La lluvia no parecía tener intención de amainar. Alonso y Julius se habían refugiado en una diligencia abandonada y derruida en el camino que salía de Eisen en dirección al famoso castillo Stein, del famoso y loco Imperator que inició la infame Guerra de la Cruz.
La pálida luz de una vela permitía a Alonso manejar más y más papeles en mitad de la oscuridad del edificio abandonado. Julius había cogido un taburete, había recargado las pistolas y se había sentado frente la puerta de la diligencia abandonada y no se le oía ni respirar. El manejo de documentos y las murmuraciones de Alonso era el único ruido que había.
-¿Por qué no haces más ruido? Podríamos realizar una salva de disparos si quieres que nos encuentren- bufó Julius quitándose la casaca de cuero de faena.
Pero Alonso no respondía, estaba inmerso en sus documentos.
-¿Más alianzas?- preguntó el espía.
Alonso ni siquiera le miró.
-No, eso ya está arreglado. Incluso El Manco está ya en la Cueva del Drachen esperando la señal, después de todo el esfuerzo que eso implica.
-¿Sigues con el montaignere?
- ¡Y con el eiseno! Esto no hay quien lo entienda. El montaignere parece ser algo más humano, excepto esa cuestión del passé composé que me trae de cabeza. ¡Pero el idioma eiseno me vuelve loco! Estas gentes parece que están enfadadas por todo, es como un lenguaje de bárbaros.
Julius casi sonrió.
-Es como si estuviera teniendo eso que llaman un dejá vu- dijo suavemente en las sombras.
Alonso levantó la mirada de los papeles.
-Ah, encima recochineo ¿no? Claro, como Alonso no entiende el montaignere, ¡vamos a decirles cosas en montaignere!
Alonso corriendo fue a por el diccionario de montaignere y buscó lo que era deja vù. Julius dejó que buscara un rato para aclararle la duda.
-Es una expresión que se dice cuando tienes la sensación de haber vivido una misma situación antes.
El Barón cerró el diccionario pesadamente levantando una ola de polvo que hizo que su nariz le picara.
-Supongo que te refieres a Marina, ¿no?
-Sí. Y debo decir que se le da igual de mal los idiomas como a vos. Aun desconociendo bastante del idioma, igualmente impresionó mucho al Empereur.
Alonso se quedó perplejo.
-¿Cómo?- acertó a decir.
-Digamos que no se quitó al Rey Sol de encima en los pocos días que estuvo en la Chateau du Soleil.
La sala quedó en silencio un buen rato hasta que Alonso contestara.
-Entiendo. Supongo que fue una dura tarea para ella.- dijo él haciendo énfasis en la palabra "dura".
-Eso es lo que al Rey Sol le hubiera gustado.
-¿Cómo? ¿Es que rechazó al mismísimo Rey Sol?- preguntó sorprendido.
-Como una voluntad indomable.
-¿Y mantiene la cabeza sobre los hombros?
-Por los pelos, pero sí. Aunque para lo que le sirve la cabeza no habría mucha diferencia que la hubiera perdido.
Alonso suspiró mientras recogía los apuntes de montaignere y eiseno y sacaba dos vasos llenos de vino, uno de ellos ofrecido a Julius, que aceptó con reservas.
- Está loca.- concluyó el Barón
-Estamos de acuerdo- respondió el otro y brindaron.
-¿Cómo se encuentra ella?
Julius le pegó un trago y dudó. No le gustaba conversar en mitad de una vigía, pero hizo una breve excepción.
-Miradla vos mismo.
Alonso pegó un repullo, no entendía a qué se refería su guardaespaldas hasta que sacó un bloc de dibujo. Fue a la última página y le enseñó un impresionante y realista dibujo. Era un retrato de Marina Oliván. A Alonso se le aceleró el corazón para que tropezase en un pozo sin fondo.
-Está...muy triste ¿no?
-Intenta no aparentarlo, pero la soledad acaba por hacer que uno muestre abiertamente cómo se siente.
-¿Soledad?
-¿No os sentiríais solo si uno de vuestros amigos os abandonara en mitad de la noche?
-Pero ella contaba con vos, con el prelado Domingo, su tío y los Rosacruces. ¡Estaba rodeada de gente cuando me fui!
-Supongo que os valora más de lo que os imagináis. Tuvo buenos momentos debo decir.
Julius le enseñó otro dibujo aún sin acabar. Esta vez era el retrato de dos personas que bailaban. Era Marina y Harold, su tío avalonés. Ella parecía contenta. Estaba dibujada como si hablaran de algo. Julius había dibujado a Harold unas líneas en sus mejillas como si estuviera colorado, o ligeramente bebido, probablemente lo segundo.
-¿Cuándo fue esto?
-Fue en una boda.
-¡¿Una qué?!
-Una boda gitana en los lindes de Fendes. No me hagáis recordar esa historia.
Julius recogió el bloc y le regaló los dibujos a Alonso, quien los rechazó con una expresión ansiosa.
"No quiero un reflejo de ella atrapado en papel..., demonios, quiero verla a ella"
-Eso me recuerda que me ha dado algo para vos- dijo el montaignere buscando en el interior de sus ropas.
Finalmente sacó un ramillete de romero y se lo tendió. Alonso lo miró sin comprender hasta que lo olió.
-Es...romero de la Villa- dijo mientras la morriña que había sentido hace unas horas afloraba en forma de tímidas lágrimas. -¿Cómo has podido tardar tanto en darme un envío así?- le chistó
Entonces graznó un cuervo en el interior de la diligencia. Ambos callaron sorprendidos, pero Julius se quedó pálido.
-Un cuervo- acertó a decir el montaignere.
-Tranquilo, solo querrá resguardarse de la lluvia- dijo el otro intentando quitarle importancia.
Julius buscó el cuervo y lo miró. Este no le apartaba la mirada en ningún momento. Notó cómo un escalofrío le atravesaba todo el cuerpo y reaccionó con brusquedad.
-¡Vamonos de aquí!-gritó Julius mientras tiraba el taburete y levantaba a Alonso.
El Barón hizo caso, pero con reservas. ¿Se habría vuelto loco? Es cierto que el NOM usaba cuervos para sus mensajes, pero esta locura iba demasiado lejos. No iban a escapar de todos los cuervos que habían en Eisen ¿no?
Entonces la puerta de la diligencia abandonada se abrió y entro una tormenta de alas negras. Cientos de cuervos entraron como una bandada de murciélagos en una cueva subterránea y dejaron inmóviles a los dos héroes. De la nube oscura salió un hombre encapuchado totalmente vestido de negro y con el emblema de la cruz dorada de los profetas, buscando a los dos refugiados detrás de una máscara que imitaba la mueca de una figura demoníaca. Sus botas pesadas de caña alta andaban despacio entre los cuervos y la máscara los miró como una burla divina. Del interior de la máscara, unos ojos azules enrojecidos escudriñaban a los refugiados que intentaban dar media vuelta ante semejante e imponente figura. Una voz gutural y sentenciosa salió del interior de la capucha.
-Nunc habeam vos.
Julius intentó conducir a Alonso entre los picoteos de los cuervos por la otra puerta trasera, pero la vorágine de cuervos colocó su epicentro dos pasos delante de ellos, arremolinándose hasta formar la figura de una mujer. Era de piel pálida, rubia, faz altanera y una mirada que denotaba su desprecio. Su vestido estaba formado por algo parecido a las plumas negras que hasta hace un momento eran cientos de cuervos.
Julius y Alonso estaban entre el siniestro encapuchado que esgrimía una espada y la oscura hechicera que negaba con la cabeza pero vestida con una inquietante sonrisa.
-No os iréis a ninguna parte.- sonrió la hechicera- No tenéis ni idea de lo mucho que nos ha costado encontrarte, señor Lara...
Julius y Alonso llevaron a cabo una táctica que había funcionado un par de veces. Alonso empuñó su bastón y le dio un golpe inesperado a la hechicera, lo que la hizo retroceder sorprendida. Con esa acción, Alonso le dio la espalda al guerrero encapuchado, que se abalanzaba sobre él; pero Alonso ya se había dado la vuelta defendiéndose con el bastón. No esperaba ganar el combate, solo esperaba que su pelea contra los dos enemigos durara el tiempo suficiente para que Julius abriera un portal para salir de allí. Las manos ensangrentadas de Julius ya abrían un agujero sangriento en la realidad.
Alonso se volvió a dar la vuelta para encarar a la hechicera con un fondo de su bastón, pero no llegó a tocarla. A tres centimetros de tocarla la mujer estalló en docenas de cuervos que invadieron la habitación y picotearon a Julius, rompiendo su concentración. Esto dejó a Alonso contra el encapuchado, que ni se inmutaba ante los tristes golpes de su bastón.
-Ego sum dolore- aulló desde el interior de la máscara antes de golpearle la cara con el gavilán de su espada y tirarlo contra el suelo de madera.
El portal de Julius dejó de chillar, no consiguió abrirlo del todo. Ya era tarde, la realidad ya estaba cicatrizando, así que se echó al suelo y rodó para deshacerse de los cuervos que buscaban sus ojos. Los cuervos volaron a la oscuridad de la casa en ruinas, convirtiéndose en cientos de ojos brillantes que los observaban de la oscuridad. El combate había terminado.
