jueves, 6 de octubre de 2011

Duelo bajo la lluvia

El prelado y alto caballero inquisitorial, Domingo Villaverde, andaba al borde de las frías tejas anaranjadas de la húmeda y a la vez cálida ciudad castellana de Santiago. Caminaba tranquilo, sin pausa, dejando atrás la silueta oscura y portentosa de la Casa del Primer Testito, la Catedral de Santiago, que había visto derramar sangre entre espadachines, canallas y héroes. Colocaba limpiamente un pie delante de otro, con la elegancia que les otorgaba sus botas de caña alta, manteniendo su equilibrio casi felino sobre el borde del tejado. Andaba sin mirar al suelo, con una fe ciega en Dios, porque él no le permitiría caer al vacío, nunca lo haría...él es uno de sus elegidos. Además, sus ojos tenían que estar pendientes de su objetivo. Estaban postrados sobre Marina Oliván, la muchacha valentona y pseudoespadachina. Ella caminaba despacio y a la vez con prisa, fusionándose con los riachuelos sucios de gente del pueblo llano castellano: soldados, clérigos, pícaros, capataces y carpinteros que arreglaban la ciudad sitiada por los extranjeros...
Le sorprendió que Marina no mirara hacia atrás, por si la seguían. Saludaba amigablemente de paso a compañeros y conocidos suyos, pero no se paraba. Pero en el fondo pensó que al fin y al cabo era una castellana, lo que se resumía en ser pasional y ser amigo leal e indiscutible de tus amigos... por eso los castellanos no veían los puñales al final de los callejones oscuros. Siguió a su objetivo, por la calle y empezaba a bajar las escaleras serpentina que conducía a los bajos del barrio pobre. La siguió por los canales que hacían arcos por las escaleras.
La siguió analizando desde los tejados, dejándose amparar por la oscuridad para ser una sombra de capa larga volando al viento, acompañada de su crucifijo dorado acogido bajo el amparo de un sombrero de ala ancha negro y pluma roja. Parecía una campesina normal y corriente (quizás demasiado pasional y justiciera), pero el hijo del Marqués había asegurado que era su espadachín personal. Y además, había visto pergaminos montaigneres con su cara, por lo visto le habían puesto precio a su cabeza por haber robado unos regalos valiosos que iban destinados al Rey Sol du Montaigne. De todas formas, el caballero se había informado sobre las figuras destacadas de la ciudad. Había estado escuchando los rumores que salían de la ciudad, y lo que más destacaba de todo era que tres espadachines enmascarados y "el marquesito" (que suponía que era Fernando Galán, hijo único del Marqués de Zepeda) habían entrado a galope a caballo en mitad de la iglesia de Santiago, para interrumpir la boda que casaría a Alfonso de Galán, el Marqués, con la hija del general invasor montaignere, Charles Dupont. Las historias que contaban los campesinos y cortesanos eran extrañas. Unos decían que la boda iba a traer paz entre Castilla y Montaigne, otros (la gran mayoría del pueblo llano, al que no había que creer mucho según sus experiencias) decían que la boda era una pantomima para que Montaigne gobernase legítima y traicioneramente. Incluso había locos que el Marqués se casaba con Jeannette por amor...

Eso si que no se lo tragaba nadie. La mayoría coincidían en que la boda era una pantomima.

Incluso decían que el propio hijo del Marqués quería hacer daño a su padre porque él realmente estaba enamorado de Jeannette.

Pero de ser cierto los rumores, Marina Oliván, un tal Andrés Canales y Fernando Galán, habían mentido, dijeron que fueron los montaigneres los que empezaron a buscar camorra en la Catedral de Santiago. Pero estaba dispuesto a perdonarles la mentira piadosa. Él creía la versión de que Montaigne hacía políticas matrimoniales a la fuerza (o incluso haciendo que los castellanos poderosos pasaran a su bando) para poder dominarlos legítimamente. En ese caso, Marina, a la que ahora seguía, había sangrado para salvar a su gente... pues lo que hicieron fue heroico y suicida a la vez. Cuatro espadachines contra todo el ejército de Montaigne... en una misma Catedral. Obviamente, uno de ellos murió. Andrés Canales. Pero el líder de los enmascarados seguía vivo: Diego Núñez de Ávila.

Éste era su objetivo. Era clérigo en su tierra. Pero ahora era un perseguido, un proscrito y un hereje, a pesar de tener la friolera edad de casi sesenta años. Su pelo blanco plateado era inconfundible, así como su porte castellano en el duelo... pero seguía siendo un anciano.

Diego Núñez de Ávila...blasfemo de boca, hereje de pensamiento y pecador de acto. Para colmo de males, sabía que tenía una relación sodomita con un noble castellano al otro lado. Pero no podía echarle el guante al noble...era demasiado poderoso. Así que tendría que conformarse con el viejo cura.

