jueves, 26 de diciembre de 2013

Cuenta atrás

La casa estaba completamente a oscuras y apenas se podía ver bien a dos pasos de distancia. Hacía frío y la noche había caído hacía ya bastante rato, quizá debimos haber llegado antes, aunque creo que a nadie le importa. Todos están ya dormidos.
Se me hace extraño alojarme en casa de otra persona, más aún si es un desconocido. Su nombre es Jacques Louis du Paix, y, aunque no me queda claro a qué se dedica, sé que nos va a ayudar a conseguir la pieza que nos falta de ese medallón. Ese medallón que, de un modo u otro, nos permitirá llegar hasta el tesoro que buscamos en las Islas Thalusianas. Aunque realmente, él solo nos proporciona la información necesaria para llegar hasta dicha pieza, el resto del trabajo es todo nuestro y…aún sigo pensando cómo conseguirlo. Nuestro “jefe de expedición”, Dayron, no parece tener idea de cómo llegar hasta el objeto, y Alonso parece divertirse más bromeando sobre Dayron y el nuevo sobrenombre que él mismo le ha dado. No les culpo, a decir verdad yo tampoco tenía ni idea, hasta que se me ocurrió una estupidez: ¿cómo conseguir esa mitad del medallón si se encuentra en casa de una niña mimada, una irritante cantante de ópera y su marido? A pesar de que barajamos numerosas opciones, como secuestrar a la niña y pedir un rescate y algunas otras muy poco discretas, finalmente pensamos que yo podía ser una buena institutriz para la niña y que en la casa encontraría la pieza del medallón. Al principio, era un plan estupendo…pero cuando conoces al elemento, dan ganas de tirar por tierra toda la compostura. Es realmente insoportable.
Hoy ha sido mi primer día en la casa de la familia Boucher (quienes tienen el medallón) y he tenido que dar gracias a las clases de modales de Julius para este “pequeño trabajo”. No sé qué habría hecho si me hubieran pedido que enseñase a la hija de los Boucher algún tipo de materia. ¡Por el amor del cielo, no soy más que una campesina! No sé nada de matemáticas, ni idiomas, ni siquiera se me dan bien la música o la pintura… Y aunque intente hacerme pasar por una mera institutriz, mis manos callosas delatan mis raíces y el verdadero color de mi sangre. Hay cosas que no se pueden ocultar, y eso es algo que me acompañará siempre… 
Aun así, no me disgusta de donde vengo; de hecho, no lo cambiaría por nada. He aprendido muchas cosas que solo quienes son como yo comprenden. Ahora conozco sabor del esfuerzo y a qué huelen las recompensas por él. Conozco el tacto de la derrota y el sonido de la victoria, vista siempre con los ojos de la dura realidad. Dudo que alguna institutriz de Montaigne sepa lo que es eso, a menos…que se llame Marina Oliván o esté tan loca como yo.
En cualquier caso, el ajetreado día de hoy está llegando a su fin, y la casa del señor Jacques du Paix nos lo recuerda con sus velas apagadas y su silencio nocturno. Alonso y yo entramos con sigilo para no despertar a nadie y, después de buscar un poco, encontramos un candelabro que pudiera iluminar la estancia.
Todo estaba como esta mañana: desordenado y polvoriento. En este lugar las pelusas no juegan al escondite, ni sienten miedo de ser barridas en cualquier momento, simplemente se amotinan de manera confiada y despreocupada. Tampoco lo pasan mal las motas de polvo, que bailan sobre las páginas de los libros abiertos y escritos a medias, situados sobre el escritorio del señor du Paix. La dejadez de la amplia casa celebra una fiesta esta noche y dudo que sea la última. Me pregunto si el propietario del hogar es realmente un hombre tan ocupado  que solo tiene tiempo para él, o simplemente siente apatía por el orden y la limpieza. Además, tampoco se ha visto a criado alguno por aquí y, aunque la casa no sea una gran mansión, es lo bastante amplia como para que una sola persona se ocupe de ella. A esto se le suma el hecho de que al parecer, el señor du Paix ni siquiera pasa por aquí para comer; ya nos lo demostró su olvidada despensa a la hora del almuerzo.
 ¿Dónde pasará la mayoría del tiempo? ¿Es un hombre tan confiado que deja que permanezcamos en su morada mientras él sale a hacer sus tareas? ¿O simplemente, no tiene nada que esconder aquí? O lo que tiene que esconder, está a muy buen recaudo… Supongo que estoy delirando; la confianza que antes tenía en los demás se ha esfumado casi por completo, aunque después de todo lo que he pasado, no me extraña en absoluto. Quizá el señor du Paix no sea nada más que un hombre corriente. Eso sí, un hombre corriente interesado en el tesoro de las Islas Thalusianas.
De todos modos, la verdad es que en ese momento no estaba pensando en nada de eso. Alonso y yo subimos las escaleras que conducían al piso de arriba y mi mente permaneció completamente en blanco; no quería pensar. Finalmente, cuatro puertas se alzaron ante nosotros; un par de ellas abiertas y al fondo otras dos cerradas, donde estarían durmiendo Dayron y el señor du Paix. Aquí concluía nuestra noche.