Alonso estaba en el suelo, la fractura de la costilla le estaba jugando una mala pasada en esos momentos. De pronto vio que el ramillete de romero cayó de la solapa de su casaca verde y estiró un brazo dolorosamente para alcanzarla. Cuando lo tomó, el enmascarado le pisó la mano y en el aire se escuchó un alarido de dolor; pero por nada del mundo habría soltado el romero de su tierra y regalo de Marina.
La espada del inquietante devoto se alzó, dispuesto a rebanar la mano que sujetaba el ramillete bajo su pesada bota, pero el graznido de los cien cuervos le detuvo. El enmascarado paró la hoja justo en la muñeca con una precisión sobrehumana y entonces soltó la primera frase que entendió Alonso en un torpe y oscuro castellano:
-Tienes suerte. Mi señor no quiere que os haga ningún tipo de daño. Conservaréis la mano...
Cuando levantó la bota de la pálida mano del Barón, éste intentó abalanzarse hacia el encapuchado sin éxito. El gavilán de la espada del guerrero eclesiástico se encontró de frente con su boca, haciéndole escupir un gargajo de sangre sobre el ramillete. El enmascarado empezó a hacer cavilaciones:
-La chica no está aquí..
Los cuervos desaparecieron e hicieron que Ojo, seudónimo que poseía la hechicera en el Concilio de los Trece, apareciera de las sombras.
-Eso ya nos lo imaginábamos. Bien, Don Lara, voy a haceros unas preguntas y espero que sean breves, claras y concisas.
Alonso escupió más sangre.
-Don Lara era mi padre.
-Bien, pues os llamaremos señor Lara.
Alonso odió que le llamaran así, le hacía sentir viejo, pero no estaba en condiciones de protestar.
-¿Dónde está Marina y qué es lo que planea? ¿Está con Domingo en este asunto? Algunos afirman incluso que su tío, Harold Owen, está con ella. Cuéntame todo lo que sepas.
Alonso sonrió con mucha alegría. Aquello era precisamente lo que quería evitar abandonando a Marina y haciendo camino por otro lado. No sabía absolutamente nada de los planes de Marina.
-¡No sé absolutamente nada!- y lo dijo con toda la felicidad del mundo, por mucho que lo torturaran no podría contar ninguno de los movimientos de Marina.
Ojo pensó un rato.
-Dejaremos esta cuestión a nuestro señor. Es el mejor deduciendo quién dice la verdad y quién no. Pero ahora necesitamos hacer un envío...- dicho esto se agachó cogiendo el ramillete de romero- Tenéis suerte de que mi señor no haya querido mutilaros como a otros.
-¿Un ramillete de romero? ¿Será suficiente?- dijo el enmascarado más bien poco preocupado.
-Por lo que he oído, es algo personal. Será más que suficiente...- sentenció con una sonrisa.
Entonces se convirtió en cientos de cuervos, y uno de ellos cogió la yerba. Volaron la mayoría hacia Montaigne, sobre todo a Charouse, donde Soga había informado que había visto por última vez a Marina Oliván. Si no hubieran perdido tanto tiempo persiguiendo al escurridizo Barón, quizás podrían haber entorpecido las acciones de Marina, pero ya era tarde. Ni siquiera el Barón sabía dónde podría estar, quizás con un poco de suerte, la encontrarían en una semana...si por algún azar del destino siguiera por Charouse Montaigne.
De todas formas, su amo no tenía prisa. Tenía la paciencia de un dios.
Las aventuras de Marina Oliván. Espadachina. Pirata. Temeraria. Indomable. Libre.
miércoles, 20 de febrero de 2013
martes, 19 de febrero de 2013
Al final del camino (I)
Pensaba que nunca llegaría a acostumbrarse a aquella nación. Había viajado mucho, no había tenido más remedio. A toda prisa por muchos rincones de Théah, todos ellos oscuros, inmundos pero lo suficientemente discretos para él. Pero lo de Eisen no tenía nombre, aquello rozaba las descripciones que hacía el padre Merino sobre el purgatorio.
Se paró en mitad del camino. Le había alcanzado aquello que los castellanos denominaban "morriña". Era una sensación que cualquier castellano conocía, y les hacía volverse distantes y desapasionados cuando estaban lejos de su hogar. Alonso cerró los ojos y trató de respirar profundamente, pretendiendo fingir que se encontraba en Santa Elena, su hogar; pero no hubo éxito.
En el aire eiseno solo se podía respirar polvo. Las calles habían estado adoquinadas hace un tiempo, o se había pretendido al menos; pero después de que finalizara la Guerra de la Cruz en el año 1648 los cañones, los caballos y las carnicerías habían dejado un suelo lleno de baches y piedras. A pesar de que nos encontramos en el enero el año 1669, las disputas entre los Príncipes de Hierro para repartir las tierras no habían permitido que el país se recuperara del todo.
Freiburg, sin embargo, sí parecía una ciudad ajena al resto de Eisen. Al menos pacería una ciudad, y era hermosa. Después de las guerras religiosas entre católicos y protestantes, Freiburg se había erigido como una ciudad neutral, dirigida nada menos por el filósofo Nicklaus Tägue, el primer gobernante declarado absolutamente ateo en toda Theah. Claro que, aunque muchos eisenos resentidos por las guerras religiosas habían aplaudido a este gobernador, también se había ganado a muchos enemigos sí creyentes, como el Vaticano y los protestantes.
Alonso pensaba que Freiburg iba a ser el lugar perfecto para celebrar la Cumbre Theana de las Seis Coronas, donde se pensaba llegar a un pacto para luchar contra los infieles de Cathay y el inminente apocalipsis profetizado por el nuevo Mesías; pero Nicklaus Tägue, borracho como otras muchas veces, cerró las puertas de Freiburg porque ni harto de vino iba a tolerar en su ciudad a "borregos estúpidos que siguen a un ciego pastor autoproclamado Profeta que lo único quiere es violar a sus ovejas". Ni qué decir que aquello indignó al Buen Rey Sandoval y...bueno, seguramente al Papa, si hubiera alguno en estos momentos.
Con ropas pardas y una capa de viaje, Alonso, o, mejor dicho, Frederic Strauss para quien preguntara en las afueras de Freiburg, entró en un hostal de mala muerte llamado el Dragón Verde. Había estado haciendo preparativos fuera, la cosa parecía estar marchando según sus planes. En el interior de la posada el ambiente no solo estaba rancio, como era normal, había miedo, mucho miedo. Las gentes de cuna más humilde se juntaban bajo las escaleras, señalando la parte y oscura parte de arriba donde se encontraban las habitaciones.
-¡Der Teufel! ¡Der Teufel!
El posadero parecía tener la mirada ausente, pero Alonso intuyó que estaba de los nervios. Todos estaban atacados.
Alonso se acercó al posadero y habló por encima de los gritos de los campesinos.
-¿Qué gritan esas pobres gentes?- preguntó pasando una moneda.
El posadero salió de su ensimismamiento sobresaltado y pensó las palabras en un mal castellano.
-Decir...eh..."el diablo"- explicó señalando arriba.
Alonso enarcó una ceja extrañado.
-¿Por qué?
-Sie wissen nicht- dijo el posadero encogiéndose de hombros mientras que Alonso hacía gesto de no entender nada,- Ellos...escuchar...hellscream, hellscream.
Aquello sí lo entendió y solo se le ocurrió una cosa. Frunció el ceño con rabia y subió corriendo mientras los lugareños seguían gritando "Der Teufel".
"Hellscream: grito infernal. Maldito sea, ¿qué ha sido de tanta discreción? ¿Tantas lecciones para que lo eche a perder?", pensó el Barón mientras subía.
Y entonces corriendo por la sala oscura llegó a la habitación. Entró y no se sorprendió nada en encontrar a un caballero allí dentro, a pesar de que la habitación estaba vacía cuando salió hará una media hora.
-¡Maldita sea!- exclamó el Barón con reproche hacia el caballero que estaba esperándole- ¿Se puede saber qué ha sido de "la discreción y el sigilo"?- imitó con un retintín sarcástico y una pizca de enfado mientras ordenaba un poco la habitación -¡Llevo tres días intentando no llamar la atención como me dijiste y tú vas y rompes el sigilo de un plumazo! Qué pasa, ¿no sabes predicar con tus propias lecciones? Me diste una soberana charla de media hora sobre no llamar la atención, ¡y ahora medio pueblo está gritando que el diablo está en esta casa!
Julius se encontraba sentado en el escritorio de la habitación, parecía que no estaba mucho en sus cabales. Tenía las manos ensangrentadas y sostenía el bastón del Barón igualmente cubierto de sangre. Parecía mareado o a punto de vomitar. Por supuesto, el "grito infernal" que habían oído los lugareños eran la hechicería de portales sanguíneos de Julius en acción. El espía no parecía estar escuchándole, había hecho mucho camino por el Otromundo.
- Dejadme en paz- fue lo único que alcanzó a decir Julius.
Julius siempre había sido hosco y reservado, pero Alonso acabó percibiendo que había más tristeza en sus ojos que dureza en sus palabras. Era evidente que a Julius le había pasado algo malo.
-¿Qué ha ocurrido?
Julius se incorporó, dejó el bastón ensangrentado junto la ventana y cogió la jarra de vino dispuesto a echarse un vaso.
-Nada...
-¿Va todo bien...? ¿Ha pasado algo malo en Montaigne?
