martes, 17 de junio de 2014

Telaraña de destinos

A veces se preguntaba si Dios sentía lo mismo cada vez que tomaba una decisión sobre el destino de los hombres.

La bruja encendió extasiada una cerilla y con ella dio a luz el último de los cirios burdeos. Colocados de forma armónica por toda la sala circular, las luces de las velas parecían una moribunda representación del cosmos, donde las estrellas solo debían existir para dar sentido a la oscuridad. Las velas rodeaban todo el espacio, algunas en el suelo, otras colgando del techo, formando una galaxia de velas sangrantes que atravesaba la habitación como una telaraña. Encendida la última constelación de su universo, la mujer extinguió la luz de la cerilla acercando sus labios perfilados de rojo oscuro muy temerariamente al fuego, aspirando con un ronroneo de placer el humo de la luz muerta.

Paola Ulberti anduvo hasta el centro de la sala como una viuda negra trepa al epicentro de su telaraña, escuchando solo cómo su vestido se arrastraba tras ella como un lacayo. La armonía estaba creada y eso la hacía sentir que todo estaba en su sitio. En caso de que no lo estuviera, tendría el poder de cambiarlo.

A su manera.

Finalmente llegó al centro del universo que ella mismo había creado y, como un poder de la naturaleza, se sentó de rodillas derramando el manto de noche de su vestido por los lados. Colocada en el epicentro de luces muertas como un sol negro, apartó el velo de encaje negro de su cara, dejando ver el vanidoso rostro de una mujer que se sabía atractiva. Pelo oscuro y piel clara, de clásica belleza cortesana, el rostro de la condesa venía acompañada de una mirada madura y segura de sí misma. Mirada que seducía a muchos hombres y, a veces, hasta mujeres. Pero no solo por eso se consideraba una diosa.

Lo era porque manipulaba el destino de quienes les rodeaba, siempre y cuando se lo permitieran, claro. Era una guardiana del equilibrio. Ella, como sus hermanas, podía decidir tejer o deshilachar la telaraña del destino, manteniendo las cosas en su lugar, el status quo.

Y eso que todavía solo era una adepta.

Últimamente debía cumplir muchos deseos de sus señores. Pero no le suponía algo indignante, ella como diosa también estaba para servir a sus hombres y favorecer sus destinos.

Arriba, en un piso superior que bordeaba el extremo de la sala como un puente circular en forma de O, un hombre observaba la galaxia de luces y sombras protegido por la oscuridad. Solo su mentón era descubierto por las luces que provenían de abajo, dejando ver cómo se mesaba pacientemente una perilla bien afeitada bajo una sonrisa magna.

La condesa barajó mazo de Sorte, unas cartas alargadas que simbolizaban desde tiempos inmemoriales los arcanos del tarot que contaban las fuerzas y debilidades de los hombres y mujeres de toda Théah. A otro lado, tenía las cartas menores de naipes, que determinaba las conexiones entre las personas. Estaba preparada para desplegar el Gran Relato.

-Vos diréis quién, señor.

Desde abajo y de soslayo, la condesa solo vio los labios del hombre moverse en un susurro, mientras su rostro seguía encapuchado por las sombras.

-Marina Oliván.

Paola miró hacia arriba con una extraña mueca, como si esperara que todo fuera una broma. Tenía la esperanza que con tal distinguida visita pudiera impresionar con su brujería, pero empezaba mal. Ya había dedicado días pasados enteros en indagar en el destino de la aventurera castellana, sobre todo desde que supo que estaba relacionado con los perseguidos Francesco y Juliette. Pero no había encontrado nada y dudaba que fuera encontrarlo ahora. No quería decepcionar, no en este preciso momento y no delante del caballero.

-¿Algún problema?- la voz del hombre se escuchaba grave y las palabras masticadas a través de las sombras.

La pregunta había sido una mera advertencia de cortesía, no una pregunta.

Ella se puso manos a la obra y empezó a desplegar las cartas delante de ella. Conforme iba desarrollando el relato del tarot se fue tejiendo en por toda la sala una telaraña grisácea, que solo para ella tenía sentido. La tejedora estaba formando el destino de todos sus conocidos. El destino de todos estaba más relacionado de los que muchos podían imaginar y gracias al Sorte ella podía vislumbrar cómo todas las hebras de esas personas quedaban conectadas mediante símbolos de unión.

La habitación se estaba plagando de hebras grisáceas, pero donde cualquiera vería simplemente una horrible telaraña ella veía en cada hilo el destino de una persona. Todos esos hilos eran amigos, amantes, superiores y...enemigos. Solo tendría que detectar cuál era la hebra de Marina Oliván en toda la estructura del Destino y de qué manera se ataban entre ellos.

Tendría que tener cuidado, manipular el hilo equivocado podría deshilachar toda una estructura de la realidad. Amantes que deberían casarse romperían su comunicación de pronto, mercaderes y artesanos podrían arruinar sus negocios de forma violenta, las guerras podrían intensificarse o podrían fomentar alianzas que desestabilizaran el equilibrio de poderes en Théah.

Era un poder que debía usarse de forma muy sutil, puesto ella podía elegir qué quería manipular, pero no las consecuencias. La gente común no sabía, por ejemplo, que disminuir temporalmente el romance entre un diplomático ussuro y su amante montaignense podría en última instancia acabar con el reinado del Rey Sol. Un hilo deshilachado puede deshacer toda una prenda y, lo que es peor, cabía muchas posibilidades de que ella fuera descubierta como la autora de tal destino. Debía tener cuidado qué manipulaba o perdería la cabeza.

Sorte tenía un precio. Aunque ella pudiera manipular el destino de ciertas personas, no controlaría las consecuencias. Y la Dama Sorte casi siempre gustaba de burlarse de las brujas que la reclamaban.

De pronto, el pecho de la cortesana casi estalla en el corsé. Su respiración se hizo irregular y se levantó. Había encontrado la hebra. Paseándose entre la telaraña que ocupaba los cielos de la habitación, fue esquivando hebras hasta atravesar casi toda la sala. Conforme rozaba cerca de los hilos del destino, iba viendo las formas fantasmales de sus dueños, tranquilamente en sus quehaceres y siendo inconscientes de que en cualquier momento sus vidas pueden cambiar. A veces veía hilos sueltos, colgando fuera de la estructura de la telaraña. Sentía pánico cuando veía uno de estos, ellos eran los Desenredados, hombres de Vodacce los cuales eran tan sumamente afortunados, puesto que eran incapaces de ser manipulados por las brujas. Por fin, encontró la zona que buscaba, entre esa estrella formada de telarañas se encontraba la hebra del destino de Marina Oliván.

La cortesana se desvistió los brazos, dejando en el suelo los alargados guantes de encaje. Con sus dedos finos fue tanteando los hilos como si tocara un arpa, hasta que pudiera sentir cual de todos era ella. Conforme los rozaba podía ver los destinos de sus cercanos, hasta que la encontró. Allí estaba, una hebra central que daba consistencia a toda una telaraña de la realidad.

-¿Qué queréis que haga?- preguntó la condesa acariciando el destino de Marina.

-Tanteadla. No espero nada más de vos.

Aquello fue una estocada para el orgullo de la condesa. No podía ser bueno que alguien que se consideraba una semidiosa fuera ninguneada de aquella manera. Obedeció pero sintió el repentino impulso de impresionar a su interlocutor, de demostrar cuán diestra podía ser, demostrar que podía ser más de lo que esperaban de ella. Paola empezó a urgar en los destinos que iban unidos a los de Marina Oliván. De forma inmediata a su hebra había pocos, de los cuales sentía fuertemente a Francesco pero ni rastro de Juliette. También sintió la extraña hebra doble de Dayron, el cuál estaba estaba en esos momentos viajando en búsqueda de la Cámara Ambarina. Comenzó a ver cuantas hebras estaban conectadas de forma indirecta  la de la espadachina...había cientos de destinos los que dependían esa hebra.

Se le hizo un nudo en la garganta, pero siguió tanteando mientras reflexionaba. Si había preguntado por Marina Oliván es porque podían considerarla un peligro...y si la consideraba un peligro, podía hacerle abiertamente daño para complacer a su señor. Inspirada por esta idea, volvió a la hebra original, la de Marina. Encontró un hilo especialmente largo y con apariencia robusta. Estaba exhausta, esa hebra era una de las más poderosas que poseía la castellana. La unía con un joven...no podía ser. ¿Pudiera ser que el hilo unía a Marina Oliván con el joven barón Alonso Lara?

Sí...sí...lo sentía.

Era amor.

¿Cómo era posible que no lo hubiera visto antes? ¿Era posible que se hubiera formado recientemente? Había pasado mucho tiempo y jamás hubiera imaginado que Marina fuera tan tonta de caer en tales romanticismos. Aunque en público y ante la sociedad la plebeya y el noble se mantenían alejados e indiferentes...¡La maldita espadachina que tantos planes le había frustrado estaba enamorada! La bruja del destino tuvo que reprimir un gemido de placer ante tan suculento manjar.

-¿Qué veis, bruja?-preguntó paciente el hombre.

Paola ignoró la pregunta y miró palpitar la hebra mientras sacaba una daga curvada ceremonial. Si su señor preguntaba por la espadachina era porque quería apartarla de sus planes. Estaba decidida en contentar a su señor y para darse placer a sí misma después de tantos agravios. Se aseguró de soslayo que su señor estaba mirando y entonces...intentó cortar la hebra con un golpe certero; pero ésta se mantuvo fuerte. Observó la hebra, ya había visto esto otras veces: las hebras de Marina Oliván relucían con un puro resplandor blanco cada vez que se acercaba a ellas. Solo pasaba con personas con un voluntad legendaria, ayudada quizás de algún objeto que potenciaba su fe. Volvió a empuñar la daga con furia, pensando que estaba apuñalando a la mismísima Marina. Una y otra vez, una y otra vez, gritando de rabia, Paola rajaba ese amor, iba a hacer añicos ese romance...ella se vengaría y su señor sabría que no tendría que preocuparse de ella.

La espadachina tendría el corazón tan roto que no se le ocurriría interrumpir sus planes nunca más.

-Deteneos- le advirtió el caballero sin alzar la voz, observando cómo la bruja se tomaba sus libertades y seguía atacando la hebra como una loca.

Pero ya era tarde, la condesa había asestado otro corte lleno de furia a la hebra. El poderoso hilo se cortó para gusto de la bruja, pero no como ella esperaba. Inesperadamente los restos restallaron como se resquebraja una cuerda de violín tensada de forma peligrosa. No lo vio venir y no volvería a verlo nunca más. El extremo de la hebra latigó de forma lacerante su rostro, rajando superficialmente su cara. La condesa, humillada y a la vez triunfadora, escondió instintivamente la herida y cayó de rodillas enjaulada entre los hilos del destino y cirios llorosos con la respiración acelerada.

El hombre negó con la cabeza, defraudado. Justo lo que más temía Paola.

-Estúpida...que tu mal orgullo te lleve al infierno.

Bajó de forma pausada a la sala por una escalera de caracol apartada para encontrarse con ella. Paola se apartó la mano de la cara, viendo que su palma estaba ensangrentada. Aún de rodillas, veía en el suelo los restos deshilachados hilo que acababa de cortar. Comenzó a reír de forma arrítmica mientras la sangre del rostro le surcaba hasta a los labios. Había dejado un gran hueco en la telaraña de su destino.

De pronto, escuchó cómo los extremos que aún permanecían en la telaraña, separados por un enorme hueco, volvían a alzarse de forma fantasmagórica. Los extremos cortados, aún separados en el espacio, se estaban volviendo a tejer de forma tranquila, buscándose el uno al otro, hasta que se encontraron. Los hilos se empezaron a abrazar y a danzar entre ellos, haciendo de los dos hilos un único destino. La hebra destruida volvió a tejerse, formando una más fuerte que la anterior.

-¡Imposible!

Rápidamente, buscó la baraja menor de naipes y la barajó mientras manchaba las cartas de sangre. Entonces, puso delante del hilo destrozado la carta con la mano izquierda mientras con la otra se tapaba el rostro. Vislumbró dolida la carta frente los restos del anterior hilo que había destrozado.

-No puede ser...

Ante ella se encontraba el caballo de copas.

Una carta cortesana.

Aquello no era una conexión cualquiera. Las copas determinaban la Pasión entre dos destinos, pero el caballo era un cortesano de la baraja, lo cuál complicaba más las cosas. Qué tonta había sido.

-¿Qué significa?- dijo el hombre, que se encontraba detrás de ella.

-Hay determinadas hebras que no pueden manipularse, mi señor.

-¿Las copas?

-Determinan la pasión.

-¿Entre?

-Entre ella y el joven castellano que apresó Verdugo en el castillo de Stronghold, Eisen.

-Amor, ¿eh? ¿Y el caballo?

Ella tragó saliva trabajosamente mientras de entre la palma de su mano seguía conteniendo la sangre de su rostro.

