miércoles, 12 de septiembre de 2012

El Azote de Théah

La noche había caído y el frío estaba empezando a calar los huesos de las gentes de la pequeña aldea a las afueras de Breslau. Pescadores, leñadores y cazadores fueron a dormir para descansar los entumecidos músculos; y por ello estaban terminando de montar las fuertes contraventanas que impedían que la luz entrara de noche y pudieran dormir. Y esto es porque, en Breslau, la oscuridad de la noche apenas existe, y eso siempre había fascinado a la pequeña y aventurera Ivanova. Corriendo descalza por la nieve, miraba de un lado para otro en las solitarias callejuelas para que nadie descubriera sus solitarias correrías nocturnas; pero ahora era diferente, las noches eran seguras desde que una extranjera castellana, del cálido sur, había cazado la Bestia que les había robado el sueño durante años.

Con los pies un poco doloridos por la nieve, llegó corriendo una vez más a su cita de medianoche. Escaló el taller abandonado y subió a su maltrecho techo de madera y se apoyó contra la chimenea de piedra, respirando el aire puro de olor a pino del cercano bosque. Pero a ella lo que le fascinaba era la mágica vista que se veía desde allí. Sobre la blanca nieve del este de Ussura se alzaba un enorme muro de fuego en un horizonte no muy lejano. Coronada con una fantástica aurora boreal, el muro de fuego ardía mágicamente como una pared de lenguas de fuego que nadaban hacia el cielo con un brillo misterioso. La pequeña Ivanova recordaba cada noche la historia sobre el Muro de Fuego. Pensó en ese extraño país que debía encontrarse al otro lado: Catay. Pensó en si quizás al otro lado de la muralla había niños como ella que se escapaban por la noche de casa y miraban el enorme fuego, soñando en atravesarlo y descubrir los maravillosos tesoros que encerraban aquellas tierras inexploradas. Algún día conseguiría viajar a las tierras de Catay y conocería a sus niños para compartir los sueños que les habían contado a las llamas del Muro como un ser poderoso que podía recoger sus deseos. Como todas las noches, esperó las lágrimas del cielo cayeran en forma de estrellas fugaces, para desear que algún día ella, Ivanova Vólkov, sería la mayor exploradora ussura de todos los tiempos y que ningún muro de fuego la detendría.

Entonces se escuchó un enorme estruendo del este, pero no temió nada. Nada podía asustarla esa noche. El licántropo que tantos años la había asustado no podría volver para devorarla aquella noche. Se lo debía a Marina Oliván, la extraña que llegó del sur hacía ya dos semanas. Atrapó la Bestia de la nieve y la dejó en manos de la Abuela Invierno para que ella, en su sana sabiduría, juzgara si aquél sanguinario misionero merecía morir helado en su manto blanco o que sobreviviera un día más. Recordó el miedo que pasó hasta entonces por las noches, pensando que en cualquier momento una bestia de pelaje oscuro como una noche sin estrellas la devoraba mientras dormía. Pero todo lo malo se desvanecía cuando recordaba a la heroína castellana de pelo azabache, Marina, y de todas las cicatrices que observó en su cuerpo cuando la bañaron en la sauna de su casa. Su cuerpo parecía tan maltratado por las miles de aventuras que Ivanova imaginaba que había vivido... ¿era eso lo que les esperaba a los aventureros y a los héroes? No, eso no la echaría para atrás, ella quería ser como Marina, la única extranjera que se había ganado el respeto de los ussuros de Breslau. Y ella sabía perfectamente que eso era toda una hazaña para un extranjero.
Algo la sacó de sus ensoñamientos. Otra explosión fue traída por el viento desde el este. El Muro de Fuego titilaba. Volvió a la realidad, que no por ello era menos fantasiosa. Algún día saldría de Ussura, algún día vería lo que había tras ese muro...

Entonces deseó que el Muro de Fuego se abriera para ver sus maravillas...y las llamas la escucharon y el Muro de Fuego se abrió.

Y entonces, solo entonces, Ivanova comprendió la frase que su abuela le decía muchas veces cuando paseaban por los bosques nevados de Breslau.

"Ten cuidado con lo que deseas"


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El ruido de los caballos era considerable y cualquiera podría haberlo escuchado, pero era amortiguado por el clamor de las llamas de la Muralla. Los caballos relinchaban y se encabritaban cada vez que uno de sus enormes jinetes se acercaba demasiado a la pared flamígera. Los hombres olían casi peor que las bestias que montaban. La mayoría de los guerreros se habían quitado las pieles para atravesar el Muro de Fuego.

