viernes, 30 de marzo de 2012

Una flor que crece entre tormentas

Se despertó de manera violenta y sobresaltada. Fue un reflejo de dolor que le costó un buen golpe en la cabeza contra la fría piedra negra. El eco del golpe y el aullido de dolor resonó por la sala, donde supuestamente había otras ocho celdas más que encerraban a los prisioneros más impredecibles, nada más y nada menos que siete piratas muy peligrosos y sobre todo, locos. Siete piratas y con él eran ocho. Pero él no era un pirata.

Se giró de forma pausada, intentando respirar por los agujeros del saco que le cubría la cabeza. Odiaba no poder ver, odiaba que el aire no pudiera tocar su rostro. Y aún así, se imaginaba de una forma muy nítida el Castillo Negro, una prisión perfectamente construida para albergar originariamente a un prisionero: él. Pero él no era peligroso, solo su rostro lo era. Un rostro que alguien que quería que el mundo no viera nunca más, pero no lo suficiente como para no matarle. La única explicación que le encontraba el prisionero sin rostro era que el traidor sabía lo que hacía, o que era tan fanáticamente devoto que no se atrevía a manchar sus manos de sangre...real. Todo debía ser un asqueroso plan de la Inquisición para hacerse con el poder. Se habían librado de él de forma muy astuta, pero entonces...¿qué habría sido de su hermano?
Esa duda, la incerteza de saber si su hermano pequeño se encontraba bien, le asfixiaba más que el saco de tela que le cubría la cabeza. Su rostro era un peligro para ellos...

Escuchó el conocido silbido de uno de los prisioneros y un grito de pura excitación.

-¡Jaca! ¡Déjame que te coma toah que me tenéis bien flaco en este cuchitril!

-¡Callate, nº V!- gritó un guardia tras un golpe en los barrotes.

Conocía a los otros 7 prisioneros de oídas, pero estaba seguro de que aquél era el Capitán Barceló, ex-almirante de la armada de Castilla, castigado por sedición, traición a la corona, deserción, desacato y piratería. Le había conocido hace muchos años, cuando ambos eran hombres respetables. Buenos tiempos...y cómo habían cambiado las cosas.

De pronto se escuchó el inconfundible sonido de unas llaves y de una puerta mal engrasada. El prisionero se incorporó junto a la pared de la prisión y esperó. La profunda voz del carcelero le llegó de sopetón.

-Número I, hora de asearse- dijo la voz curtida, haciendo referencia a la marca a fuego que le habían hecho en el cuello, como si de un animal se tratara.

La puerta volvió a cerrarse y escuchó como alguien muy silencioso dejaba algo como un cubo metálico en el suelo. Supuso que la misma esclava de la otra vez. Los agentes de la prisión ahorraban dinero de personal y criados usando a los prisioneros no peligrosos. Los más afortunados trabajaban los campos de azúcar en trabajos forzados en la isla prisión. La mujer le aflojó un poco el correaje del saco y le puso el plato de comida delante, que devoró el prisionero con ansia por debajo del saco, sin intentar quitárselo...ya sabía cual era la pena por hacerlo. Mientras comía, el prisionero olió a rosas, era la misma esclava de la otra vez. Escuchó como las iba colgando en la decoración que tenía supuestamente su celda. Era una imagen extraña para los guardias, el ver una prisión llena de flores rojas. El aspiró su frescura.

-Rosas...

Entonces supo que era ella otra vez, pero no dijo nada. Ella se acercó y dejó que el prisionero acabara con la comida.

-Con permiso, señor- dijo una mujer al otro lado de la capucha con voz temblorosa, dejando a un lado los platos.

Él no dijo nada y se dejó desvestir, excepto el saco que le cubría el rostro. Escuchó atentamente como estrujaba una esponja y olió el jabón barato. Aquella variación perceptible para sus sentidos era casi un regalo. La mujer comenzó lavando tímidamente sus brazos que, aunque aún jóvenes, en otro tiempo atrás habían sido atléticos y fuertes.

-¿Por qué...?- comenzó a decir él.

-Shh... sabéis que no podéis hablar conmigo- dijo ella mientras continuaba con su labor.

El calló, pero ella volvió a hablar. Odiaba eso, la mujer llegaba, le daba de comer, le bañaba, le traía flores a su celda...y él no podía ni dar las gracias. Si un guardia le escuchara...solo dios sabría que le haría a aquella pobre mujer.

- Debe ser horrible que, aparte de estar prisionero por una razón que desconocéis, no podáis ver, ni hablar, ni charlar simplemente... ¿Puedo llamaros Allende? No me gustaría llamaros por un número.

Él no dijo nada. Escuchó, como otras veces. El tocó una de las rosas que había traído. Estaba fresca, recién cortada. Apenas podía oler tras la peste del saco, pero aquél atisbo aroma era un regalo del cielo. Él tomó una de las rosas y la arropó entre sus venosas manos con ternura.

-Por mucho que le doy vueltas, por mucho que lo pienso, no parecéis como los demás. No sois como los otros- llevó la esponja al cubo y lo escurrió, cogiendo agua con jabón-. A veces pienso con ironía que sois como una de esas rosas que cuido: no podéis hablar, no podéis ver, no podéis moveros, no se os permite mostrar un sentimiento, y dependéis totalmente de alguien, alguien que os cuida, que os habla mientras os baña...¿habíais oído alguna vez que las flores crecen mejor si las hablan mientras las riegan?- hubo un breve silencio, hasta que la mujer salió de su ensimismamiento- Esa manera de verlo me hace pensar felizmente que un día, cuando salgáis de vuestra semilla y podáis así florecer en todo vuestro esplendor, de forma libre y fuerte, pueda sentirme orgullosa de que esa flor libre y llena de espinas ha florecido gracias a mi... que aguantó mil tempestades gracias a mis cuidados. Me gustaría creerlo, pues algo me dice que no deberíais estar aquí, que no sois como el resto. Llamadme loca, pero no parecéis un maleante corriente. Estáis marcado como el más peligroso y no le encuentro el sentido. No puedo miraros a los ojos pero siento que sois inocente. Veo en vos el porte de... un rey.

Él agachó la cabeza sin rostro, pero no dijo nada, dejó que ella hablara, como siempre. Ella suspiró, pensando que sus palabras le traían amargura. Cambió de tema.

-Sé que ya os lo dije, pero mi hija está aprendiendo a leer por su cuenta...es una chica muy lista. Aunque se queja de que solo puede leer los días de luna llena, se conforma con lo que tiene. Los carceleros no les permiten tener velas en las chozas de los prisioneros. Apenas puedo verla...pero menos es nada. Está a punto de cumplir los 15, ¿sabéis? Está deseando salir de aquí y ser un juglar como su padre. No es la vida que me esperaba para alguno de mis hijos...pero seguro que es mejor que lo que hay aquí. Se le iluminan los ojillos cada vez que escucha algo parecido a música. Es una chica muy despierta...quizás demasiado.

