viernes, 13 de marzo de 2015

Capitán muere, no se rinde

Las trompetas anunciaron la imperiosa llegada del regimiento de caballería de Louis Dupont a Charouse.

Todos los ciudadanos dejaron sus quehaceres debido al jaleo de los paisanos al ver al regimiento volver a la capital de Montaigne. Los que atravesaban sus calles eran más que soldados para ellos. Eran primos, hermanos, amigos, prometidos...en definitiva, eran familia.

Ademas, muchos tenían curiosidad por ver al hijo del fallecido Mariscal Imperial de Montaigne (Charles Dupont), liderar el magnífico desfile de caballería.

Tras el capitán y su Estado Mayor los caballeros del capitán Dupont escrutaban las calles de su juventud con el ceño fruncido, mirando de reojo, temiendo enfrentarse a la realidad actual de la ciudad de la que partieron a la guerra hace años. Muchos almacenes habían sido pastos de las llamas, la Catedral de Nuestra Señora había sido ocupada por milicias urbanas en vez de seguir vacía por el régimen del Empereur, los hambrientos hacían cola disciplinadamente frente un intendente de la guardia real para esperar por un panecillo de pan; y los comerciantes reparaban con ahínco sus establecimientos, que parecían haber sido saqueados por masas enfurecidas. Era como si por allí hubiera pasado un tornado del que se estaban recuperando.

A Louis Dupont le latía la mirada cada vez que percibía algo diferente en la capital. El capitán de caballería era un elegante joven que parecía haber nacido para llevar un uniforme. Sus hombros siempre estaban permanentemente cuadrados para la responsabilidad de sus galones y repasaba constantemente que sus blancos guantes de caballería estuvieran ajustados.
Sin embargo, todos prejuzgaban al joven Louis Dupont por su aspecto físico por su juventud. Independientemente de su atractivo (que era tema de discusión entre las damas de la corte), muchos lo catalogaban de alguien inmaduro y demasiado joven para el puesto de capitán de caballería. Pocos osaban decirlo en voz alta, nadie quería ganarse un duelo a muerte demasiado presto, mientras que otros envidiosos se consolaban en la sombras argumentando que había llegado a ser capitán tan pronto porque era hijo del antiguo Mariscal Imperial.
Era cierto que Louis Dupont no era bueno con las palabras, ni animando a los hombres. Tampoco tenía las dotes estratégicas y la experiencia de su padre, uno de los mariscales imperiales. Cambiaba constantemente de caballo de guerra y era incapaz de cuidar sus monturas durante más de dos batallas. La preocupación por sus soldados siempre era visto como algo forzado y su carisma era tan pobre que no inspiraba lealtad entre sus hombres. Sin embargo, había algo que le distinguía, algo que le hacía poderoso al frente de sus caballeros y que le convertía en alguien valioso.

Hacía la guerra a los castellanos con una pasión digna de admiración.

Y aunque la guerra con Castilla estaba en un estado de "alto el fuego" Luois se había traído en su pecho el odio colgado junto con su condecoración.

Los paisanos que observaban el desfile observaron a los caballeros con pesadas ojeras, pero con una mirada brillante y una triste sonrisa que contagiaba cierta esperanza entre ellos. Ellos también observaban a los soldados como los recién llegados veían la ciudad. Habían cambiado y les chocaba la fachada de las nuevas caras que habían esculpido en la guerra. Sus rostros se habían desencajado, la mirada de algunos estaban huecas y otros parecía que habían vivido cien inviernos.
La formación era perfecta, los uniformes impecables, sables relucientes y todos los galones  y condecoraciones merecidos...pero la juventud de sus rostros había desaparecido en los tres años que habían pasado en el frente de Castilla. Podían limpiar los tabardos, emplumar los sombreros y lustrar las botas...pero la alegría de los jóvenes era algo que no podían recuperar con el uniforme.

Luois era el que más atención ponía en los detalles de la "nueva" Charouse. Observaba sobre todo los tejados, en busca de un estandarte con el Sol del Empereur. Ahí seguían, pero todo parecía cambiado. Los Mosqueteros de la Garde du Soleil no aplacaban la multitud de pobres que deberían estar en sus barrios marginales. Pero lo que más le torció el gesto fue ver a los pobres hacer cola para recibir comida en mitad de las calles de clase pudiente. Era algo que no hubiera pasado con su antiguo Emperador. Ahora, decían, había subido al poder el supuesto hijo desaparecido del Empereur. Nadie sabía exactamente las circunstancias, pero desde luego había habido un cambio importante. Los pobres infestaban la ciudad y los había por doquier. Algo que detestaba.

Pero para eso Louis Dupont se había presentado en la capital imperial, para ver los cambios.

Y sobre todo para ver si los cambios le gustaban.

El capitán desenvainó su sable y lo alzó brillando al sol. Ante esa señal, los pendones y estandartes de un azul imperial se alzaron en la formación. Los jinetes dieron lo mejor de sí mismos en su marcha marcial y los caballos veneraba con sus rodillas al cielo y pisoteaban los adoquines de la carretera. El espectáculo fue impresionante, haciendo que los ciudadanos siguieran a la comitiva hasta la Chateau du Soleil, el palacio del Empereur (si es que no seguía siéndolo).

Llegaron a las doradas verjas del recinto imperial y las puertas se abrieron por nobles mosqueteros que habían escuchado los vítores, los "vivas" y el jolgorio de ver a los patriotas volver a casa. A pesar de lo improvisado de su llegada, parecía que en palacio estaban listos para recibir al capitán.

Louis Dupont entró en la Chateu du Soleil a caballo y una gran oleada de vítores lo animaron a girarse para saludar a sus paisanos. Ojiplático miraba cómo los pobres gritaban su nombre. No esperaba tal recibimiento de los que habían sido proscritos. Esos mendigos habían sido hacinados en los barrios exteriores y en los ensanches por orden del Empereur y deberían odiar a cualquiera que esgrimiera el Sol Imperial. Sin embargo, aceptó el halago elegantemente, saludando con su mano enguantada.

-¡Louis! ¡Louis! ¡Louis!- aclamaban mirando al cielo algunos de los ciudadanos que hace tiempo habían perdido la esperanza.

Louis cabalgó hasta la entrada, sin acercarse mucho a lo que él consideraba la lacra de Charouse.

