martes, 15 de septiembre de 2015

Réquiem



"Che bella cosa e' na jurnata'e'sole
n'aria serena doppo na tempesta
pe'll'aria fresca pare gia' na festa
che bella cosa na jurnata'e sole."


-Arno, querido, ¿quieres cantar más piano? No oigo hablar al señor Dandolo.

Arno, un rechoncho gondolero con el bigote engomado sonrió amablemente desde la plataforma trasera de la góndola.

-Por supuesto, señora condesa.


Paola Ulberti suspiró apagada por el pequeño desaire y recuperó su mirada al frente de la embarcación. Sin dejar de acariciar el pecho de su acompañante, un señor regordete con anteojos muy finos y de frondosa y cuidada barba que respondía al nombre de Antoni Dandolo, miró al butacón de delante. Allí estaba el tercer viajero de la góndola, Constancio di Rossi, vestido con sus ropajes oscuros y un elegante coleto negro. Iba armado hasta los dientes y jugaba con un puñal; cosa que incomodaba a Dandolo a la par que le consolaba las caricias de la condesa.

A Paola Ulberti le solía gustar pasear en las góndolas en intimidad con sus "acompañantes"Pero Constanzio se había puesto especialmente insistente en que, tras la muerte de Villanova, la condesa necesitaba protección.

Finalmente tuvo que acceder a la petición del espadachín. Si Villanova podía caer, nadie estaba a salvo en este mundo.

El atardecer era precioso en los canales de la isla Dionna. Los pintores novatos y los aprendices se arremolinaban en las vistas de los canales en pos de capturar a un sol sonrojado observando entre los edificios a los amantes de los canales. Era cuestión de minutos que las plazas que circundaban el canal se llenara de gente.

-Lo siento, señora condesa- se disculpó Antoni Dandolo acariciando su espesa barba-. Pero no puedo daros información sobre el testamento del señor Villanova. Vos sois dignas de servirle y sin duda tendrá buenas intenciones pero....no creo que el Príncipe quisiera que se filtrara nada sobre su voluntad. Sería como traicionarlo.

-Parece mentira que seais vodaccio, Dándolo. ¿Traición? Solo son negocios. Vos me dais algo y...-la condesa arrimó su corsé al cuerpo del procurador-y yo os doy algo a vos.

-Sí bueno, pero quizás no debería confiar en alguien que no sea del tronco familar del Príncipe.


-Pero yo soy una  Ulberti, mi familia goza de la protección de los Villanova.

-Ya, pero si no me equivoco, ustedes antes eran banquero de los Bernoulli y se cambiaron de bando. De todas formas, signora...al Príncipe aún le quedan muchos años por vivir, ¿de qué le sirve saber el contenido de su testamento?

La condesa entornó los ojos.

"Sí...mucho por vivir" 


-Negocios, querido. Solo los necios se estancan y no aspiran a nada superior en su vida.

Dandolo sintió que le lanzaban una indirecta y sintió que quizás tenía una oportunidad de conseguir algo en su insulsa vida. Decidió probar.


 -¿Qué me ofrecéis?

-¿Hay algo en esta embarcación que os guste?

El procurador observó la embarcación. Joyas de la condesa, copas y vino de las mejores cosechas de los Falisci, senadores (la moneda de Vodacce) a mansalva y al espadachín que apartaba la mirada con un disgusto que parecía rutinario.

-No sé...Villanova me paga más que suficiente- respondió poco convencido intentando abarcar con la mirada todos los placeres de la góndola. La vedad es que Villanova le daba de todo y más a sus secuaces y empleados para que los sobornos nunca sirvieran de nada.

-Oh, señor Dandolo, sed más imaginativo- la condesa acarició su propio cuello y descendió con sus finas uñas hasta su pecho, oprimido por el negro corsé- En esta embarcación hay algo más que cosas materiales...cosas que Villanova seguro que no puede satisfacer.

-¿Cualquier cosa, signora?- preguntó Dandolo abriendo los ojos como platos, sin haber caído en esa posibilidad.

-Cualquier cosa...-suspiró la condesa en su oído, para después morder tiernamente el lóbulo de su oreja.

Dandolo sintió un escalofrío de placer, pero hizo acopio de la poca voluntad que le quedaba, aunque más bien era la voz del miedo la que resonaba en su cabeza.

-Lo siento, señora condesa. Pero aunque no haya peligro en su demanda no puedo correr ese riesgo. El Príncipe puede descubrir alguna irregularidad por mi parte.

-Os prometo que el Príncipe no se enterará- afirmó la condesa con seguridad sin dejar de susurrar a su oído.

Antoni rió con muchas ganas y su barriga se movió como una gelatina.

-¡Oh, por Theus! Ni siquiera me atrevería a arriesgarme. Con Villanova siempre hay un riesgo.

-Os doy total y absoluta seguridad de que el Príncipe no lo sabrá. Creedme, es imposible.

A Arno le convencía la seguridad la seguridad de sus palabras pero...

-No creo que podáis tal cosa...


Sin previo aviso y frente a ellos, un objeto grande y pesado cayó al agua formando un estrépito acuático entre los paseantes de las plataformas y los pintores. El agua salpicó toda la embarcación, mayormente a Constancio, yel gondolero cortó su dulce serenate para gritar escandalosamente enfadado.

-¡Stupido! ¡Pazzo! ¡Cuántas veces habrá que decir en esta maldita isla que dejen de tirar basura a los canales!

-Ya basta, Arno- increpó la condesa-. Aparta lo que haya caído y continuemos nuestro agradable paseo- dulcificó recalcando la palabra "agradable"para no ahuyentar a su presa.

Arno obedeció con disgusto. No soportaba la gente que ensuciaba cosas al canal, espantaban a la clientela. Ya bastante mal olía de por sí algunas zonas, incluso algunas cofradías de ladrones usaban las aguas de vertedero. Arno fue mascullando maldiciones, sacó el remo de la forcola para retirar la basura y avanzó hacia la proa.

-La gente es asquerosa...ya no hay respeto por nada, ni por nadie, así cómo demonios quieren que me gane la vida...¿eh? ¿qué es eso?

Algo oscuro flotaba en el agua. Arno lo tanteó con el remo y lo removió. No parecía basura.

Al moverlo los viandantes de las calles del canals gritaron horrorizados.

No era basura.

Era un cadáver.

El cadáver del Príncipe Giovanni Villanova.

______________________________________________________________________

La familia Villanova puso todos los medios disponibles para ocultar el golpe que acababan de recibir. Repartieron matones, chantajearon, amenazaron e incluso sobornaron. Pero el final era inevitable.

Vodacce entera rumoreaba sobre la posible muerte del Príncipe Villanova.

Así que, sin más remedio, la familia y sus súbditos se reunió en la Finca de Villanova en la isla Dionna. Habían llegado por separado y de incógnito. Nadie quería llamar la atención y se pidió discrección máxima a la hora de entrar en el palacio. Nadie quería confirmar al pueblo que el Príncipe hubiera muerto. Menos aún querían que hablasen de que había sido asesinado.

La reunión era tensa y un mar de retales negros. El denso aire podría cortarse con un cuchillo. Daba más la impresión de celebrarse un comité de emergencia que un funeral.

-Los Villanova no podemos mostrar debilidad. No ahora- decía un hombre que recordaba a Giovanni en sus rasgos afilados a un grupo de familiares mientras que las esposas se mantenían alejadas y en reposo como muebles.

Era Dimitrius Villanova de la Deus Varna. Primo de Giovanni y gobernador del Príncipe. Todos asentían y murmuraban preocupados. Entre los familiares escuchaba la Condesa Ulberti, congelada y alerta como una araña.

-Sería fatal que los otros Príncipes se enteraran de esto.

-Tenemos que tener cuidado o los Caligari podrían intentar aprovechar y rematarnos.

-No tienen los medios suficientes. No todavía.

-Sí, si colaboran con los Bernoulli. Nos la tienen jurada desde que saben que dominamos el trono Papal.

-Y tengan en cuenta que no nos recuperaremos rápido.

-La familia no se podía permitir el lujo de mostrarse débil. 

Los quejumbrosos murmullos fueron silenciados por los golpes de bastón del chambelán. Alguien se incorporaba a la reunión.

-Su Santidad el Papa, Alexandros III.

La mirada de la condesa se endureció y no dudó en un segundo en fulminar a su joven hermanastro, el Pontífice. El recién llegado mantuvo su mirada con satisfacción y congeló los rayos de ira que lanzaban los ojos de la condesa.

El Papa se santiguó lentamente y todos los Villanova presente le siguieron en el gesto.

-Hijos míos...que comience la misa de réquiem.
____________________________________________________

Tras la solemne misa réquiem oficiada por el mismísmo Papa, el enfado de la sala se hizo palpable al verse el estado del cuerpo del Príncipe.

"Vero Coraggio"

Las palabras a fuego en la frente de Villanova parecía que aún brillaba reciente. Alguien le había marcado alguien a fuego en la frente al cadáver de Giovanni Villanova y no había manera de ocultarlo sin esconder el cadaver a los familiares. La frase a fuego era impactante, pero no tanto como la huella morada que había dejado los dedos del asesino que lo estranguló a sangre fría.

Los familiares se retiraron y dejaron a la viuda Valentina Villanova llorar junto al cadáver, mientras sus dos hijos adolescentes la asistían. Mientras los rumores empezaban a circular sobre la identidad del asesino. En el funeral se dejó de hablar de "quién", sino de "quienes".

- Fueron los anarquistas- anunció el gobernador de las tierras de Villanova.

-Libre pensadores. "Vero coraggio"...ese es su condenado lema- decían todos

Y a todos les pareció razonable. Todos conocían la prisión de Il Muro, la prisión maquiavélica de Villanova donde se encerraban a todos los anarquistas, librepensadores y delincuentes políticos que se interponían en su camino.

Al final todos se convencieron de que los librepensadores mataron al Príncipe Villanova. De pronto todos los Villanova temían por sus vidas. El Príncipe nunca salía de su isla por su propia seguridad y no solo lo han matado en su isla, sino que han mostrado su cadáver abiertamente y sin temor a las consecuencias. Si podían hacer eso con el Príncipe, nadie estaba a salvo. Los terroristas plagaban Dionna. Todos creían que estaba explicado todo.

Menos la condesa.

Paola Ulberti avanzó como una gata erizada hacia su hermanastro, el Papa. El joven santo seguía siendo atractivo para las mujeres a pesar de sus quemaduras en el rostro, y estaba rodeado de mujeres de bien que buscaban su bendición.

-Su santidad. ¿Podemos hablar un momento?

Christiano sonrió fraternalmente y se disculpó con una mano.

-Lo siento, señora condesa, ahora estoy ocupado con los feligreses.

-Te lo pido de hermana a hermano.

-Mi querida signora- replicó condescendiente el Papa- para el Pontífice todos los aquí presente somos hermanos ante los ojos de dios...

-¡AHORA!

El velatorio quedó congelado de pronto. Todos ignoraron el incidente. Todos los presentes sentían terror de una bruja del destino iracunda.


Christiano Ulberti accedió a charlar con su hermanastra la condesa y salieron a un balcón repleto de geranios.

-¿Qué os ocurre, señora condesa? Es normal estar tensos después de la muerte de nuestro querido Príncipe...

-¡No te hagas el idiota conmigo, Christiano!- la condesa apartó su velo y lo miró con su único ojo bueno (el otro había quedado ciego por una herida)- ¡Tú sabías que Villanova había salido de Dionna para ejecutar su desesperado plan de reescribir el pasado! ¡Tú me anunciaste que estaba muerto! No me intentes tomar por estúpida y dime que está pasando...

Christiano apartó la mirada y miró los canales de la isla de Dionna.

-Sé casi lo mismo que tú, hermana. Fueron los mercenarios de su armada quienes me dijeron que Villanova había muerto allí en la batalla contra El Escritor. Desconozco como fue...solo me anunciaron que pudieron salvar a Constanzio a duras penas. Quizás él sepa algo.

-No, no vio nada. Pero, ¿a qué viene soltar el cuerpo de Villanova de esta manera? Nada de esto tiene sentido...

-No, no lo tiene.

-No pareces alterado. Espero que no tengas nada que ver en todo esto.

-¿Me acusáis de algo?- el Papa se giró e intentó amenazarla violando su espacio vital.

-No, solo digo que no parecías muy disgustado cuando me anunciaste que el Príncipe murió en el Palacio de los Lobos...

-Paola, el Príncipe me quemó media cara...

-Hiciste algo que le molestó.

-Pues ya no le molestaré más- dijo el Papa y se santiguó algo violento- No podemos hacer nada. Aceptemos que ha pasado a mejor vida y pasemos página. Y, en cierta manera, ahora tienes mayor libertad.

