martes, 7 de junio de 2016

La hora del dolor (I)

El juicio se había dado por concluido, pero el eco que había provocado aún gritaba las injusticia de la sentencia por todos los rincones. Un grito afónico que vibraba en el pecho de los rebeldes, pero que ninguno se atrevió ni a  decir en voz alta, ni a murmurar...ni siquiera a pensar.

No con la Inquisición allí.

Marina Oliván entró en la antesala, proveniente de la sala del trono con las manos engrilletadas a la espalda. El silencio se hizo y la guerrillera pasó entre la nobleza en una procesión incómoda. Una vez los portones la hicieron desaparecer, la normalidad reinó cuando la Guardia Tudesca se la llevó de nuevo a prisión para que pasara una última noche en su patria: Castilla.

Alonso Lara, el ingenioso barón de Santa Elena, esquivaba cortesanos, nobles y clérigos por igual. Buscaba a don Andrés Bejarano, conde de Aldana, y lo encontró apartado, apoyado junto a la pared que daba a los salones de juegos de la realeza. El aspecto del conde era desalentador, el perfecto recogido que solía llevar se le había escapado por ambas sienes y le enmarcaba el rostro. Justo como la situación que acababa de vivir. El barón apretó los puños y con mano firme tomó el hombro del noble, que seguía con la mirada ausente.

-Don Andrés, tenéis que convencer al tribunal de que todo esto es una locura. Aún pueden echar atrás la sentencia si apelamos.

Aldana lo miró con ojos brillantes por la fiebre que le había contagiado la injusticia de la corte. Contestó con un hilo de voz que Alonso casi ni escuchó por el gentío excitado de la corte:

-No hay más que yo pueda hacer. He cuestionado abiertamente al tribunal al que pertenezco, y lo que es peor, a la Iglesia y a la Inquisición.

-¡Claro que podemos! Podéis solicitar una moción de censura ¡La Inquisición ni siquiera debería estar aquí si es la justicia del rey la que...!

La mano de Aldana se posó firme sobre la del barón y le encaró sin rastro de su característica sonrisa.

Hacía mucho que Aldana no sonreía.

-Escuchad. Nos hemos expuesto a un gran peligro firmando nuestro apoyo hacia Marina. La ausencia del rey, el miedo que ha provocado Leandro con los hechiceros radicales y los asaltos de los Bernoullis y Lyon han provocado que la Inquisición tenga un poder que va más allá de lo corriente. Tienen un papel con nuestros nombres alagando los irregulares servicios que Marina Oliván ha llevado a cabo hacia esta corona, y ahora la consideran poco menos que una criminal. La hora de la diplomacia ha acabado.

Alonso apartó violentamente el brazo de Aldana.

-No estaréis hablando en serio, señor.

-Por supuesto que sí. Hay que adoptar otra estrategia, ellos buscan un enfrentamiento frontal.

-No podéis pretender que esta injusticia se lleve a cabo. Marina es una temeraria y puede que se lo haya jugado todo a una carta, pero no ha puesto en peligro a nadie y mucho menos al país.
¡Precisamente eso era lo que se proponía!

-Lo sé, y por todos los demonios, creedme cuando os digo que yo soy favorable a esos subterfugios.
Yo he aplaudido todas sus actuaciones a escondidas del rey para ayudar a este país. Pero es lo que ha decidido el reino.

-¡¿El reino?! ¡Querréis decir los enemigos personales de Marina! No se trata de justicia, esto es una venganza. Todo esto es cosa del Sumo Inquisidor...

-Callad, por Theus. Están entrando y no es conveniente aludirles, aprovecharán cualquier provocación.

La marea roja de los cardenales castellanos se desangraba por los portones de la sala del trono, dirección a la antesala real, donde les esperaba el resto de la corte. El púrpura de los obispos coreaban todo el corro de cortesanos y el negro inquisitorial dejó un aire rancio en el ambiente.
Alonso los vio venir y no pudo reprimir una arcada.

-Así ha dejado la Iglesia a la Justicia del Rey. Desangrada por los cardenales, amoratada por los obispos y gangrenada por la Inquisición.

-Callad, por Theus...-susurró Aldana implorante, mientras observaba acercarse a los monásticos.

El clero y la nobleza se daban la mano, se felicitaban por el trabajo y se daban palmadas aprobatorias en la espalda. El Concilio de la Razón, una vez más, había solventado un problema y puesto en cintura a todo el que pretendía estar por encima de los poderes de la Corona y la Iglesia. Muchos de la corte no interesaban de debatir la sentencia. Muchos oficiales del ejército la aprobaban y otros nobles pensaban que era lo justo. Por supuesto, de los que pensaban que todo había sido exagerado no se sabía nada. Lucius Varela, una figura decrépita con el hábito de Sumo Inquisidor, se había acercado a Aldana casi levitando sin poder casi disimular su sosiego por la sentencia.

-Gracias al hacedor, Aldana, aún os encontráis en la corte. Temía que después de vuestro arrebato hubierais cumplido vuestra amenaza de abandonar la corte.

-Espero no decepcionaros, eminencia.