- Pues  hala – dije rompiendo el silencio con mis suaves palabras y delicadeza habitual.


- Gracias, caballero, por escoltarme hasta la puerta de mi habitación – Alonso respondió con retintín. Yo no pude evitar reírme.


Él cogió uno de los cirios del candelabro que yo llevaba, ya que yo había adoptado el papel de hombre de nuestra extraña pareja.


- Buenas noches, señorita Oliván.


- Buenas noches… – “Barón Lara”, suspiraron mis pensamientos.


Entro en la habitación y, nada más poner un pie en ella, me topo con la cama. No tiene pinta de ser muy cómoda, pero seguro que he dormido en sitios peores. A su lado hay una mesita en la que dejo descansar el candelabro aún encendido, y ni siquiera me pregunto qué habrá dentro del armario, ni por qué hay un vaso de coñac encima del viejo escritorio. Ahora mismo, ni quiero, ni me interesa saberlo, mañana ya habrá tiempo de preocuparse por ese tipo de cosas. Hoy asaltan mi cabeza otra serie de complicaciones.

Retiro las cortinas que cubren la pequeña ventana y me apoyo sobre el marco de la misma. Desde donde estoy se puede ver una calle estrecha, empedrada e inclinada, formando una cuesta por la que pasa un riachuelo de agua sucia, acompañada de un montón de desechos acumulados. No es una calle demasiado transitada, sobre todo a estas horas, aunque se atreve a pasar por allí algún viajero, espadachín, o simplemente algún paisano que ya regresa a su hogar.
 Miro hacia el cielo y suspiro. La luna no está en su máximo esplendor, pero a mí me parece especialmente bonita esta noche. Bajo ella, Alonso y yo intentamos recuperar hacía tan solo unas horas ese tiempo que nos había sido arrebatado en varias ocasiones. Tiempo que nos pertenecía y que tarde o temprano volverá a escaparse de nuestras manos. ¿Qué digo? De “tarde o temprano”, nada. Incluso hay establecidos día y número para nosotros, y encima tendré que dar gracias a que no haya también una hora prefijada. Hay que joderse... 
Esta locura acaba pasados noventa amaneceres, el día 19 de mayo.
Es gracioso, porque cuando pasen esos noventa días se cumplirán dos años de aquello. Recuerdo que me dijisteis que, quizá no casados y con tres hijos como habíais previsto en un principio, pero sí que para entonces ya os habríais hecho con mi corazón. Si tan seguro estabais, ¿por qué no tuvisteis en cuenta que siempre le dais la vuelta al mundo, dejándolo bocabajo? El mío se tuerce constantemente por vuestra culpa, y ahora tengo un problema:

Dudo que mi locura muera.


Antes mis sentimientos eran un ovillo enmarañado y confuso, pero  poco a poco se van deshaciendo los nudos. Debo decir que era más sencillo cuando todo era un gran enredo; solo tenía que dejarlo pasar y hacer como si nada ocurriese. Aparentarlo será más difícil.


