sábado, 20 de abril de 2013

Entre el querer y el deber (I)

El calor del hogar se estaba debilitando. La chimenea de madera de la habitación anterior a la alcoba mayor de la mansión Lara se negaba a seguir iluminando la habitación. Alonso miró con gesto doloroso este hecho, por lo que atizó con el hierro los tocones de madera para avivar las llamas. Cualquier analogía en ese momento con apagarse o perder la energía no le hacía ninguna gracia.

La puerta del interior se abrió y el joven se levantó en seguida sin parar de manosear los puños de su camisa. Una figura oscura con unos gruesos anteojos negros salía de la habitación con paso lento, buscando en la penumbra de la habitación a Alonso. Al ver la figura del joven, el hombre, de una edad madura y un pelo que ya encanecía, miró cansadamente a Alonso y agradeció que la oscuridad de la habitación fuera casi nula. No quería ver su expresión.

-¿Excelencia...?

Alonso tardó en responder. No acostumbraba a que le llamaran de esa manera y menos si su padre aún vivía...pero, ¿vivía? Alonso avanzó desubicado en la oscuridad y tropezó con una banqueta.

-Por Dios no me diga que...- no pudo acabar la frase.

-No, no se preocupe.  Su excelencia el señor Lara sigue entre nosotros. Dios no dispone de momento de su alma. Sin embargo, no pinta bien su aspecto, cada vez le cuesta más respirar. Siento decirle que se acabó para él el montar a caballo.

Alonso sintió cómo le machacaba la noticia. No ya por él, que lo de montar a caballo le era más o menos indiferente y algo en segundo plano, pero a su padre ser jinete era algo que llevaba en la sangre. Además, llevaba un mes y medio intentando domar otra vez a aquél corcel que había traído de su reciente viaje del Imperio de la Media Luna hacía ya un tiempo.

La puerta que salía a las escaleras del piso inferior de la mansión se abrió, entrando tres hombres de forma ordenada y con templanza: un caballero mayor, de poco pelo y poblada barba sobre una anticuada golilla blanca, vestido completamente con una capa de viaje negra; un hombre regordete, con hábitos de monseñor; y, por último, un señor delgado, despeinado, de pómulos afilados y mirada vivaz. Alonso los fue saludando conforme entraban.

-Tío Umberto, Tío Luís- con éste se arrodilló levemente y se dispuso a identificar al tercero sin éxito, al más joven-. Disculpadme, no creo conoceros.

-Es un bachiller. El letrado de nuestra familia.

Alonso abrió un poco más los ojos.

-¿Para qué...?- comenzó a preguntar mientras su voz se perdía por la oscuridad.

-Es un asunto delicado, Alonso- comenzó diciendo monseñor Lara, el hermano pequeño del Barón Lara- Necesitamos un testamento del señor de la Casa Lara antes de que Dios reclame la presencia de nuestro hermano. El excelentísimo Barón debe poner sus asuntos en orden para que la casa prospere.

-¡Por el amor de Dios, no habléis así!-escupió Alonso con un grito ahogado- ¡Mi padre aún vive y está detrás de esa maldita puerta!

-¿Está despierto, doctor?- preguntó Umberto Lara- Es necesario que hablemos.

El galeno asintió levemente y condujo a los Lara y a su letrado en leyes a la alcoba mayor. Alonso no entró, le irritaba toda aquella situación. Era como si todo fuera un negocio, como si la muerte fuera un tramo burocrático que debían certificar. Estuvo escuchando los murmullos de la habitación, pero solo se acercó a la puerta cuando le pareció escuchar su nombre en el interior de la habitación. Colocó la oreja en la puerta y escuchó la voz de su tío Umberto.

-No os sulfuréis, hermano. Solo digo que la permanencia de la Casa Lara puede correr peligro. Alonso es el único hijo que tenéis, el único que puede asegurar que puede transmitir nuestro apellido y, sobre todo, el título nobiliario de nuestra casa, el que ganaste a pulso al servicio del Rey en la Guerra de la Cruz. No podemos perder tal prestigio de forma tonta.

Gregorio Lara, padre de Alonso, tosió acaloradamente durante un buen rato mientras intentaba hablar.

-Por todos los diablos, ¿creéis que no me he encargado de hacérselo saber a mi hijo? Somos conscientes de nuestro deber para con la Casa Lara. Mi hijo sabe cuáles son sus obligaciones, como yo sé cuáles son las mías, maldita sea.

El Don Lara comenzó a toser y Alonso escuchó como dejaba un vaso de agua en la mesita. Umberto volvió a tomar la palabra cuando cesó el ataque.

-Dices que tu hijo es consciente de sus deberes de transmitir el apellido cuanto antes, pero no creo que ir por las calles de la villa siempre de la mano de una mujer, cada día distinta, sea lo que esperamos todos.

-Estará buscando la más apropiada- dijo Barón padre.

-No sabría qué decirte, hermano. Corren rumores por la Villa de que tu hijo había conseguido aceptar una propuesta de matrimonio con una tal Cintia, pero que se ha echado atrás. Tememos que tu hijo no quiera cumplir con sus obligaciones.

-¡Rumores! ¡Rumores!-gritó el Barón enfurecido- No sabía que hicieran caso a las habladurías de las viejas, caballeros. Me dejan estupefacto- de nuevo tuvo un ataque de tos y continuó-. Escuchadme bien, sé muy bien que teméis que perdamos todo lo que hemos conseguido, que no es poco, así que una cosa os digo, mi hijo no me defraudará.

 Alonso se retiró de la puerta y se sentó en el butacón de roble junto a las pocas llamas de la chimenea.  Se quedó en el salón, atizando el fuego, golpeándolo con rabia para que no se apagara. No quería quedarse a oscuras.

Cuando las agonizantes ascuas cedieron a su inevitable final, una luz entró por la ventana. Estaba amaneciendo. Era hora de ir a misa.

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-Padre, no deberíais haberos levantado de la cama, aún no estáis en condiciones- le dijo Alonso tomándolo del brazo. Andaban por la calle mayor, bajando de la Mansión Lara. Todo el mundo les daba los buenos días tanto al Barón padre como futuro Barón.

Futuro Barón... no quería ni pensarlo. Aún estaba destrozado por la conversación que no debería haber escuchado.

Su padre se atusó el bigote con diligencia.

-¡Menuda tontería! He servido en la Guerra de la Cruz junto a su majestad, un catarro no me impedirá no ir a misa.

Pero Alonso sabía que era algo más que un simple catarro.

-Así de blando sois los jóvenes. Deberías viajar, ver mundo y sobre todo combatir para ser un hombre.

Alonso dejó de escuchar y se limitó a conducir a su padre calle abajo hacia la Iglesia de Santa Elena. Sabía que su padre empezaba a hacer a defender que todos los jóvenes deberían marchar en el ejército aunque fuera unos años, para tener disciplina y haber visto mundo. Alonso sentía que su padre y él estaban eternamente alejados. Su padre era un veterano de una cruel guerra y él ni siquiera había empuñado una espada. Sentía que defraudaba a su familia, que se esperaba grandes cosas de él. Y lo que más le quemaba, sentía que defraudaba a su padre.

Llegaron a la Plaza Mayor de la Villa y mentidero del pueblo. Ya estaban las gentes agolpadas para entrar. Entonces, la mirada de Alonso se tropezó con el de una muchacha que conocía. La joven, morena, de pelo ondulado azabache, agraciada y de clase humilde, iba de la mano de su madre (que seguramente en su juventud había sido igual que su hija), y a su lado estaba su padre, con una expresión de aburrimiento infinito.
La conocía, prácticamente, eran unos buenos conocidos e incluso se podía decir que amigos. Ella era Marina Oliván, y le sorprendió reconocer que era una de las pocas muchachas de la Villa con la que no había intentado intimar. Entonces tuvo una idea.

-Esperadme aquí, padre- dijo éste soltando el brazo del hombre con delicadeza.

-¿Adónde vas, hijo mío?

-¡Será solo un momento!- respondió Alonso corriendo hacia el pozo.

Alonso sacó un papel amarillo y rompió un trozo pequeño. Sacó un carboncillo y empezó a escribir sobre la piedra del pozo.

Se lo guardó en el bolsillo y fue corriendo hacia su padre. Los feligreses entraron y se saludaron entre ellos, con especial atención hacia el barón.

La misa pasó sin incidentes y  llegó la hora de tomar el cuerpo del Profeta. Como marcaba la costumbre de la Villa, los primeros en consagrarse fueron el Barón y su hijo. Tras tomar la comunión, Alonso se cruzó con Marina, que esperaba en la cola. Alonso la saludó como un caballero, la tomó de la mano y se la besó, sonriendo al ver el pequeño escándalo que estaba formando en la iglesia. Retiró la mano con elegancia, y Marina pudo comprobar que tenía un papel amarillento en la mano, el mismo papel en el que había escrito en el pozo.

"Encontraos conmigo en el granero abandonado. Venid sola"

Alonso sonrió mientras volvía a colocarse en su banco de la iglesia. Marina Oliván no le rechazaría, haría que su padre estuviera orgulloso de él. Esta vez afrontaría el deber...aunque el querer deseaba otra cosa.