-¿Mayor libertad? ¡Eres un necio, hermano! Antes nos temían al servicio de Giovanni Villanova, gozábamos de respeto.

-Seguimos sirviendo a los Villanova.

-¡¿Y a quién temerán?! ¡A uno de sus dos estúpidos hijos adolescentes? Ni juntando a los dos llegarían a ser la mitad de hombres que Giovanni.

-No lo sé Paola. Desde luego, mis asuntos están con el Señor y la Iglesia.

Dicho esto su Santidad se internó en el Palacio de Dionna, mientras Paola colocaba su velo tras su rostro mutilado.

-Espero que tengas un buen confesor...su Santidad.

_________________________________________________________________

El Papa salió de inmediato del Palacio y se introdujo en su sobria calesa. Una sombra estilizada le esperaba dentro, al amparo de la oscuridad que ofrecía el techo del carruaje. Lo único que podía visualizar entre la capa encapuchada eran sus labios rojos y un cuello blanco como la nieve de una mujer joven que se abanicaba con un abanico hecho con cuchillas.

-Mi señor. No deseo importunaros pero ¿por qué habéis decidido mostrar el cuerpo del Príncipe?

Su Santidad apenas miró a Cornellia y desvió su mirada oor la ventana un largo rato. De camino a Ciudad Vaticana tendría mucho en lo que pensar. Respondió de forma ausente.

-Porque mientras no haya cuerpo no le hago daño a la familia Villanova. Si no aparecía el cuerpo la gente comenzaría a hacerse preguntas, preguntas que no quiero que se hagan. Prefiero que la gente piense que Villanova nunca salió de su isla a que empiecen a pensar que yo tuve algo que ver.

-Pero su hermana sospecha algo. Ella sabía que Villanova había salido de la isla. Sabía su plan...y sabía que usted lo sabía.

-Cierto es.

-¿Quiere que me encargue de ella?

-Aún no. El cuerpo del Príncipe aún está caliente. Dejemos ver como reacciona.

 -¿Cuál es su plan en todo esto?

El Papa meditó un largo rato mientras se sirvió una copa de un buen vino Falisci.

-Hay que terminar con el legado de Giovanni Villanova antes de que sea demasiado tarde. Ha dejado demasiados flecos y planes a medias.

-¿Y?

Su santidad observó a Cornellia lentamente y acarició sus labios rojos.

-Debes ir a la corte de Castilla y conseguirme algo.
______________________________

 La condesa bajaba por las enormes escaleras de piedra a toda velocidad. Constanzio bajaba tras ella como un padre que corre tras un niño que corre cuando aún está aprendiendo a andar.

-¡¿Es que se cree que soy estúpida?!

-¿Quién, mi signora?

-Mi hermano. Christiano. Sé que ha tenido algo que ver con la muerte de Giovanni. Si no fuera porque había mucha distancia entre él y Villanova diría que incluso podría haber sido él.

-¿Vos creéis?

-Tenía motivos. Después de todo el Príncipe le quemó la cara en un brasero. ¡Pero él se juntó con una de sus enemigas! El muy estúpido se lo había buscado. Podría haber espiado a la espadachina pero solo la cuidaba como una de sus muchas muñequitas. En Ciudad Vaticana ya me habló de traición.


"¿Nunca has sentido la llamada de servir a alguien que no sea a nuestro Príncipe?"

El recuerdo de la voz de Christiano resonó en su mente. Se lo dijo en su carruaje en Ciudad Vaticana antes de que el Príncipe se internase en la batalla con el Escritor junto a su enemiga mortal Marina Oliván.



-Ese idiota tiene algo que ver. Y como lo descubra...

-Quizás deberíais cerrar este asunto. El Príncipe ya no podrá volver.

La mano de la condesa fue rápida y veloz cruzando la cara de su guardaespaldas.

-Yo decidiré por mi misma.

La situación era delicada. Ninguna mujer de Vodacce podría levantar una mano a un hombre. Pero Constanzio lo encajó fríamente.

-Deberás lealtad a Giovanni Villanova siempre. Nos ha dado mucho.

Constanzio no movió ni un músculo de su rostro recordando la batalla en el Zigurat.

"No dudó un segundo en sacrificarme para asegurar su plan. Lo vi en su mirada..."


-Constanzio, dame los contactos de Villanova.

-Tendríamos que encontrar sus archivos o pedírselos a su esposa.

-¿Valentina? No sé si fiarme de ella. Ella también le ocultaba cosas a Villanova. Y estaba presente en la batalla...sustituyéndome. Tendría que haber estado yo al lado de Giovanni en vez de ella.

Paola solo recordaba a Julius y a Dayro como los contactos prescindibles de Villanova.

-Signora, no tenéis un plan, ni tenéis el dinero suficiente.

Tenía razón, la condesa apenas tenía medios económicos como mujer viuda vodaccia para hacer nada mayor.

-Consígueme un barco, Constanzio.

-Pero signora, ahora se va a hacer la lectura del testamento del Príncipe y deberíais...

-¡Ahora! ¿Desde cuándo te has vuelto tan respondón?

Constanzio suspiró.

-¿Hacia dónde, signora?

Paola lo meditó largamente.

-Castilla.


sábado, 20 de junio de 2015

Cicatrices en el recuerdo

No puedo parar de pensar en ello. Creo que me voy a volver loco, de verdad. Si no lo he hecho ya es porque mi mente es capaz de cualquier cosa. ¡No es vanidad! ¡Es verdad! Cualquiera hubiera desistido en el debate, pero ha pasado un día desde que salimos de Ciudad Vaticana y mi mente aún es capaz de dar vueltas como un molino. El problema traía también las oportunidades y eso lo cambiaba todo.

Poder cambiar el pasado.

Quizás era posible. Después de todo he visto y escuchado cosas increíbles desde que fui con esta lunática. Si algo me dice la experiencia es que si ocurre alrededor de Marina es que es posible.

Pero esto ya es pasarse de la línea.

¿Cambiar el pasado?

No, mejor aún. Reescribir el pasado.

No sé qué hacer. Creo que me han malacostumbrado a dejarme encerrado en mi habitación.
Allí las únicas decisiones a tomar era qué voy a comer, en qué postura voy a dormir, juego con las blancas o con las negras. Mi mente no puede ser encerrada pero como se alimente de cotidianidad se morirá. Creo que debo empezar a entrenar mi ingenio o creo que empezaré a sentirme inútil.

Bueno, quizás exagero.

Pero una cosa es cierta. Lo que menos necesito ahora son vacaciones. Mi mente necesita activarse. ¡Pero tampoco quiero este reto!

Mi mente se rige por la deducción y la lógica...¿Pero esto? Por dios...qué locura. Un poder que puede cambiar las posibilidades del futuro. Libros que pueden dar el poder de reescribir el pasado. Acontecimientos alternativos. Heridas en el destino. Grietas en el recuerdo colectivo... Mi mente está fuera de juego en todo esto.

Pero...libros que pueden dar el poder de reescribir.

No, no, no y no.

No lo volverás a hacer.

Por ella.

Miro la fogata en busca de una idea que me diga cuál es el camino. Veo a Marina a lo lejos buscando leña seca para alimentar la fogata. Dentro de una jornada llegaremos a la Reina del Mar para buscar a Leandro. A ver si arroja luz a todo esto.

Ella se interna en el bosque y me quedo solo con los caballos. El destino de repente me pincha el trasero con su alfiler, así que hago rápidamente la maleta, tampoco hay mucho que llevar encima. Ventisca me mira fijamente. Creo en la posibilidad de que sea un caballo inteligente...pero no creo que hable ni que piense como una persona. ¿Sería capaz de delatarme?

-¿Quieres dejarme en paz?

Ventisca bufa y agita las orejas. Casi siento que me ha respondido. Pero todo es una locura, solo quiere agua. No puedo perder el tiempo. Ella estará a punto de volver.

Al fin, huyo del campamento.

Busco alguna carretera secundaria en busca de una caravana. Sin darme cuenta el corazón ha dejado de darme fuerzas a las piernas y me detiene. Soy un capullo. Debería escribirle una nota. Por lo menos esta vez. Qué menos...ella hizo lo mismo cuando desapareció. Pero entonces me perseguirá...

Bueno, soy más listo que ella. No me encontrará allá donde voy.

Vuelvo rápidamente al campamento y le escribo una breve nota. El papel se mancha un poco, me da mucha rabia porque me gusta hacer las cosas bien, pero no hay tiempo para una mejor presentación. Le dejo la nota sobre la lona donde dormirá. A lo mejor ni la ve, de lo poco perceptiva que es, pero confío. No me queda otra.

Consigo marcharme tranquilo. Relativamente tranquilo.

Voy acelerando el paso. Probablemente tarde media jornada en encontrar una posada de posta, pero salir con el caballo hubiera alertado a Marina. No será muy perceptiva, pero hasta un sordo se daría cuenta de un caballo trotando por el bosque.

Doy unos diez pasos buscando encontrar paralelamente un riachuelo que desemboca en el río Delia, eso me guiará hacia el este hasta encontrar una carretera.

¡¿Pero qué demo...?!

La casaca se engancha a algo. No puedo moverme. Me giro para desengancharme y veo a Ventisca destrozando el vuelo de mi casaca con sus dentones y bufando aire por los enormes hoyuelos de su narizota. Parece furioso.

-¿Qué? Suéltame Ventisca. ¡Suéltame! Maldito caballo...No...vas a destrozarme el vuelo de la levita. ¡No! ¡No! ¡Caballo malo! ¿Qué?...ah, ¿quieres agua? Sí, debe ser eso. Te llevo al arrollo, no te preocupes. ¿No me sueltas? ¡Ven, ven, te doy agua!

Silencio.

Ventisca me da un tirón y me mira fijamente. Me cuesta un poco, pero de repente me doy cuenta de que el caballo intenta advertirme de algo. Sin duda es una advertencia. O una amenaza, no sé.

Escucho a Marina preguntar por mí y por Ventisca. Ha vuelto al campamento y, aunque no estoy lejos, estamos fuera de su mirada. Deja la leña seca al lado de la fogata casi extinta del campamento. Me quedo quieto, intentado no hacer ruido y no moverme. Quizás así Ventisca no me delate. La escucho un poco nerviosa, quizás angustiada por lo que pudiera pasar. Siento el impulso de quitarle el miedo, pero sigo quieto. Por eso era primordial irse cuando ella no estuviera presente. Porque si lo estuviera...no podría hacerlo. No otra vez. Quizás es lo que pretendía Ventisca.

Quizás...quizás todo era una señal. Un aviso de que era un error lo que pretendía hacer.

-Puede...puede que esté equivocado en esto. Por una vez.

Ventisca bufó y escupió el faldón de la levita ya babeante y lo liberó de su presa. El caballo alzó las orejas y las agitaba excitado. Parecía contento, incluso sarcástico.

-Ni se te ocurra decirle eso a Marina. Ya tengo bastante conque me recuerde la jugarreta del cortejo.

Ventisca relincha aunque no demasiado fuerte. Parece que tiene algo entre los dientes, espero que no sea parte de mi levita. No lo entiendo, pero creo que me está tomando el pelo de alguna manera. Creo que este caballo sabe algo que yo no.

Aunque eso es una tontería.

Bajo al claro. Marina me pregunta lógicamente que dónde me había metido, así que me invento un rollo de que estuve explorando el terreno por si hubiera alguna lagartija de esas acólitos del Escritor. Busco con la mirada la nota que dejé en la cama improvisada de Marina. Ventisca se va a un lado y saca de su bocaza los restos de un babeante papel. Entonces entiendo que Ventisca quitó la carta de en medio antes de detenerme.

Marina y yo determinamos los turnos de guardia como de costumbre. Me apetece dormir junto a ella pero me hago el listo diciéndole que deberíamos hacer guardia. Me ofrezco ser el primero. Sé que es más fácil ser el primero y sé que ella lo va a aceptar porque se empeña en cargar con las peores cargas. Necesito pensar.

Marina se quita la camisola de espadachina y se va a dormir. Ventisca me mira duramente antes de echarse junto a ella. Vaya par de dos...menuda pareja.

Debería estar haciendo guardia, pero no puedo. Observo su espalda surcada de cicatrices...escrita de experiencias a fuego y acero. Solo unas vendas cubren su torso, pero no ocultan el lienzo de sufrimiento. Pienso en lo que hubiera pasado si me hubiera llegado a ir y en sus consecuencias.

Al final llego a una conclusión. Hubiera hecho mal si me hubiera ido.

Esa era Marina.

Esa es la Marina de la que me he enamorado. Con sus virtudes, sus orgullos, sus imperfecciones y sus talentos. Una personalidad forjada en el fuego de la batalla, en la voluntad de protegerlos a todos y absorber el daño por todo. Los problemas y las situaciones desastrosas hacían que las personas sacaran lo peor de sí mismas. Pero a veces, pocas, pero a veces, salía lo mejor de uno mismo. Las oscuridades y batallas a las que se enfrentaba ella cada día había sacado lo mejor de ella misma, pero había castigado su exterior y debía lidiar con las cicatrices internas toda su vida.