-Que ese amor tiene voluntad propia, que la relación es demasiado fuerte como para cortarla. Escapa más allá de los designios de dios, de los hechiceros, de los hombres y de las fuerzas de la naturaleza. Fluye como un río y nada ni nadie excepto ellos podrá extinguirlo. Podrán ser separados por ángeles y por demonios, por jueces o por familiares, por la guerra y durante la paz. Pueden ser obligados a no verse jamás, frustrados y arrebatarles su derecho a verse, pero nadie jamás podrá negar el verdadero amor que sienten el uno por el otro en secreto. Aunque no sean dueños de sus destinos son dueños de su amor, trasciende cualquier brujería y cualquier circunstancia. Son señores de sus sentimientos y allí no hay rey, ni patria ni iglesia que gobierne. El que lo intente...que espere ser derrotado por dos almas libres que han decidido luchar por su destino.

Giovanni Villanova alargó una mano enguantada de negro y apartó la mano de la condesa. Descubrió el rostro de Paola. Un enorme corte le recorría desde la frente hasta el pómulo, pasando por su ojo izquierdo. Había perdido el color oscuro de su ojo y ahora se encontraba invadido por una película blanca. Entonces ella, llorando sangre por su mejilla, descubrió que su ojo estaba ciego.

Así que no vio venir el revés de Villanova. Con toda la fuerza que podía reunir el hombre, la mejilla de la cortesana fue besada por los nudillos de su mano anillada. Ella no pudo ver el golpe y cayó arrojando los cirios que se encontraban cerca.

Giovanni Villanova se arrodilló junto a ella y apresó su mandíbula con su huesuda mano enguantada y le obligó a que lo mirara.

-No volverás a desobedecerme.

El Príncipe Mercader salió de la sala y Constanzio di Rossi, que se había mantenido al margen todo el rato, le abrió las puertas y le alcanzó la capa de herreruelo.

-¿Puedo preguntaros algo, mi señor?

-Adelante.

-¿Por qué no la habéis matado?

-Porque aún ignorando mis instrucciones me ha sido útil. Y no me deshago de alguien que me es útil.

-¿Os preocupa la castellana?

-No, pero no debemos cegarnos por la soberbia como la condesa. Ningún enemigo debe ser infravalorado, eso es cosa de montaignenses. Ese fue el fallo de mi antiguos...socios.

-Entiendo. Pero, signore ¿por qué, teniendo a una de las brujas más poderosas de toda Vodacce como esposa ha venido vos a consultar a la condesa Ulberti?

Villanova sonrió enigmático.

-No he dicho que Paola me haya sido útil por descubrir que la señorita Oliván está enamorada. Eso me es indiferente. Quería comprobar...otra cosa.

Constancio se despidió del Príncipe Mercader y mantuvo la compostura hasta el final. Pero en cuanto las puertas de la mansión de la condesa se cerraron, salió corriendo escaleras arriba al auxilio de Paola.

Seguía en el suelo entre los cirios, llorando de rabia y humillación, mientras contenía la sangre de la herida.

Constancio se deshizo de el tahalí dejando caer su estoque y sus dagas para arrojarse para arropar a la condesa.

-Mi signora...

-¡Aparta!- rugió ella intentando mantenerse en la oscuridad.

Al ver que él no se alejaba empezó a golpearlo pero Constanzio la redujo tranquilamente, tomó su mentón y le obligó que ella lo mirara. Observó el ojo ciego y las lágrimas de sangre que surcaba su rostro. Besó su mejilla.

-Signora, yo...

"Os amo igual", pero no pudo articular palabra, ella le ladró angustiada.

-¡Dejadme sola!

-Como queráis.

El espadachín recogió su espada y salió de la sala, dejando a la condesa llorar en el suelo. Paola se arrastró y recogió los restos de los hilos del amor que había intentado romper entre Marina y Alonso. Los guardaría, al fin y al cabo, eran retales de sus destinos y de algo servirían. Observó de nuevo que la hebra que hace un rato había cortado se había recompuesto y estaba más sana que nunca.

De pronto, sintió una hebra extraña, otra que no tenía nada que ver. Una hebra que le resultaba familiar.

Presta, comenzó a echar las cartas, a relatar e interpretar. Aquello era extraño, irregular...probablemente peligroso. De pronto, todas las cartas estaban sobre la mesa.

Pero...¿qué significaba aquello?

Sin duda su señor querría averiguarlo.

lunes, 12 de mayo de 2014

El filo de las palabras (I)


La decrépita Madamme Dupin volvió a repetir la pregunta a sus pequeños alumnos regla de madera en mano. Y esta vez esperaba una respuesta:

- Debe ser que me estoy quedando sorda, porque no oigo que ninguno de ustedes haya respondido a mi pregunta.

La pequeña clase de alumnos y alumnas (la academia de la señora Dupin era famosa por considerar conveniente la convivencia de ambos sexos en el aula) se había quedado petrificada, como si alguien los fuera a retratar. Cada uno escurría el bulto como podía mientras esperaban un salvador que aplacara las exigencias de la vieja profesora de historia. Unos pasaban páginas de libro, como si buscaran una solución profética; otros evitaban la mirada de la profesora mirando al suelo, mientras que los más despistados miraban por la ventana.

Jules Angelier, de 10 años, era uno de los privilegiado que se encontraba cerca de la ventana, pero había optado por fingir que tomaba apuntes en su libreta.

No era justo para unos niños de su condición trabajar, menos aún con el día que hacía. Fuera hacía un día despejado y el jardín de la Chateau du Bantreaux se veía más verde que nunca. Los jardineros trabajaban arduamente como hormigas, pero parecían divertirse más que ellos. Los sirvientes abrían manualmente los aspersores y, a veces, cuando el chambelán no miraban, se bañaban en el agua para aplacar el calor. Definitivamente aquél lugar era hermoso, pero como escuela privada para los pequeños hijos de la aristocracia, apestaba.


-Clara Chassier- nombró la profesora, y la docena de alumnos restantes bajaron los hombros de alivio

La niña, sentada justo al lado de Jules , sintió que un sable se clavaba en su estómago. Esa espantosa sensación que todo niño ha sentido cuando el profesor le nombra en clase. Clara jugaba con un tirabuzón que se le había salido de su elaborado recogido, como si con ello pudiera acelerar el mal trago. El corazón se le iba a salir del pecho y se quedó mirando al vacío.

-¿Sí, Madamme Dupin?- preguntó Clara casi como si hubieran presionado un resorte en su mente.

La vieja tomó un largo trago de agua, mientras le clavaba su mirada. Una vez carraspeó, continuó:

-Se lo pondré más claro, señorita Chassier, dándole más datos sobre la pregunta que aquí nos atañe ¿Qué Rey de Montaigne inició la invasión de Ávalon en el 1028?

La alumna fue claramente abrumada por la pregunta y el incómodo silencio solo fue combatido por una temeraria mosca.

-Señorita Chassier- dijo la profesora-. ¿Acaso no ha estado atenta a la lección de hoy? ¿Es que no sabe que sus padres depositan una enorme confianza en mi para convertirla en algo valioso para el futuro?

-Es...es que...-tembló la niña con duda, captando la atención de los alumnos-. Es que Jules me ha estado distrayendo.

Jules, que seguía fingiendo que tomaba apuntes levantó la mirada y la miró con relámpagos en los ojos.

-¿Cómo dice, señorita Chassier? ¿Le está distrayendo el señorito Angelier?

Clara Chassier tuvo que tomó más confianza en su voz.

-Sí, señorita. Además, no está tomando apuntes, ¡está dibujando! ¡Como uno de esos mendigos que hay en las calles de Charouse! No pude estar atenta a la lección, señora Dupin...

El resto de alumnos convirtieron el aula en una jaula de gallinas en menos de 3 segundos.

-¡Niños! ¡Basta ya!- la profesora pegó grandes zancadas hasta el pupitre de Jules, y éste notó su enorme y amenazante sombra-. ¿Jules? Enséñame que estás haciendo.

Jules sacó la hoja que había escondido bajo la mesa, ni siquiera intentó ofrecer ninguna resistencia. Sabía que era inútil, aunque a la traidora de Clara, le había salido condenadamente bien la jugada.

La profesora miró la hoja y arrugó la nariz, mientras deducía qué era lo dibujado. Al principio pensó que había pintado todo el folio con carboncillo y le había faltado el centro, que estaba blanco. Sin embargo, pronto percibió que el dibujo era precisamente lo que no estaba pintado con el carboncillo, dejando un cisne blanco justo en el centro de la oscura hoja. El dibujo tenía estilo, indudablemente.

-Dame tus lápices y tus libretas, señorito Angelier. A partir de ahora aprenderás todo de memoria.

-No es justo- dijo él sin mucha convicción mientras accedía.

-Claro que lo es- dijo ella-. Está usted en mi academia y lo que yo diga es ley.

Mientras madamme Dupin se alejaba hacia su mesa con los materiales de dibujo, la voz contenida del niño los petrificó a todos.

-Es usted una amargada. Es cierto lo que dicen.

Todos sabían que Jules era un niño raro, y que más bien no valía hablarle si no querías que te amargara la mañana. Lo que nadie hubiera imaginado nunca es que la profesora fuera víctima de su agrio veneno.

-¿ Y qué es lo que dicen?- dijo la profesora girándose lentamente a mitad de camino.

-Que está amargada, que su marido no la soportaba y construyó esta casa de verano para esconderse de usted, mientras fingía estar de negocios. Que cuando lo pilló con otras señoritas prefirió marcharse a la Guerra de la Cruz antes que soportarla y ahora se dedica a frustrar a todo el mundo como se dedicaba a frustrar a su marido.

En este momento podían pasar dos cosas. O que todos los niños aplaudieran la ocurrencia de plantarle cara a lo que ellos consideraban una bruja, o que todos se hicieran los muertos como si ante un oso rabioso estuvieran. Ocurrió lo segundo.

Por un momento pareció que Madamme Dupin estuviera altamente sofocada. Luego, con una voz vibrante, volvió a tomar las riendas de la clase.

-Jules, a partir de ahora te encargarás de limpiar el estanque del jardín todos los días después de las lecciones.

El niño asintió, sabía que cuando abrió la boca había comprado un pase para el infierno.

Cuando fuera  el chambelán tocó la campana de salida de sirvientes y alumnos, los niños empezaron a recoger, dispuestos a subir a las calesas familiares que les llevarían a sus respectivos hogares.

-Ah, se me olvidaba. Señorita Chassier...

-¿Si?

-Usted cumplirá condena con el señorito Angelier.

-¡¿Qué?! ¿Por qué?

-Por chivata, por cobarde, por falsa y por no estar atenta en clase.

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-Oye, Jules...no sabía que fuera a pasar esto.

El niño fingió no oírla, estaba demasiado ocupado intentando sacar todos los hierbajos y bichos del estanque. Aquello apestaba hasta el punto de tener que respirar por la boca. Clara era, sin duda, la menos eficaz, porque pescaba más bien poca basura. Finalmente desistió en su tarea y se encargó de mantener alejados a los cisnes.

-¡Oh, venga! ¡Perdoname Jules! Me salió solo. Estaba nerviosa. ¿A quién le importa quien invadió un aburrido trozo de roca en el año 1000?

Pero el chico seguía en su castigo. Cuanto antes empezara, antes acabaría.

-Además, ni siquiera te tenían que castigar por eso. Ha sido tu enorme bocaza la que te ha metido aquí. ¿Cómo se te ha podido ocurrir decirle semejante barbaridad a Madamme Dupin? Serás afortunado si te dejan continuar las lecciones.

-Bien, no tendré que seguir soportándote. Con la de personas que hay en ese aula y tu siempre tienes que fastidiarme a mi.

Ella lo miró largo rato, despistada. Los cisnes empezaron a esquivarla y se volvieron a meter en el estanque.

-Bueno...no siempre te quiero fastidiar. ¡Solo lo hago porque te lo mereces! Eres un niño muy agrio, ¡podrías tener una palabra bonita conmigo de vez en cuando! Pero luego tienes cosas muy bonitas. Sabes dibujar muy bien. Yo...también he hecho un dibujo.

Jules miró la hoja que le tendía. Eran dos monigotes feos, aparentemente niños, pegándose un cabezazo.

-¡Están dándose un beso, idiota!-aclaró la niña-. ¿Ves como nunca tienes una palabra amable?

El chico volvió a lo suyo, pero Clara lo perseguía.

-Jules ¿tú me darías un beso?

Jules la miró. En ese momento no sabía que le daba más asco, besar a una niña o el estanque.

-¿Por qué iba a querer hacer eso?

-No sé, pero he visto muchos hombres de la corte rivalizar por el beso de una dama.

-¿Y por qué dos personas iban a querer besarse?

-Pues no sé...creo que es porque los labios están blanditos.

-¿Para qué? Es estúpido.

-¡Pues porque les gusta, digo yo!

-Mi papá siempre dice que todo tiene que tener un sentido en la vida, y que todo hombre tiene que actuar con un objetivo.

-¡Así has salido!

Pillado con la guardia baja, Clara avanzó su rostro y besó torpemente los labios de Jules. Este, con una mueca de horror la apartó asqueado, tirándola al sucio estanque lleno de sapos, raíces y bichos.

-¡Puaj!- gritaron al unísono.

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Madame Dupin tenía la mirada fría.

-Así que la empujaste a la señorita Chassier al estanque, porque...

-Porque me dio un beso- respondió Jules.

La señora Dupin estalló en carcajadas, como si no recordara las ofensas que le había hecho el niño hacía unas horas.

-Señorito Jules, a lo largo de su vida muchas señoritas van a pretenderlo, y usted tendrá que poseer la etiqueta adecuada como para rechazarlas públicamente con educación y cortesía.

