martes, 15 de septiembre de 2015

Réquiem



"Che bella cosa e' na jurnata'e'sole
n'aria serena doppo na tempesta
pe'll'aria fresca pare gia' na festa
che bella cosa na jurnata'e sole."


-Arno, querido, ¿quieres cantar más piano? No oigo hablar al señor Dandolo.

Arno, un rechoncho gondolero con el bigote engomado sonrió amablemente desde la plataforma trasera de la góndola.

-Por supuesto, señora condesa.


Paola Ulberti suspiró apagada por el pequeño desaire y recuperó su mirada al frente de la embarcación. Sin dejar de acariciar el pecho de su acompañante, un señor regordete con anteojos muy finos y de frondosa y cuidada barba que respondía al nombre de Antoni Dandolo, miró al butacón de delante. Allí estaba el tercer viajero de la góndola, Constancio di Rossi, vestido con sus ropajes oscuros y un elegante coleto negro. Iba armado hasta los dientes y jugaba con un puñal; cosa que incomodaba a Dandolo a la par que le consolaba las caricias de la condesa.

A Paola Ulberti le solía gustar pasear en las góndolas en intimidad con sus "acompañantes"Pero Constanzio se había puesto especialmente insistente en que, tras la muerte de Villanova, la condesa necesitaba protección.

Finalmente tuvo que acceder a la petición del espadachín. Si Villanova podía caer, nadie estaba a salvo en este mundo.

El atardecer era precioso en los canales de la isla Dionna. Los pintores novatos y los aprendices se arremolinaban en las vistas de los canales en pos de capturar a un sol sonrojado observando entre los edificios a los amantes de los canales. Era cuestión de minutos que las plazas que circundaban el canal se llenara de gente.

-Lo siento, señora condesa- se disculpó Antoni Dandolo acariciando su espesa barba-. Pero no puedo daros información sobre el testamento del señor Villanova. Vos sois dignas de servirle y sin duda tendrá buenas intenciones pero....no creo que el Príncipe quisiera que se filtrara nada sobre su voluntad. Sería como traicionarlo.

-Parece mentira que seais vodaccio, Dándolo. ¿Traición? Solo son negocios. Vos me dais algo y...-la condesa arrimó su corsé al cuerpo del procurador-y yo os doy algo a vos.

-Sí bueno, pero quizás no debería confiar en alguien que no sea del tronco familar del Príncipe.


-Pero yo soy una  Ulberti, mi familia goza de la protección de los Villanova.

-Ya, pero si no me equivoco, ustedes antes eran banquero de los Bernoulli y se cambiaron de bando. De todas formas, signora...al Príncipe aún le quedan muchos años por vivir, ¿de qué le sirve saber el contenido de su testamento?

La condesa entornó los ojos.

"Sí...mucho por vivir" 


-Negocios, querido. Solo los necios se estancan y no aspiran a nada superior en su vida.

Dandolo sintió que le lanzaban una indirecta y sintió que quizás tenía una oportunidad de conseguir algo en su insulsa vida. Decidió probar.


 -¿Qué me ofrecéis?

-¿Hay algo en esta embarcación que os guste?

El procurador observó la embarcación. Joyas de la condesa, copas y vino de las mejores cosechas de los Falisci, senadores (la moneda de Vodacce) a mansalva y al espadachín que apartaba la mirada con un disgusto que parecía rutinario.

-No sé...Villanova me paga más que suficiente- respondió poco convencido intentando abarcar con la mirada todos los placeres de la góndola. La vedad es que Villanova le daba de todo y más a sus secuaces y empleados para que los sobornos nunca sirvieran de nada.

-Oh, señor Dandolo, sed más imaginativo- la condesa acarició su propio cuello y descendió con sus finas uñas hasta su pecho, oprimido por el negro corsé- En esta embarcación hay algo más que cosas materiales...cosas que Villanova seguro que no puede satisfacer.

-¿Cualquier cosa, signora?- preguntó Dandolo abriendo los ojos como platos, sin haber caído en esa posibilidad.

-Cualquier cosa...-suspiró la condesa en su oído, para después morder tiernamente el lóbulo de su oreja.

Dandolo sintió un escalofrío de placer, pero hizo acopio de la poca voluntad que le quedaba, aunque más bien era la voz del miedo la que resonaba en su cabeza.

-Lo siento, señora condesa. Pero aunque no haya peligro en su demanda no puedo correr ese riesgo. El Príncipe puede descubrir alguna irregularidad por mi parte.

