sábado, 9 de junio de 2012

Si la campaña de 7º Mar fuera una novela de espadachines...


El continente de Théah es un mundo en el que los héroes son más necesitados. Tras un golpe de estado fallido por la Iglesia, Montaigne, la nación más arrogante y poderosa del momento, ha invadido Castilla. Tras el éxito de su política imperialista, los elegantes mosqueteros del Rey Sol también marchan por la fría Ussura y su armada ha bloqueado las islas del Glamour.

Marina Oliván es una campesina castellana que vive prácticamente al lado de la guerra, trabajando la tierra y su molino. Sin embargo, tiene un pequeño secreto: sueña algún día con ayudar a su pueblo del yugo del invasor imperial. Aunque sus padres se oponen a los deseos de aventuras de su hija, un día el fuego de la guerra llega hasta su pacífica Villa. Sus padres son secuestrados por un frío y oscuro espadachín con un parche en un ojo llamado Harold, que resulta ser su tío desaparecido y del que nada sabía; y que se convertirá en su peor pesadilla durante toda la aventura. Marina emprenderá un viaje intrépido por toda Castilla en rescate de su familia y por la salvación de su pueblo, mientras desvelará los secretos de la verdadera identidad de sus padres, las oscuras intenciones de su tío, y de un plan secreto para derrocar a la única persona que puede ayudar a su pueblo: Manuel Sandoval, futuro Rey de Castilla. Tras este velo de mentiras y traiciones se encuentra la conspiración de una logia secreta que intenta controlar el mundo desde las sombras. Nadie resulta ser quien es...

Estocadas mortales, persecuciones vertiginosas, respuestas ingeniosas, intrigas palaciegas, asesinatos magistrales, misterios inexplicables, rebeliones sangrientas, guerras devastadoras, amores imposibles y aventuras increíbles.

Esta es la historia de cómo la persona más inesperada puede mover el mundo gracias a la amistad, el sacrificio y la voluntad. 

Es la historia sobre cómo todos podemos cambiar el mundo.


Es la historia de la forja de una heroína. 

viernes, 20 de abril de 2012

La llama del recuerdo

Desde el inicio de los tiempos los humanos se preguntaron qué era lo que movía el mundo. Qué mueve a los humanos a avanzar, retroceder, luchar o morir...

¿Qué hace que sigamos avanzando cuando caemos en la más completa oscuridad? ¿Qué consigue que cuando caigamos sobre el suelo, apretemos los dientes, aferremos la tierra y nos levantemos? ¿Cuál es ese poder interior que hará que nunca, nunca nos rindamos?

¿El poder?, ¿la avaricia?, ¿la conquista?, ¿la fama?, ¿la supervivencia? ¿la victoria?...

Aún recuerdo cuando te tenía entre mis brazos. Llorabas con furia cuando naciste...y fue peor cuando creciste. La curiosidad mató al gato, pero a ti te salvó. Intentamos detenerte, pero cuando alguien está creado para el mundo...el mundo le reclama. Intentamos aislarte, pero fue inútil, y en parte lo agradezco. Los grandes corazones necesitan grandes lugares donde latir. El humilde hogar que te dimos se te quedaba pequeño.

Y así, con el pelo enredado, la sonrisa despeinada y la mirada salpicada de estrellas, te arremangaste las faldas y saliste en pos de rescatar lo que más querías en el mundo.

Y debo decir, que me salvaste. Me salvaste de creer que mi hija se quedaría atrapada entre el arado y el aspado indiferente de un molino. Me salvaste...porque en el fondo siempre quise que mi hija sintiera la sangre de sus padres. La sangre de dos héroes.

Y ahora vuelves a casa...después de haberte forjado como mujer.

Son las decisiones la que hacen que acabemos en un destino u otro. El capitán del Tercio Ramiro León entró en cólera con el Marqués Fernando Galán...ambos amigos tuyos. Llegaron casi a las manos y a punto de acabar en duelo. Casi imagino que pensaste que lo que te faltaba era que incluso tus amigos murieran en duelo, por muy noble que fuera. Y todo casi se desmorona por una mujer. Jeannette iba a ser enviada con el tirano de su padre por el tratado que firmasteis el Estado Mayor del Tercio a cambio del castillo de Santiago. Ramiro iba a cumplir con su promesa, por dura que fuera, pero el enamorado entró en cólera. Entraron en duelo mientras los guerrilleros y los hombres del Tercio se insultaban. Sin temor alguno entraste en círculo del duelo, entrando en el baile de espadas en el que se mataban dos amigos. Tuvieron que parar, le hiciste ver a Fernando que habíais dado vuestra palabra al enemigo de llevar a Jeannette con su padre. La palabra de un castellano es sagrada. Por mucho que le doliera, era lo justo, y se lo hiciste ver. Moviste su mundo para hacer lo que debía hacer, aunque no fuera lo que Fernando quisiera y amara más en este mundo. Fue lo justo, aunque a todos, incluso a ti, os rompiera el alma en mil pedazos la marcha de vuestra amiga. El marqués miró su corazón entonces. No debía poner a su amor por encima de todas las cosas, el pueblo contaba con él, pero no se daría por vencido: rescataría a Jeannete, se casaría con ella, sacarían su tierra adelante y lucharía contra todo el que se opusiera. Fernando soltó su espada, mirando tus ojos, y se dio cuenta de que su pueblo le esperaba, era lo justo. Supo que su mundo cambió en ese momento.

