viernes, 11 de julio de 2014

Un rayo de esperanza (II)

Fernando Galán había vuelto a despertarse en el lecho, pero esta vez se había cuidado mucho de despertar a su esposa.

Presto había ido a su nuevo despacho en la finca y, buscando en el compartimento secreto de las cartas, encontró una perfectamente guardada.

A la luz de un candelabro, volvió a leer la carta que le había enviado el Despacho Real de la Corona de Castilla.

"A su Ilustrísimo Señor el Segundo Marqués de Santiago:

Son tiempos difíciles para Castilla, aunque eso ya vuestra merced bien lo sabrá. Después de todo, sus tierras son las más afectadas por la guerra, la cual permítame felicitarle por su gran labor en la defensa de nuestra tierra.

El conflicto entre Castilla y Montaigne está llevando a la ruina a nuestra gran nación y no es desconocido por nadie que las técnicas y tecnología militar de Montaigne son mucho más avanzadas que las de nuestra patria. Nuestros avances tecnológicos en el tratamiento de la tierra, la agricultura y logística no pueden competir contra los nuevos compuestos de pólvora negra, bayonetas, infantería montada y otros avances militares de Montaigne. 

Su Majestad el Buen Rey Sandoval, con el apoyo del Concilio de la Razón y sus validos, cree oportuno que vos, ilustrísimo señor, es el único hombre que podría ayudar a desequilibrar la balanza entre Castilla y Montaigne, consiguiéndonos las últimas tecnologías militares investigadas por los ilustres e intelectuales gentilhombres al servicio de nuestro enemigo el Rey Sol. 

Creemos que es el hombre ideal no solo por sus amplias capacidades intelectuales, filosóficas y humanistas que han hecho de la Universidad de Santiago una de las más grandes de la península occidental de Castilla; sino que su recién proclamado matrimonio con Jeanette Dupont, haciéndole pertenecer a la familia del Ducado de Dubois de Montaigne, le pueden abrir las puestas sin  sospechas al mundo intelectual de Montaigne y sus secretos. Y, por supuesto, la peligrosa oportunidad de robarlos para Castilla y cambiar el curso de la guerra.

Soy consciente del peligro que entraña convertirse en un espía castellano en la capital enemiga de Montaigne. Además de que puede cuestionar su moral y ética al considerar que se está aprovechando de su unión con la familia de su esposa Jeanette Dupont (de la cual no cuestiono su verdadero y puro amor)

Sin embargo, le pido que lo considere, pues conocer el mundo intelectual y militar de Montaigne entre sus estudiantes podría conseguirnos la ventaja suficiente para hacernos ganar la guerra. Solo vos puede hacerlo sin levantar las suficientes sospechas. Tiene tiempo de sobra para pensarlo, pues la guerra está en un punto muerto. Soy consciente de su futura paternidad, con lo que aceptaré de buena gana un no por respuesta. Sin embargo, considérelo.

Un abrazo. El Conde Don Andrés Bejarano de Aldana. Valido de su Majestad el Buen Rey Sandoval de Castilla.


¡Viva el Rey! ¡Viva Castilla!"



No dejaba de darle vueltas pensando en lo que había dicho a su esposa horas antes.

Alguien tiene que desequilibrar la balanza. Alguien tiene que dar el golpe de gracia y dar todo lo que tiene. Alguien tiene que darlo todo y sacrificarse para dar el golpe final. Alguien tiene que conseguir dar estabilidad a esta tierra para mi hijo. Alguien debería conseguir la paz en Castilla para cuando mi hijo nazca. Alguien tiene que darle la oportunidad de no darle grandes responsabilidades siendo tan joven, ni enviarlo al frente.

Y para eso tiene que acabar la guerra.

Pero tampoco era seguro que él pudiera conseguirlo. Además, Jeanette no se lo permitiría. Y si le pillaban, podrían considerar a toda la familia de su esposa, la familia Dubois, traidores para su propio rey, L' Empereur.

Fernando cayó derrumbado sobre el escritorio.

-¿Qué debo hacer?- sollozó- ¿Debo seguir sacrificándome por mi pueblo y para los que están por venir? Ni siquiera sé si serviría de algo. Creía que después de todo por lo que había pasado merecíamos descansar. Pero...¿y si la arriesgada empresa le ahorrara el sacrificio de la guerra a mi hijo?

