jueves, 15 de noviembre de 2012

Honor desfigurado


Las botas del joven soldado se lamentaban en el exterior de la mansión Dubois. Louis notó que su pulso se aceleraba mientras miraba una y otra vez el camino que venía desde las afueras de Paix. En cualquier momento aparecería un carruaje...con el cadáver de su padre. ¿Cómo era posible? Su padre era uno de los mejores mariscales del Rey Sol, ¿acaso los castellanos le emboscaron junto con sus guardaespaldas? Seguramente, pensó Louis, incluso le disparó algún guerrillero castellano antes de la batalla de San Teodoro, o un asesino. Desde luego, su padre, el mariscal Charles Dupont, era demasiado experto como para ponerse en peligro tontamente. Su mente privilegiada para la estrategia estaba por encima de los riesgos tontos de los guerreros. ¿Entonces...como había muerto su amado padre?
Además, no tenía sentido. Todas sus victorias por Castilla habían sido obras estratégicas dignas del gran general Montegue. Las ciudades acababan rindiéndose después de ofrecer una leve resistencia, incluso hasta el gobernante de Santiago lo iba a hacer. Su padre era un negociador nato...hasta que esos estúpidos guerrilleros asaltaron las calles e incendiaron la ciudad que a su padre tanto le había costado mantener intacta. A pesar de que el Rey Sol ponía en un apuro a su padre y le forzaba a la conquista de toda la península oeste de Castilla antes del invierno, su padre traía conquistas y conquistas y venía a contarlas. Y por supuesto, él mismo escuchaba las campañas de su padre en Castilla de principio a fin.
Al fin apareció el carruaje negro donde debía estar su padre. Miró a su lado. Su hermana Jeannette estaba estática y pálida como una estatua de mármol. ¿Acaso no sufría por la innoble muerte que les había dado esos campesinos castellanos a su amado padre? Ah...ojala le hubieran dejado ir a él también a Castilla con su padre cuando tomó Santiago sin apenas derramamiento de sangre. Pero tenía que quedarse en Charouse si quería llegar a ser como su padre; no podía permitirse dejar de ir a la Academia Militar más prestigiosa de la nación solo por una excursión. A su otro lado estaba su madre, la excéntrica duquesa Mariam Dubois. Iba con uno de esos vestidos horribles que tanto les gustaba a algunas viejas chochas de la corte del Rey. Ella tenía el rostro arrugado por la vejez y mostraba el semblante aburrido. Ni siquiera se había vestido de luto.

-¿Tan poco respeto le tenéis al padre de vuestros hijos, que ni si quiera se os ha pasado por la cabeza vestir como una persona decente, madre? ¿Ese es el respeto que le tienes a tu difunto marido?- su madre ni siquiera se giró, parecía hastiada de todo. Ante la falta de respuesta de su madre Louis le alzó la voz, pero evitando que los criados, centenares de militares y docenas de cortesanos que habían acudido para el funeral del famoso mariscal Charles Dupont escucharan sus ataques a su madre- ¡¿Es que acaso os dais cuenta de que sois viuda, madre?! Muestras un semblante como si el que hubiera muerto fuera cualquiera, sin daros cuenta de que no solo habéis perdido a vuestro esposo, sino que la nación ha perdido a un excelentísimo y noble general.

Hubo un incómodo silencio antes de que hubiera una reacción. Ella respondió muy tranquilamente, mirando fijamente cómo iba llegando el carruaje desde Paix.

-No te equivoques, hijo mío. Es cierto que tu padre era un gran general, un excelente estratega y un conquistador nato- dicho esto miró a su hijo con semblante ausente-, pero te aseguro de que no había nada de honor en él.

-¡Madre! ¿Cómo os atrevéis?- farfulló su hijo mientras levantaba la mano con furia instintiva hacia la duquesa, pero ella le aguantó la mirada fríamente.

-De hecho, no os diferenciáis en nada a él- sentenció la madura duquesa con voz quebrada esperando recibir el golpe.

Louis recogió su brazo sin querer. Era Jeannette, quién con expresión asustada tomaba su brazo y lo dejaba abajo.

-¡Louis, por favor!- rogó su hermana con gran sufrimiento, pero Louis sospechó que era más por el enfrentamiento con su madre que por la muerte de su padre.

El carruaje llegó a la entrada de la Mansión Dubois. Los militares hicieron una salva de mosquetes y un camino de sables de caballería hasta que paró delante del porche de la mansión. Louis Dupont se deshizo de la presa de su hermana y bajó por las escaleras de la mansión, llegando al féretro donde debía estar el cuerpo de su padre.

Un sargento vestido con un peto con el sol de la nación estampado en el pecho se adelantó a Louis con el rostro desencajado.

-Caballero, no creo que debáis...

-¡Apartad! ¡Es mi padre, y voto a bríos que quiero verlo por última vez!- gritó con violencia.

Con toda la impaciencia apartó a los soldados y a los criados y en un silencio sepulcral y expectante, abrió el ataúd.

-¡Por todos los diablos!

Hubo un tumulto general de sorpresa entre todos los presentes. El cadáver del mariscal no solo estaba irreconocible, probablemente por un cañonazo, sino que además le habían propinado docenas de cuchilladas en el pecho.

-¡¿Qué clases de salvajes le han hecho esto a mi padre?! ¡Esto es una salvajada incluso para la guerra! ¡Malditos castellanos, salvajes, bestias de campo, eso son! No merecen otro nombre...

Dicho esto cayó llorando sobre el ataúd y comenzó a llover en sobre Louis Dupont.

El velatorio siguió su curso y los cortesanos y militares comenzaron con sus corrillos y sus habladurías después de mostrar sus respetos al difunto militar. Louis no se apartó del cuerpo de su padre. No podía dejar de escuchar los comentarios de su alrededor. Todos hablaban de que el dirigente de la Academia Militar en la que Louis estudiaba, Philippe Leveqe, sería el candidato idóneo para sustituir a Charles Dupont. Ni siquiera había empezado a descomponerse el cuerpo de su padre y ya hablaban del nuevo mariscal: Philippe Leveque. Louis lo conocía, le había dado clases de logística y maniobras de campaña en la Academia Militar de Charouse. Ahora sería messieur Leveque el nuevo Mariscal... y ni siquiera había venido a presentar sus respetos al cuerpo de su padre.

viernes, 28 de septiembre de 2012

Ojo por Ojo...

La villa sureña de Santa Elena bombeaba tumultos. La confirmación de los rumores de la aparición del Cuarto Profeta sobre la tierra había hecho que el fin del mundo fuera promulgado por todos los rincones de Théah. Castilla y sus pequeños y humildes pueblos no iban a ser diferentes. Con el mensaje de igualdad y salvación, los pobres de todas las naciones se habían sublevado por devoción o por hambre, destrozando todo lo que la pecaminosa civilización occidental había construido. Muchos odiaban a los nobles, otros creían devotamente en Dios y creen en el Cuarto Profeta, otros querían salvar sus almas para el futuro reino de los cielos y otros muchos solo buscaban la excusa perfecta para desatar el caos y comenzar el saqueo. El Cuarto Profeta, falso o no, había dado luz verde a una actitud de salvación...a través del caos.

