jueves, 14 de julio de 2016

Como pez fuera del agua

El montón de informes cayó sobre la mesa con todo el peso de los problemas que entrañaban en su interior. Una ola de polvo invadió el salón estratégico de la capitanía general de los ejércitos de Lyon, haciendo que por un momento todos los oficiales presentes quisieran rascarse o estornudar. Tras dejar en la mesa los informes,  el Coronel Mayor se retiró junto a los suyos sin darle la espalda a su superior. Con cierta disciplina militar, coroneles, capitanes y otros oficiales del ejército asediaban pacientes -aunque con algo de ansia- el escritorio, en espera de ver las reacciones del General al leer los informes. En esos papeles se encontraban escritos por la mano de docenas de oficiales del ejército el resumen del estado del ejército, económica y logísticamente.


De momento, el general Louis Dupont, uno de los mayores líderes de la causa de Lyon, miraba por la pétrea ventana del fuerte que asomaba al impresionante Río del Comercio. Suspiró largamente un hilo de aire hasta que se deshinchó, dejándole los hombros convertidos en una montaña de contracturas que le generaba el constante esfuerzo y el estrés. Le habían fastidiado su momento de descanso, y había cogido la buena costumbre de almorzar y cenar en solitario en las murallas del fuerte fluvial de Collioure. No había sido nunca de mar y aborrecía la Armada, pero por alguna razón ver las velas de los navíos desde las alturas le relajaba. A veces fantaseaba con que podía controlar la travesía de las naves, como si pudiera jugar a barquitos de papel en busca de cruzar un gran charco.

-Mon General- dijo entre toses disimuladas el Coronel Mayor.

Louis Dupont se giró solemne y se sentó en el escritorio del salón estratégico. No se vio impresionado por la gran cantidad de informes, pero sí contuvo una maldición que acabo explotando en una habitación privada de su mente, donde quizás guardaba imágenes de su niñez o un grato recuerdo del pasado.

-Informen oficiales. Iré contrastando lo que me vayan contando mientras leo los documentos.

El Coronel Mayor agitó su bigote nervioso y dio un paso al frente.

-Oui, mon General. El regimiento de artillería situado al este del frente ha sido víctima de un sabotaje. Los cañones han sido saboteados mediante clavos bien introducidos en el fogón de las piezas.

-¿Cuantas piezas?

-Al menos veinte piezas de artillería de doce libras.

El general volvió a suspirar y un tirón en la cervical le dijo que se apresurara.

-Envíen esas piezas a la fundición de cañones, quiero esos fogones reparados cuanto antes. Máxima prioridad, no quiero que nos visiten los ejércitos del Rey Pastor y nos pillen sin veinte cañones.

Los coroneles y capitanes se miraron en silencio. El coronel mayor retomó la palabra.

-Mon General, los ejes de los carruajes también han sido saboteados. Han destruido el tren de bagaje y los carruajes de las cureñas también.

Louis se quitó los guantes de caballería y se apretó los ojos.

-Esta bien. Parece que nuestro espía había hecho un mejor trabajo de lo que me habían dando a entender. Despliegue los cañones como si funcionaran, quizás así piensen que los hemos reparado. Recen a la fortuna para que se lo crean. Tendremos que recibir las provisiones desde Barcino

-Me temo, mon general, que en Barcino hay una fuerte crisis interna de política. En la capital se está sufriendo la deserción de varios nobles solaristas. Muchos están huyendo viendo los destinos de Alfonso Galán y Florian du Toille. Los solaristas se sienten engañados y los que no huyen...los que no huyen están presentando una moción de censura contra su liderazgo en el gobierno de Barcino. Sospechan que les han engañado y temen que esta causa iniciada en recolocar al Rey Sol en el trono no sea más que una conspiración suya para colocarse usted en el trono. La disputa es grande al igual que la deserción. Algunos nobles en Barcino dicen que incluso le apoyarían con tal de que devuelva la gloria a Montaigne.

Louis Dupont observó atónito por debajo de unas cejas sorprendidas.

-¿Yo? ¿Empereur du Montaigne? No, no, no, no, no, ¿de dónde se sacan estas...? no...no, eso no puede...no, sería un poco...no, no... que no.