La mujer se avergonzó de contar siempre lo mismo a aquella persona, que seguramente soportaba las tonterías de su hija día sí y día no a la fuerza. Decidió callarse y vestir al prisionero, que ayudó todo lo que pudo en facilitar la tarea. Ella salió avergonzada

- Siento haberos molestado, no debía... aburriros con mis tonterías de vieja, lo lamento, ultimamente solo hablo de mi hija y...

Una punzada de dolor machacó a Allende y supo de pronto que sentía verdadero cariño por esa mujer y su hija, a las que no había visto jamás. De pronto la voz de Allende salió de la profundidad del paño que cubría su cara. Habló de forma templada, serena, confiada...segura, casi profética:

- Sé que no la conozco mucho pero, con todo lo que sé puedo decir con certeza que vuestra hija será una gran mujer- susurró el encapuchado con un tinte de emoción-. No la conozco y ya siento un profundo cariño por ella. Estoy seguro de que os sentiréis orgullosa de ella. No os preocupéis, Valia florecerá bien... os lo prometo.
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Isla del Diablo, fortaleza-prisión de Castilla. Una semana antes de la fundación de la Hermandad de los Piratas.

jueves, 15 de marzo de 2012

Héroes y Villanos (III)

Vamos con otra serie de tres héroes o villanos. En esta ocasión otros tres villanos por petición expresa de la jugadora, que demandaba un pequeño resumen sobre un pnj concreto. En fin, aquí va el resumen con los datos y rumores que más o menos conoce el mundo y Marina Oliván:


Christiano Ulberti llega al mundo como primogénito de los Ulberti, familia protegida por los Villanova. Los Ulberti han apostado fuerte desde hace mucho tiempo por servir a la familia del Príncipe Mercader Giovanni Villanova y éste recompensa bien a los que le sirven.
Aunque mayormente el patriarca de los Ulberti le sirve a los Villanova como banqueros en auge, se puede decir que tienen ambición por cuenta propia, ya que Numerius Ulberti ha conseguido colocar a sus hijos en posiciones elevadas, tanto en el trono Papal como títulos nobiliarios a considerar.
Como ya había dicho, Christiano Ulberti nace como primogénito de los Ulberti, siendo el primero de tres hermanos (hermanastros). Su madre se dice que falleció durante el parto y fue educado por un padre que entrena a sus hijos para ser piezas que lleven a la gloria su nombre. Tuvo una rica educación, pero le faltó algo imprescindible en la vida de toda persona, el amor de una madre. Numerius Ulberti consideraba una ventaja la ausencia de una madre porque eso solo ablandaría a sus hijos. Él necesitaba endurecerlos para sus grandes ambiciones.
A sus 13 años su padre ya le obligó a entrar en un monasterio como monaguillo y a los 16 lo metió en el seminario monástico. Christiano resultó ser un alumno infame, inquieto y distraído para los sacerdotes, convirtiéndose en una leyenda negra para la paz del monasterio. No prestaba atención y se escapaba continuamente del monasterio, donde le encontraban siempre en el jardín donde veía a las muchachas del convento vecino recibir lecciones de catequesis. Algo muy curioso que destacaba sus maestros sobre Christiano era que mostraba una inmensa e inocente curiosidad hacia las niñas. Una vez incluso fue castigado a cilicio porque encontraron un retrato a carboncillo de una muchacha joven que sonreía de una forma misteriosamente inocente. Los sacerdotes lo interpretaron como lascivia, pero lo cierto es que aquel dibujo era inocente.

A pesar de no salir nada bien del seminario, consiguió el hábito de sacerdocio. No lo deseaba, pero era mejor que acabar en el negocio banquero de los Villanova, así que se esforzó lo mínimo para seguir adelante. A sus 19 años comprendió que su padre apostaba fuerte por él, descubrió que movía influencias y compraba amistades que le acabaron colocando como Obispo. Con otro pequeño empujón su padre convenció a Giovanni Villanova que podría llegar incluso al Papado con sus influencias, así que el Príncipe Mercader movió hilos para conseguir que acabara entrando (con mucho esfuerzo) en el colegio cardenalicio. Giovanni había visto cómo se movía Ulberti, era ambicioso y tenía talento, acababa de colocar a su hija Paola como Conttesa di Veronia, así que apostó fuerte por el primogénito de los Ulberti. Christiano, a sus 24 años ya era cardenal.

Pero Christiano no llevaba una vida ejemplar de sacerdocio. Seguía teniendo una fija obsesión por las mujeres, y no en el mal sentido. Las observaba de lejos, las cuidaba y las trataba como si fueran algo...divino. Su padre creyó que la ausencia de una madre endurecería a sus vástagos, pero con Christiano resultó formar una fascinación por lo femenino que extrañaba y asustaba. Llegó una época en la que no era difícil encontrar a mujeres en su alcoba, tratadas a cuerpo de reina. Se acostaba con ellas, pero las amaba a todas por igual...y lo más importante, él recibía el calor de una mujer. Pero sus vicios acabó por tirarle en una espiral que le hizo sentirse amorosamente vacío...ninguna mujer captaba su atención demasiado tiempo. Eso le hacía sentirse hueco y desesperado. Ninguna mujer conseguía encandilarle del todo, ninguna ha conseguido hacer que se sintiera vivo. Sin embargo, no desaprovecha una ocasión para sentirse "amado". Sería fácil verle con una mujer de vida "alegre", pero nunca le verías alzando su mano contra una.

Finalmente su padre consiguió colocarle como Papa. En parte gracias a las influencias de su hermanastra, la Conttesa Paola Ulberti; de los Villanova y sus sobornos, y de la frustración de los movimientos de los rivales de los Ulberti por Marina Oliván (aunque ella realmente buscaba que Ricardo de Barcino no saliera Papa, colaboró con los Ulberti por pura coincidencia)

Ahora su nombre es Alexandros III a la sorprendente edad de 26 años, alarmante para un puesto que es para toda la vida. Por ello, todos los que no fueron sobornados por los Ulberti, son enemigos del Papa, lo que incluye a la mitad del colegio cardenalicio, que no piensan esperar décadas a que fallezca por causas naturales.


(luego amplío con Paola y Constanzio, que están en el borrador sin acabar)

jueves, 1 de marzo de 2012

Pactos...

