No puedo parar de pensar en ello. Creo que me voy a volver loco, de verdad. Si no lo he hecho ya es porque mi mente es capaz de cualquier cosa. ¡No es vanidad! ¡Es verdad! Cualquiera hubiera desistido en el debate, pero ha pasado un día desde que salimos de Ciudad Vaticana y mi mente aún es capaz de dar vueltas como un molino. El problema traía también las oportunidades y eso lo cambiaba todo.
Poder cambiar el pasado.
Quizás era posible. Después de todo he visto y escuchado cosas increíbles desde que fui con esta lunática. Si algo me dice la experiencia es que si ocurre alrededor de Marina es que es posible.
Pero esto ya es pasarse de la línea.
¿Cambiar el pasado?
No, mejor aún. Reescribir el pasado.
No sé qué hacer. Creo que me han malacostumbrado a dejarme encerrado en mi habitación.
Allí las únicas decisiones a tomar era qué voy a comer, en qué postura voy a dormir, juego con las blancas o con las negras. Mi mente no puede ser encerrada pero como se alimente de cotidianidad se morirá. Creo que debo empezar a entrenar mi ingenio o creo que empezaré a sentirme inútil.
Bueno, quizás exagero.
Pero una cosa es cierta. Lo que menos necesito ahora son vacaciones. Mi mente necesita activarse. ¡Pero tampoco quiero este reto!
Mi mente se rige por la deducción y la lógica...¿Pero esto? Por dios...qué locura. Un poder que puede cambiar las posibilidades del futuro. Libros que pueden dar el poder de reescribir el pasado. Acontecimientos alternativos. Heridas en el destino. Grietas en el recuerdo colectivo... Mi mente está fuera de juego en todo esto.
Pero...libros que pueden dar el poder de reescribir.
No, no, no y no.
No lo volverás a hacer.
Por ella.
Miro la fogata en busca de una idea que me diga cuál es el camino. Veo a Marina a lo lejos buscando leña seca para alimentar la fogata. Dentro de una jornada llegaremos a la Reina del Mar para buscar a Leandro. A ver si arroja luz a todo esto.
Ella se interna en el bosque y me quedo solo con los caballos. El destino de repente me pincha el trasero con su alfiler, así que hago rápidamente la maleta, tampoco hay mucho que llevar encima. Ventisca me mira fijamente. Creo en la posibilidad de que sea un caballo inteligente...pero no creo que hable ni que piense como una persona. ¿Sería capaz de delatarme?
-¿Quieres dejarme en paz?
Ventisca bufa y agita las orejas. Casi siento que me ha respondido. Pero todo es una locura, solo quiere agua. No puedo perder el tiempo. Ella estará a punto de volver.
Al fin, huyo del campamento.
Busco alguna carretera secundaria en busca de una caravana. Sin darme cuenta el corazón ha dejado de darme fuerzas a las piernas y me detiene. Soy un capullo. Debería escribirle una nota. Por lo menos esta vez. Qué menos...ella hizo lo mismo cuando desapareció. Pero entonces me perseguirá...
Bueno, soy más listo que ella. No me encontrará allá donde voy.
Vuelvo rápidamente al campamento y le escribo una breve nota. El papel se mancha un poco, me da mucha rabia porque me gusta hacer las cosas bien, pero no hay tiempo para una mejor presentación. Le dejo la nota sobre la lona donde dormirá. A lo mejor ni la ve, de lo poco perceptiva que es, pero confío. No me queda otra.
Consigo marcharme tranquilo. Relativamente tranquilo.
Voy acelerando el paso. Probablemente tarde media jornada en encontrar una posada de posta, pero salir con el caballo hubiera alertado a Marina. No será muy perceptiva, pero hasta un sordo se daría cuenta de un caballo trotando por el bosque.
Doy unos diez pasos buscando encontrar paralelamente un riachuelo que desemboca en el río Delia, eso me guiará hacia el este hasta encontrar una carretera.
¡¿Pero qué demo...?!
La casaca se engancha a algo. No puedo moverme. Me giro para desengancharme y veo a Ventisca destrozando el vuelo de mi casaca con sus dentones y bufando aire por los enormes hoyuelos de su narizota. Parece furioso.
-¿Qué? Suéltame Ventisca. ¡Suéltame! Maldito caballo...No...vas a destrozarme el vuelo de la levita. ¡No! ¡No! ¡Caballo malo! ¿Qué?...ah, ¿quieres agua? Sí, debe ser eso. Te llevo al arrollo, no te preocupes. ¿No me sueltas? ¡Ven, ven, te doy agua!
Silencio.
Ventisca me da un tirón y me mira fijamente. Me cuesta un poco, pero de repente me doy cuenta de que el caballo intenta advertirme de algo. Sin duda es una advertencia. O una amenaza, no sé.
Escucho a Marina preguntar por mí y por Ventisca. Ha vuelto al campamento y, aunque no estoy lejos, estamos fuera de su mirada. Deja la leña seca al lado de la fogata casi extinta del campamento. Me quedo quieto, intentado no hacer ruido y no moverme. Quizás así Ventisca no me delate. La escucho un poco nerviosa, quizás angustiada por lo que pudiera pasar. Siento el impulso de quitarle el miedo, pero sigo quieto. Por eso era primordial irse cuando ella no estuviera presente. Porque si lo estuviera...no podría hacerlo. No otra vez. Quizás es lo que pretendía Ventisca.
Quizás...quizás todo era una señal. Un aviso de que era un error lo que pretendía hacer.
-Puede...puede que esté equivocado en esto. Por una vez.
Ventisca bufó y escupió el faldón de la levita ya babeante y lo liberó de su presa. El caballo alzó las orejas y las agitaba excitado. Parecía contento, incluso sarcástico.
-Ni se te ocurra decirle eso a Marina. Ya tengo bastante conque me recuerde la jugarreta del cortejo.
Ventisca relincha aunque no demasiado fuerte. Parece que tiene algo entre los dientes, espero que no sea parte de mi levita. No lo entiendo, pero creo que me está tomando el pelo de alguna manera. Creo que este caballo sabe algo que yo no.
Aunque eso es una tontería.
Bajo al claro. Marina me pregunta lógicamente que dónde me había metido, así que me invento un rollo de que estuve explorando el terreno por si hubiera alguna lagartija de esas acólitos del Escritor. Busco con la mirada la nota que dejé en la cama improvisada de Marina. Ventisca se va a un lado y saca de su bocaza los restos de un babeante papel. Entonces entiendo que Ventisca quitó la carta de en medio antes de detenerme.
Marina y yo determinamos los turnos de guardia como de costumbre. Me apetece dormir junto a ella pero me hago el listo diciéndole que deberíamos hacer guardia. Me ofrezco ser el primero. Sé que es más fácil ser el primero y sé que ella lo va a aceptar porque se empeña en cargar con las peores cargas. Necesito pensar.
Marina se quita la camisola de espadachina y se va a dormir. Ventisca me mira duramente antes de echarse junto a ella. Vaya par de dos...menuda pareja.
Debería estar haciendo guardia, pero no puedo. Observo su espalda surcada de cicatrices...escrita de experiencias a fuego y acero. Solo unas vendas cubren su torso, pero no ocultan el lienzo de sufrimiento. Pienso en lo que hubiera pasado si me hubiera llegado a ir y en sus consecuencias.
Al final llego a una conclusión. Hubiera hecho mal si me hubiera ido.
Esa era Marina.
Esa es la Marina de la que me he enamorado. Con sus virtudes, sus orgullos, sus imperfecciones y sus talentos. Una personalidad forjada en el fuego de la batalla, en la voluntad de protegerlos a todos y absorber el daño por todo. Los problemas y las situaciones desastrosas hacían que las personas sacaran lo peor de sí mismas. Pero a veces, pocas, pero a veces, salía lo mejor de uno mismo. Las oscuridades y batallas a las que se enfrentaba ella cada día había sacado lo mejor de ella misma, pero había castigado su exterior y debía lidiar con las cicatrices internas toda su vida.
Después de todo, Marina era la suma de todas las decisiones y experiencias que había acometido en su vida por voluntad propia.
Si hubiera conseguido lo que me proponía...quizás a la larga hubiera conseguido borrar una decisión de su vida. Una decisión que la ha definido a ella como heroína hasta las últimas consecuencias. Cambiar un recuerdo por duro que fuera quizás sería cambiar a la mujer que tengo en frente a mí.
Cambiar algo sería cambiarla a ella.
Pero siento que debo borrar al Emperador de su memoria.
Lo pienso y tengo miedo de mí mismo. Simulo que todo esta bien pero pienso en cómo debió sentirse y me derrumbo. No intentaré reescribir nada del pasado, Marina. Por duro que haya sido. Es una locura iniciar ese viaje. No tengo ningún derecho en intentar eliminar a alguien de tu historia, por oscuro que sea. No puedo jurar que perdonaré a ese hombre y tu temeridad...
Pero sí os juro que borraré ese mal recuerdo con mis besos.
Las aventuras de Marina Oliván. Espadachina. Pirata. Temeraria. Indomable. Libre.
sábado, 20 de junio de 2015
viernes, 10 de abril de 2015
Laberinto de traiciones
La callejuela estaba desierta. Los pocos habitantes gatunos que habitaban los deshechos salieron despavoridos en cuanto un pesado cuerpo cayó al suelo de forma dolorida. Eustache besó el suelo y acto seguido vomitó un poco de sangre. Viendo que la vista le fallaba, el guardia estiró un brazo intentando encontrar un adoquín o una piedra con la que defenderse.
Pero lo único que encontró fue la bota de su agresor.
-Vicciano...por favor- susurró Eustache mientras arañaba la bota de cuero del vodaccio.
Vicciano, bajito de estatura pero ancho de hombros, sonrió haciendo bailar el bigote rubio que le caracterizaba.
-Lo siento, Eustache, no tenías que haber hecho enfadar a su Santidad.
-No...no...
La bota de Vicciano se deshizo de la pobre presa de Eustache y le pisó la cabeza contra el asfalto. Teniendo su cerebro entre el duro suelo y la fría bota, Eustache solo podía gimotear. Vicciano visualizaba cómo iba a romperle el cuello y disfrutó del momento recreándolo en su imaginación...antes de dar rienda suelta a su deseo de cumplir la voluntad del Hierofante. Quería hacerlo sin pausa pero sin prisa, deleitándose en los pequeños detalles pero bien. Después de todo Cornelia, su joven maestra observaba al otro lado, recogiendo su cabellera rubia mientras observaba cómo Vicciano ejecutaba el interrogatorio.
Justo cuando iba a hacerlo, una voz tranquila y profunda entró en escena. Un hombre encapuchado con una larga capa de viaje entró en escena y negó con la cabeza al ver tanta sangre derramada.
-Os dije que le hicierais escupir la información, no toda la sangre.
Vicciano y Cornelia se inclinaron ante la figura, pero sin mayor reverencia. Vicciano no dejó de pisar la cabeza del pobre Eustache y éste se limitaba a agitar los brazos para que alguien lo socorriera.
-Tienes suerte, Eustache- le escupió Vicciano al torturado-. Es posible que aún puedas salvar la vida si das la información.
-No...no...¡me mataréis!- jadeó Eustache sintiendo los últimos estertores de sus pulmones- Ninguno de vosotros me da garantías...
-¿Ni siquiera su Santidad?- dijo la figura encapuchada.
Entonces Eustache reconoció la voz del Papa Alexandros III.
-¡Theus! ¡Imposible!
Alexandros (o su nombre anterior, Christiano Ulberti), se arrodilló y apartó delicadamente la bota de Vicciano. Con una mano le mesó el pelo y con la otra le apartaba tiernamente las costras de sangre de los ojos.
-Ya pasó Eustache...ya pasó- consoló el Papa al torturado.
-Su Santidad...yo...-sollozó Eustache.
-Shh...¿cómo puede un hombre de la guardia vaticana como tú sufrir estas penurias?
-Santidad...yo...lo siento.
-Sabemos que has tenido que ver con todo lo ocurrido. Sin tu ayuda no estaríamos en la situación que estamos. Mi gente ha golpeado a muchos como tú hasta dar contigo y encima descubren que estabas planeando tu fuga de Ciudad Vaticana. Como comprenderás, no voy a irme tan fácilmente ¿Qué hiciste, Eustache? ¿Cuál ha sido tu papel en todo este plan?
-No...Santidad...ellos...-miró a Vicciano y a Cornelia-...me matarán.
-A mí puedes contármelo.
-No puedo asumir las consecuencias, santidad. Por Theus que mi pecado es demasiado grande.
-Soy el Papa, Eustache. Puedes contarlo.
Eustache tembló y se relajó. El Papa no le haría daño. Así que, tomando aire entre sus dientes rotos confesó con un hilo de voz:
-Les abrí la entrada al general Dupont y a sus hombres y los conduje hasta el piso superior. Yo mismo fui quien los escoltó hasta la puerta del concilio de paz. ¡Sí, fui yo! Dijeron que sus intenciones era anunciar que estaban en contra de los pactos que se iban a hablar allí...que era algo importante.
-Tú, siendo de mi guardia, sabías precisamente que estaba prohibido que subiera gente no autorizada al concilio. ¿Cuánto te pagaron?
-Santidad, no me pagaron...
Vicciano se acercó y le clavó el talón de su bota en la boca de su estómago.
-Cachéalo- le ordenó el Papa a Vicciano.
En un segundo habían encontrado unos 200 soles en su equipaje.
-Te pagaron, y además en la moneda de Montaigne. Y además ibas a huir y desertar después de traicionar a tu guardia y a tu señor el Papa. Y ahora...me has vuelto a mentir.
-Sí...sí...lo hice...lo siento. Pero, Santidad...yo...no sabía que sería para tanto ¡Me dijeron que el general Dupont solo proclamaría su disconformidad en el concilio y se irían! Cuando escuché la que habían formado, decidí huir...yo pensé que se pasaría rápido, que solo anunciarían sus ideas y ya está...
-Eustache...eso es lo que han hecho. Pero han amenazado a uno de los reyes y ahora has provocado una guerra. Y podía haber sido peor ¿os imaginais que llegan a querer asesinarnos a todos? Una guerra tampoco es algo tan difeerente. Y de todas las guerras estúpidas, esta es la más inútil.
-Pero vos...vos le dejasteis entrar.
-¿Y qué iba a hacer, si vosotros mis guardias les dejáis llegar hasta las puertas del concilio? ¿Crees que puedo dejar a alguien sin voz delante de todos? Debo ser un ejemplo de humildad y fraternidad en un concilio de paz, pero tú no has cumplido con tus obligaciones ¿Quién te pagó para que los dejaras subir? ¿Fue Florian Rousseau du Toille?
-Sí...Santidad.
-Dijiste a los otros guardias que habías escuchado que los montaignenses iban camino al castillo del Morro para llegar a la Castilla ocupada ¿Era verdad o te habían pagado también para cubrir su huida?
-Me pagaron...en realidad van a la Venta de los montes de la Pasiega. Saben que muchos intentarán matarlos antes de que vuelvan a casa. El general Dupont es consciente de que intentarán eliminarlo después de su declaración de guerra e independencia. Siento la traición...mi Hierofante...pero no pensaba que fuera tan...tan...
-Está bien.
Su Santidad le hizo una sangrienta cruz en la frente a Eustache.
-Ego te absolvo a peccatis tuis in nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti.
Eustache empezó a convulsionar de miedo al oír esas palabras. Vicciano se acercó lentamente con sus pesadas botas y empuñando una cruel sonrisa.
-¿Qué? ¡¿Qué vais a hacerme?! ¡No! ¡No! ¡Vos dijisteis...vos dijisteis...!
-Os dije que era el Papa...no un santo.
Vicciano lo estranguló y Eustache sacudió sus piernas en su último suspiro. Su Santidad volvió a echarse la capucha y observó el cuerpo de su ex-guardia.
-Amén.
___________________________________________________________________
Su Santidad subió al carruaje papal y allí se encontró a la contessa Paola Ulberti, una Bruja del Destino que algunos habían visto rondar en la intimidad del Vaticano al Hierofante. Sin embargo, pocos sabían que era su hermanastra.
-Deduzco que tu trampa a Marina Oliván para reiniciar la guerra entre Castilla y Montaigne ha fracasado.
Christiano no la esperaba, pero se acostumbraba a que lo abordara en los momentos más extraños y privados.
-Hola Paola, yo también me alegro de verte. Pues sí, lo lamento. Necesitaremos algo mejor contra Marina. Villanova estará furiosísimo.
-Sí, pero creo que podremos liberarnos de su ira. Christiano, acabo de enterarme de lo del asunto del nuevo reino du Lyon.
-Tranquila, ya me estoy encargando. Sé dónde se encuentra el General Dupont. Acabo de reunir al colegio cardenalicio para ver si podemos atraparlo o...asesinarlo. Por supuesto no constará en ningún acta, pero ten por segura que este asunto de la Guerra Civil de Montaigne se acabará hoy...
-No. Precisamente vengo a hablarte de eso. Como se ha frustrado su plan de volver a reiniciar la Guerra entre Castilla y Montagine, creo que a Villanova le interesaría mucho más el nuevo conflicto. Este Reino de Lyon podría darle...grandes beneficios. Los beneficios que ya no le van a dar la paz entre Castilla y Montaigne.
-¿Hablas en serio?
-Villanova mercadea con tres cosas, querido: desesperación, pobreza y odio.
-¿Has venido solo para eso?
-Creo que es importante, tenemos que servir a nuestro Príncipe lo mejor que podamos.
Christiano hincó las rodillas en el suelo del carruaje y se arrodilló ante el vestido de viuda negra de la joven vodaccia. Tomó su cintura delicadamente e intentó observar sus ojos a través del velo negro de encaje que lucía la joven bruja.
-¿Nunca has sentido la llamada de servir a alguien que no sea a nuestro Príncipe?
Ella le observó desde las alturas. Sus labios carnosos se torcían y sus comisuras temblaban.
-¿Alguien que no sea nuestro Príncipe? No hay nadie más poderoso que Villanova ¿Servir a alguien como quién?
-No lo sé, es cuestión de pensarlo- le comenzó a besar el vientre mientras sus manos arañaban dulcemente los guantes negros de encaje de la bruja. Sus labios treparon hasta morder los lazos de su corset y descansó su cabeza en su pecho.
-¿Acaso me estás sugiriendo que traicione a Villanova?
Christiano besó el blanco cuello de la joven cortesana, sintiendo que su apretado pecho se agitaba. Christiano trepó hasta su rostro y le subió educadamente el velo negro por encima de sus labios, para besárselos con tierna lujuria. Paola cerró los ojos para disfrutar todas las sensaciones de ese momento.
-No. Te sugiero que seáis leal a vos misma- le susurró al oído Christiano.
El carruaje se detuvo y para cuando Paola abrió los ojos, el Papa estaba fuera del carruaje manteniendo la puerta abierta.
-Después de todo, siempre será mejor que perseguir gatos por las calles. Pensadlo.
El carruaje comenzó a avanzar. La contessa Paola Ulberti se quedó fría con una mortaja blanca por piel, sin saber muy bien como hilar la situación.
_______________________________________________________________________________
Christiano Ulberti llegó a la reunión de emergencia del Colegio Cardenalicio tarde. Cosa que le reprocharon todos. Todos los viejos se encontraban sentados, gritando y maldiciendo al General Dupont y sus malditos caprichos de independencia.
-¿Saben ya sus agentes donde se encuentra el General Dupont?
Su Santidad se sentó en su privilegiado sitio:
-Se encuentra camino a la fortaleza del Morro.
-Tal y como decían los espías. No deberíamos desperdiciar esta oportunidad. Deberíamos asesinarlo cuanto antes.
-¡Sí! ¡Sí! ¡Por el bien del Vaticano!- gritaban los vejestorios
-Ya me he encargado de todo, eminencias- mintió el Papa-. No deben preocuparse por él.
Pero los cardenales gritaban airados entre ellos después del insulto del Concilio de Paz de Ciudad Vaticana. De pronto la sala se convirtió en una orgía de incomunicación. Se organizaban planes, estrategias, políticas de bloqueo, se hacían grupúsculos...de pronto la sala cardenalicia era una colmena.
-Si consigue sobrevivir tenemos que estar preparados para esta crisis.
-Castilla debe ser liberada de la opresión hechicera.
-Montaigne estaba a punto de ser purificada y ahora vienen más guerras.
-¿Qué vamos a hacer?
-¡Esperar, poco más!
-Somos hombres de dios, ¡no militares! Deberíamos tenderles nuestras manos para que vuelvan al redil.
-¡Esta vez las palabras no solucionarán esta crisis!
-Quizás podríamos esperar a noticias...
De pronto se abrió la puerta y entró Domingo Villaverde, un maduro inquisidor cazador de brujas. Se descubrió ante los cardenales y esperó en la sala mirando al Papa. Su Santidad salió y se reunieron en una habitación privada.
-Para usted, Hierofante.
Y tal y como entró, Domingo se fue. El Papa sabía que era mejor no hacer esperar a Domingo, siempre valía la pena dejar lo que estuviera haciendo para ver las nuevas que traía. Observó la caja. Tenía un frasco dentro que reconoció como un perfume del Imperio de la Media Luna. Dentro de ella había una nota. Su expresión se fragmentaba en una confusión cada vez más acuciante.
La nota rezaba:
"Hay lugares que tienen un aroma especial, casi familiar incluso.
A mí este me recordó a vos.
Espero no os moleste esta pequeña entrega y lamento si es así.
Gracias por todo y a pesar de todo. Saldremos de esta, ya veréis
Marina Oliván
PD: Destruid esta nota, será mejor. "
Sonrió y tomó tiernamente la caja y el frasco. Acarició la nota y su caligrafía, como si al tocar las líneas ondulada de sus letra pudiera rozar las curvas del cuerpo de la espadachina castellana.
Él había intentado traicionarla, y a ella solo se le ocurría enviarle un magnífico regalo y a darle esperanzas. Ya no tenía ninguna duda de que aquella mujer era un ángel.
Sin embargo, aún seguía siendo leal a su señor, y su señor la quería inutilizada. Quemó la nota y disfrutó el aroma del perfume oriental deseandole lo mejor a Marina Oliván.
Era una lástima, él no quería tener que traicionar a su gran amiga...pero jamás sería capaz de traicionar a la mano de hierro que le daba de comer porque la familia lo era todo para él.
Pero así era el Gran Juego, un laberinto de traiciones.
Pero lo único que encontró fue la bota de su agresor.
-Vicciano...por favor- susurró Eustache mientras arañaba la bota de cuero del vodaccio.
Vicciano, bajito de estatura pero ancho de hombros, sonrió haciendo bailar el bigote rubio que le caracterizaba.
-Lo siento, Eustache, no tenías que haber hecho enfadar a su Santidad.
-No...no...
La bota de Vicciano se deshizo de la pobre presa de Eustache y le pisó la cabeza contra el asfalto. Teniendo su cerebro entre el duro suelo y la fría bota, Eustache solo podía gimotear. Vicciano visualizaba cómo iba a romperle el cuello y disfrutó del momento recreándolo en su imaginación...antes de dar rienda suelta a su deseo de cumplir la voluntad del Hierofante. Quería hacerlo sin pausa pero sin prisa, deleitándose en los pequeños detalles pero bien. Después de todo Cornelia, su joven maestra observaba al otro lado, recogiendo su cabellera rubia mientras observaba cómo Vicciano ejecutaba el interrogatorio.
Justo cuando iba a hacerlo, una voz tranquila y profunda entró en escena. Un hombre encapuchado con una larga capa de viaje entró en escena y negó con la cabeza al ver tanta sangre derramada.
-Os dije que le hicierais escupir la información, no toda la sangre.