-Nada. Son cosas mías. Cosas personales. Ella está bien. Solo...déjame en paz.
Alonso se sentó en la triste cama y, si no fuera porque veía a su guardaespaldas literalmente destrozado, hubiera intentado pinchar a Julius hasta que hablara. Hasta ahora el Barón ni se hubiera podido imaginar que Julius podía tener vida personal más allá de su rutina como espía.
- Vamos, ¿es que no te pago lo suficiente? Es eso, ¿verdad?
Alonso tenía innumerables defectos, pero uno de los peores es que no sabía cuando parar de bromear.
Julius mantuvo la compostura ante la broma.
-No es eso.
-Entonces es problemas de faldas.
Julius alzó la cabeza y lo miró. Alonso asintió con satisfacción.
-No intentes negarlo. Lo único que puede destrozar tanto a hombres simples como nosotros es una mujer difícil.
Julius bebió pausadamente. Tardó cinco minutos en hablar, pero Alonso esperaba mientras escribía unos documentos en el triste escritorio de madera de la habitación. Habló para sí mismo más que para su contratante.
-Ella no es difícil...el que es difícil soy yo. O mi vida, o mi pasado. O los sentimientos contradictorios que tengo. La quiero y por eso no puedo tenerla.
Cuando dejó el vaso en la mesa de madera vio la sonrisa picarona de Alonso mientras escribía al fondo e la habitación. Vaya sorpresa ¡Ni se podía imaginar que bajo la escueta apariencia de Julius se pudiera esconder alguien tan atormentado amorosamente! Julius estalló al ver la sonrisita estúpida de su contratante y le lanzó el vaso en un estallido de indignación. ¡Por eso no se abría ante la gente! Se sentía ridículo intentando explicar sentimientos estúpidos que no iban a ninguna parte. Alonso no tuvo problemas en esquivar el vaso con una carcajada y se acercó a él trayéndole otro vaso lleno de vino.
-Vamos, vamos...no puede ser tan difícil, te lo aseguro yo, que entiendo más o menos de mujeres. Veamos ¿ella sabe de tu existencia?
-Ella cree que estoy muerto desde hace cinco años. Ahora está prometida con alguien a quien ama porque yo he querido. No quiero ninguna burla, chiste, comentario, ni ningún abrazo, ni ayuda, ni ningún consejo de camarada ni nada por el estilo. Se acabó, sigo siendo su espía y protector y es lo que cuenta. Punto y final.
-...
Alonso seguía mudo. No esperaba eso. Julius concluyó con una frase pesada.
-Es mejor así. Así lo he querido.
-¿Y ya está? ¿La vais a abandonar?
Julius le miró fríamente.
-Abandonarla para no meterla en los peligros de mi vida. Menudo hipócrita sois los nobles ¿Acaso no hicisteis vos lo mismo con la señorita Oliván? Ni siquiera os atrevisteis a dar la cara cuando la abandonasteis. Si tan dispuesto estáis a insistir en que luche o haga algo ¿por qué no hicisteis vos lo mismo? No, Don Lara, no nos diferenciamos mucho. Voy a huir por verla bien, vos sois igual de cobarde que yo.
Alonso se levantó con una expresión neutra que Julius no supo descifrar. Comenzó a andar en silencio por la habitación, pero la calma fue interrumpida por una repentina lluvia caía de los cielos grises de Eisen. Julius se levantó observando la calle.
-Deberíamos partir.
-¿Qué? Pero si está lloviendo- se quejó el muchacho.
-Precisamente. Eso limitará la visión de tus perseguidores. Se lo pondremos más difícil. ¿O quieres que te vuelvan a partir una costilla como en San Elíseo?
Alonso rememoró aquél día. Un agente del Novus Ordum Mundi le había pillado en el este de Castilla por hacer preguntas en público que no debería. Se salvó al arrojarse desde lo alto de una pequeña arconada de la ciudad. El coste fue una costilla rota, pero era una suerte mucho mejor que ser prisionero o chantajeado por esos psicópatas. Cuando consiguió lo que se proponía en San Elíseo tuvo que alquilar un caballo hasta Charouse, tenía un baile al que asistir.
-Pero en San Elíseo no contaba con vos, Julius- respondió el Barón dándole una palmada en el hombro a lo que Julius le miró con dureza.
-Me temo que sobrevolarais mis habilidades.
-Nunca lo sabremos- replicó el Barón con una carcajada.
Julius abrió la puerta de la posada, se puso el traje de cuero de faena y el tricornio. La lluvia caía torrencialmente y antes de salir le respondió duramente:
-No tientes a la suerte.
-Es mejor así. Así lo he querido.
-¿Y ya está? ¿La vais a abandonar?
Julius le miró fríamente.
-Abandonarla para no meterla en los peligros de mi vida. Menudo hipócrita sois los nobles ¿Acaso no hicisteis vos lo mismo con la señorita Oliván? Ni siquiera os atrevisteis a dar la cara cuando la abandonasteis. Si tan dispuesto estáis a insistir en que luche o haga algo ¿por qué no hicisteis vos lo mismo? No, Don Lara, no nos diferenciamos mucho. Voy a huir por verla bien, vos sois igual de cobarde que yo.
Alonso se levantó con una expresión neutra que Julius no supo descifrar. Comenzó a andar en silencio por la habitación, pero la calma fue interrumpida por una repentina lluvia caía de los cielos grises de Eisen. Julius se levantó observando la calle.
-Deberíamos partir.
-¿Qué? Pero si está lloviendo- se quejó el muchacho.
-Precisamente. Eso limitará la visión de tus perseguidores. Se lo pondremos más difícil. ¿O quieres que te vuelvan a partir una costilla como en San Elíseo?
Alonso rememoró aquél día. Un agente del Novus Ordum Mundi le había pillado en el este de Castilla por hacer preguntas en público que no debería. Se salvó al arrojarse desde lo alto de una pequeña arconada de la ciudad. El coste fue una costilla rota, pero era una suerte mucho mejor que ser prisionero o chantajeado por esos psicópatas. Cuando consiguió lo que se proponía en San Elíseo tuvo que alquilar un caballo hasta Charouse, tenía un baile al que asistir.
-Pero en San Elíseo no contaba con vos, Julius- respondió el Barón dándole una palmada en el hombro a lo que Julius le miró con dureza.
-Me temo que sobrevolarais mis habilidades.
-Nunca lo sabremos- replicó el Barón con una carcajada.
Julius abrió la puerta de la posada, se puso el traje de cuero de faena y el tricornio. La lluvia caía torrencialmente y antes de salir le respondió duramente:
-No tientes a la suerte.
Los dos misteriosos personajes entraron en la lluvia y comenzaron su larga andanza por el barro. El largo viaje de Alonso había sido penoso, pero tenía la sensación de que su esfuerzo iba a merecer la pena.
Un cuervo graznó desde lo alto de la posada. Quizás no lo escucharon o no hicieron caso de las advertencias del ave. Eisen estaba plagado de cuervos con ansia de devorar la carne de los hambrientos y los enfermos.
Quizás por eso no vieron venir el final de su camino.
Un cuervo graznó desde lo alto de la posada. Quizás no lo escucharon o no hicieron caso de las advertencias del ave. Eisen estaba plagado de cuervos con ansia de devorar la carne de los hambrientos y los enfermos.
Quizás por eso no vieron venir el final de su camino.
lunes, 31 de diciembre de 2012
Feliz año, soldados
Los cañonazos del ejército de Montaigne eran incesantes. Uno tras otro las serpentinas de la marea azul invasora en Castilla caían entre la nieve blanca de las montañas del frente del norte. Los soldados castellanos, los hombres del Tercio Viejo de San Juan, todos ellos voluntarios para defender la patria, la corona y el hogar, se ocultaban en unas granjas abandonadas por la cercanía del ejército invasor.
El grupo de soldados veteranos había sido enviado en pleno mes de diciembre de 1665 a reconocer la punta de lanza de la reciente invasión montaignense. No por nada, se decía que el legendario Montegue lideraba el ejército enemigo. El Capitán Ramiro tuvo un escalofrío que nada tuvo que ver con el frío de las montañas al pensar en Montegue: era una leyenda viva, solo él podía haber conseguido cruzar el río con todos sus hombres y superar la frontera de Castilla con tanta facilidad.
La mansión solariega abandonada tenía dos pisos y seguía bien amueblada, como si el que hubiera vivido allí ni siquiera hubiera intentado salvar sus posesiones materiales. Desde una enorme ventana en la habitación se podía ver el campo donde podrían haber dado batalla los castellanos de no ser porque Montegue había sido astutamente rápido cruzando el río.
- Está bien, ¿mi capitán?- preguntó un hombre fornido, embutido en una coraza y coronado con el capacete propio de los ejércitos de Castilla.
Ramiro negó con la cabeza, contradiciendo lo que iba a responder:
-Sí, Mariano...estoy bien.
-Necesita comer algo, capitán-le instó el mismo enseñándole el único trozo de pan duro que les quedaba.
-No. Comeré cuando sepamos a qué nos enfrentamos.
El furriel del Tercio, Mariano, se sentó en un taburete guardando el único pan que quedaba. En la ventana había otro soldado acariciando un arcabuz y miraba el horizonte con los ojos desorbitados.
-Virgen Santa. ¡Cómo es posible que se hayan atrevío los gabachos a invadirnos! Más les vale que esos hi de putas estén haciendo la musa porque como esto sea en serio se las van a ver con Castellanos- dijo rasposamente el soldado con un bufido.
