domingo, 7 de febrero de 2016

La lucha de estar vivo


-No me gusta nada de lo que pretendéis, Luois.

Louis Dupont, general y abanderado de la causa de Lyon en la Guerra Civil de Montaigne, flotaba inmóvil entre la blanca niebla del cementerio de Almudena, en las afueras de San Cristóbal. Su mirada dura apuñalaba la piedra de una lápida y sus dedos recorrían ausente cada una de las letras del relieve de la piedra funeraria más galardonada del parque fúnebre.


"Aquí se halla los restos mortales del General Montoya, Maestre de Campo del sur de Zepeda. Muerto en honorable combate en la defensa de San Teodoro. Descansa en paz y en el seno de los Profetas. Los tiranos montaignenses te arrebataron la vida, pero nunca te arrebatarán la gloria. Rezan por ti tu esposa y tus hijas."


Luois descargó su cuello con un suspiro de alfiler. Despertó de su ensimismamiento y posó la mirada en la única presencia viva en la desolada necrópolis. Noble, diplomático, caballerizo del rey, marinero y algo aventurero.

-Vos no sabéis nada... solo sois un vividor ajeno a lo que es luchar en una guerra. Sí, os he estado observando...en Santiago, en la boda de mi hermana...y también he oído de vos. El ingenioso barón de Santa Elena, os llaman. No me impresionáis. No sois más que un simple charlatán, un engreído. Sois uno de esos jóvenes que piensa que va a vivir para siempre y que creen que la suerte van a estar siempre de su parte. Tened cuidado, si la vida es justa, recibiréis un terrible golpe algún día que no veréis venir...

Alonso se encontraba cerca de la tumba del General Montoya, echado sobre un mausoleo muy discreto dónde habían depositado los restos de muchísimos fusilados a lo largo de la guerra y que nadie había reclamado sus cuerpos, ni se sabía quienes eran. Jugaba distraidamente con una calavera, que le devolvía la mirada vacía y se reía de la desdicha de los dos únicos vivos. Pensó en su padre fallecido, recordó que estuvo a punto de fallecer en la batalla de San Juan, las barricadas de Santiago, el puente de San Elíseo, la prisión en Stronghold y todas las veces que estuvo apunto de morir...Los recuerdos se le derramaron de la boca dibujándole una sonrisa triste, y en la curva de sus labios acunó todos esos recuerdos que le habían llevado hasta Marina Oliván.

-Entonces quizás sepáis que no me interesa lo más mínimo lo que la gente piense de mi. Me interesa más lo que yo he oído de vos. Y lo que he oído es suficiente. Habéis exigido a Julius sacarle a la fuerza a Marina una información. No me gusta nada de lo que pretendéis. Ella acaba de salvaros la vida.

Louis reprimió un escupitajo al suelo, pero mantuvo los modales por ser terreno sacrosanto. Sin embargo, la bilis se le quedó amarga en la ardiente garganta.

-Ella no es inocente. Ella esconde información de quién mató a mi padre, la información de quién fue el carnicero que deformó el cuerpo de uno de los mariscales más grandes del Imperio.

-Y estarías dispuesto a hacerle daño a ella. 

Él se apoyó con las dos manos sobre la lápida y se arrodilló con dificultad. El uniforme estaba aún mojado y solo le quedaba la camisola, el calzón de lana y las botas de montar. Su rostro de cabellos desordenados se enfrentaba a la fría piedra mortuaria, que le entregaba frialdad a cambio del calor de su cuerpo exhausto.

-Ella podría resolverlo no ocultándome el secreto. No puedo evitarlo...Es como un picor desde el interior. No puedo más. Siento dolor, un dolor insoportable. Es mi padre arañando las paredes desde mis entrañas, intentando abrirse desde mi pecho y liberarse. 

-¿Y hacerle daño a ella le devolvería honor a tu padre? No puedo tolerar que sigas continuando ésta espiral de violencia, y menos aún contra alguien que ha derramado toda su sangre inocente hasta la última gota por salvar a gente como vos.

-¿Como yo? ¿Qué queréis decir con gente como yo?

-Intentáis restaurar sin honor el honor de un hombre que nunca tuvo la dicha de sentir esa gloria.

Louis atravesó la niebla como un espectro deshaciendo la fría mortaja de humo y se abalanzó sobre el barón. Los puñetazos volaban de arriba a abajo sin atinar bien y el barón se escurrió tropezando entre las tibias de los caídos anónimos de la tumba común. El capitán se colocó sobre el noble y le acercó a pulso el torso agarrando su casaca por las solapas. 

-¡Eso fue lo que me dijo ella! ¡Hablas como ella! ¿Os ha pedido que me digáis esto? ¿creéis que no es difícil para mí? Yo no quiero hacerle daño. Solo...solo quiero que acabe con ésto.

El barón atizó el rostro del capitán de caballería armado con la calavera. El dolor, el cansancio y la fatiga emocional hizo que el apresador soltara al cortesano y éste cayera en un mar de tibias y costillas. Alonso mantuvo el cráneo y comenzó a respirar trabajosamente.

Los dos enfrentados inhalaban muerte y espiraban el calor de una lucha encarnizada a la  niebla. Alonso intentaba recuperar fuerzas, estaba herido después de cabalgar por el campamento de un territorio hostil en la batalla de Tamis. Se centraba mirando la calavera del soldado anónimo y la puso frente a frente. Sus frentes se juntaron y por un segundo Alonso creyó que el macabro rostro le susurraba lo que debía decir. 