Vicciano y Cornelia se inclinaron ante la figura, pero sin mayor reverencia. Vicciano no dejó de pisar la cabeza del pobre Eustache y éste se limitaba a agitar los brazos para que alguien lo socorriera.
-Tienes suerte, Eustache- le escupió Vicciano al torturado-. Es posible que aún puedas salvar la vida si das la información.
-No...no...¡me mataréis!- jadeó Eustache sintiendo los últimos estertores de sus pulmones- Ninguno de vosotros me da garantías...
-¿Ni siquiera su Santidad?- dijo la figura encapuchada.
Entonces Eustache reconoció la voz del Papa Alexandros III.
-¡Theus! ¡Imposible!
Alexandros (o su nombre anterior, Christiano Ulberti), se arrodilló y apartó delicadamente la bota de Vicciano. Con una mano le mesó el pelo y con la otra le apartaba tiernamente las costras de sangre de los ojos.
-Ya pasó Eustache...ya pasó- consoló el Papa al torturado.
-Su Santidad...yo...-sollozó Eustache.
-Shh...¿cómo puede un hombre de la guardia vaticana como tú sufrir estas penurias?
-Santidad...yo...lo siento.
-Sabemos que has tenido que ver con todo lo ocurrido. Sin tu ayuda no estaríamos en la situación que estamos. Mi gente ha golpeado a muchos como tú hasta dar contigo y encima descubren que estabas planeando tu fuga de Ciudad Vaticana. Como comprenderás, no voy a irme tan fácilmente ¿Qué hiciste, Eustache? ¿Cuál ha sido tu papel en todo este plan?
-No...Santidad...ellos...-miró a Vicciano y a Cornelia-...me matarán.
-A mí puedes contármelo.
-No puedo asumir las consecuencias, santidad. Por Theus que mi pecado es demasiado grande.
-Soy el Papa, Eustache. Puedes contarlo.
Eustache tembló y se relajó. El Papa no le haría daño. Así que, tomando aire entre sus dientes rotos confesó con un hilo de voz:
-Les abrí la entrada al general Dupont y a sus hombres y los conduje hasta el piso superior. Yo mismo fui quien los escoltó hasta la puerta del concilio de paz. ¡Sí, fui yo! Dijeron que sus intenciones era anunciar que estaban en contra de los pactos que se iban a hablar allí...que era algo importante.
-Tú, siendo de mi guardia, sabías precisamente que estaba prohibido que subiera gente no autorizada al concilio. ¿Cuánto te pagaron?
-Santidad, no me pagaron...
Vicciano se acercó y le clavó el talón de su bota en la boca de su estómago.
-Cachéalo- le ordenó el Papa a Vicciano.
En un segundo habían encontrado unos 200 soles en su equipaje.
-Te pagaron, y además en la moneda de Montaigne. Y además ibas a huir y desertar después de traicionar a tu guardia y a tu señor el Papa. Y ahora...me has vuelto a mentir.
-Sí...sí...lo hice...lo siento. Pero, Santidad...yo...no sabía que sería para tanto ¡Me dijeron que el general Dupont solo proclamaría su disconformidad en el concilio y se irían! Cuando escuché la que habían formado, decidí huir...yo pensé que se pasaría rápido, que solo anunciarían sus ideas y ya está...
-Eustache...eso es lo que han hecho. Pero han amenazado a uno de los reyes y ahora has provocado una guerra. Y podía haber sido peor ¿os imaginais que llegan a querer asesinarnos a todos? Una guerra tampoco es algo tan difeerente. Y de todas las guerras estúpidas, esta es la más inútil.
-Pero vos...vos le dejasteis entrar.
-¿Y qué iba a hacer, si vosotros mis guardias les dejáis llegar hasta las puertas del concilio? ¿Crees que puedo dejar a alguien sin voz delante de todos? Debo ser un ejemplo de humildad y fraternidad en un concilio de paz, pero tú no has cumplido con tus obligaciones ¿Quién te pagó para que los dejaras subir? ¿Fue Florian Rousseau du Toille?
-Sí...Santidad.
-Dijiste a los otros guardias que habías escuchado que los montaignenses iban camino al castillo del Morro para llegar a la Castilla ocupada ¿Era verdad o te habían pagado también para cubrir su huida?
-Me pagaron...en realidad van a la Venta de los montes de la Pasiega. Saben que muchos intentarán matarlos antes de que vuelvan a casa. El general Dupont es consciente de que intentarán eliminarlo después de su declaración de guerra e independencia. Siento la traición...mi Hierofante...pero no pensaba que fuera tan...tan...
-Está bien.
Su Santidad le hizo una sangrienta cruz en la frente a Eustache.
-Ego te absolvo a peccatis tuis in nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti.
Eustache empezó a convulsionar de miedo al oír esas palabras. Vicciano se acercó lentamente con sus pesadas botas y empuñando una cruel sonrisa.
-¿Qué? ¡¿Qué vais a hacerme?! ¡No! ¡No! ¡Vos dijisteis...vos dijisteis...!
-Os dije que era el Papa...no un santo.
Vicciano lo estranguló y Eustache sacudió sus piernas en su último suspiro. Su Santidad volvió a echarse la capucha y observó el cuerpo de su ex-guardia.
-Amén.
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Su Santidad subió al carruaje papal y allí se encontró a la contessa Paola Ulberti, una Bruja del Destino que algunos habían visto rondar en la intimidad del Vaticano al Hierofante. Sin embargo, pocos sabían que era su hermanastra.
-Deduzco que tu trampa a Marina Oliván para reiniciar la guerra entre Castilla y Montaigne ha fracasado.
Christiano no la esperaba, pero se acostumbraba a que lo abordara en los momentos más extraños y privados.
-Hola Paola, yo también me alegro de verte. Pues sí, lo lamento. Necesitaremos algo mejor contra Marina. Villanova estará furiosísimo.
-Sí, pero creo que podremos liberarnos de su ira. Christiano, acabo de enterarme de lo del asunto del nuevo reino du Lyon.
-Tranquila, ya me estoy encargando. Sé dónde se encuentra el General Dupont. Acabo de reunir al colegio cardenalicio para ver si podemos atraparlo o...asesinarlo. Por supuesto no constará en ningún acta, pero ten por segura que este asunto de la Guerra Civil de Montaigne se acabará hoy...
-No. Precisamente vengo a hablarte de eso. Como se ha frustrado su plan de volver a reiniciar la Guerra entre Castilla y Montagine, creo que a Villanova le interesaría mucho más el nuevo conflicto. Este Reino de Lyon podría darle...grandes beneficios. Los beneficios que ya no le van a dar la paz entre Castilla y Montaigne.
-¿Hablas en serio?
-Villanova mercadea con tres cosas, querido: desesperación, pobreza y odio.
-¿Has venido solo para eso?
-Creo que es importante, tenemos que servir a nuestro Príncipe lo mejor que podamos.
Christiano hincó las rodillas en el suelo del carruaje y se arrodilló ante el vestido de viuda negra de la joven vodaccia. Tomó su cintura delicadamente e intentó observar sus ojos a través del velo negro de encaje que lucía la joven bruja.
-¿Nunca has sentido la llamada de servir a alguien que no sea a nuestro Príncipe?
Ella le observó desde las alturas. Sus labios carnosos se torcían y sus comisuras temblaban.
-¿Alguien que no sea nuestro Príncipe? No hay nadie más poderoso que Villanova ¿Servir a alguien como quién?
-No lo sé, es cuestión de pensarlo- le comenzó a besar el vientre mientras sus manos arañaban dulcemente los guantes negros de encaje de la bruja. Sus labios treparon hasta morder los lazos de su corset y descansó su cabeza en su pecho.
-¿Acaso me estás sugiriendo que traicione a Villanova?
Christiano besó el blanco cuello de la joven cortesana, sintiendo que su apretado pecho se agitaba. Christiano trepó hasta su rostro y le subió educadamente el velo negro por encima de sus labios, para besárselos con tierna lujuria. Paola cerró los ojos para disfrutar todas las sensaciones de ese momento.
-No. Te sugiero que seáis leal a vos misma- le susurró al oído Christiano.
El carruaje se detuvo y para cuando Paola abrió los ojos, el Papa estaba fuera del carruaje manteniendo la puerta abierta.
-Después de todo, siempre será mejor que perseguir gatos por las calles. Pensadlo.
El carruaje comenzó a avanzar. La contessa Paola Ulberti se quedó fría con una mortaja blanca por piel, sin saber muy bien como hilar la situación.
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Christiano Ulberti llegó a la reunión de emergencia del Colegio Cardenalicio tarde. Cosa que le reprocharon todos. Todos los viejos se encontraban sentados, gritando y maldiciendo al General Dupont y sus malditos caprichos de independencia.
-¿Saben ya sus agentes donde se encuentra el General Dupont?
Su Santidad se sentó en su privilegiado sitio:
-Se encuentra camino a la fortaleza del Morro.
-Tal y como decían los espías. No deberíamos desperdiciar esta oportunidad. Deberíamos asesinarlo cuanto antes.
-¡Sí! ¡Sí! ¡Por el bien del Vaticano!- gritaban los vejestorios
-Ya me he encargado de todo, eminencias- mintió el Papa-. No deben preocuparse por él.
Pero los cardenales gritaban airados entre ellos después del insulto del Concilio de Paz de Ciudad Vaticana. De pronto la sala se convirtió en una orgía de incomunicación. Se organizaban planes, estrategias, políticas de bloqueo, se hacían grupúsculos...de pronto la sala cardenalicia era una colmena.
-Si consigue sobrevivir tenemos que estar preparados para esta crisis.
-Castilla debe ser liberada de la opresión hechicera.
-Montaigne estaba a punto de ser purificada y ahora vienen más guerras.
-¿Qué vamos a hacer?
-¡Esperar, poco más!
-Somos hombres de dios, ¡no militares! Deberíamos tenderles nuestras manos para que vuelvan al redil.
-¡Esta vez las palabras no solucionarán esta crisis!
-Quizás podríamos esperar a noticias...
De pronto se abrió la puerta y entró Domingo Villaverde, un maduro inquisidor cazador de brujas. Se descubrió ante los cardenales y esperó en la sala mirando al Papa. Su Santidad salió y se reunieron en una habitación privada.
-Para usted, Hierofante.
Y tal y como entró, Domingo se fue. El Papa sabía que era mejor no hacer esperar a Domingo, siempre valía la pena dejar lo que estuviera haciendo para ver las nuevas que traía. Observó la caja. Tenía un frasco dentro que reconoció como un perfume del Imperio de la Media Luna. Dentro de ella había una nota. Su expresión se fragmentaba en una confusión cada vez más acuciante.
La nota rezaba:
"Hay lugares que tienen un aroma especial, casi familiar incluso.
A mí este me recordó a vos.
Espero no os moleste esta pequeña entrega y lamento si es así.
Gracias por todo y a pesar de todo. Saldremos de esta, ya veréis
Marina Oliván
PD: Destruid esta nota, será mejor. "
Sonrió y tomó tiernamente la caja y el frasco. Acarició la nota y su caligrafía, como si al tocar las líneas ondulada de sus letra pudiera rozar las curvas del cuerpo de la espadachina castellana.
Él había intentado traicionarla, y a ella solo se le ocurría enviarle un magnífico regalo y a darle esperanzas. Ya no tenía ninguna duda de que aquella mujer era un ángel.
Sin embargo, aún seguía siendo leal a su señor, y su señor la quería inutilizada. Quemó la nota y disfrutó el aroma del perfume oriental deseandole lo mejor a Marina Oliván.
Era una lástima, él no quería tener que traicionar a su gran amiga...pero jamás sería capaz de traicionar a la mano de hierro que le daba de comer porque la familia lo era todo para él.
Pero así era el Gran Juego, un laberinto de traiciones.
viernes, 13 de marzo de 2015
Capitán muere, no se rinde
Las trompetas anunciaron la imperiosa llegada del regimiento de caballería de Louis Dupont a Charouse.
Todos los ciudadanos dejaron sus quehaceres debido al jaleo de los paisanos al ver al regimiento volver a la capital de Montaigne. Los que atravesaban sus calles eran más que soldados para ellos. Eran primos, hermanos, amigos, prometidos...en definitiva, eran familia.
Ademas, muchos tenían curiosidad por ver al hijo del fallecido Mariscal Imperial de Montaigne (Charles Dupont), liderar el magnífico desfile de caballería.
Tras el capitán y su Estado Mayor los caballeros del capitán Dupont escrutaban las calles de su juventud con el ceño fruncido, mirando de reojo, temiendo enfrentarse a la realidad actual de la ciudad de la que partieron a la guerra hace años. Muchos almacenes habían sido pastos de las llamas, la Catedral de Nuestra Señora había sido ocupada por milicias urbanas en vez de seguir vacía por el régimen del Empereur, los hambrientos hacían cola disciplinadamente frente un intendente de la guardia real para esperar por un panecillo de pan; y los comerciantes reparaban con ahínco sus establecimientos, que parecían haber sido saqueados por masas enfurecidas. Era como si por allí hubiera pasado un tornado del que se estaban recuperando.
A Louis Dupont le latía la mirada cada vez que percibía algo diferente en la capital. El capitán de caballería era un elegante joven que parecía haber nacido para llevar un uniforme. Sus hombros siempre estaban permanentemente cuadrados para la responsabilidad de sus galones y repasaba constantemente que sus blancos guantes de caballería estuvieran ajustados.
Sin embargo, todos prejuzgaban al joven Louis Dupont por su aspecto físico por su juventud. Independientemente de su atractivo (que era tema de discusión entre las damas de la corte), muchos lo catalogaban de alguien inmaduro y demasiado joven para el puesto de capitán de caballería. Pocos osaban decirlo en voz alta, nadie quería ganarse un duelo a muerte demasiado presto, mientras que otros envidiosos se consolaban en la sombras argumentando que había llegado a ser capitán tan pronto porque era hijo del antiguo Mariscal Imperial.
Era cierto que Louis Dupont no era bueno con las palabras, ni animando a los hombres. Tampoco tenía las dotes estratégicas y la experiencia de su padre, uno de los mariscales imperiales. Cambiaba constantemente de caballo de guerra y era incapaz de cuidar sus monturas durante más de dos batallas. La preocupación por sus soldados siempre era visto como algo forzado y su carisma era tan pobre que no inspiraba lealtad entre sus hombres. Sin embargo, había algo que le distinguía, algo que le hacía poderoso al frente de sus caballeros y que le convertía en alguien valioso.
Hacía la guerra a los castellanos con una pasión digna de admiración.
Y aunque la guerra con Castilla estaba en un estado de "alto el fuego" Luois se había traído en su pecho el odio colgado junto con su condecoración.
Los paisanos que observaban el desfile observaron a los caballeros con pesadas ojeras, pero con una mirada brillante y una triste sonrisa que contagiaba cierta esperanza entre ellos. Ellos también observaban a los soldados como los recién llegados veían la ciudad. Habían cambiado y les chocaba la fachada de las nuevas caras que habían esculpido en la guerra. Sus rostros se habían desencajado, la mirada de algunos estaban huecas y otros parecía que habían vivido cien inviernos.
La formación era perfecta, los uniformes impecables, sables relucientes y todos los galones y condecoraciones merecidos...pero la juventud de sus rostros había desaparecido en los tres años que habían pasado en el frente de Castilla. Podían limpiar los tabardos, emplumar los sombreros y lustrar las botas...pero la alegría de los jóvenes era algo que no podían recuperar con el uniforme.
Luois era el que más atención ponía en los detalles de la "nueva" Charouse. Observaba sobre todo los tejados, en busca de un estandarte con el Sol del Empereur. Ahí seguían, pero todo parecía cambiado. Los Mosqueteros de la Garde du Soleil no aplacaban la multitud de pobres que deberían estar en sus barrios marginales. Pero lo que más le torció el gesto fue ver a los pobres hacer cola para recibir comida en mitad de las calles de clase pudiente. Era algo que no hubiera pasado con su antiguo Emperador. Ahora, decían, había subido al poder el supuesto hijo desaparecido del Empereur. Nadie sabía exactamente las circunstancias, pero desde luego había habido un cambio importante. Los pobres infestaban la ciudad y los había por doquier. Algo que detestaba.
Pero para eso Louis Dupont se había presentado en la capital imperial, para ver los cambios.
Y sobre todo para ver si los cambios le gustaban.
El capitán desenvainó su sable y lo alzó brillando al sol. Ante esa señal, los pendones y estandartes de un azul imperial se alzaron en la formación. Los jinetes dieron lo mejor de sí mismos en su marcha marcial y los caballos veneraba con sus rodillas al cielo y pisoteaban los adoquines de la carretera. El espectáculo fue impresionante, haciendo que los ciudadanos siguieran a la comitiva hasta la Chateau du Soleil, el palacio del Empereur (si es que no seguía siéndolo).
Llegaron a las doradas verjas del recinto imperial y las puertas se abrieron por nobles mosqueteros que habían escuchado los vítores, los "vivas" y el jolgorio de ver a los patriotas volver a casa. A pesar de lo improvisado de su llegada, parecía que en palacio estaban listos para recibir al capitán.
Louis Dupont entró en la Chateu du Soleil a caballo y una gran oleada de vítores lo animaron a girarse para saludar a sus paisanos. Ojiplático miraba cómo los pobres gritaban su nombre. No esperaba tal recibimiento de los que habían sido proscritos. Esos mendigos habían sido hacinados en los barrios exteriores y en los ensanches por orden del Empereur y deberían odiar a cualquiera que esgrimiera el Sol Imperial. Sin embargo, aceptó el halago elegantemente, saludando con su mano enguantada.
-¡Louis! ¡Louis! ¡Louis!- aclamaban mirando al cielo algunos de los ciudadanos que hace tiempo habían perdido la esperanza.
Louis cabalgó hasta la entrada, sin acercarse mucho a lo que él consideraba la lacra de Charouse.
-¡Gracias, ciudadanos de Charouse! He venido desde el frente de Castilla para ponerme al corriente de los rumores que he recibido de que en Charouse el Emperador...
Un tomatazo estalló de pronto en el ojo de Louis y juraría que escuchó un "muerte al Emperador" y gente que coreaban "que lo guillotinen". El capitán no asumió la situación hasta que se vio hecho burla de la muchedumbre. Había sido lanzado desde la multitud por alguien anónimo, mientras el resto seguían mirando al cielo con esperanza.
-¡Viva Louis Alexander XV du Montaigne!-gritó una voz fuerte desde los ciudadanos que se abalanzaban a la verja del palacio desde el exterior.
Louis Dupont volteó su caballo lentamente y miró el palco imperial del pabellón norte. Era el más cercano al muro exterior y desde él se podía vislumbrar perfectamente a un joven, ingenuo, coronado y vestido con el manto imperial que hacía unos meses llevaba el Empereur.
Louis comprendió que no era él a quién alababan. Tampoco era él a quien miraban con esperanza. Miraban al joven del palco imperial. Era Louis Alexander, el único primogénito del Empereur, cuya existencia fue ocultada a su padre por revolucionarios y conspiradores internos para poder dar el golpe de estado algún día.
La mirada del capitán se cruzó con la del monarca. El capitán Louis Dupont torció el gesto con una mueca, apretó los dientes y cogió las riendas con tanta fuerza que casi se le agrietan los guantes, dirigiéndose hacia el patio. Ni siquiera saludó al nuevo monarca. ¡Ni siquiera sabía si era el monarca!
El joven dirigente le saludó diligente con la mano, dio media vuelta y desapareció del balcón para internarse en el pabellón palaciego. Louis Dupont comprendió que era una invitación para buscarlo dentro. Ya lo creo que lo buscaría. Cruzó a galope los verdes jardines y fuentes del palacio y llegó hasta la regia escalera de mármol del palacio. No tardó mucho en llegar a la sala de audiencias. Su caballo fue atendido como el de un cortesano más (algo que le ofendió) y Louis Dupont se internó en los salones haciendo resonar los tacones de sus botas de guerra. ¿Dónde estaba el cortejo que tendría que recibirlo con el honor que se merecía?
Louis Dupont entró a pasos agigantados y mirando intensamente a todo con el que se cruzaba, intentando reconocerlo, intimidando a los que no reconocía. El olor a perfume era considerablente menor en los salones tal y como lo recordaba, y las actividades ociosas de palacio como la danza y los juegos de azar habían sido sustituidos por mosqueteros centinelas. La guardia real había sido doblada y mantenían un estado de incertidumbre que daba tensión en el ambiente. Louis Dupont veía las consecuencias claras de un golpe de estado, pero veía extraño que los que velaban por la seguridad de los golpistas fueran precisamente los leales al Emperador que acababa de perder todo su poder real.
Claramente esto solo lo conseguía el hecho de que ahora portaba la corona era el hijo perdido del Empereur. La sangre daba lealtad.
"Una astuta jugada por parte de los conspiradores. Reconozco que esos cerdos son buenos", admiró Louis Dupont observando a los mosqueteros mientras estos le seguían con la mirada.
Louis Dupont llegó a una enorme antecámara donde se encontraban una gran multitud de personas de todo tipo de condición y clase. Esperó a que le abrieran paso y al menos le saludaran, pero nadie se percató de esa aguja en un pajar. De pronto sintió algo que en la vida le había pasado jamás: se sentía estúpido con el uniforme militar. Esperaba que causara respeto, admiración, algo que moviera el interior del prójimo y les inspirara alguna alabanza. Pero el resto le ignoraba, como si fuera un loco disfrazado que creía equivocadamente que iba a un carnaval. Las docenas de asistentes hablaban y caminaban entre ellos como las abejas enloquecidas de una colmena, como si tuvieran mucho trabajo que hacer y no supieran cómo. Algunos discutían airadamente y otros compartían ideas de forma exaltada.
Luois respiraba dos cosas contradictorias en el ambiente: la ira de la nobleza por la gravedad de los cambios y la ilusión del resto por crear una nueva Montaigne.
Los más distinguidos aristócratas (los distinguían por sus pelucas por encima de tanta cabeza) que habían mantenido sus bienes y sus títulos se alejaban de esta muchedumbre parlanchina y a veces vulgar quedándose a la espera. Estaban tensos y a uno de ellos le temblaba el falso lunar pintado en su mejilla, como si le estuvieran insultando. Al lado de la puerta de audiencias del Empereur, el chambelán mayor les abría las puertas a la cámara de asambleas y todos entraban. Louis Dupont jamás había visto tamaña masa de gente en la Chateau du Soleil, menos aún para tratar de política. Ni siquiera Castilla, que contaba con un amplio consejo debido a los clérigos, traía a tanta gente para decidir los pormenores del futuro de la nación. Louis Dupont vio aquello como una distinguida taberna de lujo, pero taberna al fin y al cabo.
Con mucho ruido los asistentes entraron y tomaron asiento. Los funcionarios reales se apartaron de la multitud y se sentaron en sus bancadas más próximas al dirigente. Justo cuando iba a entrar, el chambelán le cortó el paso.
-Disculpe monsieur, esta cámara es para los representantes de la asamblea, no para militares.
Louis Dupont fijó sus relámpagos azules en el chambelán.
-Soy Louis Dupont, Capitán del 9º Regimiento de Caballería Pesada. Soy hijo del anterior Mariscal Charles Dupont, caído honora...
"Honorablemente no...cerdos castellanos"
-Caído heróicamente en el asedio de San Teodoro. Ábrame las puertas de esta asamblea.
-Lo lamento- negó el chambelán-. Pero el rey necesita atender los asuntos en orden y no está citado con vos. Ha podido a duras penas recibiros en la puerta de palacio, es más de lo que esperaba dado el poco tiempo que tiene. Espero que entienda las circunstancias extraordinarias, capitán Dubon.