La gran masa de peregrinos vaticanos acudidos a Ciudad Vaticana era un sinónimo de alegría y buena nueva. Por fin, después de tantos años de anarquía religiosa, los devotos tenían un nuevo Papa. Ricos, pobres, locales y de otras naciones, celebraban con entusiasmo que por fin alguien se sentara en el trono de los Profetas. Sí, había sido una sorpresa, todos esperaban que saliera un castellano, como es lo corriente desde que el Vaticano fue trasladada de sede desde Vodacce a Castilla y, sin embargo, no fue elegido Ricardo de Barcino... sino el preferiti vodacciano.

Y no era raro por su nacionalidad...sino por su juventud.


Christiano Ulberti, hijo predilecto de los Ulberti, familia protegida por los Villanova, salió al balcón de la plaza de San Jorge ataviado con las vestiduras de pureza de Papa.

-¡Su Santidad el Papa, Alexandros III!

El joven sonrió y avanzó divertido por la irónica situación escoltado por el resto de miembros del colegio cardenalicio. El populacho enloqueció cuando la figura del nuevo papa fue bañada por la luz del sol en el palco de la Basílica. Los aplausos se apagaron y los devotos se arrodillaron. A Christiano se le apagó la felicidad, los feligreses esperaban su misa.

¡Qué aburrido!

Pero no todo podían ser ventajas, así que, alzando la joven voz sobre las cabezas de los fieles, comenzó a orar en latín de memoria, que no de corazón. Los rostros de los cardenales mostraba seriedad, vejez, y un sentimiento extraño de frustración... el cargo papal era vitalicio y ese muchacho que probablemente había comprado su puesto parecía tener mucha vida. A la derecha del papa el ala de los cardenales castellanos más conservadores hablaban en susurros, mirando al frente dando muestra de habilidad con la discreción...parecía que oraban, pero estaban manteniendo una conversación.

-Ricardo de Barcino- comenzó diciendo el Jefe de la Inquisición Esteban Verdugo con su peculiar y oscura voz que sacaba en los interrogatorios-, has vuelto a fallarme a mi y al Gran Plan.

El viejo cardenal de la región de Barcino se movió incómodo, moviendo el peso de una pierna a otra, como si no supiera cómo afrontar aquella amenaza.

-No...no, señor. No quería que nuestros planes salieran mal...

-¿Nuestros? Tú solo eres un instrumento de nuestra causa. Solo eres un carroñero que se dirige hacia donde sopla el viento. Al fin y al cabo, no eres más que un débil y despreciable humano más. Te advertimos sobre esto, si no puedes cumplir con tu promesa, no puedes esperar que haya sitio para ti en nuestro nuevo...futuro.

-No...no...lo siento, no ha sido culpa mía. D´Argeneau debía haber muerto...fue culpa de la asesina.

-Y además, le echa las culpas de tus errores a los demás...patético. Lo siento, pero te ofrecimos nuestro poder a cambio de una absoluta lealtad y obediencia. Está claro que no nos eres ya útil.

-P-piedad, señor.

-¿Piedad? La piedad se la dejo a Dios nuestro Señor. Éste será vuestro último amanecer, Ricardo.

-¡No!- exclamó en un suspiro agónico el viejo- Aún puedo seros útil. Yo...yo...puedo poner a uno de los vuestros como ujier en la coronación... estaría lo suficientemente cerca del Rey como para...

-Bien. Veo que aún vale de algo tu patética vida. Permitidme un consejo: no aceptéis un trato que no podéis pagar...y menos con nosotros. Nosotros siempre cumplimos, si tú no lo haces, lo pagarás con tu alma.

Ricardo de Barcino leyó en los ojos ceniza de Verdugo que lo decía literalmente.

-B-bien, señor. Mi vida por serviros.

-Así sea.

La gente clamó el final de la oración y Verdugo bajó a la Basílica para que el Papa diera las primeras órdenes y misa a sus lugartenientes. Mientras el Papa daba su discurso inicial, a su lado reconoció el olor humano de Harold, el fiel perro de guerra del Maestro.

-Marina Oliván...está en Ciudad Vaticana- susurró ásperamente el espadachín.

El se quedó un rato pensando mientras oía de fondo cómo retumbaba las órdenes del recién nombrado Alexandros III.

- Nunca dejará de sorprenderme la estupidez humana.

-Casi seguro que fue ella la chica que alertó a los hombres de Christiano, impidiendo el asesinato d´Argeneau.

-Y la responsable de la breve ausencia de Bernardo.

-Sí, señor.

-Has acabado con ella ¿no?

-No...señor. Hay circunstancias que no me permiten llevar la ejecución a cabo.- se excusó aludiendo a las dolencias abstractas.

-No, Harold. Lo único que te impide hacer lo que debes...se encuentra en tu interior. Largaos, informaré al Maestre antes de que se marche a Eisen con Espada, tiene muchos planes que tratar.

Harold puso un puño en el pecho y se marchó, alimentando su odio y su furia...que volvía a él como un torrente de malevolencia, volvía a encontrarse bien...

jueves, 26 de enero de 2012

Una reunión muy esperada (II)

A pesar de que era julio, las montañas estaban heladas. No era raro, ya vivía en lo alto de los picos férreos durante muchos años, por culpa de sus perseguidores. El hombre encendió una antorcha y se pudo vislumbrar su pelo cano plateado. Estaba en su cueva, rodeado de probetas y tubos con sustancias burbujeantes. Era hora de probar una de sus creaciones...

-Cuchillo.- dijo ajustándose unos anteojos con la templanza de un cirujano. Una mano joven salió de la oscuridad y se lo tendió con precisión.

-La piedra.

El ayudante le pasó una piedra rojiza. Rojo sangre.
El hombre se ajustó la lente y miró sus manos envejecidas. Acto seguido se rajó horizontalmente la palma de la mano con una piedra escarlata en ella. Apretó el puño y dejó que brotara la sangre hasta conseguir tenerla empapada. Acto seguido, arropó la piedra en su puño.

A pesar de su edad, avanzó rápidamente por la cueva y pegó una bofetada al aire. La sangre salió disparada como una lanza, cayendo gotas en una vasija vieja en un pedestal. El anciano sonrió y alzó la mano sana.

Un chasquido y...¡Bum!

Todas las gotas de sangre esparcidas por la vasija se iluminaron dando centelladas de luz por toda el laboratorio. Al final fue tanta la energía acumulada que la vasija y parte del laboratorio explotó por una simple gota de sangre.

El anciano sonrió.

-Venda.- dijo sentándose en un taburete mientras su ayudante le vendaba la mano herida.

-¡Ha...ha funcionado, mi señor! ¡Ha conseguido transmutar...solo con sangre!

El viejo ni le miraba, Sonreía mirando la piedra. Aquel era uno de sus mayores descubrimientos.

Un cuervo entró en el laboratorio y él lo miró con asco.