-En cualquier caso, los lyonenses deberían saber por quién están luchando en el trono para resolver estas disputas internas para que puedan concentrarse en enviarnos enseres y víveres. La gente es reacia a luchar si no saben para quién es.

-Me da igual lo que estén discutiendo. ¡Los ejércitos del General Leveque están bajando desde la mismísima Charouse para expulsarnos al otro lado del Río! ¡Si no quieren tenerme allí de vuelta masacrando a todos esos traidores ya me pueden estar enviando tropas y víveres!

-Oui, Mon General. Ahora mismo mandaré un mensajero.

-Bien. Déjenme los datos de la intendencia y los informes de desgaste. Si no hay nada más de importancia pueden descansar.

Los oficiales volvieron a mirarse. El coronel mayor dio un paso al frente.

-Mon General. Quizás debería...también interesarse por...

Louis Dupont miró por encima de los informes, paciente pero con la mandíbula batiente dejó terminar a su oficial.

-También tenemos un informe sobre la moral de los hombres.

-¿La moral...de los hombres?

-Oui, mon general. Imaginamos que le interesaría saber la felicidad de sus soldados.

Louis Dupont se vio desarmado y atacado por la espalda. Ni se lo había planteado, sus hombres eran los mejores y expertos soldados que habían participado durante cuatro años en la invasión a Castilla. Ni se cuestionaba si eran felices...eran soldados.

-Sí...adelante.

-La moral está decayendo como el plomo en el agua. Las provisiones no llegan. Hay rumores sobre gente que deserta del ejército con éxito y cruzan hacia la zona de Montaigne para volver a casa. Y lo peor, saben que el ejército comandado por el mismísimo General Leveque viene hacia el sur y probablemente se dirija hacia Collioure.

-Sí, eso dicen mis espías. Pero no es más que una interpretación Vienen al sur, sin más.

-Nuestros hombres están desanimados. No pueden combatir así. Muchos han desertado y no han recibido castigo y...tememos deserciones en masa. Sospechamos de la caballería de Toille y de los regimientos castellanos en general.

Louis se reclino hacia atrás en la butaca.

-¿Y qué quieren que haga?

Los oficiales volvieron a mirarse. El Coronel Mayor volvió a tomar palabra.

-Hemos considerado...que...su presencia entre los hombres...usted...

-Suéltelo ya.

-Creemos que si se presenta entre los hombres relajado y confiado pensarán que todo está bien. Si el general se encuentra entre los soldados sabrán que estamos seguros, animados y con más posibilidades de las que creemos. Se sentirán tranquilos y eficientes.

El General se levantó bruscamente y les dio la espalda para mirar el río.

-¿Qué? ¿Mezclarme con los rasos?

-Oui, Mon General.

-¡¿Y hacer exactamente qué?!

-Pues...divertirse.

-¿Divertirme? Oficial, ¿usted me está diciendo que baje allí y me emborrache con los soldados para que vean que estoy tranquilo y todo va bien?

-Bueno...si me lo permite, mon general, no tiene por qué emborracharse.

-¿Sabe lo falso que puede quedar? No soy un actor de pacotilla. -un tirón en la cervical le punzó dolorosamente-  ¿Y si se dan cuenta?  Puede ser peor el miedo que puede provocar el pésimo intento de un jefe por aparentar que todo está bien que mantener el status y la disciplina.

-Es suya la decisión.

Louis miró por la ventana y vio los muelles del fuerte fluvial. Los hombres estaban ociosos y algunos miraban ansiosos si llegaba del oeste las provisiones de Barcino. No debían tardar en llegar los materiales, estaban bien comunicados y su plan logístico era bueno. Pero...con todas esas deserciones.

-Ya...pensaré en algo.

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La noche cayó en el fuerte fluvial de Collioure y los que estaban de permiso aprovecharon como siempre en bajar a los muelles para reunirse. Aunque estaba vigente un decreto contra el alcohol incluso estando de descanso -el General Louis Dupont había puesto a su ejército en máxima seguridad-, algunos hombres aprovechaban la cubierta que daban las naves fondeadas para echar un trago y...a veces, bailar.

Una peculiaridad de los ejércitos de Lyon era que muchos de ellos eran castellanos. Muchos se alistaban porque no tenían recursos, otros por el gusto vengativo de invadir Montaigne y otros porque profesaban los ideales políticos de Montaigne. De su tierra se habían traído su espíritu alegre y por supuesto, también su cultura.