Y ahí es donde entraba Marina Oliván, el sedal que le llevaba hasta el escondrijo de su objetivo.

Ah...allí estaba, en esa casucha llena de goteras. Marina entró allí y vio a Marina hablar con un niño avispado. Miró desde el tejado a través de la ventana, viendo algo del interior. De repente el viejo se levantaba de la cama...cansado. Empezaba a moverse de aquí a allá por el salón. Llevaba libros en las manos. ¿Qué hacia Diego? Era obvio que Marina le había alertado de la presencia del Inquisidor, pero...¿por qué no huía? Se le veía alterado, eso quería decir que se lo había dicho. Entró en la casucha otro espadachín, con camisa de cuello poeta negra. Era desgarbado, ágil y sonriente. Posiblemente un fanfarrón.
El caballero inquisitorial Domingo Villaverde se plantó en un saliente de madera donde se atan los andamios y se colocó en cuclillas al borde de éste, agazapado como un depredador, con su rostro oculto por las alas anchas de su sombrero.

¿Sería aquél el demonio de sus visiones? Estaba a punto de averiguarlo.

La noche seguía cerrada...muchos habían salido, menos Marina y Diego.
"¿Qué traman? ¿Por qué no ha salido huyendo Diego ya? Quizás oculta pruebas de su herejía"
De pronto sale Diego y Marina y deciden que se van a separar. Pero rapidamente reparan en la figura de capa larga oscura que hay en lo alto del tejado de enfrente de la casa. Un depredador oscuro agazapado, del cual solo se vislumbra el crucifijo de la cruz de los profetas brillando en su cuello. Domingo Villaverde cayó al vacío con gracia, haciendo dejar volar su capa negra como una furia y mostrando durante la grácil caída en el empedrado castellano la empuñadura y pomo de su espada eclesiástica. Cayó como un gato negro frente a ellos y mientras se levantaba, cogía su sombrero de pluma roja y lo lanzaba como un disco cortando el aire. Dejó mostrar su rostro lleno de cortes y alguna quemadura, así como unas prominentes ojeras en unos ojos hundidos por el cansancio sobre una barba descuidada y creciente.

-Diego Núñez de Ávila...-dijo el recién caído del cielo-. Estáis arrestado por la gracia de Dios y por orden del Alto Tribunal de la Inquisición, acusado justamente de herejía y blasfemia, tanto de acto como de pensamiento. Más tarde se procederá a su juicio divino en Ciudad Vaticana, para poder limpiar su alma para prepararla al juicio de Dios.

Diego se quedó pálido, inmóvil. Marina miraba a ambos personajes a la espera de que alguno de los dos tomara la iniciativa. Domingo Villaverde hizo a un lado su capa negra y desenvainó su espada a la par de veloz que Marina esgrimía su ropera. Sus hojas se rozaron en lance cruzado.

-Vos ya cumplisteis, señorita. Al que busco es a Diego, vos de momento estáis limpia y no es necesario derramar vuestra sangre.

Marina mantuvo la hoja de la ropera cruzada con la espada del caballero inquisitorial.

-¿Por qué cruzar espadas por él?- le preguntó a la espadachina- ¿Acaso vos sois cómplice de su blasfemia?- echó una ligera mirada a Diego, que tenía las manos a la espalda y miraba nerviosamente.

-No...simplemente, es mi amigo.- fue la respuesta de la muchacha.

Cuando el caballero Domingo miró fugazmente a Marina para recibir su respuesta, Diego, a pesar de su edad, sacó un pistolete oculto entre sus ropas y disparó casi a bocajarro sobre el depredador de negro. El estallido del arma resonó por las sucias calles del barrio pobre de Santiago, los perros ladraron simultáneamente en la lejanía de la noche cerrada asustados y sorprendidos por el estruendo. Domingo Villaverde encajó perfectamente el disparo en el costado, pero no pudo evitar retorcerse de dolor unos segundos, los suficientes como para que Diego echara a correr.

-¡Corre Marina!- gritó el viejo echando a correr... aunque parecía que le iba a dar un ataque en cualquier momento.

Los años no perdonan para Diego...y ese esfuerzo le iba a resultar fatal.

Marina hizo caso omiso a su amigo e instructor de esgrima. Ni se movió, siguió apuntando al espadachín de la pluma roja al cuello.

-Ah...la treta de un traidor y un asesino blasfemo, debía haber contado con su cobardía.- dijo el hombre mientras se incorporaba presionando sobre el disparo, que emanaba sangre-. Os dejaré libre de toda culpa si me dejáis perseguirlo.

-Lo siento. Ya os lo dije, es mi amigo. No dejaré que lo matéis tan fácilmente.