Después de todo, Marina era la suma de todas las decisiones y experiencias que había acometido en su vida por voluntad propia.

Si hubiera conseguido lo que me proponía...quizás a la larga hubiera conseguido borrar una decisión de su vida. Una decisión que la ha definido a ella como heroína hasta las últimas consecuencias. Cambiar un recuerdo por duro que fuera quizás sería cambiar a la mujer que tengo en frente a mí.

Cambiar algo sería cambiarla a ella.

Pero siento que debo borrar al Emperador de su memoria.

Lo pienso y tengo miedo de mí mismo. Simulo que todo esta bien pero pienso en cómo debió sentirse y me derrumbo. No intentaré reescribir nada del pasado, Marina. Por duro que haya sido. Es una locura iniciar ese viaje. No tengo ningún derecho en intentar eliminar a alguien de tu historia, por oscuro que sea. No puedo jurar que perdonaré a ese hombre y tu temeridad...

Pero sí os juro que borraré ese mal recuerdo con mis besos.

viernes, 10 de abril de 2015

Laberinto de traiciones

La callejuela estaba desierta. Los pocos habitantes gatunos que habitaban los deshechos salieron despavoridos en cuanto un pesado cuerpo cayó al suelo de forma dolorida. Eustache besó el suelo y acto seguido vomitó un poco de sangre. Viendo que la vista le fallaba, el guardia estiró un brazo intentando encontrar un adoquín o una piedra con la que defenderse.

Pero lo único que encontró fue la bota de su agresor.

-Vicciano...por favor- susurró Eustache mientras arañaba la bota de cuero del vodaccio.

Vicciano, bajito de estatura pero ancho de hombros, sonrió haciendo bailar el bigote rubio que le caracterizaba.

-Lo siento, Eustache, no tenías que haber hecho enfadar a su Santidad.

-No...no...

La bota de Vicciano se deshizo de la pobre presa de Eustache y le pisó la cabeza contra el asfalto. Teniendo su cerebro entre el duro suelo y la fría bota, Eustache solo podía gimotear. Vicciano visualizaba cómo iba a romperle el cuello y disfrutó del momento recreándolo en su imaginación...antes de dar rienda suelta a su deseo de cumplir la voluntad del Hierofante. Quería hacerlo sin pausa pero sin prisa, deleitándose en los pequeños detalles pero bien. Después de todo Cornelia, su joven maestra observaba al otro lado, recogiendo su cabellera rubia mientras observaba cómo Vicciano ejecutaba el interrogatorio.

Justo cuando iba a hacerlo, una voz tranquila y profunda entró en escena. Un hombre encapuchado con una larga capa de viaje entró en escena y negó con la cabeza al ver tanta sangre derramada.

-Os dije que le hicierais escupir la información, no toda la sangre.

Vicciano y Cornelia se inclinaron ante la figura, pero sin mayor reverencia. Vicciano no dejó de pisar la cabeza del pobre Eustache y éste se limitaba a agitar los brazos para que alguien lo socorriera.

-Tienes suerte, Eustache- le escupió Vicciano al torturado-. Es posible que aún puedas salvar la vida si das la información.

-No...no...¡me mataréis!- jadeó Eustache sintiendo los últimos estertores de sus pulmones- Ninguno de vosotros me da garantías...

-¿Ni siquiera su Santidad?- dijo la figura encapuchada.

Entonces Eustache reconoció la voz del Papa Alexandros III.

-¡Theus! ¡Imposible!

Alexandros (o su nombre anterior, Christiano Ulberti), se arrodilló y apartó delicadamente la bota de Vicciano. Con una mano le mesó el pelo y con la otra le apartaba tiernamente las costras de sangre de los ojos.

-Ya pasó Eustache...ya pasó- consoló el Papa al torturado.

-Su Santidad...yo...-sollozó Eustache.

-Shh...¿cómo puede un hombre de la guardia vaticana como tú sufrir estas penurias?

-Santidad...yo...lo siento.

-Sabemos que has tenido que ver con todo lo ocurrido. Sin tu ayuda no estaríamos en la situación que estamos. Mi gente ha golpeado a muchos como tú hasta dar contigo y encima descubren que estabas planeando tu fuga de Ciudad Vaticana. Como comprenderás, no voy a irme tan fácilmente ¿Qué hiciste, Eustache? ¿Cuál ha sido tu papel en todo este plan?

-No...Santidad...ellos...-miró a Vicciano y a Cornelia-...me matarán.

-A mí puedes contármelo.

-No puedo asumir las consecuencias, santidad. Por Theus que mi pecado es demasiado grande.

-Soy el Papa, Eustache. Puedes contarlo.

Eustache tembló y se relajó. El Papa no le haría daño. Así que, tomando aire entre sus dientes rotos confesó con un hilo de voz:

-Les abrí la entrada al general Dupont y a sus hombres y los conduje hasta el piso superior. Yo mismo fui quien los escoltó hasta la puerta del concilio de paz. ¡Sí, fui yo! Dijeron que sus intenciones era anunciar que estaban en contra de los pactos que se iban a hablar allí...que era algo importante.

-Tú, siendo de mi guardia, sabías precisamente que estaba prohibido que subiera gente no autorizada al concilio. ¿Cuánto te pagaron?

-Santidad, no me pagaron...

Vicciano se acercó y le clavó el talón de su bota en la boca de su estómago.

-Cachéalo- le ordenó el Papa a Vicciano.

En un segundo habían encontrado unos 200 soles en su equipaje.

-Te pagaron, y además en la moneda de Montaigne. Y además ibas a huir y desertar después de traicionar a tu guardia y a tu señor el Papa. Y ahora...me has vuelto a mentir.

-Sí...sí...lo hice...lo siento. Pero, Santidad...yo...no sabía que sería para tanto ¡Me dijeron que el general Dupont solo proclamaría su disconformidad en el concilio y se irían! Cuando escuché la que habían formado, decidí huir...yo pensé que se pasaría rápido, que solo anunciarían sus ideas y ya está...

-Eustache...eso es lo que han hecho. Pero han amenazado a uno de los reyes y ahora has provocado una guerra. Y podía haber sido peor ¿os imaginais que llegan a querer asesinarnos a todos? Una guerra tampoco es algo tan difeerente. Y de todas las guerras estúpidas, esta es la más inútil.

-Pero vos...vos le dejasteis entrar.

-¿Y qué iba a hacer, si vosotros mis guardias les dejáis llegar hasta las puertas del concilio? ¿Crees que puedo dejar a alguien sin voz delante de todos? Debo ser un ejemplo de humildad y fraternidad en un concilio de paz, pero tú no has cumplido con tus obligaciones ¿Quién te pagó para que los dejaras subir? ¿Fue Florian Rousseau du Toille?

-Sí...Santidad.

-Dijiste a los otros guardias que habías escuchado que los montaignenses iban camino al castillo del Morro para llegar a la Castilla ocupada ¿Era verdad o te habían pagado también para cubrir su huida?

-Me pagaron...en realidad van a la Venta de los montes de la Pasiega. Saben que muchos intentarán matarlos antes de que vuelvan a casa. El general Dupont es consciente de que intentarán eliminarlo después de su declaración de guerra e independencia. Siento la traición...mi Hierofante...pero no pensaba que fuera tan...tan...

-Está bien.

Su Santidad le hizo una sangrienta cruz en la frente a Eustache.

-Ego te absolvo a peccatis tuis in nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti.

Eustache empezó a convulsionar de miedo al oír esas palabras. Vicciano se acercó lentamente con sus pesadas botas y empuñando una cruel sonrisa.

-¿Qué? ¡¿Qué vais a hacerme?! ¡No! ¡No! ¡Vos dijisteis...vos dijisteis...!

-Os dije que era el Papa...no un santo.

Vicciano lo estranguló y Eustache sacudió sus piernas en su último suspiro. Su Santidad volvió a echarse la capucha y observó el cuerpo de su ex-guardia.

-Amén.

___________________________________________________________________

Su Santidad subió al carruaje papal y allí se encontró a la contessa Paola Ulberti, una Bruja del Destino que algunos habían visto rondar en la intimidad del Vaticano al Hierofante. Sin embargo, pocos sabían que era su hermanastra.

-Deduzco que tu trampa a Marina Oliván para reiniciar la guerra entre Castilla y Montaigne ha fracasado.

Christiano no la esperaba, pero se acostumbraba a que lo abordara en los momentos más extraños y privados.

-Hola Paola, yo también me alegro de verte. Pues sí, lo lamento. Necesitaremos algo mejor contra Marina. Villanova estará furiosísimo.

-Sí, pero creo que podremos liberarnos de su ira. Christiano, acabo de enterarme de lo del asunto del nuevo reino du Lyon.

-Tranquila, ya me estoy encargando. Sé dónde se encuentra el General Dupont. Acabo de reunir al colegio cardenalicio para ver si podemos atraparlo o...asesinarlo. Por supuesto no constará en ningún acta, pero ten por segura que este asunto de la Guerra Civil de Montaigne se acabará hoy...

-No. Precisamente vengo a hablarte de eso. Como se ha frustrado su plan de volver a reiniciar la Guerra entre Castilla y Montagine, creo que a Villanova le interesaría mucho más el nuevo conflicto. Este Reino de Lyon podría darle...grandes beneficios. Los beneficios que ya no le van a dar la paz entre Castilla y Montaigne.

-¿Hablas en serio?

-Villanova mercadea con tres cosas, querido: desesperación, pobreza y odio.

-¿Has venido solo para eso?

-Creo que es importante, tenemos que servir a nuestro Príncipe lo mejor que podamos.

Christiano hincó las rodillas en el suelo del carruaje y se arrodilló ante el vestido de viuda negra de la joven vodaccia. Tomó su cintura delicadamente e intentó observar sus ojos a través del velo negro de encaje que lucía la joven bruja.

-¿Nunca has sentido la llamada de servir a alguien que no sea a nuestro Príncipe?

Ella le observó desde las alturas. Sus labios carnosos se torcían y sus comisuras temblaban.

-¿Alguien que no sea nuestro Príncipe? No hay nadie más poderoso que Villanova ¿Servir a alguien como quién?

-No lo sé, es cuestión de pensarlo- le comenzó a besar el vientre mientras sus manos arañaban dulcemente los guantes negros de encaje de la bruja. Sus labios treparon hasta morder los lazos de su corset y descansó su cabeza en su pecho.

-¿Acaso me estás sugiriendo que traicione a Villanova?

Christiano besó el blanco cuello de la joven cortesana, sintiendo que su apretado pecho se agitaba. Christiano trepó hasta su rostro y le subió educadamente el velo negro por encima de sus labios, para besárselos con tierna lujuria. Paola cerró los ojos para disfrutar todas las sensaciones de ese momento.

-No. Te sugiero que seáis leal a vos misma- le susurró al oído Christiano.

El carruaje se detuvo y para cuando Paola abrió los ojos, el Papa estaba fuera del carruaje manteniendo la puerta abierta.

-Después de todo, siempre será mejor que perseguir gatos por las calles. Pensadlo.

El carruaje comenzó a avanzar. La contessa Paola Ulberti se quedó fría con una mortaja blanca por piel, sin saber muy bien como hilar la situación.
_______________________________________________________________________________

Christiano Ulberti llegó a la reunión de emergencia del Colegio Cardenalicio tarde. Cosa que le reprocharon todos. Todos los viejos se encontraban sentados, gritando y maldiciendo al General Dupont y sus malditos caprichos de independencia.

-¿Saben ya sus agentes donde se encuentra el General Dupont?

Su Santidad se sentó en su privilegiado sitio:

-Se encuentra camino a la fortaleza del Morro.

-Tal y como decían los espías. No deberíamos desperdiciar esta oportunidad. Deberíamos asesinarlo cuanto antes.

-¡Sí! ¡Sí! ¡Por el bien del Vaticano!- gritaban los vejestorios

-Ya me he encargado de todo, eminencias- mintió el Papa-. No deben preocuparse por él.

Pero los cardenales gritaban airados entre ellos después del insulto del Concilio de Paz de Ciudad Vaticana. De pronto la sala se convirtió en una orgía de incomunicación. Se organizaban planes, estrategias, políticas de bloqueo, se hacían grupúsculos...de pronto la sala cardenalicia era una colmena.

-Si consigue sobrevivir tenemos que estar preparados para esta crisis.

-Castilla debe ser liberada de la opresión hechicera.

-Montaigne estaba a punto de ser purificada y ahora vienen más guerras.

-¿Qué vamos a hacer?

-¡Esperar, poco más!