Jules miraba el suelo.

-¿Por qué?

-Porque los sentimientos son complicados y cuando uno no es correspondido uno tiende a sufrir. Por suerte, las palabras nos permiten convertir los mensajes dañinos en algo correcto o dulce. El don de la oratoria se nos dio para amortiguar los efectos que provocan las palabras en los humores de las personas. Confío en que usted aprenda los intrincados designios de la cortesía y el protocolo algún día. Tenga en cuenta que, para rechazar a alguien, elegir las palabras es como elegir un arma para cazar: elijes cómo acabar con la presa, sin dolor o con crueldad, pero recuerda que el fin es matarla. Escoja sus frases como si escogiera un arma, lo único que debe saber antes es cuánta sangre quieres derramar con sus palabras.

Jules se mantuvo callado.

-Algún día comprenderás lo valioso que es es medir las palabras para multiplicar o dividir un efecto; comprenderás lo valioso de ser educado y suave en el insulto, el rechazo y la crueldad. Algún día entenderás por qué necesitamos azucarar el rechazo. Algún  día te enamorarás y sufrirás por ello.

-Ni lo sueñe- dijo el niño limpiándose aún los labios y marchando a la puerta. Una vez en la puerta, volvió la vista-. Lamento lo que dije sobre usted, Madamme Dupin.

A la vieja le tembló la rugosa piel.

-Mi marido huía de mí porque no podía darle hijos. Buscaba escaparse a esta casa con sus amantes a ver si podía dar a luz a algún bastardo, supongo que para después intentar convencerme de hacerlo pasar por hijo nuestro. Una vez me negué, me abandonó marchándose a Eisen, a buscar futuro en otra nación. Me dejó sola, señorito Angelier. Sepa que no debe hablar llevado por la ira, ni crea cierto ningún rumor. Sea un caballero y use guarde sus palabras como si de munición se tratara. Disculpas aceptadas.

-¿Puedo recuperar entonces mis herramientas de dibujo?

-No.
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Una vez Jules salió de la finca, se escondió entre los lindes de una carretera principal. Allí, probó uno de los trucos menores había aprendido. Rajó la palma de su mano con una pequeña navaja y comenzó el ritual. Con la mano ensangrentada, la hechicería del ambiente le permitió introducir la mano en una herida palpitante en la realidad, que se lamentaba de forma ahogada. Su mano se perdió en un bolsillo que acababa en otro plano de la realidad y cuando lo sacó, tenía en sus mano los lápices, los carboncillos y alguna vitela en blanco.

Aquello sí que le parecía práctico, y no las palabras, los modales o el amor.
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Infancia de Julius, uno de los mayores espías y hechiceros de Porté de la historia de Théah. Academia Chateau du Bantreaux de hijos de la aristocracia de la provincia Gloyure, 1646, Montaigne.

domingo, 30 de marzo de 2014

Traición a la confianza (II)


No tenía ni idea de cómo había acabado todo así, pero al fin y al cabo, así era. El plan de Orsini había sido destapado por Marina Oliván: la falsificación de Gálvez del testamento de Gregorio Lara con la intención de obligar al heredero a casarse con su adinerada hija, el asesinato de Simón por parte de Fausto y que pagó en la soga, y cómo él, Donato Orsini, se organizaba con los bajos fondos a través de un hombre que se hacía llamar Prometeo, líder de los bajos fondos. ¡Hasta Rubén, un corchete ridículo de la guardia, cayó en las manos de la ley, por aceptar un estúpido soborno, voto a Theus que no había cosa más ridícula!
En el juicio había salido a relucir los trapos sucios de Donato Orsini, pero él tenía un as en la manga. Sabía que ese juicio no había sido del todo legal. Él era un mercader de Castilla, no un paleto más que podía ser juzgado por campesinos en un chiste de juicio, así que había reclamado su derecho de ser juzgado por sus iguales, por nobles y comerciantes, por algún juez de San Cristóbal. Las pruebas que tenían contra él eran muy buenas y todas jugaban en muy en su contra. En el otro juicio sería igual de condenado seguramente, pero con esto le daría tiempo a pensar en algo. De momento ahí seguía, en su celda provisional en el cuartel de la Ronda de Santa Elena.

-Buenos días, don Donato- saludó Hugo González, cabo de los corchetes de la Ronda. Hoy le tocaba vigilar al preso privilegiado en el cuartel de la guardia del pueblo.

Donato ni siquiera le saludó, odiaba que cualquiera pudiera dirigirle la palabra. Miró al muchacho: cabeza cuadrada, pelo corto con un peinado muy soso, inexpresivo y una mirada perdida en sus pensamientos o en el vacío, quizás; en forma, como todos los de la guardia, pero la forma en que tenía amarrado el tahalí denotaba que no era un gran espadachín. Los rumores decía que se había encaprichado de la única hija de la viuda Beatriz Oliván: una bruja vestida siempre de negro que vivía en una casa solariega al otro lado de la empalizada. Suspiró amargado, ¿acaso tenía que lidiar con gente afín a esa estúpida heroína?

Escuchó lo que comentaban los guardias, en los pasillos de piedra de la improvisada prisión. Al parecer había excitación, no solo ya por la cercana boda del marqués de Santiago, que se estaría dando en estos momentos (y eso significaba que jóvenes casaderas habían pasado por la Villa, para gusto de los guardias, que hablaban de sus nuevas novias o romances), sino porque al parecer el Consejo de su Majestad el Buen Rey Sandoval había hecho circular un "se busca" de un hombre que debía ser peligroso, o al menos debía serlo con la recompensa que daban por su cabeza.

-5.000 gremiales, caballeros- dijo un guardia imberbe y soñador después de pegar un silbido- ¡A quien encuentre a este hombre le han solucionado casi toda la vida!

Otro, más veterano y barbudo, fue hacia su compañero y le quitó la vitela de un empellón.

-Aparta idiota, déjame ver el careto...¡pero si solo es un tío embozao!- refunfuñó disgustado al ver que no había cara en el "se busca". Lo único identificador eran unos ojos escoltados por un enorme cuello de la casaca que cubría toda su cara y un tricornio.

-Alguna información vendrá- apuntó Hugo mostrando un poco de interés, ya que con 3.000 gremiales tenía para instalarse 20 veces en Malaca, lugar donde quería instalarse a vivir con una esposa y alejarse de la guerra.

Donato estuvo a punto de taparse los oídos ante tales estupideces de los guardias, pero le vino muy bien estar atento a lo siguiente:

-Según el servicio de contraespionaje de Castilla, responde ante el pseudónimo de Julius y se le acusa de espionaje al Reino de Castilla a favor de Montaigne. Se cree que es un hechicero de Porté- dicho esto último todos se santiguaron con la cruz de los Profetas.

Donato alzó la vista, claramente interesado por el nuevo giro de acontecimientos, pero no dijo nada. Debía esperar...y saber cómo utilizar aquella increíble revelación que se acababa de hacer.

Esperó a la noche, y todos los guardias se fueron, menos Hugo, que tenía que seguir haciendo la ronda. Leía poesía bajo la luz de una de las antorchas. Un día iba a quedarse ciego si seguía con esa manía.
De pronto alguien le siseó desde atrás. Hugo no se volvió, solo podía haber sido Donato y él no se dignaría a hablar a un guardia. Finalmente le volvieron a sisear, y se dio la vuelta. Donato le miraba con un brillo en los ojos que denotaban esperanza.

-Sé lo que estás pensando-dijo Donato, misterioso- Con esos 5.000 gremiales podrías casarte con Marina Oliván, ¿verdad?

-¡¿Disculpe?!- inquirió Hugo totalmente escandalizado, aquello era lo último que se imaginaba que le diría Donato.

-Vamos, no te hagas el tonto, todos en la Villa saben que esa hija de bruja te ha hechizado y que no te hace ningún caso.

-Eso no es cierto. Además, la relación que haya entre la señorita Oliván y yo no es de la incumbencia de nadie. Menos de un criminal tan vil como vos.

-Eso es cierto...-continuó Donato restandole importancia-. Los rumores de romance que sí son fuertes en el pueblo son entre la espadachina y su señor el barón.

Hugo se levantó forzosamente tirando el taburete sin querer; los poemas cayeron y se dirigió Orsino claramente airado pero con diligencia..

-No os consiento que volváis a hablar así de ella. Si volvéis a ser un cobarde repetidor de rumores de ancianas vais a tener que véroslas con mi acero, caballero.

-Shh...no os pongáis así. Yo solo digo que cuando el río suena, agua lleva, señor González. Y ese río lleva sonando desde hace demasiado tiempo.

Hugo recogió todo lo que había tirado y respiró hondo tranquilamente, pero dolido. Aquello era cierto.

-Pero no temáis. Podemos silenciar ese río. Tengo la solución a todos vuestros problemas, pero tendréis que hacerme un pequeño favor.

-No pienso seguir hablando con vos.

-Pero podríais tener lo que más ansiáis...libraros del barón y recibir esa recompensa de 5.000 gremiales. Bueno, quizás no tanto...pero sí dar una cierta información sobre ese tal Julius.

-Fantaseáis.

-Id a la mansión Lara, esta madrugada si os toca estar vigilando por ahí. Sobornad a la ama de llaves y decid que venís de mi parte a por unas cosas para que me las traigan a prisión. Decidle que os deje la llave pequeña, ella sabrá a cuál me refiero. Coged las cartas y miradlas...os llevaréis una grata sorpresa al ver el nombre del famoso espía en su emisor.

-Estáis loco si pensáis que haré eso.

-Está bien...pero piensa en todo lo que puedes ganar. Reconocimiento de tu nación, un puesto mayor y una buena recompensa por revelar tal escándalo, un sueldo mejor, tu mayor rival juzgado por traidor a la nación e indispuesto para arrebataros a vuestra amada. Adivinad a quién se acercará ahora... ¿seréis vos el afortunado? Le volverá a ser difícil confiar en otra persona que no seáis vos, un muchacho humilde, honesto y caballeroso. Si lo hacéis, traedme las cartas, y yo me encargaré de que un juez las vea en San Cristóbal y lo meta en la prisión más oscura que haya en todo el reino.

Hugo se volvió a su lectura, claramente confuso. Pero no leía, seguía escuchando a la serpiente.

-Si decidís no hacerlo, eso os convertiría en cómplice de espionaje.  Esas cartas son reales, yo las he visto, sin trampa ni cartón. Pensadlo bien, solo hacéis justicia para con el reino...y además podréis ganar todo lo que os he dicho. Pensad en ella...pensad que está siendo manipulada por ese canalla. Marina seguramente no sepa nada. Solo echad un vistazo...si no están las cartas, quedaré como un mentiroso. Si no... cumplid vuestro deber.

Hugo salió airado después de aquella sarta de promesas vacías. Pero al final la impaciencia le pudo más. ¿Y si...? Fue a la mansión Lara. La ama de llaves le recibió sin problemas y, abusando de su autoridad de guardia de la ciudad se coló en la habitación de Alonso. Si no había nada de eso se iba a sentir despreciable. Al final, miró las cartas.

Ahí estaban...claramente. La firma de un hombre que se hacía llamar Julius.

Se lo imaginaba. El barón, don Alonso Lara, no era un  hombre de fiar pero ahora tenía unos motivos más que claros, y debía alejarse cuanto antes de Marina Oliván. En cuanto la viera le haría ver que no es de fiar y que debía alejarse de él, que no se acerque nunca más a él. Le llevaría las cartas a Donato Orsini y él se encargaría de llevarlas al tribunal de San Cristóbal. Se sentía culpable por cómo iba a intentar conseguir lo que quería, pero no estaba haciendo nada malo.  Denotaría que desde la humildad él era más noble que el aristócrata. Le quitaría la máscara de nobleza y él mostraría su corazón humilde. Era su deber y de paso era lo que quería. También sentía esperanza por abrirle los ojos a Marina sobre la máscara de Alonso...quizás aquello colocaría las cosas en su sitio. Tal vez, se haría justicia.

lunes, 17 de marzo de 2014

Cuando los hombres hablan

-¿Hay una mujer, verdad?

Gerard se alzó sorprendido y se cuadró militarmente sobre el castillo de popa del Finisterra. Había sido un acto reflejo, incluso estuvo a punto de decir "capitán en cubierta". Pero no era la capitana. De hecho, no era ni siquiera mujer. Alonso Lara, el joven noble de Castilla con una pequeña baronía bajo el brazo, estaba asomado como un crío por encima del timón del navío. Sonreía como si viera algo que él no podía. Descubierta la identidad del nuevo, los hombros de Gerard se cayeron por su propio peso. Alonso no era ninguna autoridad, al menos no en el Finisterra. Así que volvió a sus quehaceres, que eran pasar a limpio las líneas cartográficas que había hecho de las islas Thalusianas.

-¿De qué habláis?- preguntó distraído aunque cortés, el contramaestre.

Alonso soltó una risita y se acercó arrastrando un taburete.

-Todos se fueron a la Manzana Mordida. Todos se fueron a beber o a desfogarse con alguna mujer de compañía. ¿Todo esto viene a traducirse a que hay una mujer en vuestra vida, contramaestre Gerard?

Gerard alzó la mirada del papel, lo suficiente como para clavar su vista limpia y fatigada a través de los grasientos cabellos que intentaba recoger en un lazo azul marino y desgastado por el tiempo.