Un caballero es justo más allá de lo que ansía su corazón

Tras haber viajado por toda Castilla, siguiendo las pistas de una conspiración contra la corona del Buen Rey Sandoval, acabaste con tus amigos en la corte del rey, salvando su vida y la de la nación. Te torturaron, te chantajearon, te mandaron a galeras, te juzgó la Inquisición, te acusaron de asesinato, y salvaste a una persona que intentó venderte: Rivera. Tras haber pasado por mil y una aventuras y desventuras, salvaste a un hombre que estaba condenado por poderes mayores. Salvaste a un rey y a un desgraciado sin tener en cuenta su posición social...por partes iguales, aunque uno de ellos portara corona. Y tras ello, no pediste nada a cambio, ni siquiera esperaste que te dieran las gracias, ni siquiera esperaste a que despertara para ver su cara de agradecimiento. Simplemente inclinaste tu cabeza y les obsequiaste con una sonrisa portadora de la humildad.

Un caballero es humilde y no espera recompensa, a excepción de una verdadera y pura amistad.

El simple hecho de ver a la guardia de San Cristóbal correr de un lado para otro te hizo saber que debías saber qué pasaba. Y tu olfato no te engañó: se llevaban a la pobre gitana que hace unos momentos te había leído tu destino en unas cartas. La Inquisición allí mismo intentó azotarla públicamente, y sin embargo, sin desenvainar arma alguna excepto la palabra, les hiciste ver a los pueblerinos las injusticias de los fanáticos. Por ello, se te juzgó y se te condenó a latigazos en la plaza del pueblo... solo por piedad hacia esa pobre mujer que solo te adivinó tu futuro. La piedad movió su mundo y fue perdonada.

Un caballero es piadoso y su corazón puede escuchar el lamento del mundo


Tu amigo, el gran Capitán Barceló, quiso ajusticiar a uno de los vuestros, a Gerard, ahorcándolo sanguinariamente sobre los mástiles de vuestro barco. Podías haber apartado la mirada, irte a otra parte, preocuparte por tus asuntos. ¡Pero no! ¡Pusiste tu corazón entre la muerte y su corazón! Traidor o asustadizo, ¡era uno de los vuestros! decías. Fue perdonado por ti, una niña, Gerard Leblanc se sintió avergonzado. Se marchó a su camarote a emborracharse como siempre, para olvidar aquella vergonzosa actuación. Y sin embargo, la botella acabó rompiendo su espejo. La imagen de un borracho que no hace más que lamentarse de un pasado incierto. Vio algo en tus ojos... un atisbo de tu alma. Miró su reflejo duplicado en los pedazos de cristales.  Entendiste su miedo, te pusiste en su lugar, entraste en su corazón y comprendiste que sus intenciones no fueron malas, sino desesperadas. Su reflejo se había roto...y con él su alma. Se lavó, se aseó, sacó la casaca que representaba un pasado mejor para él, se recogió el pelo en una trenza de espigas, decidió cambiar. Gracias a un gesto gentil...un simple gesto que movió su mundo.

Un caballero es misericordioso y ve las faltas de los demás en sí mismo


Plantasteis cara al tirano invasor, os presentasteis en todas las trampas de vuestros enemigos voluntariamente para salvar a vuestros amigos de la horca; invadisteis una catedral para impedir una boda que destruiría vuestra tierra y el corazón de un amigo; os infiltrasteis en un castillo plagado de soldados en pos de liberar a los rehenes de guerra. Pero sobre todo, pusiste tu corazón delante del rifle mountaignere en la batalla de las estepas de San Juan. Pudisteis haberos retirados a las murallas y hacer guerra de guerrillas, pero no, avanzasteis con justa furia. El enemigo se confió, creía haber tenido la victoria en sus manos...pero no contó con el ardor de la valentía castellana. Cargasteis de frente a las bayonetas y recibisteis con corazones ardientes la salva desesperada de un enemigo superior pero confiado. La valentía os salvó a todos, aunque pagasteis el precio de la muerte de muchos amigos. La valentía hace que la bandera del furriel Mariano ondee con la gloria del Tercio Castellano sobre la estepa...su sangre derramada sembraría la libertad en aquél lugar. Los castellanos no dejarán de sorprenderme ¡Alzad vuestros corazones, hombres y mujeres de Castilla! ¡Mostrad vuestras garras de león! ¡Mostrad vuestros corazones con valentía! La valentía que mueve el mundo del pueblo castellano.

Un caballero es valiente, un hombre que lucha juntos sus amigos no debe temer ni a la misma muerte.


Caballero sin título, fuiste forjada con la sangre de los gentilhombres. Un título grabado a fuego en tu corazón y escrito con tu sangre. Una campesina que lleva el corazón de un héroe en su pecho. El título no hace al hombre.