-Somos hombres de dios, ¡no militares! Deberíamos tenderles nuestras manos para que vuelvan al redil.

-¡Esta vez las palabras no solucionarán esta crisis!

-Quizás podríamos esperar a noticias...

De pronto se abrió la puerta y entró Domingo Villaverde, un maduro inquisidor cazador de brujas. Se descubrió ante los cardenales y esperó en la sala mirando al Papa. Su Santidad salió y se reunieron en una habitación privada.

-Para usted, Hierofante.

Y tal y como entró, Domingo se fue. El Papa sabía que era mejor no hacer esperar a Domingo, siempre valía la pena dejar lo que estuviera haciendo para ver las nuevas que traía. Observó la caja. Tenía un frasco dentro que reconoció como un perfume del Imperio de la Media Luna. Dentro de ella había una nota. Su expresión se fragmentaba en una confusión cada vez más acuciante.

La nota rezaba:

"Hay lugares que tienen un aroma especial, casi familiar incluso.
A mí este me recordó a vos.
Espero no os moleste esta pequeña entrega y lamento si es así.
Gracias por todo y a pesar de todo. Saldremos de esta, ya veréis
Marina Oliván
PD: Destruid esta nota, será mejor. "

Sonrió y tomó tiernamente la caja y el frasco. Acarició la nota y su caligrafía, como si al tocar las líneas ondulada de sus letra pudiera rozar las curvas del cuerpo de la espadachina castellana.

Él había intentado traicionarla, y a ella solo se le ocurría enviarle un magnífico regalo y a darle esperanzas. Ya no tenía ninguna duda de que aquella mujer era un ángel.

Sin embargo, aún seguía siendo leal a su señor, y su señor la quería inutilizada. Quemó la nota y disfrutó el aroma del perfume oriental deseandole lo mejor a Marina Oliván.

Era una lástima, él no quería tener que traicionar a su gran amiga...pero jamás sería capaz de traicionar a la mano de hierro que le daba de comer porque la familia lo era todo para él.

Pero así era el Gran Juego, un laberinto de traiciones.

viernes, 13 de marzo de 2015

Capitán muere, no se rinde

Las trompetas anunciaron la imperiosa llegada del regimiento de caballería de Louis Dupont a Charouse.

Todos los ciudadanos dejaron sus quehaceres debido al jaleo de los paisanos al ver al regimiento volver a la capital de Montaigne. Los que atravesaban sus calles eran más que soldados para ellos. Eran primos, hermanos, amigos, prometidos...en definitiva, eran familia.

Ademas, muchos tenían curiosidad por ver al hijo del fallecido Mariscal Imperial de Montaigne (Charles Dupont), liderar el magnífico desfile de caballería.

Tras el capitán y su Estado Mayor los caballeros del capitán Dupont escrutaban las calles de su juventud con el ceño fruncido, mirando de reojo, temiendo enfrentarse a la realidad actual de la ciudad de la que partieron a la guerra hace años. Muchos almacenes habían sido pastos de las llamas, la Catedral de Nuestra Señora había sido ocupada por milicias urbanas en vez de seguir vacía por el régimen del Empereur, los hambrientos hacían cola disciplinadamente frente un intendente de la guardia real para esperar por un panecillo de pan; y los comerciantes reparaban con ahínco sus establecimientos, que parecían haber sido saqueados por masas enfurecidas. Era como si por allí hubiera pasado un tornado del que se estaban recuperando.

A Louis Dupont le latía la mirada cada vez que percibía algo diferente en la capital. El capitán de caballería era un elegante joven que parecía haber nacido para llevar un uniforme. Sus hombros siempre estaban permanentemente cuadrados para la responsabilidad de sus galones y repasaba constantemente que sus blancos guantes de caballería estuvieran ajustados.
Sin embargo, todos prejuzgaban al joven Louis Dupont por su aspecto físico por su juventud. Independientemente de su atractivo (que era tema de discusión entre las damas de la corte), muchos lo catalogaban de alguien inmaduro y demasiado joven para el puesto de capitán de caballería. Pocos osaban decirlo en voz alta, nadie quería ganarse un duelo a muerte demasiado presto, mientras que otros envidiosos se consolaban en la sombras argumentando que había llegado a ser capitán tan pronto porque era hijo del antiguo Mariscal Imperial.
Era cierto que Louis Dupont no era bueno con las palabras, ni animando a los hombres. Tampoco tenía las dotes estratégicas y la experiencia de su padre, uno de los mariscales imperiales. Cambiaba constantemente de caballo de guerra y era incapaz de cuidar sus monturas durante más de dos batallas. La preocupación por sus soldados siempre era visto como algo forzado y su carisma era tan pobre que no inspiraba lealtad entre sus hombres. Sin embargo, había algo que le distinguía, algo que le hacía poderoso al frente de sus caballeros y que le convertía en alguien valioso.

Hacía la guerra a los castellanos con una pasión digna de admiración.

Y aunque la guerra con Castilla estaba en un estado de "alto el fuego" Luois se había traído en su pecho el odio colgado junto con su condecoración.

Los paisanos que observaban el desfile observaron a los caballeros con pesadas ojeras, pero con una mirada brillante y una triste sonrisa que contagiaba cierta esperanza entre ellos. Ellos también observaban a los soldados como los recién llegados veían la ciudad. Habían cambiado y les chocaba la fachada de las nuevas caras que habían esculpido en la guerra. Sus rostros se habían desencajado, la mirada de algunos estaban huecas y otros parecía que habían vivido cien inviernos.
La formación era perfecta, los uniformes impecables, sables relucientes y todos los galones  y condecoraciones merecidos...pero la juventud de sus rostros había desaparecido en los tres años que habían pasado en el frente de Castilla. Podían limpiar los tabardos, emplumar los sombreros y lustrar las botas...pero la alegría de los jóvenes era algo que no podían recuperar con el uniforme.

Luois era el que más atención ponía en los detalles de la "nueva" Charouse. Observaba sobre todo los tejados, en busca de un estandarte con el Sol del Empereur. Ahí seguían, pero todo parecía cambiado. Los Mosqueteros de la Garde du Soleil no aplacaban la multitud de pobres que deberían estar en sus barrios marginales. Pero lo que más le torció el gesto fue ver a los pobres hacer cola para recibir comida en mitad de las calles de clase pudiente. Era algo que no hubiera pasado con su antiguo Emperador. Ahora, decían, había subido al poder el supuesto hijo desaparecido del Empereur. Nadie sabía exactamente las circunstancias, pero desde luego había habido un cambio importante. Los pobres infestaban la ciudad y los había por doquier. Algo que detestaba.

Pero para eso Louis Dupont se había presentado en la capital imperial, para ver los cambios.

Y sobre todo para ver si los cambios le gustaban.

El capitán desenvainó su sable y lo alzó brillando al sol. Ante esa señal, los pendones y estandartes de un azul imperial se alzaron en la formación. Los jinetes dieron lo mejor de sí mismos en su marcha marcial y los caballos veneraba con sus rodillas al cielo y pisoteaban los adoquines de la carretera. El espectáculo fue impresionante, haciendo que los ciudadanos siguieran a la comitiva hasta la Chateau du Soleil, el palacio del Empereur (si es que no seguía siéndolo).

Llegaron a las doradas verjas del recinto imperial y las puertas se abrieron por nobles mosqueteros que habían escuchado los vítores, los "vivas" y el jolgorio de ver a los patriotas volver a casa. A pesar de lo improvisado de su llegada, parecía que en palacio estaban listos para recibir al capitán.

Louis Dupont entró en la Chateu du Soleil a caballo y una gran oleada de vítores lo animaron a girarse para saludar a sus paisanos. Ojiplático miraba cómo los pobres gritaban su nombre. No esperaba tal recibimiento de los que habían sido proscritos. Esos mendigos habían sido hacinados en los barrios exteriores y en los ensanches por orden del Empereur y deberían odiar a cualquiera que esgrimiera el Sol Imperial. Sin embargo, aceptó el halago elegantemente, saludando con su mano enguantada.

-¡Louis! ¡Louis! ¡Louis!- aclamaban mirando al cielo algunos de los ciudadanos que hace tiempo habían perdido la esperanza.

Louis cabalgó hasta la entrada, sin acercarse mucho a lo que él consideraba la lacra de Charouse.

-¡Gracias, ciudadanos de Charouse! He venido desde el frente de Castilla para ponerme al corriente de los rumores que he recibido de que en Charouse el Emperador...

Un tomatazo estalló de pronto en el ojo de Louis y juraría que escuchó un "muerte al Emperador" y gente que coreaban "que lo guillotinen". El capitán no asumió la situación hasta que se vio hecho burla de la muchedumbre. Había sido lanzado desde la multitud por alguien anónimo, mientras el resto seguían mirando al cielo con esperanza.

-¡Viva Louis Alexander XV du Montaigne!-gritó una voz fuerte desde los ciudadanos que se abalanzaban a la verja del palacio desde el exterior.

Louis Dupont volteó su caballo lentamente y miró el palco imperial del pabellón norte. Era el más cercano al muro exterior y desde él se podía vislumbrar perfectamente a un joven, ingenuo, coronado y vestido con el manto imperial que hacía unos meses llevaba el Empereur.

Louis comprendió que no era él a quién alababan. Tampoco era él a quien miraban con esperanza. Miraban al joven del palco imperial. Era Louis Alexander, el único primogénito del Empereur, cuya existencia fue ocultada a su padre por revolucionarios y conspiradores internos para poder dar el golpe de estado algún día.

La mirada del capitán se cruzó con la del monarca. El capitán Louis Dupont torció el gesto con una mueca, apretó los dientes y cogió las riendas con tanta fuerza que casi se le agrietan los guantes, dirigiéndose hacia el patio. Ni siquiera saludó al nuevo monarca. ¡Ni siquiera sabía si era el monarca!

El joven dirigente le saludó diligente con la mano, dio media vuelta y desapareció del balcón para internarse en el pabellón palaciego. Louis Dupont comprendió que era una invitación para buscarlo dentro. Ya lo creo que lo buscaría. Cruzó a galope los verdes jardines y fuentes del palacio y llegó hasta la regia escalera de mármol del palacio. No tardó mucho en llegar a la sala de audiencias. Su caballo fue atendido como el de un cortesano más (algo que le ofendió) y Louis Dupont se internó en los salones haciendo resonar los tacones de sus botas de guerra. ¿Dónde estaba el cortejo que tendría que recibirlo con el honor que se merecía?

Louis Dupont entró a pasos agigantados y mirando intensamente a todo con el que se cruzaba, intentando reconocerlo, intimidando a los que no reconocía. El olor a perfume era considerablente menor en los salones tal y como lo recordaba, y las actividades ociosas de palacio como la danza y los juegos de azar habían sido sustituidos por mosqueteros centinelas. La guardia real había sido doblada y mantenían un estado de incertidumbre que daba tensión en el ambiente. Louis Dupont veía las consecuencias claras de un golpe de estado, pero veía extraño que los que velaban por la seguridad de los golpistas fueran precisamente los leales al Emperador que acababa de perder todo su poder real.

Claramente esto solo lo conseguía el hecho de que ahora portaba la corona era el hijo perdido del Empereur. La sangre daba lealtad.

"Una astuta jugada por parte de los conspiradores. Reconozco que esos cerdos son buenos", admiró Louis Dupont observando a los mosqueteros mientras estos le seguían con la mirada.

Louis Dupont llegó a una enorme antecámara donde se encontraban una gran multitud de personas de todo tipo de condición y clase. Esperó a que le abrieran paso y al menos le saludaran, pero nadie se percató de esa aguja en un pajar. De pronto sintió algo que en la vida le había pasado jamás: se sentía estúpido con el uniforme militar. Esperaba que causara respeto, admiración, algo que moviera el interior del prójimo y les inspirara alguna alabanza. Pero el resto le ignoraba, como si fuera un loco disfrazado que creía equivocadamente que iba a un carnaval. Las docenas de asistentes hablaban y caminaban entre ellos como las abejas enloquecidas de una colmena, como si tuvieran mucho trabajo que hacer y no supieran cómo. Algunos discutían airadamente y otros compartían ideas de forma exaltada.

 Luois respiraba dos cosas contradictorias en el ambiente: la ira de la nobleza por la gravedad de los cambios y la ilusión del resto por crear una nueva Montaigne.

Los más distinguidos aristócratas (los distinguían por sus pelucas por encima de tanta cabeza) que habían mantenido sus bienes y sus títulos se alejaban de esta muchedumbre parlanchina y a veces vulgar quedándose a la espera. Estaban tensos y a uno de ellos le temblaba el falso lunar pintado en su mejilla, como si le estuvieran insultando. Al lado de la puerta de audiencias del Empereur, el chambelán mayor les abría las puertas a la cámara de asambleas y todos entraban. Louis Dupont jamás había visto tamaña masa de gente en la Chateau du Soleil, menos aún para tratar de política. Ni siquiera Castilla, que contaba con un amplio consejo debido a los clérigos, traía a tanta gente para decidir los pormenores del futuro de la nación. Louis Dupont vio aquello como una distinguida taberna de lujo, pero taberna al fin y al cabo.