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Villa de Santa Elena, antes de la misa de un domingo de Julio de 1668. Justo un día antes de que Marina comenzara sus aventuras por Théah tras la vuelta de su malvado tío Harold.

lunes, 1 de abril de 2013

Héroes y Villanos: un vistazo detallado a sus historias

Retomo el blog de la partida de 7º Mar después de haber acabado la campaña Novus Ordum Mundi. Para ir calentando a escribir más a menudo, comienzo con unos estiramientos, en este caso, un remake de los Héroes y Villanos que hay en partida, con la información ampliada de lo que se sabe dentro de juego.

Thomas Owen:
"Tienes la sangre de dos héroes Marina...aprovéchala"

El padre de nuestra heroína, Marina Oliván. Hasta hace un año y medio aparentaba ser un hidalgo sin tierras en la Villa de Santa Elena, al sur de Castilla. Pero esa identidad no era más que una burda fachada para dejar atrás una vida turbia y aparente deshonor. Marina vivió toda su infancia en la ignorancia, creyendo la falsa y humilde identidad de su padre, pero un día, escondida en el granero abandonado de la Villa, descubrió varios secretos de su padre. Primero, que la espada se le daba de miedo; y segundo, que no era el  humilde paisano de Castilla que aparentaba, sino que provenía de las lejanas islas de Ávalon. ¿Qué pensarías si a tus 17 años descubrieras que realmente tu padre proviene de un país lejano y que, además, había sido una de las grandes espadas que había conocido el Gremio de Espadachines en mucho tiempo?

Así de misteriosa empezó la historia de Marina Oliván, una humilde campesina que se vio obligada a buscar la verdad a través de toda Théah. Con el paso del tiempo (y muuchas sesiones), de aventuras y desventuras, Thomas Owen fue descubierto por su propia hija: había sido Espada de Ávalon y Rosacruz, había salvado junto a su futura esposa, Beatriz Oliván, un intento de acabar con el Buen Rey Sandoval de Castilla (así se conocieron) Formaron un grupo de héroes aventureros, en el que estaba también su hermano gemelo Harold Owen, y deshicieron entuertos allá donde iban. Participó en la Guerra de la Cruz, ayudando a que ciudades enteras pudieran salvarse de la locura del Imperator en el Castillo Stein. Una vez en Ávalon, fue nombrado Caballero de la Reina, en la mesa redonda. Entonces las cosas se pusieron feas. Un viejo amigo de la infancia de Thomas apareció. Su nombre era Eltanin, y era un joven discípulo del Círculo de Druidas de Ávalon. Thomas y él eran amigos lejanos, pero aún se recordaban con aprecio. Eltanin quería un favor: acercarse al Grial para poder examinarlo en nombre del Círculo. Como Thomas sabía que el Círculo era amigo de Elaine, le dejó entrar a la Piedra Angular de Carleón.
Aquí ocurrió la traición. Ayudado inconscientemente por Thomas, el druida Eltanin robó el Grial de los Sidhes. La misma noche, Thomas intentó por todos los medios recuperarlo, pero la ciudad entró en un gran caos. Eltanin resultó ser un endemoniado hechicero inmune a las armas convencionales. Harold, que se encontraba al servicio del ejército de Ávalon junto a su padre, perdió un ojo al intentar detener al hechicero, antes de presenciar cómo el hechicero acababa con su progenitor.
Acabada la carnicería, un Thomas destrozado y un Harold tuerto y cada vez más oscuro, eran desterrados de las Islas del Glamour...para siempre.
Harold huyó al continente sin volver a hablar a su hermano, acumulando odio por su estupidez. No volverían a verse hasta dentro de 20 años.
Pero Thomas no se dio por vencido, sabía que aún se podía hacer algo. Contactó con su amigo Walter Ericson, de la Sociedad de Exploradores. Investigaron juntos, y llegaron a la conclusión de que lo que había sido liberado no era un hechicero, puesto a que a un hechicero se le puede matar. Debía tratarse de un demonio, más concretamente de un demonio traído a voluntad, lo que explicaría que no pudiera ser dañado. Tirando de este hilo, llegaron a la conclusión de que algo había encerrado a Eltanin (o el demonio que llevaba dentro), y que eso sería lo único que podría volver a mandarlo al Abismo. Con gran trabajo entre códices Syrneth, Walter dio con una reliquia: La mística Lanza de Tara. Leyendo textos prohibidos, llegaron a la conclusión de que no podía estar más que en un misterioso lugar en una isla hundida, así que Thomas por toda Théah, y Walter en Ávalon, trabajaron en busca de las 7 lágrimas de Calypso, siete piedras místicas que podrían desenterrar toda una isla de las mantas acuáticas.

El resultado fue un fiasco. Thomas a lo largo de 3 años solo encontró una Lágrima de Calypso, quitándosela a Jack Mal Tiempo (antes de convertirse en una calavera parlante) Necesitaban al menos cuatro, y aún así ni siquiera sabían si aquella isla existía, o incluso la Lanza que mandaría al infierno a ese demonio suelto y recuperar así el Grial y el honor de los Owen. Entonces Thomas decidió dejarlo. Se fue a vivir con su esposa y compañera de aventuras, la espadachina castellana Beatriz Oliván, y decidieron apartarse de su peligrosa vida de Héroe, lejos de sus enemigos, apartados en un pequeño pueblo de Castilla: la Villa de Santa Elena. A pesar de encontrar una nueva vida tranquila al lado de la mujer a la que amaba, su esposa veía como Thomas no podía dejar de lado que toda su estirpe estuviera exiliada de Ávalon, condenando a las Islas del Glamour al caos y a una probable guerra civil...aunque lo que más le quemaba era el aciago destino de Harold, el cuál no se merecía nada de lo que había pasado. Su esposa le regaló su crucifijo de los Profetas y le preguntó "Thomas, ¿en qué crees?". Él, finalmente respondió: "creo que puedo cambiar las cosas"; y ella, con una sonrisa, le colocó la única Lágrima de Calypso que había encontrado su esposo y la colocó en el crucifijo como la más bella de todo el empedrado. "Entonces no te rindas". Thomas sonrió y continuó investigando con Walter. Al cabo de unos años, Thomas seguía empeñado en hacer justicia, pero nació su hija: Marina Oliván. Lo dejó todo atrás, su felicidad ahora era su hija, y los padres acordaron en que no querían que su hija conociera lo mismo que ellos: la guerra, el sufrimiento, la muerte, la traición...en definitiva, el mundo del héroe. Thomas estuvo de acuerdo, pero sabía que Marina tenía que acabar siendo como ellos dos: tenía la sangre de dos héroes. Así que la fue preparando desde que era niña, pero no entrenándola, sino contándole cuentos de espadachines y aventuras a escondida de su esposa. A Harold no le valía un no, así que secuestró a los padres de Marina, quemó su casa, y dejó a la muchacha allí tirada en el barro...la hija de Thomas solo sería una molestia para él y no representaría ninguna amenaza.
Marina persiguió la pista de sus padres, a través de la misteriosa carta de Walter Ericson, en el que añadía que por fin había encontrado otra de las Lágrimas de Calypso y que les esperaba en Santiago.

El problema es que por aquél entonces Marina no sabía absolutamente nada de la vida de sus padres...y menos aún de las Lágrimas de Calypso.


Marina encontró a su padre en la prisión de Santiago, semanas después de aventuras. Su tío, Harold Owen, lo había asesinado...

En sus últimas palabras, Thomas perdonaba a su hermano, sabía que Harold había sufrido por su culpa. En un resquicio de su alma, justo antes de morir, comprendió que el que le había matado no había sido Harold...había sido su odio. Algo no cuadraba. Thomas pensó que era Marina Oliván quién debía descubrir y salvar a Harold de su propio odio y de la manipulación de alguien más grande que la humanidad. Entonces supo que Marina se convertiría en su heroína, a la que había educado entre historias de capa y espada, forjando una mentalidad aventurera (y no con cuentos de princesitas como le contaba Beatriz). Por ello Thomas Owen murió tranquilo.

Había preparado a su hija para lo que se avecinaba.

Cintia Ruíz:
"¡Contigo me lo paso mejor que pegándole a un yunque!"

Cintia es una huérfana castellana de la Villa de Santa Elena, el pacífico pero orgulloso pueblo de las ciudades libres de la península ociddental.