-¡Gracias, ciudadanos de Charouse! He venido desde el frente de Castilla para ponerme al corriente de los rumores que he recibido de que en Charouse el Emperador...

Un tomatazo estalló de pronto en el ojo de Louis y juraría que escuchó un "muerte al Emperador" y gente que coreaban "que lo guillotinen". El capitán no asumió la situación hasta que se vio hecho burla de la muchedumbre. Había sido lanzado desde la multitud por alguien anónimo, mientras el resto seguían mirando al cielo con esperanza.

-¡Viva Louis Alexander XV du Montaigne!-gritó una voz fuerte desde los ciudadanos que se abalanzaban a la verja del palacio desde el exterior.

Louis Dupont volteó su caballo lentamente y miró el palco imperial del pabellón norte. Era el más cercano al muro exterior y desde él se podía vislumbrar perfectamente a un joven, ingenuo, coronado y vestido con el manto imperial que hacía unos meses llevaba el Empereur.

Louis comprendió que no era él a quién alababan. Tampoco era él a quien miraban con esperanza. Miraban al joven del palco imperial. Era Louis Alexander, el único primogénito del Empereur, cuya existencia fue ocultada a su padre por revolucionarios y conspiradores internos para poder dar el golpe de estado algún día.

La mirada del capitán se cruzó con la del monarca. El capitán Louis Dupont torció el gesto con una mueca, apretó los dientes y cogió las riendas con tanta fuerza que casi se le agrietan los guantes, dirigiéndose hacia el patio. Ni siquiera saludó al nuevo monarca. ¡Ni siquiera sabía si era el monarca!

El joven dirigente le saludó diligente con la mano, dio media vuelta y desapareció del balcón para internarse en el pabellón palaciego. Louis Dupont comprendió que era una invitación para buscarlo dentro. Ya lo creo que lo buscaría. Cruzó a galope los verdes jardines y fuentes del palacio y llegó hasta la regia escalera de mármol del palacio. No tardó mucho en llegar a la sala de audiencias. Su caballo fue atendido como el de un cortesano más (algo que le ofendió) y Louis Dupont se internó en los salones haciendo resonar los tacones de sus botas de guerra. ¿Dónde estaba el cortejo que tendría que recibirlo con el honor que se merecía?

Louis Dupont entró a pasos agigantados y mirando intensamente a todo con el que se cruzaba, intentando reconocerlo, intimidando a los que no reconocía. El olor a perfume era considerablente menor en los salones tal y como lo recordaba, y las actividades ociosas de palacio como la danza y los juegos de azar habían sido sustituidos por mosqueteros centinelas. La guardia real había sido doblada y mantenían un estado de incertidumbre que daba tensión en el ambiente. Louis Dupont veía las consecuencias claras de un golpe de estado, pero veía extraño que los que velaban por la seguridad de los golpistas fueran precisamente los leales al Emperador que acababa de perder todo su poder real.

Claramente esto solo lo conseguía el hecho de que ahora portaba la corona era el hijo perdido del Empereur. La sangre daba lealtad.

"Una astuta jugada por parte de los conspiradores. Reconozco que esos cerdos son buenos", admiró Louis Dupont observando a los mosqueteros mientras estos le seguían con la mirada.

Louis Dupont llegó a una enorme antecámara donde se encontraban una gran multitud de personas de todo tipo de condición y clase. Esperó a que le abrieran paso y al menos le saludaran, pero nadie se percató de esa aguja en un pajar. De pronto sintió algo que en la vida le había pasado jamás: se sentía estúpido con el uniforme militar. Esperaba que causara respeto, admiración, algo que moviera el interior del prójimo y les inspirara alguna alabanza. Pero el resto le ignoraba, como si fuera un loco disfrazado que creía equivocadamente que iba a un carnaval. Las docenas de asistentes hablaban y caminaban entre ellos como las abejas enloquecidas de una colmena, como si tuvieran mucho trabajo que hacer y no supieran cómo. Algunos discutían airadamente y otros compartían ideas de forma exaltada.

 Luois respiraba dos cosas contradictorias en el ambiente: la ira de la nobleza por la gravedad de los cambios y la ilusión del resto por crear una nueva Montaigne.

Los más distinguidos aristócratas (los distinguían por sus pelucas por encima de tanta cabeza) que habían mantenido sus bienes y sus títulos se alejaban de esta muchedumbre parlanchina y a veces vulgar quedándose a la espera. Estaban tensos y a uno de ellos le temblaba el falso lunar pintado en su mejilla, como si le estuvieran insultando. Al lado de la puerta de audiencias del Empereur, el chambelán mayor les abría las puertas a la cámara de asambleas y todos entraban. Louis Dupont jamás había visto tamaña masa de gente en la Chateau du Soleil, menos aún para tratar de política. Ni siquiera Castilla, que contaba con un amplio consejo debido a los clérigos, traía a tanta gente para decidir los pormenores del futuro de la nación. Louis Dupont vio aquello como una distinguida taberna de lujo, pero taberna al fin y al cabo.

Con mucho ruido los asistentes entraron y tomaron asiento. Los funcionarios reales se apartaron de la multitud y se sentaron en sus bancadas más próximas al dirigente. Justo cuando iba a entrar, el chambelán le cortó el paso.

-Disculpe monsieur, esta cámara es para los representantes de la asamblea, no para militares.

Louis Dupont fijó sus relámpagos azules en el chambelán.

-Soy Louis Dupont, Capitán del 9º Regimiento de Caballería Pesada. Soy hijo del anterior Mariscal Charles Dupont, caído honora...

"Honorablemente no...cerdos castellanos"

-Caído heróicamente en el asedio de San Teodoro. Ábrame las puertas de esta asamblea.

-Lo lamento- negó el chambelán-. Pero el rey necesita atender los asuntos en orden y no está citado con vos. Ha podido a duras penas recibiros en la puerta de palacio, es más de lo que esperaba dado el poco tiempo que tiene. Espero que entienda las circunstancias extraordinarias, capitán Dubon.

-Es Dupont -ladró contenidamente el capitán-. Capitán Dupont, estuve en la quema de la batalla de San Juan, la toma de San Agustín y la defensa de la Reina del Mar. ¡Soy un héroe de guerra!

El chambelán no escuchaba. Estaba pendiente de que todo el mundo había entrado y le esperaban.