-¡Sshh! ¿Es que quieres desvelar nuestra posición?- le chistó Bianca Salvador, una veterana con las ropas casi feudales de un señorío de Castilla. Estaba enseñándole a cargar el mosquete a José, un chavalillo que se había alistado voluntariamente por no tener nada. José miraba atentamente y estornudaba cada dos por tres, ya que le había pillado la ventisca fuera- No te preocupes, pronto se te pasará, es solo un poco de fiebre- le dijo la muchacha a José mientras seguía desaprobando a Castellanos, que seguía refunfuñando.
- Si es imposible ver nada desde aquí, entre la noche y la nieve - respondió Castellanos enojado- ¡Aquí no pasa ná, cojone! Estoy más tostao que una puta en una iglesia.
Pero el capitán Ramiro levantó una mano cerrada en un puño y todos callaron. Había escuchado algo, así que prestos los exploradores bajaron con cautela por las quejosas escaleras de madera de la casa solariega. Detrás de la puerta pareció que entre el sonido de la ventisca se oyó algo. José, que era el más sigiloso, se aproximó a escuchar tras la puerta, pero con tan mala suerte, que el brutal resfriado le hiciera estornudar al lado de la puerta.
A partir de ahí todo fue un caos. Una salva de disparos atravesaron la fina puerta de madera, acribillando al joven y voluntario del Tercio. El chico cayó en el suelo de madera con un sordo golpe. Estaba muerto.
-¡Allez! ¡Allez!- se escuchó en el exterior de la casa entre la ventisca.
-¡Gabachos!- exclamó Ramiro y de inmediato Bianca y Mariano se habían puesto a los dos lados de la puerta principal, emboscando con éxito a los primeros y bien abrigados soldados extranjeros.
Desde el exterior, entre la nieve, un tirador montaignense apuntaba a la puerta donde se podía entrever el capacete del abanderado Mariano acabando con un mosquetero enemigo, pero antes de que apretara el gatillo alguien le atravesó la cabeza con un balín de plomo.
-¡Corred a casa desgraciaos! ¡Aquí no os queremos!- gritó Castellanos al resto de soldados desde la ventana del desván, recargando su recién disparado arcabuz.
Ramiro y sus soldados tuvieron un pequeño respiro, pero entre la ventisca se vislumbraba una línea de infantería.
- ¡Castellanos, acaba con el oficial! ¡Danos cobertura mientras escapamos por la puerta trasera!-gritó el Capitán desde el piso de abajo.
No oyó la respuesta, pero en un Tercio castellano lo normal era hacer las cosas en silencio.
Ramiro, Mariano y Bianca corrieron por la casa, y cuando salieron por la puerta trasera hacia la nieve no pudieron creer lo que veían.
Un comandante a caballo, seguido de una línea completa de infantería con mosquetes les apuntaba.
No había marcha atrás. Ramiro alzó los brazos.
-¡Alto! Me entregaré a cambio de que dejes partir a mis hombres.
El comandante, embutido en un uniforme azul y blanco, se acercó a caballo mostrando un rostro maduro, surcado de arrugas y de expresión inquisitiva. No dijo absolutamente nada y siguió observándolo.
- No hace falta derramar la sangre de nuestros hombres. Dejemoslo en un duelo honorable entre oficiales. Solos usted y yo. Nos entregaremos, si me derrota...
El oficial montaignense escupió en la nieve con expresión de total desprecio.
-Soy el comandante y duque consorte Charles Dupont de Dubois. Y no hago prisioneros.
Sacó un pistolete velozmente y se produjeron dos disparos. Una centésima antes de segundo Castellanos había disparado al comandante desde la casa, dándole al caballo del comandante. Ésto le salvó la vida a Ramiro, porque el disparo del general Dupont erró el corazón del capitán al encabritarse el caballo, aunque le acertó en su pierna derecha.
Bianca y Mariano corrieron entre la nieve para escapar, pero un oficial montaignense gritó:
-¡Abran fuego!
Pero los disparos no se produjeron. Se produjo un milagro, no hubo fuego. La nieve había humedecido la pólvora de los enemigos dejando los mosquetes inútiles.
Castellanos saltó desde el desván de forma torpe y, rompiéndose unas cuantas costillas, cayó en un carro de provisiones del ejército enemigo. Pero no había tiempo que perder, así que se incorporó rápidamente y forzó al caballo a tirar del carromato.
-¡Vámonos que nos revientan!
El carruaje entró por la carretera de adoquines despejadas por el ejército enemigo, pero no tardaría mucho en que eso dejara de ser así, debían darse prisa.
Un mosquetero montaignense intentó detener el carromato, pero el capitán Ramiro le hizo frente sin armas y con una pierna herida por el disparo traicionero del comandante. Con una furia ciega y armado con uñas y dientes, profirió un rugido sobrenatural y mordió con mandíbula de hierro la yugular del enemigo. Cuando neutralizaron el obstáculo, los soldados subieron y escaparon por la carretera, huyendo de los aislados disparos enemigos.
-¡Por los pelos!- dijo Bianca agachándose en la parte trasera del carromato.
-Sí...por los pelos- repitió oscuramente el capitán Ramiro después de escupir un trozo de carne tierna del mosquetero enemigo con el que se acababa de batir. Tenía un aspecto terrible, con la cara, los labios y los dientes empapados en sangre enemiga.
Los hombres del Tercio decidieron que debían volver con el Tercio y avisar al Maestre de Campo, Luís del Río, de que la invasión era peor de lo que se imaginaban.
Y ese maldito comandante Charles Dupont parecía que iba a dar mucha guerra en los años venideros de la invasión.
Cuando la nieve hizo imposible que el carruaje pudiera continuar, los guerreros castellanos se ocultaron en una pequeña caballeriza. Bianca y Mariano ayudaron al capitán Ramiro a llegar a la caballeriza, debían atender su pierna en seguida. Presto, le hicieron un torniquete y le lavaron la herida.
-Habrá que amputar.
-¡Un carajo! Aún no está morada. No pienso ser un jodido capitán con una pierna- gritó Ramiro con dolor.
-Esperemos que no sea gangrena, pero casi seguro que tendrás una cojera de por vida.
-Suficiente con tal de vérmelas con ese hijo de puta de Charles Dupont un día más.
La caballeriza pronto se quedó estancada de nieve e intentaron encender un fuego, pero no hubo suerte.
Castellanos llegó al refugio después de asegurar que los alrededores fueran seguros. Cuando vio dónde se habían refugiado sus compañeros soltó un bufido.
-¡Joder, debe ser una maldita broma! ¡Un pesebre! ¿Vais a representar el alumbramiento del Primer Profeta?- dijo Castellanos.
Bianca le miró con dureza, no estaba de humor.
-Sí, menos mal que has llegado, no podríamos haber empezado sin el burro.
-Vaya, y supongo que tú eres la Virgen, ¿no?- escupió Castellanos con gran sarcasmo, replicando con la misma dureza.
Bianca se escandalizó levantando la espada.
-¡¿Qué insinúas?!
Pero Mariano se puso entre los dos.
- Calma chicos, ha sido una dura noche. Sentaos y cenad.
-¿Cenar? Si no hay nada que comer.
Pero el furriel Mariano sacó del carro de provisiones montaignense un puñado de huevos frescos y algo de vino y, de pronto, a los soldados se les olvidaron las penas.
-Los gabachos pensaban celebrar el cambio de año en esa granja, no esperaban encontrarnos allí- dijo el abanderado con una sonrisa.
Cogieron el vino y batieron los huevos, para mojarlos con el único trozo de pan duro que les quedaba, el cuál repartieron entre todos.
-¡Já! ¡Si yo soy el burro, Mariano es el buey!- se carcajeó Castellanos ahora de buen humor por tener algo en el estómago. El humor había mejorado y la ventisca de fuera crecía. Mariano aceptó ser el buey con buen grado.
- Y José podría haber sido José...- murmuró Bianca y todos se santiguaron por el voluntario fallecido.
Una voz medio dormida se escuchó a un lado. el Capitán Ramiro hablaba suavemente: estaba recostado y había cogido fiebre por la herida de la pierna.
-¿Y yo qué demonios sería? Y no me digáis que el jodido niño santo...
Todos le miraron en silencio, pero solo Castellanos abrió la boca, en nombre de todos.
-Mi capitán...pa usted ni buey, ni burro ni ná. Vuestra merced es un león.
Y a partir de ahí Ramiro fue conocido por su brutalidad al defender a sus hombres como León el Capitán.
Pronto amaneció y todos sintieron en su interior una mezcla entre vacío, unión y esperanza.
-Feliz año, mis guerreros, que peores no pueden ser- dijo el Capitán Ramiro "León" viendo el sol alzarse en un nuevo día por el que luchar.
Bianca, Mariano y Castellanos respondieron al unisono más como colegas que como soldados.
-Feliz año nuevo, capitán.
______________________________________________________________________________
Año 1666-1667, primer mes de la invasión de los ejércitos del recién nombrado Empereur Leon Alexandres du Montaigne al reino de Castilla. Frontera original entre Castilla y Montaigne en los montes de la provincia de Torres junto al Río del Comercio.