Castiza, apasionada, alegre, caradura y activa. Su ánimo siempre ha estado por encima de todos los problemas que ha tenido en su vida. No conoció a sus padres, ya que murieron de la fatídica Peste Blanca, por lo que fue dejada por unos peregrinos en las puertas de la Villa de Santa Elena.
Allí la recogió maese Montalbán, el herrero del pueblo de Santa Elena. Intentó cuidarla como una hija pero su oficio no le dejaba tiempo para ella, así que la dejó en el orfanato de guerra del pueblo, mientras hacía donaciones para que dejara de caerse a pedazos.
Prácticamente fue criada por ese maldito cojo llamado Ramiro León, por aquél entonces ex-capitán del Tercio Viejo de San Juan. Criada a partes iguales por un herrero y por un ex-soldado tullido, a Cintia no le acabó aflorando los modales de señorita que debía tener una mujer, por lo que siempre fue algo repudiada en sociedad y nunca fue objeto de deseo de los caballeros de la clase dirigente.
Cuando cumplió los 16 años, Montalbán le dio un puesto de aprendiz en la herrería, formándose en el oficio.  En su vida pueblerina, su mejor amiga desde que eran niñas era con Marina Oliván, una muchacha que vivía al otro lado de la empalizada, con los jornaleros. A pesar de la distinción social que hay entre los que trabajan en la Villa y los que trabajan en el campo, nada interrumpió esta fuerte e infantil amistad.
Una amistad que ha distraído a Cintia de sus funciones como herrera, aunque ella también distraía a su amiga arrastrándola en grandes aventuras como la captura de sandías del huerto de Mauricio el Roñoso, tirarle piedras al espantapájaros de uniforme gabacho, o escalar el campanario para tocar una hora que no es, engañando a toda la Villa.
Su vida fue muy austera, por no decir pobre. Aparte de su amistad con Marina Oliván no contaba con muchos más amigos. Entonces ocurrió algo: se sintió deseada. Por nada más y nada menos que el mismísimo  hijo primogénito del Barón de Santa Elena: Alonso Lara. Estuvo a punto de pedirle en matrimonio, pero él al final acabó huyendo. Eso la dejó muy confundida, volvía a estar sola otra vez y por ello odió al hijo del Barón. A pesar de que la retórica romántica de Alonso no le había parecido gran cosa (de hecho, era patética) y que era un idiota que no se aclaraba y que le había dado plantón justo cuando parecía que la cosa iba en serio, ella estuvo algún tiempo encoñada de él. Entonces el Barón parecía acercarse a su amiga de la infancia Marina Oliván, ¡incluso le había pedido en matrimonio! Se decía que Marina había rechazado a Alonso Lara en el granero abandonado (su refugio secreto), pero aún así no podía evitar pensar que Marina tonteaba con el hijo del Barón. Entonces comenzó su venganza de dejar calva a su amiga cada vez que veía algo que no le gustaba.

Cuando no podía aprender más en la herrería de los Montalbán, Cintia tenía que comenzar a viajar, y le salió un maestro en la ciudad de Santiago, acompañando a Marina Oliván en su aventura de encontrar a sus padres. Cuando la aventura de las dos desembocó en el destape de una trama para asesinar al Buen Rey Sandoval (o más bien, en que éste diera todos los poderes de la Corona en el Sumo Inquisidor, Esteban Verdugo), el Rey Sandoval premió a todos los que le ayudaron a que fuera coronado Rex Castillium. En el caso de Cintia, se le dio un puesto de aprendiz en la herrería Real, como forjadora y orfebre de la familia real.

En uno de los bailes de la Corte, Cintia fue presentada al gran Capitán de la Guardia de Sandoval: Artur Orellán. Ambos parecían tener una actitud parecida, y eso le gustó a Cintia. Ambos tenían un gran gusto por las espadas manufacturadas y a ambos les aburría los chismes de los cortesano. Eran los dos bastante reservados, podían de hablar de armas y alineación de acero durante horas. Parecía que Cintia había encontrado a alguien digno con el que pasear por los Jardines Botánicos de Layla. Lo que ella no sabía es que él estaba interesado en ella, pero así fue. Artur declaró sus intenciones de casarse pronto. Cintia tiene miedo de que le hagan daño, por lo que, aunque halagada, pospone la pedida de mano hasta que sepa quién es Artur. Espera conocerlo mejor, aunque ya cree que puede ser un buen candidato (tanto por su posición como por él mismo) para pedir su mano.

Y así, Cintia Ruíz, a través de las aventuras de Marina Oliván, pasó de ser la masculina herrera huérfana de un pueblo, a una mujer con personalidad (algo loca) al servicio de una de las más grandes coronas de Théah.

Parece que es uno de los pocos personajes que no tiene mucho que ocultar ¿O si? Pues, en realidad, sí que tiene que ocultar, pero esto es algo que ni siquiera sabía ella. ¿Sentía algo especial Cintia por Alonso? La respuesta es sí. ¿Era amor? como ya le explicó en un roleo Cintia a Marina, finalmente comprendió que no era amor. Aunque ella pensaba que el hijo del Barón le gustaba, cuando Cintia llegó a la Corte descubrió que por Alonso no sentía nada más que una profunda amistad. Entonces supo que nunca había amado, Alonso solo había sido para ella la representación de una vida mejor...y ahora que la tenía, no lo necesitaba. ¡Excepto como buen amigo, claro!

Alonso Lara:
"Siempre, siempre existe un plan"

Como decía en la entrada original, éste es el chico por el que cualquier campesina soñaría. Alonso lo tiene todo: es guapo, joven, elegante, culto, buen jinete, amante de los caballos, y viene con título nobiliario bajo el brazo.
Sería ideal para cualquier muchacha casadera, excepto para una: Marina Oliván.
Andaba este pobre barón de Castilla buscando mujer casadera por la Villa de su padre, tras muchos y breves romances. Las viejas del mentidero hablaban constantemente de la nueva "amiga" del barón que tocara aquella semana, había todo tipo de rumores, pero lo único cierto es que no llegaban a nada más. Y fue un día, en los comienzos de las aventuras de la espadachina Marina Oliván, cuando nuestro querido barón la colocó en su punto de mira. Durante la típica misa de domingo, Alonso le pasó una nota para verse a solas en el granero abandonado que había a una distancia considerable de la casa de ella. Marina acudió a la encerrona y le pidió en matrimonio de la manera más cutre y estúpida que se puedan imaginar vuestras mercedes. Allí, encerrados en el granero, Alonso seguía con su perorata absurda. ¿Cuál fue la respuesta de Marina ante tal pedida de matrimonio? Engañarle y escapar de allí, pegando tal portazo que lanzó abajo el granero abandonado para siempre.
Bueno, quizás no era el hombre perfecto para cualquier chica. Bueno, ¿perfecto? Sería casi perfecto si no fuera tan creído, sobrado y que se le haya visto con una y otra, y otra, y otra mujer por las calles de la Villa (se sabe que pretendía a muchas, con las que nunca llegaba a nada serio). Además, tiene una suerte nefasta, aunque eso no le quita la enigmática sonrisa que se le dibuja ante situaciones adversas, casi como si todo lo que le ocurre estuviera ya planeado o solo fuera un trámite para poner las cosas más interesantes.

Espera, espera ¿es un mujeriego pero que nunca ha llegado a nada serio? ¿es un hombre que busca casarse y lo hace de esas maneras tan patéticas? ¿No es un poco contradictorio? Naturalmente. Marina descubrió con el tiempo que sus patéticas maneras de contraer matrimonio (con muchas del pueblo, entre ellas Cintia y Marina) solo busca realmente la aprobación de su padre, el Barón Lara, el cuál siempre le ha metido en la cabeza que se case cuanto antes, que busque esposa y que le de descendientes a la Casa de Lara. Alonso nunca ha sido aprobado por su padre, y ha sido la única manera desesperada de llamar su atención. Cosa mala para él porque cree que es demasiado joven para comprometerse, por lo que al final siempre se rajaba (por eso no había rumores de que los romances del barón se llegara a algo serio), anulando la petición de matrimonio (como con Cintia) o suspirando de alivio cuando le decían que no (con Marina Oliván, aunque esto ella no lo viera).

http://probando7mar.blogspot.com.es/2013/04/entre-el-querer-y-el-deber-i.html

En su pasado ha sido un joven divido entre el querer complacer a su enfermo padre o escuchar a su corazón y dejar que las cosas lleguen por su cauce.

Sin embargo, los deseos de su padre se centraban en ese momento en que Alonso fuera al frente y se convirtiera en un hombre. Gregorio Lara era conocido por su intolerancia hacia los extranjeros tras la Guerra de la Cruz, así que a nadie le pareció raro que ordenara a su hijo único partir a Santiago a recuperarla junto a sus paisanos castellanos. Algunos dicen que él también hubiera ido junto a su hijo, pero que éste padecía de una enfermedad de los pulmones. Igualmente, su hijo accedió a los deseos de su padre de entrar en dar un apoyo nobiliario a la resistencia de Santiago, no por patriotismo, sino por huir de los deberes para con su familia.

Alonso volvió a casa después de mucho tiempo, después de haber estado a punto de morir en la batalla de los campos de Santiago, salvado por los primeros auxilios de Marina Oliván y su aliento hacia la vuelta al hogar. Alonso volvió a casa y descubrió lo mucho que habían cambiado las cosas, y descubrió que su padre había empeorado en su enfermedad. Sin embargo Gregorio encuentra un rayo de esperanza: su hijo único vuelve de la guerra, ha liberado a Santiago de la opresión y su aspecto es claramente el de un soldado, un hombre...no el muchacho enclenque que había criado. Sin embargo, al ver la fea herida de su cuello, Gregorio descubre que no quiere que Alonso se parezca a él, sino a su fallecida esposa, su bella, dulce e ingeniosa esposa:

http://probando7mar.blogspot.com.es/2013/06/entre-el-querer-y-el-deber-ii.html

Así Alonso parte de aventuras, conociendo mundo por las tierras del centro de Castilla, acompañando a nuestra heroína Marina Oliván a limpiar el apellido de su familia y de luchar contra la conspiración del Cardenal Esteban Verdugo.
Sin embargo, algo inesperado ocurre mientras Alonso está en el Alcázar Real: su padre ha fallecido. ¿Cuál será su deber ahora? Su dilema entre su querer y lo que debe a su familia se estira hasta el límite cuando su padre muere y sus tíos vuelven a aparecer en la mansión Lara, a hacerse cargo de las posesiones de los Lara. En esos días una amiga de la infancia de Alonso apareció en la villa dando la peor impresión a nuestra protagonista Marina Oliván. Su nombre: Alicia Orsini. Pasan los días y Marina parte hacia la Reina del Mar junto con Mala Hierba y Don Fernando, en calidad de espías para Castilla, mientras que Alonso se queda en la Villa con Alicia...mientras sus tíos arreglan el matrimonio entre ambos. Los Lara, una familia con un gran privilegio dado hacia el Rey, se acabará perdiendo con los años de linaje, sobre todo si Alonso no tuviera un hijo, así que sus tíos le ordenan a Alonso que acepte a casarse con una adinerada familia de origen vodacciano: los Orsini.