Entonces Marina, ¿qué es lo que mueve tú mundo? ¿Qué te motiva mueve a los humanos a avanzar, retroceder, luchar o morir...?

¿El poder?, ¿la avaricia?, ¿la conquista?, ¿la fama?, ¿la supervivencia? ¿la victoria?...

No...soy yo desde tu corazón. Es mi fuego que vive en ti, gracias a ti. Porque mantienes la llama de mi recuerdo viva, a pesar de que mi corazón se apagó hace mucho.

Gracias hija mía, me salvaste al final...porque los héroes solo viven cuando los actos de alguien querido le recuerdan.

Y tú...me recuerdas a mi.
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Thomas Owen. Desde algún lugar donde los espíritus viven en paz, pero aún no pueden abandonar el mundo.

jueves, 5 de abril de 2012

¿Pensaban acaso que podrían cambiar algo con tal acto? ¿De verdad creían que con su muerte ella volvería? ¿O quizás suponían que sin Gerard a bordo tendríamos un viento favorable? ¿Acaso no se pusieron muchos de su parte cuando quiso huir? Y aun así, se lo harían pagar tan solo a un hombre. A un hombre con miedo, ¡maldita sea! Todos lo tuvimos al ver aquel navío errante que subsistía gracias a los cuerpos de los que podía alimentarse. Sus tripulantes eran parte del barco, y no se podía distinguir en qué punto comenzaba éste. A bordo, esqueletos y cadáveres andantes trabajaban, arriando velas, transportando pólvora o cualquier tarea que él les encomendaba. Él…la sola imagen de El Segador era escalofriante, se encontraba en la proa del barco con la misma macabra apariencia que la del resto de navegantes, pero éste, a diferencia de los demás, portaba una guadaña sobre la que se apoyaba. Y si pudiese una calavera tener algún tipo de expresión, juraría que una sonrisa triunfante y sádica figuraba en su rostro. Si él no era la muerte en persona, ¿quién entonces podría serlo?
Aun así, decidimos toparnos con el Arca de la Muerte. Éramos nosotros o ellos, no habría alternativa. Pero Gerard prefería tener una posibilidad de seguir viviendo, y siendo él el contramaestre de nuestro lamentable navío, Finisterra, aprovechó la ocasión para ello cuando el capitán y yo nos lanzamos a por la embarcación sin vida. Muchos apoyaron la decisión de marchase dejándonos atrás, pero a nuestro costoso regreso, alegaban que sólo él era culpable, que nos había traicionado y que por tanto debía ser ajusticiado con la muerte. Yo no podía permitirlo. Sí, había tomado el mando del barco para dejarnos atrás. Sí, se podía decir que nuestra causa estaba perdida cuando quedamos presos Barceló y yo en las entrañas del Arca de la Muerte. Sí, se podría entonces pensar que nos había traicionado. Pero, ¿a quién? ¿Qué somos para él? Y más aún después de que sus más cercanos habían creído que acabar con su vida era lo mejor para todos. ¿Es que Barceló no es capaz de pensar que no todos son tan leales como él? ¿O debería decir arriesgados e imprudentes? Nosotros teníamos mucho que perder en aquel conflicto y lo que más nos preocupaba eran ellos: nuestros compañeros, nuestros amigos. Mas Gerard allí solo podía perderse a sí mismo y era lo único que deseaba salvar. Lo entiendo. Por ello no podía dejar que tuviese tal final. Lo único que conseguirían sería un alivio por haber matado a uno de los nuestros. ¡Un alivio para ellos! Yo no podría cargar con ese peso, aunque no fuese yo quién sellase su destino, porque significaría que tampoco hice nada por impedirlo. Tenía que poner fin y no de esa manera.
Se propuso entonces dejarle marchar, no volvería a abandonarnos nunca más, puesto que no formaría parte de nuestra tripulación ni de nuestras mentes. Dejarle marchar… ¿con quién? ¿Con los que a pesar de compartir lengua y costumbres, le habían repudiado siempre? ¡Ellos no eran los suyos! No se sentiría parte de ningún lugar, si es que acaso había sentido algo parecido con nosotros. Intervine: “¿Qué es lo que realmente queréis hacer?”, pregunté. La respuesta era obvia si debía elegir entre quedarse, partir con quienes no encajaba o morir.
No sé si estuvo bien o mal lo que hice: pasar por alto la decisión de nuestro capitán Barceló y tomar la mía propia, permitiendo a Gerard quedarse con nosotros y perdonándole la vida…pero no me importa. Pienso que así las cosas se han tornado de un color diferente tanto para él como para mí y me siento bien al saber que quizás todo esto haya significado algo para alguien, aunque ni siquiera le conozca. Es posible que así empiece a valorar que lo que tiene no son solo un puñado de botellas de alcohol con las que ahogar sus penas, sino que hay alguien que apuesta por él y cree que las cosas pueden cambiar y que la suerte puede sonreírle. Y aunque no se modifiquen sus pensamientos ni sus actos, quería que tuviese la oportunidad de hacerlo. No me importa si nadie me toma en serio, o piensan que solo hice esto por compasión, pena, o simplemente por no ser capaz de asesinar a alguien que a ojos del mundo lo merecía. Mi visión de todo aquello era diferente…

Alguien me preguntó una vez en qué creía, y con mi crucifijo en la mano, el que antaño mi padre había portado, no supe responder. Al principio me pareció un simple interrogante cuya misión era buscar su solución, y que por más que intentaba hallarla, ésta parecía no querer ser encontrada. Mi respuesta fue entonces el silencio y eso me frustraba. Pero luego entendí que no tenía un tiempo limitado para contestar, pues a todo le llega su momento.
Ahora me aferro a mi crucifijo, miro al frente y dejo que la brisa me acaricie el rostro y juegue con mi cabello. Y creo. Creo en que puedo cambiar las cosas.