Dentro de la ciudad, el Pater Morales seguía proclamando mensajes apocalípticos tal y como los había escuchado del verdadero Profeta allá en Eisen...no quería asustar a la gente, pero quería salvar a todos los que pudieran del inminente apocalipsis, y Dios sabe que el miedo es una poderosa arma; quizás la única. Frente a la puerta de la empalizada, se encontraba un cuerpo tirado bruscamente en el suelo. Lo custodiaban mercenarios, valentones y soldados a sueldo. Una mujer rubia, de mirada alta y fría, ataviada con un largo vestido orlado por un hermoso plumaje negro que estilizaba su figura, se movía elegantemente entre los campesinos que huían y los que querían saquear. Aquél pueblo era un caos, pero todo fuera por llevar a aquellos paisanos a su Nuevo Orden Mundial. Siguió andando con indiferencia entre los muertos de la Villa y ni siquiera puso una expresión de tristeza ¿Acaso alguna vez en la historia hubo una revolución sin sangre? Aquél era un precio que los hombres debían pagar si querían un único gobierno, un único orden, un único mandato...de aquellos preparados para levantar Théah.

Llegó hasta el círculo de matones, que entendieron desde el minuto uno que ella era una de esa gente anónima que les pagaban tan bien.

-Señorita...- dice uno de los sucios matones tendiéndole la mano, pero la dama ni se digna a mirarlo. En vez de eso, sigue caminando como si todos aquellos disturbios provocados por el Pater Morales no le molestaran.

-Dejadme ver el cuerpo.

-Sí...señora.

Los secuaces se apartan y dejan ver un cuerpo oscuro tumbado en el suelo con la vista al cielo. Sus brazos están transformadas en dos grandes alas negras. Ella sonrió, desde luego, aquél era Corvus, su antiguo maestro hechicero cambiaformas.

-Vaya, vaya, vaya...Hola, mi querido maestro.

Ella se arrodilló junto al cuerpo. Corvus pertenecía al Novus Ordum Mundi, y su cargo era OJO, el encargado de verlo todo. ¿Seguía vivo? No, Marina Oliván se las había apañado para matarlo, como ella esperaba después de varios meses observándola; aunque por toda la sangre que había por allí, la guerrillera castellana debía estar muy herida. La expresión de Corvus era tranquila con las grandes alas negras que hacían las veces de brazos cruzados sobre el pecho, con un disparo mortal que quizás le había propinado la heroína. Ella sonrió.


- Qué sorpresa que estés muerto, ¿no, querido maestro?- comenzó ella a explicar al cuerpo muerto con voz socarrona- Resulta que al final Marina Oliván ha resultado ser más que un problema para ti. Quizás no debí haberte dicho que la chica estaba indefensa, que no estaba acompañada de otros con talento, que no tenía ni idea de empuñar un arma, que no tenía coraje alguno...no debí aconsejarte que podrías acabar fácilmente con ella y ganarte el reconocimiento del Concilio de los Trece- rió con crueldad- ¡Al final resulta que me equivoqué y te han matado por mi pequeño error! Espero que no me lo tengas en cuenta, Corvus. Después de todo, no es nada personal, ¿no? Eso fue lo que me dijiste cuando aniquilaste a toda mi familia para comprometerme con el Nuevo Orden Mundial...

Ella le prendió fuego al cuerpo, no debían dejar ninguna pista sobre la existencia del Novus Ordum Mundi...ya se estaban arriesgando su anonimato con esta operación final.

- Ya sabes lo que dicen, maestro: cría cuervos y te sacarán los ojos.

miércoles, 12 de septiembre de 2012

El Azote de Théah

La noche había caído y el frío estaba empezando a calar los huesos de las gentes de la pequeña aldea a las afueras de Breslau. Pescadores, leñadores y cazadores fueron a dormir para descansar los entumecidos músculos; y por ello estaban terminando de montar las fuertes contraventanas que impedían que la luz entrara de noche y pudieran dormir. Y esto es porque, en Breslau, la oscuridad de la noche apenas existe, y eso siempre había fascinado a la pequeña y aventurera Ivanova. Corriendo descalza por la nieve, miraba de un lado para otro en las solitarias callejuelas para que nadie descubriera sus solitarias correrías nocturnas; pero ahora era diferente, las noches eran seguras desde que una extranjera castellana, del cálido sur, había cazado la Bestia que les había robado el sueño durante años.

Con los pies un poco doloridos por la nieve, llegó corriendo una vez más a su cita de medianoche. Escaló el taller abandonado y subió a su maltrecho techo de madera y se apoyó contra la chimenea de piedra, respirando el aire puro de olor a pino del cercano bosque. Pero a ella lo que le fascinaba era la mágica vista que se veía desde allí. Sobre la blanca nieve del este de Ussura se alzaba un enorme muro de fuego en un horizonte no muy lejano. Coronada con una fantástica aurora boreal, el muro de fuego ardía mágicamente como una pared de lenguas de fuego que nadaban hacia el cielo con un brillo misterioso. La pequeña Ivanova recordaba cada noche la historia sobre el Muro de Fuego. Pensó en ese extraño país que debía encontrarse al otro lado: Catay. Pensó en si quizás al otro lado de la muralla había niños como ella que se escapaban por la noche de casa y miraban el enorme fuego, soñando en atravesarlo y descubrir los maravillosos tesoros que encerraban aquellas tierras inexploradas. Algún día conseguiría viajar a las tierras de Catay y conocería a sus niños para compartir los sueños que les habían contado a las llamas del Muro como un ser poderoso que podía recoger sus deseos. Como todas las noches, esperó las lágrimas del cielo cayeran en forma de estrellas fugaces, para desear que algún día ella, Ivanova Vólkov, sería la mayor exploradora ussura de todos los tiempos y que ningún muro de fuego la detendría.

Entonces se escuchó un enorme estruendo del este, pero no temió nada. Nada podía asustarla esa noche. El licántropo que tantos años la había asustado no podría volver para devorarla aquella noche. Se lo debía a Marina Oliván, la extraña que llegó del sur hacía ya dos semanas. Atrapó la Bestia de la nieve y la dejó en manos de la Abuela Invierno para que ella, en su sana sabiduría, juzgara si aquél sanguinario misionero merecía morir helado en su manto blanco o que sobreviviera un día más. Recordó el miedo que pasó hasta entonces por las noches, pensando que en cualquier momento una bestia de pelaje oscuro como una noche sin estrellas la devoraba mientras dormía. Pero todo lo malo se desvanecía cuando recordaba a la heroína castellana de pelo azabache, Marina, y de todas las cicatrices que observó en su cuerpo cuando la bañaron en la sauna de su casa. Su cuerpo parecía tan maltratado por las miles de aventuras que Ivanova imaginaba que había vivido... ¿era eso lo que les esperaba a los aventureros y a los héroes? No, eso no la echaría para atrás, ella quería ser como Marina, la única extranjera que se había ganado el respeto de los ussuros de Breslau. Y ella sabía perfectamente que eso era toda una hazaña para un extranjero.
Algo la sacó de sus ensoñamientos. Otra explosión fue traída por el viento desde el este. El Muro de Fuego titilaba. Volvió a la realidad, que no por ello era menos fantasiosa. Algún día saldría de Ussura, algún día vería lo que había tras ese muro...

