jueves, 19 de diciembre de 2013

Cogiendo la gran ola

La furia de los dioses del clima caía sobre el intrépido Finisterra, (una fragata de hombres libres sin causa) como si los dioses vesten hubieran urgado en lo más oscuro de las Runas Vivas de la creación para desatar un Ragnarok de sal, lluvia y rayos sobre los aventureros. Pero ni aunque los dioses se hubieran puesto de acuerdo con la Madre Océano para hacer el viaje imposible darían marcha atrás. El Finisterra no iba a volver a puerto.
Volver a puerto sería un error. El tiempo corría en contra de todos. Una gran ola se hinchaba por popa y amenazaba con convertirlos en coral. El desafío estaba planteado. Luchar o morir. Si vencían, habría un nuevo amanecer por el que luchar...si fracasaban, las sirenas estarían cantando sobre sus cadáveres antes del amanecer.

La bandera del Finisterra se alzó contra viento y marea, desafiando lo imposible y azotada por el desgarrador viento. Parecía que en cualquier momento saldría volando en mitad del caos.



Lúa Edahi, maestra de las alturas, se encontraba en la cofa del barco, soltando la cuerda que permitió alzar la recién nacida bandera del Finisterra: la nación de aquellos que se les acabó el mundo y vivir en tierra firme. Observó la ola que se avecinaba y se aterrorizó. Si alguien no mantenía el pulso firme en el timón, el barco podría zozobrar. Por suerte, el viento soplaba a su favor y el navío estaba redirigido.

-¡Lúa! ¡El trapo de la vela mayor se ha quedado atascado! -gritó un marinero con pánico desde el otro lado de la arboleda.

Lúa, de piel caoba, se quedó pálida como el marfil. Necesitaban ese trapo para ser más rápido que la ola.

-¡¿Qué hacemos?! ¡¿Por Theus qué hacemos?!- gritó el marinero desesperado.

Lúa pensó en sus años de experiencia. Lo mejor era una retirada a tiempo...

-¡Recoged todas las velas y proteged los trapos que tengáis! ¡Rezad conque Madre Océano sea clemente con nosotros!

Todos se pusieron a trabajar a punto de que cundiera el pánico. Sin las velas estaban a merced del mar.

-¡Capitana al timón!

El aviso autoritario del Contramaestre Gerard rasgó toda la tormenta como un trueno. El hombre que un día fue un experimentado capitán bajo los servicios del Empereur ahora no era más que una percha que se erosionaba elegantemente bajo la lluvia, siempre ataviado con una deshilachada casaca de la armada de Montaigne. Todo el mundo se quedó paralizado bajo la lluvia ante el aviso. La inexperta pero intrépida capitana Marina Oliván de Santa Elena se encontraba al lado de Gerard, consolando siempre la capitana a su temeroso contramaestre. La enorme ola estaba cada vez más próxima. Gerard había preparado el morro del navío de forma perfecta para coger la ola y le cedió el timón a su capitana. Marina Oliván aceptó el desafió...y en el momento que tocó la madera del mando.

Lúa sonrió mientras intentaba afianzar un nudo del trinquete. El contramaestre le ha dado el "honor" de coger esta ola a Marina. Lúa pensaba que Gerard no se atrevía a cogerla él mismo por miedo a fallar ¿le había dicho a la capitana que la ola era demasiado grande para ella? ¿Es que confiaba en ella o le quería cargar el muerto? Quizás no quería asustarla, pero la ola era más grande de lo que él quería admitir. En cualquier caso, Marina Oliván aceptó el timón. No sabían si por la vena temeraria que le salía de vez en cuando a la capitana, o por completo desconocimiento.

En el castillo de popa Gerard se cuadró ante su capitana y no miró la ola que se les avecinaba por la espalda, tapándoles la luz de la luna.

-Aquí se acerca la ola. Estáis preparada.