- Señor Lara, aun a riesgo de convertir vuestra entrada cómica en una conversación seria ¿me estáis intentando decir realmente que hay una mujer en vuestra vida?

Alonso perdió la sonrisa por un segundo, sorprendido por el "contraataque" de Gerard. Arrimó el taburete hacia la enorme caja que hacía las veces de mesa, donde trabajaba Gerard. Si al principio el tono de Alonso era satírico, derivó en una comicidad fascinada. Gerard le había dejado sin habla, y eso merecía una conversación más elevada.

-¿Por qué decís eso?- preguntó sonriendo mientras apartaba las levitas de su casaca al sentarse.

-Suponéis que el hecho de que no esté en el burdel es porque hay una mujer en mis pensamientos. Si vuestro argumento es válido, también debería serlo para vos. Después de todo, estáis aquí conmigo, y no con una exhuberante mujer de la calle en la Manzana. Así que o admitís que la hay, o vuestra idea se caería por su propio peso en el primer movimiento.

"Derrotado en el primer movimiento"

Alonso quedó en silencio y los graznidos de gaviotas y las olas rompiendo en el acantilado de Carleón llenaron el espacio. Finalmente la sonrisa de Alonso se ensanchó y se iluminó aún más, era más de lo que esperaba de un tripulante del Finisterra.

-¿Una partida de ajedrez?- preguntó sacando de su macuto un tablero.

Gerard negó con la cabeza.

-Lo lamento, estoy de servicio.

-¡Oh vamos!-Alonso le arrebató el compás y puso el tablero encima- Estáis todo el día de servicio. Daos un respiro.

-Pero la capitana puede necesitar...

-¡La capitana te diría lo mismo!-cortó con un bufido- Tú hazme caso.

-Sí. Parecéis conocerla bien- reflexionó-. De acuerdo, pero que no lleve mucho.

-No os preocupéis, os ganaré en breve. Hay muchas aperturas que te pueden hacer ganar rápido.

-¿En un movimiento?

-No. Nunca se puede ganar en un movimiento.

"No en el ajedrez"

Gerard miró al muchacho por encima de las piezas.

-¿Acaso os interesa mi vida amorosa, don Lara?

-No- susurró con firmeza el barón llevándose un dedo a los labios con respeto-. Don Lara era mi padre.

-Lo lamento. Lo intentaré de nuevo ¿Os interesa mi vida amorosa, Excelen...?

Alonso negó con la cabeza con una carcajada, y terminó de colocar sus piezas.

-No realmente, simplemente buscaba una manera de entablar conversación. ¿Por qué?

Gerard meditó.

-Porque por un momento pensé que realmente buscabais consejo. Iniciar el tema de conversación para que alguien que compartiera vuestra misma situación.

-¿Qué? ¡Venga ya!- una explosiva carcajada salió de los labios de Alonso mientras agitaba una mano- No, no, no, no. Para nada. No, no- continuó, pero Gerard seguía clavando su cristalina mirada-. ¡Que no!

Gerard dejó de mirarlo y volvió a la partida.

-De acuerdo. Si os interesa...os puedo contar un poco, aunque no es mucho. O al menos, no hay mucho de lo que vos os imagináis. Eran buenos tiempos, yo era segundo de a bordo en el Conquerant. Estaba al servicio del almirante Alazais y teníamos la empresa de cazar a los corsarios y piratas del Canal de Ávalon. Perros Marinos, odiosos perros de Ávalon. Recorríamos todos los puertos de la costa de Montaigne, Muguet, Crieux, Dechaine...en todos esos puertos tuve mis aventuras. Las amorosas también. Fueron varias, muchas, ni siquiera recuerdo a quién di mi primer beso.

-¿No recordáis? Pero eso es algo que se suele guardar como un recuerdo especial, ¿no?

-Solo los románticos.

-¡Oh vamos! Aunque no fuera un recuerdo especial sigue siendo un recuerdo realmente.

-Probablemente para alguien con las ideas claras, pero no es mi caso. Creo que fue una joven que trabajaba en una grúa portuaria de Entour.

-¿Era guapa?- se interesó el barón.

-Seguramente.

-Cuidado- bufó el barón-. No me abruméis con tantos detalles.

Gerard rió apaciblemente.

-Recuerdo bien a la recatada hija de un comerciante de Muguet. Clothilde. Recuerdo que era la hermana de un cabo de la marina. En los bailes solíamos burlarnos de ella, llamándola por su nombre completo con voz aguda y lamentable. La tomó conmigo en el jardín y como no dejaba de gritar, la besé para que se callara.

Alonso estalló en una risa sincera y llena de reconocimiento.

-¡Por Theus pensaba que era el único que había hecho eso alguna vez!- alargó la mano hacia una botella y se la tendió- ¿Brandy?

-No, gracias. No bebo.

-Bueno. ¿Y qué pasó con Clothilde?

-Ella se calló, claro. No volvió a gritarme.

-¡La traumatizaste!

-Algo así- rió el contramaestre-. La volví a ver cuando volvíamos a la mar, en el puerto. Me trajo su cinta de pelo y me dijo que me esperaría.

Alonso ya había observado su cinta de pelo. Estaba seguro de que era esa. Casi nunca se recogía el pelo con ella, pero siempre la llevaba en la muñeca.

- Estuvieron riéndose de mi 6 meses en la cubierta. Ni qué decir que su hermano, el guardiamarina del Conquerant, me dio de golpes hasta en el alma por tocar a su hermanita.

-¿Volvieron a verse?

-Sí. Pero pasó demasiado tiempo. Cloe se había casado. Tratados comerciales, ya sabes. Cosas de negocios.

-La sociedad- resumió Alonso.

-Sí. La sociedad.

-¿Y ella?

-No volvía a verla. Solo le iba a causar dolor. Le escribí felicitándola por su unión y me eché a la mar de nuevo, ignorando el permiso que me habían concedido. Después conocería a Arisent.

-¿Os gustan con nombres feos eh? Esto se pone interesante...

-Arsent, una loca, una ordinaria. Una posadera independiente, sin hombres a su cargo. Una mujer con cojones si se me permite la expresión. Desaliñada, bruta, promiscua y casada. Infelizmente casada, en mi defensa. Se encendía como una caldera cuando veía un hombre con uniforme. Nada serio, muchas noches juntos. Tres meses duró. Finalmente descubrí de donde sacaba tanta fuerza. Su marido la golpeaba y en parte no le culpo, su mujer se mofaba de él delante de todos y le había convertido en la burla del puerto. Nos pilló en el lecho, y casi la mata, pero estaba allí para impedirlo, armado con los vasos de la posada. Tras una dura pelea ella escapamos, sin darme cuenta de que me había llevado una copa. Le di toda la soldada que tenía, y por lo que tengo entendido con eso comenzó una nueva vida en Charouse, en un tugurio de mala muerte. Conservé la copa, con la que bebí alcohol mucho tiempo. Volví al Conquerant y a la mar.

De pronto Alonso se percató en que la partida era lo de menos. Vio el tablero y resolvió en que todas las jugadas hechas habían sido dignas de Marina Oliván...horrorosas. Aunque podian ser efectivas si el contrincante perdía la concentración, recordó.

-Después acabé en el primer año de la guerra de Castilla. Habíamos bajado en Barcino para un reconocimiento. Acabé perdiéndome con el cuerpo de exploración. Ni siquiera sé qué hacía allí, creo que queríamos reconocer el terreno litoral de la Reina del Mar para la incursión. Nos emboscaron los guerrilleros castellanos. Me oculté en un granero durante un tiempo. Conocí a Larissa. Una campesina castellana. Me vio escondido entre la paja, vio mi uniforme. Fingió no haber visto nada, no alertó a nadie. Traía leche y comida y lo dejaba allí, sin decir nada, sin mirar en mi escondite. Y claro, misteriosamente desaparecía su contenido porque yo debía vivir de algo. Me estuvo alimentando como si de un gato callejero se tratara. Como si intentara ganarse mi afecto antes de entablar conversación. Finalmente me mostré, y ella, claro, sabía ya de mi presencia en su granero. Me escondió tres meses, me cuidó, comimos juntos, le ayudé a reparar el establo e incluso pasamos alguna noche juntos. Y eso que apenas nos entendíamos, yo estaba aprendiendo el castellano. Ella me enseñó.  Un día, los castellanos llegaron buscando todos los espías de Montaigne. Ella me ayudó a salir por la puerta de atrás mientras distraía a los guerrilleros. Sabía que acabarían fusilándose como un perro frente las líneas enemigas...para los castellanos da igual el uniforme de oficial, todos éramos invasores.

La partida se terminó. Alonso había ganado. Gerard echó mano a sus herramientas de cartografía, pero el barón le interrumpió sujetándole la mano.

-¿Echamos otra?

Gerard rió.

-No tuve muchas más. Fantine Constance, Crieux.

Alonso abrió mucho los ojos. La conocía de vista, de cuando la revuelta de Santiago.

-La conocí en un desfile. Era Segundo de a Bordo y gozaba de reputación. Traíamos a un canalla que había saqueado un barco en el Mar de la Espuma y la primera que me ayudó a encarcelarlo fue ella. Una candidata a mosquetera. Eramos tal para cual. Bebíamos, gozábamos de una condecoración, contábamos historietas y batallitas. Pero éramos como el mar y la costa, destinados a romper. Ella fue ascendida a mosquetero y yo fui reclamado por el Almirante Alazais...y el Rey Sol. Fui destinado a las más lejanas de las costas, y ella, a la capital. Creo que hoy día está en el frente.

-Está bien. Os lo aseguro. La vi en Santiago.

Gerard se recuperó de la sorpresa y sonrió.

-Me alegro por ella. Y en respuesta a tu pregunta inicial: no, no hay ninguna mujer ahora que me impida irme a un prostíbulo. Sin embargo, he tenido mujeres en mi vida, he recibido mucho de ellas, algo más que una burda pasión vacía. Cuando has compartido una historia con una mujer, la simple carne no tiene ningún tipo de sabor.

El silencio gobernó, dejando enfrascados en sus pensamientos a los dos hombres. Al cabo de un minuto, Gerard pestañeó con fuerza, como si acabara de despertar de un ensueño.

- Bueno y vos...¿vais a contarme algo?

-¿Yo? Bueno, no hay mucho.

-¿Vuestro primer beso?

-Fue tras la batalla de San Teodoro. Muchos murieron, pero se salvó el fuerte. La alegría pudo con todos nosotros. Sentíamos ese fervor en el cuerpo, esa esperanza que se siente cuando alguien grita que se acaba una guerra. Es irónico, porque en cuanto acabó la batalla me sentí más valiente que nunca. Tenía un compromiso con la hija de un viejo amigo de mi padre. Alicia Orsini. Un compromiso que estuve atrasando todo lo que pude, pero antes de marchar a ese fatigoso deber, quería hacer algo que de verdad quería. Quería besar primero a alguien que al menos me importase.

-¿Y ella?

-Ella está bien, creo. Lleva su vida aparte, y mejor así. No soy lo mejor que le podría pasar.

- ¿Por qué? ¿Vos la amáis?

Alonso estiró los brazos por encima de la cabeza.

-Es complicado. Siempre he tenido a alguna mujer detrás de mi. Nuestras historias se parecen un poco, porque yo también he tenido multitud de mujeres en mi vida que han intentado casarse conmigo. No había día en el pasado que no recibiera una propuesta de...

-Estáis evadiendo la respuesta

-¿Qué? ¡No! Para nada...¿cuál era la pregunta?- preguntó el barón antes de echar un trago de brandy

-¿Vos amáis a Marina Oliván?

Alonso escupió el alcohol y casi se atraganta.

-¡¿Cómo?!

-¿La amáis?

-Pues...

-¿Sí o no?

Alonso pensó largo rato. Cuando pareció que encontró todas las palabras abrió la boca para responder, pero escuchó el crujir de la madera, alguien se acercaba. Se puso con ell ajedrez.

-Ésta...es la entrada francesa. Y esto, es el jaque pastor. Y no es posible ganar una partida en tres movimientos.

Gerard le miró extrañado, como si no entendiera nada. Dijo algo más, pero Alonso ya se había levantado. Marina Oliván estaba entre ellos. Él ya se había percatado y estaba preparado para recibirla.

-¡Señorita Oliván! ¡Qué amable por su parte que nos bendiga con su presencia!

Marina Oliván se quitó el sombrero y se sentó entre los dos hombres, ignorando que los verdaderos movimientos que habían hablado no eran sobre ajedrez, sino del corazón.

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Marzo 1670. Muelle de Carleón, Ávalon.

miércoles, 29 de enero de 2014

Dejando una huella

La casa de los Boucher estaba tranquila, demasiado tranquila, sobre todo teniendo en cuenta que se situaba en el barrio burgués de Le Cage en la ciudad embajada de Paix. Caroline salió de su ensimismamiento con un bote tranquilo, y se descubrió de rodillas en la alfombra floreada de su habitación, frente a su casa de muñecas. La frágil niña debía contar con unos 9 años, tenía el pelo recogido como la última moda aristocrática dictaba. Piel pálida, pómulos afilados y cuello de cisne, Caroline reflejaba un aspecto angelical de primera mano. Sin embargo, sus ojos siempre habían destilado un brillo malicioso y la altivez con la que alzaba su mentón denotaba todo su desdén hacia cualquier persona que se atreviera a darle consejos o ayudarla. Pero la frialdad de mármol de Caroline se había quebrado dado los acontecimientos de los últimos días, y sus hombros se habían hundido. Había descubierto algo terrible que la aprisionaba:

Estaba sola.