Una enorme fila de jinetes bárbaros salía encabezados del fuego por una figura de anchos hombros revestido de pieles y un peto nada bruñido. La cabeza totalmente rasurada mostraban las cicatrices de muchos golpes mortales, a los que había sobrevivido uno a uno; la mirada se mantenía helada a pesar del reflejo de las vivas llamas en sus ojos, las mismas llamas que pensaba traer a Théah. Los pómulos eran afilados como las cimitarras de sus hombres y sus barbas rubias anudadas como la decisión de sus guerreros. Montaba una bestia a la que los occidentales llamaban "caballos", pero en Catay los caballos eran algo más que monturas, eran increíbles armas de guerra y bestias imparables; y por ello, todo su ejército iba montado en bestias de guerra. Cuando contempló lo que había tras el Muro de Fuego extendió los brazos y tomó todo el aire que pudo y lo expulsó de forma pausada...olía a tierra conquistable, olía a países arrasables, reinos podridos y gobernantes que se creían semidioses.

Zerhkan, el caudillo del gran ejército de las arenas, alzó la cimitarra y emitió un rugido impropio de un hombre civilizado. Los cientos de miles de guerreros que salían del muro para entrar en Ussura respondieron como el rugido de una enorme bestia a la que el mundo civilizado creía muerta.

-¡Guerreros de las arenas de fuego, respirad este aire puro del que nos despojaron los occidentales! ¡Tierras que hace mucho nuestro Rey conquistó en justa lid contra el Imperio de Numa! ¡Tierras de las que nos expulsaron con deshonrosa hechicería hace ya unos interminables 13 siglos! ¡Quién de vosotros, hermanos míos, me acompañará para regar de sangre sus hogares, derrotar a sus débiles hombres y obligarles a ver como violamos a sus mujeres!

El rugido retumbó junto a la Muralla abierta, el fulgor del fuego mágico hacía que el Caudillo Zerhkan parecería envuelto en unas llamas que nada podían hacerle. Todos los aldeanos de Breslau escucharon el rugido de guerra, pero mejor aún los escucharon los estupefactos leñadores ussuros que se encontraban a escasos metros. Sven Vólkov, padre de Ivanova y conocido leñador de su aldea; y Vasiliev, aprendiz del oficio, observaban atónitos la bárbara escena que contemplaban desde los pinares.

Un solitario aplauso se escuchó tras el feroz grito de los guerreros. El caudillo se giró no sin antes de dar órdenes a los hombres de atravesar la efímera entrada de la muralla. El señor que aplaudía no era más ni nada menos que un caballero vestido con un abrigo desmesuradamente elegante con una enorme peluca blanca occidental, que probablemente marcara alguna relevancia social en la estúpida sociedad occidental; miraba con total superioridad al caudillo tras unas lentes redondas y bien limpias; pero aún así se veía claramente que era un hombre mayor, aunque bien lúcido. Zerhkan pensó que debía matarlo allí mismo solo por haberle mirado por encima del hombro, pero decidió que, de momento, era el único que había podido abrir una entrada en el Muro de Fuego.

Le permitiría vivir. Zerhkan apremió a su montura para hablar con el desconocido que les había abierto la Muralla de forma desinteresada. Al menos aparentemente, el caudillo era un guerrero bruto, pero no era estúpido.

-Tú nos has abierto Muralla de Fuego para mis guerreros. Mis hombres te lo agradecen...

"Te permitiré vivir de momento" concluyó el caudillo la frase interiormente.

El hombre, maduro, habló con un marcado acento castellano alzando una pequeña piedra donde el fuego brillaba con un pequeño chasquido de sus dedos.

- Me alegro de que les haya sido de ayuda, amigo mío. -dijo el caballero maduro.

Cuando escuchó la palabra amigo, Zerhkan reprimió una mueca de asco. Los occidentales, o solo este, usaban muy a la ligera el término "amigo".

-Os preguntaréis cómo os permito que vuestro ejército de bándalos permita entrar en Théah cuando es evidente que pertenezco esa civilización- se adelantó el occidental con cierta prisa-. No debéis interesaros por los intereses de los 13 ni de nuestros objetivos si no queréis que cierre el Muro ahora mismo.

-¿Todos los occidentales son tan reservados y desconfiados como tú? ¿Qué deseáis ganar entonces con todo esto? Si algo sé de esta vida, es que nadie da algo sin querer recibir nada.