-Es Dupont -ladró contenidamente el capitán-. Capitán Dupont, estuve en la quema de la batalla de San Juan, la toma de San Agustín y la defensa de la Reina del Mar. ¡Soy un héroe de guerra!
El chambelán no escuchaba. Estaba pendiente de que todo el mundo había entrado y le esperaban.
-Lo lamento. Tengo que entrar a mediar la sesión. El nuevo rey espera.
Louis Dupont lo agarró de las solapas de su levita y sintió el deseo de estamparlo contra la pared y hacerle sentir lo insignificante que era para la patria comparado con él. El chambelán lo miró temblando y Louis Dupont dejó que esa alimaña huyera.
-Márchese y cumpla con la nación.
-Sí...monsieur.
-Capitán.
-Sí, capitán.
Louis Dupont sintió deseos de arrancarse los galones y las condecoraciones. ¿De qué había servido tanto sacrificio? Él les daba su carne y su sangre a la patria y ellos le pagaban con indiferencia.
Peor aún. Con un tomatazo en el rostro.
Se había quedado solo en la cavernosa antecámara. No se había dado cuenta de lo grande que era hasta que se habían marchado todos. Pronto vio como sus caballeros se unían a él en la sala, esperando al capitán.
-¿Habéis hablado con el nuevo rey, capitán?- preguntó un sargento.
-No. Ni siquiera nos dejan entrar en esta estúpida asamblea. Además, me niego a considerarlo rey. El emperador aún vive, por suerte, aunque no sé qué papel tiene en todo esto. Ni siquiera lo he visto por aquí, y este es su palacio y su sala de asambleas.
-Tres años combatiendo por ellos y no nos prestan ni un mínimo de atención. Así de perra es la vida del militar.
Louis Dupont le dio un bofetón al sargento.
-Hablas como un sucio castellano, quejándote y esperando su soldada atrasada. Tu deber era sangrar por la patria y por la causa de nuestros padres. Ten fe en nuestro Emperador, cuando sepamos qué está pasando aquí se nos tratará como es debido.
-Sí, capitán. Lo siento, capitán.
Detrás de la blanca puerta se oían a las multitudes coger asiento y prepararse. Aprovechó la ausencia del chambelán y abrió la hoja de la puerta y pudo espiar toda la asamblea. Detrás de la mesa donde se presidiría la asamblea, Louis Dupont vio algo que le provocaba un asco infinito. Sotanas de sacerdocio. Entre las cabezas y los sombreros vio por lo menos un hábito escarlata de cardenal y otro púrpura de arzobispo. El cardenal D'Argeneau, exiliado por el Empereur y el arzobispo Maurice Rostand du Pourisse, el único hombre de la Iglesia tolerado por el anterior gobierno, solo cumpliendo en Montaigne como confesor de la Reina Madre hasta su fallecimiento.
Sin duda ellos eran los conspiradores que habían provocado su vuelta a casa, la tregua con Castilla y el cambio de dirigente. Sin duda, pensaba Louis, eran agentes del gobierno de Castilla que querían debilitar la hegemonía de Montaigne sobre Théah. Mientras esperaba a que apareciera el rey en la sala, espiaba con cierto horror aquél patio de infantes de escuela en mitad de la regia sala donde anteriormente el Rey Sol hablaba con sus ministros, burócratas y cortesanos. El chambelán hizo el silencio con su bastón.
-¡Su Majestad el Rey Louis Alexander XV du Montaigne!
El joven rey, que había visto antes en la balconada, apareció. Joven, inexperto pero con algo de decisión. Detrás de él venía una mujer mayor, madura, aristócrata, rondando los cincuenta años y que intentaba ocultar con toneladas de maquillaje. Reconoció sus andares extravagantes al instante y confirmó todas sus sospechas. Su madre, la duquesa Mariam Dubois, estaba metida hasta el fondo en aquél cambio de poder.
El chambelán mayor dio nuevos golpes con su bastón y anunció:
- Damas, caballeros. Bienvenidos a la Asamblea Nacional instaurada en el nuevo gobierno provisional del nuevo rey Louis Alexander XV du Montaigne, hijo de nuestro Emperador León Alexander XIV du Montaigne. A continuación el rey tomará la palabra presidiendo esta cámara fundada en el día de hoy con objeto de escuchar a todos los estamentos sociales y evitar los excesos y los errores del anterior imperio con las respectivas intervenciones de los sectores parlamentarios ¡Que comience la Primera Sesión Real de Montaigne!
Louis Alexander avanzó lentamente con cierta cautela de sostener la corona, que le temblaba en la cabeza por la falta de equilibrio.
-Caballeros, les agradezco que hayan sido tan voluntariosos y diligentes de venir hasta aquí para reconducir a la nueva Montaigne hacia un futuro más esperanzador. Como saben, soy el hijo del Emperador León Alexander XIV du Montaigne y he sido nombrado por esta nación como regente máximo de este reino, apoyado oficialmente por la firma de mi padre, el Emperador. Me alegra ver a personas de orígenes tan variados hacen enriquecer esta cámara, que hasta ahora solo había sido gobernada por las decisiones de una sola persona, mi padre, e influida por un número reducido de ministros y funcionarios. Si están aquí es que han sido seleccionados para representar a los diferentes sectores sociales en esta asamblea real y comenzar un nuevo rumbo de Restauración a la monarquía. Dejar de lado nuestras políticas imperialistas y gobierno absolutista, y centrarnos en la recuperación del pueblo de Montaigne.
De pronto Luois Dupont miró con atención a los hombres de la bancada derecha. Estaban airados, agitaban los puños, se levantaban enfadados y algunos hasta lanzaban con ira sus pelucas empolvadas al suelo. Eran los privilegiados, la alta nobleza. Su oposición a cualquier reforma les provocaba una rabieta infantil que no podían disimular. No estaban acostumbrados a moderarse ante los demás y no tenían por qué hacerlo ahora. Uno de ellos, Antoine Mounier, maduro, mirada ladina y anteojos pequeños, airaba su casaca nobiliaria señalando duramente a la bancada izquierda que tenían enfrente. A Louis Dupont le daba cierto asco este señor (como a casi todos los aristócratas no militares), lo había visto varias veces jugando a la "gallinita ciega" en los jardines de palacio con bellas cortesanas, y le resultaba raro verlo tan serio en una asamblea real. ¿Raro? No, le resultaba asqueroso. Algo le decía que iba a odiar a todos los de esa sala, incluido la alta aristocracia de siempre como Antoine Mounier, que rabiaba como un cochinillo.
-¡Es un insulto que toda esta gente esté aquí presente después de todo el daño que le han hecho al imperio! He visto como muchos de estos hombres de orígenes supuestamente "humildes" han ido persiguiendo nobles y mosqueteros para matarlos a sangre fría. Se autoproclaman verdaderos patriotas y no son más que sanguinarios. ¡Y nosotros ahora les damos presencia y palabra aquí, a las puertas de nuestro hogar!
Louis Dupont dirigió su mirada hacia el otro extremo de la sala. Gautier, un joven revolucionario de una minoría social que había luchado en las calles se alzó del banco entre el estado popular señalando amenazadoramente a Antoine Mounier, a pesar de que no representaba a la bancada popular.
-¡Malditos canallas! ¡El Emperador estaba derrochando los fondos nacionales en caprichos, enviando a inútiles guerras a nuestros jóvenes y desgastando los campos! ¡Era necesario detener al Emperador de su despotismo y quitarle ese poder absoluto sobre todos nosotros! Los cortesanos vivíais de fiesta en fiesta mientras el pueblo se moría de hambre. Sí, es cierto, he matado nobles y he matado mosqueteros. ¡No me arrepiento ni de quitarle el poder absoluto al Emperador ni de nada de lo que he hecho para conseguirlo!
Antoine se dirigió hacia el rey, que expresaba su tristeza guardando silencio ante el lamentable espectáculo.
-¡Majestad, este hombre que han elegido para la bancada popular no es más que un asesino! ¡Reconoce y hace apología a las matanzas en nuestra nación! Además, los ataques revolucionarios no han cesado, muchos radicales siguen campando por las calles y haciendo nidos de revolución en barrios de los ensanches ¡Estoy seguro que no sois más que espías de ese arrogante de Víctor Durant, que sigue escondido en las cloacas y matando al no hacerse con la suya! Majestad, exijo que se les expulse a toda esa bancada de la Asamblea Real.
-¡Ya estáis los nobles escondiéndoos tras las faldas de la corona!- gritó Gautier, que era agarrado por todos los representantes populares para que se sentara y se callara. Pero seguía alzando la voz entre un mar de manos y amenazas- ¡Tenéis la suerte de que somos ciudadanos civilizados y hemos permitido que sigáis aquí! ¡Si fuéramos sanguinarios habríais sido todos guillotinados! ¡Tenéis suerte de que a alguien se le ocurriera la estúpida idea de no culpar a la nobleza de todos nuestros problemas!
-No seréis tan osado de pensar que vosotros estáis contribuyendo al bien de Montaigne, ¿verdad?
-¡Al menos lo intentamos y no nos revolcamos como cerdos en nuestra opulencia!
Ambas bancadas se levantaron lanzándose insultos y amenazándose con los puños. La misma bancada popular se peleaba con Gautier, desaprobando sus palabras, pues no querían perder la oportunidad que les estaba brindando este rey de tener voz en la Chateau du Soleil. Los nobles se mantenían unidos y pedían ayudas de los mosqueteros cuando algún exaltado salía de su banco para acercarse a los aristócratas rojos de ira. Las otras dos bancadas, más moderados, los monárquicos y los patriotas más moderados rechazaban estos comportamientos.
El rey dio orden de silencio y el chambelán presto dio golpes con su bastón.
-¡Silencio!
El representante de la bancada popular, el erudito y filósofo Regine de Ness, un hombre ya viejo, racional a la vez que pasional cuando defendía sus ideas, se acercó a Gautier.
-Muchacho, deja tus amenazas para cuando puedas cumplirlas. Piensa en los esfuerzos de Durant, no fastidies nuestro trabajo, no estás haciéndonos ningún favor. Nuestro momento llegará- de pronto alzó la voz a la mesa de presidencia- Majestad disculpen a este exaltado, se ha dejado llevar por sus emociones. No representa a nuestro sector.
Regine de Ness miró a Gautier hasta que éste asintió y se sentó con tranquilidad.
Tomó sobriamente la palabra Madelein du Chateleine. A pesar de que había compartido sus lealtades con el Concilio Revolucionario de los Ocho, se había separado de esta línea política ahora representaba la bancada moderada de los monárquicos.
-Caballeros, esto que nos está ocurriendo es lo mejor que nos podía pasar para salvar a Montaigne. Tenemos la oportunidad de aprovechar un dirigente que nos oye y que no gobierna absolutamente para sí mismo, y que a la misma vez no nos hace traicionar a la sangre real de nuestra patria. A la misma vez contamos con la experiencia y las ideas del Emperador, que sigue siendo el padre y tutor de nuestra gran nación. El futuro rey no juzgará a la nobleza por lapidar los fondos nacionales tal y como decidieron los héroes de la rebelión; estableceremos un acercamiento hacia la Iglesia y recibiremos a su Santidad en una semana para establecer un encuentro diplomático; se mantiene la nobleza y el pueblo obtiene su representación en las asambleas reales...
Aunque Víctor Durant y Madelein du Chatelein habían cedido sus palabras a la causa de la revolución y la caída de la monarquía absolutista, ambos eran muy diferentes en sus oratorias. Víctor Durant, el líder de la revolución y buscador de la creación de un gobierno dirigido por ciudadanos, era un excelente orador que hacía que todos los hombres quisieran morir por la causa, mientras que Madeleine du Cheteleine había destacado en la rebelión por ser la mediadora por excelencia, capaz de calmar un lobo sediento de sangre.
Sin embargo, la última frase que soltó Madelein du Chateleine en su discurso no calmó al lobo salvaje que aullaba en el interior de Louis Dupont.
-Además, nuestro nuevo regente y nuestro emperador conseguirán juntos rellenar las arcas del estado al darnos la paz definitiva con Castilla.
El capitán miró a sus hombres y les hizo un gesto que todos entendieron al instante. La madera de las puertas de la sala se abrieron con violencia y docenas de caballeros uniformados irrumpieron en la asamblea al mando del capitán Louis Dupont.
-¡Exijo hablar frente a nuestro alteza imperial y a esta asamblea!
El chambelán dio la orden a los mosqueteros de detenerlos y los caballeros flanquearon a su líder esgrimiendo sus sables de caballería. El rey alzó una mano deteniendo a los mosqueteros y el chambelán intentó echarlos por las buenas.
-¡Márchese caballero! ¡Los asuntos militares serán tratados en otra sesión extraordinaria por el rey!
-No. Exijo que sea el legítimo Emperador el que nos atienda y nos explique todo lo que se está hablando aquí. ¿Dónde está? Si sigue siendo el Emperador de nuestra gran nación ¿Por qué se le excluye de las decisiones políticas que queréis decidir sin él? ¡Vosotros queréis al Empereur para explotar su corona a vuestro antojo y usarlo de títere como hacen los castellanos con su rey! No sois justos ni sois benevolentes, sois unos manipuladores, unos matones que usáis al caído como escudo humano y de chivo expiatorio. Que nos dejen en ascuas esperando órdenes absurdas es algo que no voy a tolerar- Louis Dupont miró a todos los presentes-. Mi nombre es Louis Dupont, hijo del Mariscal Imperial Charles Dupont. Soy capitán del 9º Regimiento de Caballería Pesada de Montaigne, pero no siempre he sido capitán, sino que he ascendido con el sudor de mi frente y mi sangre derramada. He combatido tres largos años en el frente de Castilla, trayendo gloria a nuestro ejército, reputación a nuestros soldados, temor a las naciones neutrales y prestigio a nuestro país. He luchado junto a los destacamentos urbanos en la ocupación de Barcino, he cabalgado por toda la orilla del río Delia durante meses coordinando órdenes, he requisado cientos de hectáreas de cultivo para enviar comida a Charouse, saqueado ciudades como San Agustín para que podáis seguir con vuestras vidas en paz, he combatido largamente en la batalla de las estepas de San Juan, tristemente he perdido a mi padre sirviendo a la patria sin que se rindiera ningún homenaje y me he desangrado en la defensa de la Reina del Mar. Estábamos a punto de conquistar el fuerte del río Delia con la posibilidad de iniciar el asedio a la capital castellana...y me encuentro conque, de pronto, el Emperador decide establecer un alto el fuego con Castilla para negociaciones diplomáticas para la paz. Ni siquiera creo que eso lo haya decidido el Emperador por libertad propia, sino coaccionado por la perspectiva de una ejecución. Eso tiene un nombre ¡Se llama traición a la patria! ¡No podemos parar ahora! ¡No ahora que estábamos tan cerca! ¡Es insultante!
Antoine Mounier se alzó:
-¡El capitán tiene razón! ¡No podemos volver atrás! ¡No cuando nuestra inversión puede comenzar a dar nuestros frutos! ¡No consiento que deshagamos todo lo conseguido con nuestro verdadero dirigente!¡El Emperador debe asumir el peso de la corona de nuevo como gobernante absolutista!
-El Emperador fue destituido de sus responsabilidades absolutas sobre la nación, monsieur Mounier- aclaró Madeleine Chatelein-. Después de sus atrocidades y sus vicios mostrados y demostrados públicamente el único bien que hace a Montaigne es el de gobernar controladamente, aconsejar a su hijo en sus políticas y en mantenerse al margen. Él mismo aceptó ese destino.
-¡Es cierto!- gritó Antoine Mounier-. ¡Era eso o la muerte, como dice Louis Dupont! Debemos darle una segunda oportunidad al Emperador.
-Ya la tiene- replicó Madelein- Por eso sigue siendo Emperador.
-Pero no tiene ningún poder real.
- El rey sabiamente le mantuvo con vida para que se redimiera y le ayudara a gobernar. El Emperador ha aprobado que la regencia de la corona sea llevada por su hijo con su supervisión y la representación de todos los estados sociales. Es lo justo.
-No por lo que le corresponde por derecho divino.
-Ese argumento sí que nos hace retroceder.
-¡Basta!-gritó el chambelán dando paso al rey.
El rey estaba preparado para esto. Aunque era novato e inexperimentado, sus nuevos consejeros le habían preparado bien todas las estrategias para este tipo de asuntos.
-No volvemos hacia atrás, capitán Dupont y monsier Antoine. Montaigne no podría afrontar asediar la capital de Castilla después de una victoria tan pírrica como la de la toma del río Delia. Y tampoco podríamos afrontar tomar Ciudad Vaticana sin entrar en guerra con Vodacce. Lo miremos por donde lo miremos la paz es más beneficiosa que la guerra.
Louis Dupont vio como las bancadas más moderadas asentían y aprobaban ésta réplica con griterío.
-Reconozco tus palabras en la boca de este hombre, madre- toda la asamblea miró a la señora que estaba al lado del rey-. Primero no te importó nada los sacrificios de padre y ahora pretendes deshacer toda su memoria. Bien, pero es discutible. Lo beneficioso de la paz con Castilla dependerá de las condiciones de paz...alteza.
La gente comenzó a gritar de rabia y el chambelán le reprochó:
-Capitán, si sigue dirigiéndose a su Majestad como Alteza, se le puede arrestar por traición a la patria.
Louis Dupont ni se inmutó y acarició la empuñadura de su sable.
-Caballeros...mientras mi Emperador siga viviendo, será mi Emperador. Y éste hombre, será su hijo, por lo tanto, heredero y alteza imperial. No puedo creer que el imperio en el que me crecí se haya convertido en una parodia de reino donde un Emperador y Rey puedan gobernar juntos como consejero y gobernante respectivamente con una cámara parlamentaria tan dividida y dando voz a todos los sectores. ¡Es ridículo! ¡Este gobierno es insultántemente ridículo!
-¡¿Cómo osáis?!- gritaban desde el patíbulo donde estaban los leales al nuevo rey.
Louis Dupont se subió a los escalones de las bancadas y reclamaba la atención de todos.
-¡Poder absoluto para el Emperador! ¡Viva el Emperador! ¡Viva el Emperador!- gritaba.
Algunas bancadas le coreaban, mientras otras abucheaban. Otras pocas mediaban por conciliar todas las posturas, pero era imposible.
Las miradas del rey y del capitán se cruzaron y se confrontaron en mitad de la exaltación masiva. Luois Dupont no cedió a reverenciar ni a parpadear al rey en esos instantes eternos en el que combatieron sus miradas. El joven rey no parecía imponer su voluntad, con lo que acabó agachando levemente la cabeza a modo de respeto. Louis Dupont le desaprobó negando lentamente con la cabeza y el rey frunció el ceño con tristeza. Nadie fue testigo de estas miradas, ya que todos parecían enzarzarse los unos con los otros.
-¡Esto se puede considerar traición!- le amenazaron a Louis Dupont.
-¡No es traición si cumplo mi lealtad a mi Emperador! ¡No es traición mientras él siga viviendo y le libre de vuestros grilletes, vuestros fusiles y vuestras amenazas! ¡No es traición si lucho el hombre que llevó a la grandeza a Montaigne!
Los caballeros de Louis Dupont alzaron sables en la cámara mientras los políticos representativos vociferaban furiosos, insultados o defendiendo la postura simpatizante de Louis Dupont hacia la dura política del Empereur.
-¡El Capitán Louis Dupont muere, no se rinde! ¡Su guardia muere, no se rinde!- clamaban los caballeros alzando sus sables alrededor del capitán Louis Dupont.
El rey se acercó a Mariam Dubois y habló entre los voceríos.
-¿Vuestro hijo?
-Sí- se lamentó ella-. Hay gente que nunca está dispuesta a la paz. Se ha criado entre soldados. Su padre le crió como un soldado. No va a ceder años sacrificados de guerra por la paz con los castellanos.
-¿Vos...le comprendéis?
-Por supuesto, además, es mi hijo. Pero una madre sabe lo que es bueno para sus hijos aunque éstos no lo comprendan. Y créame, la paz absoluta con Castilla es lo que salvará a mi familia. A mi Jeanette, a mi Louis y los nietos que están por llegar.
Mariam Dubois miró tristemente cómo Louis Dupont se marchaba coreado por sus seguidores e insultado por sus detractores.
-No se da cuenta de que sus intenciones, aunque coherentes, son egoístas. Y lo que es peor...nos destruirán a todos. Él incluido.
-Quizás podáis hablar con él. Convencerle de que vuelva al rebaño. Nunca me rindo con la gente que pierde su camino.
-No tengo ninguna influencia sobre mi hijo, aparte de odio y resentimiento por no compartir los aspectos belicosos de la vida. Solo escuchaba a su padre, ese maltratador. Pero puede que consigamos mucho. Lo intentaré, majestad.
-Sea por la paz.
-Sea.
Mariam Dubois se acercó a Louis Dupont a la salida de la antecámara, a pesar de que algunos soldados la amenazaron si se acercaba mucho al capitán.
-Hijo mío.
Louis la miró duramente mientras el resto de caballeros seguían exaltando su devoción al Emperador.
-Hola, madre.
-No te robaré mucho tiempo, Louis.
-Ya lo haces, madre. No vas a conseguir nada, quizás debas disfrutar de tus nuevas influencias en Montaigne, aunque haya sido a costa de la traición y de mendigar las miguitas de poder que caen de la mesa del traicionado Emperador.
-Todo esto no lo hago por poder.
Louis se acercó a su madre fríamente, clavando sus ojos en ella.
-¿Sabes, madre? Nunca pensé que tras esas toneladas de maquillaje y peinados estúpidos se pudiera esconder una mente tan retorcida digna de un vodaccio. Pero lo que jamás pensé era que quisieras escupir sobre la muerte de nuestro padre en el frente castellano, y la de miles de soldados que murieron en la invasión para liberar Théah de la Inquisición y la Iglesia. ¿Y ahora pretendes que firmemos la paz? ¡¿Después de todos los que han muerto?!
-¿Así que es eso lo único que te importa, no? Louis, precisamente queremos evitar que mueran más innecesariamente. La guerra no podría acabar bien para nuestra nación ni para Castilla. Lo hago por vosotros.
-¿Nosotros? ¿Qué te hemos importado nosotros? ¿Y qué pasa con el Emperador? ¡Era necesario apresarlo, humillarlo en público y secuestrarlo para que accediera a todos vuestros deseos?
-Lo que ha pasado en Charouse es mucho más complejo que eso. El Emperador ha reconocido a su hijo y necesita tiempo para madurar este giro de acontecimientos.
-¿Y hubiera cambiado algo que el Emperador no reconociera esta situación?
-No lo sé.
-No, madre. Si no os hubiese aceptado lo hubiérais guillotinado y hubiérais hecho lo mismo. Solo necesitáis al Emperador vivo para que el resto de Théah no os vea como una amenaza o unos débiles y os ataquen. Lo necesitáis, nada más.
-Tu visión es demasiado simplista, Louis, hay factores personales en todo esto.
-¿Pretendes decirme que el Emperador ha cambiado toda su política al conocer a su hijo? ¡¿Que se ha emocionado al ver a su retoño perdido y ahora es una monja que quiere la paz con todo el mundo?! ¡Maldita sea, madre! ¡Tú sí que tienes una visión simplista! Eres una traidora, una ambiciosa. Ahora comprendo cómo acabaste en Les Insurgents. Y ahora...comprendo que debiste haberte podrido allí.
-Pero no lo hice. El que me encerró nada tenía que ver con el Emperador.
-Pero quería evitar este caos. Seguro.
-Así es.
-¡Y pensar que permití a Marina sacarte de aquí! ¡Qué error más grande! Debía haber acabado con vosotras dos.