"Aquellos idiotas no entenderían mi trabajo..." pensó mientras se levantaba trabajosamente y empezaba a recoger sus cosas.

-Me marcho. Te dejo al cargo y mantenimiento de mis investigaciones.

-¡Pero...¿ahora, mi señor? ¿Después de este espléndido momento? ¿Qué puede ser más importante que su recién descubrimiento?

Él no respondió y salió del laboratorio.

"Idiotas sí, pero siguen siendo 12 idiotas poderosos" pensó mientras salía hacia la montaña nevada.
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En otro lugar, en un enorme despacho, una mujer madura leía en voz alta unos poemas con toda la pasión de su voz. Estaba tumbada en un diván tapizado de terciopelo y vestía una bata de seda. Tenía una encuadernación, pero su mirada se perdía en el vacío. Se lo sabía de memoria.

-He aquí Castilla, ahora arrebatada ¿vamos a quedarnos en casa? ¿vamos a inclinar nuestro cuello? ¡¿o vamos a luchar hasta quedar sin resuello?!- se quedó pensativa un rato, y comenzó a escribir mientras lo leía en voz alta.- Es interesante observar cómo unas palabras pueden afectar al alma humana. Es muy probable que ahí resida la diferencia del hombre y una bestia. La palabra es el alma del hombre. Los libros son peligrosos y valiosos. Textos como este pueden incitar a luchar sin conocer causa alguna.

Empezó a retozar mientras se estiraba en el diván, encontrando una encuadernación lujosa entre el montón de libros que salpicaba la sala. Estuvo un rato leyendo sobre la filosofía nihilista y luego fue a su despacho. Su OTRO despacho.

Miró el trozo de mapa pequeño, perfectamente cuidado y tratado. Apenas se atrevía a mirarlo, parecía muy frágil. Los símbolos seguían ahí...esperando a que ella los descifrara. Era algo con lo que nunca se había topado.

Aquél trozo de mapa antiguo le quitaba el sueño.

En esto estaba pensando cuando sonó una campana. Se asomó por la ventana y miró como el cuervo la miraba expectante desde un palomar, con una nota en su pata. No necesitaba leerla. Salió corriendo de su mansión mientras se abrigaba. Por fin sus habilidades se verían puesta a prueba. Y la sensación de éxito que tendría cuando consiguiera descifrar aquel galimatías antiguo...sería el mayor de sus éxtasis.

Las palabras eran su droga.
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En otra parte del mundo, llovía a mares. Un anciano encapuchado se tambaleaba por un callejón donde solo había maleantes y borrachos. El anciano se dispuso a descansar un rato, así que los rateros aprovecharon la lluvia y la vejez de su víctima para hacerse con una monedas.

-¡Eh, viejo! ¡Danos tus chelines! No creo que los vayas a necesitar carcamal.

El viejo, haciendo oídos sordos siguió respirando trabajosamente en un barril. Se sacó los pocos chelines que tenía y los dejó en la palma de su mano, totalmente quemada, tendiéndosela al bandido.

-Aquí tienes...cógela si te atreves a robarle a un pobre viejo.- dijo el encapuchado con voz lastimosa.

El asaltador, confiado, tomó la palma del viejo. Error. El encapuchado cogió su mano como si de un saludo se tratara y apretó su mano. Acto seguido, un estallido de energía pasó de una mano a otra, convirtiendo el asaltador en ceniza a la velocidad del rayo. Los mendigos del callejón salieron corriendo. Pero en cuestión de segundos el anciano ardía haciendo estallar un radio de energía que los redujo a los presente a polvo y ceniza. No podía permitir que vivieran.

Desde la capucha se veían dos ojos zafirinos, iluminados, viejos y poderosos. Miraba el bailar de las cenizas mecidas por la tormenta y la lluvia.

El viejo se quedó solo, riéndose nerviosamente. Le parecía divertido. Aquellas personas, mendigos, muertos de hambre...nunca habían existido.

Un cuervo se apoyó en su hombro y el viejo, con dificultad y un aullido, deshizo la realidad para desaparecer en un tronar luminoso. El callejón quedó vacío y en silencio...como si nada hubiera pasado allí.

jueves, 19 de enero de 2012

Una reunión muy esperada (I)

El patio del castillo se mostraba gris, como su cielo. Lo único que se alcanzaba a oír de fuera era el paso de las ovejas por la tierra húmeda y oscura de las afueras de la fortificación. Dentro, el paso marcial y el traqueteo de las armaduras de los guardias y los martillazos de los artesanos que estaban reconstruyendo su castillo. Solo el castillo.

"Había que dar prioridades a lo que era verdaderamente importante".

Esto lo pensó un hombre alto, de postura guerrera y desafiante. Se encontraba en el patio de entrenamiento de su guardia personal. Estaba en la arena de mercenarios. Llevaba el torso, atlético y ágil, descubierto a pesar del frío del nórdico castillo. Todos los hombres portaban las clásicas zweihander de su pueblo, sin embargo, él hacía frente a los espadones germanos de todos los soldados con las manos. Las llevaba siempre enguantadas con los famosos panzerhand, y bloqueaba las hojas con las palmas de las manos si hiciera falta. Con gran destreza desarmó a todos los contrincantes que le rodeaban y los fue derribando sin dar ni un respiro. Se quedó solo en la arena, rodeado de los cuerpos entumecidos de sus hombres, que se quejaban de la brutalidad de su instructor y señor. Pero tenían que pasar por ello si querían llegar a lo más alto.
Él se colocó mejor los guanteletes de dracheneisen, pero seguía con el pecho al descubierto. Corrían rumores entre sus hombres. Unos decían que tenía las manos deformadas, otros que fueron quemadas por un drachen...otros más cercanos a su círculo murmuraban que incluso vieron alguna escama que otra.

Eso ponía los pelos de punta a sus hombres. Y solo era un rumor.

El instructor de los guardaespaldas miró al cielo. Algo había atravesado el cielo con un graznido cruel. Un cuervo iba hacia su palomar. ¿Un cuervo?

-Fin de la instrucción.- se marchaba intentando no pisar los cuerpos de los hombres inconscientes.- Nos vemos al amanecer en el das Südlache.- se dirigió hacia las caballerizas del castillo y le gritó al primero que pasó- ¡Ensillen mi caballo! Puede que esté fuera un tiempo.

-¿Qué anuncio a los súbditos?

-Tengo...una reunión.- fue lo último que alcanzó a decir el militar antes de marcharse, sin dejar de asegurarse si el cuervo realmente era una señal

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Tenía mucho trabajo hacer. Una delicada mujer, de pálida piel y finas manos hacía ruido al arañar con su pluma múltiples papeles en su escritorio. Las manos se antojarían más finas y delicadas si no estuviera firmando las sentencias de muerte de gente que ella misma se había apañado en llevar a la horca. Con pruebas o sin pruebas. Por su labia o por los hechos. Tal era su influencia que nadie quería caerle mal a la señorita. Un hombre, pomposamente vestido y que se colocaba bien su peluca de noble, hacía de invitado de la dama.