Marina Oliván

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Cuaderno de bitácora de la capitana del Finisterra, justo después del motín fallido de Gerard tras la batalla contra el Segador y el Arca de los Muertos.


PD: escrito por Sara (Aleera), mi jugadora de 7º Mar. Gracias por el escrito ^^

viernes, 30 de marzo de 2012

Una flor que crece entre tormentas

Se despertó de manera violenta y sobresaltada. Fue un reflejo de dolor que le costó un buen golpe en la cabeza contra la fría piedra negra. El eco del golpe y el aullido de dolor resonó por la sala, donde supuestamente había otras ocho celdas más que encerraban a los prisioneros más impredecibles, nada más y nada menos que siete piratas muy peligrosos y sobre todo, locos. Siete piratas y con él eran ocho. Pero él no era un pirata.

Se giró de forma pausada, intentando respirar por los agujeros del saco que le cubría la cabeza. Odiaba no poder ver, odiaba que el aire no pudiera tocar su rostro. Y aún así, se imaginaba de una forma muy nítida el Castillo Negro, una prisión perfectamente construida para albergar originariamente a un prisionero: él. Pero él no era peligroso, solo su rostro lo era. Un rostro que alguien que quería que el mundo no viera nunca más, pero no lo suficiente como para no matarle. La única explicación que le encontraba el prisionero sin rostro era que el traidor sabía lo que hacía, o que era tan fanáticamente devoto que no se atrevía a manchar sus manos de sangre...real. Todo debía ser un asqueroso plan de la Inquisición para hacerse con el poder. Se habían librado de él de forma muy astuta, pero entonces...¿qué habría sido de su hermano?
Esa duda, la incerteza de saber si su hermano pequeño se encontraba bien, le asfixiaba más que el saco de tela que le cubría la cabeza. Su rostro era un peligro para ellos...

Escuchó el conocido silbido de uno de los prisioneros y un grito de pura excitación.

-¡Jaca! ¡Déjame que te coma toah que me tenéis bien flaco en este cuchitril!

-¡Callate, nº V!- gritó un guardia tras un golpe en los barrotes.

Conocía a los otros 7 prisioneros de oídas, pero estaba seguro de que aquél era el Capitán Barceló, ex-almirante de la armada de Castilla, castigado por sedición, traición a la corona, deserción, desacato y piratería. Le había conocido hace muchos años, cuando ambos eran hombres respetables. Buenos tiempos...y cómo habían cambiado las cosas.

De pronto se escuchó el inconfundible sonido de unas llaves y de una puerta mal engrasada. El prisionero se incorporó junto a la pared de la prisión y esperó. La profunda voz del carcelero le llegó de sopetón.

-Número I, hora de asearse- dijo la voz curtida, haciendo referencia a la marca a fuego que le habían hecho en el cuello, como si de un animal se tratara.

La puerta volvió a cerrarse y escuchó como alguien muy silencioso dejaba algo como un cubo metálico en el suelo. Supuso que la misma esclava de la otra vez. Los agentes de la prisión ahorraban dinero de personal y criados usando a los prisioneros no peligrosos. Los más afortunados trabajaban los campos de azúcar en trabajos forzados en la isla prisión. La mujer le aflojó un poco el correaje del saco y le puso el plato de comida delante, que devoró el prisionero con ansia por debajo del saco, sin intentar quitárselo...ya sabía cual era la pena por hacerlo. Mientras comía, el prisionero olió a rosas, era la misma esclava de la otra vez. Escuchó como las iba colgando en la decoración que tenía supuestamente su celda. Era una imagen extraña para los guardias, el ver una prisión llena de flores rojas. El aspiró su frescura.

-Rosas...

Entonces supo que era ella otra vez, pero no dijo nada. Ella se acercó y dejó que el prisionero acabara con la comida.

-Con permiso, señor- dijo una mujer al otro lado de la capucha con voz temblorosa, dejando a un lado los platos.

Él no dijo nada y se dejó desvestir, excepto el saco que le cubría el rostro. Escuchó atentamente como estrujaba una esponja y olió el jabón barato. Aquella variación perceptible para sus sentidos era casi un regalo. La mujer comenzó lavando tímidamente sus brazos que, aunque aún jóvenes, en otro tiempo atrás habían sido atléticos y fuertes.

-¿Por qué...?- comenzó a decir él.

-Shh... sabéis que no podéis hablar conmigo- dijo ella mientras continuaba con su labor.