-No. Solo nos interesa lo mismo que a vos: destruir la sociedad occidental, decadente, pecaminosa y arrogante. Es hora de que los cimientos de los falsos poderosos caiga y que las leyes que los amparan se transformen en anarquía. Traed la ley universal del más fuerte.

-Eso lleva esperando mi pueblo durante 13 largos siglos exiliados en las arenas, obligados a matarnos entre nosotros por el agua y los alimentos...por fin, podremos vengarnos.

El caballero sonrió ante la cifra de siglos que decía el caudillo que habían pasado desde que el César del Imperio de Numa los echó de Théah.

-No os será fácil. Os encontraréis disciplinadas líneas de mosqueteros, formaciones militares avanzadas, hombres que han aprendido la magia de la pólvora negra, artilleros profesionales, bayonetas que interrumpirán la carga de vuestros caballos y soldados que aman a su patria más que a su vida.

El caudillo escupió con desdén y dio dos pasos al frente, quedándose 3 cm frente al hombre mayor. A pesar de que sabía que aquél hombre había abierto el Muro de Fuego y que por ello debía ser uno de los más poderosos de la tierra, Zerhkan no se acobardó. Por el contrario, su interlocutor dio un paso atrás, asustado.

-¿Disciplinadas líneas de mosqueteros? Ellos se encontrarán con una ola de salvajes que no temen a la muerte ¿Formaciones militares avanzadas? Nosotros competimos para ver quién es el primero que le arranca la cabeza al general enemigo ¿Que los occidentales contáis con armas que escupen fuego? Su fe en las ciencia es su debilidad, y cuando la tecnología los abandone nosotros estaremos allí para matarlos ¿Artilleros profesionales? Nosotros somos más que eso, hemos nacido para matar. ¿Bayonetas? Hojitas de 5 o 6 cm muy finitas que no atravesarán la carga de cien bestias enloquecidas por saborear la sangre de los theanos ¿Me decís que los soldados occidentales aman a su patria más que a su vida? Los míos odian su tierra y preferirán morir eternamente antes que volver a las arenas mortíferas y hambrientas de almas humanas de Catay. ¿De verdad creéis que estamos en desventaja? -dejó una pausa y avanzó, con lo que el caballero dio otro paso atrás, manteniendo la mirada al caudillo pero asustado- Yo creo que no. Théah contará con hombres elegantes y armas avanzadas...pero lo que yo tengo aquí ¡SON GUERREROS!

El ejército bárbaro alzó las cimitarras y enloquecieron. El caballero castellano, lejos de asustarse, sonrió pensando que eso era lo que quería.

-Así sea, entonces.

El caballero sureño guardó la piedra llena de sangre, y los fuegos dejaron de obedecerle, cerrando el Muro de Fuego una vez la enorme ola de bárbaros se concentró en Ussura.

-¿Quién demonios eres tú?- preguntó el caudillo desconfiando de la hechicería que les había encerrado allí hace mucho.

-Soy el invento de los hombres: la guerra, ciencia militar, el pensamiento militar, la filosofía guerrera, el arte de morir, los inventos que traen solo la muerte, las llamas en la sangre de los guerreros...todo aquello creado por el hombre para quemar al hombre, podéis llamarme Fuego.

-Fuego...-murmuró en voz alta el caudillo. Los occidentales seguían igual de corruptos con la sangre hechicera, no habían cambiado nada desde los tiempos del César que los expulsó a las arenas ardientes de Catay.

Una mujer atlética envuelta en pieles y pintada con tatuajes de guerra se acercó a Zerhkan una vez el extraño se fue.

-¿Por qué le permitís vivir?- preguntó con una sonrisa socarrona

-No le permito vivir, Ainia, a pesar de haber abierto el Muro sigue siendo uno de ellos.

-¿Entonces?- preguntó ella arqueando exageradamente una ceja y sonriendo, sabiendo que tenía algo peor en mente.

-Simplemente...morirá el último. Por los servicios prestados.

-Sí...-respondió Ainia complacida-. Los trece morirán también.

Habían pasado una docena de siglos y los occidentales habían avanzado bastante, pero seguían igual de corruptos. Los occidentales debían morir y dejar que las leyes guerreras, las del más fuerte, gobernaran Théah. Después de todo, era la única ley justa que existía en este mundo.

Sería todo un honor expandir el fuego de Catay por toda Théah.

-¡Mi señor!

Un grito vino de los bosques y un guerrero lleno de pendientes arrastró dos hombres.

-¡Espías, mi caudillo! Estaban en los bosques mirando.

Zerhkan puso una mano sobre sus barbas y otra en la espalda, empuñando la cimitarra.