-Nuestro amigo el barón de Voulois es hombre muerto. La pena está en camino.- dijo ella firmando la sentencia de muerte sin siquiera mirar el papel.

-¿Cómo es posible?- preguntó sorprendido su interlocutor gratamente- El Rey Sol parecía muy amable con Voulois. ¿Y de la noche a la mañana le habéis condenado a muerte?

Ella alzó la vista levemente de los papeles.

-¿De la noche a la mañana?...no. A través de mis influencias conseguí regalarle discretamente al barón de Voulois unos zapatos de tacón y una invitación a le Château du Soleil.

-¿La corte del Rey Sol?

-Así es.- confirmo indiferente la señorita.

-¿Y cómo llega el Barón de Voulois de invitado a la corte de Charouse a la horca?

Ella entornó los ojos, como si fuera obvia la respuesta.

-Como sospechaba, su vanidad le perdió.. Se le ocurrió estrenar los zapatos de tacón tan caros que le regalaron delante del Rey Sol...y cualquiera del entorno del Rey Sol sabría que a nuestro amado rey le entusiasman tanto los zapatos de tacón que solo puede usarlo él. Prohíbe al resto de su corte llevarlos bajo pena de muerte. Es una lástima que el barón desconociera tal ley.

-¡Absurdo!- exclamó el adinerado aún peleándose con su peluca.

-Retorcido- corrigió ella, alzando un dedo.

-¿Cómo puede existir semejante ley?

-Capricho- siguió corrigiendo-.Todos tenemos complejos, señor duque. Digamos que el rey está muy acomplejado con su estatura. Por ahora- dijo muy segura- sus caprichos son ley. Y ahora, hablemos de mi pago.

-Claro que sí, su señoría. Aquí lo tiene.- agradeció soltando una bolsa muy generosa de monedas.

-Ahora podrá apropiarse de su terreno como habíamos acordado. Sin asesinato, todo limpio y legal. - desvió la mirada rápidamente por la ventana, había pasado un cuervo.- Si me disculpa, estaré ausente un tiempo.

-Claro, madame.- dijo el noble, que salía torpemente sin creerse que todo hubiera sido tan fácil.

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Las risas sonaban amortiguadas por el elegante y decoroso pasillo. Una risa grave y descansada y otra más nerviosa.

-Bien, hablemos de los negocios que nos atañen.- dijo un señor, aún joven, sentado de forma muy relajada sobre un sillón que podía hacer las veces de trono.

El otro, un banquero vestido con un largo jubón de colores chillones y pantalones bombachos, estaba de pie frente a él.

-Claro, signore. La mercancía está toda a punto. El dinero llegado desde sus socios en el extranjero fue bien invertido...sin embargo, ha habido un cambio en las inversiones y no hemos ganado tanto como lo esperado.

El hombre del trono, se retrepó sobre los cojines de su sillón, mirando a su banquero y comerciante con una fija sonrisa.

-¿Quiere decir que has perdido dinero que me pertenecía?

-No, no...signore. Simplemente no hemos conseguido tanto como esperábamos.

-Como esperabas.- recalcó el otro atusándose la perilla elegantemente recortada- Aquí tenemos una norma: si no puedes cumplir algo...no lo prometas.

-Sí...sí, lo sé, pero se nos presentó un inconveniente con los barcos. Tuvimos que tirar parte de la mercancía para echar lastre por alta mar. Topamos con fuerzas del orden de sus primos...

-¿Fuerzas del orden? Es curioso...pensaba que yo era tu único señor.- susurró mientras alzaba su cuello para juguetear con los cordones de las bellas cortinas que caían detrás del sillón.- Pero bueno, no pasa nada, todos podemos ponernos nerviosos- El hombre, ágil y masculino se levantó y abrazó a su mercader. Le dio un beso en la mejilla.- Ya pasó todo...los hombres malos no volverán a perseguirte. Estás a salvo.

El mercader no sabía donde esconder su nerviosismo.

-Gracias signore. Sabía que lo comprenderíais- dijo tartamudeando.

-¿Queréis vino? Claro que sí, habéis hecho un largo viaje por mis intereses, ¿qué mejor manera que recompensaros con una buena copa de vino?- dijo acercándose con una sonrisa reconfortante hacia su mercader.

-No...gracias.

Su señor le miraba fijamente.

-Pero...si insistís.- bebió un sorbo, se temía lo peor. Al final tuvo que beber más para que su señor apartara su mirada de él.

No pasó nada. El señor dio unas palmas.

-Ah, Luigi, Luigi. Relajaos. No tenéis nada que temer.- le abrazó, pero el mercader estaba paralizado. En su interior, órganos internos reventaban y aún intentaba mantener la compostura. Seguía abrazado por su señor, que le susurraba al oído-. Nadie traiciona a un...

-¡Signore!- interrumpió un criado-. Hay un cuervo en su palomar, es de lo más inusual.

El signore sonrió. Dejó de abrazar a su mercader y le dejó que siguiera vomitando sangre sobre el salón decorado.

-Estaré fuera durante algún tiempo. Quizás fuera del país. Tengo asuntos importantes que atender.- dijo a su criado con una sonrisa felina dejando al moribundo, a su antiguo socio, morirse en su suelo tapizado. Ni siquiera miró al moribundo. Para él había muerto en el momento en el que le falló.
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martes, 20 de diciembre de 2011

Encuentro inesperado

La noche era fría y el rocío de la gran ciudad de San Cristóbal empañaba los cristales de las humildes casas del ensanche. El ensanche de San Cristóbal era conocido por lo por la cantidad de mendigos, gitanos y artistas de pacotillas que se agolpaban en la puerta sur, aprovechando el poco espacio que daba el puente para avasallar a los visitantes o gente de caridad. Por la noche aquello era otra historia. La Inquisición salía a la caza de herejes, los criminales salían a hacer de las suyas y afloraban los vicios.

De todas formas, Valia no le dio importancia. ¡Tenía que encontrar una vaca!