Entonces deseó que el Muro de Fuego se abriera para ver sus maravillas...y las llamas la escucharon y el Muro de Fuego se abrió.

Y entonces, solo entonces, Ivanova comprendió la frase que su abuela le decía muchas veces cuando paseaban por los bosques nevados de Breslau.

"Ten cuidado con lo que deseas"


_____________________________________________________

El ruido de los caballos era considerable y cualquiera podría haberlo escuchado, pero era amortiguado por el clamor de las llamas de la Muralla. Los caballos relinchaban y se encabritaban cada vez que uno de sus enormes jinetes se acercaba demasiado a la pared flamígera. Los hombres olían casi peor que las bestias que montaban. La mayoría de los guerreros se habían quitado las pieles para atravesar el Muro de Fuego.

Una enorme fila de jinetes bárbaros salía encabezados del fuego por una figura de anchos hombros revestido de pieles y un peto nada bruñido. La cabeza totalmente rasurada mostraban las cicatrices de muchos golpes mortales, a los que había sobrevivido uno a uno; la mirada se mantenía helada a pesar del reflejo de las vivas llamas en sus ojos, las mismas llamas que pensaba traer a Théah. Los pómulos eran afilados como las cimitarras de sus hombres y sus barbas rubias anudadas como la decisión de sus guerreros. Montaba una bestia a la que los occidentales llamaban "caballos", pero en Catay los caballos eran algo más que monturas, eran increíbles armas de guerra y bestias imparables; y por ello, todo su ejército iba montado en bestias de guerra. Cuando contempló lo que había tras el Muro de Fuego extendió los brazos y tomó todo el aire que pudo y lo expulsó de forma pausada...olía a tierra conquistable, olía a países arrasables, reinos podridos y gobernantes que se creían semidioses.

Zerhkan, el caudillo del gran ejército de las arenas, alzó la cimitarra y emitió un rugido impropio de un hombre civilizado. Los cientos de miles de guerreros que salían del muro para entrar en Ussura respondieron como el rugido de una enorme bestia a la que el mundo civilizado creía muerta.

-¡Guerreros de las arenas de fuego, respirad este aire puro del que nos despojaron los occidentales! ¡Tierras que hace mucho nuestro Rey conquistó en justa lid contra el Imperio de Numa! ¡Tierras de las que nos expulsaron con deshonrosa hechicería hace ya unos interminables 13 siglos! ¡Quién de vosotros, hermanos míos, me acompañará para regar de sangre sus hogares, derrotar a sus débiles hombres y obligarles a ver como violamos a sus mujeres!

El rugido retumbó junto a la Muralla abierta, el fulgor del fuego mágico hacía que el Caudillo Zerhkan parecería envuelto en unas llamas que nada podían hacerle. Todos los aldeanos de Breslau escucharon el rugido de guerra, pero mejor aún los escucharon los estupefactos leñadores ussuros que se encontraban a escasos metros. Sven Vólkov, padre de Ivanova y conocido leñador de su aldea; y Vasiliev, aprendiz del oficio, observaban atónitos la bárbara escena que contemplaban desde los pinares.

Un solitario aplauso se escuchó tras el feroz grito de los guerreros. El caudillo se giró no sin antes de dar órdenes a los hombres de atravesar la efímera entrada de la muralla. El señor que aplaudía no era más ni nada menos que un caballero vestido con un abrigo desmesuradamente elegante con una enorme peluca blanca occidental, que probablemente marcara alguna relevancia social en la estúpida sociedad occidental; miraba con total superioridad al caudillo tras unas lentes redondas y bien limpias; pero aún así se veía claramente que era un hombre mayor, aunque bien lúcido. Zerhkan pensó que debía matarlo allí mismo solo por haberle mirado por encima del hombro, pero decidió que, de momento, era el único que había podido abrir una entrada en el Muro de Fuego.

Le permitiría vivir. Zerhkan apremió a su montura para hablar con el desconocido que les había abierto la Muralla de forma desinteresada. Al menos aparentemente, el caudillo era un guerrero bruto, pero no era estúpido.

-Tú nos has abierto Muralla de Fuego para mis guerreros. Mis hombres te lo agradecen...

"Te permitiré vivir de momento" concluyó el caudillo la frase interiormente.

El hombre, maduro, habló con un marcado acento castellano alzando una pequeña piedra donde el fuego brillaba con un pequeño chasquido de sus dedos.

- Me alegro de que les haya sido de ayuda, amigo mío. -dijo el caballero maduro.

Cuando escuchó la palabra amigo, Zerhkan reprimió una mueca de asco. Los occidentales, o solo este, usaban muy a la ligera el término "amigo".

-Os preguntaréis cómo os permito que vuestro ejército de bándalos permita entrar en Théah cuando es evidente que pertenezco esa civilización- se adelantó el occidental con cierta prisa-. No debéis interesaros por los intereses de los 13 ni de nuestros objetivos si no queréis que cierre el Muro ahora mismo.

-¿Todos los occidentales son tan reservados y desconfiados como tú? ¿Qué deseáis ganar entonces con todo esto? Si algo sé de esta vida, es que nadie da algo sin querer recibir nada.

-No. Solo nos interesa lo mismo que a vos: destruir la sociedad occidental, decadente, pecaminosa y arrogante. Es hora de que los cimientos de los falsos poderosos caiga y que las leyes que los amparan se transformen en anarquía. Traed la ley universal del más fuerte.

-Eso lleva esperando mi pueblo durante 13 largos siglos exiliados en las arenas, obligados a matarnos entre nosotros por el agua y los alimentos...por fin, podremos vengarnos.

El caballero sonrió ante la cifra de siglos que decía el caudillo que habían pasado desde que el César del Imperio de Numa los echó de Théah.

-No os será fácil. Os encontraréis disciplinadas líneas de mosqueteros, formaciones militares avanzadas, hombres que han aprendido la magia de la pólvora negra, artilleros profesionales, bayonetas que interrumpirán la carga de vuestros caballos y soldados que aman a su patria más que a su vida.

El caudillo escupió con desdén y dio dos pasos al frente, quedándose 3 cm frente al hombre mayor. A pesar de que sabía que aquél hombre había abierto el Muro de Fuego y que por ello debía ser uno de los más poderosos de la tierra, Zerhkan no se acobardó. Por el contrario, su interlocutor dio un paso atrás, asustado.