Caroline nunca había tenido buenos amigos, y no nunca hubo ninguna razón para explicar un por qué. Siempre había sido ignorada por el mundo, tanto por adultos como por otros niños. Al principio siempre tuvo gente revoloteando alrededor, suponía ahora que se debía a la abundancia en la que vivía su familia por el tráfico de esclavos del Archipiélago de la Medianoche. Cuando se percataron de que no era más que una niña acostumbrada a que todos le hicieran caso, descubrió demasiado tarde que no sabía tomar la iniciativa para relacionarse, y pronto  En la escuela los otros niños la pasaban por alto, suponía que por la abundancia en la que nadaba su familia, ¿pero eso no era motivo para que tuviera más amigos? Sus padres la sobreprotegieron y la aislaron en un arca de cristal, y allí en esa campana se ahogó y perdió su oxígeno, por lo que tuvo que aprender a respirar odio y menosprecio. Tenía que sobrevivir.

Pero al menos tenía sus mascotas. Esos indígenas de alguna isla perdida del Archipiélago de la Medianoche, atontados por algún ritual antiguo o por algún galeno experimental, y el resto de esclavos tribales de las cocinas. Y Brock, ese enorme y tontorrón, el único esclavo de alguna tribu indígena de las islas del oeste lo suficientemente listo como para hacer las veces de mayordomo en la casa de los Boucher. Y a pesar de ser sus esclavos, y a pesar de lo mal que los había tratado, se había dado cuenta de que ellos eran los únicos que le habían dado compañía. Sobre todo Brock. Ahora todos se habían ido. Estaba sola. Era irónico pensar que ella necesitaría a sus esclavos de una manera más íntima que material...era absurdo.

Y ahora todos habían escapado de allí. Todo por culpa de esa estúpida institutriz que habían contratado sus padres para que dejara de ser una niña mimada resentida con el mundo. Esa estúpida institutriz...Sophie Mallarmé, decía llamarse. Y sin embargo, tan estúpida no sería, ya que no era más que una farsante que los había engañado a todos. La institutriz que le había estado enseñando a comportarse, el protocolo, la etiqueta en la mesa y a leer textos filosóficos en casa, no había sido más que la famosa aventurera castellana Marina Oliván. Habían tenido estos dos o tres días a una guerrillera de la guerra castellana llevando su educación, cuando en realidad iba en busca de una pieza Syrneth que poseía su madre. Acababa de enterarse ella y su familia por Remy du Montaigne, el cuál está persiguiendo ahora a Marina Oliván y el paradero de la caja.

Esa estúpida caja de música. Todos la querían: desde su madre, que seguía obsesionada con su música; hasta el mismísimo Rey Sol. Pero quien se la había llevado había sido Marina Oliván que, no contenta con eso, había liberado a todos los esclavos de su casa. Incluso a Brock, el cuál se despidió de ella antes de fugarse. No entendía nada, Brock se despedía de ella y Marina Oliván la había ayudado con sus problemas de niña mimada, cuando en realidad podría haber ido directamente a por lo que quería.

-¡¡Caroline cielo, baja a cenar!!

La voz de soprano repelente de su oronda madre la sacó de sus ensimismamientos. Estaba acostumbrada a que el indígena Brock fuera a recogerla a su habitación y que la escoltara hasta al comedor. Pero dada su reciente huida la mecánica de la casa estaba muerta.

Caroline colocó sus muñecos en la casa de juguete. Colocó a la baronesa junto al marqués al lado de la chimenea, y a los aristócratas los colocó sentados alrededor de una mesa de cartas, en el salón de juegos. Cuando salió de la habitación pisó sin querer la criada que estaba en el suelo. Molesta, la apartó un poco con el pie y prosiguió su camino. Ese era su lugar. Todo estaba en su sitio.

Bajó las escaleras y posó la mano enguantada en la madera del pasamanos. Bajó sin mirar los pies, como le había enseñado la institutriz Sophie Mallar...argh, no. Marina Oliván. Todavía le costaba aceptarlo.

Llegó al comedor. Su madre, una señora oronda y rubia, de grande papada, llamada Elisse Boucher, estaba organizando a los esclavos que tenían en el sótano encerrados de reserva. Eran solo dos, pero estaban bien alimentados. Aun así no tenían ni idea de poner la mesa. A uno de ellos se le cayó un plato con sopa, que estaba ardiendo. A Elisse se le escapó un gritito de indignación.

-¡Por el amor del Empereur! ¡Malditos esclavos! ¿Qué os enseñan en esas islas tropicales dejadas de la mano del Empereur? No sabéis hacer nada a derechas. ¡Ven aquí!

El que había tirado la sopa se quedó quieto sin entender la situación, seguramente ni siquiera hablaran el idioma montaignense. Elisse pegó un berrido furioso y se acercó al negligente esclavo y le propinó una descarga con el bastón de energía syrneth que todos los suyos temían. La descarga era inocente, decían, pero la cara de la víctima no decía lo mismo. El esclavo quedó al borde de las lágrimas y recogió presto todo el destrozo.

-Así aprenden. A este no se le vuelve a pasar por la cabeza cometer una torpeza. ¡Ah!- exclamó percatándose de la entrada de su hija en el comedor- Mi dulce Caroline...es complicado domesticar los nuevos esclavos.

Caroline avanzó por la alfombra del comedor como si de un espectro se tratara. Llegó hasta a su silla conteniendo un suspiro. La retiró tal y como le había enseñado Marina Oliván, y se sentó, esperando a que todos estuvieran en la mesa. Colocó su copa a la derecha, cuchillos a la diestra, tenedor siniestra, y alcanzó en su extremo una cucharita para el primer plato. Nadie se fijó en ella.

-Caroline, ¿es que no me vas a responder nada?- Elisee parecía al borde de una indignación maternal.

Caroline la observó con una mirada vacía. Su altivez se había perdido.

-Si, madre, es horrible, un drama.

Pero Elisse no se había percatado el cambio que había sufrido su hija, solo asintió con la cabeza conforme de que le dieran la razón. Mejor, pensó Caroline. De todas formas ella tampoco entendía qué era lo que le había afectado tanto.

Monsieur Boucher, un burgués cincuentón, pelo ralo y canoso, aspecto amargado al que le faltaba un ojo, entró aireado en el comedor.

-Hemos perdido nuestras ganancias..el último lote de mercancías ha escapado a través del río del comercio por una figura desconocida, y me han dicho que el único testigo, un cochero local, se ha ido a vivir a la tranquilidad del campo. Encima esa odiosa Marina Oliván nos arrebata el artefacto que nos iba a dar el dinero para suplir nuestros gastos. Apuesto a que es la misma horripilante persona que asaltó mi mercancía y les ha dado la libertad.

-¡Oh, querido!-lamentó su esposa con exagerada preocupación- ¡Qué horrible! ¿Por qué esa horrible muchacha querría vernos arruinados?

-Hay castellanos malvados por todas partes, Elisse. ¡Están todos resentidos porque no pueden ganar su maldita guerra! ¡Seguro que es una amargada!

-¡Qué razón, querido! Seguro que se lleva mi adorada caja para vendérsela a cualquier infame para sacar dinero y financiar futuros asaltos a civiles montaignenses...

-¡Y lo peor de todo es que ha ayudado a escapar a Brock, a los esclavos de cocina...a casi todos!

-Menos a estos dos desgraciados, ¡que no saben hacer nada, querido! ¡Tiraron tu sopa con sus torpes manazas!

Monsieur Boucheur alzó la vista con su único ojo.

-¿Quién?

-Éste, querido- dijo señalando al aludido, que empezó a sudar de pánico.

-Dale una descarga, Caroline, cielo mío. Siempre te ha gustado enseñarles el camino correcto a estas bestias.

-No quiero.

Su padre alzó la vista del plato, pero siguió encorvado, a escasos centímetros de la sopa.

-¿Qué has dicho?

-Que no me apetece, padre- las palabras de la niña cortaron el aire como un frío cuchillo. Pero ante todo, y por una vez, fue educada.

Elisse pegó una risita aguda.

-Pero cielo, si sabes que ellos desean ser amaestrados...¡necesitan aprender! Ellos quieren ser civilizados...

-¿Como nosotros?- respondió la niña tajante- Entonces supongo que podréis explicarme por qué Brock se ha fugado. ¡Ah! Supongo que le habíamos enseñado tanta civilización en esta casa que ha ido a buscar un sitio civilizado.

Monsieur Boucher se le cayó la servilleta en la sopa, boquiabierto.

-¡¿Quién te ha enseñado a hablarle así a tu madre?!

-¡Es evidente!- se adelantó ésta al borde de las lágrimas de cocodrilo- Ha sido esa pérfida bruja de Marina Oliván, haciéndose pasar por institutriz, la que la ha corrompido.

-¡O la que ha roto la estúpida jaula de cristal que vosotros me habéis construido a mi alrededor!

-¡Caroline!- gritó su madre, como si no la reconociera, buscando apoyo en la mirada de su esposo.

-Y pensar que esa estúpida institutriz era la infame Marina Oliván...¡dios mío! Una maldita y sucia guerrillera. ¡Una saboteadora! ¡Una espía! Si luchara en las filas de batalla se merecería un respeto. Pero sus maneras son sucias...¡deberían colgarla!

-Ay, querido...esa sucia plebeya ha estado malcriando a nuestra dulce Caroline. Pero podía haber sido peor ¡Con la de cosas malas que te podía haber hecho esa farsante!

Elisse acercó su manaza a los mofletes de Caroline, pero la niña ni siquiera se acercó para ayudarla, como solía hacer. Elisse recogió su mano, con paciencia.

-¡Oh, querida! Estás asustada, ¿verdad? Es solo eso, estás asustada por ella. Es terrible que esa sucia criminal estuviera dándote lecciones de señorita mientras solo buscaba pérfidamente robarnos y arruinarnos. ¡Tranquila mamá ya está contigo y esa horrible mujer perseguida por toda la Guardia Relámpago! No tienes nada que temer...

Caroline retiró la silla bruscamente y golpeó con la palma de sus manos la mesa, poniendo incómodos a los esclavos.

-¡¡BASTA!! Si es una farsante ¿Por qué realmente me ayudó con mis tareas? Si es una criminal ¿Por qué tener paciencia conmigo cuando nadie me soporta? Si es una amargada ¿Por qué intentar hacer que mis deberes sean divertidos? Si es una sucia plebeya ¿Cómo es posible que me haya enseñado todos los modales que estoy mostrándoos delante de vuestras narices? Vosotros ni siquiera os habéis dado cuenta. Esa estúpida de Marina Oliván será muchas cosas, pero hay algo que no acabo de entender de ella. Me gustaría odiarla por todo lo que nos ha hecho, me gustaría despreciarla y sentir rencor, pero...¿por qué en vez de fingir ser una institutriz más ha intentado también ser...mi amiga? ¿Por qué animarme a hacer lo que me gusta, que es cantar, mientras mi madre solo ha intentado reprimir mis deseos? Ha intentado comprenderme, ha intentado ayudarme con mis tareas, ha tenido paciencia conmigo, y sé que eso es difícil porque soy un desastre. ¡Incluso ha llegado a pararme los pies en mis caprichos! Cosa que vosotros nunca habéis hecho. Me habéis malcriado y eso ha hecho que sea una rencorosa caprichosa. La única buena decisión que habéis tenido en la vida es pagarle a otra persona para que se dedique a educarme, ¡cosa que os correspondía a vosotros!

-¡No voy a consentir esto!- gritó su padre alzándose de la silla- ¡¿Cómo puedes reprocharnos que no te hayamos parado los pies?! ¡Te hemos dado todo lo que tenemos y ahora cuando una extranjera nos lo quita todo ¡¿Y tú vas y le das las gracias?!

-No estamos arruinados padre, tú mismo siempre has dicho que teníamos para vivir. Quizás lo que os fastidia es que no viviremos en la abundancia en la que estamos malamente acostumbrados. Sobreviviremos, padre. Y esto nos vendrá bien, y nos hará aprender y a romper la burbuja que vivimos y abrirnos al mundo. Los esclavos con los que hemos comerciado se han escapado, son libres gracias a Marina Oliván. Lo que nunca hubiera podido llegar a pensar...es que yo también soy una esclava privilegiada, rodeada de lujos y caprichos. Yo soy la verdadera esclava de esta casa.

-¡Tu hija está loca! ¡¿Qué quieres que vivamos como pobres para aprender a valorar la vida?!

Caroline se levantó de la mesa, se paró en la entrada del comedor y se giró lentamente:

-Padre, "el pájaro necesita el miedo a caer para aprender a volar". Lo leí en mi libro de filosofía el otro día. Marina me lo leyó ya que yo no estaba dispuesta a ceder a los caprichos de nadie.

- ¿Pero qué dice esta niña? Todo esto es culpa tuya, Elisse. ¿Cómo se te ocurre haber contratado a esa estúpida institutriz? Maldigo a esa bastarda de Marina Oliván. ¡Le ha lavado la cabeza a la niña! ¡Vivir como pobres! ¿La estás oyendo? ¿De dónde saca esas estúpidas ideas?- Monsieur Boucher persiguió a su hija por toda la casa, hasta la escalera- ¡Caroline! ¡Caroline!