De repente, me encuentro resoplándole a la luna, aunque esto no sea culpa suya: “Es complicado”, dijisteis. ¿No me digáis? ¿Lo habéis descubierto vos solo, Alonso? Dios, hablo como si él me estuviera escuchando. Me estoy volviendo loca…Mejor dicho: me está volviendo loca. Ni siquiera sé a qué se refería con eso, ¡nunca sé de qué está hablando exactamente! Me desespera, pero quizá sea mejor así. 

Siempre que intento entenderlo termino desistiendo, pero eso es porque me da miedo. Quiero comprender qué es lo complicado para él, pero a la vez…me gustaría poder mirarlo solo de reojo. Y todo porque tengo miedo de que él sienta lo mismo que yo, sea lo que sea, claro. Aún no sé ponerle nombre, pero sé que no sería bueno que él lo correspondiese. No en la sociedad que se ve desde mi ventana.

Echo un nuevo vistazo alrededor y definitivamente, no hay más que ver. Nadie va a responder a todas las preguntas que tengo, porque ni siquiera sé si quiero formularlas. ¿No podría limitarme a conseguir el medallón, regresar a Castilla y arar la tierra como una buena campesina? No, Marina Oliván tenía que ser diferente, ¿verdad? Marina Oliván no puede estarse quieta y dejar de meterse en más problemas de los que ya tiene. Y todo porque Marina Oliván es un caso perdido, con una causa perdida.

Esta noche he querido hacer a la luna mi confidente, pero a pesar de que lleva un rato mirándome expectante, no encuentro las palabras adecuadas para expresarme. Dimito. No sirvo para esto.
 Me limito a cerrar las cortinas y me siento en la estropeada cama. Se acabaron los secretos a medias que ni siquiera yo comprendo. Tendré que tragármelos, como sea.
Encorvada, y con los codos apoyados sobre mis piernas, hundo la cara entre mis manos. Las durezas saludan a mis mejillas cuando escucho una voz en mi cabeza: “¿Y si lo vuestro fuera posible, tendrías las mismas dudas, Marina?” Entonces alzo la vista con rapidez, sorprendida por el eco de esas palabras: lo que faltaba, la vocecita de Cintia indagando en la herida. Recuerdo que me hizo esa pregunta cuando la despedí en Santiago, antes de emprender el viaje en el que me hallo. La llevaba oculta en mi memoria desde entonces, y ha aparecido justo en el momento más oportuno. ¿Tenía que ser ahora?
“Marina, no te desvíes y contesta, o vas a saber lo que es la calvicie”, me dice Cintia desde Dios sabe dónde. No quiero que me tire del pelo, pero es que no lo tengo claro, maldita sea. Quise enterrar esa pregunta para siempre, para evitar responder. ¿De qué serviría? Es evidente que nunca será posible. Mis manos están tostadas por el sol, son rasposas y el sufrimiento las ha endurecido. Las suyas, sin embargo, conocen el calor solar, pero no han sido abrasadas por él. Son suaves, cálidas y me transmiten seguridad. Nunca serán iguales a las mías…Y tampoco quiero que lo sean. Eso significaría que tendría que perder todo lo que tiene.
Dejo mi cuerpo caer hacia atrás sobre la cama, rendido. El lecho se queja de forma chirriante.

“Perderlo todo…”


Eso mismo hizo Juliette, la mujer a la que Francesco ama. Ella escapó de su casa y de sus obligaciones siendo una dama muy importante en Vodacce. No entiendo el motivo de su huída, y no sabría decir si su acto fue valiente o temerario. ¿Se lo habrá compensado la vida? ¿Qué es lo que lleva a una persona a dar ese paso tan grande? Ella ya nunca volverá a ser lo que era, ni podrá volver a ver a quienes la esperen en su tierra. Debe ser horrible, aunque también es posible que no quiera volver allí nunca más. Quizá lo que ella quería, precisamente, era escapar de ser quien era. Supongo que es una situación diferente.