-¿Disciplinadas líneas de mosqueteros? Ellos se encontrarán con una ola de salvajes que no temen a la muerte ¿Formaciones militares avanzadas? Nosotros competimos para ver quién es el primero que le arranca la cabeza al general enemigo ¿Que los occidentales contáis con armas que escupen fuego? Su fe en las ciencia es su debilidad, y cuando la tecnología los abandone nosotros estaremos allí para matarlos ¿Artilleros profesionales? Nosotros somos más que eso, hemos nacido para matar. ¿Bayonetas? Hojitas de 5 o 6 cm muy finitas que no atravesarán la carga de cien bestias enloquecidas por saborear la sangre de los theanos ¿Me decís que los soldados occidentales aman a su patria más que a su vida? Los míos odian su tierra y preferirán morir eternamente antes que volver a las arenas mortíferas y hambrientas de almas humanas de Catay. ¿De verdad creéis que estamos en desventaja? -dejó una pausa y avanzó, con lo que el caballero dio otro paso atrás, manteniendo la mirada al caudillo pero asustado- Yo creo que no. Théah contará con hombres elegantes y armas avanzadas...pero lo que yo tengo aquí ¡SON GUERREROS!

El ejército bárbaro alzó las cimitarras y enloquecieron. El caballero castellano, lejos de asustarse, sonrió pensando que eso era lo que quería.

-Así sea, entonces.

El caballero sureño guardó la piedra llena de sangre, y los fuegos dejaron de obedecerle, cerrando el Muro de Fuego una vez la enorme ola de bárbaros se concentró en Ussura.

-¿Quién demonios eres tú?- preguntó el caudillo desconfiando de la hechicería que les había encerrado allí hace mucho.

-Soy el invento de los hombres: la guerra, ciencia militar, el pensamiento militar, la filosofía guerrera, el arte de morir, los inventos que traen solo la muerte, las llamas en la sangre de los guerreros...todo aquello creado por el hombre para quemar al hombre, podéis llamarme Fuego.

-Fuego...-murmuró en voz alta el caudillo. Los occidentales seguían igual de corruptos con la sangre hechicera, no habían cambiado nada desde los tiempos del César que los expulsó a las arenas ardientes de Catay.

Una mujer atlética envuelta en pieles y pintada con tatuajes de guerra se acercó a Zerhkan una vez el extraño se fue.

-¿Por qué le permitís vivir?- preguntó con una sonrisa socarrona

-No le permito vivir, Ainia, a pesar de haber abierto el Muro sigue siendo uno de ellos.

-¿Entonces?- preguntó ella arqueando exageradamente una ceja y sonriendo, sabiendo que tenía algo peor en mente.

-Simplemente...morirá el último. Por los servicios prestados.

-Sí...-respondió Ainia complacida-. Los trece morirán también.

Habían pasado una docena de siglos y los occidentales habían avanzado bastante, pero seguían igual de corruptos. Los occidentales debían morir y dejar que las leyes guerreras, las del más fuerte, gobernaran Théah. Después de todo, era la única ley justa que existía en este mundo.

Sería todo un honor expandir el fuego de Catay por toda Théah.

-¡Mi señor!

Un grito vino de los bosques y un guerrero lleno de pendientes arrastró dos hombres.

-¡Espías, mi caudillo! Estaban en los bosques mirando.

Zerhkan puso una mano sobre sus barbas y otra en la espalda, empuñando la cimitarra.

-¿Qué deberíamos hacer con ellos?- dijo tomando de los cabellos a Sven Koslov y poniendo su garganta en una posición vulnerable.

-Iban armados, mi caudillo- agregó el guardia arrojando dos hachas.

-Leñadores- concluyó Zerhkan-. Bien, ussuros, dejad vuestro trabajo. Ya no importa nada de lo que hagáis...id a vuestros hogares y proclamad que Zherkan el Azote de Théah está aquí. Que todos vuestros guerreros se preparen porque pensamos darle lo mejor que tenemos, espero que esteis a la altura. Avisad a vuestros reyes y generales que su fin se acerca...es la hora cien años de anarquía, la vuelta a una edad oscura de la que nosotros no hemos salido nunca.

Sven y Vasiliev respiraron trabajosamente. El aprendiz de leñador, Vasiliev, se orinó encima al notar las amenazas sibilantes del gran caudillo. Los guerreros entraron en carcajadas al ver la debilidad del muchacho ussuro.

-Creo que no entienden nada de lo que estoy diciendo. Bien, os daré un mensaje que vuestros reyes sí entenderán.

Y acto seguido le rebanó la cabeza a Vasiliev. Un chorro de sangre regó a Sven que apretaba la mandíbula de rabia.

-¡Matsuhka no te permitirá tomar nuestra tierra! ¡La abuela invierno te ahogará en su manto blanco! ¡Esto es Ussura y solo las que respetan su tierra son dignos de pisarla!

-¡Ja! ¿Vengo de una tierra donde las arenas arden y se tragan a los incautos. La nieve no deja de ser para mi nada más que arena fría. ¿Crees de verdad que tu maldito dios es capaz de impedir que llegue al corazón de Théah? Mi destino es saquear Numa.

-¿Vodacce? No tenemos nada que ver con ellos...Ussura casi no tiene nada que ver con Théah. Ninguna nación quiere saber casi nada de la otra. No somos una tierra unida...

-Pues tendréis que serlo. Porque si no...pereceréis- vaticinó entregando la cabeza aún bombeante de sangre de Vasiliev-. ¡Avisad a vuestros reyes, el fin de tu decadente cultura se acerca!

Sven, aferrando la cabeza de su amigo, salió corriendo a avisar a su mujer y su hija Ivanova y a salir de allí cuanto antes.


Zerhkan dejó que el mensajero se marchara. Alzó la cimitarra y señaló el camino de conquista.

-¡SOY EL AZOTE DE THÉAH Y NOS DIRIGIMOS A NUMA! ¡PREPARAOS PARA EL SAQUEO!

Los hombres cabalgaron por las nieves como una plaga que presagiaba el fin de todo el mundo conocido. El Azote había llegado a las casas de Théah.

__________________________________________________

En el frente Montaigne-Ussura hacía un frío que no era normal. Félix Marangio, sargento del destacamento de Bascone se calentaba con un poco de vodka robado en los territorios conquistado y arrancando las innumerables flechas en los afortunados cadáveres que habían muerto por las flechas de los cosacos ussuros y no por el frío de la tierra.

-¿Por qué mierda querría el Rey Sol tomar este maldito cubito de hielo?- decía su superior, un mosquetero real. Ya no llevaba el tabardo, hacía tiempo que había dejado de gustar portar el emblema del sol en su pecho...quizás porque la fe en su Rey ya no le aportaba el calor de antaño.