Caroline se paró educadamente en mitad de la escalera. Ya no sentía odio, ni rencor, ni desdén...solo los ojos empañados de lágrima. Su estómago tenía un vacío.

-Buenas noche, padre. Os agradezco la cena e intentaré no daros muchos dolores de cabeza.

Caroline volvió a su habitación y cerró la puerta con un suspiro. No se entendía a si misma. ¿Por qué este cambio tan radical? Sentía que se había conocido a sí misma después de todo lo que había pasado con Marina Oliván, pero a la misma vez...no entendía nada. ¿Por qué este cambio en ella? Era bueno, era malo...no sabía qué sentir. La experiencia había sido mala, pero le había hecho abrir los ojos. ¿Se lo podría reprochar a Marina?

Entrando en la habitación pisó uno de sus muñecos. Era la criada, que seguía en el suelo. Caroline la cogió y la miró. Estaba destrozada, casi rota y mullida. Era con la que menos quería jugar pero era la que más maltrataba. Miró la muñeca, parecía tener una sonrisa más auténtica que la del resto de juguetes, a pesar de todas las penurias que le había hecho pasar.

Caroline fue a su mesa, y estuvo un rato trabajando. Al final le cambió la ropa, le puso pantalones y le puso una capa. Había empezado a aprender a coser con Marina, pero no creía que pudieran acabar la lección. Tampoco le importaba.

Ya no era una criada. La muñeca, recién bautizada como aventurera y espadachina en lo alto de la casa de muñecas, en los tejados.

No sabía qué pensar de todo esto. Pero una cosa tenía clara, Marina había dejado una huella en esa casa. Pero sobre todo, había dejado huella en ella.

Y jamás se borraría.

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Febrero de 1670, barrio de Le Cage, Paix, Montaigne. Después de que Marina consiguiera encontrar la caja de música que le llevaría hasta uno de los talismanes para la Cámara Ambarina, y poder salvar a Karl, su tripulante en apuros.

martes, 31 de diciembre de 2013

Traición en la noche

La noche había caído y el grupo de aventureros había avanzado mucho su camino hacia Charouse, capital de Montaigne. Los caballos estaban fatigados y las posaderas de los jinetes estaban molestos. Habían decidido evitar los caminos principales, después de un encontronazo con la Guardia Relámpago del Empereur. Era importante evitarlos, no solo porque fuera la guardia de élite del Empereur, sino porque éste había descubierto a la justiciera e impredecible Marina Oliván en su reino. Y no era un secreto que el Rey Sol pondría todos sus medios para cazar a la guerrillera...sobre todo después de que él intentara forzarla físicamente para tener un hijo varón, ya que, por alguna razón, el espíritu de la castellana era de las pocos que se encontraba fuera de la maldición que pesaba sobre él: nunca podría obtener un hijo varón y, por lo tanto, un heredero. Un hecho que le consumía y que le hacía ser un despiadado hombre. Sabía demasiado sobre la oscura faceta del monarca y él debía silenciarla...si no podía poseerla, claro.

Por esta razón, el grupo había decidido acampar en el oscuro bosque camino a Charouse, lejos de la carretera imperial. Aunque helados y racionando la comida, habían evitado a los guardias, los curiosos y la posibilidad de levantar sospechas.

Alonso, un ingenioso y joven barón del reino de Castilla, había atado los corceles en los pelados árboles del bosque. El invierno traía un oscuro manto y los troncos oscuros avivaban los terrores de aquellos que los veían. Mirar al bosque en la oscuridad era como jugar a ver animales u objetos en las nubes...pero con un resultado macabro y aterrador. El joven aristócrata apartó la vista de los árboles y siguió a lo suyo. No se sabía muy bien qué pensar de toda esta aventura ni de la gente que les ayudaban a buscar el tesoro de la Cámara Ambarina. Aunque sabía que Marina no confiaba en Jacque-Louis, él no veía nada extraño, solo era un viejo que financiaba expediciones a tumbas syrneth, en busca de conocimientos y riqueza. Seguramente lo que estaba haciendo fuera algo ilegal o prohibido, pero no le parecía extraño más allá de eso. El que sí parecía extraño era Dayron... no porque Marina dijera que su forma de ser "cambiaba por las noches" , porque eso él no lo vio, sino porque sudaba la gota gorda cuando le hacían muchas preguntas. Sus respuestas a veces eran muy vagas o se contradecían, ¿pero qué debía ocultar él? Solo es un mediocre excavador de tumbas syrneth. Lo observó detenidamente mientras ataba las riendas de los caballos.

No era precisamente Dayron quien iba a traicionarlos en mitad de la noche.

Dayron se apoyaba junto a un árbol y le comentaba a Rata qué ramas buscar para hacer un discreto fuego. Un tipo ágil, joven, buena apariencia aunque le faltaba chispa para ser atractivo. Vestía siempre una chaqueta de cuero arañada por todas partes y lleno de bolsillos interiores típico de los exploradores. Obviamente, no se trataba de un miembro de la famosa Sociedad de Exploradores: no era muy maduro, tenía conocimientos syrneth pero no tan avanzados como los que suelen denotar los miembros de la Sociedad, apenas le había visto usar utensilios para analizar objetos, marcar rutas o medir distancias y no tenía muchos mapas... y los que tenía ni siquiera los había hecho él. Lo único que le veía encima, eran utensilios de excavación. Probablemente era un arqueólogo, pero desde luego era uno autodidacta y siempre haciendo encargos para los demás. Un mercenario en toda regla. Quizás fuera cierto y hubiera estado un tiempo encontrando artefactos poderosos para Villanova...lo cuál era una hoja de doble filo. Era bueno porque había trabajado para alguien importante y parecía haberle ido bien la cosa, y era malo porque Giovanni Villanova era una de las personalidades más infames y traicioneras de Théah.

Alonso se ofreció a ayudar a Rata, uno de los tripulantes más jóvenes del Finisterra, a buscar ramitas secas para hacer un fuego. Rata, pirata y acróbata, estaba desconcertado por la tierra firme, pero se sentía alegre de poder hacer otras cosas fuera del navío y enseñarle a Mordisquitos (su rata) otros lugares donde comer queso y otras bazofias. Se había ofrecido para esta aventura solo para poder pisar una tierra que no se tambaleara a sus pies, pero se arrepintió: Dayron ponía de los nervios a Mordisquitos y se revolvía constantemente, descontrolada o extrañada. Pensó en los rumores que corrían por la tripulación de Marina Oliván sobre los cambios extraños de personalidad que se producían en Dayron: el viejo lobo de mar Bartolomé decía que los extraños cambios de humores de Dayron se debían a la luna y los cambios de marea, Long y Kristen consideraban que era algo más del espíritu y el ánimo, Lúa y Rata simplemente apostaban que estaba mal de la cabeza de tanto tocar reliquias Syrneth ¡y los avaloneses incluso se aventuraban a decir que podría tratarse de un sidhe nocturno!  El contramaestre Gerard era el único que mantenía la cabeza sobre los hombros y no teorizaba nada, aunque escuchaba las fantasías de sus marineros. Simplemente sospechaba.

Alonso y Rata volvieron con las ramas. Marina y Dayron lo tenían casi todo listo. Faltaba el fuego.

Alonso se quedó un momento en el linde, junto a un árbol decrépito. Miró a Marina y vio que terminaba de montar el campamento. La observó durante un rato desde la oscuridad.

Marina no sabía lo que se le venía encima.

Alonso, Dayron, Rata y Marina cenaron unas pobres tortas duras y algo de vino. Hablaron de sus vidas y sobre todo de a qué tenían miedo cada uno. Risas, bromas, confesiones, alguna que otra historia...lo normal en un campamento nocturno entre compañeros.

Dayron y Rata se durmieron en seguida. Alonso comenzó a aburrirse. Marina y Alonso intercambiaron una mirada.

-Bueno...-comenzó él rompiendo el hielo-. Estamos...solos.

-Bueno, no estamos solos- respondió Marina lanzando una mirada a Rata y Dayron, antes de contener una carcajada-. ¿Y bien? Vamos a dormir, ¿no?

Alonso se estiró en el césped, bostezando.

-Sí. Supongo que sí. Pasado mañana estaremos en Charouse- dijo con un bostezo en los labios.

Marina entornó la mirada con enfado cansado, sin mucha ilusión.

-Qué bien...

-¡Que sí! Ya verás que es una gran aventura.

-Cada vez que vengo a Montaigne, quiero volverme.

-Lo cual es normal- respondió el barón mientras se distraía arrancando hierba.

-Y solo he venido dos veces. Esta es la tercera.

Alonso rodó como una croqueta y clavó un codo en la alfombra de hierba para apoyar la cabeza.

-Tranquila, solo nos busca la Guardia Relámpago- bromeó, para luego mascar su sueño abatido.

-Bueno...a vos no demasiado.

Alonso no supo si eso la consolaba o se estaba quejando.

-No, pero digo yo que empezarán a asociarme contigo. Soy una mala influencia-bostezó, pero cambió de idea y corrigió con indignación fingida-. ¿Pero qué digo? ¡Vos sois una mala influencia!

Marina sonrió y la luz de la hoguera se reflejó en sus ojos, decidida.

-Soy una mala influencia-confirmó divertida- Tendréis que despegaros de mí, aunque yo os salve la vida.

Alonso se abrigó y se acomodó el triste cojín, dispuesto a dormir. Miró una última vez a Marina.

-Ya veremos quién salva la vida a quien...Marina.

-¿Seguro?- le desafió la espadachina- Sé esgrima.

-Seguro.

Y ambos se quedaron dormidos. Y por eso Marina cayó en la trampa.

Puede que la peor que se haya enfrentado en vida.


Marina despertó demasiado pronto, estaba lejos de ver el amanecer. Abrió los ojos y la oscuridad de la noche seguía en su máximo esplendor. Entonces vio lo que la había despertado. Algo que le congeló la sangre.

Alguien le estaba apuntando con una pistola. Una figura le daba la espalda a la luna, por lo que Marina solo veía a una sombra amenazándola mientras seguía tumbada. El desconocido habló a la vez que le quitaba el percutor a la pistola.

-¿Y de que sirve la esgrima si tengo una pistola, Marina?

Su voz le resultaba familiar, demasiado familiar.

Era Alonso.

El que hasta hacía unos minutos estaba bromeando con ella, ahora le amenazaba de muerte fríamente. Su conocida voz sonaba cruel y socarrona. No era un juego.

Alonso la estaba amenazando, y era a vida o muerte.

Marina abrió los ojos como platos. Su voluntad había sido acuchillada por unos instantes por la sucia traición. Cuando su determinación reaccionó, fue en forma de puñetazo. El impacto del puño alcanzó el labio de Alonso, que retrocedió totalmente sorprendido por la valentía de la guerrillera. Los talones del barón se incrustaron en la tierra y recobró la compostura. Ahora apartados y ella levantada, volvió a apuntar a Marina mientras respiraba trabajosamente, con un hilillo de sangre recorriéndole la comisura del labio. Ella echó mano al interior de la capa de viaje y sacó el acero de su espada. Ambos se apuntaron al corazón en la oscuridad. Ella con el estoque y él con la pistola.

-No debéis hacer eso- le advirtió el barón sombríamente divertido, relamiendo la sangre de su labio.

-¿Vos y cuantos más?- le desafió ella, sin comprender qué estaba pasando.

Silencio en la oscuridad del bosque. Después de tantos años de amistad...desde niños. Desde que ella era una niña campesina que araba la tierra para el padre de Alonso, después de las mil y una aventuras que habían pasado juntos por tierra y mar, e incluso aire. ¿A qué venía esta traición ahora? Y de esta forma tan cruel...

Y sin embargo a Marina no le tembló el pulso. Pensaría que había una buena explicación para todo esto. Apretó con fuerza la empuñadura de la espada y él respondió apoyando suavemente el dedo en el gatillo. Alonsó se burló de su desafío.

-Dejémonos de pantomimas, Marina ¡Tú nunca me matarías!- rió burlón y confiado, mientras que Marina seguía confundida con el cruel giro del destino y él tendió la mano-. Ha sido muy complicado orquestar todo esto. Dadme la caja.

¿La caja de música? Ella arqueó una ceja y avanzó con la espada en ristre, temeraria.

-Soltad el arma- respondió mientras andaba hacia el cañón de la pistola.

Se acercó lo suficiente como para que la hoja amenazara al barón. A pesar de los pocos metros que los separaban, Alonso no lo esperaba y decidió que no debía disparar aún.  Entonces él, sorprendido, cogió su filo con la mano para detener el avance del acero Aldana. Un grave error. Cuando Marina notó la hoja apresada por las manos del noble, retrajo la hoja con ligereza, junto con grueso hilo de sangre.

El aullido de Alonso rasgó la tranquilidad nocturna del bosque y Marina retrocedió sin dejar de apuntarlo con el estoque castellano.

-¡¿Vos y cuantos más?!

-¿Te has preguntado dónde están Rata y Dayron?-preguntó él tras recuperarse del dolor del corte.

-¿Con quién venís?

-Oh, somos muchos. Bastantes. Los que están aquí conmigo no los puedes ver. Pero los que conoces son trece.

La sola mención de los Trece hizo que Marina bajara momentáneamente la guardia, pero clavaba los ojos en Alonso.