Sin embargo la armada de Montaigne hace un movimiento imprevisible para el espionaje castellano: la flota desembarca en el sur castellano y arrasa en un ataque relámpago con Santiago, sin la menor intención de poseer la ciudad. Los montaigenses quieren tomar San Teodoro, la última fortaleza y de donde emergen las provisiones de los pueblos sitiados. Alonso aún tiene el deber de luchar por su pueblo. Su reencuentro con Marina se recuerda con un gesto de él tapándole los ojos a ella. Marina descubre que Alonso está prometido con Alicia Orsini.

Tras la batalla y su correspondiente victoria para los castellanos, Alonso, en mitad del jolgorio del baile y las cervezas, besa a Marina Oliván. ¿Quién sabe por qué razón? Quizás fuera la bebida, la felicidad de estar vivo...sin embargo, en un futuro éste le confiesa que quería darle su primer beso antes de tener que casarse con Alicia, puesto que el primer beso es algo que no se da a la ligera y él quería que lo guardara en su recuerdo. Marina, estupefacta, no sabía qué acababa de pasar, pero aún así, le devuelve el beso. No se volvieron a verse hasta después de mucho. Marina y Alonso se separaron, cada uno con su deber: Alonso debía comprometerse socialmente frente a la sociedad y Marina partiría a los peligrosos mares del oeste en busca de la isla hundida donde supuestamente se encontraba la Lanza de Tara.

Pasó mucho tiempo, y Marina había desaparecida y en las tascas corrían horribles rumores de que había partido hacia las islas salvajes del oeste y que su nave se había perdido a través de un rayo verde durante el eclipse que dejó a Theah a oscuras. Alonso, ni corto ni perezoso, no soporta el horrible destino que cree que le espera a Marina en aquellas aguas. El tiempo apremia, y corre a socorrerla...el día antes de su pedida de mano. No la encuentra, así que se tira dos meses o más persiguiendo rumores sobre la capitana Marina Oliván, trabajando para barcos contrabandistas u ofreciéndose como mano de obra gratuita a mercantes vendelios. Finalmente, en mitad de una tormenta en el Archipiélago de la Medianoche, ambos se encuentran.

http://probando7mar.blogspot.com.es/2012/08/tirando-la-vida-por-la-borda.html

Alonso y Marina acaban volviendo a casa y descubren que una oleada de violencia a gran escala está arrasando su querida villa. El que se hace llamar Cuarto Profeta ha hecho un llamamiento a los creyentes que quieran salvarse del decadente mundo occidental y ha pedido que se alcen para acabar con el orden establecido, en busca de un nuevo orden mundial. Tras derrotar a los alborotadores, Marina y Alonso parten en busca de ayuda hacia la Corte del Buen Rey Sandoval, donde la espadachina se ofrecería como diplomática para convencer al Rey Sol de que no se uniera a la Santa Alianza del Falso Profeta, ya que sospechaba que era una trampa de Verdugo.

Durante su viaje hacia el norte, Alonso y Marina llegan a Ciudad Vaticana, donde tienen un encuentro con el Falso Profeta. Éste viene en busca del Grial que Marina pretende devolver a la Reina de Ávalon y para ello Alonso es atrapado para que cuente los planes de Marina. Estuvo muy apunto de contar todo lo que sabía, pues le amenazaron con asesinar a súbditos de sus tierras y él sabía que los sectarios del Cuarto Profeta se habían hecho con sus tierras. Finalmente contó información sobre Marina, pero no toda ni nada importante, así que el Cuarto Profeta le mostró con hechicería oscura cómo mataban a Julia, una posadera local de sus tierras. Alonso se sintió débil y justo cuando iba a soltarlo todo...apareció Marina.

Alonso no fue el mismo después de aquello. Se sintió débil y potencialmente peligroso para la causa de Marina. Ella podía defenderse, era atlética y tenía valor. Alonso por el contrario, era una presa fácil y, aunque era muy inteligente, no le serviría de mucho si le amenazaban con vidas ajenas. Lo tenía claro: no debía saber nada de los planes de Marina...no, no debía saber nada de Marina. Alonso la abandonó y se fue con ayuda de Julius a la Villa: al hogar.

Pero a Alonso le esperaba una desagradable sorpresa en la Villa. Sus tíos le reúnen en la vivienda de los Orsini y el barón conoce el mal carácter de Donato, padre de Alicia, por primera vez. Aunque asustado, Alonso se resiste a aceptar casarse...sin embargo, los Lara realizan una jugada con un as de la manga que nunca habían usado antes: le muestran el testamento de su padre. Su amado padre, en sus últimos días de dolor, había dictaminado como última voluntad que su hijo debía casarse con Alicia Orsini. Alonso Lara solo puso una condición: que le dejaran realizar una última misión personal para ayudar a Marina Oliván (que no quisiera saber nada de ella no quería decir que no pudiera ayudarla), y que tras eso, daba su palabra de noble de que volvería y cumpliría la última voluntad de su padre. Tras eso, partió y viajó por todo el mundo, reuniendo a todos los aliados de la espadachina, todos los que le debían un favor u odiaban especialmente al ejército del Falso Profeta. Su último movimiento fue reunirlos a todos en la posada del Dragon Verde, en las afueras de Freiburg, donde Marina podría dar el jaque final a Verdugo y a su deseado futuro sin coronas, en el que el hombre está sometido bajo ninguna bandera, sino bajo la tutela de una nueva Iglesia, la de él. Una nueva edad oscura cuyo único gobierno es el temor a Theus.


miércoles, 20 de febrero de 2013

Al final del camino (II)

La lluvia no parecía tener intención de amainar. Alonso y Julius se habían refugiado en una diligencia abandonada y derruida en el camino que salía de Eisen en dirección al famoso castillo Stein, del famoso y loco Imperator que inició la infame Guerra de la Cruz.
La pálida luz de una vela permitía a Alonso manejar más y más papeles en mitad de la oscuridad del edificio abandonado. Julius había cogido un taburete, había recargado las pistolas y se había sentado frente la puerta de la diligencia abandonada y no se le oía ni respirar. El manejo de documentos y las murmuraciones de Alonso era el único ruido que había.

-¿Por qué no haces más ruido? Podríamos realizar una salva de disparos si quieres que nos encuentren- bufó Julius quitándose la casaca de cuero de faena.

Pero Alonso no respondía, estaba inmerso en sus documentos.

-¿Más alianzas?- preguntó el espía.

Alonso ni siquiera le miró.

-No, eso ya está arreglado. Incluso El Manco está ya en la Cueva del Drachen esperando la señal, después de todo el esfuerzo que eso implica.

-¿Sigues con el montaignere?

- ¡Y con el eiseno! Esto no hay quien lo entienda. El montaignere parece ser algo más humano, excepto esa cuestión del passé composé que me trae de cabeza. ¡Pero el idioma eiseno me vuelve loco! Estas gentes parece que están enfadadas por todo, es como un lenguaje de bárbaros.

Julius casi sonrió.

-Es como si estuviera teniendo eso que llaman un dejá vu- dijo suavemente en las sombras.

Alonso levantó la mirada de los papeles.
-Ah, encima recochineo  ¿no? Claro, como Alonso no entiende el montaignere, ¡vamos a decirles cosas en montaignere!

Alonso corriendo fue a por el diccionario de montaignere y buscó lo que era deja vù. Julius dejó que buscara un rato para aclararle la duda.

-Es una expresión que se dice cuando tienes la sensación de haber vivido una misma situación antes.

El Barón cerró el diccionario pesadamente levantando una ola de polvo que hizo que su nariz le picara.

-Supongo que te refieres a Marina, ¿no?

-Sí. Y debo decir que se le da igual de mal los idiomas como a vos. Aun desconociendo bastante del idioma, igualmente impresionó mucho al Empereur.

Alonso se quedó perplejo.

-¿Cómo?- acertó a decir.

-Digamos que no se quitó al Rey Sol de encima en los pocos días que estuvo en la Chateau du Soleil.

La sala quedó en silencio un buen rato hasta que Alonso contestara.

-Entiendo. Supongo que fue una dura tarea para ella.- dijo él haciendo énfasis en la palabra "dura".

-Eso es lo que al Rey Sol le hubiera gustado.

-¿Cómo? ¿Es que rechazó al mismísimo Rey Sol?- preguntó sorprendido.

-Como una voluntad indomable.

-¿Y mantiene la cabeza sobre los hombros?

-Por los pelos, pero sí. Aunque para lo que le sirve la cabeza no habría mucha diferencia que la hubiera perdido.

Alonso suspiró mientras recogía los apuntes de montaignere y eiseno y sacaba dos vasos llenos de vino, uno de ellos ofrecido a Julius, que aceptó con reservas.

- Está loca.- concluyó el Barón

-Estamos de acuerdo- respondió el otro y brindaron.

-¿Cómo se encuentra ella?

