miércoles, 20 de abril de 2011

¿El comienzo de algo nuevo?

La campiña de Santa Elena siempre le había transmitido una calma placentera, un estado de reposo constante y una frescura inigualable. A pesar de estar relativamente cerca del frente de guerra, en aquél pueblo se respiraba paz por todas partes y sobre todo en sus gentes, repletos de campesinos humildes de corazones leales, apasionados y alegres al igual que sus guitarras. Podría acostumbrarse a aquél país, aunque evidentemente no podría olvidarse nunca de su tierra natal. Sin embargo, la campiña de Santa Elena no tenía nada que envidiar a los pastos de Ávalon, pues eran igual de verdes y frescos. El hombre, tapado con una larga capa marrón y un gran sombrero de ala ancha, estaba ensimismado en sus pensamientos mientras paseaba por la feria y el mercado de Santa Elena, bulliciosa de actividad, esquivando gallinas, rebaño y gentes por igual. Aquellos días de la semana eran los únicos en los que no había paz en las calles del pueblo, pensó sonriendo mientras compraba una manzana en un puesto y la mordía con un sabroso crujido. Quien sabe, a lo mejor un día compraría una casa solariega y se establecería en ...
De repente un empujón le hizo perder el hilo de sus pensamientos.
-Por todos los...- contuvo un juramento en perfecto avalonés al ver cómo se le caía la fruta tras el golpe.
Alguien le había empujado, pero el torpe no se paró y siguió corriendo a través del mercado, espantando a todos: tanto animales como campesinos. No pudo ver su rostro, pero iba con extrañas ropas, con una levita negra de ropajes púrpuras y un sombrero de ala ancha negro. Lo vió escapar mientras se incorporaba dolorosamente tras el agravio, pero cuando vio la manzana en el suelo echó a correr tras él dispuesto a reclamar una disculpa. Salió a correr tras él por todo el mercado.
-¡Detente!
Tanto perseguidor como perseguido, tras una larga carrera y una lluvia de insultos por parte de los campesinos, salieron de la feria y llegaron a la plaza del pueblo, que estaba desierta por el evento. Allí, el perseguidor atrapó a la figura oscura, que parecía no saber dónde huir, y la arrastró hasta un oscuro callejón. El callejón olía a orina y a perro muerto, pero sería suficiente para mantener una seria conversación. Estampó al personaje ataviado de negro contra la pared y vió como este ofrecía resistencia:
-¡Moriré antes de decir una sola palabra!-gritó con voz aguda el preso.
El avalonés miró fijamente a los ojos al trajeado de púrpura, sólo a los ojos, pues era lo único que vislumbraba de su rostro porque lo tenía oculto tras una máscara blanca completa, orlada con líneas púrpuras que se extendían de la comisura de sus labios como un bigote retorcido.
-¿Hablar? ¿Quién te está pidiendo que hables? Me habéis empujado en plena calle y no he oído siquiera una leve disculpa de vuestros labios.
-¿Qué...no eres uno de ellos?- contestó el enmascarado aliviado.
-¿Uno de quienes?- dijo él mirando alrededor.
Al final del callejón, vió cómo en la bocacalle corría gente armada dando órdenes de búsqueda y maldiciendo haber perdido de vista a alguien. Supuso que perseguían al hombre enmascarado...y si no se equivocaba, pertenecían a la guardia vaticana.
-¿Te persiguen?
El aludido aguantó la respiración y miró a todos lados todo lo que le permitía la presa que le había echado el avalonés. Por su porte, el enmascarado supuso que estaba ante un espadachín y
posiblemente perteneciera al gremio. Las campanas del pueblo sonaron, lo que les permitió a los dos extraños intercambiar unas palabras sin que les escucharan.
-Mira, me da igual lo que hayas hecho, solo quiero una disculpa...en mi tierra los modales son lo primero y...
-¿Sois un poco pesado, no? Mira, yo solo intentaba huir de una injusticia y tú estabas en medio.
-¿No pensáis disculparos? Pensaba que los castellanos teníais más modales.
-Los tenemos, pero somos más cabezones. Y vos no os quedáis atrás, ¿por qué no me soltáis? juro que no me volveréis a ver.
-¿Por qué vais enmascarado? Sólo los criminales desean ocultar su rostro.
-Eso no viene al caso. Y ahora sois vos el que me insultáis a mi.
-Entonces no nos queda más remedio que batirnos en duelo.
El enmascarado sintió la respiración amentolada del avalonés...suspiró al ver que no tenía elección.
-De acuerdo, duelo a primera sangre en la granja abandonada.
-Elegid arma.
-Floretes. Sin padrinos.
-Al amanecer.- se despidió el avalonés con un giro que hizo volar su capa, dejando ver las cazoletas de sus armas.