Y no era una pregunta. Su capitana le sonrió como solía hacerlo, como si él fuera un niño; pero no en un sentido condescendiente, sino como si por alguna razón ella comprendiera todos sus defectos y aún así le dijera "estoy orgulloso de ti". Aquí, en el final de todo, a pesar de todas las cosas.

Gerard se quedó tranquilo. No sabía si el podría con la nueva ola, pero sabía que Marina sí. La firmeza del timón no tenía que ver en este caso con la experiencia, sino con la voluntad. Y Marina era la Voluntad personificada. Si había alguien lo suficientemente tozudo para no soltar algo, ese alguien era ella.

Desde arriba, todos miraron como la capitana hablaba con Gerard y esta tomaba el mando. No sabían que pensar. Si se lo tomaban como un juego, o que simplemente Gerard se había acobardado. La novata capitana no tenía ni idea de gobernar el barco, pero por alguna razón ésta acción tranquilizó a Lúa. Gerard era un hombre experimentado, pero el miedo le corroía demasiado y le hacía temblar el pulso. Y eso era precisamente el fuerte de Marina. Ella se mantendría firme aunque el mismísimo Theus le tronara a la cara. Era la única loca que se mantendría firme y en el timón sin mirar la ola que les consumiría a todos por la espalda. No daría el paso atrás que todos temían.

"A veces la actitud puede más que la experiencia...", pensó Lúa.

Y cuando la capitana Marina Oliván se aferró al timón y en sus ojos brilló la decisión de que iban a coger la enorme ola de sus vidas, todos pensaron que debían hacer lo mismo. El miedo es el soplo de aire que nos hace volar.

Lúa abrió los ojos decidida y decidió que si la capitana no se acobardaba, ellos tampoco. Le daría un voto de confianza.

-¡No recojáis el trapo!-gritó Lúa contradiciendo su última orden- ¡Echadlo entero!

Los marineros la miraron incrédulos.

-¡Eso es...!

-¡La capitana lo necesita! ¡Cortad los nudos si son necesario!

Los marineros sacaron cuchillos.

-¡A la orden!

-¡¡Todo el mundo desplegando velas!! ¡Trapo al máximo gandules!

La ola estaba cerca, muy cerca. Lúa corría descalza por el fino palo del trinquete de popa como si de una funambulista rabiosa se tratara. Había visto como el trapo no se desplegaba por uno de los lados, así que fue en persona a cortar la cuerda para liberarlo. Cuchillo en boca, lo soltó y lo atrapó en el aire, cabalgando el trinquete. Rajó, rajó y rajó. La vela estaba a punto de caer pero la cuerda era demasiado gruesa.

-¡¡Rata vaaaaaa!!

Una figura se lanzó desde arriba y se agarró al paño. Rata (sus compañeros le llamaban así porque siempre se colaba en la bodega para robar algo de queso y por sus habilidades acrobáticas) había aprovechado la gravedad para ir lanzándose al vacío junto con el trapo con una fuerza que rompió los gruesos bigotes de la cuerda. Era una acrobacia peligrosa, pero les haría ganar mucho tiempo. Rata cayó al vació junto con la vela y con una pirueta aprovechó el impacto para girar en el aire y caer en la madera como la alimaña que era.

-¡Juanete mayor desplegado, pero la vela está suelta de una esquina!- gritó Rata desde abajo.

-¡Que alguien lo ate a los obenques!

Alonso Lara, joven y aventurero barón de la corona de Castilla, corrió a atar el cabo de la vela. Sin embargo, trastabilló y a punto estuvo de llegar hasta la borda. En el último momento el hocico asomado de un caballo desde la bodega le hizo caer del todo en cubierta en vez de caerse de la embarcación junto con la ola.