Julius le pegó un trago y dudó. No le gustaba conversar en mitad de una vigía, pero hizo una breve excepción.

-Miradla vos mismo.

Alonso pegó un repullo, no entendía a qué se refería su guardaespaldas hasta que sacó un bloc de dibujo. Fue a la última página y le enseñó un impresionante y realista dibujo. Era un retrato de Marina Oliván. A Alonso se le aceleró el corazón para que tropezase en un pozo sin fondo.

-Está...muy triste ¿no?

-Intenta no aparentarlo, pero la soledad acaba por hacer que uno muestre abiertamente cómo se siente.

-¿Soledad?

-¿No os sentiríais solo si uno de vuestros amigos os abandonara en mitad de la noche?

-Pero ella contaba con vos, con el prelado Domingo, su tío y los Rosacruces. ¡Estaba rodeada de gente cuando me fui!

-Supongo que os valora más de lo que os imagináis. Tuvo buenos momentos debo decir.

Julius le enseñó otro dibujo aún sin acabar. Esta vez era el retrato de dos personas que bailaban. Era Marina y Harold, su tío avalonés. Ella parecía contenta. Estaba dibujada como si hablaran de algo. Julius había dibujado a Harold unas líneas en sus mejillas como si estuviera colorado, o ligeramente bebido, probablemente lo segundo.

-¿Cuándo fue esto?

-Fue en una boda.

-¡¿Una qué?!

-Una boda gitana en los lindes de Fendes. No me hagáis recordar esa historia.

Julius recogió el bloc y le regaló los dibujos a Alonso, quien los rechazó con una expresión ansiosa.

"No quiero un reflejo de ella atrapado en papel..., demonios, quiero verla a ella"

-Eso me recuerda que me ha dado algo para vos- dijo el montaignere buscando en el interior de sus ropas.

Finalmente sacó un ramillete de romero y se lo tendió. Alonso lo miró sin comprender hasta que lo olió.

-Es...romero de la Villa- dijo mientras la morriña que había sentido hace unas horas afloraba en forma de tímidas lágrimas. -¿Cómo has podido tardar tanto en darme un envío así?- le chistó

Entonces graznó un cuervo en el interior de la diligencia. Ambos callaron sorprendidos, pero Julius se quedó pálido.

-Un cuervo- acertó a decir el montaignere.

-Tranquilo, solo querrá resguardarse de la lluvia- dijo el otro intentando quitarle importancia.

Julius buscó el cuervo y lo miró. Este no le apartaba la mirada en ningún momento. Notó cómo un escalofrío le atravesaba todo el cuerpo y reaccionó con brusquedad.

-¡Vamonos de aquí!-gritó Julius mientras tiraba el taburete y levantaba a Alonso.

El Barón hizo caso, pero con reservas. ¿Se habría vuelto loco? Es cierto que el NOM usaba cuervos para sus mensajes, pero esta locura iba demasiado lejos. No iban a escapar de todos los cuervos que habían en Eisen ¿no?

Entonces la puerta de la diligencia abandonada se abrió y entro una tormenta de alas negras. Cientos de cuervos entraron como una bandada de murciélagos en una cueva subterránea y dejaron inmóviles a los dos héroes. De la nube oscura salió un hombre encapuchado totalmente vestido de negro y con el emblema de la cruz dorada de los profetas, buscando a los dos refugiados detrás de una máscara que imitaba la mueca de una figura demoníaca. Sus botas pesadas de caña alta andaban despacio entre los cuervos y la máscara los miró como una burla divina. Del interior de la máscara, unos ojos azules enrojecidos escudriñaban a los refugiados que intentaban dar media vuelta ante semejante e imponente figura. Una voz gutural y sentenciosa salió del interior de la capucha.

-Nunc habeam vos.

Julius intentó conducir a Alonso entre los picoteos de los cuervos por la otra puerta trasera, pero la vorágine de cuervos colocó su epicentro dos pasos delante de ellos, arremolinándose hasta formar la figura de una mujer. Era de piel pálida, rubia, faz altanera y una mirada que denotaba su desprecio. Su vestido estaba formado por algo parecido a las plumas negras que hasta hace un momento eran cientos de cuervos.

Julius y Alonso estaban entre el siniestro encapuchado que esgrimía una espada y la oscura hechicera que negaba con la cabeza pero vestida con una inquietante sonrisa.

-No os iréis a ninguna parte.- sonrió la hechicera- No tenéis ni idea de lo mucho que nos ha costado encontrarte, señor Lara...

Julius y Alonso llevaron a cabo una táctica que había funcionado un par de veces. Alonso empuñó su bastón y le dio un golpe inesperado a la hechicera, lo que la hizo retroceder sorprendida. Con esa acción, Alonso le dio la espalda al guerrero encapuchado, que se abalanzaba sobre él; pero Alonso ya se había dado la vuelta defendiéndose con el bastón. No esperaba ganar el combate, solo esperaba que su pelea contra los dos enemigos durara el tiempo suficiente para que Julius abriera un portal para salir de allí. Las manos ensangrentadas de Julius ya abrían un agujero sangriento en la realidad.
Alonso se volvió a dar la vuelta para encarar a la hechicera con un fondo de su bastón, pero no llegó a tocarla. A tres centimetros de tocarla la mujer estalló en docenas de cuervos que invadieron la habitación y picotearon a Julius, rompiendo su concentración. Esto dejó a Alonso contra el encapuchado, que ni se inmutaba ante los tristes golpes de su bastón.

-Ego sum dolore- aulló desde el interior de la máscara antes de golpearle la cara con el gavilán de su espada y tirarlo contra el suelo de madera.


El portal de Julius dejó de chillar, no consiguió abrirlo del todo. Ya era tarde, la realidad ya estaba cicatrizando, así que se echó al suelo y rodó para deshacerse de los cuervos que buscaban sus ojos. Los cuervos volaron a la oscuridad de la casa en ruinas, convirtiéndose en cientos de ojos brillantes que los observaban de la oscuridad. El combate había terminado.

Alonso estaba en el suelo, la fractura de la costilla le estaba jugando una mala pasada en esos momentos. De pronto vio que el ramillete de romero cayó de la solapa de su casaca verde y estiró un brazo dolorosamente para alcanzarla. Cuando lo tomó, el enmascarado le pisó la mano y en el aire se escuchó un alarido de dolor; pero por nada del mundo habría soltado el romero de su tierra y regalo de Marina.

La espada del inquietante devoto se alzó, dispuesto a rebanar la mano que sujetaba el ramillete bajo su pesada bota, pero el graznido de los cien cuervos le detuvo. El enmascarado paró la hoja justo en la muñeca con una precisión sobrehumana y entonces soltó la primera frase que entendió Alonso en un torpe y oscuro castellano:

-Tienes suerte. Mi señor no quiere que os haga ningún tipo de daño. Conservaréis la mano...

Cuando levantó la bota de la pálida mano del Barón, éste intentó abalanzarse hacia el encapuchado sin éxito. El gavilán de la espada del guerrero eclesiástico se encontró de frente con su boca, haciéndole escupir un gargajo de sangre sobre el ramillete. El enmascarado empezó a hacer cavilaciones:

-La chica no está aquí..

Los cuervos desaparecieron e hicieron que Ojo, seudónimo que poseía la hechicera en el Concilio de los Trece, apareciera de las sombras.

-Eso ya nos lo imaginábamos. Bien, Don Lara, voy a haceros unas preguntas y espero que sean breves, claras y concisas.

Alonso escupió más sangre.

-Don Lara era mi padre.

-Bien, pues os llamaremos señor Lara.

Alonso odió que le llamaran así, le hacía sentir viejo, pero no estaba en condiciones de protestar.

-¿Dónde está Marina y qué es lo que planea? ¿Está con Domingo en este asunto? Algunos afirman incluso que su tío, Harold Owen, está con ella. Cuéntame todo lo que sepas.

Alonso sonrió con mucha alegría. Aquello era precisamente lo que quería evitar abandonando a Marina y haciendo camino por otro lado. No sabía absolutamente nada de los planes de Marina.

-¡No sé absolutamente nada!- y lo dijo con toda la felicidad del mundo, por mucho que lo torturaran no podría contar ninguno de los movimientos de Marina.

Ojo pensó un rato.

-Dejaremos esta cuestión a nuestro señor. Es el mejor deduciendo quién dice la verdad y quién no. Pero ahora necesitamos hacer un envío...- dicho esto se agachó cogiendo el ramillete de romero- Tenéis suerte de que mi señor no haya querido mutilaros como a otros.

-¿Un ramillete de romero? ¿Será suficiente?- dijo el enmascarado más bien poco preocupado.

-Por lo que he oído, es algo personal. Será más que suficiente...- sentenció con una sonrisa.

Entonces se convirtió en cientos de cuervos, y uno de ellos cogió la yerba. Volaron la mayoría hacia Montaigne, sobre todo a Charouse, donde Soga había informado que había visto por última vez a Marina Oliván. Si no hubieran perdido tanto tiempo persiguiendo al escurridizo Barón, quizás podrían haber entorpecido las acciones de Marina, pero ya era tarde. Ni siquiera el Barón sabía dónde podría estar, quizás con un poco de suerte, la encontrarían en una semana...si por algún azar del destino siguiera por Charouse Montaigne.