Félix se atusó el bigote y comenzó a coger nieve para derretirla, por lo menos el agua no escaseaba allí. No tuvo problema, los cosacos se habían marchado, pero probablemente volverían cuando los montaigneres se hubieran muerto de frío. Cuando volvió a entrar en la trinchera respondió con una reflexión que tenía en la cabeza.

-Probablemente el Rey Sol mande aquí a todas las personas que le hayan fallado o simplemente quiere matar. ¿Qué mejor manera que enviándonos en este lugar dejado de la mano de Dios?- echó un sorbo de agua, pero lo dejó en seguida, el frío de allí le había destrozado la garganta y no podía dar ni un solo trago.

-¡Capitán, el enemigo se acerca a la trinchera!- dijo un soldado del contigente.

-No es posible- respondió Félix y se asomó para mirar por el catalejo mientras los hombres repartían armas y mosquetes, que seguramente no funcionarían por la humedad de la nieve-. No...no son soldados.

-¡Disparen!- ordenó el capitán.

-¡No son soldados! ¡Son civiles!- gritó Félix.

-¡Son miles! ¡Es imposible!

-Son refugiados...-concluyó el sargento

-¡Son guerrilleros! ¿Es que no lo veis? ¡Es imposible que sean refugiados, sargento!

Félix volvió a mirar: mujeres cargando niñas, bestias de carga que caían ante el frío, gente que moría del cansancio y niños que acababan con los pies desollados por la huída. Eran muchísimos y podían ser una amenaza, pero...¿de qué huían?

-¡DISPAREN!- gritó el capitán, asustado por la multitud que se avecinaba a la mal defendida trinchera.

Los soldados no hicieron caso. No sabían que pensar.

-¡Solo son guerrilleros desesperados, disparad soldados!- el mismo capitán se asomó y apuntó a Félix

-¡Es una orden, sargento!

-¡NO!- gritó Félix plantando cara al cañón.

-¿Osas desafiar mi autoridad?- gritó desesperado el capitán quitando el seguro del cañón. Félix ni siquiera pestañeó.

Los soldados cogieron al capitán y lo apuñalaron, mientras que fallaba el disparo que iba a hacia Félix. El sargento agradeció la ayuda de sus hombres aun a sabiendas de que traicionaban a su país. El capitán había muerto, pero los ussuros seguían corriendo hacia ellos por algo.

Los hombres ussuros entraron en la trinchera y siguieron su camino. Los espadachines montaigneres estaban atónitos ante la situación.

Félix salió de la trinchera y empezó a ayudar a esas gentes, sin tener ni idea de lo que pasaba. Recogió a una chiquilla que se había desmayado en la nieve. La recogió y alzó la vista hacia el horizonte...Ussura ardía entera.

-Por el amor de dios...-murmuró mientras ponía la chiquilla a salvo-¡Soldados de Montaigne, ayudad a estas gentes! ¡Son civiles!

Los soldados comenzaron a transportar a la gente que no podía ni con su alma. Un hombre enorme gritaba un nombre en medio de la multitud y una mujer lloraba a su lado desesperada.

-¡Ivanova! ¡Ivanova! ¡Ivanova!

Félix se dirigió ante el enorme ussuro en mitad de aquella locura y le mostró el rostro de la niña desfallecida.

-¡Mi niña!- gritó el ussuro tomando a la criatura y la madre cayó de rodillas ante el alivio.

-¿Qué demonios está pasando?- aprovechó Félix para preguntar

-¡El Muro de Fuego ha caído! ¡Es el fin! ¡Bárbaros, miles, vienen hacia aquí! Ni siquiera toman prisioneros...

-¡Marchaos!- gritó Félix-. ¡Mosqueteros de Montaigne, alzad las cabezas! ¡Un enemigo peor que los cosacos ussuros y que el invierno del este viene hacia aquí! Démosle cobertura a estas buenas gentes, ¡somos soldados de la magnífica Montaigne! Cargad mosquetes y morteros...¡resistiremos lo que podamos! ¡Mandad un mensajero!

-¿Con qué mensaje, mi señor?

-...decid...que el Cuarto Profeta tenía razón.

Dicho esto mandó un mensajero al general Montegue del frente este. Él sabría que hacer.

________________________________________________

- ¡Ivanova! ¡Ivanova! Despierta...

La niña abrió los ojos.

-Papá...

-Sí, mi niña. Saldremos de aquí.

-...

-Ten fe mi niña. ¿Recuerdas cuando se te cayeron esos dientes tan molestos y los lanzamos hacia el cielo para que el Abuelo Invierno te diera dientes de hierro? Pues la Abuela Invierno te los va a dar...porque eres una niña fuerte.

Sin embargo le temblaba la voz. Sven había visto cosas horribles y no creía en que pudiera salvarse nada.

-No llores, papá...los héroes salvarán nuestro hogar.

-¿Qué héroes mi niña? En estos tiempos esas cosas ya no existen...

-¡Claro que sí, papá!

-¿Conoces a uno, mi pequeña?

-¡A una! Se llama Marina Oliván...y como una vez hace un tiempo, ella nos ayudará.

Lo decía tan convencida que hasta su padre la creyó. Y ella lo decía concerteza. Ivanova creía que teniendo a la intrépida Marina Oliván como amiga, no podía pasarle nada malo...

Ivanova no perdería la esperanza, ni siquiera ante el mismísimo azote de Théah. No mientras Marina Oliván siguiera en pie.

domingo, 26 de agosto de 2012

Héroes y Villanos (IV)

Aquí van más Héroes y Villanos de la partida de 7º Mar. En este caso, vamos con algunos Secuaces (Ni villanos ni Héroes)


Julius:
Un hombre que se está haciendo de oro gracias a sus enormes habilidades de espía y un gran sentido de la discreción. Aún así, lo
que hace que los servicios de este espía sean tan atractivos es que por sus venas corre una sangre muy pura de la hechicería noble de Montaigne: el Porté. Pudiendo abrir varios portales por toda Théah (siempre con un límite), Julius ha ido vendiéndose como espía y como saltador...solo tiene una norma, si alguien le paga el doble de lo que ya gana por sus servicios, ha sido contratado nuevamente. Esto hace que muchos nobles disputen y pujen por él. Sin embargo, su identidad sigue siendo un misterio ¿De dónde proviene esa pura sangre hechicera? ¿Actúa Julius solo por avaricia? ¿O tiene un objetivo mayor para todo ese dinero que está ganando?


Constanzio di Rossi:
El temido espadachín y duelista de la señorita la Conttesa di Veronnia Paola Ulberti. Se dice que se hizo un nombre combatiendo en la Guerra de la Cruz, como mercenario al servicio de la corona de Castilla. Su estilo de guerra era frío, nocturno y altamente eficiente, entrando en las encamisadas castellanas más peligrosas. Desapareció en el asalto al castillo del Loco Imperator (batalla donde Thomas, Beatriz y el grupo de Héroes de antaño acabaron con la guerra apresando al mayor genocida de Théah, hace unos 18 años), pero volvió a aparecer después de muchos años en las cortes de Vodacce como espadachín de la Conttesa Paola Ulberti. Sólo ha tolerado a un único aprendiz de esgrima: a Dorian di Estéffano, valentón de la familia Villanova.