El calló, pero ella volvió a hablar. Odiaba eso, la mujer llegaba, le daba de comer, le bañaba, le traía flores a su celda...y él no podía ni dar las gracias. Si un guardia le escuchara...solo dios sabría que le haría a aquella pobre mujer.

- Debe ser horrible que, aparte de estar prisionero por una razón que desconocéis, no podáis ver, ni hablar, ni charlar simplemente... ¿Puedo llamaros Allende? No me gustaría llamaros por un número.

Él no dijo nada. Escuchó, como otras veces. El tocó una de las rosas que había traído. Estaba fresca, recién cortada. Apenas podía oler tras la peste del saco, pero aquél atisbo aroma era un regalo del cielo. Él tomó una de las rosas y la arropó entre sus venosas manos con ternura.

-Por mucho que le doy vueltas, por mucho que lo pienso, no parecéis como los demás. No sois como los otros- llevó la esponja al cubo y lo escurrió, cogiendo agua con jabón-. A veces pienso con ironía que sois como una de esas rosas que cuido: no podéis hablar, no podéis ver, no podéis moveros, no se os permite mostrar un sentimiento, y dependéis totalmente de alguien, alguien que os cuida, que os habla mientras os baña...¿habíais oído alguna vez que las flores crecen mejor si las hablan mientras las riegan?- hubo un breve silencio, hasta que la mujer salió de su ensimismamiento- Esa manera de verlo me hace pensar felizmente que un día, cuando salgáis de vuestra semilla y podáis así florecer en todo vuestro esplendor, de forma libre y fuerte, pueda sentirme orgullosa de que esa flor libre y llena de espinas ha florecido gracias a mi... que aguantó mil tempestades gracias a mis cuidados. Me gustaría creerlo, pues algo me dice que no deberíais estar aquí, que no sois como el resto. Llamadme loca, pero no parecéis un maleante corriente. Estáis marcado como el más peligroso y no le encuentro el sentido. No puedo miraros a los ojos pero siento que sois inocente. Veo en vos el porte de... un rey.

Él agachó la cabeza sin rostro, pero no dijo nada, dejó que ella hablara, como siempre. Ella suspiró, pensando que sus palabras le traían amargura. Cambió de tema.

-Sé que ya os lo dije, pero mi hija está aprendiendo a leer por su cuenta...es una chica muy lista. Aunque se queja de que solo puede leer los días de luna llena, se conforma con lo que tiene. Los carceleros no les permiten tener velas en las chozas de los prisioneros. Apenas puedo verla...pero menos es nada. Está a punto de cumplir los 15, ¿sabéis? Está deseando salir de aquí y ser un juglar como su padre. No es la vida que me esperaba para alguno de mis hijos...pero seguro que es mejor que lo que hay aquí. Se le iluminan los ojillos cada vez que escucha algo parecido a música. Es una chica muy despierta...quizás demasiado.

La mujer se avergonzó de contar siempre lo mismo a aquella persona, que seguramente soportaba las tonterías de su hija día sí y día no a la fuerza. Decidió callarse y vestir al prisionero, que ayudó todo lo que pudo en facilitar la tarea. Ella salió avergonzada

- Siento haberos molestado, no debía... aburriros con mis tonterías de vieja, lo lamento, ultimamente solo hablo de mi hija y...

Una punzada de dolor machacó a Allende y supo de pronto que sentía verdadero cariño por esa mujer y su hija, a las que no había visto jamás. De pronto la voz de Allende salió de la profundidad del paño que cubría su cara. Habló de forma templada, serena, confiada...segura, casi profética:

- Sé que no la conozco mucho pero, con todo lo que sé puedo decir con certeza que vuestra hija será una gran mujer- susurró el encapuchado con un tinte de emoción-. No la conozco y ya siento un profundo cariño por ella. Estoy seguro de que os sentiréis orgullosa de ella. No os preocupéis, Valia florecerá bien... os lo prometo.
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Isla del Diablo, fortaleza-prisión de Castilla. Una semana antes de la fundación de la Hermandad de los Piratas.

jueves, 15 de marzo de 2012

Héroes y Villanos (III)

Vamos con otra serie de tres héroes o villanos. En esta ocasión otros tres villanos por petición expresa de la jugadora, que demandaba un pequeño resumen sobre un pnj concreto. En fin, aquí va el resumen con los datos y rumores que más o menos conoce el mundo y Marina Oliván:


Christiano Ulberti llega al mundo como primogénito de los Ulberti, familia protegida por los Villanova. Los Ulberti han apostado fuerte desde hace mucho tiempo por servir a la familia del Príncipe Mercader Giovanni Villanova y éste recompensa bien a los que le sirven.
Aunque mayormente el patriarca de los Ulberti le sirve a los Villanova como banqueros en auge, se puede decir que tienen ambición por cuenta propia, ya que Numerius Ulberti ha conseguido colocar a sus hijos en posiciones elevadas, tanto en el trono Papal como títulos nobiliarios a considerar.
Como ya había dicho, Christiano Ulberti nace como primogénito de los Ulberti, siendo el primero de tres hermanos (hermanastros). Su madre se dice que falleció durante el parto y fue educado por un padre que entrena a sus hijos para ser piezas que lleven a la gloria su nombre. Tuvo una rica educación, pero le faltó algo imprescindible en la vida de toda persona, el amor de una madre. Numerius Ulberti consideraba una ventaja la ausencia de una madre porque eso solo ablandaría a sus hijos. Él necesitaba endurecerlos para sus grandes ambiciones.
A sus 13 años su padre ya le obligó a entrar en un monasterio como monaguillo y a los 16 lo metió en el seminario monástico. Christiano resultó ser un alumno infame, inquieto y distraído para los sacerdotes, convirtiéndose en una leyenda negra para la paz del monasterio. No prestaba atención y se escapaba continuamente del monasterio, donde le encontraban siempre en el jardín donde veía a las muchachas del convento vecino recibir lecciones de catequesis. Algo muy curioso que destacaba sus maestros sobre Christiano era que mostraba una inmensa e inocente curiosidad hacia las niñas. Una vez incluso fue castigado a cilicio porque encontraron un retrato a carboncillo de una muchacha joven que sonreía de una forma misteriosamente inocente. Los sacerdotes lo interpretaron como lascivia, pero lo cierto es que aquel dibujo era inocente.

A pesar de no salir nada bien del seminario, consiguió el hábito de sacerdocio. No lo deseaba, pero era mejor que acabar en el negocio banquero de los Villanova, así que se esforzó lo mínimo para seguir adelante. A sus 19 años comprendió que su padre apostaba fuerte por él, descubrió que movía influencias y compraba amistades que le acabaron colocando como Obispo. Con otro pequeño empujón su padre convenció a Giovanni Villanova que podría llegar incluso al Papado con sus influencias, así que el Príncipe Mercader movió hilos para conseguir que acabara entrando (con mucho esfuerzo) en el colegio cardenalicio. Giovanni había visto cómo se movía Ulberti, era ambicioso y tenía talento, acababa de colocar a su hija Paola como Conttesa di Veronia, así que apostó fuerte por el primogénito de los Ulberti. Christiano, a sus 24 años ya era cardenal.

Pero Christiano no llevaba una vida ejemplar de sacerdocio. Seguía teniendo una fija obsesión por las mujeres, y no en el mal sentido. Las observaba de lejos, las cuidaba y las trataba como si fueran algo...divino. Su padre creyó que la ausencia de una madre endurecería a sus vástagos, pero con Christiano resultó formar una fascinación por lo femenino que extrañaba y asustaba. Llegó una época en la que no era difícil encontrar a mujeres en su alcoba, tratadas a cuerpo de reina. Se acostaba con ellas, pero las amaba a todas por igual...y lo más importante, él recibía el calor de una mujer. Pero sus vicios acabó por tirarle en una espiral que le hizo sentirse amorosamente vacío...ninguna mujer captaba su atención demasiado tiempo. Eso le hacía sentirse hueco y desesperado. Ninguna mujer conseguía encandilarle del todo, ninguna ha conseguido hacer que se sintiera vivo. Sin embargo, no desaprovecha una ocasión para sentirse "amado". Sería fácil verle con una mujer de vida "alegre", pero nunca le verías alzando su mano contra una.

Finalmente su padre consiguió colocarle como Papa. En parte gracias a las influencias de su hermanastra, la Conttesa Paola Ulberti; de los Villanova y sus sobornos, y de la frustración de los movimientos de los rivales de los Ulberti por Marina Oliván (aunque ella realmente buscaba que Ricardo de Barcino no saliera Papa, colaboró con los Ulberti por pura coincidencia)

Ahora su nombre es Alexandros III a la sorprendente edad de 26 años, alarmante para un puesto que es para toda la vida. Por ello, todos los que no fueron sobornados por los Ulberti, son enemigos del Papa, lo que incluye a la mitad del colegio cardenalicio, que no piensan esperar décadas a que fallezca por causas naturales.


(luego amplío con Paola y Constanzio, que están en el borrador sin acabar)

jueves, 1 de marzo de 2012

Pactos...

La gran masa de peregrinos vaticanos acudidos a Ciudad Vaticana era un sinónimo de alegría y buena nueva. Por fin, después de tantos años de anarquía religiosa, los devotos tenían un nuevo Papa. Ricos, pobres, locales y de otras naciones, celebraban con entusiasmo que por fin alguien se sentara en el trono de los Profetas. Sí, había sido una sorpresa, todos esperaban que saliera un castellano, como es lo corriente desde que el Vaticano fue trasladada de sede desde Vodacce a Castilla y, sin embargo, no fue elegido Ricardo de Barcino... sino el preferiti vodacciano.

Y no era raro por su nacionalidad...sino por su juventud.


Christiano Ulberti, hijo predilecto de los Ulberti, familia protegida por los Villanova, salió al balcón de la plaza de San Jorge ataviado con las vestiduras de pureza de Papa.

-¡Su Santidad el Papa, Alexandros III!

