jueves, 22 de junio de 2017

La hora del dolor (III)

¡Disparo, disparo, disparo y disparo! ¡Já!

Chequeo y...como siempre, ningún agujerito en el torso. Como era de esperar, no me han dado.

Estos lyonenses no aprenderán nunca, ¿verdad?

Tengo ganas de gritarles quién demonios les enseña a disparar, pero bueno, veeeeenga, todo sea por la puesta en escena.

¿Por qué no? El teatro siempre es divertido. ¡Vive dios que la pólvora montaignense escuece los putos ojos!

Venga, salta a la reja de esa ventana. Aprovecha que el humo sube para camuflarte. Y...bien, ahí está. Madre mía, ¿todavía tengo agujetas?

Se acercan con miedo. Jajaja, madre mía, qué lentitud. El sargento habla en perfecto montaignense

-Buscad el cuerpo e informad a Florian...venga, id a buscarlo. Voy a informar a Florian de que el espía ha muerto.

-Sargento- al cabo le tiembla la voz, casi me da pena-, mejor será que se quede nosotros para confirmarlo...ya sabe lo que dicen...

El sargento le guantea la cara al cabo. A ver si ahora se van a pelear entre ellos y me quitan la diversión.

-Está muerto ¿vale? ¡Muerto! - el sargento tiene miedo- No ha podido sobrevivir a esa salva de disparos- muuucho miedo-. No voy a quedarme aquí por vuestras supersticiones-está a punto de orinarse en los calzones-. Y ahora...si me disculpáis...

-Sargento, no es simple superstición. Cualquier guarnición de la Reina del Mar sabe que ese que llaman Mala Hierba...- mi nombre se le atraganta como pasto rancio- Mala Hierba...

Bah, qué diablos. Me lo están dejando en bandeja. Cojo aire y preparo voz de barítono. Por Theus que la pólvora montaignense apesta.

-Nunca muere.

Mi voz ha atravesado el aire a través del humo y puedo sentir cómo todos cortan su respiración. Ha quedado genial, como siempre.

Mis bombas de humo caen desde el cielo cortando la visión de cualquier salida. Los soldados comienzan a gritar, que si recargad, que si no da tiempo, que si mejor calad las bayonetas, que si mejor usad las espadas...en fin, el típico tiempo que pierden para que yo les pueda inutilizar.

¡Salto!

Arrebato sobre el primero, adiós hombro. Medio tajo para el segundo, adiós pantalones, adiós dignidad lyonense. Ese está recargando, pues mandoble en la muñeca, suelta ese fusil. El sargento saca una pistola, así que le mando un cuchillo desde cinco metros. Su cara se deforma de dolor, creo que ha captado el mensaje.

-Sargento, ¿no le han dicho que las armas son peligrosas? Podía haberse hecho daño.

El sargento me mira, sudoroso. Su mostacho tiembla de miedo. Se cree que lo voy a matar.

-¡Maldito hijo de...!

Mi puño en su cara. Como un rayo. ¿Por qué se tienen que meter con mis padres?

Me santiguo.

Qué vida. Mi corazón ni siquiera se ha acelerado un poco. Nada. Nada. Creo que me estoy haciendo viejo, o me estoy estancando. La emoción se me va por los poros.

El humo se dispersa. Veo la fachada del palacio y los ventanales de la cúpula abiertos para mi a docenas de metros. Trepo hasta allí y me cuelo en el palacio.

A lo mejor Florian me da la emoción que necesito.

Está en el salón, con sus espejitos. Bien, pónmelo difícil. Si consigo encontrar pruebas irrefutables de que la invasión de Lyon en Fendes fue solo culpa de Florian sin que me detecten, cinco puntos. Si me detectan, dos puntos. Si no lo consigo...

Qué tontería, eso no pasará.

Voy saltando las vigas de la cúpula como un gato negro mientras Floria habla con alguien como una cotorra. Me dejo caer por unas enormes cortinas hacia abajo como una araña. Ningún ruido sale de mi boca, apenas respiro. Mis pulmones están llenos y voy dosificando la expulsión del aire hacia fuera. El sigilo es importante. Me giro sobre mi mismo y me enrollo en la tela pesada de la cortina, quedando oculto tras ella. El suelo me recibe y vuelvo a tomar aire. Ahora escucha...y no respires. Demasiado cerca.

-No. No quiero que os arriesguéis demasiado. Creo que a Leandro le queda poco de su potencial. No, no le enviéis nada a ese pedazo de roca. Si lo tienen aprisionado habrá inquisidores con él y no me voy a arriesgar a mandar ningún espejo para un hombre que ha perdido todo su potencial. Con Fianna entre rejas y Villanova muerto Leandro ya  no me sirve de nada, solo es un estorbo. Rosalva sí que me sigue interesando, tenía potencial...mucho más potencial que Leandro. Lástima que Marina hundiera su barco y la hayan encerrado en dios sabe dónde.