De todas formas, su amo no tenía prisa. Tenía la paciencia de un dios.

martes, 19 de febrero de 2013

Al final del camino (I)

Pensaba que nunca llegaría a acostumbrarse a aquella  nación. Había viajado mucho, no había tenido más remedio. A toda prisa por muchos rincones de Théah, todos ellos oscuros, inmundos pero lo suficientemente discretos para él. Pero lo de Eisen no tenía nombre, aquello rozaba las descripciones que hacía el padre Merino sobre el purgatorio.

Se paró en mitad del camino. Le había alcanzado aquello que los castellanos denominaban "morriña". Era una sensación que cualquier castellano conocía, y les hacía volverse distantes y desapasionados cuando estaban lejos de su hogar. Alonso cerró los ojos y trató de respirar profundamente, pretendiendo fingir que se encontraba en Santa Elena, su hogar; pero no hubo éxito.

En el aire eiseno solo se podía respirar polvo. Las calles habían estado adoquinadas hace un tiempo, o se había pretendido al menos; pero después de que finalizara la Guerra de la Cruz en el año 1648 los cañones, los caballos y las carnicerías habían dejado un suelo lleno de baches y piedras. A pesar de que nos encontramos en el enero el año 1669, las disputas entre los Príncipes de Hierro para repartir las tierras no habían permitido que el país se recuperara del todo. 

Freiburg, sin embargo, sí parecía una ciudad ajena al resto de Eisen. Al menos pacería una ciudad, y era hermosa. Después de las guerras religiosas entre católicos y protestantes, Freiburg se había erigido como una ciudad neutral, dirigida nada menos por el filósofo Nicklaus Tägue, el primer gobernante declarado absolutamente ateo en toda Theah. Claro que, aunque muchos eisenos resentidos por las guerras religiosas habían aplaudido a este gobernador, también se había ganado a muchos enemigos sí creyentes, como el Vaticano y los protestantes.

Alonso pensaba que Freiburg iba a ser el lugar perfecto para celebrar la Cumbre Theana de las Seis Coronas, donde se pensaba llegar a un pacto para luchar contra los infieles de Cathay y el inminente apocalipsis profetizado por el nuevo Mesías; pero Nicklaus Tägue, borracho como otras muchas veces, cerró las puertas de Freiburg porque ni harto de vino iba a tolerar en su ciudad a "borregos estúpidos que siguen a un ciego pastor autoproclamado Profeta que lo único quiere es violar a sus ovejas". Ni qué decir que aquello indignó al Buen Rey Sandoval y...bueno, seguramente al Papa, si hubiera alguno en estos momentos.

Con ropas pardas y una capa de viaje, Alonso, o, mejor dicho, Frederic Strauss para quien preguntara en las afueras de Freiburg, entró en un hostal de mala muerte llamado el Dragón Verde. Había estado haciendo preparativos fuera, la cosa parecía estar marchando según sus planes. En el interior de la posada el ambiente no solo estaba rancio, como era normal, había miedo, mucho miedo. Las gentes de cuna más humilde se juntaban bajo las escaleras, señalando la parte y oscura parte de arriba donde se encontraban las habitaciones.

-¡Der Teufel! ¡Der Teufel!

El posadero parecía tener la mirada ausente, pero Alonso intuyó que estaba de los nervios. Todos estaban atacados.

Alonso se acercó al posadero y habló por encima de los gritos de los campesinos.

-¿Qué gritan esas pobres gentes?- preguntó pasando una moneda.

El posadero salió de su ensimismamiento sobresaltado y pensó las palabras en un mal castellano.

-Decir...eh..."el diablo"- explicó señalando arriba.

Alonso enarcó una ceja extrañado.

-¿Por qué?

-Sie wissen nicht- dijo el posadero encogiéndose de hombros mientras que Alonso hacía gesto de no entender nada,- Ellos...escuchar...hellscream, hellscream.

Aquello sí lo entendió y solo se le ocurrió una cosa. Frunció el ceño con rabia y subió corriendo mientras los lugareños seguían gritando "Der Teufel".

"Hellscream: grito infernal. Maldito sea, ¿qué ha sido de tanta discreción? ¿Tantas lecciones para que lo eche a perder?", pensó el Barón mientras subía.

Y entonces corriendo por la sala oscura llegó a la habitación. Entró y no se sorprendió nada en encontrar a un caballero allí dentro, a pesar de que la habitación estaba vacía cuando salió hará una media hora.

-¡Maldita sea!- exclamó el Barón con reproche hacia el caballero que estaba esperándole- ¿Se puede saber qué ha sido de "la discreción y el sigilo"?- imitó con un retintín sarcástico y una pizca de enfado mientras ordenaba un poco la habitación -¡Llevo tres días intentando no llamar la atención como me dijiste y tú vas y rompes el sigilo de un plumazo! Qué pasa, ¿no sabes predicar con tus propias lecciones? Me diste una soberana charla de media hora sobre no llamar la atención, ¡y ahora medio pueblo está gritando que el diablo está en esta casa!

Julius se encontraba sentado en el escritorio de la habitación, parecía que no estaba mucho en sus cabales. Tenía las manos ensangrentadas y sostenía el bastón del Barón igualmente cubierto de sangre. Parecía mareado o a punto de vomitar. Por supuesto, el "grito infernal" que habían oído los lugareños eran la hechicería de portales sanguíneos de Julius en acción. El espía no parecía estar escuchándole, había hecho mucho camino por el Otromundo. 

- Dejadme en paz- fue lo único que alcanzó a decir Julius.

Julius siempre había sido hosco y reservado, pero Alonso acabó percibiendo que había más tristeza en sus ojos que dureza en sus palabras. Era evidente que a Julius le había pasado algo malo. 

-¿Qué ha ocurrido?

Julius se incorporó, dejó el bastón ensangrentado junto la ventana y cogió la jarra de vino dispuesto a echarse un vaso.

-Nada...

-¿Va todo bien...? ¿Ha pasado algo malo en Montaigne?

-Nada. Son cosas mías. Cosas personales. Ella está bien. Solo...déjame en paz.

Alonso se sentó en la triste cama y, si no fuera porque veía a su guardaespaldas literalmente destrozado, hubiera intentado pinchar a Julius hasta que hablara. Hasta ahora el Barón ni se hubiera podido imaginar que Julius podía tener vida personal más allá de su rutina como espía. 

- Vamos, ¿es que no te pago lo suficiente? Es eso, ¿verdad?

Alonso tenía innumerables defectos, pero uno de los peores es que no sabía cuando parar de bromear. 
Julius mantuvo la compostura ante la broma.

-No es eso.

-Entonces es problemas de faldas.

Julius alzó la cabeza y lo miró. Alonso asintió con satisfacción.

-No intentes negarlo. Lo único que puede destrozar tanto a hombres simples como nosotros es una mujer difícil.

Julius bebió pausadamente. Tardó cinco minutos en hablar, pero Alonso esperaba mientras escribía unos documentos en el triste escritorio de madera de la habitación. Habló para sí mismo más que para su contratante.

-Ella no es difícil...el que es difícil soy yo. O mi vida, o mi pasado. O los sentimientos contradictorios que tengo. La quiero y por eso no puedo tenerla.

Cuando dejó el vaso en la mesa de madera vio la sonrisa picarona de Alonso mientras escribía al fondo e la habitación. Vaya sorpresa ¡Ni se podía imaginar que bajo la escueta apariencia de Julius se pudiera esconder alguien tan atormentado amorosamente! Julius estalló al ver la sonrisita estúpida de su contratante y le lanzó el vaso en un estallido de indignación. ¡Por eso no se abría ante la gente! Se sentía ridículo intentando explicar sentimientos estúpidos que no iban a ninguna parte. Alonso no tuvo problemas en esquivar el vaso con una carcajada y se acercó a él trayéndole otro vaso lleno de vino.

-Vamos, vamos...no puede ser tan difícil, te lo aseguro yo, que entiendo más o menos de mujeres. Veamos ¿ella sabe de tu existencia?

-Ella cree que estoy muerto desde hace cinco años. Ahora está prometida con alguien a quien ama porque yo he querido. No quiero ninguna burla, chiste, comentario, ni ningún abrazo, ni ayuda, ni ningún consejo de camarada ni nada por el estilo. Se acabó, sigo siendo su espía y protector y es lo que cuenta. Punto y final.

-...

Alonso seguía mudo. No esperaba eso. Julius concluyó con una frase pesada.

-Es mejor así. Así lo he querido.

-¿Y ya está? ¿La vais a abandonar?

Julius le miró fríamente.

-Abandonarla para no meterla en los peligros de mi vida. Menudo hipócrita sois los nobles ¿Acaso no hicisteis vos lo mismo con la señorita Oliván? Ni siquiera os atrevisteis a dar la cara cuando la abandonasteis. Si tan dispuesto estáis a insistir en que luche o haga algo ¿por qué no hicisteis vos lo mismo? No, Don Lara, no nos diferenciamos mucho. Voy a huir por verla bien, vos sois igual de cobarde que yo.

Alonso se levantó con una expresión neutra que Julius no supo descifrar. Comenzó a andar en silencio por la habitación, pero la calma fue interrumpida por una repentina lluvia caía de los cielos grises de Eisen. Julius se levantó observando la calle.

-Deberíamos partir.

-¿Qué? Pero si está lloviendo- se quejó el muchacho.

-Precisamente. Eso limitará la visión de tus perseguidores. Se lo pondremos más difícil. ¿O quieres que te vuelvan a partir una costilla como en San Elíseo?