Con mucho ruido los asistentes entraron y tomaron asiento. Los funcionarios reales se apartaron de la multitud y se sentaron en sus bancadas más próximas al dirigente. Justo cuando iba a entrar, el chambelán le cortó el paso.

-Disculpe monsieur, esta cámara es para los representantes de la asamblea, no para militares.

Louis Dupont fijó sus relámpagos azules en el chambelán.

-Soy Louis Dupont, Capitán del 9º Regimiento de Caballería Pesada. Soy hijo del anterior Mariscal Charles Dupont, caído honora...

"Honorablemente no...cerdos castellanos"

-Caído heróicamente en el asedio de San Teodoro. Ábrame las puertas de esta asamblea.

-Lo lamento- negó el chambelán-. Pero el rey necesita atender los asuntos en orden y no está citado con vos. Ha podido a duras penas recibiros en la puerta de palacio, es más de lo que esperaba dado el poco tiempo que tiene. Espero que entienda las circunstancias extraordinarias, capitán Dubon.

-Es Dupont -ladró contenidamente el capitán-. Capitán Dupont, estuve en la quema de la batalla de San Juan, la toma de San Agustín y la defensa de la Reina del Mar. ¡Soy un héroe de guerra!

El chambelán no escuchaba. Estaba pendiente de que todo el mundo había entrado y le esperaban.

-Lo lamento. Tengo que entrar a mediar la sesión. El nuevo rey espera.

Louis Dupont lo agarró de las solapas de su levita y sintió el deseo de estamparlo contra la pared y hacerle sentir lo insignificante que era para la patria comparado con él. El chambelán lo miró temblando y Louis Dupont dejó que esa alimaña huyera.

-Márchese y cumpla con la nación.

-Sí...monsieur.

-Capitán.

-Sí, capitán.

Louis Dupont sintió deseos de arrancarse los galones y las condecoraciones. ¿De qué había servido tanto sacrificio? Él les daba su carne y su sangre a la patria y ellos le pagaban con indiferencia.

Peor aún. Con un tomatazo en el rostro.

Se había quedado solo en la cavernosa antecámara. No se había dado cuenta de lo grande que era hasta que se habían marchado todos. Pronto vio como sus caballeros se unían a él en la sala, esperando al capitán.

-¿Habéis hablado con el nuevo rey, capitán?- preguntó un sargento.

-No. Ni siquiera nos dejan entrar en esta estúpida asamblea. Además, me niego a considerarlo rey. El emperador aún vive, por suerte, aunque no sé qué papel tiene en todo esto. Ni siquiera lo he visto por aquí, y este es su palacio y su sala de asambleas.

-Tres años combatiendo por ellos y no nos prestan ni un mínimo de atención. Así de perra es la vida del militar.

Louis Dupont le dio un bofetón al sargento.

-Hablas como un sucio castellano, quejándote y esperando su soldada atrasada. Tu deber era sangrar por la patria y por la causa de nuestros padres. Ten fe en nuestro Emperador, cuando sepamos qué está pasando aquí se nos tratará como es debido.

-Sí, capitán. Lo siento, capitán.

Detrás de la blanca puerta se oían a las multitudes coger asiento y prepararse. Aprovechó la ausencia del chambelán y abrió la hoja de la puerta y pudo espiar toda la asamblea. Detrás de la mesa donde se presidiría la asamblea, Louis Dupont vio algo que le provocaba un asco infinito. Sotanas de sacerdocio. Entre las cabezas y los sombreros vio por lo menos un hábito escarlata de cardenal y otro púrpura de arzobispo. El cardenal D'Argeneau, exiliado por el Empereur y el arzobispo Maurice Rostand du Pourisse, el único hombre de la Iglesia tolerado por el anterior gobierno, solo cumpliendo en Montaigne como confesor de la Reina Madre hasta su fallecimiento.

Sin duda ellos eran los conspiradores que habían provocado su vuelta a casa, la tregua con Castilla y el cambio de dirigente. Sin duda, pensaba Louis, eran agentes del gobierno de Castilla que querían debilitar la hegemonía de Montaigne sobre Théah. Mientras esperaba a que apareciera el rey en la sala, espiaba con cierto horror aquél patio de infantes de escuela en mitad de la regia sala donde anteriormente el Rey Sol hablaba con sus ministros, burócratas y cortesanos. El chambelán hizo el silencio con su bastón.

-¡Su Majestad el Rey Louis Alexander XV du Montaigne!

El joven rey, que había visto antes en la balconada, apareció. Joven, inexperto pero con algo de decisión. Detrás de él venía una mujer mayor, madura, aristócrata, rondando los cincuenta años y que intentaba ocultar con toneladas de maquillaje. Reconoció sus andares extravagantes al instante y confirmó todas sus sospechas. Su madre, la duquesa Mariam Dubois, estaba metida hasta el fondo en aquél cambio de poder.

El chambelán mayor dio nuevos golpes con su bastón y anunció:

- Damas, caballeros. Bienvenidos a la Asamblea Nacional instaurada en el nuevo gobierno provisional del nuevo rey Louis Alexander XV du Montaigne, hijo de nuestro Emperador León Alexander XIV du Montaigne. A continuación el rey tomará la palabra presidiendo esta cámara fundada en el día de hoy con objeto de escuchar a todos los estamentos sociales y evitar los excesos y los errores del anterior imperio con las respectivas intervenciones de los sectores parlamentarios ¡Que comience la Primera Sesión Real de Montaigne!

Louis Alexander avanzó lentamente con cierta cautela de sostener la corona, que le temblaba en la cabeza por la falta de equilibrio.

-Caballeros, les agradezco que hayan sido tan voluntariosos y diligentes de venir hasta aquí para reconducir a la nueva Montaigne hacia un futuro más esperanzador. Como saben, soy el hijo del Emperador León Alexander XIV du Montaigne y he sido nombrado por esta nación como regente máximo de este reino, apoyado oficialmente por la firma de mi padre, el Emperador. Me alegra ver a personas de orígenes tan variados hacen enriquecer esta cámara, que hasta ahora solo había sido gobernada por las decisiones de una sola persona, mi padre, e influida por un número reducido de ministros y funcionarios. Si están aquí es que han sido seleccionados para representar a los diferentes sectores sociales en esta asamblea real y comenzar un nuevo rumbo de Restauración a la monarquía. Dejar de lado nuestras políticas imperialistas y gobierno absolutista, y centrarnos en la recuperación del pueblo de Montaigne.

De pronto Luois Dupont miró con atención a los hombres de la bancada derecha. Estaban airados, agitaban los puños, se levantaban enfadados y algunos hasta lanzaban con ira sus pelucas empolvadas al suelo. Eran los privilegiados, la alta nobleza. Su oposición a cualquier reforma les provocaba una rabieta infantil que no podían disimular. No estaban acostumbrados a moderarse ante los demás y no tenían por qué hacerlo ahora. Uno de ellos, Antoine Mounier, maduro, mirada ladina y anteojos pequeños, airaba su casaca nobiliaria señalando duramente a la bancada izquierda que tenían enfrente. A Louis Dupont le daba cierto asco este señor (como a casi todos los aristócratas no militares), lo había visto varias veces jugando a la "gallinita ciega" en los jardines de palacio con bellas cortesanas, y le resultaba raro verlo tan serio en una asamblea real. ¿Raro? No, le resultaba asqueroso. Algo le decía que iba a odiar a todos los de esa sala, incluido la alta aristocracia de siempre como Antoine Mounier, que rabiaba como un cochinillo.

-¡Es un insulto que toda esta gente esté aquí presente después de todo el daño que le han hecho al imperio! He visto como muchos de estos hombres de orígenes supuestamente "humildes" han ido persiguiendo nobles y mosqueteros para matarlos a sangre fría. Se autoproclaman verdaderos patriotas y no son más que sanguinarios. ¡Y nosotros ahora les damos presencia y palabra aquí, a las puertas de nuestro hogar!

Louis Dupont dirigió su mirada hacia el otro extremo de la sala. Gautier, un joven revolucionario de una minoría social que había luchado en las calles se alzó del banco entre el estado popular señalando amenazadoramente a Antoine Mounier, a pesar de que no representaba a la bancada popular.

-¡Malditos canallas! ¡El Emperador estaba derrochando los fondos nacionales en caprichos, enviando a inútiles guerras a nuestros jóvenes y desgastando los campos! ¡Era necesario detener al Emperador de su despotismo y quitarle ese poder absoluto sobre todos nosotros! Los cortesanos vivíais de fiesta en fiesta mientras el pueblo se moría de hambre. Sí, es cierto, he matado nobles y he matado mosqueteros. ¡No me arrepiento ni de quitarle el poder absoluto al Emperador ni de nada de lo que he hecho para conseguirlo!

Antoine se dirigió hacia el rey, que expresaba su tristeza guardando silencio ante el lamentable espectáculo.

-¡Majestad, este hombre que han elegido para la bancada popular no es más que un asesino! ¡Reconoce y hace apología a las matanzas en nuestra nación! Además, los ataques revolucionarios no han cesado, muchos radicales siguen campando por las calles y haciendo nidos de revolución en barrios de los ensanches ¡Estoy seguro que no sois más que espías de ese arrogante de Víctor Durant, que sigue escondido en las cloacas y matando al no hacerse con la suya! Majestad, exijo que se les expulse a toda esa bancada de la Asamblea Real.

-¡Ya estáis los nobles escondiéndoos tras las faldas de la corona!- gritó Gautier, que era agarrado por todos los representantes populares para que se sentara y se callara. Pero seguía alzando la voz entre un mar de manos y amenazas- ¡Tenéis la suerte de que somos ciudadanos civilizados y hemos permitido que sigáis aquí! ¡Si fuéramos sanguinarios habríais sido todos guillotinados! ¡Tenéis suerte de que a alguien se le ocurriera la estúpida idea de no culpar a la nobleza de todos nuestros problemas!

-No seréis tan osado de pensar que vosotros estáis contribuyendo al bien de Montaigne, ¿verdad?

-¡Al menos lo intentamos y no nos revolcamos como cerdos en nuestra opulencia!

Ambas bancadas se levantaron lanzándose insultos y amenazándose con los puños. La misma bancada popular se peleaba con Gautier, desaprobando sus palabras, pues no querían perder la oportunidad que les estaba brindando este rey de tener voz en la Chateau du Soleil. Los nobles se mantenían unidos y pedían ayudas de los mosqueteros cuando algún exaltado salía de su banco para acercarse a los aristócratas rojos de ira. Las otras dos bancadas, más moderados, los monárquicos y los patriotas más moderados rechazaban estos comportamientos.

El rey dio orden de silencio y el chambelán presto dio golpes con su bastón.

-¡Silencio!

El representante de la bancada popular, el erudito y filósofo Regine de Ness, un hombre ya viejo, racional a la vez que pasional cuando defendía sus ideas, se acercó a Gautier.

-Muchacho, deja tus amenazas para cuando puedas cumplirlas. Piensa en los esfuerzos de Durant, no fastidies nuestro trabajo, no estás haciéndonos ningún favor. Nuestro momento llegará- de pronto alzó la voz a la mesa de presidencia- Majestad disculpen a este exaltado, se ha dejado llevar por sus emociones. No representa a nuestro sector.

Regine de Ness miró a Gautier hasta que éste asintió y se sentó con tranquilidad.

Tomó sobriamente la palabra Madelein du Chateleine. A pesar de que había compartido sus lealtades con el Concilio Revolucionario de los Ocho, se había separado de esta línea política ahora representaba la bancada moderada de los monárquicos.

-Caballeros, esto que nos está ocurriendo es lo mejor que nos podía pasar para salvar a Montaigne. Tenemos la oportunidad de aprovechar un dirigente que nos oye y que no gobierna absolutamente para sí mismo, y que a la misma vez no nos hace traicionar a la sangre real de nuestra patria. A la misma vez contamos con la experiencia y las ideas del Emperador, que sigue siendo el padre y tutor de nuestra gran nación. El futuro rey no juzgará a la nobleza por lapidar los fondos nacionales tal y como decidieron los héroes de la rebelión; estableceremos un acercamiento hacia la Iglesia y recibiremos a su Santidad en una semana para establecer un encuentro diplomático; se mantiene la nobleza y el pueblo obtiene su representación en las asambleas reales...

