martes, 31 de diciembre de 2013

Traición en la noche

La noche había caído y el grupo de aventureros había avanzado mucho su camino hacia Charouse, capital de Montaigne. Los caballos estaban fatigados y las posaderas de los jinetes estaban molestos. Habían decidido evitar los caminos principales, después de un encontronazo con la Guardia Relámpago del Empereur. Era importante evitarlos, no solo porque fuera la guardia de élite del Empereur, sino porque éste había descubierto a la justiciera e impredecible Marina Oliván en su reino. Y no era un secreto que el Rey Sol pondría todos sus medios para cazar a la guerrillera...sobre todo después de que él intentara forzarla físicamente para tener un hijo varón, ya que, por alguna razón, el espíritu de la castellana era de las pocos que se encontraba fuera de la maldición que pesaba sobre él: nunca podría obtener un hijo varón y, por lo tanto, un heredero. Un hecho que le consumía y que le hacía ser un despiadado hombre. Sabía demasiado sobre la oscura faceta del monarca y él debía silenciarla...si no podía poseerla, claro.

Por esta razón, el grupo había decidido acampar en el oscuro bosque camino a Charouse, lejos de la carretera imperial. Aunque helados y racionando la comida, habían evitado a los guardias, los curiosos y la posibilidad de levantar sospechas.

Alonso, un ingenioso y joven barón del reino de Castilla, había atado los corceles en los pelados árboles del bosque. El invierno traía un oscuro manto y los troncos oscuros avivaban los terrores de aquellos que los veían. Mirar al bosque en la oscuridad era como jugar a ver animales u objetos en las nubes...pero con un resultado macabro y aterrador. El joven aristócrata apartó la vista de los árboles y siguió a lo suyo. No se sabía muy bien qué pensar de toda esta aventura ni de la gente que les ayudaban a buscar el tesoro de la Cámara Ambarina. Aunque sabía que Marina no confiaba en Jacque-Louis, él no veía nada extraño, solo era un viejo que financiaba expediciones a tumbas syrneth, en busca de conocimientos y riqueza. Seguramente lo que estaba haciendo fuera algo ilegal o prohibido, pero no le parecía extraño más allá de eso. El que sí parecía extraño era Dayron... no porque Marina dijera que su forma de ser "cambiaba por las noches" , porque eso él no lo vio, sino porque sudaba la gota gorda cuando le hacían muchas preguntas. Sus respuestas a veces eran muy vagas o se contradecían, ¿pero qué debía ocultar él? Solo es un mediocre excavador de tumbas syrneth. Lo observó detenidamente mientras ataba las riendas de los caballos.

No era precisamente Dayron quien iba a traicionarlos en mitad de la noche.

Dayron se apoyaba junto a un árbol y le comentaba a Rata qué ramas buscar para hacer un discreto fuego. Un tipo ágil, joven, buena apariencia aunque le faltaba chispa para ser atractivo. Vestía siempre una chaqueta de cuero arañada por todas partes y lleno de bolsillos interiores típico de los exploradores. Obviamente, no se trataba de un miembro de la famosa Sociedad de Exploradores: no era muy maduro, tenía conocimientos syrneth pero no tan avanzados como los que suelen denotar los miembros de la Sociedad, apenas le había visto usar utensilios para analizar objetos, marcar rutas o medir distancias y no tenía muchos mapas... y los que tenía ni siquiera los había hecho él. Lo único que le veía encima, eran utensilios de excavación. Probablemente era un arqueólogo, pero desde luego era uno autodidacta y siempre haciendo encargos para los demás. Un mercenario en toda regla. Quizás fuera cierto y hubiera estado un tiempo encontrando artefactos poderosos para Villanova...lo cuál era una hoja de doble filo. Era bueno porque había trabajado para alguien importante y parecía haberle ido bien la cosa, y era malo porque Giovanni Villanova era una de las personalidades más infames y traicioneras de Théah.

Alonso se ofreció a ayudar a Rata, uno de los tripulantes más jóvenes del Finisterra, a buscar ramitas secas para hacer un fuego. Rata, pirata y acróbata, estaba desconcertado por la tierra firme, pero se sentía alegre de poder hacer otras cosas fuera del navío y enseñarle a Mordisquitos (su rata) otros lugares donde comer queso y otras bazofias. Se había ofrecido para esta aventura solo para poder pisar una tierra que no se tambaleara a sus pies, pero se arrepintió: Dayron ponía de los nervios a Mordisquitos y se revolvía constantemente, descontrolada o extrañada. Pensó en los rumores que corrían por la tripulación de Marina Oliván sobre los cambios extraños de personalidad que se producían en Dayron: el viejo lobo de mar Bartolomé decía que los extraños cambios de humores de Dayron se debían a la luna y los cambios de marea, Long y Kristen consideraban que era algo más del espíritu y el ánimo, Lúa y Rata simplemente apostaban que estaba mal de la cabeza de tanto tocar reliquias Syrneth ¡y los avaloneses incluso se aventuraban a decir que podría tratarse de un sidhe nocturno!  El contramaestre Gerard era el único que mantenía la cabeza sobre los hombros y no teorizaba nada, aunque escuchaba las fantasías de sus marineros. Simplemente sospechaba.

Alonso y Rata volvieron con las ramas. Marina y Dayron lo tenían casi todo listo. Faltaba el fuego.

Alonso se quedó un momento en el linde, junto a un árbol decrépito. Miró a Marina y vio que terminaba de montar el campamento. La observó durante un rato desde la oscuridad.

Marina no sabía lo que se le venía encima.

Alonso, Dayron, Rata y Marina cenaron unas pobres tortas duras y algo de vino. Hablaron de sus vidas y sobre todo de a qué tenían miedo cada uno. Risas, bromas, confesiones, alguna que otra historia...lo normal en un campamento nocturno entre compañeros.

Dayron y Rata se durmieron en seguida. Alonso comenzó a aburrirse. Marina y Alonso intercambiaron una mirada.

-Bueno...-comenzó él rompiendo el hielo-. Estamos...solos.

-Bueno, no estamos solos- respondió Marina lanzando una mirada a Rata y Dayron, antes de contener una carcajada-. ¿Y bien? Vamos a dormir, ¿no?

Alonso se estiró en el césped, bostezando.