-Os prometo que el Príncipe no se enterará- afirmó la condesa con seguridad sin dejar de susurrar a su oído.

Antoni rió con muchas ganas y su barriga se movió como una gelatina.

-¡Oh, por Theus! Ni siquiera me atrevería a arriesgarme. Con Villanova siempre hay un riesgo.

-Os doy total y absoluta seguridad de que el Príncipe no lo sabrá. Creedme, es imposible.

A Arno le convencía la seguridad la seguridad de sus palabras pero...

-No creo que podáis tal cosa...


Sin previo aviso y frente a ellos, un objeto grande y pesado cayó al agua formando un estrépito acuático entre los paseantes de las plataformas y los pintores. El agua salpicó toda la embarcación, mayormente a Constancio, yel gondolero cortó su dulce serenate para gritar escandalosamente enfadado.

-¡Stupido! ¡Pazzo! ¡Cuántas veces habrá que decir en esta maldita isla que dejen de tirar basura a los canales!

-Ya basta, Arno- increpó la condesa-. Aparta lo que haya caído y continuemos nuestro agradable paseo- dulcificó recalcando la palabra "agradable"para no ahuyentar a su presa.

Arno obedeció con disgusto. No soportaba la gente que ensuciaba cosas al canal, espantaban a la clientela. Ya bastante mal olía de por sí algunas zonas, incluso algunas cofradías de ladrones usaban las aguas de vertedero. Arno fue mascullando maldiciones, sacó el remo de la forcola para retirar la basura y avanzó hacia la proa.

-La gente es asquerosa...ya no hay respeto por nada, ni por nadie, así cómo demonios quieren que me gane la vida...¿eh? ¿qué es eso?

Algo oscuro flotaba en el agua. Arno lo tanteó con el remo y lo removió. No parecía basura.

Al moverlo los viandantes de las calles del canals gritaron horrorizados.

No era basura.

Era un cadáver.

El cadáver del Príncipe Giovanni Villanova.

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La familia Villanova puso todos los medios disponibles para ocultar el golpe que acababan de recibir. Repartieron matones, chantajearon, amenazaron e incluso sobornaron. Pero el final era inevitable.

Vodacce entera rumoreaba sobre la posible muerte del Príncipe Villanova.

Así que, sin más remedio, la familia y sus súbditos se reunió en la Finca de Villanova en la isla Dionna. Habían llegado por separado y de incógnito. Nadie quería llamar la atención y se pidió discrección máxima a la hora de entrar en el palacio. Nadie quería confirmar al pueblo que el Príncipe hubiera muerto. Menos aún querían que hablasen de que había sido asesinado.

La reunión era tensa y un mar de retales negros. El denso aire podría cortarse con un cuchillo. Daba más la impresión de celebrarse un comité de emergencia que un funeral.

-Los Villanova no podemos mostrar debilidad. No ahora- decía un hombre que recordaba a Giovanni en sus rasgos afilados a un grupo de familiares mientras que las esposas se mantenían alejadas y en reposo como muebles.

Era Dimitrius Villanova de la Deus Varna. Primo de Giovanni y gobernador del Príncipe. Todos asentían y murmuraban preocupados. Entre los familiares escuchaba la Condesa Ulberti, congelada y alerta como una araña.

-Sería fatal que los otros Príncipes se enteraran de esto.

-Tenemos que tener cuidado o los Caligari podrían intentar aprovechar y rematarnos.

-No tienen los medios suficientes. No todavía.

-Sí, si colaboran con los Bernoulli. Nos la tienen jurada desde que saben que dominamos el trono Papal.

-Y tengan en cuenta que no nos recuperaremos rápido.

-La familia no se podía permitir el lujo de mostrarse débil. 

Los quejumbrosos murmullos fueron silenciados por los golpes de bastón del chambelán. Alguien se incorporaba a la reunión.

-Su Santidad el Papa, Alexandros III.

La mirada de la condesa se endureció y no dudó en un segundo en fulminar a su joven hermanastro, el Pontífice. El recién llegado mantuvo su mirada con satisfacción y congeló los rayos de ira que lanzaban los ojos de la condesa.

El Papa se santiguó lentamente y todos los Villanova presente le siguieron en el gesto.

-Hijos míos...que comience la misa de réquiem.
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Tras la solemne misa réquiem oficiada por el mismísmo Papa, el enfado de la sala se hizo palpable al verse el estado del cuerpo del Príncipe.