La muchacha destacaba demasiado en el lúgubre ensanche. Sus ropas eran ligeras y de colores azulados, así como los enormes aros que adornaban sus orejas y brazos. Monedas colgaban de su pañuelo elegante (y pirata)justo encima de sus ojos y hacían un leve tintineo que siempre le hacía gracia. Normalmente llevaba su violín, como si fuera parte de ella, pero la delgada muchacha no creyó conveniente llevárselo ahora. Tenía que desinfectar de alguna manera las heridas de una compañera. Menos aún las novelas de aventuras y romántica que tantas veces intentó terminar de escribir. No encontraba el final perfecto. Sacudió la cabeza y siguió su camino. La delgada figura no hacía ningún ruido. Ser la hija del Rey de la Fraternidad de los Piratas le había enseñado mucho, aunque era la primera vez que salía de su casa, aquel pedazo de roca aislado en el océano.

"¡Por todas las barbas de los siete señores de la piratería! Para una amiga que tengo y estoy a punto de perderla. Ella es mi única mejor amiga. ¡Tengo que salvar a Marina!¡Piensa Valia! Piensa,piensa, piensa, piensa, piensa, piensa, piensa, piensa. Tengo que desinfectar las heridas de su espalda, esos latigazos no tienen buena pinta. Pero para eso necesito orín de vaca, como hacía papá ¡Es lo único que sé de medicina! ¿Pero dónde encuentro una vaca a estas horas? Mmm..¿Dónde estaría yo si fuera una vaca? Uf, realmente tendría que ser un rollo repollo ser una vaca, todo el día en el campo, comiendo, con un puñado de gente que solo espera que le des leche... já ¡¿Que les des leche o de leches?! ¿Por qué no habrá nadie conmigo siempre que tengo el ingenio agudizado?"

En esto iba divagando Valia en sus dispersos pensamientos sin darse cuenta de que se metió en el peor callejón del barrio pobre del ensanche. Unas figuras oscuras, sucias y de sonrisas maquiavélicas la miraron como depredadores al ver que alguien había caído en su red. Y no alguien cualquiera: una indefensa y pobre muchacha. Valia no le dió importancia al imprevisto y saludó a los matones que le sonreían de forma malvada.

-Buenas noches.- saludó Valia a los indeseables con una sonrisa, y prosiguió su camino.

Uno de ellos, contrariado, la detuvo con un golpe seco contra la pared, cortandole a Valia el paso.

-¿A dónde te crees que vas, pequeño ruiseñor?- preguntó el que la detuvo acariciándole una mejilla con su manaza sucia.

-¡Oh! ¿No tenéis miedo de mi?- dijo ella con los ojos abiertos de la emoción ¡Nadie se detenía a charlar con ella! La única que lo hizo fue Marina en Puerto Diablo. ¿Sería que su suerte está cambiando?

Los matones rieron de forma estúpida. El líder habló sacando un puñal.

-¿Por qué deberíamos tenerte miedo?
-¡Ah, pues eso es lo que yo digo!- dijo la muchacha empuñando el dedo índice ante la nariz del matón.- ¡No entiendo por qué la gente tiene que huir de mi sólo por ser la hija del sanguinario Rey de los Piratas de la Bucca! Solo tiene que mantener su falsa reputación de pirata, leches. No es necesario andar con pies de plomo conmigo solo porque todo el que haya intentado hacerme daño esté colgando del Acantilado de los Ahorcados. Mmm...vosotros parecéis piratas, o por lo menos oléis como ellos. ¡Sois de la Bucca! ¡Seguro! ¡Yo también! ¡Vivo al lado del Castillo Negro! ¿Y vosotros? ¿Dónde vivís? ¿En los campos de azúcar? ¿El mercado de esclavos? ¡!Ah, no me lo digáis! ¡Puerto Diablo!

El líder de los matones echó un paso atrás y miró a su grupo.

-¿Qué demonios le pasa a ésta? ¿Está poseída o algo así?- dijo dándole vueltas a su índice sobre su sien.

Pero Valia seguía hablando, aunque nadie la escuchara. Hacía tiempo que no hablaba con gente diferente. Mucho tiempo.

- Lo malo es que no puedo quedarme a charlar, tengo que buscar orín de vaca para curar las heridas a una amiga que ha sido azotada vilmente por la Inquisición y...

-¡Cállate! ¡Cállate!¡Cállate!¡Cállate!¡Cállate!¡Cállate!¡Cállate!¡Cállate!- gritó el matón.

-¿Por qué? ¡Ah claro! Supongo que vuestras mercedes también querréis hablar. ¡Qué tonta soy! Es que hace taaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaanto que nadie habla conmigo. A excepción de mis mejores amigas Marina Oliván y Cintia Ruíz. ¿Las conocéis? Pues mira...

-LA MATO.- esgrimió el malo su puñal, el resto la rodeó.- Después le quitamos los maravedíes que tenga y nos largamos antes de que llegue la Ronda.

-¡¿Qué?! Ah...claro, supongo que a fin de cuentas seguís siendo piratas.

-¡Que no somos piratas, cojones! ¡Callate ya!- el matón estaba fuera de sí.- ¡A por ella!

Pero una elegante voz de barítono salió de la oscuridad del callejón. Detrás de ellos.

-Nadie va a tocar a la señorita.

Los matones se giraron. Pero allí ya no había nadie. Solo vislumbraron una sombra púrpura que desapareció velozmente.

-¿Quién demonios va?- gritó el matón.

-Aquí arriba, caballeros.

Allí estaba. Un elegante hombre castellano se encontraba como una gárgola en cuclillas sobre las tejas de la casa castellana del callejón. Sus ropas púrpuras volaban al frío viento nocturno. Su figura era recortada por la luna llena, haciendo juego con la máscara blanca de sonrisa misteriosa.

-¡Quién pollas eres tú!

-Ah...¡qué descortesía! Permitidme que me presente. Soy El Vagabundo. Un hombre de todas los lugares y de ninguna parte. Protector del Buen Rey Sandoval y de los indefensos. Ayudante de los pobres y servidor de los débiles. Me temo que habéis cometido un error, caballeros. Extorsionar, intimidar, robar y matar es un delito contra la humanidad. Supongo que ahora que lo sabéis dejaréis a la muchacha tranquila y os reformaréis como hombre de bien. De lo contrario- aquí endureció la voz- tendré que considerar que sois viles bestias y tendré que trataros como tal. No me hagáis desenvainar, me supone un gran esfuerzo tener que devolver mi espada a su sitio...y siempre lo hago.

Los matones se quedaron boquiabiertos. A Valia se le iluminaban los ojillos. Aquél caballero enmascarado sería inspiración para sus novelas románticas esa noche.

-¡Disparad a ese invertido de púrpura!- gritó el matón. Todos desenfundaron pistoletes y dispararon sin ton ni son.

La sonrisa del Vagabundo se ensanchó detrás de la máscara.

-Respuesta equivocada.- dijo antes de recibir los disparos.