-Sí. Supongo que sí. Pasado mañana estaremos en Charouse- dijo con un bostezo en los labios.

Marina entornó la mirada con enfado cansado, sin mucha ilusión.

-Qué bien...

-¡Que sí! Ya verás que es una gran aventura.

-Cada vez que vengo a Montaigne, quiero volverme.

-Lo cual es normal- respondió el barón mientras se distraía arrancando hierba.

-Y solo he venido dos veces. Esta es la tercera.

Alonso rodó como una croqueta y clavó un codo en la alfombra de hierba para apoyar la cabeza.

-Tranquila, solo nos busca la Guardia Relámpago- bromeó, para luego mascar su sueño abatido.

-Bueno...a vos no demasiado.

Alonso no supo si eso la consolaba o se estaba quejando.

-No, pero digo yo que empezarán a asociarme contigo. Soy una mala influencia-bostezó, pero cambió de idea y corrigió con indignación fingida-. ¿Pero qué digo? ¡Vos sois una mala influencia!

Marina sonrió y la luz de la hoguera se reflejó en sus ojos, decidida.

-Soy una mala influencia-confirmó divertida- Tendréis que despegaros de mí, aunque yo os salve la vida.

Alonso se abrigó y se acomodó el triste cojín, dispuesto a dormir. Miró una última vez a Marina.

-Ya veremos quién salva la vida a quien...Marina.

-¿Seguro?- le desafió la espadachina- Sé esgrima.

-Seguro.

Y ambos se quedaron dormidos. Y por eso Marina cayó en la trampa.

Puede que la peor que se haya enfrentado en vida.


Marina despertó demasiado pronto, estaba lejos de ver el amanecer. Abrió los ojos y la oscuridad de la noche seguía en su máximo esplendor. Entonces vio lo que la había despertado. Algo que le congeló la sangre.

Alguien le estaba apuntando con una pistola. Una figura le daba la espalda a la luna, por lo que Marina solo veía a una sombra amenazándola mientras seguía tumbada. El desconocido habló a la vez que le quitaba el percutor a la pistola.

-¿Y de que sirve la esgrima si tengo una pistola, Marina?

Su voz le resultaba familiar, demasiado familiar.

Era Alonso.

El que hasta hacía unos minutos estaba bromeando con ella, ahora le amenazaba de muerte fríamente. Su conocida voz sonaba cruel y socarrona. No era un juego.

Alonso la estaba amenazando, y era a vida o muerte.

Marina abrió los ojos como platos. Su voluntad había sido acuchillada por unos instantes por la sucia traición. Cuando su determinación reaccionó, fue en forma de puñetazo. El impacto del puño alcanzó el labio de Alonso, que retrocedió totalmente sorprendido por la valentía de la guerrillera. Los talones del barón se incrustaron en la tierra y recobró la compostura. Ahora apartados y ella levantada, volvió a apuntar a Marina mientras respiraba trabajosamente, con un hilillo de sangre recorriéndole la comisura del labio. Ella echó mano al interior de la capa de viaje y sacó el acero de su espada. Ambos se apuntaron al corazón en la oscuridad. Ella con el estoque y él con la pistola.

-No debéis hacer eso- le advirtió el barón sombríamente divertido, relamiendo la sangre de su labio.

-¿Vos y cuantos más?- le desafió ella, sin comprender qué estaba pasando.

Silencio en la oscuridad del bosque. Después de tantos años de amistad...desde niños. Desde que ella era una niña campesina que araba la tierra para el padre de Alonso, después de las mil y una aventuras que habían pasado juntos por tierra y mar, e incluso aire. ¿A qué venía esta traición ahora? Y de esta forma tan cruel...

Y sin embargo a Marina no le tembló el pulso. Pensaría que había una buena explicación para todo esto. Apretó con fuerza la empuñadura de la espada y él respondió apoyando suavemente el dedo en el gatillo. Alonsó se burló de su desafío.

-Dejémonos de pantomimas, Marina ¡Tú nunca me matarías!- rió burlón y confiado, mientras que Marina seguía confundida con el cruel giro del destino y él tendió la mano-. Ha sido muy complicado orquestar todo esto. Dadme la caja.

¿La caja de música? Ella arqueó una ceja y avanzó con la espada en ristre, temeraria.

-Soltad el arma- respondió mientras andaba hacia el cañón de la pistola.

Se acercó lo suficiente como para que la hoja amenazara al barón. A pesar de los pocos metros que los separaban, Alonso no lo esperaba y decidió que no debía disparar aún.  Entonces él, sorprendido, cogió su filo con la mano para detener el avance del acero Aldana. Un grave error. Cuando Marina notó la hoja apresada por las manos del noble, retrajo la hoja con ligereza, junto con grueso hilo de sangre.

El aullido de Alonso rasgó la tranquilidad nocturna del bosque y Marina retrocedió sin dejar de apuntarlo con el estoque castellano.

-¡¿Vos y cuantos más?!

-¿Te has preguntado dónde están Rata y Dayron?-preguntó él tras recuperarse del dolor del corte.

-¿Con quién venís?

-Oh, somos muchos. Bastantes. Los que están aquí conmigo no los puedes ver. Pero los que conoces son trece.

La sola mención de los Trece hizo que Marina bajara momentáneamente la guardia, pero clavaba los ojos en Alonso.

-¿Qué?- fue lo único que acertó a decir.

-¡Menuda sorpresa!-rió irónicamente Alonso tentado de aplaudir- Dame la caja.

-No.

-¡La caja, Marina!-exigió por última vez, esta vez más amenazante.

Nadie se movió.

-Estoy harto de esta pantomima. Ya tengo lo que quería. Que encontraras todo en el castillo de Stein. ¡Qué casual todo! ¿No crees? ¡Y la persona que te había guiado hasta los Trece! ¿sabes cuántos rivales me he quitado de encima gracias a ti? ¿Por qué crees que te ayudé tanto en eliminarlos? ¡Oh, sí!-exclamó sobreactuado y burlesco- ¡Verdugo me tiene apresado! ¡Socorro! ¡Ja, nunca existió un peligro real para mí, Marina! No eras más que una pieza para mi plan.

Marina lo miró extrañada, sin entender qué quería decir. Aquello no tenía ningún sentido. Por lo menos para ella...

-Eso es mentira.