El joven sonrió y avanzó divertido por la irónica situación escoltado por el resto de miembros del colegio cardenalicio. El populacho enloqueció cuando la figura del nuevo papa fue bañada por la luz del sol en el palco de la Basílica. Los aplausos se apagaron y los devotos se arrodillaron. A Christiano se le apagó la felicidad, los feligreses esperaban su misa.

¡Qué aburrido!

Pero no todo podían ser ventajas, así que, alzando la joven voz sobre las cabezas de los fieles, comenzó a orar en latín de memoria, que no de corazón. Los rostros de los cardenales mostraba seriedad, vejez, y un sentimiento extraño de frustración... el cargo papal era vitalicio y ese muchacho que probablemente había comprado su puesto parecía tener mucha vida. A la derecha del papa el ala de los cardenales castellanos más conservadores hablaban en susurros, mirando al frente dando muestra de habilidad con la discreción...parecía que oraban, pero estaban manteniendo una conversación.

-Ricardo de Barcino- comenzó diciendo el Jefe de la Inquisición Esteban Verdugo con su peculiar y oscura voz que sacaba en los interrogatorios-, has vuelto a fallarme a mi y al Gran Plan.

El viejo cardenal de la región de Barcino se movió incómodo, moviendo el peso de una pierna a otra, como si no supiera cómo afrontar aquella amenaza.

-No...no, señor. No quería que nuestros planes salieran mal...

-¿Nuestros? Tú solo eres un instrumento de nuestra causa. Solo eres un carroñero que se dirige hacia donde sopla el viento. Al fin y al cabo, no eres más que un débil y despreciable humano más. Te advertimos sobre esto, si no puedes cumplir con tu promesa, no puedes esperar que haya sitio para ti en nuestro nuevo...futuro.

-No...no...lo siento, no ha sido culpa mía. D´Argeneau debía haber muerto...fue culpa de la asesina.

-Y además, le echa las culpas de tus errores a los demás...patético. Lo siento, pero te ofrecimos nuestro poder a cambio de una absoluta lealtad y obediencia. Está claro que no nos eres ya útil.

-P-piedad, señor.

-¿Piedad? La piedad se la dejo a Dios nuestro Señor. Éste será vuestro último amanecer, Ricardo.

-¡No!- exclamó en un suspiro agónico el viejo- Aún puedo seros útil. Yo...yo...puedo poner a uno de los vuestros como ujier en la coronación... estaría lo suficientemente cerca del Rey como para...

-Bien. Veo que aún vale de algo tu patética vida. Permitidme un consejo: no aceptéis un trato que no podéis pagar...y menos con nosotros. Nosotros siempre cumplimos, si tú no lo haces, lo pagarás con tu alma.

Ricardo de Barcino leyó en los ojos ceniza de Verdugo que lo decía literalmente.

-B-bien, señor. Mi vida por serviros.

-Así sea.

La gente clamó el final de la oración y Verdugo bajó a la Basílica para que el Papa diera las primeras órdenes y misa a sus lugartenientes. Mientras el Papa daba su discurso inicial, a su lado reconoció el olor humano de Harold, el fiel perro de guerra del Maestro.

-Marina Oliván...está en Ciudad Vaticana- susurró ásperamente el espadachín.

El se quedó un rato pensando mientras oía de fondo cómo retumbaba las órdenes del recién nombrado Alexandros III.

- Nunca dejará de sorprenderme la estupidez humana.

-Casi seguro que fue ella la chica que alertó a los hombres de Christiano, impidiendo el asesinato d´Argeneau.

-Y la responsable de la breve ausencia de Bernardo.

-Sí, señor.

-Has acabado con ella ¿no?

-No...señor. Hay circunstancias que no me permiten llevar la ejecución a cabo.- se excusó aludiendo a las dolencias abstractas.

-No, Harold. Lo único que te impide hacer lo que debes...se encuentra en tu interior. Largaos, informaré al Maestre antes de que se marche a Eisen con Espada, tiene muchos planes que tratar.

Harold puso un puño en el pecho y se marchó, alimentando su odio y su furia...que volvía a él como un torrente de malevolencia, volvía a encontrarse bien...

jueves, 26 de enero de 2012

Una reunión muy esperada (II)

A pesar de que era julio, las montañas estaban heladas. No era raro, ya vivía en lo alto de los picos férreos durante muchos años, por culpa de sus perseguidores. El hombre encendió una antorcha y se pudo vislumbrar su pelo cano plateado. Estaba en su cueva, rodeado de probetas y tubos con sustancias burbujeantes. Era hora de probar una de sus creaciones...

-Cuchillo.- dijo ajustándose unos anteojos con la templanza de un cirujano. Una mano joven salió de la oscuridad y se lo tendió con precisión.

-La piedra.

El ayudante le pasó una piedra rojiza. Rojo sangre.
El hombre se ajustó la lente y miró sus manos envejecidas. Acto seguido se rajó horizontalmente la palma de la mano con una piedra escarlata en ella. Apretó el puño y dejó que brotara la sangre hasta conseguir tenerla empapada. Acto seguido, arropó la piedra en su puño.

