrón, donde quitó el seguro a presumibles armas de fuego, pero Florian negó con la cabeza.

-No habrá próximo ataque. Sin embargo, trae el espejo.

-Oui, monsieur- respondió escuetamente la mercenaria bajo el ala de su sombrero.

Florian entró en una sala octogonal llena de espejos que miraban todos al centro de la sala. Estaban todos formados para formar un laberinto en el que se multiplicaban las figuras y las imágenes hasta el infinito. De esa manera, el laberinto era mucho más caótico y aturdiría la percepción de cualquiera que quisiera acceder hasta sus aposentos.

Cualquiera que no fuera Florian.

Sin embargo el prefecto no recorrió su propio laberinto, sino que se introdujo directamente en el reflejo de uno de ellos...y salió por el reflejo de otro espejo ya al otro lado. El resto de criados y senescales no lo siguió y huyeron de la sala con un respeto que rozaba el miedo. Cerraron la puerta educadamente, por supuesto.

La mercenaria llegó hasta el centro del laberinto a pie, donde ya Florian la esperaba sentado en un butacón de terciopelo a juego con la ropa que llevaría ese día. El sombrero de ala ancha voló dejando ver un cráneo brillante y rapado, mientras sacaba de su bolsa una aguja, hilo, e instrumentos de cirujano.

Florian conservaba la etiqueta sobre la butaca, espalda bien pegada al respaldo, piernas en paralelo...pero su pecho seguía brotando sangre. Ambos se miraron y éste último asintió. La aguja atravesó el pecho y las manos de Florian se volvieron blancas de dolor. El labio tembló y sintió deseo de mordérselo, pero no quería arriesgarse a dejar una marca nueva. Así pues, decidió lanzar su otra mano se lanzó a la pechera de su cirujana. Ésta fue más rápida y la interceptó con su brazo enguantado y enfrentaron sus fuerzas. Se sostuvieron la mirada durante el forcejeo durante segundos. Los labios de Florian temblaba, hasta que al final cayó en lo que no deseaba: mordió el labio con ansia, donde pronto comenzó a brotar una sangre brillante. Tardó un rato en relajar la mordida, para poder mandar.

-Olvídate de la herida. Trae el espejo.

La mercenaria salió del centro del laberinto y se perdió.

-¿Dónde se ha visto cosa igual? Louis, ¿a qué estás jugando? ¿Por qué me mandas a tus perros? ¿O es que tú eres el perro de Marina Oliván...

"¿Marina?

¿Qué sentido tiene tu presencia aquí? Cierto que no es Espada de Castilla, pero su presencia con Leandro...¿Y mandada por Louis?

Luois ¿Me mandas a una guerrillera castellana que ha sido tu enemiga desde que esta guerra comenzó? Y lo más extraño, ¿De la mano de Leandro?

Leandro...tu querías matar al general igual que yo. Tú querías encargarte de Marina cuando iniciamos nuestro plan original con Villanova. No entiendo nada. ¿Por qué los enemigos de Marina aparentemente se alían con ella? ¿Por qué Louis?

Marina...¿has tenido el coraje de decirle a tu peor enemigo que mataste a su querida madre y has conseguido que él no solo quiera matarte, sino que venís juntos?

Hay cosas que ni siquiera el poder de los espejos me pueden hacer comprender. ¿Qué clase de broma es esta? ¿Quién es esta bruja que consigue lo imposible? ¿Qué cambió?

Sin duda Marina podría tener razones para ir contra Lyon o puede que tenga razones ahora para ir contra Castilla, no puedo verlo. Pero Leandro....sabe que he sido yo el que ha llevado a su madre a su destino final. No se explica de otra manera su ataque. Marina lo sabe seguro, y se lo ha contado a Leandro. Todo esto es ya un misterio que no cabe en mi cabeza, pero hay cosas peores como... ¿Luois? ¿Qué pinta Louis en todo esto?

Marina...¿tienes idea de a qué estás jugando?"

La mercenaria había colocado un espejo oculto por una lona y se había acercado a él con una bandeja de plata.

-Le he traído de paso su cataplasma, monsieur. Esta vez le han puesto extracto de limón, creen que con esto conseguirán de alguna manera hacer desaparecer la marca...