Francesco, nuestro cocinero por excelencia, me habla mucho de Juliette, aunque realmente no sé nada de ella. Lo peor es que creo que él tampoco la conoce demasiado. Francesco dice que la ama y que incluso la ve en las patatas que pela todos los días. Esta idea me hace gracia; me explicó que se refiere a que la ve en todas partes y que no puede dejar de pensar en ella. A mí me pareció curioso, no era la típica cursilada que se le decía a una mujer para conquistarla, aunque creo que a Juliette no le haría gracia escuchar que a veces tiene cara de patata, por así decirlo.
De todas formas, aunque las maneras sean distintas, el significado es el mismo. Así que… ¿amar a alguien es pensarlo todo el tiempo, verlo en todas partes?
Jeanette, ahora marquesa consorte de Santiago, me lo explicó hace tiempo. Nos hicimos amigas hace mucho, y surgió el tema en una de nuestras “noches de chicas”. Jeanette es la persona más afortunada del mundo; puede que por su vida hayan pasado grandes dificultades,
pero lo que tiene ahora…eso sí que no tiene nombre. Por fin ha encontrado la vida que quería, y también la comparte con la persona a la que ama. En cambio, ante mí se abre una gran encrucijada que tendré que superar yo sola.
Jeanette me dijo que el amor es aquello que nos hace cometer locuras y estupideces, sin importar las consecuencias. Incluso me puso el ejemplo de salir por las calles de la ciudad, simplemente por si te cruzas con esa persona, como si fuese por casualidad.
Ahora me paro a pensarlo y llego a una conclusión: yo por Alonso no haría eso. ¿Ir paseando hasta encontrarme con él por…una fingida casualidad? ¿Y después qué? Es como si le estuviese oyendo: “Vaya, Marina, sabía que me echabais de menos, pero no esperaba que no pudieseis esperar a verme. Me sorprende ser tan importante para vos, lo tomaré como un cumplido”.
Menuda tontería. No creo que pudiera vagar durante horas por una ciudad solo para ver a ese idiota. Sin embargo, sé que por él pisaría el mismísimo fin del mundo, aun sabiendo que no pudiese regresar de allí.

Las velas que iluminan tenuemente la habitación están ya perdiendo su forma poco a pocoSe derriten como el hielo en primavera. Las apago con un soplo y dejo escapar el humo que desprenden.


“Si eso cuenta como amor, estoy claramente en un gran lío”.


Vuelvo a tumbarme en la cama y me giro de costado, encogiendo las piernas para adoptar una posición casi fetal. 

Creo que, más allá de lo que sienta o lo que no…todo se limita a que prefiero no saberlo. Como él ya me advirtió: “Va a ser mejor para nuestra vida diaria”.

“Va a ser mejor, va a ser mejor…” Bah, callaos ya. Decirlo es muy fácil.


Hay cosas que no se pueden ocultar, que me acompañarán siempre… y yo nunca dejaré de ser un maldito laurel blanco.


Me giro de nuevo, es imposible dormir aquí. Cierro los ojos, pero nada. ¡Dios, bastante me escuece ya la vida como para que también lo haga mi almohada! 

Me levanto enfadada, hoy todo el mundo se ha vuelto en mi contra: la cama, la luna y también las legañas que no tengo. Me voy al suelo, ¡hoy no podréis conmigo, que lo sepáis! Con un cojín y una manta bastará.
Finalmente me tumbo sobre la frialdad y la dureza de la superficie de mi habitación provisional. Esta estúpida montaña de confusiones que se despejan ha llegado porque ahora sí, siento que todo acaba.
Todo acaba y solo sé dos cosas:

Quedan noventa días para regresar a Castilla…


… Noventa días para embalsamar el corazón y dejar morir el resto.


______________________________________________________________________________
Pensamientos de Marina Oliván en casa de Jacque Louis du Paix. 19 de febrero de 1670. Barrio burgués de Le Cage, Paix,  Montaigne.

Escrito por Sara/Aleera, mi jugadora de 7º Mar ^^

1 comentario:

  1. No hay nada escrito sobre sentimientos, por mucho que haya buscado en los cientos de libro que he leído. Sin embargo, vos estáis cerca de expresar sentimientos, miedos y emociones en el gran ovillo de sensaciones en el que estamos atrapados. Supongo que en eso me ganáis, Marina, porque aunque yo sea todo ingenio, vos sois todo corazón.

    -Alonso Lara-

    ResponderEliminar