-¿Mentira?- fingió sentirse ofendido y giró la vista hacia un árbol oscuro y alejado- ¡Sacadlo!

De entre las sombras del bosque salió una figura oscura, y delante de él estaba Rata, con los brazos en la espalda, claramente inmovilizado. Estaba intentando liberarse del anónimo y oscuro personaje, pero no podía. Alonso apuntó con celeridad a Rata y volvió la vista a Marina con un brillo violento.

-¿Qué es más rápido, mi pistola o vuestra espada?-retiró el percutor de la pistola.

-Vuestra pistola.

-Pues entonces dejad de tentar a la suerte. ¡La caja!

-Quiero ver al resto antes.

-¿Al resto?

-A Dayron.

-Oh, sí. Sacad a Dayron...

Otras figuras, desde otra parte del bosque, sacaron a la luz de la luna a Dayron, igual de inmovilizado e impotente que Rata. Marina quedó extrañada ante el hecho de que Dayron estuviera como rehén. Alonso la observó y creyó saber lo que pensaba: que Dayron estaba detrás de todo. Algo no encajaba. Marina pensaba que tenía que ser un extraño haciéndose pasar por Alonso

-¿No creéis realmente que yo soy el verdadero Alonso?- preguntó él adivinando sus pensamientos.

-No

-Ponedme a prueba.

Pero ante la duda de Marina el barón tomó la iniciativa.

-¿Para que se besa a alguien Marina?

Ella se preparó. Sabía por donde iba ese comentario.

-Decídmelo vos.

- Para poder cerrarle la boca- sonrió él apaciblemente sin dejar de apuntar a Rata.

Marina agachó la cabeza dolorida. Ese comentario lo dijo él en una conversación privada que tuvieron en las el castillo de Santiago. Solo el verdadero Alonso podía saber eso...pero no era suficiente.

-¿Quien es el caballero de la blanca luna?- volvió a la carga.

-Alonso

-Alonso Lara. Yo.

-Alonso Lara- reiteró ella como si no acabara de creérselo del todo.

-Atractivo, jovial, el ingenioso barón...

Marina ya se sabía esa retahíla pedante de Alonso, pero no iba a tragársela con una traición de por medio.

-Vuestra marca.

-¿Mi marca?

-¿Quién sois?

-El Concilio de los Trece ya casi está desaparecido. No tengo por qué enseñarte ninguna marca. Ya no tiene sentido.

-Pero vos formabais parte de ellos mucho antes. La marca.

-Oh, por aquél entonces solo era uno de los de abajo. Pero he ido ascendiendo...-decía como si evitara el encuentro.

-Todos tienen marca. Quiero verla.

Alonso suspiró y miró alrededor.

-Apuntadla.

Docenas de seguros de mosquetes chasqueaban entre las sombras, sin que se pudiera ver a ninguno de los sombríos tiradores de Alonso. Mientras sus lacayos le cubrían él le enseñaba su marca a fuego del NOM. A fuego mágico. La completa. Uno de los Trece.

Marina negó con la cabeza. Nunca le había visto esa marca y la habría visto en todo este tiempo.

-Supongo que te sorprenderá no haberla visto antes...porque puedo hacerla aparecer y desaparecer. ¿Crees que la marca del NOM se ve siempre?

Y como si de un prestidigitador se tratara, Alonso pasó la mano por encima y la quemadura mágica se borró, como si no hubiera estado nunca.

-Magia rudimentaria, Marina- explicó.

-Pero habéis ido ascendiendo. Al principio no podíais haber hecho eso.

Alonso no respondió, aparentemente agotado. No respondió.

-¿O sí podíais?

Inexplicablemente, la pregunta parecía incomodar al barón.

-Me estás casando ya. Eso no explica nada- empuñó la pistola y apuntó a Rata-. Tienes cinco segundos para darme la caja.

Marina apretó la empuñadura y observó la docena de sombras que la amenazaban alrededor.

-Somos muchos Marina. Podría compartir mi poder con Trece...pero es mejor ser uno. Y todo gracias a ti...aquí se acaba nuestro viaje juntos.

Marina se volvió derrotada, tiró el estoque y le enseñó la caja en la distancia. Cuando volvió le pidió una última cosa antes de entregarsela:

-Antes dejad el arma.

El chasqueó con la boca mientras negaba. Pero Marina se mantuvo.

-Vais a disparar.

-¿Creeríais que yo dispararía después de tener la caja? ¡Vamos, Marina! ¿Después de todo lo que yo he hecho por ti? ¡Ir hasta el Archipiélago de la Medianoche por ti! ¡En un mercante! ¡Solo para buscarte!

-¿Todo esto era por la caja?- preguntó ella mientras se acercaba con la reliquia Syrneth.

-No. Ni siquiera sabía a donde conducía todo esto. Pero he descubierto que todo el poder que gira en torno hacia esa reliquia es mucho más importante. ¿Verdad, Dayron?

Dayron no respondió, pero sus ojos reflejaban un odio contenido hacia el joven aristócrata.

-Dayron parece saber más de lo que dice, Marina. Aunque ya sabíamos que era raro- resumió misterioso mientras tendía la mano para que le alcanzaran la caja de música- . Tienes 3 segundos para darme la caja. Tres, dos, uno...

Ella le tendió la caja y él se lo agradeció cortésmente. Entonces, en el último segundo, antes de que él la cogiera, la retiró.

-¿Por qué haces esto?

Los ojos de Alonso se crisparon de ira.

-Has fallado, Marina.

Y entonces, contrariado, Alonso apuntó a Rata y se escuchó un disparo.

Pero no había sido él.

Alonso miró su pecho, con los ojos lacrimosos. Sentía arder un frío hierro en el interior de su pecho, mientras sus órganos se lamentaban. Un grave gorgoteo de sangre emanaba de su corazón, abierto por una esquirla de plomo.

Marina había sido más rápida.

Debajo de la capa la guerrillera escondía un pistolete y le había disparado una centésima de segundo antes de que él apretara el gatillo. Marina tenía los ojos cristalizados por las incipientes lágrimas y por el dolor de la traición. Y sin embargo, ella no había apuntado a su corazón, pero era justo donde se había clavado su bala.

A él. Justo a él. Justo a su corazón.