-Que así sea.- dijo Domingo esgrimiendo con algo de dificultad su espada.

Marina dejó que Villaverde tomara la iniciativa. Pero su contrincante a su vez hacía lo mismo. Domingo Villaverde no tomaba la iniciativa, él era un hombre justo de Dios, dejaba que los culpables se acusaran a sí mismos tomando la iniciativa en la violencia. Marina no lo hacía. Quizás era justa...o tenía miedo.
Ambos contrincantes se quedaron en la calle angosta castellana, apuntándose con las armas en posición de defensa larga. Marina de vez en cuando tanteaba con las piernas, intentando danzar en círculos sobre el espadachín vaticano, como le había enseñado Diego a "bailar" entre espadas como los Aldana...pero su oponente no le dejaba. Estaban trabados en la iniciativa. Un trueno sonó a lo lejos. Empezó a llover y en cuestión de segundos pasó de lluvia a aguacero. Las dos figuras oscuras seguían observándose, evaluándose y prejuzgándose. De pronto Villaverde tomó la iniciativa. No lo hacía normalmente, pero era obvio que la espadachina castellana quería dar tiempo al hereje. Metió una estocada de fondo para entrar en el círculo de su enemigo, con la esperanza de parar su filo en el gaznate de Marina, pero ésta esquivó fácilmente la acometida, retrocediendo. Visto eso, Domingo comenzó con ataques rápidos con escasas, tanteando el flanco débil de la espadachina. Ésta paraba a duras penas. Domingo comprendió que ella solo sabía lo básico de esgrima, pero no tenía estilo, solo valor y ganas. Lamentablemente, sólo con eso ya podía luchar como una espadachina. Domingo trataba de hacer técnicas de desarme, pero el disparo en el costado quemaba ardientemente. Ese disparo había igualado un poco el duelo que seguramente habría ganado en el caso de estar en perfectas condiciones.
Marina retrocedía y recibió un corte en el brazo por ello. De pronto la hizo tocar pared. Vista la oportunidad, el caballero inquisitorial metió una estocada de fondo, pero sorprendentemente segundos antes Marina sacó una pistola de garfio y disparó contra el tejado más cercano, subiendo a gran velocidad por el automático mecanismo de la cuerda. El fondo de Villaverde acabó clavado en la puerta mugrienta y ajada y una maldición en sus labios.

"No es una gran espadachina...pero tiene ganas y recursos. Para colmo estoy herido."

Domingo Villaverde subió como un gato negro por los andamios de los carpinteros abandonados, dejándose bañar por la lluvia. Su crucifijo dorado bailaba entre las sombras de su capa. Llegó hasta los tejados, donde estaba Marina en posición de guardia cuando lo vio subir.

"Pero yo también tengo chismes..."

Comenzaron a cruzar espadas en lo alto del tejado de las casas, mientras la lluvia les empapaba. Domingo avanzaba de frente por el tejado, dando acometidas frontales y rápidas. Marina paraba a la misma velocidad, retrocediendo torpemente. Era obvio que no estaba acostumbrada a los duelos, así que aumentó el ritmo. Siguió presionándola hacia atrás. Ahora no había tejados a los que huir y ése era un elemento que dominaba. La arrinconó rápidamente en la pequeña chimenea de una estufa. Cuando ella no podía retroceder, el prelado se quitó diestramente su larga capa negra, lanzandola contra ella. Marina vio la oscuridad de la capa venirse encima de ella y Dios sabía qué había tras esa artimaña. El acto reflejo de ella hizo cortar la capa en el aire con la ropera dividiéndola en dos en un limpio corte. Los dos trozos de capa pasó de largo rozando sus hombros. Entonces pudo ver con horror que en esa fracción de segundo de distracción el Inquisidor había sacado una pistola de silla con una llama de fuego en su cañón. Marina esquivó de un salto desesperado la enorme llamarada del arma inquisitorial que abrasó de fuego divino el lugar donde hace un momento se encontraba ella. Sin embargo, la esquiva le hizo rodar tejas abajo por el tejado...llegando al borde de éste y cayendo al vacío. Domingo Villaverde la oyó caer, pero no escuchó ni un hueso roto. Bajó de un salto desde el tejado con gracia felina, comenzando a andar tranquilamente por el suelo empedrado traqueteado por las gotas frías de lluvia. Marina estaba en el suelo, recuperando aliento. Eso era algo que no podía permitir con los insurrectos. Le golpeó la cara de una patada y seguidamente la cogió del cuello con fuerza. Comenzó a arrastrarla hasta un barril que estaba casi lleno del agua de lluvia. La espadachina, forcejeando de su presa, comprendió que iba a torturarla en el barril y se las ingenió para pegarle una patada en la herida de disparo del inquisidor. Éste la soltó, retorciéndose de dolor, esgrimiendo su lanzallamas como respuesta. Por poco Marina esquivó la segunda llamarada, pero había alcanzado su capa. La prenda ardía mientras volaba a su espalda, por lo que se la quitó rápidamente mientras corría a recoger su ropera perdida en la noche. Volvieron a esgrimir espadas ambos espadachines, pero esta vez Marina no retrocedía: avanzaba. Domingo se dejó llevar, para comprender que pretendía. Le lanzaba torpes y a veces diestros mandobles, así que Domingo decidió trabar el combate. Cruzaron espadas y dejaron que sus músculos se enfrentaran. Obviamente, el Inquisidor rompió la traba a su favor, haciéndole un serio corte en el abdomen y golpeándola después con la empuñadura. La hizo trastabillar del golpe hacia atrás pasando por un aguacero que caía de los canales agujereados de los tejados. Quedó empapada y no podía ver a su contrincante a través de la cascada de agua sucia que acababa de pasar. Pero, instintivamente, supo que el inquisidor iba a lanzar un fondo a través de la catarata aprovechando la borrosidad del agua. Saltó a un lado viendo como el filo del Inquisidor prenetaba el aire por el otro lado del agua. Entonces Marina le tiró del brazo, haciendo que éste perdiera el equilibrio sobre el suelo empapado de agua sucia. La víctima gimió agarrándose el brazo. Se retiró arrastrándose por el suelo. De pronto notó la sombra de la muchacha sobre él, que aún seguía en el suelo. La muchacha le apuntaba con una pistola.