-Marina Oliván nos ha dado esperanzas. Solo se ha limitado a mostrar el monstruo que nos estaba gobernando a todos. Si hubieras visto los mismos horrores del Emperador que todos los ciudadanos de Charouse vimos en los días de la rebelión, habrías cambiado de punto de vista.
-¡Estúpida! ¡Si os ha ayudado a levantarle el poder al Empereur es para debilitarnos! ¡¿No ves que todo es propaganda castellana?! ¡La presencia de la Iglesia en Montaigne, la futura visita del Papa, un inquisidor, la paz con Castilla...! ¿No ves la mano de Marina en todo esto? ¡¿No veis la manipulación de los castellanos?! Esa muchacha es escurridiza, manipuladora.
-Yo la conozco, no es lo que tú dices, hijo.
-¡Yo también la conozco madre! Tiene esa habilidad de hacerte ver que es buena persona hasta cuando combates contra ella. Te haría creer que busca el bien de todos y hasta te perdonaría la vida con tal de convencerte de su postura. ¡Cuando estoy junto a ella hasta yo me uniría a su causa! ¡Pero cuando me alejo de ella y pienso fríamente, me doy cuenta! Nos manipula. Sus intereses siguen siendo para con Castilla. Y por defecto, contra Montaigne. ¡Contra nosotros!
-Son tiempos difíciles para Montaigne, hijo. Todos necesitamos tiempo y pensar fríamente. Incluso el Emperador.
-Eso lo dirás tú. ¿Dónde está?
-El Emperador se encuentra custodiado en los Jardines de la Reina Madre.
-Querrás decir secuestrado como la Reina Madre.
-Debería estar encerrado en Les Insurgents, Louis, tenlo presente. El destino que tiene el Emperador es el más benévolo que ha podido tener...y eso es gracias a Marina. Piénsalo.
Louis fue a ladrar a su madre, pero al no saber rebatirle salió airado, gritándole a sus caballeros.
-¡La guardia muere, no se rinde!
Y los caballeros le corearon y le siguieron hasta los jardines de la Reina Madre. No tardó mucho en llegar, allí encontró al Emperador tras una enorme verja de hierro dorado, sentado en un banco de piedra entre los contrafuertes de la Capilla Real donde murió su enclaustrada madre. Era irónico pensar que él era ahora el enclaustrado por su propio hijo como él le hizo a su madre. Escribía algo en una larga mesa de caoba al aire libre, rodeado de flores y setos decorativos. A un lado tenía un tablero de ajedrez y el sacerdote de la capilla echaba agua en la fuente para los gorriones que habitaban aquél paraíso aislado de la capital y de todo.
-Mon Empereur -saludó el capitán al otro extremo de la verja.
El Emperador estaba irreconocible sin su hábito imperial, sin su maquillaje y sin sus pelucas. Solo parecía lo que era, un cincuentón, caprichoso y cansado, con mucho en lo que pensar o en mucho en lo que no pensar.
León se levantó lentamente y sintió una punzada al oír su título. Avanzó lentamente hacia la verja como si hubiera oído un fantasma.
-¿Quién va?
-Soy el Capitán Louis Dupont.
-Oh, os reconozco, sois hijo de unos de los mayores mariscales que ha tenido Montaigne. El general Charles Dupont.
Por eso Louis sería siempre leal al Emperador, porque él siempre reconocía y recompensaba a los que eran útiles al imperio.
-Os sacaré de aquí, Emperador.
-¿Qué? ¿Qué decís?
-No permitiré que os mantengan encerrado y se reparten vuestro poder para que destrocen Montaigne. Menos aún que firmen la paz con Castilla.
-Capitán, yo firmé esa tregua con Castilla. ¿No os lo hicieron saber en el campo de batalla?
-Sí, y por eso estoy aquí. Ahora sé que le forzaron a ello.
-No. No exactamente. Firmé yo por voluntad propia.
Louis Dupont sintió una puñalada en el pecho.
-¿Por qué?- preguntó Louis dolido.
-Porque he reconocido que he perdido. No puedo hacer más. Estoy viejo, cansado, humillado delante del pueblo. Mis súbditos están revoltoso y saben que puedo ser destronado.
-Eso nunca os impidió gobernar como monarca absoluto. ¿Cómo podéis aceptar esta situación?
-Yo...nunca me defenderé de alguien que es sangre de mi sangre. Sobre todo si es mi propio hijo. Mi único heredero.
-¡¿Pero qué importa eso?! ¿No se da cuenta de que su hijo está destruyendo y dividiendo Montaigne? ¿Que está abriéndole las puertas al enemigo? ¡Destruyendo todo lo que hemos construido juntos! ¡Dejando entrar al pueblo y a la oposición representarse en las Sesiones Reales! ¡Dividiendo y desmenuzando todo el poder en un puñado de idiotas que no se pondrían de acuerdo ni en el color de la mierda!
-¡¿Crees que me gusta que esos idiotas abarroten y parloteen como cotorras en mi palacio repartiéndose todo mi poder?! ¡No, no me gusta! ¡Pero es mi hijo el que está ahí dentro! Acepto mi derrota y soy partícipe de que la guerra debe pararse ya. Al menos desde aquí puedo gobernar junto a él, aunque no tenga voto, aún tengo voz.
-¿Es eso? ¿Es porque es vuestro hijo?
-Sangre de mi sangre. Heredero de mi carne y de mi poder. Si él decide malgastarlo en repartirlo es cosa suya. Aunque espero convencerle de lo contrario.
-Quizás deba liberarle del embrujo que ha hecho su hijo en vos, emperador.
León Alexander sacó los brazos de la verja y apresó a Louis Dupont, que se quedó sorprendido de la violencia del Emperador. Sus ojos arrugados y sus cejas podadas colocaron al capitán entre la espada y la pared.
-Ni se te ocurra desafiar a mi hijo.
-Vos no estáis de acuerdo con lo que está ocurriendo, os estoy haciendo un favor si os deshago de toda esa chusma que abarrota vuestro palacio.
-Es cierto, me gustaría echar a todos esos ingratos que han hipnotizado a mi hijo de mi palacio. Recuperar mi poder absoluto. ¡Pero no a costa de la seguridad de mi hijo! Como le hagas algo...como le desafíes y pongas en peligro su integridad... juro que os mataré.
Louis Dupont quedó decepcionado al ver al magnífico Rey Sol, Emperador del Oeste, dirigente de la nación más prestigiosa de Théah, ser reducido a un viejo chocho enclaustrado en un jardín, haciendo que juega a ser emperador.
-Todo se verá, Emperador.
-Recordad lo que os he dicho- dijo el Emperador
-Sigo siendo leal a vos, pero si veo que vos mismo sois un peligro...
-¿Me amenazáis? Curiosa lealtad tenéis a vuestro Emperador.
-No sois más que un títere. Tengo que deshataros de vuestros hilos, Emperador. Si no, nunca seréis leal a Montaigne y al sacrificio de sus soldados. Mi Emperador...vos sois el Estado. Vos sois Montaigne.
El Emperador agachó el rostro, humillado.
-No quiero contároslo.
-¿Por qué?
-Porque es humillante, sobre todo viniendo de mano de Marina Oliván y mis propios súbditos.
-¿Qué tuvo que ver Marina en todo esto?
-No sé hasta que punto estuvo implicada. Los revolucionarios y los hambrientos se alzaron buscando cortarle la cabeza a la alta nobleza y convertir el reino en un gobierno de ciudadanos. De alguna manera se las ingenió para meterse en el palacio con los rebeldes...
-¿En el palacio? Imposible. ¿Cómo? ¿Traidores?
-Sí, yo mismo...yo le abrí las puertas.
Silencio.
-¿Cómo?
-¡Yo le abrí las puertas!- sollozó-. Cuando me enteré que Marina se encontraba en Charouse cerré la ciudad a cal y canto y obligué al pueblo a entregármela viva. Pero ella fue más astuta. Se organizó con el pueblo y fingieron entregármela...y la dejé entrar. Y con ella entraron sus aliados.
-¿Por qué no encerrarla en Les Insurgents?
-Porque...porque...quería hacerla mía.
-¿...qué?
-Ya lo habéis oído.
Louis Dupont avanzó hasta la verja y ahora fue él quien lo agarró de las ropas y lo estampó contra las verjas, algo que en la vida hubiera hecho jamás. El Emperador gimoteó patéticamente.
-¿Qué queréis decir con eso de...hacerla vuestra?
-Yo quería poseerla...
-Sexualmente.
-Sí. Ella me daría un hijo.
-¡Viejo loco! ¿Qué demonios le pasa a mi país? ¿Cómo demonios no me he enterado de nada de esto antes?
-¡Hay un pacto de silencio para no destruir la imagen de Montaigne!
-¡Imbécil! ¡¿Por qué creías que Marina te iba a dar un hijo?! ¡¿No había suficientes mujeres en la corte para tus caprichos?!
-¡El fantasma del espejo me profetizó que estaba libre de maldición! ¡Es cierto!
Louis Dupont le soltó al ver que el cura de la Capilla se acercaba. De pronto entendió que el Emperador estaba loco, senil.
-¿Qué te han hecho, mi emperador?- susurró con tristeza.
-Cuando Marina consiguió escapar en... unos aposentos especiales que tenía para consumar el hijo que quería, consiguió que los ciudadanos que la entregaron se desvelaran como espías y consiguió el espejo.
"Fantasmas, magia...estupideces."
-Entonces ella mostró hasta el público la verdad. Una verdad aún más aterradora. Que hace tiempo, en los días posteriores al baile de coronación, vos estuvísteis presente y bailasteis con ella, intenté... intenté...intenté...
-¡Basta! ¡Dijisteis que os atacó en vuestros aposentos!
-Era una burda mentira. Me atacó en defensa propia. Intenté vio...
-¡SILENCIO! No quiero oírlo- gritó desesperado, y sintió ganas de escupirle en el rostro- Marina hizo bien. Sois como vuestros asquerosos cortesanos, os habéis dejado llevar por una pasión irracional. Os merecéis lo que os ha hecho.
-Pero Marina es nuestra enemiga...
-¡Ella ha hecho lo que cualquier hombre de honor haría! Combatir hasta el final a un monstruo aun a riesgo de su propia integridad. Llevar la verdad hasta las últimas consecuencias. Aunque os admito que yo no hubiera sido clemente ante vuestra debilidad.
-Pero ella nos...
-¡SILENCIO! No quiero que habléis de ella, está muy por encima de vos ahora mismo, emperador.
Empujó a León hacia el interior y cayó en el césped de la capilla.
-¿Cómo osáis? ¡Sigo siendo vuestro emperador!
-Vos no sois el emperador, solo sois la sombra de una cáscara atrofiada. Os han destruido bien, pero la culpa es vuestra. No temáis, intentaré devolveros vuestro honor, vuestra gloria y cuando vea en vos al emperador al que juré lealtad, volveré a inclinarme. Si es que eso ocurre.
El Emperador no quería que Louis hiciera nada, sabía que su hijo saldría perjudicado en todo este asunto. Sin embargo, una pequeña parte de él también quería ver arder a todos esos conspiradores que lo habían traicionado y ver sufrir al pueblo que le había escupido a la cara. Dubitativo, se quedó tirado en el césped, sin querer pensar en nada ni en nadie. Así que decidió esperar y tener buenos pensamientos sobre su hijo Louis Alexander para que viera la luz y decidiera gobernar como él lo había hecho, por y para Montaigne. De forma absoluta. Sin la presencia de los conspiradores.
Louis Dupont se alejó rápidamente y montó en su caballo de guerra. Por primera vez sintió lástima por Marina. Odiaba admirarla por su lucha y la odiaba por haber dejado a ese despojo humano de Emperador más muerto políticamente que vivo. Quizás debía haber muerto, pero de alguna manera seguía creyendo que él era la esperanza de Montaigne.
Espoleó su caballo hasta salir de palacio y reunirse con su compañía.
"Así que su hijo, la presión del pueblo, la humillación pública, el desenmascaramiento de su verdadero ser y el perdón privado de Marina...es eso lo que le ha hecho cambiar. Lo que le ha destrozado y le ha convertido en una sombra de lo que es. En un asqueroso despojo humano. Los conspiradores y Marina han sido astutos para conseguir debilitar a Montaigne. Han encontrado una debilidad en el Emperador y lo ha mostrado a todo el pueblo lo malvado que es. Piensan atarlo en corto hasta el final. El Emperador ha sido hipnotizado por su hijo, que a su vez es manipulado por los rebeldes, que a su vez cumplen los intereses de Castilla. Todo es peor de lo que pensaba. Quizás deba romper todo ese embrujo y esa humillación. Salvar al Emperador de sí mismo y de sus asquerosos vicios. Habría luchado por el Emperador, pero...¿merecía pena luchar por ese hombre que había conocido en los jardines?"
Entonces pensó algo que jamás se le hubiera pasado por la cabeza.
"Quizás el Emperador tampoco merezca ser salvado"
Lo que sí tenía claro es que Montaigne debía ser salvado, con o sin ese Emperador. Quizás era el momento de demostrar quién era. El espejo donde se reflejaba Montaigne estaba fragmentado. Montaigne le necesitaba. Ahora más que nunca.
Y cabalgando hacia Castilla algo en su interior, su condecoración, su odio o su determinación, le dijo que había nacido para este momento.
Y pensaba llegar hasta el final.
Porque el capitán Louis Dupont muere, no se rinde.
Todos los ciudadanos dejaron sus quehaceres debido al jaleo de los paisanos al ver al regimiento volver a la capital de Montaigne. Los que atravesaban sus calles eran más que soldados para ellos. Eran primos, hermanos, amigos, prometidos...en definitiva, eran familia.
Ademas, muchos tenían curiosidad por ver al hijo del fallecido Mariscal Imperial de Montaigne (Charles Dupont), liderar el magnífico desfile de caballería.
Tras el capitán y su Estado Mayor los caballeros del capitán Dupont escrutaban las calles de su juventud con el ceño fruncido, mirando de reojo, temiendo enfrentarse a la realidad actual de la ciudad de la que partieron a la guerra hace años. Muchos almacenes habían sido pastos de las llamas, la Catedral de Nuestra Señora había sido ocupada por milicias urbanas en vez de seguir vacía por el régimen del Empereur, los hambrientos hacían cola disciplinadamente frente un intendente de la guardia real para esperar por un panecillo de pan; y los comerciantes reparaban con ahínco sus establecimientos, que parecían haber sido saqueados por masas enfurecidas. Era como si por allí hubiera pasado un tornado del que se estaban recuperando.
A Louis Dupont le latía la mirada cada vez que percibía algo diferente en la capital. El capitán de caballería era un elegante joven que parecía haber nacido para llevar un uniforme. Sus hombros siempre estaban permanentemente cuadrados para la responsabilidad de sus galones y repasaba constantemente que sus blancos guantes de caballería estuvieran ajustados.
Sin embargo, todos prejuzgaban al joven Louis Dupont por su aspecto físico por su juventud. Independientemente de su atractivo (que era tema de discusión entre las damas de la corte), muchos lo catalogaban de alguien inmaduro y demasiado joven para el puesto de capitán de caballería. Pocos osaban decirlo en voz alta, nadie quería ganarse un duelo a muerte demasiado presto, mientras que otros envidiosos se consolaban en la sombras argumentando que había llegado a ser capitán tan pronto porque era hijo del antiguo Mariscal Imperial.
Era cierto que Louis Dupont no era bueno con las palabras, ni animando a los hombres. Tampoco tenía las dotes estratégicas y la experiencia de su padre, uno de los mariscales imperiales. Cambiaba constantemente de caballo de guerra y era incapaz de cuidar sus monturas durante más de dos batallas. La preocupación por sus soldados siempre era visto como algo forzado y su carisma era tan pobre que no inspiraba lealtad entre sus hombres. Sin embargo, había algo que le distinguía, algo que le hacía poderoso al frente de sus caballeros y que le convertía en alguien valioso.
Hacía la guerra a los castellanos con una pasión digna de admiración.
Y aunque la guerra con Castilla estaba en un estado de "alto el fuego" Luois se había traído en su pecho el odio colgado junto con su condecoración.
Los paisanos que observaban el desfile observaron a los caballeros con pesadas ojeras, pero con una mirada brillante y una triste sonrisa que contagiaba cierta esperanza entre ellos. Ellos también observaban a los soldados como los recién llegados veían la ciudad. Habían cambiado y les chocaba la fachada de las nuevas caras que habían esculpido en la guerra. Sus rostros se habían desencajado, la mirada de algunos estaban huecas y otros parecía que habían vivido cien inviernos.
La formación era perfecta, los uniformes impecables, sables relucientes y todos los galones y condecoraciones merecidos...pero la juventud de sus rostros había desaparecido en los tres años que habían pasado en el frente de Castilla. Podían limpiar los tabardos, emplumar los sombreros y lustrar las botas...pero la alegría de los jóvenes era algo que no podían recuperar con el uniforme.
Luois era el que más atención ponía en los detalles de la "nueva" Charouse. Observaba sobre todo los tejados, en busca de un estandarte con el Sol del Empereur. Ahí seguían, pero todo parecía cambiado. Los Mosqueteros de la Garde du Soleil no aplacaban la multitud de pobres que deberían estar en sus barrios marginales. Pero lo que más le torció el gesto fue ver a los pobres hacer cola para recibir comida en mitad de las calles de clase pudiente. Era algo que no hubiera pasado con su antiguo Emperador. Ahora, decían, había subido al poder el supuesto hijo desaparecido del Empereur. Nadie sabía exactamente las circunstancias, pero desde luego había habido un cambio importante. Los pobres infestaban la ciudad y los había por doquier. Algo que detestaba.
Pero para eso Louis Dupont se había presentado en la capital imperial, para ver los cambios.
Y sobre todo para ver si los cambios le gustaban.
El capitán desenvainó su sable y lo alzó brillando al sol. Ante esa señal, los pendones y estandartes de un azul imperial se alzaron en la formación. Los jinetes dieron lo mejor de sí mismos en su marcha marcial y los caballos veneraba con sus rodillas al cielo y pisoteaban los adoquines de la carretera. El espectáculo fue impresionante, haciendo que los ciudadanos siguieran a la comitiva hasta la Chateau du Soleil, el palacio del Empereur (si es que no seguía siéndolo).
Llegaron a las doradas verjas del recinto imperial y las puertas se abrieron por nobles mosqueteros que habían escuchado los vítores, los "vivas" y el jolgorio de ver a los patriotas volver a casa. A pesar de lo improvisado de su llegada, parecía que en palacio estaban listos para recibir al capitán.
Louis Dupont entró en la Chateu du Soleil a caballo y una gran oleada de vítores lo animaron a girarse para saludar a sus paisanos. Ojiplático miraba cómo los pobres gritaban su nombre. No esperaba tal recibimiento de los que habían sido proscritos. Esos mendigos habían sido hacinados en los barrios exteriores y en los ensanches por orden del Empereur y deberían odiar a cualquiera que esgrimiera el Sol Imperial. Sin embargo, aceptó el halago elegantemente, saludando con su mano enguantada.
-¡Louis! ¡Louis! ¡Louis!- aclamaban mirando al cielo algunos de los ciudadanos que hace tiempo habían perdido la esperanza.
Louis cabalgó hasta la entrada, sin acercarse mucho a lo que él consideraba la lacra de Charouse.
-¡Gracias, ciudadanos de Charouse! He venido desde el frente de Castilla para ponerme al corriente de los rumores que he recibido de que en Charouse el Emperador...
Un tomatazo estalló de pronto en el ojo de Louis y juraría que escuchó un "muerte al Emperador" y gente que coreaban "que lo guillotinen". El capitán no asumió la situación hasta que se vio hecho burla de la muchedumbre. Había sido lanzado desde la multitud por alguien anónimo, mientras el resto seguían mirando al cielo con esperanza.
-¡Viva Louis Alexander XV du Montaigne!-gritó una voz fuerte desde los ciudadanos que se abalanzaban a la verja del palacio desde el exterior.
Louis Dupont volteó su caballo lentamente y miró el palco imperial del pabellón norte. Era el más cercano al muro exterior y desde él se podía vislumbrar perfectamente a un joven, ingenuo, coronado y vestido con el manto imperial que hacía unos meses llevaba el Empereur.
Louis comprendió que no era él a quién alababan. Tampoco era él a quien miraban con esperanza. Miraban al joven del palco imperial. Era Louis Alexander, el único primogénito del Empereur, cuya existencia fue ocultada a su padre por revolucionarios y conspiradores internos para poder dar el golpe de estado algún día.
La mirada del capitán se cruzó con la del monarca. El capitán Louis Dupont torció el gesto con una mueca, apretó los dientes y cogió las riendas con tanta fuerza que casi se le agrietan los guantes, dirigiéndose hacia el patio. Ni siquiera saludó al nuevo monarca. ¡Ni siquiera sabía si era el monarca!
El joven dirigente le saludó diligente con la mano, dio media vuelta y desapareció del balcón para internarse en el pabellón palaciego. Louis Dupont comprendió que era una invitación para buscarlo dentro. Ya lo creo que lo buscaría. Cruzó a galope los verdes jardines y fuentes del palacio y llegó hasta la regia escalera de mármol del palacio. No tardó mucho en llegar a la sala de audiencias. Su caballo fue atendido como el de un cortesano más (algo que le ofendió) y Louis Dupont se internó en los salones haciendo resonar los tacones de sus botas de guerra. ¿Dónde estaba el cortejo que tendría que recibirlo con el honor que se merecía?
Louis Dupont entró a pasos agigantados y mirando intensamente a todo con el que se cruzaba, intentando reconocerlo, intimidando a los que no reconocía. El olor a perfume era considerablente menor en los salones tal y como lo recordaba, y las actividades ociosas de palacio como la danza y los juegos de azar habían sido sustituidos por mosqueteros centinelas. La guardia real había sido doblada y mantenían un estado de incertidumbre que daba tensión en el ambiente. Louis Dupont veía las consecuencias claras de un golpe de estado, pero veía extraño que los que velaban por la seguridad de los golpistas fueran precisamente los leales al Emperador que acababa de perder todo su poder real.
Claramente esto solo lo conseguía el hecho de que ahora portaba la corona era el hijo perdido del Empereur. La sangre daba lealtad.
"Una astuta jugada por parte de los conspiradores. Reconozco que esos cerdos son buenos", admiró Louis Dupont observando a los mosqueteros mientras estos le seguían con la mirada.
Louis Dupont llegó a una enorme antecámara donde se encontraban una gran multitud de personas de todo tipo de condición y clase. Esperó a que le abrieran paso y al menos le saludaran, pero nadie se percató de esa aguja en un pajar. De pronto sintió algo que en la vida le había pasado jamás: se sentía estúpido con el uniforme militar. Esperaba que causara respeto, admiración, algo que moviera el interior del prójimo y les inspirara alguna alabanza. Pero el resto le ignoraba, como si fuera un loco disfrazado que creía equivocadamente que iba a un carnaval. Las docenas de asistentes hablaban y caminaban entre ellos como las abejas enloquecidas de una colmena, como si tuvieran mucho trabajo que hacer y no supieran cómo. Algunos discutían airadamente y otros compartían ideas de forma exaltada.
Luois respiraba dos cosas contradictorias en el ambiente: la ira de la nobleza por la gravedad de los cambios y la ilusión del resto por crear una nueva Montaigne.