-Lo lamento. Tengo que entrar a mediar la sesión. El nuevo rey espera.

Louis Dupont lo agarró de las solapas de su levita y sintió el deseo de estamparlo contra la pared y hacerle sentir lo insignificante que era para la patria comparado con él. El chambelán lo miró temblando y Louis Dupont dejó que esa alimaña huyera.

-Márchese y cumpla con la nación.

-Sí...monsieur.

-Capitán.

-Sí, capitán.

Louis Dupont sintió deseos de arrancarse los galones y las condecoraciones. ¿De qué había servido tanto sacrificio? Él les daba su carne y su sangre a la patria y ellos le pagaban con indiferencia.

Peor aún. Con un tomatazo en el rostro.

Se había quedado solo en la cavernosa antecámara. No se había dado cuenta de lo grande que era hasta que se habían marchado todos. Pronto vio como sus caballeros se unían a él en la sala, esperando al capitán.

-¿Habéis hablado con el nuevo rey, capitán?- preguntó un sargento.

-No. Ni siquiera nos dejan entrar en esta estúpida asamblea. Además, me niego a considerarlo rey. El emperador aún vive, por suerte, aunque no sé qué papel tiene en todo esto. Ni siquiera lo he visto por aquí, y este es su palacio y su sala de asambleas.

-Tres años combatiendo por ellos y no nos prestan ni un mínimo de atención. Así de perra es la vida del militar.

Louis Dupont le dio un bofetón al sargento.

-Hablas como un sucio castellano, quejándote y esperando su soldada atrasada. Tu deber era sangrar por la patria y por la causa de nuestros padres. Ten fe en nuestro Emperador, cuando sepamos qué está pasando aquí se nos tratará como es debido.

-Sí, capitán. Lo siento, capitán.

Detrás de la blanca puerta se oían a las multitudes coger asiento y prepararse. Aprovechó la ausencia del chambelán y abrió la hoja de la puerta y pudo espiar toda la asamblea. Detrás de la mesa donde se presidiría la asamblea, Louis Dupont vio algo que le provocaba un asco infinito. Sotanas de sacerdocio. Entre las cabezas y los sombreros vio por lo menos un hábito escarlata de cardenal y otro púrpura de arzobispo. El cardenal D'Argeneau, exiliado por el Empereur y el arzobispo Maurice Rostand du Pourisse, el único hombre de la Iglesia tolerado por el anterior gobierno, solo cumpliendo en Montaigne como confesor de la Reina Madre hasta su fallecimiento.

Sin duda ellos eran los conspiradores que habían provocado su vuelta a casa, la tregua con Castilla y el cambio de dirigente. Sin duda, pensaba Louis, eran agentes del gobierno de Castilla que querían debilitar la hegemonía de Montaigne sobre Théah. Mientras esperaba a que apareciera el rey en la sala, espiaba con cierto horror aquél patio de infantes de escuela en mitad de la regia sala donde anteriormente el Rey Sol hablaba con sus ministros, burócratas y cortesanos. El chambelán hizo el silencio con su bastón.

-¡Su Majestad el Rey Louis Alexander XV du Montaigne!

El joven rey, que había visto antes en la balconada, apareció. Joven, inexperto pero con algo de decisión. Detrás de él venía una mujer mayor, madura, aristócrata, rondando los cincuenta años y que intentaba ocultar con toneladas de maquillaje. Reconoció sus andares extravagantes al instante y confirmó todas sus sospechas. Su madre, la duquesa Mariam Dubois, estaba metida hasta el fondo en aquél cambio de poder.

El chambelán mayor dio nuevos golpes con su bastón y anunció:

- Damas, caballeros. Bienvenidos a la Asamblea Nacional instaurada en el nuevo gobierno provisional del nuevo rey Louis Alexander XV du Montaigne, hijo de nuestro Emperador León Alexander XIV du Montaigne. A continuación el rey tomará la palabra presidiendo esta cámara fundada en el día de hoy con objeto de escuchar a todos los estamentos sociales y evitar los excesos y los errores del anterior imperio con las respectivas intervenciones de los sectores parlamentarios ¡Que comience la Primera Sesión Real de Montaigne!

Louis Alexander avanzó lentamente con cierta cautela de sostener la corona, que le temblaba en la cabeza por la falta de equilibrio.

-Caballeros, les agradezco que hayan sido tan voluntariosos y diligentes de venir hasta aquí para reconducir a la nueva Montaigne hacia un futuro más esperanzador. Como saben, soy el hijo del Emperador León Alexander XIV du Montaigne y he sido nombrado por esta nación como regente máximo de este reino, apoyado oficialmente por la firma de mi padre, el Emperador. Me alegra ver a personas de orígenes tan variados hacen enriquecer esta cámara, que hasta ahora solo había sido gobernada por las decisiones de una sola persona, mi padre, e influida por un número reducido de ministros y funcionarios. Si están aquí es que han sido seleccionados para representar a los diferentes sectores sociales en esta asamblea real y comenzar un nuevo rumbo de Restauración a la monarquía. Dejar de lado nuestras políticas imperialistas y gobierno absolutista, y centrarnos en la recuperación del pueblo de Montaigne.

De pronto Luois Dupont miró con atención a los hombres de la bancada derecha. Estaban airados, agitaban los puños, se levantaban enfadados y algunos hasta lanzaban con ira sus pelucas empolvadas al suelo. Eran los privilegiados, la alta nobleza. Su oposición a cualquier reforma les provocaba una rabieta infantil que no podían disimular. No estaban acostumbrados a moderarse ante los demás y no tenían por qué hacerlo ahora. Uno de ellos, Antoine Mounier, maduro, mirada ladina y anteojos pequeños, airaba su casaca nobiliaria señalando duramente a la bancada izquierda que tenían enfrente. A Louis Dupont le daba cierto asco este señor (como a casi todos los aristócratas no militares), lo había visto varias veces jugando a la "gallinita ciega" en los jardines de palacio con bellas cortesanas, y le resultaba raro verlo tan serio en una asamblea real. ¿Raro? No, le resultaba asqueroso. Algo le decía que iba a odiar a todos los de esa sala, incluido la alta aristocracia de siempre como Antoine Mounier, que rabiaba como un cochinillo.