Aunque Víctor Durant y Madelein du Chatelein habían cedido sus palabras a la causa de la revolución y la caída de la monarquía absolutista, ambos eran muy diferentes en sus oratorias. Víctor Durant, el líder de la revolución y buscador de la creación de un gobierno dirigido por ciudadanos, era un excelente orador que hacía que todos los hombres quisieran morir por la causa, mientras que Madeleine du Cheteleine había destacado en la rebelión por ser la mediadora por excelencia, capaz de calmar un lobo sediento de sangre.

Sin embargo, la última frase que soltó Madelein du Chateleine en su discurso no calmó al lobo salvaje que aullaba en el interior de Louis Dupont.

-Además, nuestro nuevo regente y nuestro emperador conseguirán juntos rellenar las arcas del estado al darnos la paz definitiva con Castilla.

El capitán miró a sus hombres y les hizo un gesto que todos entendieron al instante. La madera de las puertas de la sala se abrieron con violencia y docenas de caballeros uniformados irrumpieron en la asamblea al mando del capitán Louis Dupont.

-¡Exijo hablar frente a nuestro alteza imperial y a esta asamblea!

El chambelán dio la orden a los mosqueteros de detenerlos y los caballeros flanquearon a su líder esgrimiendo sus sables de caballería. El rey alzó una mano deteniendo a los mosqueteros y el chambelán intentó echarlos por las buenas.

-¡Márchese caballero! ¡Los asuntos militares serán tratados en otra sesión extraordinaria por el rey!

-No. Exijo que sea el legítimo Emperador el que nos atienda y nos explique todo lo que se está hablando aquí. ¿Dónde está? Si sigue siendo el Emperador de nuestra gran nación ¿Por qué se le excluye de las decisiones políticas que queréis decidir sin él? ¡Vosotros queréis al Empereur para explotar su corona a vuestro antojo y usarlo de títere como hacen los castellanos con su rey! No sois justos ni sois benevolentes, sois unos manipuladores, unos matones que usáis al caído como escudo humano y de chivo expiatorio. Que nos dejen en ascuas esperando órdenes absurdas es algo que no voy a tolerar- Louis Dupont miró a todos los presentes-. Mi nombre es Louis Dupont, hijo del Mariscal Imperial Charles Dupont. Soy capitán del 9º Regimiento de Caballería Pesada de Montaigne, pero no siempre he sido capitán, sino que he ascendido con el sudor de mi frente y mi sangre derramada. He combatido tres largos años en el frente de Castilla, trayendo gloria a nuestro ejército, reputación a nuestros soldados, temor a las naciones neutrales y prestigio a nuestro país. He luchado junto a los destacamentos urbanos en la ocupación de Barcino, he cabalgado por toda la orilla del río Delia durante meses coordinando órdenes, he requisado cientos de hectáreas de cultivo para enviar comida a Charouse, saqueado ciudades como San Agustín para que podáis seguir con vuestras vidas en paz, he combatido largamente en la batalla de las estepas de San Juan, tristemente he perdido a mi padre sirviendo a la patria sin que se rindiera ningún homenaje y me he desangrado en la defensa de la Reina del Mar. Estábamos a punto de conquistar el fuerte del río Delia con la posibilidad de iniciar el asedio a la capital castellana...y me encuentro conque, de pronto, el Emperador decide establecer un alto el fuego con Castilla para negociaciones diplomáticas para la paz. Ni siquiera creo que eso lo haya decidido el Emperador por libertad propia, sino coaccionado por la perspectiva de una ejecución. Eso tiene un nombre ¡Se llama traición a la patria! ¡No podemos parar ahora! ¡No ahora que estábamos tan cerca! ¡Es insultante!

Antoine Mounier se alzó:

-¡El capitán tiene razón! ¡No podemos volver atrás! ¡No cuando nuestra inversión puede comenzar a dar nuestros frutos! ¡No consiento que deshagamos todo lo conseguido con nuestro verdadero dirigente!¡El Emperador debe asumir el peso de la corona de nuevo como gobernante absolutista!

-El Emperador fue destituido de sus responsabilidades absolutas sobre la nación, monsieur Mounier- aclaró Madeleine Chatelein-. Después de sus atrocidades y sus vicios mostrados y demostrados públicamente el único bien que hace a Montaigne es el de gobernar controladamente, aconsejar a su hijo en sus políticas y en mantenerse al margen. Él mismo aceptó ese destino.

-¡Es cierto!- gritó Antoine Mounier-. ¡Era eso o la muerte, como dice Louis Dupont! Debemos darle una segunda oportunidad al Emperador.

-Ya la tiene- replicó Madelein- Por eso sigue siendo Emperador.

-Pero no tiene ningún poder real.

- El rey sabiamente le mantuvo con vida para que se redimiera y le ayudara a gobernar. El Emperador ha aprobado que la regencia de la corona sea llevada por su hijo con su supervisión y la representación de todos los estados sociales. Es lo justo.

-No por lo que le corresponde por derecho divino.

-Ese argumento sí que nos hace retroceder.

-¡Basta!-gritó el chambelán dando paso al rey.

El rey estaba preparado para esto. Aunque era novato e inexperimentado, sus nuevos consejeros le habían preparado bien todas las estrategias para este tipo de asuntos.

-No volvemos hacia atrás, capitán Dupont y monsier Antoine. Montaigne no podría afrontar asediar la capital de Castilla después de una victoria tan pírrica como la de la toma del río Delia. Y tampoco podríamos afrontar tomar Ciudad Vaticana sin entrar en guerra con Vodacce. Lo miremos por donde lo miremos la paz es más beneficiosa que la guerra.

Louis Dupont vio como las bancadas más moderadas asentían y aprobaban ésta réplica con griterío.

-Reconozco tus palabras en la boca de este hombre, madre- toda la asamblea miró a la señora que estaba al lado del rey-. Primero no te importó nada los sacrificios de padre y ahora pretendes deshacer toda su memoria. Bien, pero es discutible. Lo beneficioso de la paz con Castilla dependerá de las condiciones de paz...alteza.

La gente comenzó a gritar de rabia y el chambelán le reprochó:

-Capitán, si sigue dirigiéndose a su Majestad como Alteza, se le puede arrestar por traición a la patria.

Louis Dupont ni se inmutó y acarició la empuñadura de su sable.

-Caballeros...mientras mi Emperador siga viviendo, será mi Emperador. Y éste hombre, será su hijo, por lo tanto, heredero y alteza imperial. No puedo creer que el imperio en el que me crecí se haya convertido en una parodia de reino donde un Emperador y Rey puedan gobernar juntos como consejero y gobernante respectivamente con una cámara parlamentaria tan dividida y dando voz a todos los sectores. ¡Es ridículo! ¡Este gobierno es insultántemente ridículo!

-¡¿Cómo osáis?!- gritaban desde el patíbulo donde estaban los leales al nuevo rey.

Louis Dupont se subió a los escalones de las bancadas y reclamaba la atención de todos.

-¡Poder absoluto para el Emperador! ¡Viva el Emperador! ¡Viva el Emperador!- gritaba.

Algunas bancadas le coreaban, mientras otras abucheaban. Otras pocas mediaban por conciliar todas las posturas, pero era imposible.

Las miradas del rey y del capitán se cruzaron y se confrontaron en mitad de la exaltación masiva. Luois Dupont no cedió a reverenciar ni a parpadear al rey en esos instantes eternos en el que combatieron sus miradas. El joven rey no parecía imponer su voluntad, con lo que acabó agachando levemente la cabeza a modo de respeto. Louis Dupont le desaprobó negando lentamente con la cabeza y el rey frunció el ceño con tristeza. Nadie fue testigo de estas miradas, ya que todos parecían enzarzarse los unos con los otros.

-¡Esto se puede considerar traición!- le amenazaron a Louis Dupont.

-¡No es traición si cumplo mi lealtad a mi Emperador! ¡No es traición mientras él siga viviendo y le libre de vuestros grilletes, vuestros fusiles y vuestras amenazas! ¡No es traición si lucho el hombre que llevó a la grandeza a Montaigne!

Los caballeros de Louis Dupont alzaron sables en la cámara mientras los políticos representativos vociferaban furiosos, insultados o defendiendo la postura simpatizante de Louis Dupont hacia la dura política del Empereur.

-¡El Capitán Louis Dupont muere, no se rinde! ¡Su guardia muere, no se rinde!- clamaban los caballeros alzando sus sables alrededor del capitán Louis Dupont.

El rey se acercó a Mariam Dubois y habló entre los voceríos.

-¿Vuestro hijo?

-Sí- se lamentó ella-. Hay gente que nunca está dispuesta a la paz. Se ha criado entre soldados. Su padre le crió como un soldado. No va a ceder años sacrificados de guerra por la paz con los castellanos.

-¿Vos...le comprendéis?

-Por supuesto, además, es mi hijo. Pero una madre sabe lo que es bueno para sus hijos aunque éstos no lo comprendan. Y créame, la paz absoluta con Castilla es lo que salvará a mi familia. A mi Jeanette, a mi Louis y los nietos que están por llegar.

Mariam Dubois miró tristemente cómo Louis Dupont se marchaba coreado por sus seguidores e insultado por sus detractores.

-No se da cuenta de que sus intenciones, aunque coherentes, son egoístas. Y lo que es peor...nos destruirán a todos. Él incluido.

-Quizás podáis hablar con él. Convencerle de que vuelva al rebaño. Nunca me rindo con la gente que pierde su camino.

-No tengo ninguna influencia sobre mi hijo, aparte de odio y resentimiento por no compartir los aspectos belicosos de la vida. Solo escuchaba a su padre, ese maltratador. Pero puede que consigamos mucho. Lo intentaré, majestad.

-Sea por la paz.

-Sea.

Mariam Dubois se acercó a Louis Dupont a la salida de la antecámara, a pesar de que algunos soldados la amenazaron si se acercaba mucho al capitán.

-Hijo mío.

Louis la miró duramente mientras el resto de caballeros seguían exaltando su devoción al Emperador.

-Hola, madre.

-No te robaré mucho tiempo, Louis.

-Ya lo haces, madre. No vas a conseguir nada, quizás debas disfrutar de tus nuevas influencias en Montaigne, aunque haya sido a costa de la traición y de mendigar las miguitas de poder que caen de la mesa del traicionado Emperador.

-Todo esto no lo hago por poder.

Louis se acercó a su madre fríamente, clavando sus ojos en ella.

-¿Sabes, madre? Nunca pensé que tras esas toneladas de maquillaje y peinados estúpidos se pudiera esconder una mente tan retorcida digna de un vodaccio. Pero lo que jamás pensé era que quisieras escupir sobre la muerte de nuestro padre en el frente castellano, y la de miles de soldados que murieron en la invasión para liberar Théah de la Inquisición y la Iglesia. ¿Y ahora pretendes que firmemos la paz? ¡¿Después de todos los que han muerto?!

-¿Así que es eso lo único que te importa, no? Louis, precisamente queremos evitar que mueran más innecesariamente. La guerra no podría acabar bien para nuestra nación ni para Castilla. Lo hago por vosotros.

-¿Nosotros? ¿Qué te hemos importado nosotros? ¿Y qué pasa con el Emperador? ¡Era necesario apresarlo, humillarlo en público y secuestrarlo para que accediera a todos vuestros deseos?

-Lo que ha pasado en Charouse es mucho más complejo que eso. El Emperador ha reconocido a su hijo y necesita tiempo para madurar este giro de acontecimientos.

-¿Y hubiera cambiado algo que el Emperador no reconociera esta situación?

-No lo sé.

-No, madre. Si no os hubiese aceptado lo hubiérais guillotinado y hubiérais hecho lo mismo. Solo necesitáis al Emperador vivo para que el resto de Théah no os vea como una amenaza o unos débiles y os ataquen. Lo necesitáis, nada más.

-Tu visión es demasiado simplista, Louis, hay factores personales en todo esto.

-¿Pretendes decirme que el Emperador ha cambiado toda su política  al conocer a su hijo? ¡¿Que se ha emocionado al ver a su retoño perdido y ahora es una monja que quiere la paz con todo el mundo?! ¡Maldita sea, madre! ¡Tú sí que tienes una visión simplista! Eres una traidora, una ambiciosa. Ahora comprendo cómo acabaste en Les Insurgents. Y ahora...comprendo que debiste haberte podrido allí.

-Pero no lo hice. El que me encerró nada tenía que ver con el Emperador.

-Pero quería evitar este caos. Seguro.

-Así es.

-¡Y pensar que permití a Marina sacarte de aquí! ¡Qué error más grande! Debía haber acabado con vosotras dos.

-Marina Oliván nos ha dado esperanzas. Solo se ha limitado a mostrar el monstruo que nos estaba gobernando a todos. Si hubieras visto los mismos horrores del Emperador que todos los ciudadanos de Charouse vimos en los días de la rebelión, habrías cambiado de punto de vista.