Los más distinguidos aristócratas (los distinguían por sus pelucas por encima de tanta cabeza) que habían mantenido sus bienes y sus títulos se alejaban de esta muchedumbre parlanchina y a veces vulgar quedándose a la espera. Estaban tensos y a uno de ellos le temblaba el falso lunar pintado en su mejilla, como si le estuvieran insultando. Al lado de la puerta de audiencias del Empereur, el chambelán mayor les abría las puertas a la cámara de asambleas y todos entraban. Louis Dupont jamás había visto tamaña masa de gente en la Chateau du Soleil, menos aún para tratar de política. Ni siquiera Castilla, que contaba con un amplio consejo debido a los clérigos, traía a tanta gente para decidir los pormenores del futuro de la nación. Louis Dupont vio aquello como una distinguida taberna de lujo, pero taberna al fin y al cabo.
Con mucho ruido los asistentes entraron y tomaron asiento. Los funcionarios reales se apartaron de la multitud y se sentaron en sus bancadas más próximas al dirigente. Justo cuando iba a entrar, el chambelán le cortó el paso.
-Disculpe monsieur, esta cámara es para los representantes de la asamblea, no para militares.
Louis Dupont fijó sus relámpagos azules en el chambelán.
-Soy Louis Dupont, Capitán del 9º Regimiento de Caballería Pesada. Soy hijo del anterior Mariscal Charles Dupont, caído honora...
"Honorablemente no...cerdos castellanos"
-Caído heróicamente en el asedio de San Teodoro. Ábrame las puertas de esta asamblea.
-Lo lamento- negó el chambelán-. Pero el rey necesita atender los asuntos en orden y no está citado con vos. Ha podido a duras penas recibiros en la puerta de palacio, es más de lo que esperaba dado el poco tiempo que tiene. Espero que entienda las circunstancias extraordinarias, capitán Dubon.
-Es Dupont -ladró contenidamente el capitán-. Capitán Dupont, estuve en la quema de la batalla de San Juan, la toma de San Agustín y la defensa de la Reina del Mar. ¡Soy un héroe de guerra!
El chambelán no escuchaba. Estaba pendiente de que todo el mundo había entrado y le esperaban.
-Lo lamento. Tengo que entrar a mediar la sesión. El nuevo rey espera.
Louis Dupont lo agarró de las solapas de su levita y sintió el deseo de estamparlo contra la pared y hacerle sentir lo insignificante que era para la patria comparado con él. El chambelán lo miró temblando y Louis Dupont dejó que esa alimaña huyera.
-Márchese y cumpla con la nación.
-Sí...monsieur.
-Capitán.
-Sí, capitán.
Louis Dupont sintió deseos de arrancarse los galones y las condecoraciones. ¿De qué había servido tanto sacrificio? Él les daba su carne y su sangre a la patria y ellos le pagaban con indiferencia.
Peor aún. Con un tomatazo en el rostro.
Se había quedado solo en la cavernosa antecámara. No se había dado cuenta de lo grande que era hasta que se habían marchado todos. Pronto vio como sus caballeros se unían a él en la sala, esperando al capitán.
-¿Habéis hablado con el nuevo rey, capitán?- preguntó un sargento.
-No. Ni siquiera nos dejan entrar en esta estúpida asamblea. Además, me niego a considerarlo rey. El emperador aún vive, por suerte, aunque no sé qué papel tiene en todo esto. Ni siquiera lo he visto por aquí, y este es su palacio y su sala de asambleas.
-Tres años combatiendo por ellos y no nos prestan ni un mínimo de atención. Así de perra es la vida del militar.
Louis Dupont le dio un bofetón al sargento.
-Hablas como un sucio castellano, quejándote y esperando su soldada atrasada. Tu deber era sangrar por la patria y por la causa de nuestros padres. Ten fe en nuestro Emperador, cuando sepamos qué está pasando aquí se nos tratará como es debido.
-Sí, capitán. Lo siento, capitán.
Detrás de la blanca puerta se oían a las multitudes coger asiento y prepararse. Aprovechó la ausencia del chambelán y abrió la hoja de la puerta y pudo espiar toda la asamblea. Detrás de la mesa donde se presidiría la asamblea, Louis Dupont vio algo que le provocaba un asco infinito. Sotanas de sacerdocio. Entre las cabezas y los sombreros vio por lo menos un hábito escarlata de cardenal y otro púrpura de arzobispo. El cardenal D'Argeneau, exiliado por el Empereur y el arzobispo Maurice Rostand du Pourisse, el único hombre de la Iglesia tolerado por el anterior gobierno, solo cumpliendo en Montaigne como confesor de la Reina Madre hasta su fallecimiento.
Sin duda ellos eran los conspiradores que habían provocado su vuelta a casa, la tregua con Castilla y el cambio de dirigente. Sin duda, pensaba Louis, eran agentes del gobierno de Castilla que querían debilitar la hegemonía de Montaigne sobre Théah. Mientras esperaba a que apareciera el rey en la sala, espiaba con cierto horror aquél patio de infantes de escuela en mitad de la regia sala donde anteriormente el Rey Sol hablaba con sus ministros, burócratas y cortesanos. El chambelán hizo el silencio con su bastón.
-¡Su Majestad el Rey Louis Alexander XV du Montaigne!
El joven rey, que había visto antes en la balconada, apareció. Joven, inexperto pero con algo de decisión. Detrás de él venía una mujer mayor, madura, aristócrata, rondando los cincuenta años y que intentaba ocultar con toneladas de maquillaje. Reconoció sus andares extravagantes al instante y confirmó todas sus sospechas. Su madre, la duquesa Mariam Dubois, estaba metida hasta el fondo en aquél cambio de poder.
El chambelán mayor dio nuevos golpes con su bastón y anunció:
- Damas, caballeros. Bienvenidos a la Asamblea Nacional instaurada en el nuevo gobierno provisional del nuevo rey Louis Alexander XV du Montaigne, hijo de nuestro Emperador León Alexander XIV du Montaigne. A continuación el rey tomará la palabra presidiendo esta cámara fundada en el día de hoy con objeto de escuchar a todos los estamentos sociales y evitar los excesos y los errores del anterior imperio con las respectivas intervenciones de los sectores parlamentarios ¡Que comience la Primera Sesión Real de Montaigne!
Louis Alexander avanzó lentamente con cierta cautela de sostener la corona, que le temblaba en la cabeza por la falta de equilibrio.
-Caballeros, les agradezco que hayan sido tan voluntariosos y diligentes de venir hasta aquí para reconducir a la nueva Montaigne hacia un futuro más esperanzador. Como saben, soy el hijo del Emperador León Alexander XIV du Montaigne y he sido nombrado por esta nación como regente máximo de este reino, apoyado oficialmente por la firma de mi padre, el Emperador. Me alegra ver a personas de orígenes tan variados hacen enriquecer esta cámara, que hasta ahora solo había sido gobernada por las decisiones de una sola persona, mi padre, e influida por un número reducido de ministros y funcionarios. Si están aquí es que han sido seleccionados para representar a los diferentes sectores sociales en esta asamblea real y comenzar un nuevo rumbo de Restauración a la monarquía. Dejar de lado nuestras políticas imperialistas y gobierno absolutista, y centrarnos en la recuperación del pueblo de Montaigne.
De pronto Luois Dupont miró con atención a los hombres de la bancada derecha. Estaban airados, agitaban los puños, se levantaban enfadados y algunos hasta lanzaban con ira sus pelucas empolvadas al suelo. Eran los privilegiados, la alta nobleza. Su oposición a cualquier reforma les provocaba una rabieta infantil que no podían disimular. No estaban acostumbrados a moderarse ante los demás y no tenían por qué hacerlo ahora. Uno de ellos, Antoine Mounier, maduro, mirada ladina y anteojos pequeños, airaba su casaca nobiliaria señalando duramente a la bancada izquierda que tenían enfrente. A Louis Dupont le daba cierto asco este señor (como a casi todos los aristócratas no militares), lo había visto varias veces jugando a la "gallinita ciega" en los jardines de palacio con bellas cortesanas, y le resultaba raro verlo tan serio en una asamblea real. ¿Raro? No, le resultaba asqueroso. Algo le decía que iba a odiar a todos los de esa sala, incluido la alta aristocracia de siempre como Antoine Mounier, que rabiaba como un cochinillo.
-¡Es un insulto que toda esta gente esté aquí presente después de todo el daño que le han hecho al imperio! He visto como muchos de estos hombres de orígenes supuestamente "humildes" han ido persiguiendo nobles y mosqueteros para matarlos a sangre fría. Se autoproclaman verdaderos patriotas y no son más que sanguinarios. ¡Y nosotros ahora les damos presencia y palabra aquí, a las puertas de nuestro hogar!
Louis Dupont dirigió su mirada hacia el otro extremo de la sala. Gautier, un joven revolucionario de una minoría social que había luchado en las calles se alzó del banco entre el estado popular señalando amenazadoramente a Antoine Mounier, a pesar de que no representaba a la bancada popular.
-¡Malditos canallas! ¡El Emperador estaba derrochando los fondos nacionales en caprichos, enviando a inútiles guerras a nuestros jóvenes y desgastando los campos! ¡Era necesario detener al Emperador de su despotismo y quitarle ese poder absoluto sobre todos nosotros! Los cortesanos vivíais de fiesta en fiesta mientras el pueblo se moría de hambre. Sí, es cierto, he matado nobles y he matado mosqueteros. ¡No me arrepiento ni de quitarle el poder absoluto al Emperador ni de nada de lo que he hecho para conseguirlo!
Antoine se dirigió hacia el rey, que expresaba su tristeza guardando silencio ante el lamentable espectáculo.
-¡Majestad, este hombre que han elegido para la bancada popular no es más que un asesino! ¡Reconoce y hace apología a las matanzas en nuestra nación! Además, los ataques revolucionarios no han cesado, muchos radicales siguen campando por las calles y haciendo nidos de revolución en barrios de los ensanches ¡Estoy seguro que no sois más que espías de ese arrogante de Víctor Durant, que sigue escondido en las cloacas y matando al no hacerse con la suya! Majestad, exijo que se les expulse a toda esa bancada de la Asamblea Real.
-¡Ya estáis los nobles escondiéndoos tras las faldas de la corona!- gritó Gautier, que era agarrado por todos los representantes populares para que se sentara y se callara. Pero seguía alzando la voz entre un mar de manos y amenazas- ¡Tenéis la suerte de que somos ciudadanos civilizados y hemos permitido que sigáis aquí! ¡Si fuéramos sanguinarios habríais sido todos guillotinados! ¡Tenéis suerte de que a alguien se le ocurriera la estúpida idea de no culpar a la nobleza de todos nuestros problemas!
-No seréis tan osado de pensar que vosotros estáis contribuyendo al bien de Montaigne, ¿verdad?
-¡Al menos lo intentamos y no nos revolcamos como cerdos en nuestra opulencia!
Ambas bancadas se levantaron lanzándose insultos y amenazándose con los puños. La misma bancada popular se peleaba con Gautier, desaprobando sus palabras, pues no querían perder la oportunidad que les estaba brindando este rey de tener voz en la Chateau du Soleil. Los nobles se mantenían unidos y pedían ayudas de los mosqueteros cuando algún exaltado salía de su banco para acercarse a los aristócratas rojos de ira. Las otras dos bancadas, más moderados, los monárquicos y los patriotas más moderados rechazaban estos comportamientos.
El rey dio orden de silencio y el chambelán presto dio golpes con su bastón.
-¡Silencio!
El representante de la bancada popular, el erudito y filósofo Regine de Ness, un hombre ya viejo, racional a la vez que pasional cuando defendía sus ideas, se acercó a Gautier.
-Muchacho, deja tus amenazas para cuando puedas cumplirlas. Piensa en los esfuerzos de Durant, no fastidies nuestro trabajo, no estás haciéndonos ningún favor. Nuestro momento llegará- de pronto alzó la voz a la mesa de presidencia- Majestad disculpen a este exaltado, se ha dejado llevar por sus emociones. No representa a nuestro sector.
Regine de Ness miró a Gautier hasta que éste asintió y se sentó con tranquilidad.
Tomó sobriamente la palabra Madelein du Chateleine. A pesar de que había compartido sus lealtades con el Concilio Revolucionario de los Ocho, se había separado de esta línea política ahora representaba la bancada moderada de los monárquicos.
-Caballeros, esto que nos está ocurriendo es lo mejor que nos podía pasar para salvar a Montaigne. Tenemos la oportunidad de aprovechar un dirigente que nos oye y que no gobierna absolutamente para sí mismo, y que a la misma vez no nos hace traicionar a la sangre real de nuestra patria. A la misma vez contamos con la experiencia y las ideas del Emperador, que sigue siendo el padre y tutor de nuestra gran nación. El futuro rey no juzgará a la nobleza por lapidar los fondos nacionales tal y como decidieron los héroes de la rebelión; estableceremos un acercamiento hacia la Iglesia y recibiremos a su Santidad en una semana para establecer un encuentro diplomático; se mantiene la nobleza y el pueblo obtiene su representación en las asambleas reales...
Aunque Víctor Durant y Madelein du Chatelein habían cedido sus palabras a la causa de la revolución y la caída de la monarquía absolutista, ambos eran muy diferentes en sus oratorias. Víctor Durant, el líder de la revolución y buscador de la creación de un gobierno dirigido por ciudadanos, era un excelente orador que hacía que todos los hombres quisieran morir por la causa, mientras que Madeleine du Cheteleine había destacado en la rebelión por ser la mediadora por excelencia, capaz de calmar un lobo sediento de sangre.
Sin embargo, la última frase que soltó Madelein du Chateleine en su discurso no calmó al lobo salvaje que aullaba en el interior de Louis Dupont.
-Además, nuestro nuevo regente y nuestro emperador conseguirán juntos rellenar las arcas del estado al darnos la paz definitiva con Castilla.
El capitán miró a sus hombres y les hizo un gesto que todos entendieron al instante. La madera de las puertas de la sala se abrieron con violencia y docenas de caballeros uniformados irrumpieron en la asamblea al mando del capitán Louis Dupont.
-¡Exijo hablar frente a nuestro alteza imperial y a esta asamblea!
El chambelán dio la orden a los mosqueteros de detenerlos y los caballeros flanquearon a su líder esgrimiendo sus sables de caballería. El rey alzó una mano deteniendo a los mosqueteros y el chambelán intentó echarlos por las buenas.
-¡Márchese caballero! ¡Los asuntos militares serán tratados en otra sesión extraordinaria por el rey!
-No. Exijo que sea el legítimo Emperador el que nos atienda y nos explique todo lo que se está hablando aquí. ¿Dónde está? Si sigue siendo el Emperador de nuestra gran nación ¿Por qué se le excluye de las decisiones políticas que queréis decidir sin él? ¡Vosotros queréis al Empereur para explotar su corona a vuestro antojo y usarlo de títere como hacen los castellanos con su rey! No sois justos ni sois benevolentes, sois unos manipuladores, unos matones que usáis al caído como escudo humano y de chivo expiatorio. Que nos dejen en ascuas esperando órdenes absurdas es algo que no voy a tolerar- Louis Dupont miró a todos los presentes-. Mi nombre es Louis Dupont, hijo del Mariscal Imperial Charles Dupont. Soy capitán del 9º Regimiento de Caballería Pesada de Montaigne, pero no siempre he sido capitán, sino que he ascendido con el sudor de mi frente y mi sangre derramada. He combatido tres largos años en el frente de Castilla, trayendo gloria a nuestro ejército, reputación a nuestros soldados, temor a las naciones neutrales y prestigio a nuestro país. He luchado junto a los destacamentos urbanos en la ocupación de Barcino, he cabalgado por toda la orilla del río Delia durante meses coordinando órdenes, he requisado cientos de hectáreas de cultivo para enviar comida a Charouse, saqueado ciudades como San Agustín para que podáis seguir con vuestras vidas en paz, he combatido largamente en la batalla de las estepas de San Juan, tristemente he perdido a mi padre sirviendo a la patria sin que se rindiera ningún homenaje y me he desangrado en la defensa de la Reina del Mar. Estábamos a punto de conquistar el fuerte del río Delia con la posibilidad de iniciar el asedio a la capital castellana...y me encuentro conque, de pronto, el Emperador decide establecer un alto el fuego con Castilla para negociaciones diplomáticas para la paz. Ni siquiera creo que eso lo haya decidido el Emperador por libertad propia, sino coaccionado por la perspectiva de una ejecución. Eso tiene un nombre ¡Se llama traición a la patria! ¡No podemos parar ahora! ¡No ahora que estábamos tan cerca! ¡Es insultante!
Antoine Mounier se alzó:
-¡El capitán tiene razón! ¡No podemos volver atrás! ¡No cuando nuestra inversión puede comenzar a dar nuestros frutos! ¡No consiento que deshagamos todo lo conseguido con nuestro verdadero dirigente!¡El Emperador debe asumir el peso de la corona de nuevo como gobernante absolutista!
-El Emperador fue destituido de sus responsabilidades absolutas sobre la nación, monsieur Mounier- aclaró Madeleine Chatelein-. Después de sus atrocidades y sus vicios mostrados y demostrados públicamente el único bien que hace a Montaigne es el de gobernar controladamente, aconsejar a su hijo en sus políticas y en mantenerse al margen. Él mismo aceptó ese destino.
-¡Es cierto!- gritó Antoine Mounier-. ¡Era eso o la muerte, como dice Louis Dupont! Debemos darle una segunda oportunidad al Emperador.
-Ya la tiene- replicó Madelein- Por eso sigue siendo Emperador.
-Pero no tiene ningún poder real.
- El rey sabiamente le mantuvo con vida para que se redimiera y le ayudara a gobernar. El Emperador ha aprobado que la regencia de la corona sea llevada por su hijo con su supervisión y la representación de todos los estados sociales. Es lo justo.
-No por lo que le corresponde por derecho divino.
-Ese argumento sí que nos hace retroceder.
-¡Basta!-gritó el chambelán dando paso al rey.
El rey estaba preparado para esto. Aunque era novato e inexperimentado, sus nuevos consejeros le habían preparado bien todas las estrategias para este tipo de asuntos.
-No volvemos hacia atrás, capitán Dupont y monsier Antoine. Montaigne no podría afrontar asediar la capital de Castilla después de una victoria tan pírrica como la de la toma del río Delia. Y tampoco podríamos afrontar tomar Ciudad Vaticana sin entrar en guerra con Vodacce. Lo miremos por donde lo miremos la paz es más beneficiosa que la guerra.
Louis Dupont vio como las bancadas más moderadas asentían y aprobaban ésta réplica con griterío.
-Reconozco tus palabras en la boca de este hombre, madre- toda la asamblea miró a la señora que estaba al lado del rey-. Primero no te importó nada los sacrificios de padre y ahora pretendes deshacer toda su memoria. Bien, pero es discutible. Lo beneficioso de la paz con Castilla dependerá de las condiciones de paz...alteza.
-Capitán, si sigue dirigiéndose a su Majestad como Alteza, se le puede arrestar por traición a la patria.
Louis Dupont ni se inmutó y acarició la empuñadura de su sable.
-Caballeros...mientras mi Emperador siga viviendo, será mi Emperador. Y éste hombre, será su hijo, por lo tanto, heredero y alteza imperial. No puedo creer que el imperio en el que me crecí se haya convertido en una parodia de reino donde un Emperador y Rey puedan gobernar juntos como consejero y gobernante respectivamente con una cámara parlamentaria tan dividida y dando voz a todos los sectores. ¡Es ridículo! ¡Este gobierno es insultántemente ridículo!
-¡¿Cómo osáis?!- gritaban desde el patíbulo donde estaban los leales al nuevo rey.
Louis Dupont se subió a los escalones de las bancadas y reclamaba la atención de todos.
-¡Poder absoluto para el Emperador! ¡Viva el Emperador! ¡Viva el Emperador!- gritaba.
Algunas bancadas le coreaban, mientras otras abucheaban. Otras pocas mediaban por conciliar todas las posturas, pero era imposible.
Las miradas del rey y del capitán se cruzaron y se confrontaron en mitad de la exaltación masiva. Luois Dupont no cedió a reverenciar ni a parpadear al rey en esos instantes eternos en el que combatieron sus miradas. El joven rey no parecía imponer su voluntad, con lo que acabó agachando levemente la cabeza a modo de respeto. Louis Dupont le desaprobó negando lentamente con la cabeza y el rey frunció el ceño con tristeza. Nadie fue testigo de estas miradas, ya que todos parecían enzarzarse los unos con los otros.
-¡Esto se puede considerar traición!- le amenazaron a Louis Dupont.
-¡No es traición si cumplo mi lealtad a mi Emperador! ¡No es traición mientras él siga viviendo y le libre de vuestros grilletes, vuestros fusiles y vuestras amenazas! ¡No es traición si lucho el hombre que llevó a la grandeza a Montaigne!
Los caballeros de Louis Dupont alzaron sables en la cámara mientras los políticos representativos vociferaban furiosos, insultados o defendiendo la postura simpatizante de Louis Dupont hacia la dura política del Empereur.
-¡El Capitán Louis Dupont muere, no se rinde! ¡Su guardia muere, no se rinde!- clamaban los caballeros alzando sus sables alrededor del capitán Louis Dupont.
El rey se acercó a Mariam Dubois y habló entre los voceríos.
-¿Vuestro hijo?
-Sí- se lamentó ella-. Hay gente que nunca está dispuesta a la paz. Se ha criado entre soldados. Su padre le crió como un soldado. No va a ceder años sacrificados de guerra por la paz con los castellanos.
-¿Vos...le comprendéis?
-Por supuesto, además, es mi hijo. Pero una madre sabe lo que es bueno para sus hijos aunque éstos no lo comprendan. Y créame, la paz absoluta con Castilla es lo que salvará a mi familia. A mi Jeanette, a mi Louis y los nietos que están por llegar.
Mariam Dubois miró tristemente cómo Louis Dupont se marchaba coreado por sus seguidores e insultado por sus detractores.
-No se da cuenta de que sus intenciones, aunque coherentes, son egoístas. Y lo que es peor...nos destruirán a todos. Él incluido.
-Quizás podáis hablar con él. Convencerle de que vuelva al rebaño. Nunca me rindo con la gente que pierde su camino.
-No tengo ninguna influencia sobre mi hijo, aparte de odio y resentimiento por no compartir los aspectos belicosos de la vida. Solo escuchaba a su padre, ese maltratador. Pero puede que consigamos mucho. Lo intentaré, majestad.
-Sea por la paz.
-Sea.
Mariam Dubois se acercó a Louis Dupont a la salida de la antecámara, a pesar de que algunos soldados la amenazaron si se acercaba mucho al capitán.
-Hijo mío.
Louis la miró duramente mientras el resto de caballeros seguían exaltando su devoción al Emperador.
-Hola, madre.
-No te robaré mucho tiempo, Louis.
-Ya lo haces, madre. No vas a conseguir nada, quizás debas disfrutar de tus nuevas influencias en Montaigne, aunque haya sido a costa de la traición y de mendigar las miguitas de poder que caen de la mesa del traicionado Emperador.
-Todo esto no lo hago por poder.
Louis se acercó a su madre fríamente, clavando sus ojos en ella.
-¿Sabes, madre? Nunca pensé que tras esas toneladas de maquillaje y peinados estúpidos se pudiera esconder una mente tan retorcida digna de un vodaccio. Pero lo que jamás pensé era que quisieras escupir sobre la muerte de nuestro padre en el frente castellano, y la de miles de soldados que murieron en la invasión para liberar Théah de la Inquisición y la Iglesia. ¿Y ahora pretendes que firmemos la paz? ¡¿Después de todos los que han muerto?!
-¿Así que es eso lo único que te importa, no? Louis, precisamente queremos evitar que mueran más innecesariamente. La guerra no podría acabar bien para nuestra nación ni para Castilla. Lo hago por vosotros.
-¿Nosotros? ¿Qué te hemos importado nosotros? ¿Y qué pasa con el Emperador? ¡Era necesario apresarlo, humillarlo en público y secuestrarlo para que accediera a todos vuestros deseos?
