viernes, 11 de julio de 2014

Un rayo de esperanza (I)

El segundo marqués de Santiago, Fernando Galán, apretó los puños y se levantó del blanco lecho de un impulso. En el nido descansaba su esposa, Jeanette Dupont, con respiración tranquila y sueño plácido. En mitad de la noche, Fernando vagó frente el cristal que separaba la habitación del balcón de la finca. Finalmente, su mirada encontró descanso en la blanca piel de luna de su esposa. La vio dormir boca arriba, en posición tranquila pero casi forzada, como si estuviera en un sepulcro. Sus delicadas manos se situaban en el cuerpo del camisón, justo por encima del vientre. En la comisura de sus labios se escondía el rizo de una sonrisa esperanzadora y la paciencia de una madre. Siendo tan pronto Jeanette ya estaba protegiendo el fruto forjado con su amor. Quizás ya intentaba protegerlo del mundo de las espadas, los insultos y la traición.

Eso era lo que le preocupaba. No estaba seguro de si todo lo que estaba pasando era un sueño o una pesadilla. Parecía que desde la noticia el tiempo había empezado a cabalgar hacia un acantilado en el que no se sabía si había agua o rocas afiladas.

¿Qué futuro le esperaba a ese niño o niña, entre las viejas rencillas entre los Dupont y los Galán? No sería aceptado por ninguna figura importante de ambas familias. El capitán Louis Dupont lo repudiaría por su mestizaje castellano, asesinos de su padre, el Mariscal Chales Dupont; su padre, Alfonso Galán, nunca reconocería a ese nieto desde su exilio. La única en la que sentía esperanza para mantener un legado de paz dentro de la familia se radicaba en la duquesa de Dubois, madre de Jeanette.

Fernando no pudo reprimir fruncir el ceño de desesperación ante la idea. Sintiéndose ahogado, salió al balcón mientras forzaba el cordón de su batín. A pesar de que se acercaba el verano, las noches en el campo eran frescas.

Sus manos se apoyaron en la fría balaustrada de cerámica. Desde el balcón de la finca podía ver los pequeños fuegos que encendían los aldeanos a lo largo de una extensa plantación. Llegaban las festividades de verano y los campesinos se reunían para aprovechar las frescas noches de mayo. Podía ver desde allá arriba las siluetas de las mujeres bailar mientras los jóvenes intentaban cortejarlas o impresionarlas con alguna diestra danza; no muy lejos,los hombres más viejos hacían corrillos para  charlar de cosas que consideraban importante, mientras los niños se arremolinaban alrededor de los músicos, jugando al son de una fogosa guitarra cuyo sonido buscaba acariciar la luna.

Fernando suspiró. Agachó la mirada para poder concentrar sus pensamiento en un punto fijo.

-Que mis expectativas de forjar una sólida familia se basen en una vieja chocha que no hace más que pensar en cuál será su próximo peinado...

El cristal de la entrada del balcón vibró con un ruido seco. Fernando se giró y se sobresaltó al observar que no estaba solo.

-¿Estas hablando de mi madre?

Jeanette le hablaba a su esposo mientras cerraba la puerta. Estaba vestida con un camisón largo de franela blanco, sosteniendo en su mano un enorme cojín. Fernando tragó saliva, sabía lo que significaba esa ceja arqueada de su esposa, pero lo que más miedo le daba era la tierna sonrisa que la acompañaba. Significaba algo parecido a: "estás metiendo la pata, ten cuidado".

Fernando dio la espalda al paisaje y se centró en replicar la pregunta de su esposa con la esperanza de salir airoso de su juego.

-No, no. No hablaba de tu madre, Jeanette, yo no osaría...

Jeanette negó con la cabeza mientras mantenía bloqueada la entrada al interior de la finca.

-Fernando. ¿Tú crees que soy tonta?

-¿Qué? No, no, mi amor ¿cómo dices esas cosas?

- ¿Entonces por qué niegas lo evidente? ¿Crees que el amor hacia mi madre me hace ciega o boba?

-No, no. Claro que no.

-Soy consciente de que la mayor preocupación de mi madre se basa en sus recargados peinados y lucirlos en fiestas, pero...llamarla vieja chocha. Creo que es un agravio bastante fuerte. ¿Qué diría la duquesa si se enterara?

-Todo el mundo lo dice a sus espaldas, no creo que le pillara de nuevas- susurró interiormente Fernando como un pensamiento.

La boca de Jeanette se abrió con un grave gesto de indignación y sorpresa.

-¿Cómo?- acertó a preguntar con una voz aguda y ahogada.

Fernando alzó el rostro y la miró sorprendido, como si no se hubiera dado cuenta de que lo había dicho en voz alta.

-¿Qué? Oh, no, no, no me malinterpretes- se excusó él acercándose a su esposa con los brazos extendidos.

Ella dejó que se acercara, aún con cara patidifusa. Cuando él se acercó lo suficiente para consolarla le estampó la enorme almohada en su cara.

-¿Cómo te atreves? ¡Repite eso!

-A ver, a ver. No saquemos las cosas de quicio...- intentó tranquilizar Fernando quitándose las plumas de la almohada.

-Inténtalo- le desafió su esposa.

Fernando la tomó de las manos y agachó la cabeza, ocultando su rostro con los rizos de su melena.