El grupo de soldados veteranos había sido enviado en pleno mes de diciembre de 1665 a reconocer la punta de lanza de la reciente invasión montaignense. No por nada, se decía que el legendario Montegue lideraba el ejército enemigo. El Capitán Ramiro tuvo un escalofrío que nada tuvo que ver con el frío de las montañas al pensar en Montegue: era una leyenda viva, solo él podía haber conseguido cruzar el río con todos sus hombres y superar la frontera de Castilla con tanta facilidad.
La mansión solariega abandonada tenía dos pisos y seguía bien amueblada, como si el que hubiera vivido allí ni siquiera hubiera intentado salvar sus posesiones materiales. Desde una enorme ventana en la habitación se podía ver el campo donde podrían haber dado batalla los castellanos de no ser porque Montegue había sido astutamente rápido cruzando el río.
- Está bien, ¿mi capitán?- preguntó un hombre fornido, embutido en una coraza y coronado con el capacete propio de los ejércitos de Castilla.
Ramiro negó con la cabeza, contradiciendo lo que iba a responder:
-Sí, Mariano...estoy bien.
-Necesita comer algo, capitán-le instó el mismo enseñándole el único trozo de pan duro que les quedaba.
-No. Comeré cuando sepamos a qué nos enfrentamos.
El furriel del Tercio, Mariano, se sentó en un taburete guardando el único pan que quedaba. En la ventana había otro soldado acariciando un arcabuz y miraba el horizonte con los ojos desorbitados.
-Virgen Santa. ¡Cómo es posible que se hayan atrevío los gabachos a invadirnos! Más les vale que esos hi de putas estén haciendo la musa porque como esto sea en serio se las van a ver con Castellanos- dijo rasposamente el soldado con un bufido.
-¡Sshh! ¿Es que quieres desvelar nuestra posición?- le chistó Bianca Salvador, una veterana con las ropas casi feudales de un señorío de Castilla. Estaba enseñándole a cargar el mosquete a José, un chavalillo que se había alistado voluntariamente por no tener nada. José miraba atentamente y estornudaba cada dos por tres, ya que le había pillado la ventisca fuera- No te preocupes, pronto se te pasará, es solo un poco de fiebre- le dijo la muchacha a José mientras seguía desaprobando a Castellanos, que seguía refunfuñando.
- Si es imposible ver nada desde aquí, entre la noche y la nieve - respondió Castellanos enojado- ¡Aquí no pasa ná, cojone! Estoy más tostao que una puta en una iglesia.
Pero el capitán Ramiro levantó una mano cerrada en un puño y todos callaron. Había escuchado algo, así que prestos los exploradores bajaron con cautela por las quejosas escaleras de madera de la casa solariega. Detrás de la puerta pareció que entre el sonido de la ventisca se oyó algo. José, que era el más sigiloso, se aproximó a escuchar tras la puerta, pero con tan mala suerte, que el brutal resfriado le hiciera estornudar al lado de la puerta.
A partir de ahí todo fue un caos. Una salva de disparos atravesaron la fina puerta de madera, acribillando al joven y voluntario del Tercio. El chico cayó en el suelo de madera con un sordo golpe. Estaba muerto.
-¡Allez! ¡Allez!- se escuchó en el exterior de la casa entre la ventisca.
-¡Gabachos!- exclamó Ramiro y de inmediato Bianca y Mariano se habían puesto a los dos lados de la puerta principal, emboscando con éxito a los primeros y bien abrigados soldados extranjeros.
Desde el exterior, entre la nieve, un tirador montaignense apuntaba a la puerta donde se podía entrever el capacete del abanderado Mariano acabando con un mosquetero enemigo, pero antes de que apretara el gatillo alguien le atravesó la cabeza con un balín de plomo.
-¡Corred a casa desgraciaos! ¡Aquí no os queremos!- gritó Castellanos al resto de soldados desde la ventana del desván, recargando su recién disparado arcabuz.
Ramiro y sus soldados tuvieron un pequeño respiro, pero entre la ventisca se vislumbraba una línea de infantería.
- ¡Castellanos, acaba con el oficial! ¡Danos cobertura mientras escapamos por la puerta trasera!-gritó el Capitán desde el piso de abajo.
No oyó la respuesta, pero en un Tercio castellano lo normal era hacer las cosas en silencio.
Ramiro, Mariano y Bianca corrieron por la casa, y cuando salieron por la puerta trasera hacia la nieve no pudieron creer lo que veían.
Un comandante a caballo, seguido de una línea completa de infantería con mosquetes les apuntaba.
No había marcha atrás. Ramiro alzó los brazos.
-¡Alto! Me entregaré a cambio de que dejes partir a mis hombres.
El comandante, embutido en un uniforme azul y blanco, se acercó a caballo mostrando un rostro maduro, surcado de arrugas y de expresión inquisitiva. No dijo absolutamente nada y siguió observándolo.
- No hace falta derramar la sangre de nuestros hombres. Dejemoslo en un duelo honorable entre oficiales. Solos usted y yo. Nos entregaremos, si me derrota...
El oficial montaignense escupió en la nieve con expresión de total desprecio.
-Soy el comandante y duque consorte Charles Dupont de Dubois. Y no hago prisioneros.
Sacó un pistolete velozmente y se produjeron dos disparos. Una centésima antes de segundo Castellanos había disparado al comandante desde la casa, dándole al caballo del comandante. Ésto le salvó la vida a Ramiro, porque el disparo del general Dupont erró el corazón del capitán al encabritarse el caballo, aunque le acertó en su pierna derecha.
Bianca y Mariano corrieron entre la nieve para escapar, pero un oficial montaignense gritó:
-¡Abran fuego!
Pero los disparos no se produjeron. Se produjo un milagro, no hubo fuego. La nieve había humedecido la pólvora de los enemigos dejando los mosquetes inútiles.
Castellanos saltó desde el desván de forma torpe y, rompiéndose unas cuantas costillas, cayó en un carro de provisiones del ejército enemigo. Pero no había tiempo que perder, así que se incorporó rápidamente y forzó al caballo a tirar del carromato.
-¡Vámonos que nos revientan!
El carruaje entró por la carretera de adoquines despejadas por el ejército enemigo, pero no tardaría mucho en que eso dejara de ser así, debían darse prisa.
Un mosquetero montaignense intentó detener el carromato, pero el capitán Ramiro le hizo frente sin armas y con una pierna herida por el disparo traicionero del comandante. Con una furia ciega y armado con uñas y dientes, profirió un rugido sobrenatural y mordió con mandíbula de hierro la yugular del enemigo. Cuando neutralizaron el obstáculo, los soldados subieron y escaparon por la carretera, huyendo de los aislados disparos enemigos.
-¡Por los pelos!- dijo Bianca agachándose en la parte trasera del carromato.
-Sí...por los pelos- repitió oscuramente el capitán Ramiro después de escupir un trozo de carne tierna del mosquetero enemigo con el que se acababa de batir. Tenía un aspecto terrible, con la cara, los labios y los dientes empapados en sangre enemiga.
Los hombres del Tercio decidieron que debían volver con el Tercio y avisar al Maestre de Campo, Luís del Río, de que la invasión era peor de lo que se imaginaban.
Y ese maldito comandante Charles Dupont parecía que iba a dar mucha guerra en los años venideros de la invasión.
Cuando la nieve hizo imposible que el carruaje pudiera continuar, los guerreros castellanos se ocultaron en una pequeña caballeriza. Bianca y Mariano ayudaron al capitán Ramiro a llegar a la caballeriza, debían atender su pierna en seguida. Presto, le hicieron un torniquete y le lavaron la herida.
-Habrá que amputar.
-¡Un carajo! Aún no está morada. No pienso ser un jodido capitán con una pierna- gritó Ramiro con dolor.
-Esperemos que no sea gangrena, pero casi seguro que tendrás una cojera de por vida.
-Suficiente con tal de vérmelas con ese hijo de puta de Charles Dupont un día más.
La caballeriza pronto se quedó estancada de nieve e intentaron encender un fuego, pero no hubo suerte.
Castellanos llegó al refugio después de asegurar que los alrededores fueran seguros. Cuando vio dónde se habían refugiado sus compañeros soltó un bufido.
-¡Joder, debe ser una maldita broma! ¡Un pesebre! ¿Vais a representar el alumbramiento del Primer Profeta?- dijo Castellanos.
Bianca le miró con dureza, no estaba de humor.
-Sí, menos mal que has llegado, no podríamos haber empezado sin el burro.
-Vaya, y supongo que tú eres la Virgen, ¿no?- escupió Castellanos con gran sarcasmo, replicando con la misma dureza.
Bianca se escandalizó levantando la espada.
-¡¿Qué insinúas?!
Pero Mariano se puso entre los dos.
- Calma chicos, ha sido una dura noche. Sentaos y cenad.
-¿Cenar? Si no hay nada que comer.
Pero el furriel Mariano sacó del carro de provisiones montaignense un puñado de huevos frescos y algo de vino y, de pronto, a los soldados se les olvidaron las penas.
-Los gabachos pensaban celebrar el cambio de año en esa granja, no esperaban encontrarnos allí- dijo el abanderado con una sonrisa.
Cogieron el vino y batieron los huevos, para mojarlos con el único trozo de pan duro que les quedaba, el cuál repartieron entre todos.
-¡Já! ¡Si yo soy el burro, Mariano es el buey!- se carcajeó Castellanos ahora de buen humor por tener algo en el estómago. El humor había mejorado y la ventisca de fuera crecía. Mariano aceptó ser el buey con buen grado.