Domingo Villaverde:
El más temido investigador caballero de la Inquisición. Le llaman la espada del Verdugo, pues por muchos es sabido la cercanía que tiene Domingo con el Sumo Inquisidor Esteban Verdugo. Nadie sabe nada de su infancia, solo que apareció recién nacido en una cesta en las puertas de la Iglesia de Santo Domingo con unas extrañas marcas en su piel. Ha ido creciendo bajo la tutela de la Iglesia, y sobre todo de Esteban Verdugo, desde pequeño y entrenado en las artes marciales religiosas de la Inquisición. Pronto se convirtió en el cazador de brujas y de artefactos heréticos más afamado de todo el Vaticano. Llegaba a las aldeas y no solo acababa con los falsos conversos, sino que además atrapaba a licántropos y brujas. Su especialidad es la investigación y la documentación, aunque la caza de brujas con su lanzallamas Syrneth (un artefacto herético, pero los caminos del Señor son inescrutables) no se le da demasiado mal tampoco. Persiguió al anciano Diego Núñez de Ávila por una rumoreada relación sodomita con un noble castellano, aunque Marina Oliván se interpuso para defender a su único maestro de esgrima. No es un espadachín agresivo: deja que las personas a las que persiguen se delaten a si mismas comenzando sus ataques...porque si realmente fueran inocentes, se dejarían juzgar libremente ante la Inquisición y los ojos del Señor. Domingo nunca desenvaina primero...prefiere ver antes cuál es la verdadera naturaleza agresiva, herética y decadente de la pieza de caza que persigue. Porque a veces, solo a veces, algunos suelen ser inocentes y se dejan juzgar (aunque no por ello después sean declarados inocentes). Actualmente se encargaba de perseguir al arquitecto vaticano Bernini, al que no encontraron...aunque sí una extraña mancha de sangre en su local con signos de hechicería. Los duelos de Domingo con Marina Oliván a lo largo de la partida han sido altamente épicos y satisfactorios (el Duelo bajo la lluvia de Santiago, escrito en este blog desde el punto de vista de Domingo y otro desde el punto de vista de Marina; y otro duelo en la Cámara los 5 Sabios de la Atlántida, donde los dos espadachines coincidían a la vez con sus movimientos de una forma épica y vertiginosa)

miércoles, 22 de agosto de 2012

Aquello por lo que muero

Tras viajar día y noche, al fin di con vos, Harold. ¡Se suponía que nos reuniríamos para acabar con todo esto juntos! ¿Por qué os fuisteis dejándome atrás? Para colmo vuestra reacción al verme fue golpearme, como siempre habíais hecho cada vez que nos encontrábamos antaño.

- ¿Por qué quieres combatirlos cuando sabes que no tienes nada que hacer contra ellos? ¡Ni siquiera yo!

- ¿Y por qué queréis combatirlos vos entonces? – pregunté sin comprender la diferencia.

- Ellos mataron a todo lo que yo amaba, me usaron… ¿Por qué luchas tú? ¿Por qué vas a tirar por tierra toda tu vida? ¿Por qué vas a hacer sufrir a tu madre y a todos los que quieres? A mí no me queda nada y por eso te quiero dejar aparte. Dime, Marina, ¿por qué quieres luchar?

Reconozco que me ofendió esa pregunta. ¿Creía que era el único al que le habían arrebatado algo que amaba?

Comencé entonces a recordar lo último de lo que me habían despojado, hacía apenas unos días:
Estaba a punto de rozar lo que llevaba meses buscando, de recorrer de nuevo aquel lugar que conocía como la palma de mi mano. A punto de ver caras más que conocidas, de sentirme como en casa...A punto de estarlo.
Mis ojos se iluminaron, ¡ya se veía la Villa de Santa Elena! Por fin podría pisar la hierba sobre la que había caminado tanto tiempo, en definitiva, el lugar donde había crecido. Deseé que mi caballo fuese aún más rápido. “Paciencia, Marina”, me dije. “Ya falta poco”. Pero mi mirada se apagó al llegar a la campiña. “¿Pensabas acaso que se había acabado? ¡Al contrario! Ahora son más si cabe, y no me gusta. ¿Qué querrían ahora? Malditos cuervos.” Entré en mi casa lo más rápido que pude, tenía que saber que mi madre y Francesco estaban bien…mas era mi vida la que corría peligro.

- Por el Nuevo Orden Mundial – dijo uno de los tres hombres embozados que me sacaron a la fuerza de casa. – Estás apresada.

¿Y qué iba a hacer yo? Me encontraba cerca de todo lo que más quería: mi hogar, mis amigos, mi madre...Así que hui. Querían acabar conmigo, y no estaba dispuesta a que fuese junto a algo que pudiesen destruir después. Si esto era el final, lo sería solo para mí. Me anunciaron mi muerte, no sin antes mostrarme lo que habían estado preparando todo este tiempo: el principio del fin. El comienzo de un nuevo mundo más justo y equitativo a sus ojos, no obstante, aún quedaba convencer de ello a miles de personas. Esa era la tarea del Padre Morales. Infundía temor y caos y afirmaba que Dios caminaba ahora sobre la Tierra…¿Para qué queremos reyes, naciones y diferentes banderas si podemos ser todos iguales? Todo ello por un precio: someterse al Nuevo Orden o morir en el intento de conseguir una salvación que solo el nuevo Dios podía otorgar.
Una auténtica locura, mas eran muchos los ciegos que se unían a ellos por miedo. ¿Hasta dónde pretendían llegar? O, ¿hasta dónde habían llegado ya en este tiempo? Fuera cual fuese la respuesta, esto no podía seguir adelante, pero lo más probable era que Marina Oliván no estuviese esta vez para impedirlo. Ya me conducían a mi muerte aquellos hombres embozados.
Todo pasó muy deprisa. Aún no sé cómo conseguí evitar ese disparo y escapar trepando por los tejados de ese callejón para más tarde encontrarme con Alonso en las puertas de la Villa. “Este lugar ya no es seguro”, acordamos ambos. Habría que marcharse una vez más.
Algo interrumpió nuestra conversación: era el revoloteo de unas alas, no precisamente un par. Sabía que no me dejarían ir tan fácilmente, no iban a permitir que la luz de Atlante escapase. Empujé a Alonso antes de verme envuelta en una nube de cuervos que deseaban picotearme los ojos. No…yo no sería una ciega más. Intenté zafarme de los cortes que me provocaban las acuchilladas alas de los pájaros cuando alguien más intervino. “No, Alonso, tú no…No tienes ni idea de qué significa todo esto” pensaba. Comenzamos a rodar, sin decidirnos quien protegería a quién de los numerosos y afilados ataques. “Bastantes problemas nos has causado ya a los dos como para que encima te metas en esto y mueras. ¿Se puede saber qué haría yo después? ¿Qué hago yo si tú mueres?” Mis pensamientos de detuvieron un momento. “Marina, ¿de qué hablas? ¡Haz algo!” me dije antes de levantarme del suelo, aprovechando el cesar de los ataques.
“¡Basta! Si me queréis, aquí estoy. No nos haré esperar más a ninguno de los dos, Ojo.” Dirigí la mirada al centenar que cuervos, que al unirse, tomó aspecto humano. Ya lo había visto antes, pero nunca me había enfrentado a él, a uno de los Trece.
Tal y como pensé, no se andaría con rodeos. Comenzamos a lanzar ataques, a recibir heridas, sobre todo yo, para qué mentir, ya estaba maltrecha de antes y además no tenía mucho que hacer contra él. De pronto, agitó las afiladas alas, conseguí agacharme a tiempo y supe que era mi oportunidad para acertarle un fondo. Dolor. Trató de desvanecerse en cuervos, pero esta vez sería yo la que no le dejaría escapar y, aprovechando que seguía clavado en mi espada, asesté otro golpe. Ojo cayó al suelo, ya no podía moverse más…pero sí hablar lo suficiente como para ordenar a los guardias que me matasen.