-Lo que ha pasado en Charouse es mucho más complejo que eso. El Emperador ha reconocido a su hijo y necesita tiempo para madurar este giro de acontecimientos.
-¿Y hubiera cambiado algo que el Emperador no reconociera esta situación?
-No lo sé.
-No, madre. Si no os hubiese aceptado lo hubiérais guillotinado y hubiérais hecho lo mismo. Solo necesitáis al Emperador vivo para que el resto de Théah no os vea como una amenaza o unos débiles y os ataquen. Lo necesitáis, nada más.
-Tu visión es demasiado simplista, Louis, hay factores personales en todo esto.
-¿Pretendes decirme que el Emperador ha cambiado toda su política al conocer a su hijo? ¡¿Que se ha emocionado al ver a su retoño perdido y ahora es una monja que quiere la paz con todo el mundo?! ¡Maldita sea, madre! ¡Tú sí que tienes una visión simplista! Eres una traidora, una ambiciosa. Ahora comprendo cómo acabaste en Les Insurgents. Y ahora...comprendo que debiste haberte podrido allí.
-Pero no lo hice. El que me encerró nada tenía que ver con el Emperador.
-Pero quería evitar este caos. Seguro.
-Así es.
-¡Y pensar que permití a Marina sacarte de aquí! ¡Qué error más grande! Debía haber acabado con vosotras dos.
-Marina Oliván nos ha dado esperanzas. Solo se ha limitado a mostrar el monstruo que nos estaba gobernando a todos. Si hubieras visto los mismos horrores del Emperador que todos los ciudadanos de Charouse vimos en los días de la rebelión, habrías cambiado de punto de vista.
-¡Estúpida! ¡Si os ha ayudado a levantarle el poder al Empereur es para debilitarnos! ¡¿No ves que todo es propaganda castellana?! ¡La presencia de la Iglesia en Montaigne, la futura visita del Papa, un inquisidor, la paz con Castilla...! ¿No ves la mano de Marina en todo esto? ¡¿No veis la manipulación de los castellanos?! Esa muchacha es escurridiza, manipuladora.
-Yo la conozco, no es lo que tú dices, hijo.
-¡Yo también la conozco madre! Tiene esa habilidad de hacerte ver que es buena persona hasta cuando combates contra ella. Te haría creer que busca el bien de todos y hasta te perdonaría la vida con tal de convencerte de su postura. ¡Cuando estoy junto a ella hasta yo me uniría a su causa! ¡Pero cuando me alejo de ella y pienso fríamente, me doy cuenta! Nos manipula. Sus intereses siguen siendo para con Castilla. Y por defecto, contra Montaigne. ¡Contra nosotros!
-Son tiempos difíciles para Montaigne, hijo. Todos necesitamos tiempo y pensar fríamente. Incluso el Emperador.
-Eso lo dirás tú. ¿Dónde está?
-El Emperador se encuentra custodiado en los Jardines de la Reina Madre.
-Querrás decir secuestrado como la Reina Madre.
-Debería estar encerrado en Les Insurgents, Louis, tenlo presente. El destino que tiene el Emperador es el más benévolo que ha podido tener...y eso es gracias a Marina. Piénsalo.
Louis fue a ladrar a su madre, pero al no saber rebatirle salió airado, gritándole a sus caballeros.
-¡La guardia muere, no se rinde!
Y los caballeros le corearon y le siguieron hasta los jardines de la Reina Madre. No tardó mucho en llegar, allí encontró al Emperador tras una enorme verja de hierro dorado, sentado en un banco de piedra entre los contrafuertes de la Capilla Real donde murió su enclaustrada madre. Era irónico pensar que él era ahora el enclaustrado por su propio hijo como él le hizo a su madre. Escribía algo en una larga mesa de caoba al aire libre, rodeado de flores y setos decorativos. A un lado tenía un tablero de ajedrez y el sacerdote de la capilla echaba agua en la fuente para los gorriones que habitaban aquél paraíso aislado de la capital y de todo.
-Mon Empereur -saludó el capitán al otro extremo de la verja.
El Emperador estaba irreconocible sin su hábito imperial, sin su maquillaje y sin sus pelucas. Solo parecía lo que era, un cincuentón, caprichoso y cansado, con mucho en lo que pensar o en mucho en lo que no pensar.
León se levantó lentamente y sintió una punzada al oír su título. Avanzó lentamente hacia la verja como si hubiera oído un fantasma.
-¿Quién va?
-Soy el Capitán Louis Dupont.
-Oh, os reconozco, sois hijo de unos de los mayores mariscales que ha tenido Montaigne. El general Charles Dupont.
Por eso Louis sería siempre leal al Emperador, porque él siempre reconocía y recompensaba a los que eran útiles al imperio.
-Os sacaré de aquí, Emperador.
-¿Qué? ¿Qué decís?
-No permitiré que os mantengan encerrado y se reparten vuestro poder para que destrocen Montaigne. Menos aún que firmen la paz con Castilla.
-Capitán, yo firmé esa tregua con Castilla. ¿No os lo hicieron saber en el campo de batalla?
-Sí, y por eso estoy aquí. Ahora sé que le forzaron a ello.
-No. No exactamente. Firmé yo por voluntad propia.
Louis Dupont sintió una puñalada en el pecho.
-¿Por qué?- preguntó Louis dolido.
-Porque he reconocido que he perdido. No puedo hacer más. Estoy viejo, cansado, humillado delante del pueblo. Mis súbditos están revoltoso y saben que puedo ser destronado.
-Eso nunca os impidió gobernar como monarca absoluto. ¿Cómo podéis aceptar esta situación?
-Yo...nunca me defenderé de alguien que es sangre de mi sangre. Sobre todo si es mi propio hijo. Mi único heredero.
-¡¿Pero qué importa eso?! ¿No se da cuenta de que su hijo está destruyendo y dividiendo Montaigne? ¿Que está abriéndole las puertas al enemigo? ¡Destruyendo todo lo que hemos construido juntos! ¡Dejando entrar al pueblo y a la oposición representarse en las Sesiones Reales! ¡Dividiendo y desmenuzando todo el poder en un puñado de idiotas que no se pondrían de acuerdo ni en el color de la mierda!
-¡¿Crees que me gusta que esos idiotas abarroten y parloteen como cotorras en mi palacio repartiéndose todo mi poder?! ¡No, no me gusta! ¡Pero es mi hijo el que está ahí dentro! Acepto mi derrota y soy partícipe de que la guerra debe pararse ya. Al menos desde aquí puedo gobernar junto a él, aunque no tenga voto, aún tengo voz.
-¿Es eso? ¿Es porque es vuestro hijo?
-Sangre de mi sangre. Heredero de mi carne y de mi poder. Si él decide malgastarlo en repartirlo es cosa suya. Aunque espero convencerle de lo contrario.
-Quizás deba liberarle del embrujo que ha hecho su hijo en vos, emperador.
León Alexander sacó los brazos de la verja y apresó a Louis Dupont, que se quedó sorprendido de la violencia del Emperador. Sus ojos arrugados y sus cejas podadas colocaron al capitán entre la espada y la pared.
-Ni se te ocurra desafiar a mi hijo.
-Vos no estáis de acuerdo con lo que está ocurriendo, os estoy haciendo un favor si os deshago de toda esa chusma que abarrota vuestro palacio.
-Es cierto, me gustaría echar a todos esos ingratos que han hipnotizado a mi hijo de mi palacio. Recuperar mi poder absoluto. ¡Pero no a costa de la seguridad de mi hijo! Como le hagas algo...como le desafíes y pongas en peligro su integridad... juro que os mataré.
Louis Dupont quedó decepcionado al ver al magnífico Rey Sol, Emperador del Oeste, dirigente de la nación más prestigiosa de Théah, ser reducido a un viejo chocho enclaustrado en un jardín, haciendo que juega a ser emperador.
-Todo se verá, Emperador.
-Recordad lo que os he dicho- dijo el Emperador
-Sigo siendo leal a vos, pero si veo que vos mismo sois un peligro...
-¿Me amenazáis? Curiosa lealtad tenéis a vuestro Emperador.
-No sois más que un títere. Tengo que deshataros de vuestros hilos, Emperador. Si no, nunca seréis leal a Montaigne y al sacrificio de sus soldados. Mi Emperador...vos sois el Estado. Vos sois Montaigne.
Louis Dupont comenzó a alejarse de la verja, pero se detuvo.
-¿Cómo hemos llegado a esto?
El Emperador agachó el rostro, humillado.
-No quiero contároslo.
-¿Por qué?
-Porque es humillante, sobre todo viniendo de mano de Marina Oliván y mis propios súbditos.
-¿Qué tuvo que ver Marina en todo esto?
-No sé hasta que punto estuvo implicada. Los revolucionarios y los hambrientos se alzaron buscando cortarle la cabeza a la alta nobleza y convertir el reino en un gobierno de ciudadanos. De alguna manera se las ingenió para meterse en el palacio con los rebeldes...
-¿En el palacio? Imposible. ¿Cómo? ¿Traidores?
-Sí, yo mismo...yo le abrí las puertas.
Silencio.
-¿Cómo?
-¡Yo le abrí las puertas!- sollozó-. Cuando me enteré que Marina se encontraba en Charouse cerré la ciudad a cal y canto y obligué al pueblo a entregármela viva. Pero ella fue más astuta. Se organizó con el pueblo y fingieron entregármela...y la dejé entrar. Y con ella entraron sus aliados.
-¿Por qué no encerrarla en Les Insurgents?
-Porque...porque...quería hacerla mía.
-¿...qué?
-Ya lo habéis oído.
Louis Dupont avanzó hasta la verja y ahora fue él quien lo agarró de las ropas y lo estampó contra las verjas, algo que en la vida hubiera hecho jamás. El Emperador gimoteó patéticamente.
-¿Qué queréis decir con eso de...hacerla vuestra?
-Yo quería poseerla...
-Sexualmente.
-Sí. Ella me daría un hijo.
-¡Viejo loco! ¿Qué demonios le pasa a mi país? ¿Cómo demonios no me he enterado de nada de esto antes?
-¡Hay un pacto de silencio para no destruir la imagen de Montaigne!
-¡Imbécil! ¡¿Por qué creías que Marina te iba a dar un hijo?! ¡¿No había suficientes mujeres en la corte para tus caprichos?!
-¡El fantasma del espejo me profetizó que estaba libre de maldición! ¡Es cierto!
Louis Dupont le soltó al ver que el cura de la Capilla se acercaba. De pronto entendió que el Emperador estaba loco, senil.
-¿Qué te han hecho, mi emperador?- susurró con tristeza.
-Cuando Marina consiguió escapar en... unos aposentos especiales que tenía para consumar el hijo que quería, consiguió que los ciudadanos que la entregaron se desvelaran como espías y consiguió el espejo.
"Fantasmas, magia...estupideces."
-Entonces ella mostró hasta el público la verdad. Una verdad aún más aterradora. Que hace tiempo, en los días posteriores al baile de coronación, vos estuvísteis presente y bailasteis con ella, intenté... intenté...intenté...
-¡Basta! ¡Dijisteis que os atacó en vuestros aposentos!
-Era una burda mentira. Me atacó en defensa propia. Intenté vio...
-¡SILENCIO! No quiero oírlo- gritó desesperado, y sintió ganas de escupirle en el rostro- Marina hizo bien. Sois como vuestros asquerosos cortesanos, os habéis dejado llevar por una pasión irracional. Os merecéis lo que os ha hecho.
-Pero Marina es nuestra enemiga...
-¡Ella ha hecho lo que cualquier hombre de honor haría! Combatir hasta el final a un monstruo aun a riesgo de su propia integridad. Llevar la verdad hasta las últimas consecuencias. Aunque os admito que yo no hubiera sido clemente ante vuestra debilidad.
-Pero ella nos...
-¡SILENCIO! No quiero que habléis de ella, está muy por encima de vos ahora mismo, emperador.
Empujó a León hacia el interior y cayó en el césped de la capilla.
-¿Cómo osáis? ¡Sigo siendo vuestro emperador!
-Vos no sois el emperador, solo sois la sombra de una cáscara atrofiada. Os han destruido bien, pero la culpa es vuestra. No temáis, intentaré devolveros vuestro honor, vuestra gloria y cuando vea en vos al emperador al que juré lealtad, volveré a inclinarme. Si es que eso ocurre.
El Emperador no quería que Louis hiciera nada, sabía que su hijo saldría perjudicado en todo este asunto. Sin embargo, una pequeña parte de él también quería ver arder a todos esos conspiradores que lo habían traicionado y ver sufrir al pueblo que le había escupido a la cara. Dubitativo, se quedó tirado en el césped, sin querer pensar en nada ni en nadie. Así que decidió esperar y tener buenos pensamientos sobre su hijo Louis Alexander para que viera la luz y decidiera gobernar como él lo había hecho, por y para Montaigne. De forma absoluta. Sin la presencia de los conspiradores.
Louis Dupont se alejó rápidamente y montó en su caballo de guerra. Por primera vez sintió lástima por Marina. Odiaba admirarla por su lucha y la odiaba por haber dejado a ese despojo humano de Emperador más muerto políticamente que vivo. Quizás debía haber muerto, pero de alguna manera seguía creyendo que él era la esperanza de Montaigne.
Espoleó su caballo hasta salir de palacio y reunirse con su compañía.
"Así que su hijo, la presión del pueblo, la humillación pública, el desenmascaramiento de su verdadero ser y el perdón privado de Marina...es eso lo que le ha hecho cambiar. Lo que le ha destrozado y le ha convertido en una sombra de lo que es. En un asqueroso despojo humano. Los conspiradores y Marina han sido astutos para conseguir debilitar a Montaigne. Han encontrado una debilidad en el Emperador y lo ha mostrado a todo el pueblo lo malvado que es. Piensan atarlo en corto hasta el final. El Emperador ha sido hipnotizado por su hijo, que a su vez es manipulado por los rebeldes, que a su vez cumplen los intereses de Castilla. Todo es peor de lo que pensaba. Quizás deba romper todo ese embrujo y esa humillación. Salvar al Emperador de sí mismo y de sus asquerosos vicios. Habría luchado por el Emperador, pero...¿merecía pena luchar por ese hombre que había conocido en los jardines?"
Entonces pensó algo que jamás se le hubiera pasado por la cabeza.
"Quizás el Emperador tampoco merezca ser salvado"
Lo que sí tenía claro es que Montaigne debía ser salvado, con o sin ese Emperador. Quizás era el momento de demostrar quién era. El espejo donde se reflejaba Montaigne estaba fragmentado. Montaigne le necesitaba. Ahora más que nunca.
Y cabalgando hacia Castilla algo en su interior, su condecoración, su odio o su determinación, le dijo que había nacido para este momento.
Y pensaba llegar hasta el final.
Porque el capitán Louis Dupont muere, no se rinde.
viernes, 16 de enero de 2015
Corazones gastados
Harold atizaba el fuego de la chimenea ensimismado, con los puños de la camisa arremangados hasta los codos para aliviar el calor cercano. Su mirada caída no se encontraba en él, y en el espejo de su alma solo se reflejaba el brillo de las lenguas de fuego del hogar. Parecía muy pensativo, pero ni siquiera él sabía si estaba realmente pensando en algo concreto. Su mente pensaba a toda velocidad, tanta que solo podía percibir instantes de imágenes indescifrables. Un recuerdo tras otro en silencio, oyendo de forma lejana el crepitar de leña seca.
Se sentía como una ramita seca al fuego. Consumiéndose por fuera, quebrándose por dentro.
Solo un milagro volvería a traerle de vuelta al mundo real de un golpe.
Y entonces Beatriz rozó su hombro y le llamó.
-¿Harold?
La voz de Beatriz se apegó en su oído como terciopelo y no quiso separarse de su caricia. Harold pestañeó con los ojos sedientos para encontrarse con la mano arrugada de Beatriz. Ahí estaba, apoyada gentilmente sobre su hombro. Había visto esa mano durante treinta años y aún así no cambiaría el regocijo que sentía cada vez que la veía, haciendo brotar sensaciones en las raíces muertas de su corazón. Cuando era joven había soñado mil maneras de tomar su mano y ahora entrenaba todos los días para soltarla en su imaginación. Hacía mucho tiempo ya, cuando eran aventureros junto con su hermano y su grupo de amigos, decidió que era mejor solo contentarse con la calidez que desprendían sus gestos. Era mejor así.
Ella siempre había elegido a Thomas, su hermano. Y desde que ese momento ocurrió supo que ya nunca podría amarla de la misma manera.
Thomas murió hacía ya tres años por la propia mano de Harold, manipulado por los poderes de un demonio astral al que una secta conocida como el Novus Ordum Mundi había colocado como Cuarto Profeta, el apocalíptico, para conseguir conquistar Théah entre las sombras a través de la traición y la manipulación. Se le antojaba tan lejano todo...y ya no podía llorar más por ese hecho: el fantasma de su hermano Thomas se manifestó a través del Glamour de Ávalon hacía menos de un año y le perdonó de su crimen inconsciente, y Beatriz ya lo hizo antes. Pero la que había comprendido todo lo que le ocurría desde el principio y dispuesta a perdonar había sido Marina.
El azabache de los ojos de la castellana lo seguía observando, paciente, esperando una respuesta.
-¿Harold?
-¿Sí?- preguntó somnoliento. Marina, Alonso y Beatriz habían irrumpido en su casa a las 4 de la mañana y él se había visto en la obligación de atenderles a pesar del cansancio.
Tampoco le había importado tener visita, casi siempre estaba solo.
-Te dejaste la puerta abierta y el agua del pórtico ha llegado hasta la entrada- susurró extrañada Beatriz- ¿No te diste cuenta de que estaba lloviendo?
Harold volvió a mirar a la chimenea asintiendo lentamente con la cabeza, tranquilo.
-Es Ávalon. Aquí siempre llueve- resopló ausente para sí mismo.
-No creo que el clima de Ávalon sea el más adecuado para ti, Harold- sonrió la castellana-. Deberías venirte a pasar una temporada a la villa de Santa Elena. El campo, el sol, los lugareños... Ya sabes, sentir que estás en casa.
-Ya estoy en casa- dijo azuzando más el fuego.
-Bueno, te sentirías en familia- susurró consoladora.
-No sé.
-Le harás un feo favor a mi hija si no vienes. Después de todo, es ella la que te ha invitado.
-Ya...Marina.
-Sí, Marina- confirmó un poco divertida sin entender de qué iba toda aquella melancolía.
Se sentó en el suelo junto la silla de madera desde donde Harold atizaba el fuego. La falda del negro vestido de luto rompió como una ola y se derramó como un manto de firmamento, brillante ante el fuego. Ambos miraron el fuego extinguiéndose y ninguno podía evitar pensar que se hacían viejos y que su fuego se había extinguido hace mucho. Harold sintió la imperiosa necesidad de ser el hombro sobre el que se apoyara Beatriz.
-¿Tú lo sabías?- preguntó Harold.
-¿Que mi Marina se ha prometido con ese joven?- preguntó mirando al frente como si ambos intentaran digerirlo.
-Sí.
-Me enteré ayer en alta mar, viniendo hacia Carleon.
-¿Y qué piensas?
-Pues no estoy muy segura, la verdad.
-¿No lo sabes? Ya te lo digo yo. Ese joven no le conviene y ella no está preparada para atarse a ese enclenque.
-Harold, solo están prometidos. No significa que se vayan a casar mañana. Ni siquiera saben si van a poder casarse. Solo es una promesa de estar juntos.
-No me da buena espina el muchacho. No creo que deba confiar en él.
-¿Por qué?
-Son jóvenes, apasionados, incontrolables. No saben lo que quieren o creen que lo saben. ¿Cómo confías en que ella sabe lo que hace?
-Harold, son jóvenes, pero conozco a mi hija. Apostaría mi vida a que mi hija no daría todo su corazón por cualquiera.
-La gente se equivoca. Malinterpreta los sentimientos y después...se arrepienten. Se hacen daño.
"A veces los sentimientos son demasiado claros"
Suspiró y dejó de atizar el fuego.
-¿Cómo sabe que es el indicado?
-Han sufrido mucho por amor.
-Qué sabrán esos dos de sufrir por amor...-murmuró sin ser oído- ¿Qué sufren?
-La familia de él no acepta a Marina...y temo que esté haciendo locuras para intentar ganarse el favor para esa unión.
Harold calló.
"Al menos tienen la suerte de luchar por ellos a la desesperada. No hay nada peor que no poder luchar por lo que amas porque no depende de ti. No saben la suerte que tienen"
-De todas formas no estoy seguro de que eso sea una garantía...
-Es bajo la tormenta cuando un amor se sabe verdadero, Harold. Si han pasado por la mitad de aventuras y desventuras que sé que han vivido y siguen adelante...solo puede significar una cosa.
-No estoy de acuerdo. Ese joven solo la va a atar a sus manías de cortesano.
-Ellos se conocen desde pequeños.
-¡Y qué más da! La gente cambia, se hace daño. ¡Unos valen más que otros y ante la duda mejor esperar antes de prometer nada!
-¿Qué te asusta, Harold?- preguntó Beatriz asustada.
-No lo sé. Todo, me asusta que todo cambie.
-¿Por qué?
-¡Porque nadie merece alguien como Marina! No quiero que le corten sus alas, que le hagan daño.
-Ya sufre heridas continuamente.
-Las heridas del amor cicatrizan por dentro y son las más visibles.
-Así es la vida, créeme que a mi tampoco me hace gracia pero todos tenemos que aprender a vivir por nuestra cuenta.
-Ya...
Harold se levantó y trajo la tetera, sirviendo dos tazas con cierta reverencia y tranquilidad. La madrugada era fría y tranquila y el té humeaba placenteramente.
-Te preocupa algo más ¿Verdad?
-No.
-Vamos, dilo.
-No, no es...nada.
-Por favor.
Harold dejó de servir té e intentó escarbar donde se encontraba el problema.
-Por alguna razón sé que...poco a poco ella se alejará de mi. Que me iré haciendo viejo y que cada vez estaré más solo y...
"Ella es como una hija para mi"
Harold reprimió un sollozo y se sintió imbécil. Nunca admitiría decir eso en voz alta, porque sentía que con ese pensamiento profanaba el pensamiento de su hermano. Como si ocupara el privilegiado sillón de alguien respetado que se ha ido. Beatriz se arrimó con cuidado, como un navío fantasma buscando un arrecife.
-No sabía que tuvieras tanto aprecio por mi hija- dijo Beatriz, enternecida. Ella era la única de su grupo de aventureros que sabía que Harold ocultaba un pequeño brillo de luz bajo tanta grosería- Siempre la tratas tan...tan...despectivo. Y sé que en el fondo para ti es un juego o tu incapacidad para mostrar afecto. Pero a veces siento de verdad que es como si no quisieras verla.
-Y no quiero verla- espetó rascando su rostro, aunque en realidad disimulaba para suicidar una lágrima-. Aunque no quiera verla no quiero perder la posibilidad de verla.
Beatriz arqueó las cejas sorprendida.
-¿De veras no quieres ver a mi hija?
-No. No la aguanto.
-Venga, Harold...pero tu siempre has sido así con todos- rió la castellana.
-Pero...ella. Me recuerda tanto...ella es la unión de las dos personas que más amo en este mundo. La caballerosidad, el sentido del humor y la temeridad de su padre; la voluntad, la pasión y la piedad de su madre.
"Ella es la unión de las dos personas que siempre querré de forma incondicional. Thomas y Beatriz."
-Cada vez que la miro, cada vez que habla, cada vez que gesticula...lo veo a él. Veo a mi hermano. Te veo a ti. Recuerdo el daño que os he hecho. Que te dejé viuda y a ella huérfana de padre.