El brillo de ira abandonó a Alonso y se desplomó. La muchacha estaba al borde del llanto, pero aun así, corrió hacia él. A socorrerlo. Porque a pesar de haber sido traicionada por él, de la manera más pérfida y cruel...ella quería ayudarlo. Se lanzó a la alfombra de hierba y recostó el cuerpo de Alonso sobre su cuerpo, y le habló. Le habló como cuando él recibió una herida en el cuello en la batalla de Santiago. Le habló para mantenerlo con ella.

Pero esta vez él la calló, porque sabía que esta vez no iba a sobrevivir. Abrió su boca llena de sangre y, antes de morir, le preguntó con una voz serena:

-¿Soy Alonso?

Marina lo miró atónita. Sin comprender. ¿Qué clase de pregunta era esa? En ese momento la muerte intentaba romper el abrazo entre ellos, pero ella le aferraba fuerte. El calor de la pareja fundió la frialdad de la muerte...solo unos segundos más.

-¿S-soy Alon-alonso? res-responde...

Y entonces ella respondió:

-No.

Él no podía ser Alonso. No el verdadero.

-Yo nunca cambiaría.

"Ya lo sabes"

Y entonces, Alonso, guardó en su pecho su último respiro, aprisionando los últimos latidos de vida en su corazón, y se lo regaló a Marina en un último beso de despedida. Fue el gesto con el que decidió poner punto y final a su vida.Marina lo abrazó su cuerpo cada vez más blanco y frío como el mármol.

-¡No! ¡¿Qué significa esto?! ¡¿Qué significa esto?!

Y con un sentimiento de vértigo, Marina se despertó entre lágrimas. Todo el mundo estaba durmiendo, Dayron, Rata...Alonso. Estaba todo normal. Excepto...

Una niebla verde flotaba y salía de su boca, huyendo de sus labios. Un Terror Nocturno salía de Marina, aunque ella desconocía lo que era. Es uno de los peores monstruos que recorre toda Théah. Se interna en nuestros cuerpos, penetra en nuestros más odiosos miedos, invaden nuestros sueños para aterrorizarnos, para fortalecer nuestros miedos y hacerse más fuertes con ellos. Utilizan nuestros recuerdos, utilizan todo lo que más tememos y nos lo muestran para asustarnos. El perezoso y el cobarde intenta huir siempre, pero nunca despertará de ese sueño. El que se enfrente a sus propios miedos no temerá nunca a nada.

La única manera de combatir una pesadilla es enfrentándose a ella cara a cara aun sabiendo que te dolerá.
Marina lo hizo cuando disparó a Alonso, con todo su pesar.

La única manera de vencer a una pesadilla es negándola.
Marina lo hizo cuando negó que ese traidor fuera el verdadero Alonso.

Por mucho que la mente le dictara que Alonso la traicionaba, su corazón le gritaba con todas sus fuerzas que él no le haría nunca eso. Por real que fuera la pesadilla.

Y si de algo se caracterizaba la intrépida Marina Oliván, era que su espíritu se dejaba guiar por el corazón.

Si nunca se hubiera enfrentado a Alonso, Marina habría dormido hasta morir, intentando huir de esa pesadilla, la de la traición de un hombre que nunca la quiso y que hacía daño a los suyos. Y a pesar de eso, se enfrentó a él. No permitió que disparara a sus amigos, aunque se llamara Alonso Lara, aunque hubieran sido amigos de siempre, aunque lo llevara siempre en su corazón. Se enfrentó a su miedo, le plantó cara, hizo lo justo..., le disparó, le mató...aunque le doliera en toda su alma. Porque uno no vence a sus propias pesadillas sin sufrir dolor. 

Esa noche Marina se había enfrentado a un terrible miedo...y no se sentía victoriosa por ello. Pero seguro que se sentía feliz de que todo hubiera sido una pesadilla.

Nada más.