-Verás, quería decir que tu madre ya sabe lo que dicen de ella a sus espaldas, queriendo decir que ella no es tonta, está muy enterada de todo. De hecho, es posible que sea la más lista de todo cuanto la rodea. Y la más fuerte mentalmente, también. Ya ha tenido que aguantar dardos verbales durante toda su vida y las falsedades de sus compatriotas. Ni qué decir que ha tenido que estar casada con el Mariscal, tu padre, que ya sabemos que no la trataba como se merecía...sin duda es una persona de fuerte carácter y muy resolutiva para cualquier situación y circunstancia y...

Jeanette tuvo que reírse porque si no le iba a dar algo de lo mucho que se estaba divirtiendo.

-¡Oh, Fernando, pero qué tonto eres! Déjalo estar anda. Estoy empezando a sentirme mal de lo bien que me lo estoy pasando haciéndote sudar la gota gorda.

Fernando la miró incrédulo.

-¿Entonces no estás enfadada?

-¡Claro que no!- exclamó divertida- Anda, tráeme fresas, creo que tengo un antojo.

-Estar encinta te está convirtiendo en un monstruo- bufó el marqués.

Ella le miró con los ojos llenos de relámpagos.

-Tú solo tráeme fresas...querido.

-S-sí amor.

Cuando se aseguró de que Fernado bajó a despertar a los encargados de la cocina, ella rió con gusto. Caminó descalza por el balcón y vio las moragas de los aldeanos a lo lejos. Desde luego el pueblo llano castellano la tenía enamorada.

A pesar de la guerra, aquél iba a ser un buen hogar para su hijo. O hija.

Al cabo de un buen rato, Fernando la abrazó por la espalda, acariciando su vientre.

-No estoy seguro de que éste sea un buen lugar para tener un hijo- dijo, tras una larga pausa- La guerra está tan cerca...

-La guerra tendrá que acabar algún día, tanto Castilla como Montaigne están exhaustas. Debe quedarle poco.

-Sí...poco. ¿Pero con qué resultado?

-¿Qué más da? Nadie ganará, estamos atascados. Al final todos comprenderemos que solo hemos perdido.

-No creo que sea tan sencillo. Alguien tiene que desequilibrar la balanza. Alguien tiene que dar el golpe de gracia y dar todo lo que tiene. Alguien tiene que darlo todo y sacrificarse para dar el golpe final. Alguien tiene que conseguir dar estabilidad a esta tierra para nuestro hijo.

-O hija.

-Sí. Alguien debería conseguir la paz en Castilla para cuando nuestro hijo...

-O hija.

-...nazca.  Alguien tendría que darle la oportunidad de no darle grandes responsabilidades siendo tan joven, ni enviarlo al frente. Nuestro hijo...

-O hija.

Fernando suspiró con airado fingimiento.

-¿Qué te pasa con el sexo del bebé?

-Nada, nada. Es que solo tengo nombre por si fuera niña.

-Ah. ¿Y bien?

-Había pensado en llamarla Marina.

-¿Marina?

-Es gracias a ella que todo esto ha sido posible. Nuestro amor, nuestra unión, nuestro regalo del cielo- dijo acariciando su vientre.

-Es justo.

-Es lo que deseo.

-Marina Galán y Dupont de Santiago. Es raro, pero me gusta- le susurró acariciándola.

-¿Habías pensado tú en alguno?

-Solo de niño.

-¡Perfecto! Yo colocaré el nombre de niña y tú el de niño. ¿En qué habías pensado?

-Eh...bueno. Es solo como algo temporal hasta encontrar algo mejor, ya sabes que es difícil encontrar un nombre que te guste y la vida da tantas vueltas que...

-¡Vamos escúpelo!

-Había pensado en Rodrigo.

Ella hundió la barbilla y lo miró radiante, como si pensara que le estaba tomando el pelo.

-¿Rodrigo? ¿Como Mala Hierba?

-Sí...exacto.

-Rodrigo Galán de Santiago. Me gusta- le dijo antes de darle un beso y sonreír como si tuviera algo en mente.

-No se lo digas a Rodrigo.

Jeanette rió.

-¡Pero Fernando, algún día se enterará! ¿no?

-Solo si es niño. No te imaginas lo pesado que se podría poner si se entera antes de tiempo.

-Vale, vale. No diré nada.

Miraron hacia el horizonte nocturno, que pronto empezó a restallar en luces blancas y truenos ahogados. Cualquiera podría pensar que era una tormenta lejana y, en cierto modo lo era. La tormenta de la guerra. Las batería de artillería de Montaigne empezaban a bombardear muchas millas a lo lejos a las fortificaciones al otro lado del río. El infierno de pólvora se desataba a lo largo de muchas millas, a lo lejos.

-No sé si esto es un sueño o una pesadilla.

Fernando tocó su vientre, como si intentara proteger al fruto de su amor de los truenos de la guerra. Ella miró a lo lejos, como explotaban las detonaciones de los cañones de guerra. Al final, sus manos se unieron para acariciar su vientre.

-Es esperanza.

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Finca de olivos a 10 millas de Santiago, residencia donde Fernando y Jeanette residen tras su boda para descansar. Castilla, finales de mayo de 1670




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