A pesar de su edad, avanzó rápidamente por la cueva y pegó una bofetada al aire. La sangre salió disparada como una lanza, cayendo gotas en una vasija vieja en un pedestal. El anciano sonrió y alzó la mano sana.

Un chasquido y...¡Bum!

Todas las gotas de sangre esparcidas por la vasija se iluminaron dando centelladas de luz por toda el laboratorio. Al final fue tanta la energía acumulada que la vasija y parte del laboratorio explotó por una simple gota de sangre.

El anciano sonrió.

-Venda.- dijo sentándose en un taburete mientras su ayudante le vendaba la mano herida.

-¡Ha...ha funcionado, mi señor! ¡Ha conseguido transmutar...solo con sangre!

El viejo ni le miraba, Sonreía mirando la piedra. Aquel era uno de sus mayores descubrimientos.

Un cuervo entró en el laboratorio y él lo miró con asco.

"Aquellos idiotas no entenderían mi trabajo..." pensó mientras se levantaba trabajosamente y empezaba a recoger sus cosas.

-Me marcho. Te dejo al cargo y mantenimiento de mis investigaciones.

-¡Pero...¿ahora, mi señor? ¿Después de este espléndido momento? ¿Qué puede ser más importante que su recién descubrimiento?

Él no respondió y salió del laboratorio.

"Idiotas sí, pero siguen siendo 12 idiotas poderosos" pensó mientras salía hacia la montaña nevada.
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En otro lugar, en un enorme despacho, una mujer madura leía en voz alta unos poemas con toda la pasión de su voz. Estaba tumbada en un diván tapizado de terciopelo y vestía una bata de seda. Tenía una encuadernación, pero su mirada se perdía en el vacío. Se lo sabía de memoria.

-He aquí Castilla, ahora arrebatada ¿vamos a quedarnos en casa? ¿vamos a inclinar nuestro cuello? ¡¿o vamos a luchar hasta quedar sin resuello?!- se quedó pensativa un rato, y comenzó a escribir mientras lo leía en voz alta.- Es interesante observar cómo unas palabras pueden afectar al alma humana. Es muy probable que ahí resida la diferencia del hombre y una bestia. La palabra es el alma del hombre. Los libros son peligrosos y valiosos. Textos como este pueden incitar a luchar sin conocer causa alguna.

Empezó a retozar mientras se estiraba en el diván, encontrando una encuadernación lujosa entre el montón de libros que salpicaba la sala. Estuvo un rato leyendo sobre la filosofía nihilista y luego fue a su despacho. Su OTRO despacho.

Miró el trozo de mapa pequeño, perfectamente cuidado y tratado. Apenas se atrevía a mirarlo, parecía muy frágil. Los símbolos seguían ahí...esperando a que ella los descifrara. Era algo con lo que nunca se había topado.

Aquél trozo de mapa antiguo le quitaba el sueño.

En esto estaba pensando cuando sonó una campana. Se asomó por la ventana y miró como el cuervo la miraba expectante desde un palomar, con una nota en su pata. No necesitaba leerla. Salió corriendo de su mansión mientras se abrigaba. Por fin sus habilidades se verían puesta a prueba. Y la sensación de éxito que tendría cuando consiguiera descifrar aquel galimatías antiguo...sería el mayor de sus éxtasis.

Las palabras eran su droga.
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En otra parte del mundo, llovía a mares. Un anciano encapuchado se tambaleaba por un callejón donde solo había maleantes y borrachos. El anciano se dispuso a descansar un rato, así que los rateros aprovecharon la lluvia y la vejez de su víctima para hacerse con una monedas.

-¡Eh, viejo! ¡Danos tus chelines! No creo que los vayas a necesitar carcamal.

El viejo, haciendo oídos sordos siguió respirando trabajosamente en un barril. Se sacó los pocos chelines que tenía y los dejó en la palma de su mano, totalmente quemada, tendiéndosela al bandido.

-Aquí tienes...cógela si te atreves a robarle a un pobre viejo.- dijo el encapuchado con voz lastimosa.

El asaltador, confiado, tomó la palma del viejo. Error. El encapuchado cogió su mano como si de un saludo se tratara y apretó su mano. Acto seguido, un estallido de energía pasó de una mano a otra, convirtiendo el asaltador en ceniza a la velocidad del rayo. Los mendigos del callejón salieron corriendo. Pero en cuestión de segundos el anciano ardía haciendo estallar un radio de energía que los redujo a los presente a polvo y ceniza. No podía permitir que vivieran.

Desde la capucha se veían dos ojos zafirinos, iluminados, viejos y poderosos. Miraba el bailar de las cenizas mecidas por la tormenta y la lluvia.

El viejo se quedó solo, riéndose nerviosamente. Le parecía divertido. Aquellas personas, mendigos, muertos de hambre...nunca habían existido.

Un cuervo se apoyó en su hombro y el viejo, con dificultad y un aullido, deshizo la realidad para desaparecer en un tronar luminoso. El callejón quedó vacío y en silencio...como si nada hubiera pasado allí.

Cadenas por corona

Los grilletes se cerraron sobre las muñecas de Leandro Vázquez de Gallegos. El Alguacil cerró las esposas duramente y apretando con malicia,...