jueves, 26 de diciembre de 2013

Cuenta atrás

La casa estaba completamente a oscuras y apenas se podía ver bien a dos pasos de distancia. Hacía frío y la noche había caído hacía ya bastante rato, quizá debimos haber llegado antes, aunque creo que a nadie le importa. Todos están ya dormidos.
Se me hace extraño alojarme en casa de otra persona, más aún si es un desconocido. Su nombre es Jacques Louis du Paix, y, aunque no me queda claro a qué se dedica, sé que nos va a ayudar a conseguir la pieza que nos falta de ese medallón. Ese medallón que, de un modo u otro, nos permitirá llegar hasta el tesoro que buscamos en las Islas Thalusianas. Aunque realmente, él solo nos proporciona la información necesaria para llegar hasta dicha pieza, el resto del trabajo es todo nuestro y…aún sigo pensando cómo conseguirlo. Nuestro “jefe de expedición”, Dayron, no parece tener idea de cómo llegar hasta el objeto, y Alonso parece divertirse más bromeando sobre Dayron y el nuevo sobrenombre que él mismo le ha dado. No les culpo, a decir verdad yo tampoco tenía ni idea, hasta que se me ocurrió una estupidez: ¿cómo conseguir esa mitad del medallón si se encuentra en casa de una niña mimada, una irritante cantante de ópera y su marido? A pesar de que barajamos numerosas opciones, como secuestrar a la niña y pedir un rescate y algunas otras muy poco discretas, finalmente pensamos que yo podía ser una buena institutriz para la niña y que en la casa encontraría la pieza del medallón. Al principio, era un plan estupendo…pero cuando conoces al elemento, dan ganas de tirar por tierra toda la compostura. Es realmente insoportable.
Hoy ha sido mi primer día en la casa de la familia Boucher (quienes tienen el medallón) y he tenido que dar gracias a las clases de modales de Julius para este “pequeño trabajo”. No sé qué habría hecho si me hubieran pedido que enseñase a la hija de los Boucher algún tipo de materia. ¡Por el amor del cielo, no soy más que una campesina! No sé nada de matemáticas, ni idiomas, ni siquiera se me dan bien la música o la pintura… Y aunque intente hacerme pasar por una mera institutriz, mis manos callosas delatan mis raíces y el verdadero color de mi sangre. Hay cosas que no se pueden ocultar, y eso es algo que me acompañará siempre… 
Aun así, no me disgusta de donde vengo; de hecho, no lo cambiaría por nada. He aprendido muchas cosas que solo quienes son como yo comprenden. Ahora conozco sabor del esfuerzo y a qué huelen las recompensas por él. Conozco el tacto de la derrota y el sonido de la victoria, vista siempre con los ojos de la dura realidad. Dudo que alguna institutriz de Montaigne sepa lo que es eso, a menos…que se llame Marina Oliván o esté tan loca como yo.
En cualquier caso, el ajetreado día de hoy está llegando a su fin, y la casa del señor Jacques du Paix nos lo recuerda con sus velas apagadas y su silencio nocturno. Alonso y yo entramos con sigilo para no despertar a nadie y, después de buscar un poco, encontramos un candelabro que pudiera iluminar la estancia.
Todo estaba como esta mañana: desordenado y polvoriento. En este lugar las pelusas no juegan al escondite, ni sienten miedo de ser barridas en cualquier momento, simplemente se amotinan de manera confiada y despreocupada. Tampoco lo pasan mal las motas de polvo, que bailan sobre las páginas de los libros abiertos y escritos a medias, situados sobre el escritorio del señor du Paix. La dejadez de la amplia casa celebra una fiesta esta noche y dudo que sea la última. Me pregunto si el propietario del hogar es realmente un hombre tan ocupado  que solo tiene tiempo para él, o simplemente siente apatía por el orden y la limpieza. Además, tampoco se ha visto a criado alguno por aquí y, aunque la casa no sea una gran mansión, es lo bastante amplia como para que una sola persona se ocupe de ella. A esto se le suma el hecho de que al parecer, el señor du Paix ni siquiera pasa por aquí para comer; ya nos lo demostró su olvidada despensa a la hora del almuerzo.
 ¿Dónde pasará la mayoría del tiempo? ¿Es un hombre tan confiado que deja que permanezcamos en su morada mientras él sale a hacer sus tareas? ¿O simplemente, no tiene nada que esconder aquí? O lo que tiene que esconder, está a muy buen recaudo… Supongo que estoy delirando; la confianza que antes tenía en los demás se ha esfumado casi por completo, aunque después de todo lo que he pasado, no me extraña en absoluto. Quizá el señor du Paix no sea nada más que un hombre corriente. Eso sí, un hombre corriente interesado en el tesoro de las Islas Thalusianas.
De todos modos, la verdad es que en ese momento no estaba pensando en nada de eso. Alonso y yo subimos las escaleras que conducían al piso de arriba y mi mente permaneció completamente en blanco; no quería pensar. Finalmente, cuatro puertas se alzaron ante nosotros; un par de ellas abiertas y al fondo otras dos cerradas, donde estarían durmiendo Dayron y el señor du Paix. Aquí concluía nuestra noche.

- Pues  hala – dije rompiendo el silencio con mis suaves palabras y delicadeza habitual.


- Gracias, caballero, por escoltarme hasta la puerta de mi habitación – Alonso respondió con retintín. Yo no pude evitar reírme.


Él cogió uno de los cirios del candelabro que yo llevaba, ya que yo había adoptado el papel de hombre de nuestra extraña pareja.


- Buenas noches, señorita Oliván.


- Buenas noches… – “Barón Lara”, suspiraron mis pensamientos.


Entro en la habitación y, nada más poner un pie en ella, me topo con la cama. No tiene pinta de ser muy cómoda, pero seguro que he dormido en sitios peores. A su lado hay una mesita en la que dejo descansar el candelabro aún encendido, y ni siquiera me pregunto qué habrá dentro del armario, ni por qué hay un vaso de coñac encima del viejo escritorio. Ahora mismo, ni quiero, ni me interesa saberlo, mañana ya habrá tiempo de preocuparse por ese tipo de cosas. Hoy asaltan mi cabeza otra serie de complicaciones.

Retiro las cortinas que cubren la pequeña ventana y me apoyo sobre el marco de la misma. Desde donde estoy se puede ver una calle estrecha, empedrada e inclinada, formando una cuesta por la que pasa un riachuelo de agua sucia, acompañada de un montón de desechos acumulados. No es una calle demasiado transitada, sobre todo a estas horas, aunque se atreve a pasar por allí algún viajero, espadachín, o simplemente algún paisano que ya regresa a su hogar.
 Miro hacia el cielo y suspiro. La luna no está en su máximo esplendor, pero a mí me parece especialmente bonita esta noche. Bajo ella, Alonso y yo intentamos recuperar hacía tan solo unas horas ese tiempo que nos había sido arrebatado en varias ocasiones. Tiempo que nos pertenecía y que tarde o temprano volverá a escaparse de nuestras manos. ¿Qué digo? De “tarde o temprano”, nada. Incluso hay establecidos día y número para nosotros, y encima tendré que dar gracias a que no haya también una hora prefijada. Hay que joderse... 
Esta locura acaba pasados noventa amaneceres, el día 19 de mayo.
Es gracioso, porque cuando pasen esos noventa días se cumplirán dos años de aquello. Recuerdo que me dijisteis que, quizá no casados y con tres hijos como habíais previsto en un principio, pero sí que para entonces ya os habríais hecho con mi corazón. Si tan seguro estabais, ¿por qué no tuvisteis en cuenta que siempre le dais la vuelta al mundo, dejándolo bocabajo? El mío se tuerce constantemente por vuestra culpa, y ahora tengo un problema:

Dudo que mi locura muera.


Antes mis sentimientos eran un ovillo enmarañado y confuso, pero  poco a poco se van deshaciendo los nudos. Debo decir que era más sencillo cuando todo era un gran enredo; solo tenía que dejarlo pasar y hacer como si nada ocurriese. Aparentarlo será más difícil.


De repente, me encuentro resoplándole a la luna, aunque esto no sea culpa suya: “Es complicado”, dijisteis. ¿No me digáis? ¿Lo habéis descubierto vos solo, Alonso? Dios, hablo como si él me estuviera escuchando. Me estoy volviendo loca…Mejor dicho: me está volviendo loca. Ni siquiera sé a qué se refería con eso, ¡nunca sé de qué está hablando exactamente! Me desespera, pero quizá sea mejor así. 

Siempre que intento entenderlo termino desistiendo, pero eso es porque me da miedo. Quiero comprender qué es lo complicado para él, pero a la vez…me gustaría poder mirarlo solo de reojo. Y todo porque tengo miedo de que él sienta lo mismo que yo, sea lo que sea, claro. Aún no sé ponerle nombre, pero sé que no sería bueno que él lo correspondiese. No en la sociedad que se ve desde mi ventana.