Florian lanzó su brazo, tirando los frascos de ungüentos por todas partes.

-¡Mentirosos! ¡Charlatanes! Eso es lo que son- Florian se observó la cicatriz del labio en la bandeja de plata- Es imposible borrar esta marca, ya lo sé. Imposible de corregir. Imposible de ocultar.

Florian se tomó un largo rato para recuperar algo de autoestima. Pero ahora mismo los espejos no eran sus amigos...Necesitaba otra cosa.

-Necesito actuar ya, necesito saber cómo van los planes...




Un ataque de tos accedió por su pecho. Levantó con dignidad la mano y la mercenaria tiró la lona abajo, revelando un espejo sencillo y cuadrado.

-Muéstrame.

El espejo reveló una mesa de caoba negra, arañada por todos sus frentes. En primer plano una calavera de la que brotaba de su cráneo un cirio rojo, unos papeles con buena caligrafía y la enorme mano de un hombre de casaca roja, que jugaba a tamborilear la mesa de forma paciente con sus cinco dedos anillados de rubíes y zafiros. Su rostro se encontraba fuera del plano.
Sus uñas estaban sucias de sangre seca y dejaron de tamborilear de pronto como si hubiera percibido que le observaban. Todo lo que hizo fue señalar lentamente con los dedos de su otra mano el rubí que poseía su anular.

Florian respiró hondo tras ver la señal, pero se derrumbó el dolor al sentir que se le abría el pecho. Volvió a recuperar la postura mientras observaba su sonrisa multiplicada hasta el infinito por la docena de espejos que apuntaban hacia él y se reflejaban los unos a otros su belleza.

-Excelente. Lo tenemos...

Sin haberlo escuchado, el hombre de al otro lado del espejo alargó su manaza hasta el espejo y lo tumbó delicadamente dando por concluido su mensaje y dando a entender que el hechicero no tenía nada más que ver.

El reflejo se tornó negro por un segundo y luego reflejó la realidad: a un Florian entronado sobre su vanidad pero descosido por sus recién llegados enemigos.

La mercenaria se acercó paciente con la aguja y los instrumentos de cirugía. Florian miró con desagrado la cicatriz de su labio y el corte del pecho.

Sus manos apretaron el trono hasta tornarse blancas. Los brazos se tensaron bajo el ceñido jubón de satén y los hombros le subían y bajaban junto con un oleaje de miedo y rabia.

-Yo no le quiero engañar, monsieur. No creo que consigamos eliminar del todo la cicatriz de su labio. Quizás deba enfrentarse a ello de otra manera- dijo la mercenaria dejando sus armas en una mesa aparte para centrarse a sanar al prefecto.

-¿Y ha de dejar esta cicatriz también una marca en mi espíritu?

-¿Monsieur?

-Esta vez no podrán detener lo que viene. No podrán detenerme.

La mano de la mercenaria fue directa a continuar su trabajo, ya que se había quedado la aguja colgando de la blanca piel del prefecto. La mano de Florian la detuvo.

-Dejadme inconsciente. El gritar es una cosa demasiado vulgar y no quiero darle esa imagen a nadie. Sin embargo, os advierto: ni se os ocurra dejarme una marca nueva.

-Así lo haré.

-La única manera de borrar el peso de una cicatriz es destruir la mano que la originó. Así sea pues.

Y tras esto su visión se tornó negra, pero su voluntad se tornó clara y brillante.

Como la superficie de un espejo que reflejaría su hermosa imagen hasta el infinito.

Y Marina Oliván no tendría más remedio que admirarla desde el fango.

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Florian Rousseau du Toille- prefecto montaignense de la Reina del Mar- tras sobrevivir al ataque de Leandro Vázquez de Gallegos por venganza de la muerte de su madre y tras la sospechosa aparición de Marina Oliván con las credenciales del ejército del General Louis Dupont. Palacio del Gobernador de Barcino. Ducado de Torres. Estado de Lyon (Castilla ocupada). 

Cadenas por corona

Los grilletes se cerraron sobre las muñecas de Leandro Vázquez de Gallegos. El Alguacil cerró las esposas duramente y apretando con malicia,...