El callejón se llenó del estruendo de las detonaciones y de nubes de pólvora. ¡La figura púrpura había desaparecido! ¡No estaba en el tejado! Miraron por todas partes, pero no podían ver con la nube de pólvora que habían formado. Les escocía los ojos. De entre las brumas salió el enmascarado realizando una floritura arriesgada con su estoque. Cazó a los matones de uno en uno. Un golpe en la garganta, seguido de un barrido de estoque que se cobró las vidas de otros tres. Cuando conseguías verlo, él desaparecía en la nube, para volver a mirar a tus espaldas y ver la sonrisa de su máscara a escasos centímetros de distancia. Hasta sentir su aliento de justicia. El líder de los matones estaba solo, frente al enmascarado, rodeado de cadáveres.

-¡Buh!

El matón salió huyendo de forma alocada.

-¡El diablo! ¡El diablo!- gritó.

-Respuesta acertada.- dijo el Vagabundo lanzando un puñal.- Pero no a tiempo.

El líder matón cayó a la carrera en mitad del callejón.

-¿Estáis bien, mi dama? Lamento no haber llegado antes para indicaros que este camino no era el adecuado.

Valia, por una vez en su vida, no sabía que decir. Fue un momento histórico.

-¡Justicia al Rey! ¡Justicia a la Iglesia! ¡Dejen paso a la Ronda!- se escuchó por la calle. Los disparos alertaron a las autoridades.

- Es el momento idóneo para marcharse. ¿No lo creéis?

-S-sí. -respondió ella.

-Agarraos a mi. Vamos a desaparecer.

Otro disparo sonó, pero para lanzar un garfio que les llevaba a los tejados. Desde allí arriba, el Vagabundo vio a los guardias que examinaban a los cadáveres.

-Otra vez la misma mierda.- bufó el alguacil- Igual que ayer, disparos, cadáveres y nadie que atrapar. Espero que la Inquisición no esté metida otra vez en este caso.

No tenía nada que ver con el disparo de Marina sobre la asesina Elsa. En el tejado dos figuras estaban sentadas mirando la luna. El enmascarado y Valia.

Valia empezó a soñar.

"¡Ahora se quitará la máscara y será un hermoso caballero, nos enamoraremos, viajaremos lejos y correremos grandes aventuras!"

-¿Estás bien, Valia?

Ella la miró alertada, mas bien sorprendida e ilusionada.

-¡¿Cómo sabes mi nombre?!

-Sería un mal padre si no lo supiera.

-¡¿Papá?!- preguntó estupefacta entre el alivio y la decepción.

Él se quitó la máscara. Un rostro...quizás sospechoso para los ojos de la conspiración.

-El mismo. Alguien me dijo que estabas aquí.

-¿Quién?- preguntó sorprendida.

-Marina Oliván.

-¡Ah, mi mejor amiga!- aprovechaba cualquier momento para soltarlo.

-¿Por qué estas aquí? Te dije que te quedaras en casa.

-¡Pero papá! El Pirata Roberts, el Libertino, el senescal que dejaste, está militarizando toda la isla. ¡Toda la Fraternidad parece que va a entrar en una guerra! Está en bancarrota. ¡Tienes que volver!

Él miró la luna.

-Lo siento. Aún no...estoy detrás de algo grande. Algo que no puedo ignorar.

- Ya...como siempre- dijo abatida.

Él la rodeó con el brazo y con un truco de prestidigitación le sacó una rosa roja de la nuca.

-¡Una de las rosas de mi mamá!- gritó animada

-Así es. Y en mi otra mano...- sacó un frasco.

-¡Orín de vaca!

- Cura a Marina, se lo merece después de lo que ha sufrido. Quizás haya descubierto algo importante en mi investigación. ¿Tú estás bien? ¿No tuviste problemas para salir de la Bucca?

-Sí...pero tranquilo papá. Marina y sus compañeros cuidan de mi. Tengo buenos amigos.


"Los mejores"

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San Cristóbal. Después de que Marina fuera ajusticiada con 50 latigazos en la Villa de la capital por la Inquisición y fuera rescatada por el Vagabundo para cumplir su deuda con ella.

domingo, 11 de diciembre de 2011

Una carta que recorre el mundo

El día se había tornado noche. El sol fogoso del sur de Castilla se había ennegrecido como si sus venas se hubieran gangrenado. Los nubarrones formaban en el cielo siendo nutridas por las nubes de pólvora de los arcabuces castellanos y mosquetes montaigneres. Los truenos resonaban en el cielo y eran respondido con los cañonazos en tierra. La guerra se recrudecía en el cielo y en la tierra. Y para colmo del correo, estaba comenzando a llover.

"Bueno, quizás así les falle la pólvora"

Joselito, el mochilero, vestido totalmente de negro y con un sombrero chambergo con las alas hacia abajo para cubrirse de la gris lluvia, estaba agazapado en los arbustos silvestres de una de las ondulaciones del monte. Bajo las faldas de las montañas y llanuras, podía ver claramente los dos frentes desde una zona relativamente segura. El frente de Montaigne estaba al norte y se habían hecho fuertes en un pequeño alcázar castellano en ruinas. Sus firmes hombres de azul y amarillo corrían de un lado para otro, llevando pólvora y balas rasas para sus cañones de seis libras. Por lo que vio el correo, los hombres de Montaigne se retiraban por la entrada secreta del castillo mientras una guarnición de cazadores y artillería les daba cobertura desde las ruinas del alcázar arruinado.
Por otro lado, los castellanos se encontraban al sur. Si bien no eran mosqueteros elegantes, firmes y bien pertrechados como los de Montaigne, eran una fuerza unida, tosca, cabezona y altiva. Los hombres del Tercio, de coleto de cuero y capacete sucio, habían tomado con valentía (ya que el armamento no estaba a su favor) las caponeras que en su momento montaron para parar la invasión. Desde las caponeras y trincheras, los veteranos voluntarios del Tercio Viejo (soldados pobres, algunos groseros y toscos, pero de gran valentía y honor) bombardeaban con sus culebrinas los muros del alcázar. Algunos guerrilleros castellanos hacían de tiradores mientras sus hermanos de armas hacían señuelos asomando sombreros o el cuerpo entero por la trinchera, para poder ver a su enemigo por encima del muro.
Joselito tomó aire y le entró un escalofrío cuando le caló el agua. Miró las cartas de su mochila. Estaban bien. Traía dos cartas para el frente, pero había llegado una nueva. Miró al hombre que estaba con él y venía de San Cristóbal con la nueva carta. Le había pagado para que llevara la carta a las caponeras. Iba a ser difícil, pero no imposible.

-Vamos chico, esa carta tiene que llegar a terreno castellano y ya casi me vi atrapado cuando me topé con un enorme ejército montaignere que iba hacia el sur, a la Reina del Mar. Yo ya traje la carta de San Cristóbal así que sigue tú.