Domingo Villaverde suspiró...¿cómo podía haber fracasado ante tal niña?

"No tiene estilo de esgrima, no sabe pelear...y sin embargo lucha como si hubiera nacido para ello. Apenas sabe empuñar esa ropera, no sabe apenas esgrimirla... y sin embargo esa espada parece una prolongación de su brazo. Es obvio que por sus ojeras y su mirada ha sufrido...tanto espiritual como físicamente. Es algo extraño, quizás es...el valor y el sufrimiento la que le hace poder seguir luchando. Quizás es la desesperación de sobrevivir, como si tuviera algo pendiente muy importante. Lucha como un león herido. Es curiosamente instintiva. Pero curiosamente, no tiene ni idea de esgrima... "

Cogió aire por última vez y se santiguó haciendo la cruz de los profetas sobre su rostro y cuello. Cogió el cañón de la pistola de Marina y la apuntó directamente a su corazón. Era un hombre de Dios, pero no le gustaba sufrir en vano. Al menos que fuera una muerte rápida.

-Adelante, disparad y mandad mi alma al paraíso. Disparad y condenad vuestra alma al mismísimo pozo del infierno.

Ella dudó.

-No...el paraíso tendrá que esperarte un poco más.-dijo mientras guardaba la pistola y se apartaba.

Él se levantó trabajosamente ayudándose de los marcos de la ventana que estaba sobre su cabeza. Se despidió con una inclinación de cabeza mientras se colocaba su sombrero de pluma roja. Anduvo tambaleándose hasta que se apoyó en la pared de la calle, dejando un surco de sangre oscura.

-Volveremos a vernos, Marina Oliván.- dijo el herido marchándose.

-¿Sabéis mi nombre?- preguntó ella con las ropas arañada de cortes bajo el traqueteo de la lluvia, a punto de desmayarse por los numerosos cortes del duelo y por las heridas de la batalla de los días anteriores.

-Soy un caballero inquisitorial...-dijo dándole la espalda-. Mi deber es saberlo todo de todos. Hacedme un favor, no os volváis a entrometer entre Dios, el hereje y yo. Ésto no os incumbe para nada y la amistad es solo algo superfluo y terrenal. Decidle a Diego que volveremos a vernos, pues es a él a quien quiero. De todas formas, seguramente Dios ya haya mandado un ángel de la muerte a por él. Los años no perdonan y menos a los ancianos.


Así, el caballero del sombrero de pluma roja y crucifijo dorado, se perdió por las calles zigzagueantes castellanas. Marina suspiró y dejó caerse de rodillas, besando la lluvia que limpiaba su sangre y sus heridas. Luchó contra su voluntad para no dejarse desmayar. Aún debía averiguar que Diego había huido y que estaba a salvo... ya que tanta sangre derramada le había costado.

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Barrio pobre de Santiago. Después de recibir al Prelado Karl y antes de la batalla del Tercio Viejo de San Juan contra La Grande Armée.

1 comentario:

  1. Cada espada decide por qué luchar, los ideales, el honor, la libertad... la amistad... son un buen pretexto para morir si es preciso.
    Que ninguna voz os haga callar, que el acero brame por vos.

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