-¿Qué?- fue lo único que acertó a decir.

-¡Menuda sorpresa!-rió irónicamente Alonso tentado de aplaudir- Dame la caja.

-No.

-¡La caja, Marina!-exigió por última vez, esta vez más amenazante.

Nadie se movió.

-Estoy harto de esta pantomima. Ya tengo lo que quería. Que encontraras todo en el castillo de Stein. ¡Qué casual todo! ¿No crees? ¡Y la persona que te había guiado hasta los Trece! ¿sabes cuántos rivales me he quitado de encima gracias a ti? ¿Por qué crees que te ayudé tanto en eliminarlos? ¡Oh, sí!-exclamó sobreactuado y burlesco- ¡Verdugo me tiene apresado! ¡Socorro! ¡Ja, nunca existió un peligro real para mí, Marina! No eras más que una pieza para mi plan.

Marina lo miró extrañada, sin entender qué quería decir. Aquello no tenía ningún sentido. Por lo menos para ella...

-Eso es mentira.

-¿Mentira?- fingió sentirse ofendido y giró la vista hacia un árbol oscuro y alejado- ¡Sacadlo!

De entre las sombras del bosque salió una figura oscura, y delante de él estaba Rata, con los brazos en la espalda, claramente inmovilizado. Estaba intentando liberarse del anónimo y oscuro personaje, pero no podía. Alonso apuntó con celeridad a Rata y volvió la vista a Marina con un brillo violento.

-¿Qué es más rápido, mi pistola o vuestra espada?-retiró el percutor de la pistola.

-Vuestra pistola.

-Pues entonces dejad de tentar a la suerte. ¡La caja!

-Quiero ver al resto antes.

-¿Al resto?

-A Dayron.

-Oh, sí. Sacad a Dayron...

Otras figuras, desde otra parte del bosque, sacaron a la luz de la luna a Dayron, igual de inmovilizado e impotente que Rata. Marina quedó extrañada ante el hecho de que Dayron estuviera como rehén. Alonso la observó y creyó saber lo que pensaba: que Dayron estaba detrás de todo. Algo no encajaba. Marina pensaba que tenía que ser un extraño haciéndose pasar por Alonso

-¿No creéis realmente que yo soy el verdadero Alonso?- preguntó él adivinando sus pensamientos.

-No

-Ponedme a prueba.

Pero ante la duda de Marina el barón tomó la iniciativa.

-¿Para que se besa a alguien Marina?

Ella se preparó. Sabía por donde iba ese comentario.

-Decídmelo vos.

- Para poder cerrarle la boca- sonrió él apaciblemente sin dejar de apuntar a Rata.

Marina agachó la cabeza dolorida. Ese comentario lo dijo él en una conversación privada que tuvieron en las el castillo de Santiago. Solo el verdadero Alonso podía saber eso...pero no era suficiente.

-¿Quien es el caballero de la blanca luna?- volvió a la carga.

-Alonso

-Alonso Lara. Yo.

-Alonso Lara- reiteró ella como si no acabara de creérselo del todo.

-Atractivo, jovial, el ingenioso barón...

Marina ya se sabía esa retahíla pedante de Alonso, pero no iba a tragársela con una traición de por medio.

-Vuestra marca.

-¿Mi marca?

-¿Quién sois?

-El Concilio de los Trece ya casi está desaparecido. No tengo por qué enseñarte ninguna marca. Ya no tiene sentido.

-Pero vos formabais parte de ellos mucho antes. La marca.

-Oh, por aquél entonces solo era uno de los de abajo. Pero he ido ascendiendo...-decía como si evitara el encuentro.

-Todos tienen marca. Quiero verla.

Alonso suspiró y miró alrededor.

-Apuntadla.

Docenas de seguros de mosquetes chasqueaban entre las sombras, sin que se pudiera ver a ninguno de los sombríos tiradores de Alonso. Mientras sus lacayos le cubrían él le enseñaba su marca a fuego del NOM. A fuego mágico. La completa. Uno de los Trece.

Marina negó con la cabeza. Nunca le había visto esa marca y la habría visto en todo este tiempo.

-Supongo que te sorprenderá no haberla visto antes...porque puedo hacerla aparecer y desaparecer. ¿Crees que la marca del NOM se ve siempre?

Y como si de un prestidigitador se tratara, Alonso pasó la mano por encima y la quemadura mágica se borró, como si no hubiera estado nunca.

-Magia rudimentaria, Marina- explicó.

-Pero habéis ido ascendiendo. Al principio no podíais haber hecho eso.

Alonso no respondió, aparentemente agotado. No respondió.

-¿O sí podíais?

Inexplicablemente, la pregunta parecía incomodar al barón.

-Me estás casando ya. Eso no explica nada- empuñó la pistola y apuntó a Rata-. Tienes cinco segundos para darme la caja.

Marina apretó la empuñadura y observó la docena de sombras que la amenazaban alrededor.

-Somos muchos Marina. Podría compartir mi poder con Trece...pero es mejor ser uno. Y todo gracias a ti...aquí se acaba nuestro viaje juntos.

Marina se volvió derrotada, tiró el estoque y le enseñó la caja en la distancia. Cuando volvió le pidió una última cosa antes de entregarsela:

-Antes dejad el arma.

El chasqueó con la boca mientras negaba. Pero Marina se mantuvo.

-Vais a disparar.

-¿Creeríais que yo dispararía después de tener la caja? ¡Vamos, Marina! ¿Después de todo lo que yo he hecho por ti? ¡Ir hasta el Archipiélago de la Medianoche por ti! ¡En un mercante! ¡Solo para buscarte!

-¿Todo esto era por la caja?- preguntó ella mientras se acercaba con la reliquia Syrneth.

-No. Ni siquiera sabía a donde conducía todo esto. Pero he descubierto que todo el poder que gira en torno hacia esa reliquia es mucho más importante. ¿Verdad, Dayron?

Dayron no respondió, pero sus ojos reflejaban un odio contenido hacia el joven aristócrata.

-Dayron parece saber más de lo que dice, Marina. Aunque ya sabíamos que era raro- resumió misterioso mientras tendía la mano para que le alcanzaran la caja de música- . Tienes 3 segundos para darme la caja. Tres, dos, uno...

Ella le tendió la caja y él se lo agradeció cortésmente. Entonces, en el último segundo, antes de que él la cogiera, la retiró.

-¿Por qué haces esto?

Los ojos de Alonso se crisparon de ira.

-Has fallado, Marina.

Y entonces, contrariado, Alonso apuntó a Rata y se escuchó un disparo.

Pero no había sido él.

Alonso miró su pecho, con los ojos lacrimosos. Sentía arder un frío hierro en el interior de su pecho, mientras sus órganos se lamentaban. Un grave gorgoteo de sangre emanaba de su corazón, abierto por una esquirla de plomo.

Marina había sido más rápida.

Debajo de la capa la guerrillera escondía un pistolete y le había disparado una centésima de segundo antes de que él apretara el gatillo. Marina tenía los ojos cristalizados por las incipientes lágrimas y por el dolor de la traición. Y sin embargo, ella no había apuntado a su corazón, pero era justo donde se había clavado su bala.

A él. Justo a él. Justo a su corazón.

El brillo de ira abandonó a Alonso y se desplomó. La muchacha estaba al borde del llanto, pero aun así, corrió hacia él. A socorrerlo. Porque a pesar de haber sido traicionada por él, de la manera más pérfida y cruel...ella quería ayudarlo. Se lanzó a la alfombra de hierba y recostó el cuerpo de Alonso sobre su cuerpo, y le habló. Le habló como cuando él recibió una herida en el cuello en la batalla de Santiago. Le habló para mantenerlo con ella.

Pero esta vez él la calló, porque sabía que esta vez no iba a sobrevivir. Abrió su boca llena de sangre y, antes de morir, le preguntó con una voz serena:

-¿Soy Alonso?

Marina lo miró atónita. Sin comprender. ¿Qué clase de pregunta era esa? En ese momento la muerte intentaba romper el abrazo entre ellos, pero ella le aferraba fuerte. El calor de la pareja fundió la frialdad de la muerte...solo unos segundos más.

-¿S-soy Alon-alonso? res-responde...

Y entonces ella respondió:

-No.

Él no podía ser Alonso. No el verdadero.

-Yo nunca cambiaría.

"Ya lo sabes"

Y entonces, Alonso, guardó en su pecho su último respiro, aprisionando los últimos latidos de vida en su corazón, y se lo regaló a Marina en un último beso de despedida. Fue el gesto con el que decidió poner punto y final a su vida.Marina lo abrazó su cuerpo cada vez más blanco y frío como el mármol.

-¡No! ¡¿Qué significa esto?! ¡¿Qué significa esto?!

Y con un sentimiento de vértigo, Marina se despertó entre lágrimas. Todo el mundo estaba durmiendo, Dayron, Rata...Alonso. Estaba todo normal. Excepto...

Una niebla verde flotaba y salía de su boca, huyendo de sus labios. Un Terror Nocturno salía de Marina, aunque ella desconocía lo que era. Es uno de los peores monstruos que recorre toda Théah. Se interna en nuestros cuerpos, penetra en nuestros más odiosos miedos, invaden nuestros sueños para aterrorizarnos, para fortalecer nuestros miedos y hacerse más fuertes con ellos. Utilizan nuestros recuerdos, utilizan todo lo que más tememos y nos lo muestran para asustarnos. El perezoso y el cobarde intenta huir siempre, pero nunca despertará de ese sueño. El que se enfrente a sus propios miedos no temerá nunca a nada.

La única manera de combatir una pesadilla es enfrentándose a ella cara a cara aun sabiendo que te dolerá.
Marina lo hizo cuando disparó a Alonso, con todo su pesar.

La única manera de vencer a una pesadilla es negándola.
Marina lo hizo cuando negó que ese traidor fuera el verdadero Alonso.

Por mucho que la mente le dictara que Alonso la traicionaba, su corazón le gritaba con todas sus fuerzas que él no le haría nunca eso. Por real que fuera la pesadilla.

Y si de algo se caracterizaba la intrépida Marina Oliván, era que su espíritu se dejaba guiar por el corazón.

Si nunca se hubiera enfrentado a Alonso, Marina habría dormido hasta morir, intentando huir de esa pesadilla, la de la traición de un hombre que nunca la quiso y que hacía daño a los suyos. Y a pesar de eso, se enfrentó a él. No permitió que disparara a sus amigos, aunque se llamara Alonso Lara, aunque hubieran sido amigos de siempre, aunque lo llevara siempre en su corazón. Se enfrentó a su miedo, le plantó cara, hizo lo justo..., le disparó, le mató...aunque le doliera en toda su alma. Porque uno no vence a sus propias pesadillas sin sufrir dolor. 

Esa noche Marina se había enfrentado a un terrible miedo...y no se sentía victoriosa por ello. Pero seguro que se sentía feliz de que todo hubiera sido una pesadilla.

Nada más.