-¡Es un insulto que toda esta gente esté aquí presente después de todo el daño que le han hecho al imperio! He visto como muchos de estos hombres de orígenes supuestamente "humildes" han ido persiguiendo nobles y mosqueteros para matarlos a sangre fría. Se autoproclaman verdaderos patriotas y no son más que sanguinarios. ¡Y nosotros ahora les damos presencia y palabra aquí, a las puertas de nuestro hogar!

Louis Dupont dirigió su mirada hacia el otro extremo de la sala. Gautier, un joven revolucionario de una minoría social que había luchado en las calles se alzó del banco entre el estado popular señalando amenazadoramente a Antoine Mounier, a pesar de que no representaba a la bancada popular.

-¡Malditos canallas! ¡El Emperador estaba derrochando los fondos nacionales en caprichos, enviando a inútiles guerras a nuestros jóvenes y desgastando los campos! ¡Era necesario detener al Emperador de su despotismo y quitarle ese poder absoluto sobre todos nosotros! Los cortesanos vivíais de fiesta en fiesta mientras el pueblo se moría de hambre. Sí, es cierto, he matado nobles y he matado mosqueteros. ¡No me arrepiento ni de quitarle el poder absoluto al Emperador ni de nada de lo que he hecho para conseguirlo!

Antoine se dirigió hacia el rey, que expresaba su tristeza guardando silencio ante el lamentable espectáculo.

-¡Majestad, este hombre que han elegido para la bancada popular no es más que un asesino! ¡Reconoce y hace apología a las matanzas en nuestra nación! Además, los ataques revolucionarios no han cesado, muchos radicales siguen campando por las calles y haciendo nidos de revolución en barrios de los ensanches ¡Estoy seguro que no sois más que espías de ese arrogante de Víctor Durant, que sigue escondido en las cloacas y matando al no hacerse con la suya! Majestad, exijo que se les expulse a toda esa bancada de la Asamblea Real.

-¡Ya estáis los nobles escondiéndoos tras las faldas de la corona!- gritó Gautier, que era agarrado por todos los representantes populares para que se sentara y se callara. Pero seguía alzando la voz entre un mar de manos y amenazas- ¡Tenéis la suerte de que somos ciudadanos civilizados y hemos permitido que sigáis aquí! ¡Si fuéramos sanguinarios habríais sido todos guillotinados! ¡Tenéis suerte de que a alguien se le ocurriera la estúpida idea de no culpar a la nobleza de todos nuestros problemas!

-No seréis tan osado de pensar que vosotros estáis contribuyendo al bien de Montaigne, ¿verdad?

-¡Al menos lo intentamos y no nos revolcamos como cerdos en nuestra opulencia!

Ambas bancadas se levantaron lanzándose insultos y amenazándose con los puños. La misma bancada popular se peleaba con Gautier, desaprobando sus palabras, pues no querían perder la oportunidad que les estaba brindando este rey de tener voz en la Chateau du Soleil. Los nobles se mantenían unidos y pedían ayudas de los mosqueteros cuando algún exaltado salía de su banco para acercarse a los aristócratas rojos de ira. Las otras dos bancadas, más moderados, los monárquicos y los patriotas más moderados rechazaban estos comportamientos.

El rey dio orden de silencio y el chambelán presto dio golpes con su bastón.

-¡Silencio!

El representante de la bancada popular, el erudito y filósofo Regine de Ness, un hombre ya viejo, racional a la vez que pasional cuando defendía sus ideas, se acercó a Gautier.

-Muchacho, deja tus amenazas para cuando puedas cumplirlas. Piensa en los esfuerzos de Durant, no fastidies nuestro trabajo, no estás haciéndonos ningún favor. Nuestro momento llegará- de pronto alzó la voz a la mesa de presidencia- Majestad disculpen a este exaltado, se ha dejado llevar por sus emociones. No representa a nuestro sector.

Regine de Ness miró a Gautier hasta que éste asintió y se sentó con tranquilidad.

Tomó sobriamente la palabra Madelein du Chateleine. A pesar de que había compartido sus lealtades con el Concilio Revolucionario de los Ocho, se había separado de esta línea política ahora representaba la bancada moderada de los monárquicos.

-Caballeros, esto que nos está ocurriendo es lo mejor que nos podía pasar para salvar a Montaigne. Tenemos la oportunidad de aprovechar un dirigente que nos oye y que no gobierna absolutamente para sí mismo, y que a la misma vez no nos hace traicionar a la sangre real de nuestra patria. A la misma vez contamos con la experiencia y las ideas del Emperador, que sigue siendo el padre y tutor de nuestra gran nación. El futuro rey no juzgará a la nobleza por lapidar los fondos nacionales tal y como decidieron los héroes de la rebelión; estableceremos un acercamiento hacia la Iglesia y recibiremos a su Santidad en una semana para establecer un encuentro diplomático; se mantiene la nobleza y el pueblo obtiene su representación en las asambleas reales...

Aunque Víctor Durant y Madelein du Chatelein habían cedido sus palabras a la causa de la revolución y la caída de la monarquía absolutista, ambos eran muy diferentes en sus oratorias. Víctor Durant, el líder de la revolución y buscador de la creación de un gobierno dirigido por ciudadanos, era un excelente orador que hacía que todos los hombres quisieran morir por la causa, mientras que Madeleine du Cheteleine había destacado en la rebelión por ser la mediadora por excelencia, capaz de calmar un lobo sediento de sangre.

Sin embargo, la última frase que soltó Madelein du Chateleine en su discurso no calmó al lobo salvaje que aullaba en el interior de Louis Dupont.

-Además, nuestro nuevo regente y nuestro emperador conseguirán juntos rellenar las arcas del estado al darnos la paz definitiva con Castilla.

El capitán miró a sus hombres y les hizo un gesto que todos entendieron al instante. La madera de las puertas de la sala se abrieron con violencia y docenas de caballeros uniformados irrumpieron en la asamblea al mando del capitán Louis Dupont.

-¡Exijo hablar frente a nuestro alteza imperial y a esta asamblea!

El chambelán dio la orden a los mosqueteros de detenerlos y los caballeros flanquearon a su líder esgrimiendo sus sables de caballería. El rey alzó una mano deteniendo a los mosqueteros y el chambelán intentó echarlos por las buenas.