-¿Qué deberíamos hacer con ellos?- dijo tomando de los cabellos a Sven Koslov y poniendo su garganta en una posición vulnerable.

-Iban armados, mi caudillo- agregó el guardia arrojando dos hachas.

-Leñadores- concluyó Zerhkan-. Bien, ussuros, dejad vuestro trabajo. Ya no importa nada de lo que hagáis...id a vuestros hogares y proclamad que Zherkan el Azote de Théah está aquí. Que todos vuestros guerreros se preparen porque pensamos darle lo mejor que tenemos, espero que esteis a la altura. Avisad a vuestros reyes y generales que su fin se acerca...es la hora cien años de anarquía, la vuelta a una edad oscura de la que nosotros no hemos salido nunca.

Sven y Vasiliev respiraron trabajosamente. El aprendiz de leñador, Vasiliev, se orinó encima al notar las amenazas sibilantes del gran caudillo. Los guerreros entraron en carcajadas al ver la debilidad del muchacho ussuro.

-Creo que no entienden nada de lo que estoy diciendo. Bien, os daré un mensaje que vuestros reyes sí entenderán.

Y acto seguido le rebanó la cabeza a Vasiliev. Un chorro de sangre regó a Sven que apretaba la mandíbula de rabia.

-¡Matsuhka no te permitirá tomar nuestra tierra! ¡La abuela invierno te ahogará en su manto blanco! ¡Esto es Ussura y solo las que respetan su tierra son dignos de pisarla!

-¡Ja! ¿Vengo de una tierra donde las arenas arden y se tragan a los incautos. La nieve no deja de ser para mi nada más que arena fría. ¿Crees de verdad que tu maldito dios es capaz de impedir que llegue al corazón de Théah? Mi destino es saquear Numa.

-¿Vodacce? No tenemos nada que ver con ellos...Ussura casi no tiene nada que ver con Théah. Ninguna nación quiere saber casi nada de la otra. No somos una tierra unida...

-Pues tendréis que serlo. Porque si no...pereceréis- vaticinó entregando la cabeza aún bombeante de sangre de Vasiliev-. ¡Avisad a vuestros reyes, el fin de tu decadente cultura se acerca!

Sven, aferrando la cabeza de su amigo, salió corriendo a avisar a su mujer y su hija Ivanova y a salir de allí cuanto antes.


Zerhkan dejó que el mensajero se marchara. Alzó la cimitarra y señaló el camino de conquista.

-¡SOY EL AZOTE DE THÉAH Y NOS DIRIGIMOS A NUMA! ¡PREPARAOS PARA EL SAQUEO!

Los hombres cabalgaron por las nieves como una plaga que presagiaba el fin de todo el mundo conocido. El Azote había llegado a las casas de Théah.

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En el frente Montaigne-Ussura hacía un frío que no era normal. Félix Marangio, sargento del destacamento de Bascone se calentaba con un poco de vodka robado en los territorios conquistado y arrancando las innumerables flechas en los afortunados cadáveres que habían muerto por las flechas de los cosacos ussuros y no por el frío de la tierra.

-¿Por qué mierda querría el Rey Sol tomar este maldito cubito de hielo?- decía su superior, un mosquetero real. Ya no llevaba el tabardo, hacía tiempo que había dejado de gustar portar el emblema del sol en su pecho...quizás porque la fe en su Rey ya no le aportaba el calor de antaño.

Félix se atusó el bigote y comenzó a coger nieve para derretirla, por lo menos el agua no escaseaba allí. No tuvo problema, los cosacos se habían marchado, pero probablemente volverían cuando los montaigneres se hubieran muerto de frío. Cuando volvió a entrar en la trinchera respondió con una reflexión que tenía en la cabeza.

-Probablemente el Rey Sol mande aquí a todas las personas que le hayan fallado o simplemente quiere matar. ¿Qué mejor manera que enviándonos en este lugar dejado de la mano de Dios?- echó un sorbo de agua, pero lo dejó en seguida, el frío de allí le había destrozado la garganta y no podía dar ni un solo trago.

-¡Capitán, el enemigo se acerca a la trinchera!- dijo un soldado del contigente.

-No es posible- respondió Félix y se asomó para mirar por el catalejo mientras los hombres repartían armas y mosquetes, que seguramente no funcionarían por la humedad de la nieve-. No...no son soldados.

-¡Disparen!- ordenó el capitán.

-¡No son soldados! ¡Son civiles!- gritó Félix.

-¡Son miles! ¡Es imposible!