-¡Estúpida! ¡Si os ha ayudado a levantarle el poder al Empereur es para debilitarnos! ¡¿No ves que todo es propaganda castellana?! ¡La presencia de la Iglesia en Montaigne, la futura visita del Papa, un inquisidor, la paz con Castilla...! ¿No ves la mano de Marina en todo esto? ¡¿No veis la manipulación de los castellanos?! Esa muchacha es escurridiza, manipuladora.

-Yo la conozco, no es lo que tú dices, hijo.

-¡Yo también la conozco madre! Tiene esa habilidad de hacerte ver que es buena persona hasta cuando combates contra ella. Te haría creer que busca el bien de todos y hasta te perdonaría la vida con tal de convencerte de su postura. ¡Cuando estoy junto a ella hasta yo me uniría a su causa! ¡Pero cuando me alejo de ella y pienso fríamente, me doy cuenta! Nos manipula. Sus intereses siguen siendo para con Castilla. Y por defecto, contra Montaigne. ¡Contra nosotros!

-Son tiempos difíciles para Montaigne, hijo. Todos necesitamos tiempo y pensar fríamente. Incluso el Emperador.

-Eso lo dirás tú. ¿Dónde está?

-El Emperador se encuentra custodiado en los Jardines de la Reina Madre.

-Querrás decir secuestrado como la Reina Madre.

-Debería estar encerrado en Les Insurgents, Louis, tenlo presente. El destino que tiene el Emperador es el más benévolo que ha podido tener...y eso es gracias a Marina. Piénsalo.

Louis fue a ladrar a su madre, pero al no saber rebatirle salió airado, gritándole a sus caballeros.

-¡La guardia muere, no se rinde!

Y los caballeros le corearon y le siguieron hasta los jardines de la Reina Madre. No tardó mucho en llegar, allí encontró al Emperador tras una enorme verja de hierro dorado, sentado en un banco de piedra entre los contrafuertes de la Capilla Real donde murió su enclaustrada madre. Era irónico pensar que él era ahora el enclaustrado por su propio hijo como él le hizo a su madre. Escribía algo en una larga mesa de caoba al aire libre, rodeado de flores y setos decorativos. A un lado tenía un tablero de ajedrez y el sacerdote de la capilla echaba agua en la fuente para los gorriones que habitaban aquél paraíso aislado de la capital y de todo.

-Mon Empereur -saludó el capitán al otro extremo de la verja.

El Emperador estaba irreconocible sin su hábito imperial, sin su maquillaje y sin sus pelucas. Solo parecía lo que era, un cincuentón, caprichoso y cansado, con mucho en lo que pensar o en mucho en lo que no pensar.

León se levantó lentamente y sintió una punzada al oír su título. Avanzó lentamente hacia la verja como si hubiera oído un fantasma.

-¿Quién va?

-Soy el Capitán Louis Dupont.

-Oh, os reconozco, sois hijo de unos de los mayores mariscales que ha tenido Montaigne. El general Charles Dupont.

Por eso Louis sería siempre leal al Emperador, porque él siempre reconocía y recompensaba a los que eran útiles al imperio.

-Os sacaré de aquí, Emperador.

-¿Qué? ¿Qué decís?

-No permitiré que os mantengan encerrado y se reparten vuestro poder para que destrocen Montaigne. Menos aún que firmen la paz con Castilla.

-Capitán, yo firmé esa tregua con Castilla. ¿No os lo hicieron saber en el campo de batalla?

-Sí, y por eso estoy aquí. Ahora sé que le forzaron a ello.

-No. No exactamente. Firmé yo por voluntad propia.

Louis Dupont sintió una puñalada en el pecho.

-¿Por qué?- preguntó Louis dolido.

-Porque he reconocido que he perdido. No puedo hacer más. Estoy viejo, cansado, humillado delante del pueblo. Mis súbditos están revoltoso y saben que puedo ser destronado.

-Eso nunca os impidió gobernar como monarca absoluto. ¿Cómo podéis aceptar esta situación?

-Yo...nunca me defenderé de alguien que es sangre de mi sangre. Sobre todo si es mi propio hijo. Mi único heredero.

-¡¿Pero qué importa eso?! ¿No se da cuenta de que su hijo está destruyendo y dividiendo Montaigne? ¿Que está abriéndole las puertas al enemigo? ¡Destruyendo todo lo que hemos construido juntos! ¡Dejando entrar al pueblo y a la oposición representarse en las Sesiones Reales! ¡Dividiendo y desmenuzando todo el poder en un puñado de idiotas que no se pondrían de acuerdo ni en el color de la mierda!

-¡¿Crees que me gusta que esos idiotas abarroten y parloteen como cotorras en mi palacio repartiéndose todo mi poder?! ¡No, no me gusta! ¡Pero es mi hijo el que está ahí dentro! Acepto mi derrota y soy partícipe de que la guerra debe pararse ya. Al menos desde aquí puedo gobernar junto a él, aunque no tenga voto, aún tengo voz.

-¿Es eso? ¿Es porque es vuestro hijo?

-Sangre de mi sangre. Heredero de mi carne y de mi poder. Si él decide malgastarlo en repartirlo es cosa suya. Aunque espero convencerle de lo contrario.

-Quizás deba liberarle del embrujo que ha hecho su hijo en vos, emperador.

León Alexander sacó los brazos de la verja y apresó a Louis Dupont, que se quedó sorprendido de la violencia del Emperador. Sus ojos arrugados y sus cejas podadas colocaron al capitán entre la espada y la pared.

-Ni se te ocurra desafiar a mi hijo.

-Vos no estáis de acuerdo con lo que está ocurriendo, os estoy haciendo un favor si os deshago de toda esa chusma que abarrota vuestro palacio.

-Es cierto, me gustaría echar a todos esos ingratos que han hipnotizado a mi hijo de mi palacio. Recuperar mi poder absoluto. ¡Pero no a costa de la seguridad de mi hijo! Como le hagas algo...como le desafíes y pongas en peligro su integridad... juro que os mataré.

Louis Dupont quedó decepcionado al ver al magnífico Rey Sol, Emperador del Oeste, dirigente de la nación más prestigiosa de Théah, ser reducido a un viejo chocho enclaustrado en un jardín, haciendo que juega a ser emperador.

-Todo se verá, Emperador.

-Recordad lo que os he dicho- dijo el Emperador

-Sigo siendo leal a vos, pero si veo que vos mismo sois un peligro...

-¿Me amenazáis? Curiosa lealtad tenéis a vuestro Emperador.

-No sois más que un títere. Tengo que deshataros de vuestros hilos, Emperador. Si no, nunca seréis leal a Montaigne y al sacrificio de sus soldados. Mi Emperador...vos sois el Estado. Vos sois Montaigne.

Louis Dupont comenzó a alejarse de la verja, pero se detuvo.

-¿Cómo hemos llegado a esto?

El Emperador agachó el rostro, humillado.

-No quiero contároslo.

-¿Por qué?

-Porque es humillante, sobre todo viniendo de mano de Marina Oliván y mis propios súbditos.

-¿Qué tuvo que ver Marina en todo esto?

-No sé hasta que punto estuvo implicada. Los revolucionarios y los hambrientos se alzaron buscando cortarle la cabeza a la alta nobleza y convertir el reino en un gobierno de ciudadanos. De alguna manera se las ingenió para meterse en el palacio con los rebeldes...

-¿En el palacio? Imposible. ¿Cómo? ¿Traidores?

-Sí, yo mismo...yo le abrí las puertas.

Silencio.

-¿Cómo?

-¡Yo le abrí las puertas!- sollozó-. Cuando me enteré que Marina se encontraba en Charouse cerré la ciudad a cal y canto y obligué al pueblo a entregármela viva. Pero ella fue más astuta. Se organizó con el pueblo y fingieron entregármela...y la dejé entrar. Y con ella entraron sus aliados.

-¿Por qué no encerrarla en Les Insurgents?

-Porque...porque...quería hacerla mía.

-¿...qué?

-Ya lo habéis oído.

Louis Dupont avanzó hasta la verja y ahora fue él quien lo agarró de las ropas y lo estampó contra las verjas, algo que en la vida hubiera hecho jamás. El Emperador gimoteó patéticamente.

-¿Qué queréis decir con eso de...hacerla vuestra?

-Yo quería poseerla...

-Sexualmente.

-Sí. Ella me daría un hijo.

-¡Viejo loco! ¿Qué demonios le pasa a mi país? ¿Cómo demonios no me he enterado de nada de esto antes?

-¡Hay un pacto de silencio para no destruir la imagen de Montaigne!

-¡Imbécil! ¡¿Por qué creías que Marina te iba a dar un hijo?! ¡¿No había suficientes mujeres en la corte para tus caprichos?!

-¡El fantasma del espejo me profetizó que estaba libre de maldición! ¡Es cierto!

Louis Dupont le soltó al ver que el cura de la Capilla se acercaba. De pronto entendió que el Emperador estaba loco, senil.

-¿Qué te han hecho, mi emperador?- susurró con tristeza.

-Cuando Marina consiguió escapar en... unos aposentos especiales que tenía para consumar el hijo que quería, consiguió que los ciudadanos que la entregaron se desvelaran como espías y consiguió el espejo.

"Fantasmas, magia...estupideces."

-Entonces ella mostró hasta el público la verdad. Una verdad aún más aterradora. Que hace tiempo, en los días posteriores al baile de coronación, vos estuvísteis presente y bailasteis con ella, intenté... intenté...intenté...

-¡Basta! ¡Dijisteis que os atacó en vuestros aposentos!

-Era una burda mentira. Me atacó en defensa propia. Intenté vio...

-¡SILENCIO! No quiero oírlo- gritó desesperado, y sintió ganas de escupirle en el rostro- Marina hizo bien. Sois como vuestros asquerosos cortesanos, os habéis dejado llevar por una pasión irracional. Os merecéis lo que os ha hecho.

-Pero Marina es nuestra enemiga...

-¡Ella ha hecho lo que cualquier hombre de honor haría! Combatir hasta el final a un monstruo aun a riesgo de su propia integridad. Llevar la verdad hasta las últimas consecuencias. Aunque os admito que yo no hubiera sido clemente ante vuestra debilidad.

-Pero ella nos...

-¡SILENCIO! No quiero que habléis de ella, está muy por encima de vos ahora mismo, emperador.

Empujó a León hacia el interior y cayó en el césped de la capilla.

-¿Cómo osáis? ¡Sigo siendo vuestro emperador!

-Vos no sois el emperador, solo sois la sombra de una cáscara atrofiada. Os han destruido bien, pero la culpa es vuestra. No temáis, intentaré devolveros vuestro honor, vuestra gloria y cuando vea en vos al emperador al que juré lealtad, volveré a inclinarme. Si es que eso ocurre.

El Emperador no quería que Louis hiciera nada, sabía que su hijo saldría perjudicado en todo este asunto. Sin embargo, una pequeña parte de él también quería ver arder a todos esos conspiradores que lo habían traicionado y ver sufrir al pueblo que le había escupido a la cara. Dubitativo, se quedó tirado en el césped, sin querer pensar en nada ni en nadie. Así que decidió esperar y tener buenos pensamientos sobre su hijo Louis Alexander para que viera la luz y decidiera gobernar como él lo había hecho, por y para Montaigne. De forma absoluta. Sin la presencia de los conspiradores.

Louis Dupont se alejó rápidamente y montó en su caballo de guerra. Por primera vez sintió lástima por Marina. Odiaba admirarla por su lucha y la odiaba por haber dejado a ese despojo humano de Emperador más muerto políticamente que vivo. Quizás debía haber muerto, pero de alguna manera seguía creyendo que él era la esperanza de Montaigne.

Espoleó su caballo hasta salir de palacio y reunirse con su compañía.

"Así que su hijo, la presión del pueblo, la humillación pública, el desenmascaramiento de su verdadero ser y el perdón privado de Marina...es eso lo que le ha hecho cambiar. Lo que le ha destrozado y le ha convertido en una sombra de lo que es. En un asqueroso despojo humano. Los conspiradores y Marina han sido astutos para conseguir debilitar a Montaigne. Han encontrado una debilidad en el Emperador y lo ha mostrado a todo el pueblo lo malvado que es. Piensan atarlo en corto hasta el final. El Emperador ha sido hipnotizado por su hijo, que a su vez es manipulado por los rebeldes, que a su vez cumplen los intereses de Castilla. Todo es peor de lo que pensaba. Quizás deba romper todo ese embrujo y esa humillación. Salvar al Emperador de sí mismo y de sus asquerosos vicios. Habría luchado por el Emperador, pero...¿merecía pena luchar por ese hombre que había conocido en los jardines?"


Entonces pensó algo que jamás se le hubiera pasado por la cabeza.