El nacimiento de su hijo significaba esperanza. ¿Pero qué esperanza iba a traer si no iba a quedar tierra en la que vivir?

Alguien tiene que darle un mundo mejor a nuestros hijos. Y qué mejor que el sacrificio de un padre para dar también esperanzas.

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Despacho de Fernando en la Finca de Olivos a millas de Santiago. Un día antes de partir hacia la asamblea de los Duques en San Felipe. Final de mayo de 1670, Castilla.


Un rayo de esperanza (I)

El segundo marqués de Santiago, Fernando Galán, apretó los puños y se levantó del blanco lecho de un impulso. En el nido descansaba su esposa, Jeanette Dupont, con respiración tranquila y sueño plácido. En mitad de la noche, Fernando vagó frente el cristal que separaba la habitación del balcón de la finca. Finalmente, su mirada encontró descanso en la blanca piel de luna de su esposa. La vio dormir boca arriba, en posición tranquila pero casi forzada, como si estuviera en un sepulcro. Sus delicadas manos se situaban en el cuerpo del camisón, justo por encima del vientre. En la comisura de sus labios se escondía el rizo de una sonrisa esperanzadora y la paciencia de una madre. Siendo tan pronto Jeanette ya estaba protegiendo el fruto forjado con su amor. Quizás ya intentaba protegerlo del mundo de las espadas, los insultos y la traición.

Eso era lo que le preocupaba. No estaba seguro de si todo lo que estaba pasando era un sueño o una pesadilla. Parecía que desde la noticia el tiempo había empezado a cabalgar hacia un acantilado en el que no se sabía si había agua o rocas afiladas.

¿Qué futuro le esperaba a ese niño o niña, entre las viejas rencillas entre los Dupont y los Galán? No sería aceptado por ninguna figura importante de ambas familias. El capitán Louis Dupont lo repudiaría por su mestizaje castellano, asesinos de su padre, el Mariscal Chales Dupont; su padre, Alfonso Galán, nunca reconocería a ese nieto desde su exilio. La única en la que sentía esperanza para mantener un legado de paz dentro de la familia se radicaba en la duquesa de Dubois, madre de Jeanette.

Fernando no pudo reprimir fruncir el ceño de desesperación ante la idea. Sintiéndose ahogado, salió al balcón mientras forzaba el cordón de su batín. A pesar de que se acercaba el verano, las noches en el campo eran frescas.

Sus manos se apoyaron en la fría balaustrada de cerámica. Desde el balcón de la finca podía ver los pequeños fuegos que encendían los aldeanos a lo largo de una extensa plantación. Llegaban las festividades de verano y los campesinos se reunían para aprovechar las frescas noches de mayo. Podía ver desde allá arriba las siluetas de las mujeres bailar mientras los jóvenes intentaban cortejarlas o impresionarlas con alguna diestra danza; no muy lejos,los hombres más viejos hacían corrillos para  charlar de cosas que consideraban importante, mientras los niños se arremolinaban alrededor de los músicos, jugando al son de una fogosa guitarra cuyo sonido buscaba acariciar la luna.

Fernando suspiró. Agachó la mirada para poder concentrar sus pensamiento en un punto fijo.

-Que mis expectativas de forjar una sólida familia se basen en una vieja chocha que no hace más que pensar en cuál será su próximo peinado...

El cristal de la entrada del balcón vibró con un ruido seco. Fernando se giró y se sobresaltó al observar que no estaba solo.

-¿Estas hablando de mi madre?

Jeanette le hablaba a su esposo mientras cerraba la puerta. Estaba vestida con un camisón largo de franela blanco, sosteniendo en su mano un enorme cojín. Fernando tragó saliva, sabía lo que significaba esa ceja arqueada de su esposa, pero lo que más miedo le daba era la tierna sonrisa que la acompañaba. Significaba algo parecido a: "estás metiendo la pata, ten cuidado".

Fernando dio la espalda al paisaje y se centró en replicar la pregunta de su esposa con la esperanza de salir airoso de su juego.

-No, no. No hablaba de tu madre, Jeanette, yo no osaría...

Jeanette negó con la cabeza mientras mantenía bloqueada la entrada al interior de la finca.

-Fernando. ¿Tú crees que soy tonta?

-¿Qué? No, no, mi amor ¿cómo dices esas cosas?

- ¿Entonces por qué niegas lo evidente? ¿Crees que el amor hacia mi madre me hace ciega o boba?