- Y José podría haber sido José...- murmuró Bianca y todos se santiguaron por el voluntario fallecido.
Una voz medio dormida se escuchó a un lado. el Capitán Ramiro hablaba suavemente: estaba recostado y había cogido fiebre por la herida de la pierna.
-¿Y yo qué demonios sería? Y no me digáis que el jodido niño santo...
Todos le miraron en silencio, pero solo Castellanos abrió la boca, en nombre de todos.
-Mi capitán...pa usted ni buey, ni burro ni ná. Vuestra merced es un león.
Y a partir de ahí Ramiro fue conocido por su brutalidad al defender a sus hombres como León el Capitán.
Pronto amaneció y todos sintieron en su interior una mezcla entre vacío, unión y esperanza.
-Feliz año, mis guerreros, que peores no pueden ser- dijo el Capitán Ramiro "León" viendo el sol alzarse en un nuevo día por el que luchar.
Bianca, Mariano y Castellanos respondieron al unisono más como colegas que como soldados.
-Feliz año nuevo, capitán.
______________________________________________________________________________
Año 1666-1667, primer mes de la invasión de los ejércitos del recién nombrado Empereur Leon Alexandres du Montaigne al reino de Castilla. Frontera original entre Castilla y Montaigne en los montes de la provincia de Torres junto al Río del Comercio.
viernes, 14 de diciembre de 2012
Nada es imposible
-¡¿Perdón, messier?!- preguntó atónito el comerciante de un puesto de jardinería en un burgo rural perdido en las miles de encrucijadas de Montaigne- !¿Puede repetirme qué es lo que quiere vuestra merced?¡
El hombre, que hasta hace poco había sido alto, joven y atlético, estaba encorvado y no se le veía apenas la cara con la capucha oscura que llevaba, a excepción de unos deshilachados cabellos plateados. Suspiró y repitió lo que le había pedido al tendero jardinero.
- Quiero un millar de rosas rojas silvestres.
-¿Pero cómo es posible que le traiga eso, vuestra merced? ¡Es imposible!- cuestionó el tendero, atónito y reflexionó.
-Nada es imposible, amigo mío. Hace poco fue el festival de las flores en los pueblos de Montaigne, ¿me equivoco?- le dijo el misterioso cliente con aspereza, completando los pensamientos del tendero.
-Oui, oui...mandaré a mis chicos a los pueblos, corren rumores por el gremio que en Mont Sant los niños han cogido las flores más bellas antes de que murieran por el invierno. Pero, messier...¿para qué quiere tantas rosas?
De la capucha se vislumbró una sonrisa alimentada por el recuerdo y la imaginación.
-Tengo una amiga...que va a montar una fiesta.
El hombre, que hasta hace poco había sido alto, joven y atlético, estaba encorvado y no se le veía apenas la cara con la capucha oscura que llevaba, a excepción de unos deshilachados cabellos plateados. Suspiró y repitió lo que le había pedido al tendero jardinero.
- Quiero un millar de rosas rojas silvestres.
-¿Pero cómo es posible que le traiga eso, vuestra merced? ¡Es imposible!- cuestionó el tendero, atónito y reflexionó.
-Nada es imposible, amigo mío. Hace poco fue el festival de las flores en los pueblos de Montaigne, ¿me equivoco?- le dijo el misterioso cliente con aspereza, completando los pensamientos del tendero.
-Oui, oui...mandaré a mis chicos a los pueblos, corren rumores por el gremio que en Mont Sant los niños han cogido las flores más bellas antes de que murieran por el invierno. Pero, messier...¿para qué quiere tantas rosas?
De la capucha se vislumbró una sonrisa alimentada por el recuerdo y la imaginación.
-Tengo una amiga...que va a montar una fiesta.
jueves, 13 de diciembre de 2012
Un desvío en el camino
Le Chateaû du Soleil estaba en calma esa noche. En el aire se olía los jazmines de los jardines laterales de la Reina Madre, y lo único que se podía escuchar era los pasos ahogados de alguien por debajo de las fuentes doradas del palacio. Ese jardín apenas era visitado, ya que se encontraba cerca de la capilla donde la anciana madre del Empereur se hallaba semirrecluida. La gente evitaba la mayor parte del contacto con la Reina Madre, pues se decía que seguía siendo ferviente vaticana y odiaba a su hijo. Sus jardines eran los más bellos y los más solitarios, bajo la luz de la luna las estatuas de ángeles y querubines se mostraban bohemias y románticas. Los únicos que se atrevían ir a esa zona eran los jóvenes enamorados que por razones políticas o de envidias y disputas familiares querían ocultar al mundo su amor prohibido.
"En la corte no se nos permite tener vida."
Un firme y silencioso hombre caminaba solitario por los jardines de la Reina Madre. Estaba embozado hasta arriba por una casaca de combate de cuero cuyos abroches fueron víctimas de las prisas; la prenda le llegaba por encima de la nariz, mostrando sus escrutadores ojos azules, que iban dirigidos a las esquinas del laberinto de setos verdes. Obviamente, no quería que le vieran rondando por ahí, pero sus intenciones no eran las de ocultar un encuentro amoroso, como otros cortesanos.
Estaba allí para planear una venganza.
Bajo el ángel redentor de mármol se encontró con otra persona. Su informante.
-Messier, está todo preparado. El hombre de la Liga de Vendel ha firmado el contrato y su negocio prestamista será vuestro en cuanto deis el dinero. Con ello, la deuda de vuestro hermano menor pasará a vos. Os ha debido costar mucho reunir tanto dinero para plantear este paso de vuestra venganza, messier.
- No te imaginas cuanto, Gauvin. Cinco años reuniendo dinero, cinco años prestándome a servicios infames para ganar dinero y preparando mi regreso...
- ¿No hubiera sido mejor preparar unos asesinatos como venganza, messier?
- Cuando me dieron por muerto hace cinco años las cosas no estaban tan claras como ahora, Gauvin. No había contado con que el cruel viejo Angelier hubiera muerto, ni que mi hermano fuera el estúpido que le diera muerte. Ha cavado su propia tumba.
El jardín se quedó en silencio. Gauvin miró fijamente a su interlocutor.
-¿Messier? ¿Le pasa algo? Está todo listo, solo necesitamos su aprobación y empezaremos. Los aliados que ha comprado están preparados.
Le costó la vida arrancar lo que le pasaba, pero el hombre contestó:
-Aún...no puedo vengarme- susurró dubitativo-. ¡No! Aún no quiero vengarme- corrigió a sí mismo.
Gauvin lo miró atónito.
-¿De qué está hablando, messier? Algunos miembros de la familia están deseando su regreso.
-Sí, porque ahora les van las cosas mal con mi hermano menor. Solo están asquerosamente interesados- gruñó detrás del cuello de la casaca.
-¡Pero lleva años preparando esto! ¡No puede parar ahora!-exclamó en voz baja Gauvin mientras miraba nerviosamente si alguien les escuchaba.
El hombre se levantó lentamente dejando caer todos los pliegues de cuero hacia el suelo. Miró el querubín de bronce de la fuente y recordó el encuentro amoroso que tuvo con una joven cantante de la corte hace mucho tiempo. Nunca olvidaría aquél encuentro nocturno, al igual que nunca olvidaría que la perdió a ella por un cruel chantaje, por política, por envidias familiares...la perdió por una estupidez. Al cabo de un rato agachó la cabeza apesadumbrado.
-Si tengo una maldita debilidad, es que no puedo contra una mujer que llora frente a mi. No puedo quedarme quieto esperando a que cometa una estupidez...
Gauvin frunció el ceño y ladeó la cabeza como si buscara alguna lógica en lo que decía ese hombre. Pensó que tantos años viajando por el mundo le había trastocado la cabeza.
-¿Messier Julius?
Julius no respondió. Sacó un pañuelo bordado y con el pulgar calloso recorrió las casi invisibles ("y un poco torcidas", pensó) iniciales bordadas en el filo.
-Esa niña tonta me necesita.
______________________________________________________________
Julius en los jardines de la Reina Madre justo después de ver a Marina Oliván llorando destrozada por aceptar el chantaje del Emperador para que no apoyara el plan secreto del Novus Ordum Mundi en la Santa Alianza. Charouse, Montaigne.
"En la corte no se nos permite tener vida."
Un firme y silencioso hombre caminaba solitario por los jardines de la Reina Madre. Estaba embozado hasta arriba por una casaca de combate de cuero cuyos abroches fueron víctimas de las prisas; la prenda le llegaba por encima de la nariz, mostrando sus escrutadores ojos azules, que iban dirigidos a las esquinas del laberinto de setos verdes. Obviamente, no quería que le vieran rondando por ahí, pero sus intenciones no eran las de ocultar un encuentro amoroso, como otros cortesanos.
Estaba allí para planear una venganza.
Bajo el ángel redentor de mármol se encontró con otra persona. Su informante.
-Messier, está todo preparado. El hombre de la Liga de Vendel ha firmado el contrato y su negocio prestamista será vuestro en cuanto deis el dinero. Con ello, la deuda de vuestro hermano menor pasará a vos. Os ha debido costar mucho reunir tanto dinero para plantear este paso de vuestra venganza, messier.