Sobre un bergantín se montaban ciertas reuniones donde los castellanos jugaban a naipes, fumaban y bebían clandestinamente. Lo único que no hacían discretamente eran cantar las bulerías de su tierra allá por el sur de la provincia de Torres y Zepeda.

Un hombre bajito, de bigote espeso como una selva negra y brazos fuertes y velludos, bailaba con una soldado de pelo frondoso y castaño y aros enormes en las orejas -algo totalmente antirreglamentario en el ejército-, que se había arremangado los pantalones y la camisa para poder clavar sus talones en la madera al ritmo de la soleá. El hombre giraba alrededor de la mujer como la luna corteja a la tierra a la calidez de un sol que canta alegrías y "quejíos".

Entre esos dimes y diretes, quejíos y "oles" los castellanos se entretenían y apagaban la morriña que sentían al estar relativamente lejos de sus hogares. Los bailarines cerraron el baile clavando talones uno al lado del otro mientras el resto vitoreaban su gracia y otros comentaban sobre la guerra y sus familias.

Mateo, el bailarín, se acercó donde se encontraba la camarilla de músicos y le ofrecieron un chupito de anís.

-Increíble Facundo, tres bailes seguidos llevo y ni un grito escandaloso del General desde las murallas. Puede que sea el festejo más largo que hemos podido echar desde que nos destinaron a Collioure.

El tal Facundo, regordete y afable, se lavaba los callosos dedos mientras le daba la guitarra a un mochilero.

-Ya lo ves. Y mira que siendo montaignense yo pensaba que hoy hasta bajaba con mosquetes y bayonetas a aguarnos la fiesta.

Mateo bebió de un trago.

-Quizás tiene miedo por todos los que están desertando. He oído que un oficial de la Marina preso se ha salido de rositas de aquí después de haber desertado y que a Portier lo van a juzgar por vender información de nuestra situación a Montaigne...quizás sea lo mejor largarse de aquí. Esto hace aguas...quién sabe, lo mismo el General se ha quitado de en medio.

Carmina, la bailarina apareció entre ellos.

-No me seáis. El general estará fuera y ya está. Nosotros no formemos mucho follón y podremos seguir festejando estando de...

De pronto se hizo el silencio en mitad de la cubierta. Todo el mundo corría como loco para colocarse en línea y cuadrado cuando se escuchó:

-¡General en cubierta!

Louis Dupont subió en camisa y pantalones de monta de caballería, de paisano, mientras observaba de derecha a izquierda una y otra vez el pánico reinante. Todos seguían corrieron -Louis incluso creyó ver que alguien tiraba una botella de anís por la borda- y el tal Facundo se puso el sombrero de ala ancha, y se colocó frente a él con el saludo militar y un grito en los labios:

-¡MI GENERAL! Digo...¡Mon general!

Todos miraban al General. De pronto, y de forma muy perturbadoramente sospechosa, a Louis se le vislumbró un tembloroso, pequeño y diminuto amago de la promesa de una sonrisa en la comisura derecha de su labio. Eso escandalizó a los soldados.

-Descansen soldados. Continúen con el festejo.

Todos se miraron. Nadie se movió. Facundo le habló como solían decir, en petit comité.

-¿General? ¿Es una trampa? Mi teniente no me ha comunicado nada y...

-No, sargento, coja su guitarra y continúen. Considérelo una orden.

Facundo el sargento se giró al resto, que estaban más rectos que una vela.

-Ya...¡ya lo habéis oído!

La música se reanudó, sonaba un rasgeo de acordes muy tímido y de ambiente. Los hombres cambiaron sus juegos de cartas y lo cambiaron por afilar espadas, limpiar mosquetes y asegurar cabos. El general se sentó algo aislado, observándolos como si observara una manada de ciervos que no quiere espantar, mientras que los castellanos lo observaban a él ojipláticos sin ningún tipo de disimulo, como si fuera a hacer algún truco en cualquier momento. Se miraban mutuamente como algo alienígeno.

Un comentario anónimo rompió la tensa atmósfera.

"Por Theus...deben ir muy mal las cosas para que el General haya bajado hasta aquí de buenas..."

Y entonces ocurrió. El ambiente cayó como plomo en el agua.