"Vero Coraggio"

Las palabras a fuego en la frente de Villanova parecía que aún brillaba reciente. Alguien le había marcado alguien a fuego en la frente al cadáver de Giovanni Villanova y no había manera de ocultarlo sin esconder el cadaver a los familiares. La frase a fuego era impactante, pero no tanto como la huella morada que había dejado los dedos del asesino que lo estranguló a sangre fría.

Los familiares se retiraron y dejaron a la viuda Valentina Villanova llorar junto al cadáver, mientras sus dos hijos adolescentes la asistían. Mientras los rumores empezaban a circular sobre la identidad del asesino. En el funeral se dejó de hablar de "quién", sino de "quienes".

- Fueron los anarquistas- anunció el gobernador de las tierras de Villanova.

-Libre pensadores. "Vero coraggio"...ese es su condenado lema- decían todos

Y a todos les pareció razonable. Todos conocían la prisión de Il Muro, la prisión maquiavélica de Villanova donde se encerraban a todos los anarquistas, librepensadores y delincuentes políticos que se interponían en su camino.

Al final todos se convencieron de que los librepensadores mataron al Príncipe Villanova. De pronto todos los Villanova temían por sus vidas. El Príncipe nunca salía de su isla por su propia seguridad y no solo lo han matado en su isla, sino que han mostrado su cadáver abiertamente y sin temor a las consecuencias. Si podían hacer eso con el Príncipe, nadie estaba a salvo. Los terroristas plagaban Dionna. Todos creían que estaba explicado todo.

Menos la condesa.

Paola Ulberti avanzó como una gata erizada hacia su hermanastro, el Papa. El joven santo seguía siendo atractivo para las mujeres a pesar de sus quemaduras en el rostro, y estaba rodeado de mujeres de bien que buscaban su bendición.

-Su santidad. ¿Podemos hablar un momento?

Christiano sonrió fraternalmente y se disculpó con una mano.

-Lo siento, señora condesa, ahora estoy ocupado con los feligreses.

-Te lo pido de hermana a hermano.

-Mi querida signora- replicó condescendiente el Papa- para el Pontífice todos los aquí presente somos hermanos ante los ojos de dios...

-¡AHORA!

El velatorio quedó congelado de pronto. Todos ignoraron el incidente. Todos los presentes sentían terror de una bruja del destino iracunda.


Christiano Ulberti accedió a charlar con su hermanastra la condesa y salieron a un balcón repleto de geranios.

-¿Qué os ocurre, señora condesa? Es normal estar tensos después de la muerte de nuestro querido Príncipe...

-¡No te hagas el idiota conmigo, Christiano!- la condesa apartó su velo y lo miró con su único ojo bueno (el otro había quedado ciego por una herida)- ¡Tú sabías que Villanova había salido de Dionna para ejecutar su desesperado plan de reescribir el pasado! ¡Tú me anunciaste que estaba muerto! No me intentes tomar por estúpida y dime que está pasando...

Christiano apartó la mirada y miró los canales de la isla de Dionna.

-Sé casi lo mismo que tú, hermana. Fueron los mercenarios de su armada quienes me dijeron que Villanova había muerto allí en la batalla contra El Escritor. Desconozco como fue...solo me anunciaron que pudieron salvar a Constanzio a duras penas. Quizás él sepa algo.

-No, no vio nada. Pero, ¿a qué viene soltar el cuerpo de Villanova de esta manera? Nada de esto tiene sentido...

-No, no lo tiene.

-No pareces alterado. Espero que no tengas nada que ver en todo esto.

-¿Me acusáis de algo?- el Papa se giró e intentó amenazarla violando su espacio vital.

-No, solo digo que no parecías muy disgustado cuando me anunciaste que el Príncipe murió en el Palacio de los Lobos...

-Paola, el Príncipe me quemó media cara...

-Hiciste algo que le molestó.

-Pues ya no le molestaré más- dijo el Papa y se santiguó algo violento- No podemos hacer nada. Aceptemos que ha pasado a mejor vida y pasemos página. Y, en cierta manera, ahora tienes mayor libertad.

-¿Mayor libertad? ¡Eres un necio, hermano! Antes nos temían al servicio de Giovanni Villanova, gozábamos de respeto.

-Seguimos sirviendo a los Villanova.

-¡¿Y a quién temerán?! ¡A uno de sus dos estúpidos hijos adolescentes? Ni juntando a los dos llegarían a ser la mitad de hombres que Giovanni.

-No lo sé Paola. Desde luego, mis asuntos están con el Señor y la Iglesia.

Dicho esto su Santidad se internó en el Palacio de Dionna, mientras Paola colocaba su velo tras su rostro mutilado.

-Espero que tengas un buen confesor...su Santidad.