-Por Theus y los profetas...- exclamó Alonso en el suelo mientras intentaba liberarse de...eso

Ventisca lo miraba desde detrás de las enormes rejas y metió el hocico hacia el interior. Alonso se asomó y el caballo lo miró con una cara indescriptible. Si Ventisca hubiera podido hablar hubiera dicho furioso "¡deja de mirarme como un pasmao y recoge el maldito cabo! ¡Ya me darás las gracias!"

Alonso se levantó e intentó atar el cabo suelto a los aparejos. Pero no tenía la fuerza suficiente.

-¡Chicos, necesito ayuda con esto!

Los avaloneses corrieron al son de una canción marinera inglesa sobre las mujeres que les esperaban en la costa. Como siempre, William cantaba con su voz rasgada de barítono y el resto de los avaloneses lo coreaban. Andrew guiaba los tirones de cuerda con su particular acento:

-¡Unou, dous, trees!

Las velas estaban aseguradas y se hincharon orgullosas. El Finisterra cogió un enorme impulso que hizo tambalearse a toda la tripulación.

La ola estaba sobre ellos, y todos vieron sus miedos entre sus aguas

Ventisca, el corcel blanco con más mala uva de Théah, tenía pánico al océano. Pero desde su bodega pudo ver cómo la ola le robaba la luz de la luna en su prisión-hogar. Si la ola les alcanzaba se ahogaría allí por seguro. Pero no era momento de acobardarse. El caballo miró la ola y confió en la tripulación y en Marina, porque ella no era su jinete.

Era su compañera. Era su amiga.

"No te temo, gran ola. Si tú eres la tempestad que cae, yo soy el viento que te atraviesa. Intenta domar mi voluntad."

La ola cayó sobre ellos y todos lucharon con rabia.

Cada tirón de cuerda de Will era un acercamiento más a su prometida Marie. Cada trapo que deshacía Rata era un soplo más que le acercaba a su hogar en Ávalon. Cada nudo atascado que cortaba el escocés Bruce era una victoria para el derrotado clan de los McLane. Cada patada voladora del oriental Long a las cubas de achicar agua era un golpe a los villanos que retenían a Karl. Cada astilla que sacaba Kristen de los tripulantes heridos era una astilla de frustración sacada por no haber podido curar a sus seres queridos en el pasado. Cada cuerda de seguridad que ataba Bartolomé a los tripulantes era un lazo de sangre con la familia que nunca pudo tener. Cada hombre que salvaba Gerard con sus órdenes compensaba a todos los hombres que habían perecido bajo su mando. Cada ánimo que daba Valia a los marineros acababa con los insultos que recibió en los campos de concentración donde nació. Cada cañón que afianzaba el enano Polvorín a las troneras, afianzaba su confianza a pesar de su pequeño tamaño. Cada nudo que deshacía Lúa era una cadena menos de su pasado de esclava. Cada cabo afianzado en el bauprés por Alonso... era un día más junto a ella.

Cada segundo que Marina mantenía el timón sobre la fuerte tormenta los protegía a todos. Y Theus sabe que ese es su destino. Protegerlos a todos o morir en el intento.


NO PODÍAN FALLAR.

Entonces todos descubrieron que seguían siendo libres. Se enfrentaron a la ola y esta no les derrotó, sino que les mostró que la superación de los problemas podían llevarles muy lejos. Quien no arriesga, no gana. Quien no lucha, no es libre.

El Finisterra era su tierra y sus tripulantes sus compatriotas. El mar era su hogar y el océano la libertad de poder elegir a dónde ir. El Finisterra sobrevivió a la tormenta y todos miraron su bandera con orgullo. No servían a alguien a quien no conocían. No trabajaban para una ambiciosa corona, no servían a la avaricia de un mercader encadenado al dinero, su empresa no era la de explorar. No se trataba de cumplir una misión cualquiera. Se trataba de sus vidas. No era una causa cualquiera.

Eran sus causas perdidas. La causa perdida de todos.

La mejor causa perdida es la de uno mismo. Y ellos iban a luchar...hasta el final.


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