La moral se ahogaba.

Louis Dupont se levantó lentamente y decidió hacer lo que Marina Oliván habría hecho si ella hubiera tenido su imagen como en la batalla de Fendes y que le había valido para ganarse el respeto de muchos de sus hombres al grito ferviente de "mon general".

Se hubiera sacrificado y expuesto al peligro por sus hombres.

Lo odiaba y le parecía innecesariamente estúpido, destruía la cadena de mando y la efectividad de la moral del grupo ver a los oficiales peligrando su integridad de forma innecesariamente tonta. Pero ahora la moral de sus hombres dependía de eso.

Decidió arrancarse a bailar.

Torpe, tímido y dando un espectáculo ridículo ante una guitarra que no se ofrecía a arrancar un baile. La gente intentó no reírse y algunos se vieron presas de une vergüenza ajena terrible.

Carmina se acercó a Mateo.

-¿Qué está pasando?

-No tengo ni idea. Creo que el General quiere asimilar nuestras costumbres de soldados.

-¿Tú crees?

-No sé....después de todo la política de Lyon es la unión de los castellanos y montaignenses en las tierras de Torres, ¿no?

-Sí bueno, pero...esto es...

-Lamentable.

-Sí. ¿Qué se le estará pasando por la cabeza?

-Solo Theus lo sabe.


El espectáculo era lamentable sí, pero tenía un toque ridículamente afable.

El General no tenía ni idea de lo que estaba haciendo. Pisaba el suelo en busca de encontrar un ritmo acorde al rasgueo simple de la guitarra y a veces lo mezclaba con bailes típicos de los salones burgueses de Montaigne.

Carmina corrió hacia Facundo, que tocaba casi ausente acordes que automáticamente formaban armonías simples pero efectivas.

-Facundo, arráncate una soleá.

Él guitarrista la miró.

-Tú sabrás.

El tempo se aceleró aunque era lento y pesado. Mateo miró a Carmina y a Facundo y luego miró al general. La gente se sintió extraña al sonar la bulería.

Mateo gritó:

-¡Ole!

De pronto una voz de entre los soldados daba letra a la música y algunas palmas se arrancaban.

El espectáculo del general poco a poco se iba dignificando, aunque seguía siendo totalmente imperfecto, torpe y carente de seguridad.

Mateo se arrancó también a bailar con otro más, y los soldados se fueron animando. El espectáculo del General empezó a camuflarse hasta convertirse en un pescado fuera del agua en un banco de peces enorme.

De pronto casi todo el navío volvía a la normalidad de su pequeña fiesta.

Mateo se lo llevó junto a la camarilla  entre la multitud y fue absorbido por los alegres castellanos, que se encontraban más animados al no tener que esconderse del General. Carmina se arrancó a cantar mientras el resto jaleaba y palmaba a contratiempo en diferentes ritmos.

El General respiraba aliviado, lo estaban integrando en su grupo y la cosa se relajaba. La moral volvía a estar en su sitio o puede que más arriba, habían admirado lo que el General había pretendido hacer -por supuesto, habría muchísimas bromas al respecto en el futuro-. La gente palmeaba con respeto al General y le ofrecían un zumo de uva -aunque seguía sospechando que había alcohol por ahí-.

"Quizás la señorita Oliván debería estar aquí, tiene un pedacito de su tierra fuera de Castilla en este lugar."

Louis Dupont terminó su trago y pensó dónde, vitoreado por "oles" y mucho jaleo.

Eran ciertamente escandalosos y brutos, a Louis seguía sin agradarle los castellanos. Aunque los métodos de la señorita Oliván le habían valido para esta pequeña crisis.

Bueno, Quizás algunos castellanos merecían la pena.









Pero solo algunos.
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El General Louis Dupont semanas después de la marcha de Marina Oliván hacia Charouse tras ser dada por muerta tras una conspiración de la Inquisición. Principios de julio de 1671. Cuartel general de Lyon en el Fuerte Fluvial de Collioure, provincia de Pourisse, Montaigne.

1 comentario:

  1. Todo puede improvisarse excepto la felicidad de los soldados. Ellos son imprescindibles para que haya una batalla que se pueda ganar o perder.

    Al menos está bien saber que no todos somos unos cerdos castellanos.

    Marina Oliván.


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