Echo un nuevo vistazo alrededor y definitivamente, no hay más que ver. Nadie va a responder a todas las preguntas que tengo, porque ni siquiera sé si quiero formularlas. ¿No podría limitarme a conseguir el medallón, regresar a Castilla y arar la tierra como una buena campesina? No, Marina Oliván tenía que ser diferente, ¿verdad? Marina Oliván no puede estarse quieta y dejar de meterse en más problemas de los que ya tiene. Y todo porque Marina Oliván es un caso perdido, con una causa perdida.

Esta noche he querido hacer a la luna mi confidente, pero a pesar de que lleva un rato mirándome expectante, no encuentro las palabras adecuadas para expresarme. Dimito. No sirvo para esto.
 Me limito a cerrar las cortinas y me siento en la estropeada cama. Se acabaron los secretos a medias que ni siquiera yo comprendo. Tendré que tragármelos, como sea.
Encorvada, y con los codos apoyados sobre mis piernas, hundo la cara entre mis manos. Las durezas saludan a mis mejillas cuando escucho una voz en mi cabeza: “¿Y si lo vuestro fuera posible, tendrías las mismas dudas, Marina?” Entonces alzo la vista con rapidez, sorprendida por el eco de esas palabras: lo que faltaba, la vocecita de Cintia indagando en la herida. Recuerdo que me hizo esa pregunta cuando la despedí en Santiago, antes de emprender el viaje en el que me hallo. La llevaba oculta en mi memoria desde entonces, y ha aparecido justo en el momento más oportuno. ¿Tenía que ser ahora?
“Marina, no te desvíes y contesta, o vas a saber lo que es la calvicie”, me dice Cintia desde Dios sabe dónde. No quiero que me tire del pelo, pero es que no lo tengo claro, maldita sea. Quise enterrar esa pregunta para siempre, para evitar responder. ¿De qué serviría? Es evidente que nunca será posible. Mis manos están tostadas por el sol, son rasposas y el sufrimiento las ha endurecido. Las suyas, sin embargo, conocen el calor solar, pero no han sido abrasadas por él. Son suaves, cálidas y me transmiten seguridad. Nunca serán iguales a las mías…Y tampoco quiero que lo sean. Eso significaría que tendría que perder todo lo que tiene.
Dejo mi cuerpo caer hacia atrás sobre la cama, rendido. El lecho se queja de forma chirriante.

“Perderlo todo…”


Eso mismo hizo Juliette, la mujer a la que Francesco ama. Ella escapó de su casa y de sus obligaciones siendo una dama muy importante en Vodacce. No entiendo el motivo de su huída, y no sabría decir si su acto fue valiente o temerario. ¿Se lo habrá compensado la vida? ¿Qué es lo que lleva a una persona a dar ese paso tan grande? Ella ya nunca volverá a ser lo que era, ni podrá volver a ver a quienes la esperen en su tierra. Debe ser horrible, aunque también es posible que no quiera volver allí nunca más. Quizá lo que ella quería, precisamente, era escapar de ser quien era. Supongo que es una situación diferente.

Francesco, nuestro cocinero por excelencia, me habla mucho de Juliette, aunque realmente no sé nada de ella. Lo peor es que creo que él tampoco la conoce demasiado. Francesco dice que la ama y que incluso la ve en las patatas que pela todos los días. Esta idea me hace gracia; me explicó que se refiere a que la ve en todas partes y que no puede dejar de pensar en ella. A mí me pareció curioso, no era la típica cursilada que se le decía a una mujer para conquistarla, aunque creo que a Juliette no le haría gracia escuchar que a veces tiene cara de patata, por así decirlo.
De todas formas, aunque las maneras sean distintas, el significado es el mismo. Así que… ¿amar a alguien es pensarlo todo el tiempo, verlo en todas partes?
Jeanette, ahora marquesa consorte de Santiago, me lo explicó hace tiempo. Nos hicimos amigas hace mucho, y surgió el tema en una de nuestras “noches de chicas”. Jeanette es la persona más afortunada del mundo; puede que por su vida hayan pasado grandes dificultades,
pero lo que tiene ahora…eso sí que no tiene nombre. Por fin ha encontrado la vida que quería, y también la comparte con la persona a la que ama. En cambio, ante mí se abre una gran encrucijada que tendré que superar yo sola.
Jeanette me dijo que el amor es aquello que nos hace cometer locuras y estupideces, sin importar las consecuencias. Incluso me puso el ejemplo de salir por las calles de la ciudad, simplemente por si te cruzas con esa persona, como si fuese por casualidad.
Ahora me paro a pensarlo y llego a una conclusión: yo por Alonso no haría eso. ¿Ir paseando hasta encontrarme con él por…una fingida casualidad? ¿Y después qué? Es como si le estuviese oyendo: “Vaya, Marina, sabía que me echabais de menos, pero no esperaba que no pudieseis esperar a verme. Me sorprende ser tan importante para vos, lo tomaré como un cumplido”.
Menuda tontería. No creo que pudiera vagar durante horas por una ciudad solo para ver a ese idiota. Sin embargo, sé que por él pisaría el mismísimo fin del mundo, aun sabiendo que no pudiese regresar de allí.

Las velas que iluminan tenuemente la habitación están ya perdiendo su forma poco a pocoSe derriten como el hielo en primavera. Las apago con un soplo y dejo escapar el humo que desprenden.


“Si eso cuenta como amor, estoy claramente en un gran lío”.


Vuelvo a tumbarme en la cama y me giro de costado, encogiendo las piernas para adoptar una posición casi fetal. 

Creo que, más allá de lo que sienta o lo que no…todo se limita a que prefiero no saberlo. Como él ya me advirtió: “Va a ser mejor para nuestra vida diaria”.

“Va a ser mejor, va a ser mejor…” Bah, callaos ya. Decirlo es muy fácil.


Hay cosas que no se pueden ocultar, que me acompañarán siempre… y yo nunca dejaré de ser un maldito laurel blanco.


Me giro de nuevo, es imposible dormir aquí. Cierro los ojos, pero nada. ¡Dios, bastante me escuece ya la vida como para que también lo haga mi almohada! 