Alonso rememoró aquél día. Un agente del Novus Ordum Mundi le había pillado en el este de Castilla por hacer preguntas en público que no debería. Se salvó al arrojarse desde lo alto de una pequeña arconada de la ciudad. El coste fue una costilla rota, pero era una suerte mucho mejor que ser prisionero o chantajeado por esos psicópatas. Cuando consiguió lo que se proponía en San Elíseo tuvo que alquilar un caballo hasta Charouse, tenía un baile al que asistir.

-Pero en San Elíseo no contaba con vos, Julius- respondió el Barón dándole una palmada en el hombro a lo que Julius le miró con dureza.

-Me temo que sobrevolarais mis habilidades.

-Nunca lo sabremos- replicó el Barón con una carcajada.

Julius abrió la puerta de la posada, se puso el traje de cuero de faena y el tricornio. La lluvia caía torrencialmente y antes de salir le respondió duramente:

-No tientes a la suerte.

Los dos misteriosos personajes entraron en la lluvia y comenzaron su larga andanza por el barro. El largo viaje de Alonso había sido penoso, pero tenía la sensación de que su esfuerzo iba a merecer la pena.
Un cuervo graznó desde lo alto de la posada. Quizás no lo escucharon o no hicieron caso de las advertencias del ave. Eisen estaba plagado de cuervos con ansia de devorar la carne de los hambrientos y los enfermos.

Quizás por eso no vieron venir el final de su camino.

lunes, 31 de diciembre de 2012

Feliz año, soldados

Los cañonazos del ejército de Montaigne eran incesantes. Uno tras otro las serpentinas de la marea azul invasora en Castilla caían entre la nieve blanca de las montañas del frente del norte. Los soldados castellanos, los hombres del Tercio Viejo de San Juan, todos ellos voluntarios para defender la patria, la corona y el hogar, se ocultaban en unas granjas abandonadas por la cercanía del ejército invasor.

El grupo de soldados veteranos había sido enviado en pleno mes de diciembre de 1665 a reconocer la punta de lanza de la reciente invasión montaignense. No por nada, se decía que el legendario Montegue lideraba el ejército enemigo. El Capitán Ramiro tuvo un escalofrío que nada tuvo que ver con el frío de las montañas al pensar en Montegue: era una leyenda viva, solo él podía haber conseguido cruzar el río con todos sus hombres y superar la frontera de Castilla con tanta facilidad.

La mansión solariega abandonada tenía dos pisos y seguía bien amueblada, como si el que hubiera vivido allí ni siquiera hubiera intentado salvar sus posesiones materiales. Desde una enorme ventana en la habitación se podía ver el campo donde podrían haber dado batalla los castellanos de no ser porque Montegue había sido astutamente rápido cruzando el río.

- Está bien, ¿mi capitán?- preguntó un hombre fornido, embutido en una coraza y coronado con el capacete propio de los ejércitos de Castilla.

Ramiro negó con la cabeza, contradiciendo lo que iba a responder:

-Sí, Mariano...estoy bien.

-Necesita comer algo, capitán-le instó el mismo enseñándole el único trozo de pan duro que les quedaba.

-No. Comeré cuando sepamos a qué nos enfrentamos.

El furriel del Tercio, Mariano, se sentó en un taburete guardando el único pan que quedaba. En la ventana había otro soldado acariciando un arcabuz y miraba el horizonte con los ojos desorbitados.

-Virgen Santa. ¡Cómo es posible que se hayan atrevío los gabachos a invadirnos! Más les vale que esos hi de putas estén haciendo la musa porque como esto sea en serio se las van a ver con Castellanos- dijo rasposamente el soldado con un bufido.

-¡Sshh! ¿Es que quieres desvelar nuestra posición?- le chistó Bianca Salvador, una veterana con las ropas casi feudales de un señorío de Castilla. Estaba enseñándole a cargar el mosquete a José, un chavalillo que se había alistado voluntariamente por no tener nada. José miraba atentamente y estornudaba cada dos por tres, ya que le había pillado la ventisca fuera- No te preocupes, pronto se te pasará, es solo un poco de fiebre- le dijo la muchacha a José mientras seguía desaprobando a Castellanos, que seguía refunfuñando.

- Si es imposible ver nada desde aquí, entre la noche y la nieve - respondió Castellanos enojado- ¡Aquí no pasa ná, cojone! Estoy más tostao que una puta en una iglesia.

Pero el capitán Ramiro levantó una mano cerrada en un puño y todos callaron. Había escuchado algo, así que prestos los exploradores bajaron con cautela por las quejosas escaleras de madera de la casa solariega. Detrás de la puerta pareció que entre el sonido de la ventisca se oyó algo. José, que era el más sigiloso, se aproximó a escuchar tras la puerta, pero con tan mala suerte, que el brutal resfriado le hiciera estornudar al lado de la puerta.

A partir de ahí todo fue un caos. Una salva de disparos atravesaron la fina puerta de madera, acribillando al joven y voluntario del Tercio. El chico cayó en el suelo de madera con un sordo golpe. Estaba muerto.

-¡Allez! ¡Allez!- se escuchó en el exterior de la casa entre la ventisca.

-¡Gabachos!- exclamó Ramiro y de inmediato Bianca y Mariano se habían puesto a los dos lados de la puerta principal, emboscando con éxito a los primeros y bien abrigados soldados extranjeros.

Desde el exterior, entre la nieve, un tirador montaignense apuntaba a la puerta donde se podía entrever el capacete del abanderado Mariano acabando con un mosquetero enemigo, pero antes de que apretara el gatillo alguien le atravesó la cabeza con un balín de plomo.

-¡Corred a casa desgraciaos! ¡Aquí no os queremos!- gritó Castellanos al resto de soldados desde la ventana del desván, recargando su recién disparado arcabuz.

Ramiro y sus soldados tuvieron un pequeño respiro, pero entre la ventisca se vislumbraba una línea de infantería.

- ¡Castellanos, acaba con el oficial! ¡Danos cobertura mientras escapamos por la puerta trasera!-gritó el Capitán desde el piso de abajo.

No oyó la respuesta, pero en un Tercio castellano lo normal era hacer las cosas en silencio.

Ramiro, Mariano y Bianca corrieron por la casa, y cuando salieron por la puerta trasera hacia la nieve no pudieron creer lo que veían.

Un comandante a caballo, seguido de una línea completa de infantería con mosquetes les apuntaba.

No había marcha atrás. Ramiro alzó los brazos.

-¡Alto! Me entregaré a cambio de que dejes partir a mis hombres.

El comandante, embutido en un uniforme azul y blanco, se acercó a caballo mostrando un rostro maduro, surcado de arrugas y de expresión inquisitiva. No dijo absolutamente nada y siguió observándolo.

- No hace falta derramar la sangre de nuestros hombres. Dejemoslo en un duelo honorable entre oficiales. Solos usted y yo. Nos entregaremos, si me derrota...

El oficial montaignense escupió en la nieve con expresión de total desprecio.

-Soy el comandante y duque consorte Charles Dupont de Dubois. Y no hago prisioneros.

Sacó un pistolete velozmente y se produjeron dos disparos. Una centésima antes de segundo Castellanos había disparado al comandante desde la casa, dándole al caballo del comandante. Ésto le salvó la vida a Ramiro, porque el disparo del general Dupont erró el corazón del capitán al encabritarse el caballo, aunque le acertó en su pierna derecha.

Bianca y Mariano corrieron entre la nieve para escapar, pero un oficial montaignense gritó:

-¡Abran fuego!

Pero los disparos no se produjeron. Se produjo un milagro, no hubo fuego. La nieve había humedecido la pólvora de los enemigos dejando los mosquetes inútiles.

Castellanos saltó desde el desván de forma torpe y, rompiéndose unas cuantas costillas, cayó en un carro de provisiones del ejército enemigo. Pero no había tiempo que perder, así que se incorporó rápidamente y forzó al caballo a tirar del carromato.

-¡Vámonos que nos revientan!

El carruaje entró por la carretera de adoquines despejadas por el ejército enemigo, pero no tardaría mucho en que eso dejara de ser así, debían darse prisa.

Un mosquetero montaignense intentó detener el carromato, pero el capitán Ramiro le hizo frente sin armas y con una pierna herida por el disparo traicionero del comandante. Con una furia ciega y armado con uñas y dientes, profirió un rugido sobrenatural y mordió con mandíbula de hierro la yugular del enemigo. Cuando neutralizaron el obstáculo, los soldados subieron y escaparon por la carretera, huyendo de los aislados disparos enemigos.

-¡Por los pelos!- dijo Bianca agachándose en la parte trasera del carromato.

-Sí...por los pelos- repitió oscuramente el capitán Ramiro después de escupir un trozo de carne tierna del mosquetero enemigo con el que se acababa de batir. Tenía un aspecto terrible, con la cara, los labios y los dientes empapados en sangre enemiga.

Los hombres del Tercio decidieron que debían volver con el Tercio y avisar al  Maestre de Campo, Luís del Río, de que la invasión era peor de lo que se imaginaban.

Y ese maldito comandante Charles Dupont parecía que iba a dar mucha guerra en los años venideros de la invasión.

Cuando la nieve hizo imposible que el carruaje pudiera continuar, los guerreros castellanos se ocultaron en una pequeña caballeriza. Bianca y Mariano ayudaron al capitán Ramiro a llegar a la caballeriza, debían atender su pierna en seguida. Presto, le hicieron un torniquete y le lavaron la herida.