"Quizás el Emperador tampoco merezca ser salvado"

Lo que sí tenía claro es que Montaigne debía ser salvado, con o sin ese Emperador. Quizás era el momento de demostrar quién era. El espejo donde se reflejaba Montaigne estaba fragmentado. Montaigne le necesitaba. Ahora más que nunca.

Y cabalgando hacia Castilla algo en su interior, su condecoración, su odio o su determinación, le dijo que había nacido para este momento.

Y pensaba llegar hasta el final.

Porque el capitán Louis Dupont muere, no se rinde.



viernes, 16 de enero de 2015

Corazones gastados


Harold atizaba el fuego de la chimenea ensimismado, con los puños de la camisa arremangados hasta los codos para aliviar el calor cercano. Su mirada caída no se encontraba en él, y en el espejo de su alma solo se reflejaba el brillo de las lenguas de fuego del hogar. Parecía muy pensativo, pero ni siquiera él sabía si estaba realmente pensando en algo concreto. Su mente pensaba a toda velocidad, tanta que solo podía percibir instantes de imágenes indescifrables. Un recuerdo tras otro en silencio, oyendo de forma lejana el crepitar de leña seca.

Se sentía como una ramita seca al fuego. Consumiéndose por fuera, quebrándose por dentro.

Solo un milagro volvería a traerle de vuelta al mundo real de un golpe.

Y entonces Beatriz rozó su hombro y le llamó.

-¿Harold?

La voz de Beatriz se apegó en su oído como terciopelo y no quiso separarse de su caricia. Harold pestañeó con los ojos sedientos para encontrarse con la mano arrugada de Beatriz. Ahí estaba,  apoyada gentilmente sobre su hombro. Había visto esa mano durante treinta años y aún así no cambiaría el regocijo que sentía cada vez que la veía, haciendo brotar sensaciones en las raíces muertas de su corazón. Cuando era joven había soñado mil maneras de tomar su mano y ahora entrenaba todos los días para soltarla en su imaginación. Hacía mucho tiempo ya, cuando eran aventureros junto con su hermano y su grupo de amigos, decidió que era mejor solo contentarse con la calidez que desprendían sus gestos. Era mejor así.

Ella siempre había elegido a Thomas, su hermano. Y desde que ese momento ocurrió supo que ya nunca podría amarla de la misma manera.

Thomas murió hacía ya tres años por la propia mano de Harold, manipulado por los poderes de un demonio astral al que una secta conocida como el Novus Ordum Mundi había colocado como Cuarto Profeta, el apocalíptico, para conseguir conquistar Théah entre las sombras a través de la traición y la manipulación. Se le antojaba tan lejano todo...y ya no podía llorar más por ese hecho: el fantasma de su hermano Thomas se manifestó a través del Glamour de Ávalon hacía menos de un año y le perdonó de su crimen inconsciente, y Beatriz ya lo hizo antes. Pero la que había comprendido todo lo que le ocurría desde el principio y dispuesta a perdonar había sido Marina.

El azabache de los ojos de la castellana lo seguía observando, paciente, esperando una respuesta.

-¿Harold?

-¿Sí?- preguntó somnoliento. Marina, Alonso y Beatriz habían irrumpido en su casa a las 4 de la mañana y él se había visto en la obligación de atenderles a pesar del cansancio.

Tampoco le había importado tener visita, casi siempre estaba solo.

-Te dejaste la puerta abierta y el agua del pórtico ha llegado hasta la entrada- susurró extrañada Beatriz- ¿No te diste cuenta de que estaba lloviendo?

Harold volvió a mirar a la chimenea asintiendo lentamente con la cabeza, tranquilo.

-Es Ávalon. Aquí siempre llueve- resopló ausente para sí mismo.

-No creo que el clima de Ávalon sea el más adecuado para ti, Harold- sonrió la castellana-. Deberías venirte a pasar una temporada a la villa de Santa Elena. El campo, el sol, los lugareños... Ya sabes, sentir que estás en casa.

-Ya estoy en casa- dijo azuzando más el fuego.

-Bueno, te sentirías en familia- susurró consoladora.

-No sé.

-Le harás un feo favor a mi hija si no vienes. Después de todo, es ella la que te ha invitado.

-Ya...Marina.

-Sí, Marina- confirmó un poco divertida sin entender de qué iba toda aquella melancolía.

Se sentó en el suelo junto la silla de madera desde donde Harold atizaba el fuego. La falda del negro vestido de luto rompió como una ola y se derramó como un manto de firmamento, brillante ante el fuego. Ambos miraron el fuego extinguiéndose y ninguno podía evitar pensar que se hacían viejos y que su fuego se había extinguido hace mucho. Harold sintió la imperiosa necesidad de ser el hombro sobre el que se apoyara Beatriz.

-¿Tú lo sabías?- preguntó Harold.

-¿Que mi Marina se ha prometido con ese joven?- preguntó mirando al frente como si ambos intentaran digerirlo.

-Sí.

-Me enteré ayer en alta mar, viniendo hacia Carleon.

-¿Y qué piensas?

-Pues no estoy muy segura, la verdad.

-¿No lo sabes? Ya te lo digo yo. Ese joven no le conviene y ella no está preparada para atarse a ese enclenque.

-Harold, solo están prometidos. No significa que se vayan a casar mañana. Ni siquiera saben si van a poder casarse. Solo es una promesa de estar juntos.

-No me da buena espina el muchacho. No creo que deba confiar en él.

-¿Por qué?

-Son jóvenes, apasionados, incontrolables. No saben lo que quieren o creen que lo saben. ¿Cómo confías en que ella sabe lo que hace?

-Harold, son jóvenes, pero conozco a mi hija. Apostaría mi vida a que mi hija no daría todo su corazón por cualquiera.

-La gente se equivoca. Malinterpreta los sentimientos y después...se arrepienten. Se hacen daño.

"A veces los sentimientos son demasiado claros"

Suspiró y dejó de atizar el fuego.

-¿Cómo sabe que es el indicado?

-Han sufrido mucho por amor.

-Qué sabrán esos dos de sufrir por amor...-murmuró sin ser oído- ¿Qué sufren?

-La familia de él no acepta a Marina...y temo que esté haciendo locuras para intentar ganarse el favor para esa unión.

Harold calló.

"Al menos tienen la suerte de luchar por ellos a la desesperada. No hay nada peor que no poder luchar por lo que amas porque no depende de ti. No saben la suerte que tienen"

-De todas formas no estoy seguro de que eso sea una garantía...

-Es bajo la tormenta cuando un amor se sabe verdadero, Harold. Si han pasado por la mitad de aventuras y desventuras que sé que han vivido y siguen adelante...solo puede significar una cosa.

-No estoy de acuerdo. Ese joven solo la va a atar a sus manías de cortesano.

-Ellos se conocen desde pequeños.

-¡Y qué más da! La gente cambia, se hace daño. ¡Unos valen más que otros y ante la duda mejor esperar antes de prometer nada!

-¿Qué te asusta, Harold?- preguntó Beatriz asustada.

-No lo sé. Todo, me asusta que todo cambie.

-¿Por qué?

-¡Porque nadie merece alguien como Marina! No quiero que le corten sus alas, que le hagan daño.

-Ya sufre heridas continuamente.

-Las heridas del amor cicatrizan por dentro y son las más visibles.

-Así es la vida, créeme que a mi tampoco me hace gracia pero todos tenemos que aprender a vivir por nuestra cuenta.

-Ya...

Harold se levantó y trajo la tetera, sirviendo dos tazas con cierta reverencia y tranquilidad. La madrugada era fría y tranquila y el té humeaba placenteramente.

-Te preocupa algo más ¿Verdad?

-No.

-Vamos, dilo.

-No, no es...nada.

-Por favor.

Harold dejó de servir té e intentó escarbar donde se encontraba el problema.

-Por alguna razón sé que...poco a poco ella se alejará de mi. Que me iré haciendo viejo y que cada vez estaré más solo y...

"Ella es como una hija para mi"

Harold reprimió un sollozo y se sintió imbécil. Nunca admitiría decir eso en voz alta, porque sentía que con ese pensamiento profanaba el pensamiento de su hermano. Como si ocupara el privilegiado sillón de alguien respetado que se ha ido. Beatriz se arrimó con cuidado, como un navío fantasma buscando un arrecife.

-No sabía que tuvieras tanto aprecio por mi hija- dijo Beatriz, enternecida. Ella era la única de su grupo de aventureros que sabía que Harold ocultaba un pequeño brillo de luz bajo tanta grosería- Siempre la tratas tan...tan...despectivo. Y sé que en el fondo para ti es un juego o tu incapacidad para mostrar afecto. Pero a veces siento de verdad que es como si no quisieras verla.

-Y no quiero verla- espetó rascando su rostro, aunque en realidad disimulaba para suicidar una lágrima-. Aunque no quiera verla no quiero perder la posibilidad de verla.

Beatriz arqueó las cejas sorprendida.

-¿De veras no quieres ver a mi hija?

-No. No la aguanto.

-Venga, Harold...pero tu siempre has sido así con todos- rió la castellana.

-Pero...ella. Me recuerda tanto...ella es la unión de las dos personas que más amo en este mundo. La caballerosidad, el sentido del humor y la temeridad de su padre; la voluntad, la pasión y la piedad de su madre.

"Ella es la unión de las dos personas que siempre querré de forma incondicional. Thomas y Beatriz."

-Cada vez que la miro, cada vez que habla, cada vez que gesticula...lo veo a él. Veo a mi hermano. Te veo a ti. Recuerdo el daño que os he hecho. Que te dejé viuda y a ella huérfana de padre.

Beatriz sonrió triste y suspiró con pesar. No sabía cuántas veces tendría que perdonarlo.

-Harold, eres como el tiempo de Ávalon. Siempre gris y lluvioso, pero sé que tras esas nubes hay un gran sol iluminando el cielo. Hasta Marina te ha perdonado por voluntad propia y está muy contenta de haber visto lo mismo que yo he visto siempre en ti.

-Marina siempre perdona.

La mano de Beatriz apretó su brazo de forma amistosa.

-Debería ponerse el sol en tu cielo de vez en cuando.

Harold la miró, con una sonrisa que abortó prematuramente en sus labios.

-A veces sale el sol.

La castellana sonrió de forma encantadora, la edad no había hecho mella en ella. Nunca lo haría, porque él siempre la recordaría jovial y alegre, porque así se quedó grabado a fuego en su memoria aquella fría mañana de 1636 en el puerto de Barcino. El día en que la conoció.

-Aceptaré su invitación. Iré a pascua.

-Mejor quédate una temporada.

-¿Hasta cuando?

-Todo el tiempo que quieras. ¿Hasta que pase el invierno?

Harold lo pensó antes de echar un trago.

-Tal vez.

-Así hablas con Marina y con Alonso. Y así lo conoces En su tierra es un joven respetado y querido, ingenioso, o eso dicen. La verdad es que yo nunca le he visto especialmente espabilado. Pero no es mal muchacho.

"Al menos el hecho de que haya venido a pedirme la mano de mi hija de frente me gusta..."

Beatriz sonrió recordando el momento. Su hija se hacía mayor...y cada vez sentía menos miedo por ella. Empezaba a asumir que su nido se quedaba vacío.

-Eso de que es un buen o mal muchacho lo juzgaré yo- replicó Harold pensando en el incidente que tuvieron en Ciudad Vaticana, en el que el espadachín pilló a Marina y a Alonso ligeros de ropa buscando algo. Aunque todo tenía pinta de ser una confusión dadas las circunstancias...a Harold no le cayó simpático el joven.

Harold trajo unas mantas y se mantuvieron con las tazas humeantes frente al fuego. La lluvia se hacía fuerte en el país de los Sidhes.

-Quien sabe...a lo mejor Alonso es lo que necesita Marina para que siente la cabeza.

Harold pegó la primera risotada de esa madrugada.

-Al contrario. El amor no es más que el inicio de todas las locuras.

Beatriz sintió miedo repentinamente. ¿Sería entonces cada vez peor los riesgos que correría su hija si consiguiera unirse al destino del joven Barón?

De pronto el miedo se derritió como la escarcha en su corazón y una sensación cálida anidó en su pecho. Era Thomas, que hablaba dentro de ella. Lo conocía tan bien que siempre sería inmortal en su corazón. Y supo lo que habría dicho en ese momento.

-Si es por amor entonces habrá valido la pena.

Harold la observó mientras ella recordaba a Thomas y sonrió.

-Siempre.

______________________________________________________________
Conversación entre Beatriz Oliván y Harold Owen tras decirles Alonso Lara que Marina y él están prometidos. Justo después de que ambos volvieran a San Cristóbal para la boda real de Castilla. Mediados de noviembre de 1670. Casa de los Owen. Carleon, Ávalon.

Contra mis demonios

Hay pesadillas que se fortalecen con la luz del sol. Son esas a las que más debemos temer; las que siguen ahí cuando despertamos. Las que t...