Pues nada, tacho al tal Leandro como posible enemigo, parece ser que a Florian no le interesa ya. Subrayo Rosalva en letras grandes y Villanova sigue tachado. Y bueno, de lo de Marina mejor me callo. Menuda putada, desterrada a Montaigne después de sacrificarse por nosotros.

Un segundo personaje habla.

-A propósito de vuestra enemiga, Marina Oliván, monsieur.

-¡Por todas las cosas! ¿Qué ha hecho ahora? No irás a decirme que está en la Reina del Mar.

-No, monsieur. Son buenas noticias...

¿Buenas? ¿Si son buenas para Florian, son malas para Marina?


-Parece ser que el navío donde ella era trasladada a su destierro a naufragado, posiblemente por nuestra artillería, pero no está confirmado.

-¿Naufragado? ¿Y bien?

-Monsieur. Me alegra anunciarle que Marina Oliván ha muerto.


Pum. De pronto todas las balas que esquivé en el callejón me atraviesan. El dolor del fusilamiento hace que me falte el aire y necesite respirar dolorosamente.

Mi contención se ha perdido.

¿Que Marina Oliván ha muerto?

-¿Qué ha sido eso?

-Parece que hay alguien escondido tras la cortina.

-¡Guardias! ¡Guardias!

Me han pillado. Salgo de la cortina e intento trepar para escapar de allí. Las fuerzas me fallan. Los dedos no me sirven. ¿Cómo que ha muerto? ¿Por lyonenses? Parece poco probable que ataquen a un buque castellano estando en guerra con Montaigne.

Varela, esto es cosa tuya.

El cuerpo  me falla igual que me está fallando mi país. Como la Inquisición tenga algo que ver con todo esto...

Un montón de dudas me asaltan. Parece improbable que un naufragio la mate. Es una muerte perra, sin sentido, carente de honor. De pronto nada tiene sentido. ¿Uno puede morirse en cualquier momento? ¿Sin más? De la manera más injusta y sin poder defenderse.

La muerte de pronto se me torna cercana. Burlona. Al final, ella siempre gana pero a todos deberían dejarnos al menos decidir cómo perder.

Sigo trepando pero no avanzo tan rápido como quisiera.

-¡Fuego!

Un tiro me da en el costado. Los guardias están abriendo fuego. Desde arriba mosqueteros rasgan la cortina.

Por Theus...

De pronto esto ya no es divertido.

Caigo de dolor. La caía destroza las losas y mi hombro. Veo las botas de Florian acercarse desde el suelo.

-Vaya, vaya, vaya. El famoso espía de negro.

Va con un estilete. Puede matarme fácilmente, pero solo puedo pensar en Marina y en el vacío de esa muerte.

¿Pero ha muerto realmente?

Intento escuchar mi corazón...está latiendo. Siempre había deseado notarlo latir.

Pero ahora va a toda velocidad, bombeando miedo, inseguridad. Va tan rápido que tartamudea. No puedo escucharlo.

Tanto tiempo deseando emociones y ahora las tengo. Si esto es emoción ya no lo deseo.


Lo único que ahora me queda de ella es esa cicatriz de Florian en el labio...


Florian se acerca a mi. Se está mirando en el reflejo del cuchillo vanidoso.

-Voy a empezar a pensar que todo se está poniendo de mi parte. Leandro ya no me sirve, Marina muere y ahora me entregan en bandeja al hombre de negro...

De ti solo me queda esa cicatriz...


Un regalo tuyo, Marina.


Tu no lo sabes, pero me estás salvando la vida.


En el último segundo lanzo mi puño hacia su cicatriz.

Florian se da cuenta de que voy hacia la brecha de su labio. Ya no sonríe, reaviva todos sus miedos al ver que me aproximo hacia la peor herida que han podido hacerle.

El arañazo en su perfecto plan.

Florian se aleja estilete en mano, ya no se siente seguro de sí mismo.

-¡Guardias! ¡Matadlo vosotros!

Esos segundos de incertidumbre me dejan saltar por la ventana, acribillado a disparos.

Caigo.

Caigo.

Ahora solo puedo caer.

¿Pero hasta cuando?

Los mosqueteros me atraviesan un hombro y me rajo con los cristales. Doce metros más abajo mi pierna se hace añicos contra una barandilla y caigo al río.

Floto. Envuelto en agua y sangre.

Esos cabrones me siguen disparando, pero la corriente me lleva.


Por un segundo pienso en dejarme llevar por la corriente. Dejarme desmayar y asfixiar en la inconsciencia se me antoja terriblemente fácil.


Por el amor de Theus...


Va a ser muy difícil fingir esta muerte.




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Rodrigo Salvador, al enterarse de la muerte de Marina Oliván. Junio de 1671, la Reina del Mar, Ducado de Zepeda, Reino de Castilla.

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