-¡Márchese caballero! ¡Los asuntos militares serán tratados en otra sesión extraordinaria por el rey!

-No. Exijo que sea el legítimo Emperador el que nos atienda y nos explique todo lo que se está hablando aquí. ¿Dónde está? Si sigue siendo el Emperador de nuestra gran nación ¿Por qué se le excluye de las decisiones políticas que queréis decidir sin él? ¡Vosotros queréis al Empereur para explotar su corona a vuestro antojo y usarlo de títere como hacen los castellanos con su rey! No sois justos ni sois benevolentes, sois unos manipuladores, unos matones que usáis al caído como escudo humano y de chivo expiatorio. Que nos dejen en ascuas esperando órdenes absurdas es algo que no voy a tolerar- Louis Dupont miró a todos los presentes-. Mi nombre es Louis Dupont, hijo del Mariscal Imperial Charles Dupont. Soy capitán del 9º Regimiento de Caballería Pesada de Montaigne, pero no siempre he sido capitán, sino que he ascendido con el sudor de mi frente y mi sangre derramada. He combatido tres largos años en el frente de Castilla, trayendo gloria a nuestro ejército, reputación a nuestros soldados, temor a las naciones neutrales y prestigio a nuestro país. He luchado junto a los destacamentos urbanos en la ocupación de Barcino, he cabalgado por toda la orilla del río Delia durante meses coordinando órdenes, he requisado cientos de hectáreas de cultivo para enviar comida a Charouse, saqueado ciudades como San Agustín para que podáis seguir con vuestras vidas en paz, he combatido largamente en la batalla de las estepas de San Juan, tristemente he perdido a mi padre sirviendo a la patria sin que se rindiera ningún homenaje y me he desangrado en la defensa de la Reina del Mar. Estábamos a punto de conquistar el fuerte del río Delia con la posibilidad de iniciar el asedio a la capital castellana...y me encuentro conque, de pronto, el Emperador decide establecer un alto el fuego con Castilla para negociaciones diplomáticas para la paz. Ni siquiera creo que eso lo haya decidido el Emperador por libertad propia, sino coaccionado por la perspectiva de una ejecución. Eso tiene un nombre ¡Se llama traición a la patria! ¡No podemos parar ahora! ¡No ahora que estábamos tan cerca! ¡Es insultante!

Antoine Mounier se alzó:

-¡El capitán tiene razón! ¡No podemos volver atrás! ¡No cuando nuestra inversión puede comenzar a dar nuestros frutos! ¡No consiento que deshagamos todo lo conseguido con nuestro verdadero dirigente!¡El Emperador debe asumir el peso de la corona de nuevo como gobernante absolutista!

-El Emperador fue destituido de sus responsabilidades absolutas sobre la nación, monsieur Mounier- aclaró Madeleine Chatelein-. Después de sus atrocidades y sus vicios mostrados y demostrados públicamente el único bien que hace a Montaigne es el de gobernar controladamente, aconsejar a su hijo en sus políticas y en mantenerse al margen. Él mismo aceptó ese destino.

-¡Es cierto!- gritó Antoine Mounier-. ¡Era eso o la muerte, como dice Louis Dupont! Debemos darle una segunda oportunidad al Emperador.

-Ya la tiene- replicó Madelein- Por eso sigue siendo Emperador.

-Pero no tiene ningún poder real.

- El rey sabiamente le mantuvo con vida para que se redimiera y le ayudara a gobernar. El Emperador ha aprobado que la regencia de la corona sea llevada por su hijo con su supervisión y la representación de todos los estados sociales. Es lo justo.

-No por lo que le corresponde por derecho divino.

-Ese argumento sí que nos hace retroceder.

-¡Basta!-gritó el chambelán dando paso al rey.

El rey estaba preparado para esto. Aunque era novato e inexperimentado, sus nuevos consejeros le habían preparado bien todas las estrategias para este tipo de asuntos.

-No volvemos hacia atrás, capitán Dupont y monsier Antoine. Montaigne no podría afrontar asediar la capital de Castilla después de una victoria tan pírrica como la de la toma del río Delia. Y tampoco podríamos afrontar tomar Ciudad Vaticana sin entrar en guerra con Vodacce. Lo miremos por donde lo miremos la paz es más beneficiosa que la guerra.

Louis Dupont vio como las bancadas más moderadas asentían y aprobaban ésta réplica con griterío.

-Reconozco tus palabras en la boca de este hombre, madre- toda la asamblea miró a la señora que estaba al lado del rey-. Primero no te importó nada los sacrificios de padre y ahora pretendes deshacer toda su memoria. Bien, pero es discutible. Lo beneficioso de la paz con Castilla dependerá de las condiciones de paz...alteza.

La gente comenzó a gritar de rabia y el chambelán le reprochó:

-Capitán, si sigue dirigiéndose a su Majestad como Alteza, se le puede arrestar por traición a la patria.

Louis Dupont ni se inmutó y acarició la empuñadura de su sable.

-Caballeros...mientras mi Emperador siga viviendo, será mi Emperador. Y éste hombre, será su hijo, por lo tanto, heredero y alteza imperial. No puedo creer que el imperio en el que me crecí se haya convertido en una parodia de reino donde un Emperador y Rey puedan gobernar juntos como consejero y gobernante respectivamente con una cámara parlamentaria tan dividida y dando voz a todos los sectores. ¡Es ridículo! ¡Este gobierno es insultántemente ridículo!

-¡¿Cómo osáis?!- gritaban desde el patíbulo donde estaban los leales al nuevo rey.

Louis Dupont se subió a los escalones de las bancadas y reclamaba la atención de todos.

-¡Poder absoluto para el Emperador! ¡Viva el Emperador! ¡Viva el Emperador!- gritaba.

Algunas bancadas le coreaban, mientras otras abucheaban. Otras pocas mediaban por conciliar todas las posturas, pero era imposible.

Las miradas del rey y del capitán se cruzaron y se confrontaron en mitad de la exaltación masiva. Luois Dupont no cedió a reverenciar ni a parpadear al rey en esos instantes eternos en el que combatieron sus miradas. El joven rey no parecía imponer su voluntad, con lo que acabó agachando levemente la cabeza a modo de respeto. Louis Dupont le desaprobó negando lentamente con la cabeza y el rey frunció el ceño con tristeza. Nadie fue testigo de estas miradas, ya que todos parecían enzarzarse los unos con los otros.