-Habrá que amputar.

-¡Un carajo! Aún no está morada. No pienso ser un jodido capitán con una pierna- gritó Ramiro con dolor.

-Esperemos que no sea gangrena, pero casi seguro que tendrás una cojera de por vida.

-Suficiente con tal de vérmelas con ese hijo de puta de Charles Dupont un día más.

La caballeriza pronto se quedó estancada de nieve e intentaron encender un fuego, pero no hubo suerte.

Castellanos llegó al refugio después de asegurar que los alrededores fueran seguros. Cuando vio dónde se habían refugiado sus compañeros soltó un bufido.

-¡Joder, debe ser una maldita broma! ¡Un pesebre! ¿Vais a representar el alumbramiento del Primer Profeta?- dijo Castellanos.

Bianca le miró con dureza, no estaba de humor.

-Sí, menos mal que has llegado, no podríamos haber empezado sin el burro.

-Vaya, y supongo que tú eres la Virgen, ¿no?- escupió Castellanos con gran sarcasmo, replicando con la misma dureza.

Bianca se escandalizó levantando la espada.

-¡¿Qué insinúas?!

Pero Mariano se puso entre los dos.

- Calma chicos, ha sido una dura noche. Sentaos y cenad.

-¿Cenar? Si no hay nada que comer.

Pero el furriel Mariano sacó del carro de provisiones montaignense un puñado de huevos frescos y algo de vino y, de pronto,  a los soldados se les olvidaron las penas.

-Los gabachos pensaban celebrar el cambio de año en esa granja, no esperaban encontrarnos allí- dijo el abanderado con una sonrisa.

Cogieron el vino y batieron los huevos, para mojarlos con el único trozo de pan duro que les quedaba, el cuál repartieron entre todos.

-¡Já! ¡Si yo soy el burro, Mariano es el buey!- se carcajeó Castellanos ahora de buen humor por tener algo en el estómago. El humor había mejorado y la ventisca de fuera crecía. Mariano aceptó ser el buey con buen grado.

- Y José podría haber sido José...- murmuró Bianca y todos se santiguaron por el voluntario fallecido.

Una voz medio dormida se escuchó a un lado. el Capitán Ramiro hablaba suavemente: estaba recostado y había cogido fiebre por la herida de la pierna.

-¿Y yo qué demonios sería? Y no me digáis que el jodido niño santo...

Todos le miraron en silencio, pero solo Castellanos abrió la boca, en nombre de todos.

-Mi capitán...pa usted ni buey, ni burro ni ná. Vuestra merced es un león.

Y a partir de ahí Ramiro fue conocido por su brutalidad al defender a sus hombres como León el Capitán.

Pronto amaneció y todos sintieron en su interior una mezcla entre vacío, unión y esperanza.

-Feliz año, mis guerreros, que peores no pueden ser- dijo el Capitán Ramiro "León" viendo el sol alzarse en un nuevo día por el que luchar.

Bianca, Mariano y Castellanos respondieron al unisono más como colegas que como soldados.

-Feliz año nuevo, capitán.



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Año 1666-1667, primer mes de la invasión de los ejércitos del recién nombrado Empereur Leon Alexandres du Montaigne al reino de Castilla. Frontera original entre Castilla y Montaigne en los montes de la provincia de Torres junto al Río del Comercio.

viernes, 14 de diciembre de 2012

Nada es imposible

-¡¿Perdón, messier?!- preguntó atónito el comerciante de un puesto de jardinería en un burgo rural perdido en las miles de encrucijadas de Montaigne- !¿Puede repetirme qué es lo que quiere vuestra merced?¡

El hombre, que hasta hace poco había sido alto, joven y atlético, estaba encorvado y no se le veía apenas la cara con la capucha oscura que llevaba, a excepción de unos deshilachados cabellos plateados. Suspiró y repitió lo que le había pedido al tendero jardinero.

- Quiero un millar de rosas rojas silvestres.

-¿Pero cómo es posible que le traiga eso, vuestra merced? ¡Es imposible!- cuestionó el tendero, atónito y reflexionó.

-Nada es imposible, amigo mío. Hace poco fue el festival de las flores en los pueblos de Montaigne, ¿me equivoco?- le dijo el misterioso cliente con aspereza, completando los pensamientos del tendero.

-Oui, oui...mandaré a mis chicos a los pueblos, corren rumores por el gremio que en Mont Sant los niños han cogido las flores más bellas antes de que murieran por el invierno. Pero, messier...¿para qué quiere tantas rosas?

De la capucha se vislumbró una sonrisa alimentada por el recuerdo y la imaginación.

-Tengo una amiga...que va a montar una fiesta.

jueves, 13 de diciembre de 2012

Un desvío en el camino

Le Chateaû du Soleil estaba en calma esa noche. En el aire se olía los jazmines de los jardines laterales de la Reina Madre, y lo único que se podía escuchar era los pasos ahogados de alguien por debajo de las fuentes doradas del palacio. Ese jardín apenas era visitado, ya que se encontraba cerca de la capilla donde la anciana madre del Empereur se hallaba semirrecluida. La gente evitaba la mayor parte del contacto con la Reina Madre, pues se decía que seguía siendo ferviente vaticana y odiaba a su hijo. Sus jardines eran los más bellos y los más solitarios, bajo la luz de la luna las estatuas de ángeles y querubines se mostraban bohemias y románticas. Los únicos que se atrevían ir a esa zona eran los jóvenes enamorados que por razones políticas o de envidias y disputas familiares querían ocultar al mundo su amor prohibido.

"En la corte no se nos permite tener vida."

Un firme  y silencioso hombre caminaba solitario por los jardines de la Reina Madre. Estaba embozado hasta arriba por una casaca de combate de cuero cuyos abroches fueron víctimas de las prisas; la prenda le llegaba por encima de la nariz, mostrando sus escrutadores ojos azules, que iban dirigidos a las esquinas del laberinto de setos verdes. Obviamente, no quería que le vieran rondando por ahí, pero sus intenciones no eran las de ocultar un encuentro amoroso, como otros cortesanos.

Estaba allí para planear una venganza.

Bajo el ángel redentor de mármol se encontró con otra persona. Su informante.

-Messier, está todo preparado. El hombre de la Liga de Vendel ha firmado el contrato y su negocio prestamista será vuestro en cuanto deis el dinero. Con ello, la deuda de vuestro hermano menor pasará a vos. Os ha debido costar mucho reunir tanto dinero para plantear este paso de vuestra venganza, messier.

- No te imaginas cuanto, Gauvin. Cinco años reuniendo dinero, cinco años prestándome a servicios infames para ganar dinero y preparando mi regreso...

- ¿No hubiera sido mejor preparar unos asesinatos como venganza, messier?

- Cuando me dieron por muerto hace cinco años las cosas no estaban tan claras como ahora, Gauvin. No había contado con que el cruel viejo Angelier hubiera muerto, ni que mi hermano fuera el estúpido que le diera muerte. Ha cavado su propia tumba.

El jardín se quedó en silencio. Gauvin miró fijamente a su interlocutor.

-¿Messier? ¿Le pasa algo? Está todo listo, solo necesitamos su aprobación y empezaremos. Los aliados que ha comprado están preparados.

Le costó la vida arrancar lo que le pasaba, pero el hombre contestó:

-Aún...no puedo vengarme- susurró dubitativo-. ¡No! Aún no quiero vengarme- corrigió a sí mismo.

Gauvin lo miró atónito.

-¿De qué está hablando, messier?  Algunos miembros de la familia están deseando su regreso.

-Sí, porque ahora les van las cosas mal con mi hermano menor. Solo están asquerosamente interesados- gruñó detrás del cuello de la casaca.

-¡Pero lleva años preparando esto! ¡No puede parar ahora!-exclamó en voz baja Gauvin mientras miraba nerviosamente si alguien les escuchaba.

El hombre se levantó lentamente dejando caer todos los pliegues de cuero hacia el suelo. Miró el querubín de bronce de la fuente y recordó el encuentro amoroso que tuvo con una joven cantante de la corte hace mucho tiempo. Nunca olvidaría aquél encuentro nocturno, al igual que nunca olvidaría que la perdió a ella por un cruel chantaje, por política, por envidias familiares...la perdió por una estupidez. Al cabo de un rato agachó la cabeza apesadumbrado.

-Si tengo una maldita debilidad, es que no puedo contra una mujer que llora frente a mi. No puedo quedarme quieto esperando a que cometa una estupidez...

Gauvin frunció el ceño y ladeó la cabeza como si buscara alguna lógica en lo que decía ese hombre. Pensó que tantos años viajando por el mundo le había trastocado la cabeza.

-¿Messier Julius?

Julius no respondió. Sacó un pañuelo bordado y con el pulgar calloso recorrió las casi invisibles ("y un poco torcidas", pensó) iniciales bordadas en el filo.

-Esa niña tonta me necesita.
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Julius en los jardines de la Reina Madre justo después de ver a Marina Oliván llorando destrozada por aceptar el chantaje del Emperador para que no apoyara el plan secreto del Novus Ordum Mundi en la Santa Alianza. Charouse, Montaigne.

Cadenas por corona

Los grilletes se cerraron sobre las muñecas de Leandro Vázquez de Gallegos. El Alguacil cerró las esposas duramente y apretando con malicia,...