miércoles, 29 de enero de 2014

Dejando una huella

La casa de los Boucher estaba tranquila, demasiado tranquila, sobre todo teniendo en cuenta que se situaba en el barrio burgués de Le Cage en la ciudad embajada de Paix. Caroline salió de su ensimismamiento con un bote tranquilo, y se descubrió de rodillas en la alfombra floreada de su habitación, frente a su casa de muñecas. La frágil niña debía contar con unos 9 años, tenía el pelo recogido como la última moda aristocrática dictaba. Piel pálida, pómulos afilados y cuello de cisne, Caroline reflejaba un aspecto angelical de primera mano. Sin embargo, sus ojos siempre habían destilado un brillo malicioso y la altivez con la que alzaba su mentón denotaba todo su desdén hacia cualquier persona que se atreviera a darle consejos o ayudarla. Pero la frialdad de mármol de Caroline se había quebrado dado los acontecimientos de los últimos días, y sus hombros se habían hundido. Había descubierto algo terrible que la aprisionaba:

Estaba sola.

Caroline nunca había tenido buenos amigos, y no nunca hubo ninguna razón para explicar un por qué. Siempre había sido ignorada por el mundo, tanto por adultos como por otros niños. Al principio siempre tuvo gente revoloteando alrededor, suponía ahora que se debía a la abundancia en la que vivía su familia por el tráfico de esclavos del Archipiélago de la Medianoche. Cuando se percataron de que no era más que una niña acostumbrada a que todos le hicieran caso, descubrió demasiado tarde que no sabía tomar la iniciativa para relacionarse, y pronto  En la escuela los otros niños la pasaban por alto, suponía que por la abundancia en la que nadaba su familia, ¿pero eso no era motivo para que tuviera más amigos? Sus padres la sobreprotegieron y la aislaron en un arca de cristal, y allí en esa campana se ahogó y perdió su oxígeno, por lo que tuvo que aprender a respirar odio y menosprecio. Tenía que sobrevivir.

Pero al menos tenía sus mascotas. Esos indígenas de alguna isla perdida del Archipiélago de la Medianoche, atontados por algún ritual antiguo o por algún galeno experimental, y el resto de esclavos tribales de las cocinas. Y Brock, ese enorme y tontorrón, el único esclavo de alguna tribu indígena de las islas del oeste lo suficientemente listo como para hacer las veces de mayordomo en la casa de los Boucher. Y a pesar de ser sus esclavos, y a pesar de lo mal que los había tratado, se había dado cuenta de que ellos eran los únicos que le habían dado compañía. Sobre todo Brock. Ahora todos se habían ido. Estaba sola. Era irónico pensar que ella necesitaría a sus esclavos de una manera más íntima que material...era absurdo.

Y ahora todos habían escapado de allí. Todo por culpa de esa estúpida institutriz que habían contratado sus padres para que dejara de ser una niña mimada resentida con el mundo. Esa estúpida institutriz...Sophie Mallarmé, decía llamarse. Y sin embargo, tan estúpida no sería, ya que no era más que una farsante que los había engañado a todos. La institutriz que le había estado enseñando a comportarse, el protocolo, la etiqueta en la mesa y a leer textos filosóficos en casa, no había sido más que la famosa aventurera castellana Marina Oliván. Habían tenido estos dos o tres días a una guerrillera de la guerra castellana llevando su educación, cuando en realidad iba en busca de una pieza Syrneth que poseía su madre. Acababa de enterarse ella y su familia por Remy du Montaigne, el cuál está persiguiendo ahora a Marina Oliván y el paradero de la caja.

Esa estúpida caja de música. Todos la querían: desde su madre, que seguía obsesionada con su música; hasta el mismísimo Rey Sol. Pero quien se la había llevado había sido Marina Oliván que, no contenta con eso, había liberado a todos los esclavos de su casa. Incluso a Brock, el cuál se despidió de ella antes de fugarse. No entendía nada, Brock se despedía de ella y Marina Oliván la había ayudado con sus problemas de niña mimada, cuando en realidad podría haber ido directamente a por lo que quería.

-¡¡Caroline cielo, baja a cenar!!