Me levanto enfadada, hoy todo el mundo se ha vuelto en mi contra: la cama, la luna y también las legañas que no tengo. Me voy al suelo, ¡hoy no podréis conmigo, que lo sepáis! Con un cojín y una manta bastará.
Finalmente me tumbo sobre la frialdad y la dureza de la superficie de mi habitación provisional. Esta estúpida montaña de confusiones que se despejan ha llegado porque ahora sí, siento que todo acaba.
Todo acaba y solo sé dos cosas:

Quedan noventa días para regresar a Castilla…


… Noventa días para embalsamar el corazón y dejar morir el resto.


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Pensamientos de Marina Oliván en casa de Jacque Louis du Paix. 19 de febrero de 1670. Barrio burgués de Le Cage, Paix,  Montaigne.

Escrito por Sara/Aleera, mi jugadora de 7º Mar ^^

jueves, 19 de diciembre de 2013

Cogiendo la gran ola

La furia de los dioses del clima caía sobre el intrépido Finisterra, (una fragata de hombres libres sin causa) como si los dioses vesten hubieran urgado en lo más oscuro de las Runas Vivas de la creación para desatar un Ragnarok de sal, lluvia y rayos sobre los aventureros. Pero ni aunque los dioses se hubieran puesto de acuerdo con la Madre Océano para hacer el viaje imposible darían marcha atrás. El Finisterra no iba a volver a puerto.
Volver a puerto sería un error. El tiempo corría en contra de todos. Una gran ola se hinchaba por popa y amenazaba con convertirlos en coral. El desafío estaba planteado. Luchar o morir. Si vencían, habría un nuevo amanecer por el que luchar...si fracasaban, las sirenas estarían cantando sobre sus cadáveres antes del amanecer.

La bandera del Finisterra se alzó contra viento y marea, desafiando lo imposible y azotada por el desgarrador viento. Parecía que en cualquier momento saldría volando en mitad del caos.



Lúa Edahi, maestra de las alturas, se encontraba en la cofa del barco, soltando la cuerda que permitió alzar la recién nacida bandera del Finisterra: la nación de aquellos que se les acabó el mundo y vivir en tierra firme. Observó la ola que se avecinaba y se aterrorizó. Si alguien no mantenía el pulso firme en el timón, el barco podría zozobrar. Por suerte, el viento soplaba a su favor y el navío estaba redirigido.

-¡Lúa! ¡El trapo de la vela mayor se ha quedado atascado! -gritó un marinero con pánico desde el otro lado de la arboleda.

Lúa, de piel caoba, se quedó pálida como el marfil. Necesitaban ese trapo para ser más rápido que la ola.

-¡¿Qué hacemos?! ¡¿Por Theus qué hacemos?!- gritó el marinero desesperado.

Lúa pensó en sus años de experiencia. Lo mejor era una retirada a tiempo...

-¡Recoged todas las velas y proteged los trapos que tengáis! ¡Rezad conque Madre Océano sea clemente con nosotros!

Todos se pusieron a trabajar a punto de que cundiera el pánico. Sin las velas estaban a merced del mar.

-¡Capitana al timón!

El aviso autoritario del Contramaestre Gerard rasgó toda la tormenta como un trueno. El hombre que un día fue un experimentado capitán bajo los servicios del Empereur ahora no era más que una percha que se erosionaba elegantemente bajo la lluvia, siempre ataviado con una deshilachada casaca de la armada de Montaigne. Todo el mundo se quedó paralizado bajo la lluvia ante el aviso. La inexperta pero intrépida capitana Marina Oliván de Santa Elena se encontraba al lado de Gerard, consolando siempre la capitana a su temeroso contramaestre. La enorme ola estaba cada vez más próxima. Gerard había preparado el morro del navío de forma perfecta para coger la ola y le cedió el timón a su capitana. Marina Oliván aceptó el desafió...y en el momento que tocó la madera del mando.

Lúa sonrió mientras intentaba afianzar un nudo del trinquete. El contramaestre le ha dado el "honor" de coger esta ola a Marina. Lúa pensaba que Gerard no se atrevía a cogerla él mismo por miedo a fallar ¿le había dicho a la capitana que la ola era demasiado grande para ella? ¿Es que confiaba en ella o le quería cargar el muerto? Quizás no quería asustarla, pero la ola era más grande de lo que él quería admitir. En cualquier caso, Marina Oliván aceptó el timón. No sabían si por la vena temeraria que le salía de vez en cuando a la capitana, o por completo desconocimiento.

En el castillo de popa Gerard se cuadró ante su capitana y no miró la ola que se les avecinaba por la espalda, tapándoles la luz de la luna.

-Aquí se acerca la ola. Estáis preparada.

Y no era una pregunta. Su capitana le sonrió como solía hacerlo, como si él fuera un niño; pero no en un sentido condescendiente, sino como si por alguna razón ella comprendiera todos sus defectos y aún así le dijera "estoy orgulloso de ti". Aquí, en el final de todo, a pesar de todas las cosas.

Gerard se quedó tranquilo. No sabía si el podría con la nueva ola, pero sabía que Marina sí. La firmeza del timón no tenía que ver en este caso con la experiencia, sino con la voluntad. Y Marina era la Voluntad personificada. Si había alguien lo suficientemente tozudo para no soltar algo, ese alguien era ella.

Desde arriba, todos miraron como la capitana hablaba con Gerard y esta tomaba el mando. No sabían que pensar. Si se lo tomaban como un juego, o que simplemente Gerard se había acobardado. La novata capitana no tenía ni idea de gobernar el barco, pero por alguna razón ésta acción tranquilizó a Lúa. Gerard era un hombre experimentado, pero el miedo le corroía demasiado y le hacía temblar el pulso. Y eso era precisamente el fuerte de Marina. Ella se mantendría firme aunque el mismísimo Theus le tronara a la cara. Era la única loca que se mantendría firme y en el timón sin mirar la ola que les consumiría a todos por la espalda. No daría el paso atrás que todos temían.

"A veces la actitud puede más que la experiencia...", pensó Lúa.

Y cuando la capitana Marina Oliván se aferró al timón y en sus ojos brilló la decisión de que iban a coger la enorme ola de sus vidas, todos pensaron que debían hacer lo mismo. El miedo es el soplo de aire que nos hace volar.