-¡Espera, viejo!- le recriminó el joven mochilero, intentaba concentrarse mientras rezaba un rosario- Tu correo puede esperar, mi alma no.

La lluvia aumentaba de intensidad y empezaba a negar visibilidad. El mochilero lo consideró una señal para empezar la carrera por el frente. Se santiguó y salió de su escondite.

-¡Santiago!- gritó para si mismo el chico mientras empezaba a correr por la tierra mojada.

Corrió y corrió, y aumentó la velocidad de la marcha cuando escuchó grito de los montaigneres, que empezaron a disparar sobre la figura oscura que corría por tierra de nadie.

-¡Mierda, mierda!

El chico se desvió en cuanto una bala de cañón incendiaria estalló demasiado cerca de él. Corrió de frente a las caponeras castellanas y alzó los brazos en señal de no agresión.

-¡Santiago! ¡Correo! ¡Por el amor de Dios no disparéis!

El capitán del Tercio, León, vio la figura oscura acercarse a la trinchera. No necesitó gritar, se acercó a los suyos cojeando con una muleta y alzó un puño. Los veteranos cesaron el fuego y avisaron a los guerrilleros de la señal. El chico cuando alcanzó a ver la zanja castellana se lanzó de lleno, cayendo al barro.

-Ostia la virgen, que jeta tienen los gabachos. Han dejao de dispararnos plomo y ahora nos lanzan sus niños mimaos, cojones.- escupió Castellanos Jiménez, un pobre soldado del sur que no simpatizaba nada con el invasor...aunque eso era algo general de los castellanos - Bien muchacho, tú a que has venio.

-Cabo primero,- increpó el capitán León a Castellanos- yo me encargo del muchacho. Usted encárguese de ese francotirador gabacho que ya se ha llevado a tres pueblerinos voluntarios.

-Joé capitán, tengo los ojos pepos de tanta pólvora, ¿no podemos dejar que se vayan corriendo los hi de puta con el rabo entre las piernas a su puta casa?

-Ni hablar del tema. Hay que asegurarse de que esa avanzadilla llegue lo más mermada posible. Ni un respiro al invasor.

-Va, va...- respondió el arcabucero poniéndose en el frente de la caponera, con sus compañeros de penurias bajo la lluvia. Estaban amargados, pero tenían que dar una guerra sin tregua al invasor, se lo debían al pueblo sureño que tanto tiempo había mantenido a ralla un gran ejército solo con palos y piedras.

León habló con el mochilero. Éste cogió las cartas y leyó los remitentes bajo una tabla de madera para que no se mojaran demasiado.

"Mala hierba desde la Reina del Mar, otra de la esposa de uno de mis guerrilleros y...¿Marina desde San Cristóbal para el Marqués de Santiago?"

-Chico, me quedo con las cartas, pero deberás llevar esta a Santiago, tendrás que atravesar el monte y dirigirte al sur, cuando veas el río crúzalo. Ten cuidado porque tuvimos que destruirlos durante la batalla. Buena suerte y que Dios te acompañe.

Un alférez se acercó a León.

-¡Capitán, el invasor se retira a la Reina del Mar! Pero se espera una gran resistencia.

-Bien...ya nos queda menos para llegar al Mariscal.

El muchacho suspiró y se largó con un bufido y tuvo malos pensamientos hacia esa tal Marina Oliván que tanto trabajo le estaba dando. Ahora tendría que atravesar el río sin mojar el correo...¿cómo lo iba a hacer? Bueno, por lo menos el correo lo mandaba para su casa.
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El muchacho entró por la puerta norte de la ciudad y venía empapado. La ciudad amurallada de Santiago le recibió sin problemas y fue a la primera posada que encontró, para secarse y buscar información. El ambiente de la posada era brutal, maleantes y bribones infames estaban reunidos en esa cutre posada y no paraban de gritar, apostar y liarse a puñetazos. Joselito se acercó a la barra. Conocía el Gato Negro, después de todo, él vivía en esa ciudad y había servido de espía, pero nunca había entrado. Los maleantes se habían reído y burlado de la "criaturita". El mochilero hizo caso omiso.

-¡Eh! Posadero.

Un hombre con una sola muela le recibió y recogió el correo. Los hombres seguían gritando y habían empezado a lanzar botellas. Abrió los ojos sorprendido al ver la carta, pero no podía concentrarse con tanto ruido. Cogió una botella y la rompió en la barra.

-¡Eh! ¡Maleantes! ¡Callarse coño! ¡Que tengo noticias de Marina!- gritó

Los hombres dejaron de lanzar dados, pegarse de hostias y echar pulsos al unísono. Una parte de la posada sonrió y alzó su copa con un grito estruendoso de júbilo ante la noticia, la pequeña niña guerrillera se había convertido en una pequeña leyenda por ahí por "el por culo" que le había dado a algunos gabachos de las altas esferas (¡incluso se decía que le robó al Rey Sol!). La mayoría de los maleantes simplemente pasaron del tema sin saber de qué iba la cosa.

-¡Pero qué dices!- le increpó el niño.- ¡Sólo quiero que mandes esta carta al Marqués!

-Ah...- replicó el Muela,- ¿No es para mi?

-Eso no es de mi incumbencia.

-Bueno, bueno, está viva, eso me vale.- replicó mientras mandaba otro muchacho calle arriba para el castillo del "marquesito"

No tardaría demasiado en llegar.

Joselito suspiró y volvió a casa, Castañuelas le estaba esperando en la puerta con una sonrisa y su guitarra.

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-Dejad el correo en mi despacho, ya lo sabéis.- recordó Fernando Galán, apodado el "marquesito", a su secretario.- Ahora estoy comiendo.

-Solo es una carta de una tal Marina Oliván señor.

Fernando alzó el rostro por encima de los cubiertos.

-Trae esa carta.

"Después de todo lo que logramos juntos por Santiago, es lo menos que puedo hacer"

Abrió la carta sin acabar de comer. Una sonrisa se le dibujó mientras leía. Se levantó si haber terminado de comer.

-¿Señor?- dudó uno de sus criados.

-Sí, no he acabado, pero a los amigos no se les debe hacer esperar.- se excusó Fernando ante su criado para dirigirse al despacho de su padre, que ahora era suyo.

Cogió el tintero y sacó papel. Debía responder. Quería responder.

Saber de alguien en los tiempos oscuros que corrían era casi un milagro.
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Frente de la guerra Montaigne-Castilla. Una semana después de la llegada de Marina a la corte del Buen Rey Sandoval.

Cadenas por corona

Los grilletes se cerraron sobre las muñecas de Leandro Vázquez de Gallegos. El Alguacil cerró las esposas duramente y apretando con malicia,...