- ¡Bajad las armas! – les grité mientras apuntaba con la pistola a mi principal oponente. – Os dejaré que os vayáis con él. – Me preguntaba por qué estaba diciendo eso, ¿dejarlos marchar después de ir tanto tiempo tras ellos? Sí…si se iban de la Villa, no le daría a Ojo un final. – Os dejaré ir si…

- No lo hagáis… - Interrumpió casi sin fuerzas el miembro de los Trece.

- ¡Matadla! – exclamaron los guardias.

Todos disparamos a la par. Ya no habría más cuervos extraños rondando a nuestro alrededor, el NOM no podría observar ya lo que ocurría al otro lado del continente. Yo tampoco veía nada…mi mundo se oscureció al recibir tal avalancha de disparos.

Entreabrí los ojos despacio, me pesaban tanto como las heridas. Alonso fue la primera persona que vi. “Está despierta”, dijo mirando a su lado. Mi madre y Francesco estaban allí, a caballo. Alrededor, la Sierra que conducía a Santiago. De nuevo, dejamos nuestro hogar atrás, esta vez iluminado por el fuego de cientos de antorchas que se podían ver desde donde estábamos.
Finalmente nos separamos. Mi madre fue a avisar a Allende de lo ocurrido, Francesco se quedó en Santiago, y Alonso y yo, tras alertar al Marqués, partimos hacia San Cristóbal. Allí debía contárselo todo al rey, y además Harold se dirigía a la ciudad, tenía que encontrarle. Tenía que saber qué había pasado y, como acordamos, juntos hacer frente al Nuevo Orden Mundial…

“¿Por qué luchas tú?” Preguntasteis de nuevo, sacándome de mis pensamientos. Ahora lo tenía aún más claro…
Lucho por Santa Elena, mi hogar, el que me fue arrebatado dos veces. Cada rincón de la Villa me trae recuerdos…El campanario, donde jugaba a confundir a los vecinos con Cintia tocando las campanas. La iglesia, asistía allí con mis padres todos los domingos para escuchar la misa del tartamudo Padre Merino. La granja abandonada, en la que me hicieron la pedida de mano más patética jamás vista. Mi casa, vecina a la de Mauricio “El Roñoso”, donde siempre había vivido. Fue lo último que perdí.
Lucho por Beatriz, mi madre, quien intentó protegerme con todas sus fuerzas del mismo camino que ella siguió hace años. Y es por ella más que por nadie, por quien he de seguir viviendo cuando esto acabe. Prometo que volveremos a estar juntas en casa, no volverá a sentirse sola.
Lucho por Harold, a quien perdonaría eternamente a pesar de haber causado de una de mis mayores heridas. Él sigue siendo mi familia, por la que me desvivo día a día. Sé por lo que ha pasado, y aunque no sea de mucha ayuda, me quedaré a su lado.
Lucho por Thomas, mi padre, a quien me arrebataron cruelmente. Es sobre todo por él por quien arriesgo hoy la vida. Terminaré lo que él empezó, cumpliré su última voluntad. Lo juro.

Por las cosas que destruyeron tiempo atrás y que yo amaba. Por los que a día de hoy, y después de todo, siguen apostando por mí. Por cambiar el sombrío futuro del mundo. ¿Seguís pensando que no tengo motivos por los que combatir, Harold? Mi razón sois todos a los que amo…y por vosotros muero.


____________________________________________________

Pensamientos de Marina Oliván al encontrar a su tío junto a los Rosacruz en un caserón frente al frente Castilla-Montaigne, justo después de la anunciación del Cuarto Profeta sobre Théah, declararse el fin del mundo conocido y la llegada de una nueva vida...tal y como anunciaban las sagradas escrituras. Aunque nadie imaginaba un reino del terror...¿no? Solo los Héroes podrán impedirlo, pero ¿dónde están los Héroes?

PD: escrito por Sara (Aleera), mi jugadora de 7º Mar. Una vez mas, gracias por tus interesantes escritos y por crear una buena profundidad al personaje de Marina Oliván. Así da gusto narrar ^^

sábado, 4 de agosto de 2012

Tirando la vida por la borda

¿Qué estoy haciendo?

¿Por qué estoy tirando mi vida por la borda? ¿Por ella? No lo sé...pero esto es estúpido. ¿Quien me habría imaginado escapándome de mis obligaciones, de mi casa, de mi hogar, en busca de alguien que probablemente no me recuerde...? He viajado por los peligrosos mares infestados de monstruos y corsarios, lleno de criaturas malignas, selvas horribles plagadas de mosquitos enormes, fiebre, hambre y sed... ¿y todo por qué? Por Marina...¡es ridículo! ¡Igual que ella!

Ridículo, pero mi corazón aún ansía saber qué demonios significó ese beso...y qué significó para ella.

Ese estúpido beso que ha cambiado toda mi vida. ¡Maldito el día en que jugué en robarle su primer beso! Jugué con fuego y puede que ahora me vaya a quemar...y ni siquiera sé si me da igual. ¡¿Por qué es todo tan difícil?!

¡Por el amor de Dios he abandonado mi hogar un día antes del día señalado para mi pedida de mano a Alicia! Los Orsini y los Lara deben estar ahora reunidos, preguntándose donde está el futuro Barón prometido...

Alonso eres idiota...¿cómo se te ocurre dejar a tu futura prometida plantada? Ese casamiento nos iba a permitir pagar los impuestos de la Villa...¿Pero qué digo? La culpa no es solo mía.