Las campanas siguieron sonando...y el enmascarado escapó escalando por el campanario, levantando una ola de palomas blancas. Los guardias se marcharon al no haber atrapado a ese enmascarado tan escurridizo.

-Se escapó de nuevo.- dijo uno de los guardias de la Iglesia a otro.
-¿Cómo demonios lo hace? Desaparece cuando menos lo esperas.
-Brujería...seguro.
-Callaos, es solo un delincuente. Un enmascarado más.- dijo el superior.
-O el Vagabundo.-dijo otro poniendo énfasis en "el".
-No...si fuera el Vagabundo no hubiera huído de esa manera. Su fanfarronería le hubiera delatado- concluyó el sargento-. Estoy casi seguro de que no tiene relación con él, si no que es la persona que buscaba el Cardenal de Barcino ¡Marchad!

La guardia vaticana fundó sus espadas y se marcharon de la plaza. No sabían que desde los tejados el enmascarado al que perseguían les observaba. La figura de púrpura suspiró abatida, ahora debía cumplir su palabra y presentarse al duelo...menudo día.

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Cuando amaneció los duelistas se encontraron en la granja abandonada de la campiña, apartada del pueblo. Se saludaron con las armas y dió comienzo al duelo. El enmascarado volvió con su rostro oculto pero el avalonés no dijo nada, dejó que su espada hablase por él. Demostraron ambos ser expertos espadachines, para sorpresa de ambos. El enmascarado demostraba desdeño al poner la zurda tras la espalda, mientras que su contrincante colocaba su izquierda arqueada por la posibilidad de poder bloquear el brazo armado de su enemigo. Tras un combate igualado y veloz mientras amanecía, el avalonés consiguió colocar al enmascarado frente al sol y de una estocada le quitó la máscara. Lo que no esperaba encontrar detrás era el bello rostro de una mujer castellana, ojos negros y de largo y ondulado pelo azabache. Era lo que él llamaba una belleza peligrosa. Ella sonrió y aprovechó la incertidumbre de su oponente para propinarle una patada en la espinilla. En cuestión de segundos el espadachín estaba en el suelo con la punta de la espada de su contrincante en el cuello.
-Os habéis dejado sorprender.- dijo la mujer con una sonrisa encantadora.
-No es para menos.- contestó él tumbado en la hierba, desarmado.
-¿Os disculparéis y me dejaréis irme tranquila?
-No, no llevais la razón...pero os diré una cosa que sí es verdad: sois la mujer más hermosa que haya visto en la vida.
La mujer arqueó una ceja, extrañada, sorprendida y...encantada. ¿Qué le pasaba? Ahora fue él el que con sorprendente velocidad la enganchó de las piernas y la tiró al suelo junto a él. Ahora los dos estaban en la hierba, desarmados y respirando trabajosamente.
-Ahora sois vos la que os dejásteis sorprender.- dijo él con un hilo de voz, cansado.
-No es para menos.- respondió ella sonrojada como él hiciera hace unos minutos.
-Os disculparéis por haberme empujado, ¿pues?
-No. ¿Y vos por haberos puesto en mi camino?
-No, pues no lamento haberos conocido.-musitó él contundente.
A ella casi se le escapa una carcajada.
-Entonces me temo que vamos a pasar mucho tiempo juntos.- replicó ella fingiendo seriedad.
-Quizás no me desagrade la idea.- dijo él mientras se levantaba.
-Continuaremos entonces mañana a la misma hora hasta que os disculpéis.- dijo ella.
-¿Es una excusa para volver a vernos, señorita?

Ella no respondió, se fue por el campo mientras se colocaba de nuevo la máscara, para que no viera su sonrisa.


Castilla, campiña de Santa Elena, hace 32 años.

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