-Oh, no. Me alegro de que sigamos en el mismo barco.

-Aunque sea un barco que hace aguas.

-Sigue disconforme, por lo que veo.  Y vos, barón, ¿qué opináis de todo este asunto?

Alonso fingía no estar en la conversación, pero entró rápido tras la pregunta y se colocó junto a Aldana. Sabía que casi todos los presentes habían oído cómo se ofrecía partir al destierro con Marina y habían visto su firma apoyando a la espadachina. Sería absurdo mentir al inquisidor ahora.

- Creo que una sentencia de ese calibre no se cicatriza así como así.

-¿De ese calibre? ¿Considera que ha sido excesivo?

-Marina ha salvado incontables vidas de soldados castellanos.

-Pero la corte no lo ve así. Consideran que se ha sobrepasado en unas funciones y responsabilidades que no tiene y que ha actuado a espaldas del reino. Nos ha puesto en peligro a todos.

-Nos ha salvado. ¿No cree que merece otro tipo de sentencia?

-¿Acaso está disgustado con la justicia impartida por el Concilio de la Razón, excelencia?

El barón abrió la boca dispuesto a morder la manzana envenenada, pero la auxiliadora mano de Aldana se aferró a la suya a sus espaldas. El barón apretó con fuerza. El Sumo Inquisidor esperaba la mordida, pero no llegó.

-Después de todo- continuó Lucius- decían que vuesas mercedes tenían un romance ¿no? Es normal que los sentimientos mundanos nos nublen la realidad.

Alonso mordió el aire y el corbatín de su cuello comenzó a asfixiarlo mientras seguía apretando la oculta mano que le ofrecía Aldana. Agachó la cabeza a modo de saludo y despedida, a la que el inquisidor respondió con una arrugada sonrisa de satisfacción. Lucius acabó por aceptar la invitación de despedida no sin antes hacer que sus contertulios besaran su anillo clerical.

-Me temo que debo excusarme. La paz sea con ustedes.

Alonso y Aldana observaron cómo el Sumo Inquisidor desaparecía con un séquito de nobles piadosos y clérigos fanáticos. Cuando desaparecieron, Alonso soltó la mano de Aldana no tardó en retomar la conversación privada.

-Si no es la hora de la diplomacia, ¿de qué es hora, don Andrés?

Aldana sacó su mano del escondite de su espalda y la adelantó. Lloraba hilos de sangre que corrían hacia las mangas de su camisa.

-Es la hora de resistir, excelencia. La hora del dolor.
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Lucius Varela seguía sonriendo. Terminó de recibir las últimas despedidas de nobles y monásticos antes de partir al Palacio de Justicia Inquisitorial. Saludó con una inclinación leve a los guardias de la puerta y a los monseñores, que lo reverenciaron a su paso. Finalmente llegó al despacho XII. Pulcramente ordenado y repleto de obras de artes dedicadas a los grandes mártires y santos. Estatuas, bustos, pinturas, lienzos...Había llegado a su capilla personal y el olor a incienso invadía la atmósfera. Sus Guardianes de la Fe entraron en su despacho.

Debía estar contento.No solo no habían encontrado una bruja, sino que además, la tecnología prohibida que había usado Marina Oliván para la batalla contra el ejército mercenario de los Bernoulli no era peligroso. Al menos no tanto como una reliquia Syrne. La justicia del rey se encargaría.

Cerró la puerta.

Su sonrisa desapareció.

Un gruñido de rabia trepó por su garganta y la articulación estrangulada de un animal cruzó el silencio. Sus manos decrépitas tiraron todos los documentos y materiales del escritorio de caoba.  Se abalanzó sobre el busto de Santo Domingo, despedazandolo en el suelo en varios pedazos. Sus uñas arañaron el rostro del cuadro de Santiago y despedazó el marco golpeándolo contra el suelo. En su ira tropezó contra la mesa y su rodilla se estrelló contra sus patas. Arrancó las cortinas de sus anillas y las rasgó...

-¡Idiotas! ¡Idiotas! ¡Teníais que conseguir su cabeza! ¡Quería su cabeza en mi mesa! ¡Ni todas las tretas del mundo han podido conseguirnos su cabeza! ¡Inútiles! ¡Inútiles!

Un Guardián de la Fe se atrevió a hablar.

-Pero...eminencia. Al menos la han desterrado.

Lucius lo observó iracundo.

-¡Idiotas!

Otros dos Guardianes se llevaron al que había hablado por la fuerza. El sumo Inquisidor daba vueltas por la sala como un animal enjaulado.

-De un destierro se puede volver. No es suficiente...no es la jugada que esperaba. Lilith.

Una Guardiana de la Fe dio un paso al frente.

-Encárgate de esto - le agarró de la cara con su mano esquelética y sus ojos hundidos y vacuos amenazaron los de ella- No fracases...

-No se preocupes, eminencia. De un destierro se puede volver, del Abismo no. La hora del dolor ha llegado.

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Antecámara de la Sala de los Leones (trono real de Castilla) y despacho número XII del Palacio de Justicia Inquisitorial. Principios de junio de 1671. San Cristobal, provincia de Aldana, Castilla.

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