-¡Esto se puede considerar traición!- le amenazaron a Louis Dupont.

-¡No es traición si cumplo mi lealtad a mi Emperador! ¡No es traición mientras él siga viviendo y le libre de vuestros grilletes, vuestros fusiles y vuestras amenazas! ¡No es traición si lucho el hombre que llevó a la grandeza a Montaigne!

Los caballeros de Louis Dupont alzaron sables en la cámara mientras los políticos representativos vociferaban furiosos, insultados o defendiendo la postura simpatizante de Louis Dupont hacia la dura política del Empereur.

-¡El Capitán Louis Dupont muere, no se rinde! ¡Su guardia muere, no se rinde!- clamaban los caballeros alzando sus sables alrededor del capitán Louis Dupont.

El rey se acercó a Mariam Dubois y habló entre los voceríos.

-¿Vuestro hijo?

-Sí- se lamentó ella-. Hay gente que nunca está dispuesta a la paz. Se ha criado entre soldados. Su padre le crió como un soldado. No va a ceder años sacrificados de guerra por la paz con los castellanos.

-¿Vos...le comprendéis?

-Por supuesto, además, es mi hijo. Pero una madre sabe lo que es bueno para sus hijos aunque éstos no lo comprendan. Y créame, la paz absoluta con Castilla es lo que salvará a mi familia. A mi Jeanette, a mi Louis y los nietos que están por llegar.

Mariam Dubois miró tristemente cómo Louis Dupont se marchaba coreado por sus seguidores e insultado por sus detractores.

-No se da cuenta de que sus intenciones, aunque coherentes, son egoístas. Y lo que es peor...nos destruirán a todos. Él incluido.

-Quizás podáis hablar con él. Convencerle de que vuelva al rebaño. Nunca me rindo con la gente que pierde su camino.

-No tengo ninguna influencia sobre mi hijo, aparte de odio y resentimiento por no compartir los aspectos belicosos de la vida. Solo escuchaba a su padre, ese maltratador. Pero puede que consigamos mucho. Lo intentaré, majestad.

-Sea por la paz.

-Sea.

Mariam Dubois se acercó a Louis Dupont a la salida de la antecámara, a pesar de que algunos soldados la amenazaron si se acercaba mucho al capitán.

-Hijo mío.

Louis la miró duramente mientras el resto de caballeros seguían exaltando su devoción al Emperador.

-Hola, madre.

-No te robaré mucho tiempo, Louis.

-Ya lo haces, madre. No vas a conseguir nada, quizás debas disfrutar de tus nuevas influencias en Montaigne, aunque haya sido a costa de la traición y de mendigar las miguitas de poder que caen de la mesa del traicionado Emperador.

-Todo esto no lo hago por poder.

Louis se acercó a su madre fríamente, clavando sus ojos en ella.

-¿Sabes, madre? Nunca pensé que tras esas toneladas de maquillaje y peinados estúpidos se pudiera esconder una mente tan retorcida digna de un vodaccio. Pero lo que jamás pensé era que quisieras escupir sobre la muerte de nuestro padre en el frente castellano, y la de miles de soldados que murieron en la invasión para liberar Théah de la Inquisición y la Iglesia. ¿Y ahora pretendes que firmemos la paz? ¡¿Después de todos los que han muerto?!

-¿Así que es eso lo único que te importa, no? Louis, precisamente queremos evitar que mueran más innecesariamente. La guerra no podría acabar bien para nuestra nación ni para Castilla. Lo hago por vosotros.

-¿Nosotros? ¿Qué te hemos importado nosotros? ¿Y qué pasa con el Emperador? ¡Era necesario apresarlo, humillarlo en público y secuestrarlo para que accediera a todos vuestros deseos?

-Lo que ha pasado en Charouse es mucho más complejo que eso. El Emperador ha reconocido a su hijo y necesita tiempo para madurar este giro de acontecimientos.

-¿Y hubiera cambiado algo que el Emperador no reconociera esta situación?

-No lo sé.

-No, madre. Si no os hubiese aceptado lo hubiérais guillotinado y hubiérais hecho lo mismo. Solo necesitáis al Emperador vivo para que el resto de Théah no os vea como una amenaza o unos débiles y os ataquen. Lo necesitáis, nada más.

-Tu visión es demasiado simplista, Louis, hay factores personales en todo esto.

-¿Pretendes decirme que el Emperador ha cambiado toda su política  al conocer a su hijo? ¡¿Que se ha emocionado al ver a su retoño perdido y ahora es una monja que quiere la paz con todo el mundo?! ¡Maldita sea, madre! ¡Tú sí que tienes una visión simplista! Eres una traidora, una ambiciosa. Ahora comprendo cómo acabaste en Les Insurgents. Y ahora...comprendo que debiste haberte podrido allí.

-Pero no lo hice. El que me encerró nada tenía que ver con el Emperador.

-Pero quería evitar este caos. Seguro.

-Así es.

-¡Y pensar que permití a Marina sacarte de aquí! ¡Qué error más grande! Debía haber acabado con vosotras dos.

-Marina Oliván nos ha dado esperanzas. Solo se ha limitado a mostrar el monstruo que nos estaba gobernando a todos. Si hubieras visto los mismos horrores del Emperador que todos los ciudadanos de Charouse vimos en los días de la rebelión, habrías cambiado de punto de vista.

-¡Estúpida! ¡Si os ha ayudado a levantarle el poder al Empereur es para debilitarnos! ¡¿No ves que todo es propaganda castellana?! ¡La presencia de la Iglesia en Montaigne, la futura visita del Papa, un inquisidor, la paz con Castilla...! ¿No ves la mano de Marina en todo esto? ¡¿No veis la manipulación de los castellanos?! Esa muchacha es escurridiza, manipuladora.

-Yo la conozco, no es lo que tú dices, hijo.

-¡Yo también la conozco madre! Tiene esa habilidad de hacerte ver que es buena persona hasta cuando combates contra ella. Te haría creer que busca el bien de todos y hasta te perdonaría la vida con tal de convencerte de su postura. ¡Cuando estoy junto a ella hasta yo me uniría a su causa! ¡Pero cuando me alejo de ella y pienso fríamente, me doy cuenta! Nos manipula. Sus intereses siguen siendo para con Castilla. Y por defecto, contra Montaigne. ¡Contra nosotros!

