sábado, 20 de abril de 2013

Entre el querer y el deber (I)

El calor del hogar se estaba debilitando. La chimenea de madera de la habitación anterior a la alcoba mayor de la mansión Lara se negaba a seguir iluminando la habitación. Alonso miró con gesto doloroso este hecho, por lo que atizó con el hierro los tocones de madera para avivar las llamas. Cualquier analogía en ese momento con apagarse o perder la energía no le hacía ninguna gracia.

La puerta del interior se abrió y el joven se levantó en seguida sin parar de manosear los puños de su camisa. Una figura oscura con unos gruesos anteojos negros salía de la habitación con paso lento, buscando en la penumbra de la habitación a Alonso. Al ver la figura del joven, el hombre, de una edad madura y un pelo que ya encanecía, miró cansadamente a Alonso y agradeció que la oscuridad de la habitación fuera casi nula. No quería ver su expresión.

-¿Excelencia...?

Alonso tardó en responder. No acostumbraba a que le llamaran de esa manera y menos si su padre aún vivía...pero, ¿vivía? Alonso avanzó desubicado en la oscuridad y tropezó con una banqueta.

-Por Dios no me diga que...- no pudo acabar la frase.

-No, no se preocupe.  Su excelencia el señor Lara sigue entre nosotros. Dios no dispone de momento de su alma. Sin embargo, no pinta bien su aspecto, cada vez le cuesta más respirar. Siento decirle que se acabó para él el montar a caballo.

Alonso sintió cómo le machacaba la noticia. No ya por él, que lo de montar a caballo le era más o menos indiferente y algo en segundo plano, pero a su padre ser jinete era algo que llevaba en la sangre. Además, llevaba un mes y medio intentando domar otra vez a aquél corcel que había traído de su reciente viaje del Imperio de la Media Luna hacía ya un tiempo.

La puerta que salía a las escaleras del piso inferior de la mansión se abrió, entrando tres hombres de forma ordenada y con templanza: un caballero mayor, de poco pelo y poblada barba sobre una anticuada golilla blanca, vestido completamente con una capa de viaje negra; un hombre regordete, con hábitos de monseñor; y, por último, un señor delgado, despeinado, de pómulos afilados y mirada vivaz. Alonso los fue saludando conforme entraban.

-Tío Umberto, Tío Luís- con éste se arrodilló levemente y se dispuso a identificar al tercero sin éxito, al más joven-. Disculpadme, no creo conoceros.

-Es un bachiller. El letrado de nuestra familia.

Alonso abrió un poco más los ojos.

-¿Para qué...?- comenzó a preguntar mientras su voz se perdía por la oscuridad.

-Es un asunto delicado, Alonso- comenzó diciendo monseñor Lara, el hermano pequeño del Barón Lara- Necesitamos un testamento del señor de la Casa Lara antes de que Dios reclame la presencia de nuestro hermano. El excelentísimo Barón debe poner sus asuntos en orden para que la casa prospere.

-¡Por el amor de Dios, no habléis así!-escupió Alonso con un grito ahogado- ¡Mi padre aún vive y está detrás de esa maldita puerta!

-¿Está despierto, doctor?- preguntó Umberto Lara- Es necesario que hablemos.

El galeno asintió levemente y condujo a los Lara y a su letrado en leyes a la alcoba mayor. Alonso no entró, le irritaba toda aquella situación. Era como si todo fuera un negocio, como si la muerte fuera un tramo burocrático que debían certificar. Estuvo escuchando los murmullos de la habitación, pero solo se acercó a la puerta cuando le pareció escuchar su nombre en el interior de la habitación. Colocó la oreja en la puerta y escuchó la voz de su tío Umberto.

-No os sulfuréis, hermano. Solo digo que la permanencia de la Casa Lara puede correr peligro. Alonso es el único hijo que tenéis, el único que puede asegurar que puede transmitir nuestro apellido y, sobre todo, el título nobiliario de nuestra casa, el que ganaste a pulso al servicio del Rey en la Guerra de la Cruz. No podemos perder tal prestigio de forma tonta.

Gregorio Lara, padre de Alonso, tosió acaloradamente durante un buen rato mientras intentaba hablar.

-Por todos los diablos, ¿creéis que no me he encargado de hacérselo saber a mi hijo? Somos conscientes de nuestro deber para con la Casa Lara. Mi hijo sabe cuáles son sus obligaciones, como yo sé cuáles son las mías, maldita sea.

El Don Lara comenzó a toser y Alonso escuchó como dejaba un vaso de agua en la mesita. Umberto volvió a tomar la palabra cuando cesó el ataque.

-Dices que tu hijo es consciente de sus deberes de transmitir el apellido cuanto antes, pero no creo que ir por las calles de la villa siempre de la mano de una mujer, cada día distinta, sea lo que esperamos todos.

-Estará buscando la más apropiada- dijo Barón padre.