- No te imaginas cuanto, Gauvin. Cinco años reuniendo dinero, cinco años prestándome a servicios infames para ganar dinero y preparando mi regreso...
- ¿No hubiera sido mejor preparar unos asesinatos como venganza, messier?
- Cuando me dieron por muerto hace cinco años las cosas no estaban tan claras como ahora, Gauvin. No había contado con que el cruel viejo Angelier hubiera muerto, ni que mi hermano fuera el estúpido que le diera muerte. Ha cavado su propia tumba.
El jardín se quedó en silencio. Gauvin miró fijamente a su interlocutor.
-¿Messier? ¿Le pasa algo? Está todo listo, solo necesitamos su aprobación y empezaremos. Los aliados que ha comprado están preparados.
Le costó la vida arrancar lo que le pasaba, pero el hombre contestó:
-Aún...no puedo vengarme- susurró dubitativo-. ¡No! Aún no quiero vengarme- corrigió a sí mismo.
Gauvin lo miró atónito.
-¿De qué está hablando, messier? Algunos miembros de la familia están deseando su regreso.
-Sí, porque ahora les van las cosas mal con mi hermano menor. Solo están asquerosamente interesados- gruñó detrás del cuello de la casaca.
-¡Pero lleva años preparando esto! ¡No puede parar ahora!-exclamó en voz baja Gauvin mientras miraba nerviosamente si alguien les escuchaba.
El hombre se levantó lentamente dejando caer todos los pliegues de cuero hacia el suelo. Miró el querubín de bronce de la fuente y recordó el encuentro amoroso que tuvo con una joven cantante de la corte hace mucho tiempo. Nunca olvidaría aquél encuentro nocturno, al igual que nunca olvidaría que la perdió a ella por un cruel chantaje, por política, por envidias familiares...la perdió por una estupidez. Al cabo de un rato agachó la cabeza apesadumbrado.
-Si tengo una maldita debilidad, es que no puedo contra una mujer que llora frente a mi. No puedo quedarme quieto esperando a que cometa una estupidez...
Gauvin frunció el ceño y ladeó la cabeza como si buscara alguna lógica en lo que decía ese hombre. Pensó que tantos años viajando por el mundo le había trastocado la cabeza.
-¿Messier Julius?
Julius no respondió. Sacó un pañuelo bordado y con el pulgar calloso recorrió las casi invisibles ("y un poco torcidas", pensó) iniciales bordadas en el filo.
-Esa niña tonta me necesita.
______________________________________________________________
Julius en los jardines de la Reina Madre justo después de ver a Marina Oliván llorando destrozada por aceptar el chantaje del Emperador para que no apoyara el plan secreto del Novus Ordum Mundi en la Santa Alianza. Charouse, Montaigne.
miércoles, 12 de diciembre de 2012
Atlantis (I)
Desde las alturas se podía ver la gran ciudad blanca, solitaria y rodeada por el vasto océano. La blancura de las murallas y las torres se confundían con la espuma sedosa del mar eterno. Supervivientes y regias, las colosales torres albinas nacían de los océanos y se alzaban como un titan paciente y terrible que evitaba que las aguas engulleran el interior de la civilización. La protegían con un escudo de fuerza invisible, firmes contra el tiempo, escudados contra el viento y la marea, contra lo imposible, contra la grandeza del mundo y el terrible poder de los océanos. Era una ciudad imposible, pero era mucho más.
Era el símbolo la civilización contra la naturaleza. El recuerdo de nuestra civilización antigua conviviendo con Gaia.
La ciudad pálida y marítima estaba investida con la gran capa de los océanos, coronada por el cielo y blandiendo su cetro la Gran Torre de Marfil que vigilaba en el centro de todo. La aguja de la torre casi acariciaba el cielo cual Torre de Babel, y su punta fraccionaba en mil pedazos la luz de los astros con un sistema complejo de cristales-espejo. Las gotas de luz rompían en el cielo cristalinas y caían suavemente sobre la ciudad. Dentro de sus murallas crecía la vida, verde, equilibrada, armoniosa, bella y luminosa; mientras que tenía que convivir con el control de la tecnología, los vehículos elegantes, las luces artificiales, y los cambios de la ciudad. Al igual que la naturaleza, los edificios cóncavos y cilíndricos de la ciudad blanca crecían, se ensanchaban, ascendían o se ocultaban bajo tierra mediante los engranajes y bisagras enormes que hacían funcionar la ciudad como un gigante reloj conforme lo iban necesitando sus huéspedes. Un reloj que marcaba el tic y el tac de nuestra civilización, pero desconocíamos que nuestra arrogancia marcaba en su reloj el próximo fin. Habíamos conseguido la fusión entre máquina y naturaleza. Y por nuestra culpa, algunos de nosotros quisieron más y más. Sin quererlo, alimentamos la avaricia de algunos de los nuestros.
Quisieron a Gaia dominada por el Deux Machina, el dios máquina.
Qué arrogantes fuimos...
Nuestro equilibrio estaba a punto de romperse. No era un lugar excesivamente contaminado, la tecnología seguía un sistema complejo basado en la sencillez, pero había algunos que querían más. Sistemas y protocolos de seguridad ante las devoradoras olas permitían existir a la antigua civilización donde Dios no podía permitir la vida. Pero toda esa seguridad y fortificación contra la cólera de Gaia no le impedía ser una de las civilizaciones más bellas del mundo. Solo desde el cielo se podía ver el perfecto equilibrio de la ciudad, construida por círculos armoniosos que se comunicaban por una perfecta red de redes de plastiacero cabalgando por encima de las rugientes olas. Las ventanas de nuestras casas eran una arquitectura altamente avanzada en tecnología y claramente superior a la humana a años luz. Los ciudadanos se comunicaban por hologramas en tiempo real y muchos de nosotros nos transportábamos por hovercrafts diseñados como los barcos de vela que copiaron las civilizaciones clásicas de la humanidad.
Poseíamos una tecnología superior a la que ha tenido tiempo de poseer los humanos. Y mientras nosotros clavávamos nuestros estandartes por el mundo, los humanos estaban a punto de descubrir el fuego.
Nosotros somos los Syrneth. Y estuvimos mucho antes que vosotros.
Y aunque éramos superiores, fue nuestra codicia la que nos hizo caer ante los ojos de Dios. Una bestia que vive en todos los corazones, incluso en una raza tan superior como la nuestra. Os llevábamos años luz en cuanto a conocimientos, pero nuestros corazones no se diferenciaban mucho de los humanos. Y ahora, estáis a punto de permitir que el mismo error se reproduzca: dejar que las cadenas del honor, la virtud y la bondad liberen las múltiples cabezas de la arrogancia, la crueldad y el dolor.
Estamos en la Atlántida, cuna de la civilización de la mística civilización Syrneth. Y éste era mi hogar. El que decidí hundir para proteger al mundo de nosotros mismos.
Esta es la historia de lo que nos ocurrió hace miles de años. Y vosotros estáis a punto volver a permitir nuestra tragedia
Os avisé...
A la Bestia encerramos para protegeros.
...y estáis a punto de no entender de que algunos de los vuestros están siguiendo nuestros errores. Vuestro fin se acerca. Vosotros elegís. Salvación y muerte.
Vosotros aún podéis evitarlo. La humanidad debe decidir qué es lo que mueve vuestro mundo.
No debéis perderlo todo solo porque algunos querían un poco más.
Nosotros solo deseamos un poco más, solo un poco más...hasta que el mundo se nos quedó pequeño y deseamos la creación. Y cuando yo, decidí que debíamos parar, nadie me quiso escuchar. La avaricia había germinado en nuestros corazones. Era demasiado tarde. Ya no hubo vuelta atrás.
Debíamos morir...
Era el símbolo la civilización contra la naturaleza. El recuerdo de nuestra civilización antigua conviviendo con Gaia.
La ciudad pálida y marítima estaba investida con la gran capa de los océanos, coronada por el cielo y blandiendo su cetro la Gran Torre de Marfil que vigilaba en el centro de todo. La aguja de la torre casi acariciaba el cielo cual Torre de Babel, y su punta fraccionaba en mil pedazos la luz de los astros con un sistema complejo de cristales-espejo. Las gotas de luz rompían en el cielo cristalinas y caían suavemente sobre la ciudad. Dentro de sus murallas crecía la vida, verde, equilibrada, armoniosa, bella y luminosa; mientras que tenía que convivir con el control de la tecnología, los vehículos elegantes, las luces artificiales, y los cambios de la ciudad. Al igual que la naturaleza, los edificios cóncavos y cilíndricos de la ciudad blanca crecían, se ensanchaban, ascendían o se ocultaban bajo tierra mediante los engranajes y bisagras enormes que hacían funcionar la ciudad como un gigante reloj conforme lo iban necesitando sus huéspedes. Un reloj que marcaba el tic y el tac de nuestra civilización, pero desconocíamos que nuestra arrogancia marcaba en su reloj el próximo fin. Habíamos conseguido la fusión entre máquina y naturaleza. Y por nuestra culpa, algunos de nosotros quisieron más y más. Sin quererlo, alimentamos la avaricia de algunos de los nuestros.
Quisieron a Gaia dominada por el Deux Machina, el dios máquina.
Qué arrogantes fuimos...