-Son tiempos difíciles para Montaigne, hijo. Todos necesitamos tiempo y pensar fríamente. Incluso el Emperador.

-Eso lo dirás tú. ¿Dónde está?

-El Emperador se encuentra custodiado en los Jardines de la Reina Madre.

-Querrás decir secuestrado como la Reina Madre.

-Debería estar encerrado en Les Insurgents, Louis, tenlo presente. El destino que tiene el Emperador es el más benévolo que ha podido tener...y eso es gracias a Marina. Piénsalo.

Louis fue a ladrar a su madre, pero al no saber rebatirle salió airado, gritándole a sus caballeros.

-¡La guardia muere, no se rinde!

Y los caballeros le corearon y le siguieron hasta los jardines de la Reina Madre. No tardó mucho en llegar, allí encontró al Emperador tras una enorme verja de hierro dorado, sentado en un banco de piedra entre los contrafuertes de la Capilla Real donde murió su enclaustrada madre. Era irónico pensar que él era ahora el enclaustrado por su propio hijo como él le hizo a su madre. Escribía algo en una larga mesa de caoba al aire libre, rodeado de flores y setos decorativos. A un lado tenía un tablero de ajedrez y el sacerdote de la capilla echaba agua en la fuente para los gorriones que habitaban aquél paraíso aislado de la capital y de todo.

-Mon Empereur -saludó el capitán al otro extremo de la verja.

El Emperador estaba irreconocible sin su hábito imperial, sin su maquillaje y sin sus pelucas. Solo parecía lo que era, un cincuentón, caprichoso y cansado, con mucho en lo que pensar o en mucho en lo que no pensar.

León se levantó lentamente y sintió una punzada al oír su título. Avanzó lentamente hacia la verja como si hubiera oído un fantasma.

-¿Quién va?

-Soy el Capitán Louis Dupont.

-Oh, os reconozco, sois hijo de unos de los mayores mariscales que ha tenido Montaigne. El general Charles Dupont.

Por eso Louis sería siempre leal al Emperador, porque él siempre reconocía y recompensaba a los que eran útiles al imperio.

-Os sacaré de aquí, Emperador.

-¿Qué? ¿Qué decís?

-No permitiré que os mantengan encerrado y se reparten vuestro poder para que destrocen Montaigne. Menos aún que firmen la paz con Castilla.

-Capitán, yo firmé esa tregua con Castilla. ¿No os lo hicieron saber en el campo de batalla?

-Sí, y por eso estoy aquí. Ahora sé que le forzaron a ello.

-No. No exactamente. Firmé yo por voluntad propia.

Louis Dupont sintió una puñalada en el pecho.

-¿Por qué?- preguntó Louis dolido.

-Porque he reconocido que he perdido. No puedo hacer más. Estoy viejo, cansado, humillado delante del pueblo. Mis súbditos están revoltoso y saben que puedo ser destronado.

-Eso nunca os impidió gobernar como monarca absoluto. ¿Cómo podéis aceptar esta situación?

-Yo...nunca me defenderé de alguien que es sangre de mi sangre. Sobre todo si es mi propio hijo. Mi único heredero.

-¡¿Pero qué importa eso?! ¿No se da cuenta de que su hijo está destruyendo y dividiendo Montaigne? ¿Que está abriéndole las puertas al enemigo? ¡Destruyendo todo lo que hemos construido juntos! ¡Dejando entrar al pueblo y a la oposición representarse en las Sesiones Reales! ¡Dividiendo y desmenuzando todo el poder en un puñado de idiotas que no se pondrían de acuerdo ni en el color de la mierda!

-¡¿Crees que me gusta que esos idiotas abarroten y parloteen como cotorras en mi palacio repartiéndose todo mi poder?! ¡No, no me gusta! ¡Pero es mi hijo el que está ahí dentro! Acepto mi derrota y soy partícipe de que la guerra debe pararse ya. Al menos desde aquí puedo gobernar junto a él, aunque no tenga voto, aún tengo voz.

-¿Es eso? ¿Es porque es vuestro hijo?

-Sangre de mi sangre. Heredero de mi carne y de mi poder. Si él decide malgastarlo en repartirlo es cosa suya. Aunque espero convencerle de lo contrario.

-Quizás deba liberarle del embrujo que ha hecho su hijo en vos, emperador.

León Alexander sacó los brazos de la verja y apresó a Louis Dupont, que se quedó sorprendido de la violencia del Emperador. Sus ojos arrugados y sus cejas podadas colocaron al capitán entre la espada y la pared.

-Ni se te ocurra desafiar a mi hijo.

-Vos no estáis de acuerdo con lo que está ocurriendo, os estoy haciendo un favor si os deshago de toda esa chusma que abarrota vuestro palacio.

-Es cierto, me gustaría echar a todos esos ingratos que han hipnotizado a mi hijo de mi palacio. Recuperar mi poder absoluto. ¡Pero no a costa de la seguridad de mi hijo! Como le hagas algo...como le desafíes y pongas en peligro su integridad... juro que os mataré.

Louis Dupont quedó decepcionado al ver al magnífico Rey Sol, Emperador del Oeste, dirigente de la nación más prestigiosa de Théah, ser reducido a un viejo chocho enclaustrado en un jardín, haciendo que juega a ser emperador.

-Todo se verá, Emperador.

-Recordad lo que os he dicho- dijo el Emperador

-Sigo siendo leal a vos, pero si veo que vos mismo sois un peligro...

-¿Me amenazáis? Curiosa lealtad tenéis a vuestro Emperador.

-No sois más que un títere. Tengo que deshataros de vuestros hilos, Emperador. Si no, nunca seréis leal a Montaigne y al sacrificio de sus soldados. Mi Emperador...vos sois el Estado. Vos sois Montaigne.

Louis Dupont comenzó a alejarse de la verja, pero se detuvo.

-¿Cómo hemos llegado a esto?

El Emperador agachó el rostro, humillado.

-No quiero contároslo.

-¿Por qué?

-Porque es humillante, sobre todo viniendo de mano de Marina Oliván y mis propios súbditos.

-¿Qué tuvo que ver Marina en todo esto?