-No sabría qué decirte, hermano. Corren rumores por la Villa de que tu hijo había conseguido aceptar una propuesta de matrimonio con una tal Cintia, pero que se ha echado atrás. Tememos que tu hijo no quiera cumplir con sus obligaciones.

-¡Rumores! ¡Rumores!-gritó el Barón enfurecido- No sabía que hicieran caso a las habladurías de las viejas, caballeros. Me dejan estupefacto- de nuevo tuvo un ataque de tos y continuó-. Escuchadme bien, sé muy bien que teméis que perdamos todo lo que hemos conseguido, que no es poco, así que una cosa os digo, mi hijo no me defraudará.

 Alonso se retiró de la puerta y se sentó en el butacón de roble junto a las pocas llamas de la chimenea.  Se quedó en el salón, atizando el fuego, golpeándolo con rabia para que no se apagara. No quería quedarse a oscuras.

Cuando las agonizantes ascuas cedieron a su inevitable final, una luz entró por la ventana. Estaba amaneciendo. Era hora de ir a misa.

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-Padre, no deberíais haberos levantado de la cama, aún no estáis en condiciones- le dijo Alonso tomándolo del brazo. Andaban por la calle mayor, bajando de la Mansión Lara. Todo el mundo les daba los buenos días tanto al Barón padre como futuro Barón.

Futuro Barón... no quería ni pensarlo. Aún estaba destrozado por la conversación que no debería haber escuchado.

Su padre se atusó el bigote con diligencia.

-¡Menuda tontería! He servido en la Guerra de la Cruz junto a su majestad, un catarro no me impedirá no ir a misa.

Pero Alonso sabía que era algo más que un simple catarro.

-Así de blando sois los jóvenes. Deberías viajar, ver mundo y sobre todo combatir para ser un hombre.

Alonso dejó de escuchar y se limitó a conducir a su padre calle abajo hacia la Iglesia de Santa Elena. Sabía que su padre empezaba a hacer a defender que todos los jóvenes deberían marchar en el ejército aunque fuera unos años, para tener disciplina y haber visto mundo. Alonso sentía que su padre y él estaban eternamente alejados. Su padre era un veterano de una cruel guerra y él ni siquiera había empuñado una espada. Sentía que defraudaba a su familia, que se esperaba grandes cosas de él. Y lo que más le quemaba, sentía que defraudaba a su padre.

Llegaron a la Plaza Mayor de la Villa y mentidero del pueblo. Ya estaban las gentes agolpadas para entrar. Entonces, la mirada de Alonso se tropezó con el de una muchacha que conocía. La joven, morena, de pelo ondulado azabache, agraciada y de clase humilde, iba de la mano de su madre (que seguramente en su juventud había sido igual que su hija), y a su lado estaba su padre, con una expresión de aburrimiento infinito.
La conocía, prácticamente, eran unos buenos conocidos e incluso se podía decir que amigos. Ella era Marina Oliván, y le sorprendió reconocer que era una de las pocas muchachas de la Villa con la que no había intentado intimar. Entonces tuvo una idea.

-Esperadme aquí, padre- dijo éste soltando el brazo del hombre con delicadeza.

-¿Adónde vas, hijo mío?

-¡Será solo un momento!- respondió Alonso corriendo hacia el pozo.

Alonso sacó un papel amarillo y rompió un trozo pequeño. Sacó un carboncillo y empezó a escribir sobre la piedra del pozo.

Se lo guardó en el bolsillo y fue corriendo hacia su padre. Los feligreses entraron y se saludaron entre ellos, con especial atención hacia el barón.

La misa pasó sin incidentes y  llegó la hora de tomar el cuerpo del Profeta. Como marcaba la costumbre de la Villa, los primeros en consagrarse fueron el Barón y su hijo. Tras tomar la comunión, Alonso se cruzó con Marina, que esperaba en la cola. Alonso la saludó como un caballero, la tomó de la mano y se la besó, sonriendo al ver el pequeño escándalo que estaba formando en la iglesia. Retiró la mano con elegancia, y Marina pudo comprobar que tenía un papel amarillento en la mano, el mismo papel en el que había escrito en el pozo.

"Encontraos conmigo en el granero abandonado. Venid sola"

Alonso sonrió mientras volvía a colocarse en su banco de la iglesia. Marina Oliván no le rechazaría, haría que su padre estuviera orgulloso de él. Esta vez afrontaría el deber...aunque el querer deseaba otra cosa.

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Villa de Santa Elena, antes de la misa de un domingo de Julio de 1668. Justo un día antes de que Marina comenzara sus aventuras por Théah tras la vuelta de su malvado tío Harold.

1 comentario:

  1. Decidir entre querer arrepentirse de haber hecho algo o de no haberlo hecho, supongo que es más o menos lo mismo. Por supuesto, yo me decantaría por lo primero.
    Escuchad a vuestro corazón, Alonso, ¿quién sino va a hacerlo? Que vuestros sueños no se vean reflejados solo en los libros; vividlos.

    Marina Oliván

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