Nuestro equilibrio estaba a punto de romperse. No era un lugar excesivamente contaminado, la tecnología seguía un sistema complejo basado en la sencillez, pero había algunos que querían más. Sistemas y protocolos de seguridad ante las devoradoras olas permitían existir a la antigua civilización donde Dios no podía permitir la vida. Pero toda esa seguridad y fortificación contra la cólera de Gaia no le impedía ser una de las civilizaciones más bellas del mundo. Solo desde el cielo se podía ver el perfecto equilibrio de la ciudad, construida por círculos armoniosos que se comunicaban por una perfecta red de redes de plastiacero cabalgando por encima de las rugientes olas. Las ventanas de nuestras casas eran una arquitectura altamente avanzada en tecnología y claramente superior a la humana a años luz. Los ciudadanos se comunicaban por hologramas en tiempo real y muchos de nosotros nos transportábamos por hovercrafts diseñados como los barcos de vela que copiaron las civilizaciones clásicas de la humanidad.
Poseíamos una tecnología superior a la que ha tenido tiempo de poseer los humanos. Y mientras nosotros clavávamos nuestros estandartes por el mundo, los humanos estaban a punto de descubrir el fuego.
Nosotros somos los Syrneth. Y estuvimos mucho antes que vosotros.
Estamos en la Atlántida, cuna de la civilización de la mística civilización Syrneth. Y éste era mi hogar. El que decidí hundir para proteger al mundo de nosotros mismos.
Esta es la historia de lo que nos ocurrió hace miles de años. Y vosotros estáis a punto volver a permitir nuestra tragedia
Os avisé...
A la Bestia encerramos para protegeros.
...y estáis a punto de no entender de que algunos de los vuestros están siguiendo nuestros errores. Vuestro fin se acerca. Vosotros elegís. Salvación y muerte.
Vosotros aún podéis evitarlo. La humanidad debe decidir qué es lo que mueve vuestro mundo.
No debéis perderlo todo solo porque algunos querían un poco más.
Nosotros solo deseamos un poco más, solo un poco más...hasta que el mundo se nos quedó pequeño y deseamos la creación. Y cuando yo, decidí que debíamos parar, nadie me quiso escuchar. La avaricia había germinado en nuestros corazones. Era demasiado tarde. Ya no hubo vuelta atrás.
Debíamos morir...
Atlas
jueves, 15 de noviembre de 2012
Honor desfigurado
Las
botas del joven soldado se lamentaban en el exterior de la mansión Dubois.
Louis notó que su pulso se aceleraba mientras miraba una y otra vez el camino
que venía desde las afueras de Paix. En cualquier momento aparecería un
carruaje...con el cadáver de su padre. ¿Cómo era posible? Su padre era uno de
los mejores mariscales del Rey Sol, ¿acaso los castellanos le emboscaron junto
con sus guardaespaldas? Seguramente, pensó Louis, incluso le disparó algún
guerrillero castellano antes de la batalla de San Teodoro, o un asesino. Desde
luego, su padre, el mariscal Charles Dupont, era demasiado experto como para
ponerse en peligro tontamente. Su mente privilegiada para la estrategia estaba
por encima de los riesgos tontos de los guerreros. ¿Entonces...como había
muerto su amado padre?
Además,
no tenía sentido. Todas sus victorias por Castilla habían sido obras
estratégicas dignas del gran general Montegue. Las ciudades acababan
rindiéndose después de ofrecer una leve resistencia, incluso hasta el
gobernante de Santiago lo iba a hacer. Su padre era un negociador nato...hasta
que esos estúpidos guerrilleros asaltaron las calles e incendiaron la ciudad
que a su padre tanto le había costado mantener intacta. A pesar de que el Rey
Sol ponía en un apuro a su padre y le forzaba a la conquista de toda la
península oeste de Castilla antes del invierno, su padre traía conquistas y
conquistas y venía a contarlas. Y por supuesto, él mismo escuchaba las campañas
de su padre en Castilla de principio a fin.
Al fin
apareció el carruaje negro donde debía estar su padre. Miró a su lado. Su
hermana Jeannette estaba estática y pálida como una estatua de mármol. ¿Acaso
no sufría por la innoble muerte que les había dado esos campesinos castellanos
a su amado padre? Ah...ojala le hubieran dejado ir a él también a Castilla con
su padre cuando tomó Santiago sin apenas derramamiento de sangre. Pero tenía
que quedarse en Charouse si quería llegar a ser como su padre; no podía
permitirse dejar de ir a la Academia Militar más prestigiosa de la nación solo
por una excursión. A su otro lado estaba su madre, la excéntrica duquesa Mariam
Dubois. Iba con uno de esos vestidos horribles que tanto les gustaba a algunas
viejas chochas de la corte del Rey. Ella tenía el rostro arrugado por la vejez
y mostraba el semblante aburrido. Ni siquiera se había vestido de luto.
-¿Tan
poco respeto le tenéis al padre de vuestros hijos, que ni si quiera se os ha
pasado por la cabeza vestir como una persona decente, madre? ¿Ese es el respeto
que le tienes a tu difunto marido?- su madre ni siquiera se giró, parecía
hastiada de todo. Ante la falta de respuesta de su madre Louis le alzó la voz,
pero evitando que los criados, centenares de militares y docenas de cortesanos
que habían acudido para el funeral del famoso mariscal Charles Dupont
escucharan sus ataques a su madre- ¡¿Es que acaso os dais cuenta de que sois
viuda, madre?! Muestras un semblante como si el que hubiera muerto fuera
cualquiera, sin daros cuenta de que no solo habéis perdido a vuestro esposo,
sino que la nación ha perdido a un excelentísimo y noble general.
Hubo un
incómodo silencio antes de que hubiera una reacción. Ella respondió muy
tranquilamente, mirando fijamente cómo iba llegando el carruaje desde Paix.
-No te
equivoques, hijo mío. Es cierto que tu padre era un gran general, un excelente
estratega y un conquistador nato- dicho esto miró a su hijo con semblante
ausente-, pero te aseguro de que no había nada de honor en él.
-¡Madre!
¿Cómo os atrevéis?- farfulló su hijo mientras levantaba la mano con furia
instintiva hacia la duquesa, pero ella le aguantó la mirada fríamente.
-De
hecho, no os diferenciáis en nada a él- sentenció la madura duquesa con voz
quebrada esperando recibir el golpe.
Louis
recogió su brazo sin querer. Era Jeannette, quién con expresión asustada tomaba
su brazo y lo dejaba abajo.
-¡Louis,
por favor!- rogó su hermana con gran sufrimiento, pero Louis sospechó que era
más por el enfrentamiento con su madre que por la muerte de su padre.
El
carruaje llegó a la entrada de la Mansión Dubois. Los militares hicieron una
salva de mosquetes y un camino de sables de caballería hasta que paró delante
del porche de la mansión. Louis Dupont se deshizo de la presa de su hermana y
bajó por las escaleras de la mansión, llegando al féretro donde debía estar el
cuerpo de su padre.
Un
sargento vestido con un peto con el sol de la nación estampado en el pecho se
adelantó a Louis con el rostro desencajado.
-Caballero,
no creo que debáis...
-¡Apartad!
¡Es mi padre, y voto a bríos que quiero verlo por última vez!- gritó con
violencia.
Con
toda la impaciencia apartó a los soldados y a los criados y en un silencio
sepulcral y expectante, abrió el ataúd.
-¡Por
todos los diablos!
Hubo un
tumulto general de sorpresa entre todos los presentes. El cadáver del mariscal
no solo estaba irreconocible, probablemente por un cañonazo, sino que además le
habían propinado docenas de cuchilladas en el pecho.
-¡¿Qué
clases de salvajes le han hecho esto a mi padre?! ¡Esto es una salvajada
incluso para la guerra! ¡Malditos castellanos, salvajes, bestias de campo, eso
son! No merecen otro nombre...
Dicho
esto cayó llorando sobre el ataúd y comenzó a llover en sobre Louis Dupont.
El
velatorio siguió su curso y los cortesanos y militares comenzaron con sus
corrillos y sus habladurías después de mostrar sus respetos al difunto militar.
Louis no se apartó del cuerpo de su padre. No podía dejar de escuchar los
comentarios de su alrededor. Todos hablaban de que el dirigente de la Academia
Militar en la que Louis estudiaba, Philippe Leveqe, sería el candidato idóneo
para sustituir a Charles Dupont. Ni siquiera había empezado a descomponerse el
cuerpo de su padre y ya hablaban del nuevo mariscal: Philippe Leveque. Louis lo
conocía, le había dado clases de logística y maniobras de campaña en la
Academia Militar de Charouse. Ahora sería messieur Leveque el nuevo Mariscal...
y ni siquiera había venido a presentar sus respetos al cuerpo de su padre.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
Cadenas por corona
Los grilletes se cerraron sobre las muñecas de Leandro Vázquez de Gallegos. El Alguacil cerró las esposas duramente y apretando con malicia,...
-
Cierro los ojos. Estoy tumbada sobre un montón de paja, tranquila. No es raro; es la hora de la siesta y, aunque ya falta poco para que caig...
-
¿Qué estoy haciendo? ¿Por qué estoy tirando mi vida por la borda? ¿Por ella? No lo sé...pero esto es estúpido. ¿Quien me habría imagina...
-
Pirata. Criminal. Hereje. Pirata. Bruja. Criminal. Traidora. Bruja. Hereje. Criminal. Bruja. Pirata. Hereje. “Criminal, pirata, bruja...