-No sé hasta que punto estuvo implicada. Los revolucionarios y los hambrientos se alzaron buscando cortarle la cabeza a la alta nobleza y convertir el reino en un gobierno de ciudadanos. De alguna manera se las ingenió para meterse en el palacio con los rebeldes...

-¿En el palacio? Imposible. ¿Cómo? ¿Traidores?

-Sí, yo mismo...yo le abrí las puertas.

Silencio.

-¿Cómo?

-¡Yo le abrí las puertas!- sollozó-. Cuando me enteré que Marina se encontraba en Charouse cerré la ciudad a cal y canto y obligué al pueblo a entregármela viva. Pero ella fue más astuta. Se organizó con el pueblo y fingieron entregármela...y la dejé entrar. Y con ella entraron sus aliados.

-¿Por qué no encerrarla en Les Insurgents?

-Porque...porque...quería hacerla mía.

-¿...qué?

-Ya lo habéis oído.

Louis Dupont avanzó hasta la verja y ahora fue él quien lo agarró de las ropas y lo estampó contra las verjas, algo que en la vida hubiera hecho jamás. El Emperador gimoteó patéticamente.

-¿Qué queréis decir con eso de...hacerla vuestra?

-Yo quería poseerla...

-Sexualmente.

-Sí. Ella me daría un hijo.

-¡Viejo loco! ¿Qué demonios le pasa a mi país? ¿Cómo demonios no me he enterado de nada de esto antes?

-¡Hay un pacto de silencio para no destruir la imagen de Montaigne!

-¡Imbécil! ¡¿Por qué creías que Marina te iba a dar un hijo?! ¡¿No había suficientes mujeres en la corte para tus caprichos?!

-¡El fantasma del espejo me profetizó que estaba libre de maldición! ¡Es cierto!

Louis Dupont le soltó al ver que el cura de la Capilla se acercaba. De pronto entendió que el Emperador estaba loco, senil.

-¿Qué te han hecho, mi emperador?- susurró con tristeza.

-Cuando Marina consiguió escapar en... unos aposentos especiales que tenía para consumar el hijo que quería, consiguió que los ciudadanos que la entregaron se desvelaran como espías y consiguió el espejo.

"Fantasmas, magia...estupideces."

-Entonces ella mostró hasta el público la verdad. Una verdad aún más aterradora. Que hace tiempo, en los días posteriores al baile de coronación, vos estuvísteis presente y bailasteis con ella, intenté... intenté...intenté...

-¡Basta! ¡Dijisteis que os atacó en vuestros aposentos!

-Era una burda mentira. Me atacó en defensa propia. Intenté vio...

-¡SILENCIO! No quiero oírlo- gritó desesperado, y sintió ganas de escupirle en el rostro- Marina hizo bien. Sois como vuestros asquerosos cortesanos, os habéis dejado llevar por una pasión irracional. Os merecéis lo que os ha hecho.

-Pero Marina es nuestra enemiga...

-¡Ella ha hecho lo que cualquier hombre de honor haría! Combatir hasta el final a un monstruo aun a riesgo de su propia integridad. Llevar la verdad hasta las últimas consecuencias. Aunque os admito que yo no hubiera sido clemente ante vuestra debilidad.

-Pero ella nos...

-¡SILENCIO! No quiero que habléis de ella, está muy por encima de vos ahora mismo, emperador.

Empujó a León hacia el interior y cayó en el césped de la capilla.

-¿Cómo osáis? ¡Sigo siendo vuestro emperador!

-Vos no sois el emperador, solo sois la sombra de una cáscara atrofiada. Os han destruido bien, pero la culpa es vuestra. No temáis, intentaré devolveros vuestro honor, vuestra gloria y cuando vea en vos al emperador al que juré lealtad, volveré a inclinarme. Si es que eso ocurre.

El Emperador no quería que Louis hiciera nada, sabía que su hijo saldría perjudicado en todo este asunto. Sin embargo, una pequeña parte de él también quería ver arder a todos esos conspiradores que lo habían traicionado y ver sufrir al pueblo que le había escupido a la cara. Dubitativo, se quedó tirado en el césped, sin querer pensar en nada ni en nadie. Así que decidió esperar y tener buenos pensamientos sobre su hijo Louis Alexander para que viera la luz y decidiera gobernar como él lo había hecho, por y para Montaigne. De forma absoluta. Sin la presencia de los conspiradores.

Louis Dupont se alejó rápidamente y montó en su caballo de guerra. Por primera vez sintió lástima por Marina. Odiaba admirarla por su lucha y la odiaba por haber dejado a ese despojo humano de Emperador más muerto políticamente que vivo. Quizás debía haber muerto, pero de alguna manera seguía creyendo que él era la esperanza de Montaigne.

Espoleó su caballo hasta salir de palacio y reunirse con su compañía.

"Así que su hijo, la presión del pueblo, la humillación pública, el desenmascaramiento de su verdadero ser y el perdón privado de Marina...es eso lo que le ha hecho cambiar. Lo que le ha destrozado y le ha convertido en una sombra de lo que es. En un asqueroso despojo humano. Los conspiradores y Marina han sido astutos para conseguir debilitar a Montaigne. Han encontrado una debilidad en el Emperador y lo ha mostrado a todo el pueblo lo malvado que es. Piensan atarlo en corto hasta el final. El Emperador ha sido hipnotizado por su hijo, que a su vez es manipulado por los rebeldes, que a su vez cumplen los intereses de Castilla. Todo es peor de lo que pensaba. Quizás deba romper todo ese embrujo y esa humillación. Salvar al Emperador de sí mismo y de sus asquerosos vicios. Habría luchado por el Emperador, pero...¿merecía pena luchar por ese hombre que había conocido en los jardines?"


Entonces pensó algo que jamás se le hubiera pasado por la cabeza.

"Quizás el Emperador tampoco merezca ser salvado"

Lo que sí tenía claro es que Montaigne debía ser salvado, con o sin ese Emperador. Quizás era el momento de demostrar quién era. El espejo donde se reflejaba Montaigne estaba fragmentado. Montaigne le necesitaba. Ahora más que nunca.

Y cabalgando hacia Castilla algo en su interior, su condecoración, su odio o su determinación, le dijo que había nacido para este momento.

Y pensaba llegar hasta el final.

Porque el capitán Louis Dupont muere, no se rinde.



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