domingo, 21 de mayo de 2017

El trono de la vanidad

Florian Rousseau du Toille caminaba con dignidad fingida por el pasillo marmóleo. El paso en punta y la cabeza altiva no era suficiente para ocultar que se sentía vulnerable. Su regia mano sobre el bastón tenía la perfecta tensión y rigidez a la par que suavidad, pero no dejaba de llorar una sangre oscura que consumía todo lo que para él era hermoso.
El jubón de satén azul regio de bordes dorados había sido destruido desde la cadera hasta el hombro por el rabioso sable de su antiguo aliado: Leandro Vázquez de Gallegos.

Pero lo que más dañado había salido de todo ese asunto era su mente. La confusión de la presencia de Marina y Leandro le turbaba.

A su alrededor el palacio del Gobernador de Barcino también era puro caos. Criados y asistentes atendían a la nobleza terrateniente y la guardia lyonense se preparaba para proteger a los suyos en espera de un nuevo posible ataque. Los mosquetes se preparaban y los alabarderos corrían en todas direcciones llevando a sus aposentos a todos los residentes del palacio por si hubiera otro ataque a los dirigentes de la nueva Nación.

Una figura de aspecto mercenario, ropas pardas y sombrero de ala ancha, se unió al séquito de Florian y cruzó su único ojo azul- el otro presentaba una película blanquecina- con el prefecto. Introdujo sus manos enguantadas dentro de su enorme capa marrón, donde quitó el seguro a presumibles armas de fuego, pero Florian negó con la cabeza.

-No habrá próximo ataque. Sin embargo, trae el espejo.

-Oui, monsieur- respondió escuetamente la mercenaria bajo el ala de su sombrero.

Florian entró en una sala octogonal llena de espejos que miraban todos al centro de la sala. Estaban todos formados para formar un laberinto en el que se multiplicaban las figuras y las imágenes hasta el infinito. De esa manera, el laberinto era mucho más caótico y aturdiría la percepción de cualquiera que quisiera acceder hasta sus aposentos.

Cualquiera que no fuera Florian.

Sin embargo el prefecto no recorrió su propio laberinto, sino que se introdujo directamente en el reflejo de uno de ellos...y salió por el reflejo de otro espejo ya al otro lado. El resto de criados y senescales no lo siguió y huyeron de la sala con un respeto que rozaba el miedo. Cerraron la puerta educadamente, por supuesto.

La mercenaria llegó hasta el centro del laberinto a pie, donde ya Florian la esperaba sentado en un butacón de terciopelo a juego con la ropa que llevaría ese día. El sombrero de ala ancha voló dejando ver un cráneo brillante y rapado, mientras sacaba de su bolsa una aguja, hilo, e instrumentos de cirujano.

Florian conservaba la etiqueta sobre la butaca, espalda bien pegada al respaldo, piernas en paralelo...pero su pecho seguía brotando sangre. Ambos se miraron y éste último asintió. La aguja atravesó el pecho y las manos de Florian se volvieron blancas de dolor. El labio tembló y sintió deseo de mordérselo, pero no quería arriesgarse a dejar una marca nueva. Así pues, decidió lanzar su otra mano se lanzó a la pechera de su cirujana. Ésta fue más rápida y la interceptó con su brazo enguantado y enfrentaron sus fuerzas. Se sostuvieron la mirada durante el forcejeo durante segundos. Los labios de Florian temblaba, hasta que al final cayó en lo que no deseaba: mordió el labio con ansia, donde pronto comenzó a brotar una sangre brillante. Tardó un rato en relajar la mordida, para poder mandar.

-Olvídate de la herida. Trae el espejo.

La mercenaria salió del centro del laberinto y se perdió.

-¿Dónde se ha visto cosa igual? Louis, ¿a qué estás jugando? ¿Por qué me mandas a tus perros? ¿O es que tú eres el perro de Marina Oliván...

"¿Marina?

¿Qué sentido tiene tu presencia aquí? Cierto que no es Espada de Castilla, pero su presencia con Leandro...¿Y mandada por Louis?

Luois ¿Me mandas a una guerrillera castellana que ha sido tu enemiga desde que esta guerra comenzó? Y lo más extraño, ¿De la mano de Leandro?

Leandro...tu querías matar al general igual que yo. Tú querías encargarte de Marina cuando iniciamos nuestro plan original con Villanova. No entiendo nada. ¿Por qué los enemigos de Marina aparentemente se alían con ella? ¿Por qué Louis?

Marina...¿has tenido el coraje de decirle a tu peor enemigo que mataste a su querida madre y has conseguido que él no solo quiera matarte, sino que venís juntos?

Hay cosas que ni siquiera el poder de los espejos me pueden hacer comprender. ¿Qué clase de broma es esta? ¿Quién es esta bruja que consigue lo imposible? ¿Qué cambió?