Lúa abrió los ojos decidida y decidió que si la capitana no se acobardaba, ellos tampoco. Le daría un voto de confianza.

-¡No recojáis el trapo!-gritó Lúa contradiciendo su última orden- ¡Echadlo entero!

Los marineros la miraron incrédulos.

-¡Eso es...!

-¡La capitana lo necesita! ¡Cortad los nudos si son necesario!

Los marineros sacaron cuchillos.

-¡A la orden!

-¡¡Todo el mundo desplegando velas!! ¡Trapo al máximo gandules!

La ola estaba cerca, muy cerca. Lúa corría descalza por el fino palo del trinquete de popa como si de una funambulista rabiosa se tratara. Había visto como el trapo no se desplegaba por uno de los lados, así que fue en persona a cortar la cuerda para liberarlo. Cuchillo en boca, lo soltó y lo atrapó en el aire, cabalgando el trinquete. Rajó, rajó y rajó. La vela estaba a punto de caer pero la cuerda era demasiado gruesa.

-¡¡Rata vaaaaaa!!

Una figura se lanzó desde arriba y se agarró al paño. Rata (sus compañeros le llamaban así porque siempre se colaba en la bodega para robar algo de queso y por sus habilidades acrobáticas) había aprovechado la gravedad para ir lanzándose al vacío junto con el trapo con una fuerza que rompió los gruesos bigotes de la cuerda. Era una acrobacia peligrosa, pero les haría ganar mucho tiempo. Rata cayó al vació junto con la vela y con una pirueta aprovechó el impacto para girar en el aire y caer en la madera como la alimaña que era.

-¡Juanete mayor desplegado, pero la vela está suelta de una esquina!- gritó Rata desde abajo.

-¡Que alguien lo ate a los obenques!

Alonso Lara, joven y aventurero barón de la corona de Castilla, corrió a atar el cabo de la vela. Sin embargo, trastabilló y a punto estuvo de llegar hasta la borda. En el último momento el hocico asomado de un caballo desde la bodega le hizo caer del todo en cubierta en vez de caerse de la embarcación junto con la ola.


-Por Theus y los profetas...- exclamó Alonso en el suelo mientras intentaba liberarse de...eso

Ventisca lo miraba desde detrás de las enormes rejas y metió el hocico hacia el interior. Alonso se asomó y el caballo lo miró con una cara indescriptible. Si Ventisca hubiera podido hablar hubiera dicho furioso "¡deja de mirarme como un pasmao y recoge el maldito cabo! ¡Ya me darás las gracias!"

Alonso se levantó e intentó atar el cabo suelto a los aparejos. Pero no tenía la fuerza suficiente.

-¡Chicos, necesito ayuda con esto!

Los avaloneses corrieron al son de una canción marinera inglesa sobre las mujeres que les esperaban en la costa. Como siempre, William cantaba con su voz rasgada de barítono y el resto de los avaloneses lo coreaban. Andrew guiaba los tirones de cuerda con su particular acento:

-¡Unou, dous, trees!

Las velas estaban aseguradas y se hincharon orgullosas. El Finisterra cogió un enorme impulso que hizo tambalearse a toda la tripulación.

La ola estaba sobre ellos, y todos vieron sus miedos entre sus aguas

Ventisca, el corcel blanco con más mala uva de Théah, tenía pánico al océano. Pero desde su bodega pudo ver cómo la ola le robaba la luz de la luna en su prisión-hogar. Si la ola les alcanzaba se ahogaría allí por seguro. Pero no era momento de acobardarse. El caballo miró la ola y confió en la tripulación y en Marina, porque ella no era su jinete.

Era su compañera. Era su amiga.

"No te temo, gran ola. Si tú eres la tempestad que cae, yo soy el viento que te atraviesa. Intenta domar mi voluntad."

La ola cayó sobre ellos y todos lucharon con rabia.

Cada tirón de cuerda de Will era un acercamiento más a su prometida Marie. Cada trapo que deshacía Rata era un soplo más que le acercaba a su hogar en Ávalon. Cada nudo atascado que cortaba el escocés Bruce era una victoria para el derrotado clan de los McLane. Cada patada voladora del oriental Long a las cubas de achicar agua era un golpe a los villanos que retenían a Karl. Cada astilla que sacaba Kristen de los tripulantes heridos era una astilla de frustración sacada por no haber podido curar a sus seres queridos en el pasado. Cada cuerda de seguridad que ataba Bartolomé a los tripulantes era un lazo de sangre con la familia que nunca pudo tener. Cada hombre que salvaba Gerard con sus órdenes compensaba a todos los hombres que habían perecido bajo su mando. Cada ánimo que daba Valia a los marineros acababa con los insultos que recibió en los campos de concentración donde nació. Cada cañón que afianzaba el enano Polvorín a las troneras, afianzaba su confianza a pesar de su pequeño tamaño. Cada nudo que deshacía Lúa era una cadena menos de su pasado de esclava. Cada cabo afianzado en el bauprés por Alonso... era un día más junto a ella.

Cada segundo que Marina mantenía el timón sobre la fuerte tormenta los protegía a todos. Y Theus sabe que ese es su destino. Protegerlos a todos o morir en el intento.


NO PODÍAN FALLAR.

Entonces todos descubrieron que seguían siendo libres. Se enfrentaron a la ola y esta no les derrotó, sino que les mostró que la superación de los problemas podían llevarles muy lejos. Quien no arriesga, no gana. Quien no lucha, no es libre.

El Finisterra era su tierra y sus tripulantes sus compatriotas. El mar era su hogar y el océano la libertad de poder elegir a dónde ir. El Finisterra sobrevivió a la tormenta y todos miraron su bandera con orgullo. No servían a alguien a quien no conocían. No trabajaban para una ambiciosa corona, no servían a la avaricia de un mercader encadenado al dinero, su empresa no era la de explorar. No se trataba de cumplir una misión cualquiera. Se trataba de sus vidas. No era una causa cualquiera.

Eran sus causas perdidas. La causa perdida de todos.

La mejor causa perdida es la de uno mismo. Y ellos iban a luchar...hasta el final.


La hora del dolor (III)

¡Disparo, disparo, disparo y disparo! ¡Já! Chequeo y...como siempre, ningún agujerito en el torso. Como era de esperar, no me han dado. ...