-Son refugiados...-concluyó el sargento

-¡Son guerrilleros! ¿Es que no lo veis? ¡Es imposible que sean refugiados, sargento!

Félix volvió a mirar: mujeres cargando niñas, bestias de carga que caían ante el frío, gente que moría del cansancio y niños que acababan con los pies desollados por la huída. Eran muchísimos y podían ser una amenaza, pero...¿de qué huían?

-¡DISPAREN!- gritó el capitán, asustado por la multitud que se avecinaba a la mal defendida trinchera.

Los soldados no hicieron caso. No sabían que pensar.

-¡Solo son guerrilleros desesperados, disparad soldados!- el mismo capitán se asomó y apuntó a Félix

-¡Es una orden, sargento!

-¡NO!- gritó Félix plantando cara al cañón.

-¿Osas desafiar mi autoridad?- gritó desesperado el capitán quitando el seguro del cañón. Félix ni siquiera pestañeó.

Los soldados cogieron al capitán y lo apuñalaron, mientras que fallaba el disparo que iba a hacia Félix. El sargento agradeció la ayuda de sus hombres aun a sabiendas de que traicionaban a su país. El capitán había muerto, pero los ussuros seguían corriendo hacia ellos por algo.

Los hombres ussuros entraron en la trinchera y siguieron su camino. Los espadachines montaigneres estaban atónitos ante la situación.

Félix salió de la trinchera y empezó a ayudar a esas gentes, sin tener ni idea de lo que pasaba. Recogió a una chiquilla que se había desmayado en la nieve. La recogió y alzó la vista hacia el horizonte...Ussura ardía entera.

-Por el amor de dios...-murmuró mientras ponía la chiquilla a salvo-¡Soldados de Montaigne, ayudad a estas gentes! ¡Son civiles!

Los soldados comenzaron a transportar a la gente que no podía ni con su alma. Un hombre enorme gritaba un nombre en medio de la multitud y una mujer lloraba a su lado desesperada.

-¡Ivanova! ¡Ivanova! ¡Ivanova!

Félix se dirigió ante el enorme ussuro en mitad de aquella locura y le mostró el rostro de la niña desfallecida.

-¡Mi niña!- gritó el ussuro tomando a la criatura y la madre cayó de rodillas ante el alivio.

-¿Qué demonios está pasando?- aprovechó Félix para preguntar

-¡El Muro de Fuego ha caído! ¡Es el fin! ¡Bárbaros, miles, vienen hacia aquí! Ni siquiera toman prisioneros...

-¡Marchaos!- gritó Félix-. ¡Mosqueteros de Montaigne, alzad las cabezas! ¡Un enemigo peor que los cosacos ussuros y que el invierno del este viene hacia aquí! Démosle cobertura a estas buenas gentes, ¡somos soldados de la magnífica Montaigne! Cargad mosquetes y morteros...¡resistiremos lo que podamos! ¡Mandad un mensajero!

-¿Con qué mensaje, mi señor?

-...decid...que el Cuarto Profeta tenía razón.

Dicho esto mandó un mensajero al general Montegue del frente este. Él sabría que hacer.

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- ¡Ivanova! ¡Ivanova! Despierta...

La niña abrió los ojos.

-Papá...

-Sí, mi niña. Saldremos de aquí.

-...

-Ten fe mi niña. ¿Recuerdas cuando se te cayeron esos dientes tan molestos y los lanzamos hacia el cielo para que el Abuelo Invierno te diera dientes de hierro? Pues la Abuela Invierno te los va a dar...porque eres una niña fuerte.

Sin embargo le temblaba la voz. Sven había visto cosas horribles y no creía en que pudiera salvarse nada.

-No llores, papá...los héroes salvarán nuestro hogar.

-¿Qué héroes mi niña? En estos tiempos esas cosas ya no existen...

-¡Claro que sí, papá!

-¿Conoces a uno, mi pequeña?

-¡A una! Se llama Marina Oliván...y como una vez hace un tiempo, ella nos ayudará.

Lo decía tan convencida que hasta su padre la creyó. Y ella lo decía concerteza. Ivanova creía que teniendo a la intrépida Marina Oliván como amiga, no podía pasarle nada malo...

Ivanova no perdería la esperanza, ni siquiera ante el mismísimo azote de Théah. No mientras Marina Oliván siguiera en pie.

1 comentario:

  1. La esperanza es lo último que se pierde, ¿no? Yo no perderé la mía aunque hasta el último recoveco de Théah caiga. Incluso si eso ocurre, nada es imparable...excepto los héroes.

    Marina Oliván.

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