-¿Sabes quién mató a vuestro padre?

-¿Cómo? ¿Ella os lo contó? ¡Vos lo sabéis!- Luois se levantó y nadó a través de la fría niebla y se arrodilló para escuchar. El barón observaba la calavera del caído anónimo- ¡¿Quién?! ¡¿Quién mató a mi padre?! ¿Quién fue ese desgraciado que devolvió el cuerpo desfigurado de mi padre a casa? ¿Quién tuvo la injustificada violencia de ensañarse en las vísceras de un cuerpo ya derrotado? Dime...¿Quién? ¡¿Quién?!

Alonso miró al general  con la mirada glauca y perdida. Su mirada se volvió cálida y lo miró a los ojos con resignación. 

-A vuestro padre lo mató la guerra.

Los ojos de Louis relampaguearon y sus rayos tronaron doblemente en el rostro de Alonso. Los viscerales gritos dos hombres aún palpitantes inundaban el cementerio lleno de gente cosechada ya por la muerte.

-¡¿Crees que es gracioso?! ¡¿Crees que esto es un juego para mi?! 

-¡Louis, yo no sé qué hay detrás de todo esto! Lo único que sé es que hay que parar esta ola de violencia! El odio de tu padre hacia los castellanos estaría fundado, pero su odio hizo que cometiera crueldades contra mi pueblo.

-¡Mientes!

-¡Es historia sabida!

-¡La historia la escriben los que sobreviven!

-¡¿No entiendes?! El que lo hiciera fomentó tu odio, y cuando tu te metas en esa espiral y propagues ese odio, el fuego se alimentará y te quemará a ti. ¡Y seguirá! Marina no puede cargar con todo ese odio. Ella...ella no merece cargar con eso. Ella está haciendo un sacrificio que tú nunca harías por tu queridísima patria.

El puño de Luois se estampó contra el pómulo del barón, que cayó de espaldas cerca del mausoleo de mármol. Éste cayó al borde de la inconsciencia, pero tuvo la fuerza para recostarse en una cama de hojas otoñales.

-Hay un momento en la vida de toda persona en la que uno debe preguntarse hasta dónde está dispuesto a llegar para conseguir lo que desea. Sí. Seguro que te lo has preguntado y que te has respondido. Pero hay una cosa que nadie se pregunta. ¿Cuándo debo parar? ¿Estoy dónde debo? ¿Estoy haciendo lo correcto?

-Barón, Marina no me ha convencido en desistir en mi propósito. Y ella es soldado, guerrillera, valiente y temeraria a partes iguales. Ha demostrado su valía frente a mí en constantes ocasiones y ha pasado por...experiencias que aterrorizarían al más valeroso de los hombres ¿Qué os hace pensar que vos vais a convencerme de esto?

Una patada fue disparada contra el estómago de Alonso y de sus entrañas exhaló:

-Tengo que intentarlo...por ella.

-¡¿Ella?!

-...tengo que intentarlo- el barón sufría espasmos de tristeza en el pecho, aún recostado por el dolor-. No tienes ni idea. Puedo sentir sus cicatrices en su mirada. Puedo sentir su corazón latir con compasión a pesar de estar lleno de costuras. Lo ha hecho todo por el mundo y el mundo no para de golpearla. Su dolor me sangra por todas partes. Por cada uno que salva cientos quieren quitársela de en medio. Lo que menos necesita son más enemigos. ¡Estoy cansado de gente como vos! ¡Basta ya! ¡Dejádmela en paz! ¡BASTA!

Louis se detuvo.

-Admiro su entereza... pero odio su terquedad de proteger a la gente.

-Ella te acaba de salvar la vida...

-¡Yo no se lo pedí!

-¡¡Y sin embargo aquí estáis!! ¡Vivo y con otra oportunidad!

Louis Dupont se quedó inmóvil y ningún rasgo de su rostro se movió, como una estatua funeraria. Sus músculos se distendieron y las piernas le flojearon.

-Estas son el tipo de cosas por lo que todo esto es tan difícil. Si se hiciera odiar todo sería tan fácil...

-Ella nunca ha buscado el camino fácil...capitán. Jamás.

El silencio arañó las almas de los dos hombres. El lamento del noble y la respiración resignada del capitán sonaban intermitentemente inflando como un fuelle el ambiente del cementerio.

Seguir respirando muerte era la lucha de estar vivo.

De pronto, un grito lastimoso desgarró el aire. Una perforación en la realidad sangraba dando a luz a unos viajeros que venían de lejos, atravesando los pliegues del espacio de otros mundos.

Marina y Julius habían regresado.
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Alonso Lara y Louis Dupont. Cementerio de Almudena. Justo después de que Marina salvara a Louis Dupont de la conspiración de los solares contra el General de la causa de Lyon en la Guerra Civil de Montaigne.

1 comentario:

  1. Basta. Esta no es la lucha de estar vivo sino la venganza de los que ya están muertos.
    Dejémosles descansar; no podemos adivinar lo que ellos querrían que hiciéramos. Y si no detenemos esta espiral de odio se nos escapará de las manos, se volverá contra nosotros y dejará de pertenecernos. Solo será odio por odio.
    Esta no es nuestra lucha. A los vivos nos espera otra batalla.

    - Marina Oliván

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