Sin duda Marina podría tener razones para ir contra Lyon o puede que tenga razones ahora para ir contra Castilla, no puedo verlo. Pero Leandro....sabe que he sido yo el que ha llevado a su madre a su destino final. No se explica de otra manera su ataque. Marina lo sabe seguro, y se lo ha contado a Leandro. Todo esto es ya un misterio que no cabe en mi cabeza, pero hay cosas peores como... ¿Luois? ¿Qué pinta Louis en todo esto?

Marina...¿tienes idea de a qué estás jugando?"

La mercenaria había colocado un espejo oculto por una lona y se había acercado a él con una bandeja de plata.

-Le he traído de paso su cataplasma, monsieur. Esta vez le han puesto extracto de limón, creen que con esto conseguirán de alguna manera hacer desaparecer la marca...

Florian lanzó su brazo, tirando los frascos de ungüentos por todas partes.

-¡Mentirosos! ¡Charlatanes! Eso es lo que son- Florian se observó la cicatriz del labio en la bandeja de plata- Es imposible borrar esta marca, ya lo sé. Imposible de corregir. Imposible de ocultar.

Florian se tomó un largo rato para recuperar algo de autoestima. Pero ahora mismo los espejos no eran sus amigos...Necesitaba otra cosa.

-Necesito actuar ya, necesito saber cómo van los planes...




Un ataque de tos accedió por su pecho. Levantó con dignidad la mano y la mercenaria tiró la lona abajo, revelando un espejo sencillo y cuadrado.

-Muéstrame.

El espejo reveló una mesa de caoba negra, arañada por todos sus frentes. En primer plano una calavera de la que brotaba de su cráneo un cirio rojo, unos papeles con buena caligrafía y la enorme mano de un hombre de casaca roja, que jugaba a tamborilear la mesa de forma paciente con sus cinco dedos anillados de rubíes y zafiros. Su rostro se encontraba fuera del plano.
Sus uñas estaban sucias de sangre seca y dejaron de tamborilear de pronto como si hubiera percibido que le observaban. Todo lo que hizo fue señalar lentamente con los dedos de su otra mano el rubí que poseía su anular.

Florian respiró hondo tras ver la señal, pero se derrumbó el dolor al sentir que se le abría el pecho. Volvió a recuperar la postura mientras observaba su sonrisa multiplicada hasta el infinito por la docena de espejos que apuntaban hacia él y se reflejaban los unos a otros su belleza.

-Excelente. Lo tenemos...

Sin haberlo escuchado, el hombre de al otro lado del espejo alargó su manaza hasta el espejo y lo tumbó delicadamente dando por concluido su mensaje y dando a entender que el hechicero no tenía nada más que ver.

El reflejo se tornó negro por un segundo y luego reflejó la realidad: a un Florian entronado sobre su vanidad pero descosido por sus recién llegados enemigos.

La mercenaria se acercó paciente con la aguja y los instrumentos de cirugía. Florian miró con desagrado la cicatriz de su labio y el corte del pecho.

Sus manos apretaron el trono hasta tornarse blancas. Los brazos se tensaron bajo el ceñido jubón de satén y los hombros le subían y bajaban junto con un oleaje de miedo y rabia.

-Yo no le quiero engañar, monsieur. No creo que consigamos eliminar del todo la cicatriz de su labio. Quizás deba enfrentarse a ello de otra manera- dijo la mercenaria dejando sus armas en una mesa aparte para centrarse a sanar al prefecto.

-¿Y ha de dejar esta cicatriz también una marca en mi espíritu?

-¿Monsieur?

-Esta vez no podrán detener lo que viene. No podrán detenerme.

La mano de la mercenaria fue directa a continuar su trabajo, ya que se había quedado la aguja colgando de la blanca piel del prefecto. La mano de Florian la detuvo.

-Dejadme inconsciente. El gritar es una cosa demasiado vulgar y no quiero darle esa imagen a nadie. Sin embargo, os advierto: ni se os ocurra dejarme una marca nueva.

-Así lo haré.

-La única manera de borrar el peso de una cicatriz es destruir la mano que la originó. Así sea pues.

Y tras esto su visión se tornó negra, pero su voluntad se tornó clara y brillante.

Como la superficie de un espejo que reflejaría su hermosa imagen hasta el infinito.

Y Marina Oliván no tendría más remedio que admirarla desde el fango.

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Florian Rousseau du Toille- prefecto montaignense de la Reina del Mar- tras sobrevivir al ataque de Leandro Vázquez de Gallegos por venganza de la muerte de su madre y tras la sospechosa aparición de Marina Oliván con las credenciales del ejército del General Louis Dupont. Palacio del Gobernador de Barcino. Ducado de Torres. Estado de Lyon (Castilla ocupada). 


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