Beatriz sonrió triste y suspiró con pesar. No sabía cuántas veces tendría que perdonarlo.
-Harold, eres como el tiempo de Ávalon. Siempre gris y lluvioso, pero sé que tras esas nubes hay un gran sol iluminando el cielo. Hasta Marina te ha perdonado por voluntad propia y está muy contenta de haber visto lo mismo que yo he visto siempre en ti.
-Marina siempre perdona.
La mano de Beatriz apretó su brazo de forma amistosa.
-Debería ponerse el sol en tu cielo de vez en cuando.
Harold la miró, con una sonrisa que abortó prematuramente en sus labios.
-A veces sale el sol.
La castellana sonrió de forma encantadora, la edad no había hecho mella en ella. Nunca lo haría, porque él siempre la recordaría jovial y alegre, porque así se quedó grabado a fuego en su memoria aquella fría mañana de 1636 en el puerto de Barcino. El día en que la conoció.
-Aceptaré su invitación. Iré a pascua.
-Mejor quédate una temporada.
-¿Hasta cuando?
-Todo el tiempo que quieras. ¿Hasta que pase el invierno?
Harold lo pensó antes de echar un trago.
-Tal vez.
-Así hablas con Marina y con Alonso. Y así lo conoces En su tierra es un joven respetado y querido, ingenioso, o eso dicen. La verdad es que yo nunca le he visto especialmente espabilado. Pero no es mal muchacho.
"Al menos el hecho de que haya venido a pedirme la mano de mi hija de frente me gusta..."
Beatriz sonrió recordando el momento. Su hija se hacía mayor...y cada vez sentía menos miedo por ella. Empezaba a asumir que su nido se quedaba vacío.
-Eso de que es un buen o mal muchacho lo juzgaré yo- replicó Harold pensando en el incidente que tuvieron en Ciudad Vaticana, en el que el espadachín pilló a Marina y a Alonso ligeros de ropa buscando algo. Aunque todo tenía pinta de ser una confusión dadas las circunstancias...a Harold no le cayó simpático el joven.
Harold trajo unas mantas y se mantuvieron con las tazas humeantes frente al fuego. La lluvia se hacía fuerte en el país de los Sidhes.
-Quien sabe...a lo mejor Alonso es lo que necesita Marina para que siente la cabeza.
Harold pegó la primera risotada de esa madrugada.
-Al contrario. El amor no es más que el inicio de todas las locuras.
Beatriz sintió miedo repentinamente. ¿Sería entonces cada vez peor los riesgos que correría su hija si consiguiera unirse al destino del joven Barón?
De pronto el miedo se derritió como la escarcha en su corazón y una sensación cálida anidó en su pecho. Era Thomas, que hablaba dentro de ella. Lo conocía tan bien que siempre sería inmortal en su corazón. Y supo lo que habría dicho en ese momento.
-Si es por amor entonces habrá valido la pena.
Harold la observó mientras ella recordaba a Thomas y sonrió.
-Siempre.
______________________________________________________________
Conversación entre Beatriz Oliván y Harold Owen tras decirles Alonso Lara que Marina y él están prometidos. Justo después de que ambos volvieran a San Cristóbal para la boda real de Castilla. Mediados de noviembre de 1670. Casa de los Owen. Carleon, Ávalon.
domingo, 4 de enero de 2015
Lecciones en el desierto
Las
novicias, las doncellas o concubinas (según el amo que tuvieran en ese
momento), levantaron la mesa y dejaron a la esclava Ma Gao limpiar y recoger
todos los platos y vasos que dejaron sus compañeras al terminar de comer. Marina
se dispuso a intentar ayudarla a pesar de que estaba totalmente prohibido
ayudar a una esclava, sin embargo, estando en el desierto más desierto de Catay
nadie se tomaba molestias en perseguir ese tipo de faltas.
Justo
cuando iba a reunirse con Ma Gao a limpiar las prendas manchadas y los platos
apareció Min, la matrona encargada del entrenamiento y directora de la casa de
mujeres que ahora mandaba el capitán Xio Yuan a la dinastía Xeng como regalo de
bodas.
El ejército
de mujeres sería un gran regalo si las mujeres lo valían, ya que atraería
muchos invitados, lo que atraería regalos y gestos amistosos. Por último, podría
servir para forjar futuras alianzas entre familias.
Detrás
de Min se veía el infinito desierto catayano y se metió en la tienda atrayendo
a Marina con un dedo cercano.
-Vooy..-
se adelantó Marina antes de que Min se adelantara.
-¿Voy?-
Min arqueó una ceja esperando algo.
-Sí...
vamos ¿no?- respondió la espadachina recogiendo bien su qipao y sin saber qué
quería.
-...ama.
-Voy,
ama.-con impaciencia y resignación.
-O
señora- Min procedió a llevársela a la carpa del té.
-Señora
mejor, ama suena a...- masculló Marina siguiéndola, sintiéndose un poco menos
esclava.
La
carpa del té era la única zona del pabellón de las concubinas donde el suelo no
estaba desnudo a las inclemencias del desierto. El suelo estaba revestido de
madera y había lámparas esféricas de papel anaranjado y talismanes de protección
por todas partes. Las velas daban un aspecto fantasmagórico a las sombras y en
el centro se encontraba paciente una mesa para el té. A un lado, había agua y
un mueble para calentarla, un biombo y un platillo colgado.
Marina
se adelantó enérgicamente cuando Min abrió la boca...
-Ya me
pinto.Ya pongo el té. Ya pongo el incienso -decía antes de que se lo mandara.
Min no
reconoció abiertamente que le sorprendió la iniciativa, por una vez, pensó que
quizás podía conseguir preparar a la extranjera.
Marina
encendió el incienso y lo colocó encima de un platillo colgante con la
escultura y talismán de un dragón. Min respiró hondamente como si pudiera oler
la paz. Min se sentó de la forma tradicional, rodillas al suelo y glúteos sobre
los talones, espalda recta y cabeza sin adelantar. Mientras, Marina calentaba
el agua del té y escogía no sabía si bien las hojas para la infusión.
-Bien,
en la lección anterior habíamos hablado de...¿qué?
A Min
le encantaba enseñar por el método del diálogo, de completar frases.
-¿Realidad...ideal?
-¿En
qué consiste?
-Un
momento...-la paró Marina enérgica, pareciera que ese día tuviera ganas-Es que
me acuerdo del de la victoria por encima de todo, pero el de la realidad ideal
no me acuerdo -se colocó cómodamente mientras el agua comenzaba a hervir y a
echar vapor como su cabeza. Mmm..mm...mmmmmmmmmmm....MMMM-cada vez pensaba más
fuerte y el agua burbujeaba-....¿me puedes decir el principio?
-Ais-
suspiró la institutriz-,maquíllate bonita -Marina fue al biombo a sacar el
maquillaje base blanco de cara mientras Min sacaba el agua del fogón antes de
que se hiciera vapor y continuó con el repaso- La realidad ideal es lo que
tienes que reflejar del hombre. El hombre quiere que seas un espejo sobre el
que reflejarse y quiere verse totalmente perfecto.
-Aaah
eso eso ¿pero eso no era...? Ah vale entonces lo de la victoria ante todo es
que haga lo que haga el hombre tiene que ganar siempre pero le tiene que costar
esfuerzo para mayor sensación de victoria.
-Ssssssí...
-Ah
vale, entonces sí me acuerdo - sonrió.
-Debes
agradar al cliente o al invitado de tu señor en todo momento.
-Ya,
ya, sé lo que es. Aunque sea mentira, y él seguro que sabrá que es mentira,
porque no soy un amigo, solo soy un instrumento para desahogarse...
-No. Él
no debe creer que eres un instrumento.
-Ya
bueno pero...
-Tu amo
sabe que eres su objeto, no su invitado, al que debes halagar.
-Pero
realmente es lo que soy, un objeto-notó el reproche de Marina, pero Min no dijo
nada, no estaba ahí para hablar de tradiciones culturales sino de instruirla- Tengo
que hacer que se sienta cómodo, debo halagarlo pero no en exceso...
-Y
consiste en...
-En
quitarle la "máscara".
-El
hombre tiene que sentirse desnudo emocionalmente, todo lo que pase o te cuente
está bajo...
-Un
estricto código de silencio.
-Vas a
ver muchos hombres poderosos llorar, reír o hablar de cosas que en
circunstancias normales en la sociedad no van a contar públicamente. Todo lo
que veas de ellos, por ridículo que sea, silencio. Es vuestro secreto. Bien, la
victoria ante todo.
- Eso
lo sé, ya lo he dicho.
-De
acuerdo. Sabes que debes concentrarte en el placer del hombre y debes centrarte
en tu papel. Tus dos rostros. De día...
-Artista.
-De
noche.
-Acompañante.
-Por la
mañana se potencian las artes.
-Música,
literatura y danza.
-Por la
noche se trabaja la seducción.
-Que no
es una cuestión de sexualidad, sino de compañía y misterio.
-Nos
pintamos porque...
-No
somos nosotras mismas.
-Exacto. No es para ser más femeninas, ni por potenciar la seducción, es solo para meternos en nuestro papel. Cuando te maquillas no eres Marina. ¿Quién eres?
-Nadie, una acompañante, una doncella o una concubina.
-No. El capitán ya te dio un nombre.
-Xīfēng .
Significaba "viento del oeste" por la extraña historia que contó al llegar a Catay. Marina se había convertido en el regalo de bodas más preciado del capitán Xio Yuan. Pensaban regalar un ejército de concubinas, doncellas y esclavas para la dinastía Xeng, algo que el capitán no consideraba estar a la altura para la capital de la Emperatriz Celestial . Sin embargo, con la captura de la extraña Marina y su esclavización había llegado la respuesta de las fortunas, aquello que haría valioso su regalo. Marina era una mujer occidental, belleza sureña, rebelde, voluntariosa, firme, de gran humor en la amistad e inquebrantable ante lo imposible. De apariencia exótica, rostro melancólico y con personalidad demasiado fuerte. Los hombres de Catay están acostumbrados a otro tipo de mujer y wl mayor poder de seducción en oriente era el misterio.
Y Marina ahora mismo era el misterio de los misterios.
__________________________________________________________
Marina Oliván después de ser recluida en una casa de concubinas por el capitán Xio Yuan tras acabar en Catay por abrir la caja de los vientos de Éolo en busca de Eric. Finales de Noviembre de 1669, desierto del Mar de las Dunas, Huan Hua, Catay.
-Nadie, una acompañante, una doncella o una concubina.
-No. El capitán ya te dio un nombre.
-Xīfēng .
Significaba "viento del oeste" por la extraña historia que contó al llegar a Catay. Marina se había convertido en el regalo de bodas más preciado del capitán Xio Yuan. Pensaban regalar un ejército de concubinas, doncellas y esclavas para la dinastía Xeng, algo que el capitán no consideraba estar a la altura para la capital de la Emperatriz Celestial . Sin embargo, con la captura de la extraña Marina y su esclavización había llegado la respuesta de las fortunas, aquello que haría valioso su regalo. Marina era una mujer occidental, belleza sureña, rebelde, voluntariosa, firme, de gran humor en la amistad e inquebrantable ante lo imposible. De apariencia exótica, rostro melancólico y con personalidad demasiado fuerte. Los hombres de Catay están acostumbrados a otro tipo de mujer y wl mayor poder de seducción en oriente era el misterio.
Y Marina ahora mismo era el misterio de los misterios.
__________________________________________________________
Marina Oliván después de ser recluida en una casa de concubinas por el capitán Xio Yuan tras acabar en Catay por abrir la caja de los vientos de Éolo en busca de Eric. Finales de Noviembre de 1669, desierto del Mar de las Dunas, Huan Hua, Catay.
domingo, 7 de diciembre de 2014
Un nuevo sol (II)
Abajo, en los niveles inferiores de la prisión de los Insurgent se encontraba
encerrado el que hacía un día era el hombre más poderoso de Théah. Ahora, el
hombre que se proclamó Emperador por la gracia de Theus, no era más que un
despojo humano. Un tirano acusado de no cuidar a su pueblo, de lapidar los
fondos nacionales en favor de los caprichos de su corte hedonista y de levantar
mil frentes que no podía mantener.
Leon Alexander XIV du Montaigne no tenía ni un ápice de fuerza. Encerrado en la prisión más
triste de Les Insurgents, se encontraba solo, sobre un taburete en una esquina
llena de hormigas. Despojado de traje elegante, su peluca y con un maquillaje
ridículo emborronado, miró al tumulto de hormigas despedazar una colosal
cucaracha que estaba en las últimas.
Nunca lo hubiera imaginado pero, por primera vez, el Emperador sintió una punzada de compasión.
Jamás hubiera imaginado que sentiría pena de algo más pequeño que él.
Murmuraba en voz baja en la oscuridad, buscando otra cosa de la que ocuparse que no fuera de la dura rozadura de sus grilletes. El aire de su garganta sonaba quebrado; la voz, destrozada; su mente, embargada de autocompasión. Las hormigas habían rodeado el cuerpo de la cucaracha panza arriba y le estaban arrancando sus patas para llevárselas a un hormiguero oculto en Theus sabe dónde. El movimiento de las antenas del insecto apresado indicaba que aún conservaba un ápice de vida.
Murmuraba en voz baja en la oscuridad, buscando otra cosa de la que ocuparse que no fuera de la dura rozadura de sus grilletes. El aire de su garganta sonaba quebrado; la voz, destrozada; su mente, embargada de autocompasión. Las hormigas habían rodeado el cuerpo de la cucaracha panza arriba y le estaban arrancando sus patas para llevárselas a un hormiguero oculto en Theus sabe dónde. El movimiento de las antenas del insecto apresado indicaba que aún conservaba un ápice de vida.
Así se sentía ahora: una cucaracha que luchaba por mantener lo poco que tenía mientras era despedazado por miles de hormigas
Entre las sombras de los pasillos de la prisión, una figura encapuchada por una túnica de viaje de terciopelo negro y costuras doradas se mantenía reflexiva en la oscuridad observando la celda iluminada del Empererur. A lo lejos del pasillo unos guardias liberaban a un reo y parecían traerlo hacia la dirección donde estaban ellos. Leon seguía ignorante, observando la cucaracha que imploraba ser aplastada por el cielo que le ofrecía la suela del regio zapato.
Mientras, el Empererur dudaba. Su pie aún vestido con sus famosos zuecos de tacón se colocó encima de la moribunda criatura. Se dispuso a aplastarlo con mucho asco y apartó la mirada, pero se detuvo. Manteniendo la suela por encima de los insectos y apoyado sobre su tacón, se atrevió a mirar la cruel escena del horrible ciclo del poder y la nada.
-Éramos los reyes de nuestros mundos. Tú, cucaracha, el insecto
más grande de esta celda. Yo, emperador, el hombre más temido de Théah. Somos
grandes en un mundo de pequeños insectos. Nacimos para sobrevivir en condiciones
catastróficas, el calor nos ha motivado y el frío no nos achantó jamás. Allá
donde fuimos creamos temor, asco y miedo en los corazones de los hombres. Nunca te paraste a pensar en esas hormigas como yo no me paré a
pensar nunca en mi pueblo. ¿Para qué? Procedemos de mundos diferentes. Ellos
nacieron para trabajar y nosotros para aprovecharnos de su productividad. Tú
has nacido para ser la más grande de esta asquerosa celda; y yo he nacido para
ser el más grande del gran continente. Nacimos para la grandeza de nuestro lugar y nuestro tiempo...¿quién puede juzgarnos si la naturaleza nos dio el poder que ostentamos? ¿Es justo que nos maltraten solo por haber decidido vivir conforme a la autoridad que nos han regalado? Fuimos grandes y mírate ahora...mírame...ahora ambos somos pasto de
las masas, de insectos que nunca tomamos en cuenta y que por ello ahora se
reparten nuestros restos para el invierno que se avecina. ¿Cómo hemos llegado a esto? Estaba tan obsesionado con conseguir un varón que me heredara. Si no fuera por la maldición de mi madre....
"Nunca tendrá hijos varones que te hereden". Sin embargo, toda maldición requiere la creación de un "antídoto" para poder deshacerse o para que la persona maldita pueda redimirse. La ingeniosa Reina Madre, desbordada por el odio que profesaba a su hijo, fue meticulosa con el vacío legal de su propia maldición. Sabiendo de sobra los horripilantes prejuicios que tenía su hijo hacia los castellanos y hacia las mujeres de voluntad pura, la Reina Madre decidió que la única manera que podía tener el Empereur para poder obtener su amado varón era compartiendo el lecho con una castellana de alma pura, desinteresada y de voluntad indomable. Por supuesto...nunca se lo dijo a su propio hijo, confiando conque nadie de esas características se iba a cruzar nunca con él. Sin embargo, Leon se cruzó con dos personas de esas características a lo largo de su vida. Sorte, la tejedora del destino, es caprichosa y gusta de poner a prueba a los mortales. La primera mujer fue Rosa Velázquez de Sandoval, su segunda esposa. La segunda fue Marina Oliván, una guerrillera castellana con un corazón fervoroso por deshacer cualquier entuerto. De Rosa Velázquez de Sandoval nunca sospecho que le hubiera dado un hijo en secreto cuando también nació junto a una de sus muchas hijas, Ysabette du Montaigne, menos aún que ésta ordenara esconderlo del Empereur para preservar la esperanza de un monarca legítimo educado fuera de la tiranía de su padre; de Marina Oliván sí descubrió que era apta para darle un varón, ya que el famoso fantasma del espejo del Empereur le reveló al monarca tal dicha.
Así que por todos los medios intentó hacerse con ella. Poseerla por las buenas.
Y si no lo conseguía...lo haría por las malas. Lo que llevaba intentando hacer desde que que Marina rechazó su propuesta...
-Estuve tan ocupado con mi propia obsesión que no me di cuenta de lo que pasaba a mi alrededor. Un día eres un monarca poderoso con gran prestigio, todos te temen y te respetan, la gente te sonríe, te mienten sobre lo bien que van las cosas...de pronto tienes a tu hijo en tu contra, la corte no mueve un dedo por ti y por supuesto nadie te defiende cuando llega la hora de los lobos...
Leon se dispuso a aplastar la cucaracha, que es lo que quiso que hicieran con él cuando Marina quiso mostrar el rostro del villano que se escondía tras su máscara de monarca absoluto.
Pero una voz lo detuvo. La de la figura que le observaba desde las sombras del pasillo. Una voz joven, clara y cargada de un temblor controlado.
- Sí ha habido gente que os ha defendido, majestad.
Leon detuvo su zapato y se levantó lentamente con el ceño fruncido, como la expresión que pondría alguien al que le acaban de tirar una piedra y no sabe quién ha sido.
-¿Os burláis?
-No. Jean Marié Rois et Reines os ha estado sirviendo hasta el final. Habéis despreciado a la persona que más se ha mantenido a vuestro lado a pesar de que tenía razones de sobra para abandonaros.
Leon detuvo su andar hacia los barrotes que daban al pasillo y sus cejas se destensaron, embargadas por el peso de tal reflexión. Embargadas por el peso de tal verdad.
-¿No lo veis así, majestad?
-¿Os seguís burlando?
-¿Sobre qué ahora, majestad?- preguntaba la figura ahora con ciertos nervios.
-Me llamáis majestad cuando es evidente que ya no soy nada y que me van a ejecutar.
-Seguís siendo Emperador hasta esta medianoche. Y sí...os van a ejecutar.
-¿Qué queréis entonces?
Pero la figura no habló. Por un momento pareció que se quedó en blanco, como si tuviera que dar un discurso frente a una multitud. Durante ese largo rato, dos guardias trajeron un gran objeto de pie envuelto en una gruesa lona blanca atada por cuerdas. Mientras los guardias deshacían los nudos, la figura ignoró a los hombres que trabajaban en las sombras y le dijo a Leon de forma casi inaudible:
-Todos hemos visto lo que Marina Oliván proyectó en el cielo de Charouse gracias a vuestro fantasma del espejo.
-Sí- gruñó Leon, incómodo por la situación.
-El pueblo lo vio. Todo.
-Lo sé. Y nadie va a olvidarlo, ¿verdad?
-¿Qué era?
Leon no respondió y volvió a su taburete. Sentía que su madre había resucitado y le echaba una reprimenda que no podía evitar oír. Y eso le enfurecía desde que era niño.
-¿Qué era?-volvió a preguntar la figura.
-Era...una imagen que reflejó ese espejo en el pasado. Era yo intentando forzar a Marina Oliván.
-¿Violarla?- preguntó el otro con la voz estrangulada.
Leon asintió con la cabeza. Querían humillarle y no quería hacerles perder el tiempo a esos morbosos que se querían regodear de su desgracia.
-Le ofrecí todo por lo que cualquier mujer mataría. Le dí incluso poder sobre el fantasma de mi espejo, por eso consiguió mostrar esa escena ante el pueblo. Le hubiera dado todo lo que me hubiese pedido ¡Y ella me rechazó!
-¿Por qué ella? Pudiendo deleitarte con cualquier mujer de vuestra corte.
-Porque el espejo me reveló que ella me daría un varón.
-¿Y cualquier otra mujer no?
-¡No!- decía llorando desgarrado- El espejo decía una y otra vez que no lo conseguiría. Y siempre acierta. La gente dice que sobre mí pesa una maldición que reza que nunca podré obtener un varón.
Leon observó a través de los pelos de su peluca, como un animal acorralado tras la maleza. Lloraba ya de desesperación por la tortura del interrogatorio, sentía que no podía soportar contar lo que había hecho, lo que había pensado...sentía que no quería mirarse a si mismo en el espejo.
-Siempre es lo mismo...nunca cesará hasta que muera. Hasta entonces no dejo de pensar en otra cosa. Continuamente en mi cabeza suena un "tic-tac" que no me deja dormir, no me deja comer. ¡No me deja hacer nada! ¡Es el tiempo que corre en mi contra! Unas espadas que recorren el reloj apuñalando cada segundo que me queda de vida, avisándome de que en cualquier momento habré partido sin remedio Intento llenar el vacío de mi vida acumulando riquezas y despreciando a los demás solo para llenar ese vacío que me produce la promesa fría de una muerte próxima y segura. Mi mente grita que debo seguir en este mundo, que necesito cumplir deseos que no cumpliría en una sola vida. Mi alma clama a mi pecho que debo prolongarme en una nueva vida, que debo seguir existiendo en una nueva forma...en un nuevo yo más joven que devuelva la gloria a mi tiempo perdido. Pero pronto me llegará la ejecución y la guillotina sonará como un baúl que encierra todos los sueños abortados por el tiempo. Si tan solo me hubiera molestado en no haberme excedido en mis pecados...
La figura lo observó y se llevó una mano al rostro para apartar una lágrima.
-Aun hay esperanza- murmuró.
Anduvo despacio hasta la celda, sin salir de la sombra.
-Me alegra que reconozcas todos esos errores, padre. Es el primer paso a la sabiduría.
Leon alzó el rostro entre desquiciado y esperanzado.
Lo había llamado padre.
Quien lo interrogaba entonces...no podía ser más que...
"Louis Alexander XV du Montaigne", resonó en la cabeza del Empereur. Fue lo que la gente clamaba cuando sus propios hombres le apresaban en la revuelta.
El joven se quitó la capucha, desvelando el rostro
Leon sintió enloquecer su mente en una explosión de revelaciones y de emociones acumuladas en su viejo corazón. Se levantó del taburete lentamente.
-¿El joven que habló sobre mi palco imperial sobre el cambio cuando toda esa escoria entró en mi residencia clamando sangre? ¿El que se proclamó rey después de derrotar a su supuesto padre? No eres más que un títere de conspiradores, de otros poderes. Dudo siquiera que seas mi hijo de verdad...