La voz de soprano repelente de su oronda madre la sacó de sus ensimismamientos. Estaba acostumbrada a que el indígena Brock fuera a recogerla a su habitación y que la escoltara hasta al comedor. Pero dada su reciente huida la mecánica de la casa estaba muerta.

Caroline colocó sus muñecos en la casa de juguete. Colocó a la baronesa junto al marqués al lado de la chimenea, y a los aristócratas los colocó sentados alrededor de una mesa de cartas, en el salón de juegos. Cuando salió de la habitación pisó sin querer la criada que estaba en el suelo. Molesta, la apartó un poco con el pie y prosiguió su camino. Ese era su lugar. Todo estaba en su sitio.

Bajó las escaleras y posó la mano enguantada en la madera del pasamanos. Bajó sin mirar los pies, como le había enseñado la institutriz Sophie Mallar...argh, no. Marina Oliván. Todavía le costaba aceptarlo.

Llegó al comedor. Su madre, una señora oronda y rubia, de grande papada, llamada Elisse Boucher, estaba organizando a los esclavos que tenían en el sótano encerrados de reserva. Eran solo dos, pero estaban bien alimentados. Aun así no tenían ni idea de poner la mesa. A uno de ellos se le cayó un plato con sopa, que estaba ardiendo. A Elisse se le escapó un gritito de indignación.

-¡Por el amor del Empereur! ¡Malditos esclavos! ¿Qué os enseñan en esas islas tropicales dejadas de la mano del Empereur? No sabéis hacer nada a derechas. ¡Ven aquí!

El que había tirado la sopa se quedó quieto sin entender la situación, seguramente ni siquiera hablaran el idioma montaignense. Elisse pegó un berrido furioso y se acercó al negligente esclavo y le propinó una descarga con el bastón de energía syrneth que todos los suyos temían. La descarga era inocente, decían, pero la cara de la víctima no decía lo mismo. El esclavo quedó al borde de las lágrimas y recogió presto todo el destrozo.

-Así aprenden. A este no se le vuelve a pasar por la cabeza cometer una torpeza. ¡Ah!- exclamó percatándose de la entrada de su hija en el comedor- Mi dulce Caroline...es complicado domesticar los nuevos esclavos.

Caroline avanzó por la alfombra del comedor como si de un espectro se tratara. Llegó hasta a su silla conteniendo un suspiro. La retiró tal y como le había enseñado Marina Oliván, y se sentó, esperando a que todos estuvieran en la mesa. Colocó su copa a la derecha, cuchillos a la diestra, tenedor siniestra, y alcanzó en su extremo una cucharita para el primer plato. Nadie se fijó en ella.

-Caroline, ¿es que no me vas a responder nada?- Elisee parecía al borde de una indignación maternal.

Caroline la observó con una mirada vacía. Su altivez se había perdido.

-Si, madre, es horrible, un drama.

Pero Elisse no se había percatado el cambio que había sufrido su hija, solo asintió con la cabeza conforme de que le dieran la razón. Mejor, pensó Caroline. De todas formas ella tampoco entendía qué era lo que le había afectado tanto.

Monsieur Boucher, un burgués cincuentón, pelo ralo y canoso, aspecto amargado al que le faltaba un ojo, entró aireado en el comedor.

-Hemos perdido nuestras ganancias..el último lote de mercancías ha escapado a través del río del comercio por una figura desconocida, y me han dicho que el único testigo, un cochero local, se ha ido a vivir a la tranquilidad del campo. Encima esa odiosa Marina Oliván nos arrebata el artefacto que nos iba a dar el dinero para suplir nuestros gastos. Apuesto a que es la misma horripilante persona que asaltó mi mercancía y les ha dado la libertad.

-¡Oh, querido!-lamentó su esposa con exagerada preocupación- ¡Qué horrible! ¿Por qué esa horrible muchacha querría vernos arruinados?

-Hay castellanos malvados por todas partes, Elisse. ¡Están todos resentidos porque no pueden ganar su maldita guerra! ¡Seguro que es una amargada!

-¡Qué razón, querido! Seguro que se lleva mi adorada caja para vendérsela a cualquier infame para sacar dinero y financiar futuros asaltos a civiles montaignenses...