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El Papa salió de inmediato del Palacio y se introdujo en su sobria calesa. Una sombra estilizada le esperaba dentro, al amparo de la oscuridad que ofrecía el techo del carruaje. Lo único que podía visualizar entre la capa encapuchada eran sus labios rojos y un cuello blanco como la nieve de una mujer joven que se abanicaba con un abanico hecho con cuchillas.

-Mi señor. No deseo importunaros pero ¿por qué habéis decidido mostrar el cuerpo del Príncipe?

Su Santidad apenas miró a Cornellia y desvió su mirada oor la ventana un largo rato. De camino a Ciudad Vaticana tendría mucho en lo que pensar. Respondió de forma ausente.

-Porque mientras no haya cuerpo no le hago daño a la familia Villanova. Si no aparecía el cuerpo la gente comenzaría a hacerse preguntas, preguntas que no quiero que se hagan. Prefiero que la gente piense que Villanova nunca salió de su isla a que empiecen a pensar que yo tuve algo que ver.

-Pero su hermana sospecha algo. Ella sabía que Villanova había salido de la isla. Sabía su plan...y sabía que usted lo sabía.

-Cierto es.

-¿Quiere que me encargue de ella?

-Aún no. El cuerpo del Príncipe aún está caliente. Dejemos ver como reacciona.

 -¿Cuál es su plan en todo esto?

El Papa meditó un largo rato mientras se sirvió una copa de un buen vino Falisci.

-Hay que terminar con el legado de Giovanni Villanova antes de que sea demasiado tarde. Ha dejado demasiados flecos y planes a medias.

-¿Y?

Su santidad observó a Cornellia lentamente y acarició sus labios rojos.

-Debes ir a la corte de Castilla y conseguirme algo.
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 La condesa bajaba por las enormes escaleras de piedra a toda velocidad. Constanzio bajaba tras ella como un padre que corre tras un niño que corre cuando aún está aprendiendo a andar.

-¡¿Es que se cree que soy estúpida?!

-¿Quién, mi signora?

-Mi hermano. Christiano. Sé que ha tenido algo que ver con la muerte de Giovanni. Si no fuera porque había mucha distancia entre él y Villanova diría que incluso podría haber sido él.

-¿Vos creéis?

-Tenía motivos. Después de todo el Príncipe le quemó la cara en un brasero. ¡Pero él se juntó con una de sus enemigas! El muy estúpido se lo había buscado. Podría haber espiado a la espadachina pero solo la cuidaba como una de sus muchas muñequitas. En Ciudad Vaticana ya me habló de traición.


"¿Nunca has sentido la llamada de servir a alguien que no sea a nuestro Príncipe?"

El recuerdo de la voz de Christiano resonó en su mente. Se lo dijo en su carruaje en Ciudad Vaticana antes de que el Príncipe se internase en la batalla con el Escritor junto a su enemiga mortal Marina Oliván.



-Ese idiota tiene algo que ver. Y como lo descubra...

-Quizás deberíais cerrar este asunto. El Príncipe ya no podrá volver.

La mano de la condesa fue rápida y veloz cruzando la cara de su guardaespaldas.

-Yo decidiré por mi misma.

La situación era delicada. Ninguna mujer de Vodacce podría levantar una mano a un hombre. Pero Constanzio lo encajó fríamente.

-Deberás lealtad a Giovanni Villanova siempre. Nos ha dado mucho.

Constanzio no movió ni un músculo de su rostro recordando la batalla en el Zigurat.

"No dudó un segundo en sacrificarme para asegurar su plan. Lo vi en su mirada..."


-Constanzio, dame los contactos de Villanova.

-Tendríamos que encontrar sus archivos o pedírselos a su esposa.

-¿Valentina? No sé si fiarme de ella. Ella también le ocultaba cosas a Villanova. Y estaba presente en la batalla...sustituyéndome. Tendría que haber estado yo al lado de Giovanni en vez de ella.

Paola solo recordaba a Julius y a Dayro como los contactos prescindibles de Villanova.

-Signora, no tenéis un plan, ni tenéis el dinero suficiente.

Tenía razón, la condesa apenas tenía medios económicos como mujer viuda vodaccia para hacer nada mayor.

-Consígueme un barco, Constanzio.

-Pero signora, ahora se va a hacer la lectura del testamento del Príncipe y deberíais...

-¡Ahora! ¿Desde cuándo te has vuelto tan respondón?

Constanzio suspiró.

-¿Hacia dónde, signora?

Paola lo meditó largamente.

-Castilla.


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