La figura retrocedió y se internó en la oscuridad. En un par de segundos un par de guardias avanzaron el enorme objeto vertical y lo colocaron frente a la celda, a la luz de las antorchas. De un tirón quitó la lona que tapaba el objeto. Tras una ola de polvo, las llamas de las antorchas dudaron de su muerte por el aire levantado. Cuando llegó la calma, Leon observó el espejo de su alcoba secreta y unipersonal. Dentro de su reflejo se encontraba el fantasma que le daba su poder mágico clarividente...un joven cortesano de otra época lleno de hastío y apatía.
-Preguntadle.
Leon quedó impresionado. Y no podría inventar nada porque él mismo acababa de reconocer que la verdad del fantasma del espejo era infalible. Aunque, en realidad...no quería inventar nada.
-Espejo...-dudó- ¿Es este joven...mi hijo?
El espejo, como de costumbre, respondió con un monosílabo.
-Sí.
Ya no quería saber más. El emperador suspiró fatigado, casi de alivio. De pronto pareció envejecer mil años en un segundo. Cayó al suelo al borde del desmayo a la altura
-Hi...hijo mío.
-Padre, el pueblo pasó de querer entregarte a Marina Oliván a cambio de recompensas a querer asaltar tu palacio porque han visto tu verdadero rostro.
-El rostro de la desesperación, del odio, de la lujuria y de la locura.
-Ambos sabemos que has llevado a este reino a lo alto de Théah...¿pero a que precio, padre?
-Al precio de vender mi alma y ahogarla en avaricia, hedonismo y derroche
-Hay otros caminos para el pueblo de Montagien, que ayudará a nuestras gentes a superar su hambruna y su tristeza por no poder ver a sus seres queridos.
-¿Pero cómo mantendrás la gloria que he conseguido?
-No quiero mantener su gloria, quiero que la corona y sus gentes recupere su dignidad. Un prestigio a costa de la dignidad de un pueblo significa fracasar como rey. Prefiero ser un rey a pie de página de la historia y que no se me pueda reprochar nada, a que mi nombre esté en letras bien grandes y escriban que vendí mi alma a Legión por llevar a mi país a lo más alto a base de pisotear a los demás.
-Pero perderéis miles de riquezas...
-Ninguna persona buena consigue hacerse rica, porque acaba dejándolo donde es necesario.
-Hijo...hijo...-lloraba aplastado por la emoción Leon hasta alcanzar los barrotes. Las piernas le fallaron y cayó de rodillas frente a la figura oscura, con las rejas de por medio- ¿Cómo me has faltado tanto tiempo? ¿Y por qué vienes ahora para ordenar mi ejecución? Tú ibas a ser una prolongación de mi. Ibas a hacerme inmortal, ibas a ser mi reflejo en la eternidad...carne de mi carne, sangre de mi sangre.
Leon se detuvo y sus manos retrocedieron con miedo. No quería salir a la luz y que le vieran su viejo rostro.
Probablemente no. Hubiera sido incluso peor.
Y ahora estaba frente a él.
Y sintió paz.
-No, padre. Es la hora del cambio. Pero no del cambio que todos decían, de cambiar al padre por el hijo. Lo he estado reflexionando, el verdadero cambio va a producirse en ti. En ambos. Saldremos de aquí juntos en alianza. Solo eres un hombre que se ha perdido en el camino...y que yo debo reconducir como un pastor busca a su oveja perdida. Volveremos al buen camino. No reinaré por ti como querían tus enemigos, no te sustituiré...reinaremos juntos como padre e hijo. Te necesito como monarca para que mantengas a ralla a las víboras de la corte y los radicales del pueblo. Pero sobre todo necesito a mi padre. Mostremos al pueblo que el perdón pueden ganarlo todos si se lo ganan.
Leon se levantó y aferró el rostro de su hijo asombrado por el porte magno que desprendía su hijo.
-¿Cómo puedes perdonarme después de las barbaridades que he causado a tanta gente?
Louis lo miró como si estuviera preparado para responder a esa pregunta. Llevaba días pensando en la respuesta.
Se juró que si encontraba la respuesta a esa pregunta, salvaría a su padre.
-Marina es la única que podía haber reclamado justicia sobre tu cabeza, por tus pecados y por tus agresiones. Si ella no se ha cobrado la justicia teniendo tu corazón entre sus manos...ninguno de nosotros somos dignos de hacerlo. Sería mancillar su piedad y su perdón.
Leon Alexander acabó por derrumbarse. ¡Perdonado por su peor enemiga! Veía más cruel estar desprestigiado que haber muerto.
Pero entonces ahora no gozaría de la presencia de su hijo.
Estaba confundido. La odiaba...¿o la respetaba?
-Sacad al Empereur de la celda.
La celda quedó abierta. Pero el Empereur se volvió al interior hacia donde estaban los insectos. La cucaracha seguía agonizando.
-Ya sé en lo que nos diferenciamos. El ser humano tiene la capacidad de ahorrarnos sufrimiento entre ellos a través de la compasión...pero ¿servirá para algo?
Aplastó a la cucaracha para ahorrarle la larga agonía que aún le quedaba.
Al final del pasillo, Jean Marié estaba rodeado por dos de los guardias que le quitaban los grilletes.
El Empereur y Jean Marie se miraron durante largo rato.
-Es hora de cambiar- le dijo Leon a Jean Marie muy serio.
Jean Marie lo miró atrincherado sobre sus ojeras y su cansancio y murmuró:
-Yo no cambiaré. Soy fiel a mis juramentos. Pero si conseguís que me sienta orgulloso de serviros y protegeros, sentiré que todo este sufrimiento haya servido para algo. Haced que valga la pena todo este dolor.
Leon Alexander no dijo nada pero agachó la cabeza. Su hijo lo recogió y se lo llevó al carruaje imperial.
Esa noche Louis Alexander ordenó no retirar los blasones imperiales de Montaigne. El Empereur no sería ejecutado y sería enclaustrado cómodamente en los jardines de la Reina Madre. Esa misma noche, Louis y Leon redactaron las primeras peticiones de paz con Castilla y Ussura, a pesar de que al Empereur no le agradaba tal política.
Pero tendría que hacerlo. Acababan de darle una lección. Marina Oliván había destapado su verdadero y horrible rostro a su propio pueblo...y debía cambiar si quería sobrevivir.
Además el descubrimiento de su magno hijo le había aportado una paz que antes no llenaba su estómago, sus arcas o su lujuria.
Y ese día en Montaigne se amaneció con un nuevo sol. Un sol de justicia, de cambio... un resplandeciente sol amarillo libre de sangre.
_______________________________________________________
Primera noche tras asaltar Marina Oliván y sus compañeros la Chateau du Soleil para enfrentar la tiranía del Empereur León Alexander XIV du Montaigne contra el pueblo y la invasión de Castilla. 4 de noviembre de 1670, Castillo de los Insurgents, Charouse, capital de Montaigne.
"Nunca tendrá hijos varones que te hereden". Sin embargo, toda maldición requiere la creación de un "antídoto" para poder deshacerse o para que la persona maldita pueda redimirse. La ingeniosa Reina Madre, desbordada por el odio que profesaba a su hijo, fue meticulosa con el vacío legal de su propia maldición. Sabiendo de sobra los horripilantes prejuicios que tenía su hijo hacia los castellanos y hacia las mujeres de voluntad pura, la Reina Madre decidió que la única manera que podía tener el Empereur para poder obtener su amado varón era compartiendo el lecho con una castellana de alma pura, desinteresada y de voluntad indomable. Por supuesto...nunca se lo dijo a su propio hijo, confiando conque nadie de esas características se iba a cruzar nunca con él. Sin embargo, Leon se cruzó con dos personas de esas características a lo largo de su vida. Sorte, la tejedora del destino, es caprichosa y gusta de poner a prueba a los mortales. La primera mujer fue Rosa Velázquez de Sandoval, su segunda esposa. La segunda fue Marina Oliván, una guerrillera castellana con un corazón fervoroso por deshacer cualquier entuerto. De Rosa Velázquez de Sandoval nunca sospecho que le hubiera dado un hijo en secreto cuando también nació junto a una de sus muchas hijas, Ysabette du Montaigne, menos aún que ésta ordenara esconderlo del Empereur para preservar la esperanza de un monarca legítimo educado fuera de la tiranía de su padre; de Marina Oliván sí descubrió que era apta para darle un varón, ya que el famoso fantasma del espejo del Empereur le reveló al monarca tal dicha.
Así que por todos los medios intentó hacerse con ella. Poseerla por las buenas.
Y si no lo conseguía...lo haría por las malas. Lo que llevaba intentando hacer desde que que Marina rechazó su propuesta...
-Estuve tan ocupado con mi propia obsesión que no me di cuenta de lo que pasaba a mi alrededor. Un día eres un monarca poderoso con gran prestigio, todos te temen y te respetan, la gente te sonríe, te mienten sobre lo bien que van las cosas...de pronto tienes a tu hijo en tu contra, la corte no mueve un dedo por ti y por supuesto nadie te defiende cuando llega la hora de los lobos...
Leon se dispuso a aplastar la cucaracha, que es lo que quiso que hicieran con él cuando Marina quiso mostrar el rostro del villano que se escondía tras su máscara de monarca absoluto.
Pero una voz lo detuvo. La de la figura que le observaba desde las sombras del pasillo. Una voz joven, clara y cargada de un temblor controlado.
- Sí ha habido gente que os ha defendido, majestad.
Leon detuvo su zapato y se levantó lentamente con el ceño fruncido, como la expresión que pondría alguien al que le acaban de tirar una piedra y no sabe quién ha sido.
-¿Os burláis?
-No. Jean Marié Rois et Reines os ha estado sirviendo hasta el final. Habéis despreciado a la persona que más se ha mantenido a vuestro lado a pesar de que tenía razones de sobra para abandonaros.
Leon detuvo su andar hacia los barrotes que daban al pasillo y sus cejas se destensaron, embargadas por el peso de tal reflexión. Embargadas por el peso de tal verdad.
-¿No lo veis así, majestad?
-¿Os seguís burlando?
-¿Sobre qué ahora, majestad?- preguntaba la figura ahora con ciertos nervios.
-Me llamáis majestad cuando es evidente que ya no soy nada y que me van a ejecutar.
-Seguís siendo Emperador hasta esta medianoche. Y sí...os van a ejecutar.
-¿Qué queréis entonces?
Pero la figura no habló. Por un momento pareció que se quedó en blanco, como si tuviera que dar un discurso frente a una multitud. Durante ese largo rato, dos guardias trajeron un gran objeto de pie envuelto en una gruesa lona blanca atada por cuerdas. Mientras los guardias deshacían los nudos, la figura ignoró a los hombres que trabajaban en las sombras y le dijo a Leon de forma casi inaudible:
-Todos hemos visto lo que Marina Oliván proyectó en el cielo de Charouse gracias a vuestro fantasma del espejo.
-Sí- gruñó Leon, incómodo por la situación.
-El pueblo lo vio. Todo.
-Lo sé. Y nadie va a olvidarlo, ¿verdad?
-¿Qué era?
Leon no respondió y volvió a su taburete. Sentía que su madre había resucitado y le echaba una reprimenda que no podía evitar oír. Y eso le enfurecía desde que era niño.
-¿Qué era?-volvió a preguntar la figura.
-Era...una imagen que reflejó ese espejo en el pasado. Era yo intentando forzar a Marina Oliván.
-¿Violarla?- preguntó el otro con la voz estrangulada.
Leon asintió con la cabeza. Querían humillarle y no quería hacerles perder el tiempo a esos morbosos que se querían regodear de su desgracia.
-Le ofrecí todo por lo que cualquier mujer mataría. Le dí incluso poder sobre el fantasma de mi espejo, por eso consiguió mostrar esa escena ante el pueblo. Le hubiera dado todo lo que me hubiese pedido ¡Y ella me rechazó!
-¿Por qué ella? Pudiendo deleitarte con cualquier mujer de vuestra corte.
-Porque el espejo me reveló que ella me daría un varón.
-¿Y cualquier otra mujer no?
-¡No!- decía llorando desgarrado- El espejo decía una y otra vez que no lo conseguiría. Y siempre acierta. La gente dice que sobre mí pesa una maldición que reza que nunca podré obtener un varón.
Leon observó a través de los pelos de su peluca, como un animal acorralado tras la maleza. Lloraba ya de desesperación por la tortura del interrogatorio, sentía que no podía soportar contar lo que había hecho, lo que había pensado...sentía que no quería mirarse a si mismo en el espejo.
-Siempre es lo mismo...nunca cesará hasta que muera. Hasta entonces no dejo de pensar en otra cosa. Continuamente en mi cabeza suena un "tic-tac" que no me deja dormir, no me deja comer. ¡No me deja hacer nada! ¡Es el tiempo que corre en mi contra! Unas espadas que recorren el reloj apuñalando cada segundo que me queda de vida, avisándome de que en cualquier momento habré partido sin remedio Intento llenar el vacío de mi vida acumulando riquezas y despreciando a los demás solo para llenar ese vacío que me produce la promesa fría de una muerte próxima y segura. Mi mente grita que debo seguir en este mundo, que necesito cumplir deseos que no cumpliría en una sola vida. Mi alma clama a mi pecho que debo prolongarme en una nueva vida, que debo seguir existiendo en una nueva forma...en un nuevo yo más joven que devuelva la gloria a mi tiempo perdido. Pero pronto me llegará la ejecución y la guillotina sonará como un baúl que encierra todos los sueños abortados por el tiempo. Si tan solo me hubiera molestado en no haberme excedido en mis pecados...
La figura lo observó y se llevó una mano al rostro para apartar una lágrima.
-Aun hay esperanza- murmuró.
Anduvo despacio hasta la celda, sin salir de la sombra.
-Me alegra que reconozcas todos esos errores, padre. Es el primer paso a la sabiduría.
Leon alzó el rostro entre desquiciado y esperanzado.
Lo había llamado padre.
Quien lo interrogaba entonces...no podía ser más que...
"Louis Alexander XV du Montaigne", resonó en la cabeza del Empereur. Fue lo que la gente clamaba cuando sus propios hombres le apresaban en la revuelta.
El joven se quitó la capucha, desvelando el rostro
Leon sintió enloquecer su mente en una explosión de revelaciones y de emociones acumuladas en su viejo corazón. Se levantó del taburete lentamente.
-¿El joven que habló sobre mi palco imperial sobre el cambio cuando toda esa escoria entró en mi residencia clamando sangre? ¿El que se proclamó rey después de derrotar a su supuesto padre? No eres más que un títere de conspiradores, de otros poderes. Dudo siquiera que seas mi hijo de verdad...
La figura retrocedió y se internó en la oscuridad. En un par de segundos un par de guardias avanzaron el enorme objeto vertical y lo colocaron frente a la celda, a la luz de las antorchas. De un tirón quitó la lona que tapaba el objeto. Tras una ola de polvo, las llamas de las antorchas dudaron de su muerte por el aire levantado. Cuando llegó la calma, Leon observó el espejo de su alcoba secreta y unipersonal. Dentro de su reflejo se encontraba el fantasma que le daba su poder mágico clarividente...un joven cortesano de otra época lleno de hastío y apatía.
-Preguntadle.
Leon quedó impresionado. Y no podría inventar nada porque él mismo acababa de reconocer que la verdad del fantasma del espejo era infalible. Aunque, en realidad...no quería inventar nada.
-Espejo...-dudó- ¿Es este joven...mi hijo?
El espejo, como de costumbre, respondió con un monosílabo.
-Sí.
Ya no quería saber más. El emperador suspiró fatigado, casi de alivio. De pronto pareció envejecer mil años en un segundo. Cayó al suelo al borde del desmayo a la altura
-Hi...hijo mío.
-Padre, el pueblo pasó de querer entregarte a Marina Oliván a cambio de recompensas a querer asaltar tu palacio porque han visto tu verdadero rostro.
-El rostro de la desesperación, del odio, de la lujuria y de la locura.
-Ambos sabemos que has llevado a este reino a lo alto de Théah...¿pero a que precio, padre?
-Al precio de vender mi alma y ahogarla en avaricia, hedonismo y derroche
-Hay otros caminos para el pueblo de Montagien, que ayudará a nuestras gentes a superar su hambruna y su tristeza por no poder ver a sus seres queridos.
-¿Pero cómo mantendrás la gloria que he conseguido?
-No quiero mantener su gloria, quiero que la corona y sus gentes recupere su dignidad. Un prestigio a costa de la dignidad de un pueblo significa fracasar como rey. Prefiero ser un rey a pie de página de la historia y que no se me pueda reprochar nada, a que mi nombre esté en letras bien grandes y escriban que vendí mi alma a Legión por llevar a mi país a lo más alto a base de pisotear a los demás.
-Pero perderéis miles de riquezas...
-Ninguna persona buena consigue hacerse rica, porque acaba dejándolo donde es necesario.
-Hijo...hijo...-lloraba aplastado por la emoción Leon hasta alcanzar los barrotes. Las piernas le fallaron y cayó de rodillas frente a la figura oscura, con las rejas de por medio- ¿Cómo me has faltado tanto tiempo? ¿Y por qué vienes ahora para ordenar mi ejecución? Tú ibas a ser una prolongación de mi. Ibas a hacerme inmortal, ibas a ser mi reflejo en la eternidad...carne de mi carne, sangre de mi sangre.
Leon se detuvo y sus manos retrocedieron con miedo. No quería salir a la luz y que le vieran su viejo rostro.
¿Tan indigno le veía su hijo? Si hubiera sabido que ese hijo existía...¿hubiera cambiado su forma de ser? ¿Hubiera sido más magnánimo?
Probablemente no. Hubiera sido incluso peor.
Su propio hijo.
Aún no lo podía creer.
El único varón que había tenido el Empereur, aunque ni él lo supiera. Hijo que habían ocultado los conspiradores a su padre desde hacía 24 años solo para que este día pudiera darse a cabo. El día del cambio, de acelerar un derrocamiento, de cambiar la sangre vieja y tirana por una nueva, joven educada bajo los valores de la Iglesia.
Aunque no lo sabía, Louis Alexandre XV du Montaigne era llamado hasta hace unos días Domi Baduel, con una identidad confundida de un humilde pastor de los campos de Mont Sant. Así le habían ocultado la existencia de su único hijo varón. Y así le habían ocultado a Domi su verdadera sangre azul. Delante de sus narices.
Y ahora estaba frente a él.
Sintió rabia, sintió ira y se sintió traicionado por su hijo. Si no estuviera engrilletado, hubiera extendido sus brazos hacia adelante entre las rejas...y no sabía si quería abrazarlo o estrangular a su hijo. Avanzó por la celda para ver al traidor, quizás escupirle...pero entonces lo vio. Vio sus ojos.
Y sintió paz.
Leon moderó su paso y avanzó lentamente, contenido, embargado de una emoción de incredulidad y fascinación por ese rostro tan joven y lleno de energía.
"Quien pudiera volver a ser joven..."
A Leon le asustaba la edad y más aún la cercanía de la muerte. Pensaba que lo más cercano que un ser humano podía llegar a la inmortalidad era teniendo un hijo. Por eso le obsesionaba tanto tener un hijo varón, para poder verse reflejado en él. Para poder vivir a través de él.
No tenía el porte de un rey, tenía la piel curtida por el trabajo y su mirada no era altiva, sino aguda y reflexiva. Sin embargo, se veía claramente reflejado en ese rostro perfilado, barbilla cuadrada y frente aristócrata. Ahora se sentía completo.
Las dos miradas se encontraron. Padre e hijo.
-Por mi ya pueden ejecutarme...-dijo Leon.
Louis Alexander negó con la cabeza y tocó el rostro de su padre, que tembló al contacto de su hijo.
Las dos miradas se encontraron. Padre e hijo.
-Por mi ya pueden ejecutarme...-dijo Leon.
Louis Alexander negó con la cabeza y tocó el rostro de su padre, que tembló al contacto de su hijo.
-No, padre. Es la hora del cambio. Pero no del cambio que todos decían, de cambiar al padre por el hijo. Lo he estado reflexionando, el verdadero cambio va a producirse en ti. En ambos. Saldremos de aquí juntos en alianza. Solo eres un hombre que se ha perdido en el camino...y que yo debo reconducir como un pastor busca a su oveja perdida. Volveremos al buen camino. No reinaré por ti como querían tus enemigos, no te sustituiré...reinaremos juntos como padre e hijo. Te necesito como monarca para que mantengas a ralla a las víboras de la corte y los radicales del pueblo. Pero sobre todo necesito a mi padre. Mostremos al pueblo que el perdón pueden ganarlo todos si se lo ganan.
Leon se levantó y aferró el rostro de su hijo asombrado por el porte magno que desprendía su hijo.
-¿Cómo puedes perdonarme después de las barbaridades que he causado a tanta gente?
Louis lo miró como si estuviera preparado para responder a esa pregunta. Llevaba días pensando en la respuesta.
Se juró que si encontraba la respuesta a esa pregunta, salvaría a su padre.
-Marina es la única que podía haber reclamado justicia sobre tu cabeza, por tus pecados y por tus agresiones. Si ella no se ha cobrado la justicia teniendo tu corazón entre sus manos...ninguno de nosotros somos dignos de hacerlo. Sería mancillar su piedad y su perdón.
Leon Alexander acabó por derrumbarse. ¡Perdonado por su peor enemiga! Veía más cruel estar desprestigiado que haber muerto.
Pero entonces ahora no gozaría de la presencia de su hijo.
Estaba confundido. La odiaba...¿o la respetaba?
-Sacad al Empereur de la celda.
La celda quedó abierta. Pero el Empereur se volvió al interior hacia donde estaban los insectos. La cucaracha seguía agonizando.
-Ya sé en lo que nos diferenciamos. El ser humano tiene la capacidad de ahorrarnos sufrimiento entre ellos a través de la compasión...pero ¿servirá para algo?
Aplastó a la cucaracha para ahorrarle la larga agonía que aún le quedaba.
Al final del pasillo, Jean Marié estaba rodeado por dos de los guardias que le quitaban los grilletes.
El Empereur y Jean Marie se miraron durante largo rato.
-Es hora de cambiar- le dijo Leon a Jean Marie muy serio.
Jean Marie lo miró atrincherado sobre sus ojeras y su cansancio y murmuró:
-Yo no cambiaré. Soy fiel a mis juramentos. Pero si conseguís que me sienta orgulloso de serviros y protegeros, sentiré que todo este sufrimiento haya servido para algo. Haced que valga la pena todo este dolor.
Leon Alexander no dijo nada pero agachó la cabeza. Su hijo lo recogió y se lo llevó al carruaje imperial.
Esa noche Louis Alexander ordenó no retirar los blasones imperiales de Montaigne. El Empereur no sería ejecutado y sería enclaustrado cómodamente en los jardines de la Reina Madre. Esa misma noche, Louis y Leon redactaron las primeras peticiones de paz con Castilla y Ussura, a pesar de que al Empereur no le agradaba tal política.
Pero tendría que hacerlo. Acababan de darle una lección. Marina Oliván había destapado su verdadero y horrible rostro a su propio pueblo...y debía cambiar si quería sobrevivir.
Además el descubrimiento de su magno hijo le había aportado una paz que antes no llenaba su estómago, sus arcas o su lujuria.
Y ese día en Montaigne se amaneció con un nuevo sol. Un sol de justicia, de cambio... un resplandeciente sol amarillo libre de sangre.
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Primera noche tras asaltar Marina Oliván y sus compañeros la Chateau du Soleil para enfrentar la tiranía del Empereur León Alexander XIV du Montaigne contra el pueblo y la invasión de Castilla. 4 de noviembre de 1670, Castillo de los Insurgents, Charouse, capital de Montaigne.
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