jueves, 15 de noviembre de 2012

Honor desfigurado


Las botas del joven soldado se lamentaban en el exterior de la mansión Dubois. Louis notó que su pulso se aceleraba mientras miraba una y otra vez el camino que venía desde las afueras de Paix. En cualquier momento aparecería un carruaje...con el cadáver de su padre. ¿Cómo era posible? Su padre era uno de los mejores mariscales del Rey Sol, ¿acaso los castellanos le emboscaron junto con sus guardaespaldas? Seguramente, pensó Louis, incluso le disparó algún guerrillero castellano antes de la batalla de San Teodoro, o un asesino. Desde luego, su padre, el mariscal Charles Dupont, era demasiado experto como para ponerse en peligro tontamente. Su mente privilegiada para la estrategia estaba por encima de los riesgos tontos de los guerreros. ¿Entonces...como había muerto su amado padre?
Además, no tenía sentido. Todas sus victorias por Castilla habían sido obras estratégicas dignas del gran general Montegue. Las ciudades acababan rindiéndose después de ofrecer una leve resistencia, incluso hasta el gobernante de Santiago lo iba a hacer. Su padre era un negociador nato...hasta que esos estúpidos guerrilleros asaltaron las calles e incendiaron la ciudad que a su padre tanto le había costado mantener intacta. A pesar de que el Rey Sol ponía en un apuro a su padre y le forzaba a la conquista de toda la península oeste de Castilla antes del invierno, su padre traía conquistas y conquistas y venía a contarlas. Y por supuesto, él mismo escuchaba las campañas de su padre en Castilla de principio a fin.
Al fin apareció el carruaje negro donde debía estar su padre. Miró a su lado. Su hermana Jeannette estaba estática y pálida como una estatua de mármol. ¿Acaso no sufría por la innoble muerte que les había dado esos campesinos castellanos a su amado padre? Ah...ojala le hubieran dejado ir a él también a Castilla con su padre cuando tomó Santiago sin apenas derramamiento de sangre. Pero tenía que quedarse en Charouse si quería llegar a ser como su padre; no podía permitirse dejar de ir a la Academia Militar más prestigiosa de la nación solo por una excursión. A su otro lado estaba su madre, la excéntrica duquesa Mariam Dubois. Iba con uno de esos vestidos horribles que tanto les gustaba a algunas viejas chochas de la corte del Rey. Ella tenía el rostro arrugado por la vejez y mostraba el semblante aburrido. Ni siquiera se había vestido de luto.

-¿Tan poco respeto le tenéis al padre de vuestros hijos, que ni si quiera se os ha pasado por la cabeza vestir como una persona decente, madre? ¿Ese es el respeto que le tienes a tu difunto marido?- su madre ni siquiera se giró, parecía hastiada de todo. Ante la falta de respuesta de su madre Louis le alzó la voz, pero evitando que los criados, centenares de militares y docenas de cortesanos que habían acudido para el funeral del famoso mariscal Charles Dupont escucharan sus ataques a su madre- ¡¿Es que acaso os dais cuenta de que sois viuda, madre?! Muestras un semblante como si el que hubiera muerto fuera cualquiera, sin daros cuenta de que no solo habéis perdido a vuestro esposo, sino que la nación ha perdido a un excelentísimo y noble general.

Hubo un incómodo silencio antes de que hubiera una reacción. Ella respondió muy tranquilamente, mirando fijamente cómo iba llegando el carruaje desde Paix.

-No te equivoques, hijo mío. Es cierto que tu padre era un gran general, un excelente estratega y un conquistador nato- dicho esto miró a su hijo con semblante ausente-, pero te aseguro de que no había nada de honor en él.

-¡Madre! ¿Cómo os atrevéis?- farfulló su hijo mientras levantaba la mano con furia instintiva hacia la duquesa, pero ella le aguantó la mirada fríamente.

-De hecho, no os diferenciáis en nada a él- sentenció la madura duquesa con voz quebrada esperando recibir el golpe.

Louis recogió su brazo sin querer. Era Jeannette, quién con expresión asustada tomaba su brazo y lo dejaba abajo.

-¡Louis, por favor!- rogó su hermana con gran sufrimiento, pero Louis sospechó que era más por el enfrentamiento con su madre que por la muerte de su padre.

El carruaje llegó a la entrada de la Mansión Dubois. Los militares hicieron una salva de mosquetes y un camino de sables de caballería hasta que paró delante del porche de la mansión. Louis Dupont se deshizo de la presa de su hermana y bajó por las escaleras de la mansión, llegando al féretro donde debía estar el cuerpo de su padre.

Un sargento vestido con un peto con el sol de la nación estampado en el pecho se adelantó a Louis con el rostro desencajado.

-Caballero, no creo que debáis...

-¡Apartad! ¡Es mi padre, y voto a bríos que quiero verlo por última vez!- gritó con violencia.

Con toda la impaciencia apartó a los soldados y a los criados y en un silencio sepulcral y expectante, abrió el ataúd.

-¡Por todos los diablos!

Hubo un tumulto general de sorpresa entre todos los presentes. El cadáver del mariscal no solo estaba irreconocible, probablemente por un cañonazo, sino que además le habían propinado docenas de cuchilladas en el pecho.

-¡¿Qué clases de salvajes le han hecho esto a mi padre?! ¡Esto es una salvajada incluso para la guerra! ¡Malditos castellanos, salvajes, bestias de campo, eso son! No merecen otro nombre...

Dicho esto cayó llorando sobre el ataúd y comenzó a llover en sobre Louis Dupont.

El velatorio siguió su curso y los cortesanos y militares comenzaron con sus corrillos y sus habladurías después de mostrar sus respetos al difunto militar. Louis no se apartó del cuerpo de su padre. No podía dejar de escuchar los comentarios de su alrededor. Todos hablaban de que el dirigente de la Academia Militar en la que Louis estudiaba, Philippe Leveqe, sería el candidato idóneo para sustituir a Charles Dupont. Ni siquiera había empezado a descomponerse el cuerpo de su padre y ya hablaban del nuevo mariscal: Philippe Leveque. Louis lo conocía, le había dado clases de logística y maniobras de campaña en la Academia Militar de Charouse. Ahora sería messieur Leveque el nuevo Mariscal... y ni siquiera había venido a presentar sus respetos al cuerpo de su padre.

La hora del dolor (III)

¡Disparo, disparo, disparo y disparo! ¡Já! Chequeo y...como siempre, ningún agujerito en el torso. Como era de esperar, no me han dado. ...