jueves, 26 de diciembre de 2013

Cuenta atrás

La casa estaba completamente a oscuras y apenas se podía ver bien a dos pasos de distancia. Hacía frío y la noche había caído hacía ya bastante rato, quizá debimos haber llegado antes, aunque creo que a nadie le importa. Todos están ya dormidos.
Se me hace extraño alojarme en casa de otra persona, más aún si es un desconocido. Su nombre es Jacques Louis du Paix, y, aunque no me queda claro a qué se dedica, sé que nos va a ayudar a conseguir la pieza que nos falta de ese medallón. Ese medallón que, de un modo u otro, nos permitirá llegar hasta el tesoro que buscamos en las Islas Thalusianas. Aunque realmente, él solo nos proporciona la información necesaria para llegar hasta dicha pieza, el resto del trabajo es todo nuestro y…aún sigo pensando cómo conseguirlo. Nuestro “jefe de expedición”, Dayron, no parece tener idea de cómo llegar hasta el objeto, y Alonso parece divertirse más bromeando sobre Dayron y el nuevo sobrenombre que él mismo le ha dado. No les culpo, a decir verdad yo tampoco tenía ni idea, hasta que se me ocurrió una estupidez: ¿cómo conseguir esa mitad del medallón si se encuentra en casa de una niña mimada, una irritante cantante de ópera y su marido? A pesar de que barajamos numerosas opciones, como secuestrar a la niña y pedir un rescate y algunas otras muy poco discretas, finalmente pensamos que yo podía ser una buena institutriz para la niña y que en la casa encontraría la pieza del medallón. Al principio, era un plan estupendo…pero cuando conoces al elemento, dan ganas de tirar por tierra toda la compostura. Es realmente insoportable.
Hoy ha sido mi primer día en la casa de la familia Boucher (quienes tienen el medallón) y he tenido que dar gracias a las clases de modales de Julius para este “pequeño trabajo”. No sé qué habría hecho si me hubieran pedido que enseñase a la hija de los Boucher algún tipo de materia. ¡Por el amor del cielo, no soy más que una campesina! No sé nada de matemáticas, ni idiomas, ni siquiera se me dan bien la música o la pintura… Y aunque intente hacerme pasar por una mera institutriz, mis manos callosas delatan mis raíces y el verdadero color de mi sangre. Hay cosas que no se pueden ocultar, y eso es algo que me acompañará siempre… 
Aun así, no me disgusta de donde vengo; de hecho, no lo cambiaría por nada. He aprendido muchas cosas que solo quienes son como yo comprenden. Ahora conozco sabor del esfuerzo y a qué huelen las recompensas por él. Conozco el tacto de la derrota y el sonido de la victoria, vista siempre con los ojos de la dura realidad. Dudo que alguna institutriz de Montaigne sepa lo que es eso, a menos…que se llame Marina Oliván o esté tan loca como yo.
En cualquier caso, el ajetreado día de hoy está llegando a su fin, y la casa del señor Jacques du Paix nos lo recuerda con sus velas apagadas y su silencio nocturno. Alonso y yo entramos con sigilo para no despertar a nadie y, después de buscar un poco, encontramos un candelabro que pudiera iluminar la estancia.
Todo estaba como esta mañana: desordenado y polvoriento. En este lugar las pelusas no juegan al escondite, ni sienten miedo de ser barridas en cualquier momento, simplemente se amotinan de manera confiada y despreocupada. Tampoco lo pasan mal las motas de polvo, que bailan sobre las páginas de los libros abiertos y escritos a medias, situados sobre el escritorio del señor du Paix. La dejadez de la amplia casa celebra una fiesta esta noche y dudo que sea la última. Me pregunto si el propietario del hogar es realmente un hombre tan ocupado  que solo tiene tiempo para él, o simplemente siente apatía por el orden y la limpieza. Además, tampoco se ha visto a criado alguno por aquí y, aunque la casa no sea una gran mansión, es lo bastante amplia como para que una sola persona se ocupe de ella. A esto se le suma el hecho de que al parecer, el señor du Paix ni siquiera pasa por aquí para comer; ya nos lo demostró su olvidada despensa a la hora del almuerzo.
 ¿Dónde pasará la mayoría del tiempo? ¿Es un hombre tan confiado que deja que permanezcamos en su morada mientras él sale a hacer sus tareas? ¿O simplemente, no tiene nada que esconder aquí? O lo que tiene que esconder, está a muy buen recaudo… Supongo que estoy delirando; la confianza que antes tenía en los demás se ha esfumado casi por completo, aunque después de todo lo que he pasado, no me extraña en absoluto. Quizá el señor du Paix no sea nada más que un hombre corriente. Eso sí, un hombre corriente interesado en el tesoro de las Islas Thalusianas.
De todos modos, la verdad es que en ese momento no estaba pensando en nada de eso. Alonso y yo subimos las escaleras que conducían al piso de arriba y mi mente permaneció completamente en blanco; no quería pensar. Finalmente, cuatro puertas se alzaron ante nosotros; un par de ellas abiertas y al fondo otras dos cerradas, donde estarían durmiendo Dayron y el señor du Paix. Aquí concluía nuestra noche.

- Pues  hala – dije rompiendo el silencio con mis suaves palabras y delicadeza habitual.


- Gracias, caballero, por escoltarme hasta la puerta de mi habitación – Alonso respondió con retintín. Yo no pude evitar reírme.


Él cogió uno de los cirios del candelabro que yo llevaba, ya que yo había adoptado el papel de hombre de nuestra extraña pareja.


- Buenas noches, señorita Oliván.


- Buenas noches… – “Barón Lara”, suspiraron mis pensamientos.


Entro en la habitación y, nada más poner un pie en ella, me topo con la cama. No tiene pinta de ser muy cómoda, pero seguro que he dormido en sitios peores. A su lado hay una mesita en la que dejo descansar el candelabro aún encendido, y ni siquiera me pregunto qué habrá dentro del armario, ni por qué hay un vaso de coñac encima del viejo escritorio. Ahora mismo, ni quiero, ni me interesa saberlo, mañana ya habrá tiempo de preocuparse por ese tipo de cosas. Hoy asaltan mi cabeza otra serie de complicaciones.

Retiro las cortinas que cubren la pequeña ventana y me apoyo sobre el marco de la misma. Desde donde estoy se puede ver una calle estrecha, empedrada e inclinada, formando una cuesta por la que pasa un riachuelo de agua sucia, acompañada de un montón de desechos acumulados. No es una calle demasiado transitada, sobre todo a estas horas, aunque se atreve a pasar por allí algún viajero, espadachín, o simplemente algún paisano que ya regresa a su hogar.
 Miro hacia el cielo y suspiro. La luna no está en su máximo esplendor, pero a mí me parece especialmente bonita esta noche. Bajo ella, Alonso y yo intentamos recuperar hacía tan solo unas horas ese tiempo que nos había sido arrebatado en varias ocasiones. Tiempo que nos pertenecía y que tarde o temprano volverá a escaparse de nuestras manos. ¿Qué digo? De “tarde o temprano”, nada. Incluso hay establecidos día y número para nosotros, y encima tendré que dar gracias a que no haya también una hora prefijada. Hay que joderse... 
Esta locura acaba pasados noventa amaneceres, el día 19 de mayo.
Es gracioso, porque cuando pasen esos noventa días se cumplirán dos años de aquello. Recuerdo que me dijisteis que, quizá no casados y con tres hijos como habíais previsto en un principio, pero sí que para entonces ya os habríais hecho con mi corazón. Si tan seguro estabais, ¿por qué no tuvisteis en cuenta que siempre le dais la vuelta al mundo, dejándolo bocabajo? El mío se tuerce constantemente por vuestra culpa, y ahora tengo un problema:

Dudo que mi locura muera.


Antes mis sentimientos eran un ovillo enmarañado y confuso, pero  poco a poco se van deshaciendo los nudos. Debo decir que era más sencillo cuando todo era un gran enredo; solo tenía que dejarlo pasar y hacer como si nada ocurriese. Aparentarlo será más difícil.


De repente, me encuentro resoplándole a la luna, aunque esto no sea culpa suya: “Es complicado”, dijisteis. ¿No me digáis? ¿Lo habéis descubierto vos solo, Alonso? Dios, hablo como si él me estuviera escuchando. Me estoy volviendo loca…Mejor dicho: me está volviendo loca. Ni siquiera sé a qué se refería con eso, ¡nunca sé de qué está hablando exactamente! Me desespera, pero quizá sea mejor así. 

Siempre que intento entenderlo termino desistiendo, pero eso es porque me da miedo. Quiero comprender qué es lo complicado para él, pero a la vez…me gustaría poder mirarlo solo de reojo. Y todo porque tengo miedo de que él sienta lo mismo que yo, sea lo que sea, claro. Aún no sé ponerle nombre, pero sé que no sería bueno que él lo correspondiese. No en la sociedad que se ve desde mi ventana.

Echo un nuevo vistazo alrededor y definitivamente, no hay más que ver. Nadie va a responder a todas las preguntas que tengo, porque ni siquiera sé si quiero formularlas. ¿No podría limitarme a conseguir el medallón, regresar a Castilla y arar la tierra como una buena campesina? No, Marina Oliván tenía que ser diferente, ¿verdad? Marina Oliván no puede estarse quieta y dejar de meterse en más problemas de los que ya tiene. Y todo porque Marina Oliván es un caso perdido, con una causa perdida.

Esta noche he querido hacer a la luna mi confidente, pero a pesar de que lleva un rato mirándome expectante, no encuentro las palabras adecuadas para expresarme. Dimito. No sirvo para esto.
 Me limito a cerrar las cortinas y me siento en la estropeada cama. Se acabaron los secretos a medias que ni siquiera yo comprendo. Tendré que tragármelos, como sea.
Encorvada, y con los codos apoyados sobre mis piernas, hundo la cara entre mis manos. Las durezas saludan a mis mejillas cuando escucho una voz en mi cabeza: “¿Y si lo vuestro fuera posible, tendrías las mismas dudas, Marina?” Entonces alzo la vista con rapidez, sorprendida por el eco de esas palabras: lo que faltaba, la vocecita de Cintia indagando en la herida. Recuerdo que me hizo esa pregunta cuando la despedí en Santiago, antes de emprender el viaje en el que me hallo. La llevaba oculta en mi memoria desde entonces, y ha aparecido justo en el momento más oportuno. ¿Tenía que ser ahora?
“Marina, no te desvíes y contesta, o vas a saber lo que es la calvicie”, me dice Cintia desde Dios sabe dónde. No quiero que me tire del pelo, pero es que no lo tengo claro, maldita sea. Quise enterrar esa pregunta para siempre, para evitar responder. ¿De qué serviría? Es evidente que nunca será posible. Mis manos están tostadas por el sol, son rasposas y el sufrimiento las ha endurecido. Las suyas, sin embargo, conocen el calor solar, pero no han sido abrasadas por él. Son suaves, cálidas y me transmiten seguridad. Nunca serán iguales a las mías…Y tampoco quiero que lo sean. Eso significaría que tendría que perder todo lo que tiene.
Dejo mi cuerpo caer hacia atrás sobre la cama, rendido. El lecho se queja de forma chirriante.

“Perderlo todo…”


Eso mismo hizo Juliette, la mujer a la que Francesco ama. Ella escapó de su casa y de sus obligaciones siendo una dama muy importante en Vodacce. No entiendo el motivo de su huída, y no sabría decir si su acto fue valiente o temerario. ¿Se lo habrá compensado la vida? ¿Qué es lo que lleva a una persona a dar ese paso tan grande? Ella ya nunca volverá a ser lo que era, ni podrá volver a ver a quienes la esperen en su tierra. Debe ser horrible, aunque también es posible que no quiera volver allí nunca más. Quizá lo que ella quería, precisamente, era escapar de ser quien era. Supongo que es una situación diferente.

Francesco, nuestro cocinero por excelencia, me habla mucho de Juliette, aunque realmente no sé nada de ella. Lo peor es que creo que él tampoco la conoce demasiado. Francesco dice que la ama y que incluso la ve en las patatas que pela todos los días. Esta idea me hace gracia; me explicó que se refiere a que la ve en todas partes y que no puede dejar de pensar en ella. A mí me pareció curioso, no era la típica cursilada que se le decía a una mujer para conquistarla, aunque creo que a Juliette no le haría gracia escuchar que a veces tiene cara de patata, por así decirlo.
De todas formas, aunque las maneras sean distintas, el significado es el mismo. Así que… ¿amar a alguien es pensarlo todo el tiempo, verlo en todas partes?
Jeanette, ahora marquesa consorte de Santiago, me lo explicó hace tiempo. Nos hicimos amigas hace mucho, y surgió el tema en una de nuestras “noches de chicas”. Jeanette es la persona más afortunada del mundo; puede que por su vida hayan pasado grandes dificultades,
pero lo que tiene ahora…eso sí que no tiene nombre. Por fin ha encontrado la vida que quería, y también la comparte con la persona a la que ama. En cambio, ante mí se abre una gran encrucijada que tendré que superar yo sola.
Jeanette me dijo que el amor es aquello que nos hace cometer locuras y estupideces, sin importar las consecuencias. Incluso me puso el ejemplo de salir por las calles de la ciudad, simplemente por si te cruzas con esa persona, como si fuese por casualidad.
Ahora me paro a pensarlo y llego a una conclusión: yo por Alonso no haría eso. ¿Ir paseando hasta encontrarme con él por…una fingida casualidad? ¿Y después qué? Es como si le estuviese oyendo: “Vaya, Marina, sabía que me echabais de menos, pero no esperaba que no pudieseis esperar a verme. Me sorprende ser tan importante para vos, lo tomaré como un cumplido”.
Menuda tontería. No creo que pudiera vagar durante horas por una ciudad solo para ver a ese idiota. Sin embargo, sé que por él pisaría el mismísimo fin del mundo, aun sabiendo que no pudiese regresar de allí.

Las velas que iluminan tenuemente la habitación están ya perdiendo su forma poco a pocoSe derriten como el hielo en primavera. Las apago con un soplo y dejo escapar el humo que desprenden.


“Si eso cuenta como amor, estoy claramente en un gran lío”.


Vuelvo a tumbarme en la cama y me giro de costado, encogiendo las piernas para adoptar una posición casi fetal. 

Creo que, más allá de lo que sienta o lo que no…todo se limita a que prefiero no saberlo. Como él ya me advirtió: “Va a ser mejor para nuestra vida diaria”.

“Va a ser mejor, va a ser mejor…” Bah, callaos ya. Decirlo es muy fácil.


Hay cosas que no se pueden ocultar, que me acompañarán siempre… y yo nunca dejaré de ser un maldito laurel blanco.


Me giro de nuevo, es imposible dormir aquí. Cierro los ojos, pero nada. ¡Dios, bastante me escuece ya la vida como para que también lo haga mi almohada! 

Me levanto enfadada, hoy todo el mundo se ha vuelto en mi contra: la cama, la luna y también las legañas que no tengo. Me voy al suelo, ¡hoy no podréis conmigo, que lo sepáis! Con un cojín y una manta bastará.
Finalmente me tumbo sobre la frialdad y la dureza de la superficie de mi habitación provisional. Esta estúpida montaña de confusiones que se despejan ha llegado porque ahora sí, siento que todo acaba.
Todo acaba y solo sé dos cosas:

Quedan noventa días para regresar a Castilla…


… Noventa días para embalsamar el corazón y dejar morir el resto.


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Pensamientos de Marina Oliván en casa de Jacque Louis du Paix. 19 de febrero de 1670. Barrio burgués de Le Cage, Paix,  Montaigne.

Escrito por Sara/Aleera, mi jugadora de 7º Mar ^^

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