¿Acaso te crees con derecho a besarme, hacerme sentir algo que no comprendo y desaparecer dos meses, Marina? Pues se acabó la espera, me niego a mandarte ayuda otra vez como en San Cristóbal, me niego a velar por ti en la distancia una vez más. Voy a patearme los siete mares, voy a preguntar en todas las tabernas de mala muerte, voy a atravesar todos las junglas extrañas y encontrarme con todas las tribus caníbales del Archipiélago de la Medianoche. Esta vez voy yo en persona a buscarte, no puedo esperar una noche más en vela intentando deshacer este ovillo de sentimientos. Te voy a encontrar maldita sea. Puede que en tu mirada encuentre las respuestas que busco...y saber por qué me he fugado de casa humillando a los Orsini.


Un mes viajando... mi mirada se ha apagado ligeramente, tengo ojeras, ¡hasta me ha crecido la barba porque ni siquiera tengo ganas de afeitarme! No entiendo nada...hasta ahora todo era un juego ¿no? hasta que ella comenzó a jugar también a lo mismo que yo. Y entonces surgió una chispa. ¿Pero qué?

Por eso tengo que encontrarla...y cuando la vea, cuando mis ojos se encuentren con los suyos, sabré si esa chispa que nació en mi interior arde con el fuego de la pasión o todo volverá a ser como antes. Tengo que encontrarla...

- ¡Marinero! ¡Se te están escapando las amarras de la vela mayor! Cuidado con esos cabos, ¿Quieres perder una pierna? ¡¿En qué demonios estás pensando, grumete?!

Despierto de repente y me encuentro en mitad de la cubierta. Es de noche, está lloviendo a mares, una vez más, me ha pillado una tormenta tropical brutal y El Mercante zozobra. Maldita niña... mira lo que hago por ti, más te vale que estés en peligro. Intento concentrarme en la tarea, pero el huracán me arranca las cuerdas y la vela mayor se desata dejando escapar un pico y azotándonos con los aparejos de hierro.

-¡Por la Madre Océano, chico! ¡Lárgate de aquí y encárgate del trinquete! Con un poco de suerte las sirenas reclamarán tu pellejo inútil.

Voy tambaleándome por la cubierta. Tropiezo con todo tipo de gente y se quejan de mi torpeza al caminar sobre un barco, me clavo una astilla en mis pies descalzos y llego al trinquete. Me aferro al bauprés como si no hubiera mañana, mientras con un cuchillo deshago el nudo que ha hecho el dios Éolo y que está partiendo el mástil. Me ato al bauprés y cuelgo sobre el océano...me han mandado al sitio más peligroso del barco. Maldigo para ahogar el vértigo mientras cuelgo sobre un cabo bastante precario. Procuro no mirar abajo mientras hago la tarea.

-Maldita Marina...¡Estúpida! ¡Idiota! ¡Imprevisible! ¡Cazurra! ¡Loca! ¡Testaruda! ¡Temeraria! ¡Mentirosa! ¡Me dijiste que ibas a la Islas de las Especias! ¡DOS MESES!- una ola se alza sobre la quilla y me cala hasta los huesos. El cabo atado como un arnés sobre mi cintura me salva la vida- ¡Cuando te encuentre te vas a enterar!

Entonces veo como bajo mis pies un torbellino de agua sale de los oscuros mares. No es un torbellino...es...escamoso y grande.

-¡Un Leviatán!- trepo mientras escupo agua salada y subo a cubierta.

-¡Todos a las armas!-gritan en general- ¡Repartid mosquetes y arpones!

El capitán del Mercante miró con incredulidad.

-¡Malditos locos! ¡La pólvora está mojada y húmeda, no tenemos posibilidad contra el Rey de los Mares! ¡Soltad lastre y nos marchamos por estribor! ¡Volvemos a la Isla de las Especias!

Nadie discutió la orden. Excepto yo.

-¡Mi capitán, tengo que llegar al Puerto Real! ¡Debemos continuar, debemos llevar el cargamento!- digo sin ninguna convicción, el cargamento de especias realmente no me importa. El capitán me mira incrédulo.

-¡Muchacho, no sé si estás loco o simplemente quieres suicidarte! Pero si no vivimos para contarlo, estas especias se perderán igualmente.

-¡Debemos continuar! ¡No podemos deshacer camino ahora! No ahora que estamos tan cerca de Puerto Real...- aferro con mis manos la casaca del capitán, quizás con demasiada desesperación. Uno de los marineros me guantea la cara por agarrar y contradecir al capitán. Pero es la última pista que tengo de ella. Los piratas decían que la Temeraria Marina Oliván estaba reclutando valientes hombres para marchar al Oeste, allá donde acaba los océanos y la tierra...

Caigo sobre la madera y una enorme ola nos visita en la cubierta y se lleva a varios marineros. El capitán se mete en el camarote del castillo de popa y yo por los pelos me aferro al agarradero del mástil más próximo. Una vez más, esquivo la muerte.

No podíamos volver ahora atrás...sí volvíamos ahora sí que no tenía ninguna posibilidad de encontrarla a ella. A la estúpida y temeraria Marina. Se acabó...

De pronto, un barco ballenero empotró con nosotros en mitad de la tormenta. Se escucha un disparo y un garfio se engancha en las cuerdas de El Mercante. Estupendo, no era suficiente con un Leviatán rondando y tentando nuestra muerte como para que nos abordaran los vikingos Vesten.

-¡Nos abordan!- grito mientras estoy seguro de que voy a morir en cuanto llegue el primero de los asaltantes.

Y efectivamente, alguien aborda nuestro barco y muero...pero muero de alivio y esperanza.

-¡Alonso!

La figura que viene balanceándose en el cabo de abordaje es Marina. Tiene mal aspecto, huele a pescado y tiene el pelo horrible por la humedad. Pero al fin y al cabo es mi Marina. Me da un vuelco el corazón. No sé como interpretarlo.

El Leviatán se levanta sobre nuestro barco...nos ha alcanzado. A Marina le ponen una espada sobre el cuello uno de los marineros de El Mercante. Ella ni se inmuta de la amenaza y busca mi mirada a través de la intensa lluvia. Nuestras miradas se encuentran y nos quedamos callados. Nos miramos, los dos estamos confusos... nadie dice nada.

¿Es que no piensas decir nada? ¡Idiota!


Nos seguimos mirando a los ojos...no entiendo nada. No se ha aclarado nada en mi corazón. Ese mismo sentimiento que no sé si es algo más que amistad o el mayor fuego que nadie ha sentido jamás en este mundo. Decido picarme con ella y cantarle las cuarenta en mitad del mayor combate en alta mar que he visto en mucho tiempo...luchamos espalda con espalda... mientras le reprocho todo lo que llevaba acumulado...

Te odiaré porque aún no sé cómo amarte...

Cadenas por corona

Los grilletes se cerraron sobre las muñecas de Leandro Vázquez de Gallegos. El Alguacil cerró las esposas duramente y apretando con malicia,...