-¡Y lo peor de todo es que ha ayudado a escapar a Brock, a los esclavos de cocina...a casi todos!

-Menos a estos dos desgraciados, ¡que no saben hacer nada, querido! ¡Tiraron tu sopa con sus torpes manazas!

Monsieur Boucheur alzó la vista con su único ojo.

-¿Quién?

-Éste, querido- dijo señalando al aludido, que empezó a sudar de pánico.

-Dale una descarga, Caroline, cielo mío. Siempre te ha gustado enseñarles el camino correcto a estas bestias.

-No quiero.

Su padre alzó la vista del plato, pero siguió encorvado, a escasos centímetros de la sopa.

-¿Qué has dicho?

-Que no me apetece, padre- las palabras de la niña cortaron el aire como un frío cuchillo. Pero ante todo, y por una vez, fue educada.

Elisse pegó una risita aguda.

-Pero cielo, si sabes que ellos desean ser amaestrados...¡necesitan aprender! Ellos quieren ser civilizados...

-¿Como nosotros?- respondió la niña tajante- Entonces supongo que podréis explicarme por qué Brock se ha fugado. ¡Ah! Supongo que le habíamos enseñado tanta civilización en esta casa que ha ido a buscar un sitio civilizado.

Monsieur Boucher se le cayó la servilleta en la sopa, boquiabierto.

-¡¿Quién te ha enseñado a hablarle así a tu madre?!

-¡Es evidente!- se adelantó ésta al borde de las lágrimas de cocodrilo- Ha sido esa pérfida bruja de Marina Oliván, haciéndose pasar por institutriz, la que la ha corrompido.

-¡O la que ha roto la estúpida jaula de cristal que vosotros me habéis construido a mi alrededor!

-¡Caroline!- gritó su madre, como si no la reconociera, buscando apoyo en la mirada de su esposo.

-Y pensar que esa estúpida institutriz era la infame Marina Oliván...¡dios mío! Una maldita y sucia guerrillera. ¡Una saboteadora! ¡Una espía! Si luchara en las filas de batalla se merecería un respeto. Pero sus maneras son sucias...¡deberían colgarla!

-Ay, querido...esa sucia plebeya ha estado malcriando a nuestra dulce Caroline. Pero podía haber sido peor ¡Con la de cosas malas que te podía haber hecho esa farsante!

Elisse acercó su manaza a los mofletes de Caroline, pero la niña ni siquiera se acercó para ayudarla, como solía hacer. Elisse recogió su mano, con paciencia.

-¡Oh, querida! Estás asustada, ¿verdad? Es solo eso, estás asustada por ella. Es terrible que esa sucia criminal estuviera dándote lecciones de señorita mientras solo buscaba pérfidamente robarnos y arruinarnos. ¡Tranquila mamá ya está contigo y esa horrible mujer perseguida por toda la Guardia Relámpago! No tienes nada que temer...

Caroline retiró la silla bruscamente y golpeó con la palma de sus manos la mesa, poniendo incómodos a los esclavos.

-¡¡BASTA!! Si es una farsante ¿Por qué realmente me ayudó con mis tareas? Si es una criminal ¿Por qué tener paciencia conmigo cuando nadie me soporta? Si es una amargada ¿Por qué intentar hacer que mis deberes sean divertidos? Si es una sucia plebeya ¿Cómo es posible que me haya enseñado todos los modales que estoy mostrándoos delante de vuestras narices? Vosotros ni siquiera os habéis dado cuenta. Esa estúpida de Marina Oliván será muchas cosas, pero hay algo que no acabo de entender de ella. Me gustaría odiarla por todo lo que nos ha hecho, me gustaría despreciarla y sentir rencor, pero...¿por qué en vez de fingir ser una institutriz más ha intentado también ser...mi amiga? ¿Por qué animarme a hacer lo que me gusta, que es cantar, mientras mi madre solo ha intentado reprimir mis deseos? Ha intentado comprenderme, ha intentado ayudarme con mis tareas, ha tenido paciencia conmigo, y sé que eso es difícil porque soy un desastre. ¡Incluso ha llegado a pararme los pies en mis caprichos! Cosa que vosotros nunca habéis hecho. Me habéis malcriado y eso ha hecho que sea una rencorosa caprichosa. La única buena decisión que habéis tenido en la vida es pagarle a otra persona para que se dedique a educarme, ¡cosa que os correspondía a vosotros!

-¡No voy a consentir esto!- gritó su padre alzándose de la silla- ¡¿Cómo puedes reprocharnos que no te hayamos parado los pies?! ¡Te hemos dado todo lo que tenemos y ahora cuando una extranjera nos lo quita todo ¡¿Y tú vas y le das las gracias?!

-No estamos arruinados padre, tú mismo siempre has dicho que teníamos para vivir. Quizás lo que os fastidia es que no viviremos en la abundancia en la que estamos malamente acostumbrados. Sobreviviremos, padre. Y esto nos vendrá bien, y nos hará aprender y a romper la burbuja que vivimos y abrirnos al mundo. Los esclavos con los que hemos comerciado se han escapado, son libres gracias a Marina Oliván. Lo que nunca hubiera podido llegar a pensar...es que yo también soy una esclava privilegiada, rodeada de lujos y caprichos. Yo soy la verdadera esclava de esta casa.

-¡Tu hija está loca! ¡¿Qué quieres que vivamos como pobres para aprender a valorar la vida?!

Caroline se levantó de la mesa, se paró en la entrada del comedor y se giró lentamente:

-Padre, "el pájaro necesita el miedo a caer para aprender a volar". Lo leí en mi libro de filosofía el otro día. Marina me lo leyó ya que yo no estaba dispuesta a ceder a los caprichos de nadie.

- ¿Pero qué dice esta niña? Todo esto es culpa tuya, Elisse. ¿Cómo se te ocurre haber contratado a esa estúpida institutriz? Maldigo a esa bastarda de Marina Oliván. ¡Le ha lavado la cabeza a la niña! ¡Vivir como pobres! ¿La estás oyendo? ¿De dónde saca esas estúpidas ideas?- Monsieur Boucher persiguió a su hija por toda la casa, hasta la escalera- ¡Caroline! ¡Caroline!

Caroline se paró educadamente en mitad de la escalera. Ya no sentía odio, ni rencor, ni desdén...solo los ojos empañados de lágrima. Su estómago tenía un vacío.

-Buenas noche, padre. Os agradezco la cena e intentaré no daros muchos dolores de cabeza.

Caroline volvió a su habitación y cerró la puerta con un suspiro. No se entendía a si misma. ¿Por qué este cambio tan radical? Sentía que se había conocido a sí misma después de todo lo que había pasado con Marina Oliván, pero a la misma vez...no entendía nada. ¿Por qué este cambio en ella? Era bueno, era malo...no sabía qué sentir. La experiencia había sido mala, pero le había hecho abrir los ojos. ¿Se lo podría reprochar a Marina?

Entrando en la habitación pisó uno de sus muñecos. Era la criada, que seguía en el suelo. Caroline la cogió y la miró. Estaba destrozada, casi rota y mullida. Era con la que menos quería jugar pero era la que más maltrataba. Miró la muñeca, parecía tener una sonrisa más auténtica que la del resto de juguetes, a pesar de todas las penurias que le había hecho pasar.

Caroline fue a su mesa, y estuvo un rato trabajando. Al final le cambió la ropa, le puso pantalones y le puso una capa. Había empezado a aprender a coser con Marina, pero no creía que pudieran acabar la lección. Tampoco le importaba.

Ya no era una criada. La muñeca, recién bautizada como aventurera y espadachina en lo alto de la casa de muñecas, en los tejados.

No sabía qué pensar de todo esto. Pero una cosa tenía clara, Marina había dejado una huella en esa casa. Pero sobre todo, había dejado huella en ella.

Y jamás se borraría.

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Febrero de 1670, barrio de Le Cage, Paix, Montaigne. Después de que Marina consiguiera encontrar la caja de música que le llevaría hasta uno de los talismanes para la Cámara Ambarina, y poder salvar a Karl, su tripulante en apuros.

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