-No, no. Claro que no.

-Soy consciente de que la mayor preocupación de mi madre se basa en sus recargados peinados y lucirlos en fiestas, pero...llamarla vieja chocha. Creo que es un agravio bastante fuerte. ¿Qué diría la duquesa si se enterara?

-Todo el mundo lo dice a sus espaldas, no creo que le pillara de nuevas- susurró interiormente Fernando como un pensamiento.

La boca de Jeanette se abrió con un grave gesto de indignación y sorpresa.

-¿Cómo?- acertó a preguntar con una voz aguda y ahogada.

Fernando alzó el rostro y la miró sorprendido, como si no se hubiera dado cuenta de que lo había dicho en voz alta.

-¿Qué? Oh, no, no, no me malinterpretes- se excusó él acercándose a su esposa con los brazos extendidos.

Ella dejó que se acercara, aún con cara patidifusa. Cuando él se acercó lo suficiente para consolarla le estampó la enorme almohada en su cara.

-¿Cómo te atreves? ¡Repite eso!

-A ver, a ver. No saquemos las cosas de quicio...- intentó tranquilizar Fernando quitándose las plumas de la almohada.

-Inténtalo- le desafió su esposa.

Fernando la tomó de las manos y agachó la cabeza, ocultando su rostro con los rizos de su melena.

-Verás, quería decir que tu madre ya sabe lo que dicen de ella a sus espaldas, queriendo decir que ella no es tonta, está muy enterada de todo. De hecho, es posible que sea la más lista de todo cuanto la rodea. Y la más fuerte mentalmente, también. Ya ha tenido que aguantar dardos verbales durante toda su vida y las falsedades de sus compatriotas. Ni qué decir que ha tenido que estar casada con el Mariscal, tu padre, que ya sabemos que no la trataba como se merecía...sin duda es una persona de fuerte carácter y muy resolutiva para cualquier situación y circunstancia y...

Jeanette tuvo que reírse porque si no le iba a dar algo de lo mucho que se estaba divirtiendo.

-¡Oh, Fernando, pero qué tonto eres! Déjalo estar anda. Estoy empezando a sentirme mal de lo bien que me lo estoy pasando haciéndote sudar la gota gorda.

Fernando la miró incrédulo.

-¿Entonces no estás enfadada?

-¡Claro que no!- exclamó divertida- Anda, tráeme fresas, creo que tengo un antojo.

-Estar encinta te está convirtiendo en un monstruo- bufó el marqués.

Ella le miró con los ojos llenos de relámpagos.

-Tú solo tráeme fresas...querido.

-S-sí amor.

Cuando se aseguró de que Fernado bajó a despertar a los encargados de la cocina, ella rió con gusto. Caminó descalza por el balcón y vio las moragas de los aldeanos a lo lejos. Desde luego el pueblo llano castellano la tenía enamorada.

A pesar de la guerra, aquél iba a ser un buen hogar para su hijo. O hija.

Al cabo de un buen rato, Fernando la abrazó por la espalda, acariciando su vientre.

-No estoy seguro de que éste sea un buen lugar para tener un hijo- dijo, tras una larga pausa- La guerra está tan cerca...

-La guerra tendrá que acabar algún día, tanto Castilla como Montaigne están exhaustas. Debe quedarle poco.

-Sí...poco. ¿Pero con qué resultado?

-¿Qué más da? Nadie ganará, estamos atascados. Al final todos comprenderemos que solo hemos perdido.

-No creo que sea tan sencillo. Alguien tiene que desequilibrar la balanza. Alguien tiene que dar el golpe de gracia y dar todo lo que tiene. Alguien tiene que darlo todo y sacrificarse para dar el golpe final. Alguien tiene que conseguir dar estabilidad a esta tierra para nuestro hijo.

-O hija.

-Sí. Alguien debería conseguir la paz en Castilla para cuando nuestro hijo...

-O hija.

-...nazca.  Alguien tendría que darle la oportunidad de no darle grandes responsabilidades siendo tan joven, ni enviarlo al frente. Nuestro hijo...

-O hija.

Fernando suspiró con airado fingimiento.

-¿Qué te pasa con el sexo del bebé?

-Nada, nada. Es que solo tengo nombre por si fuera niña.

-Ah. ¿Y bien?

-Había pensado en llamarla Marina.

-¿Marina?

-Es gracias a ella que todo esto ha sido posible. Nuestro amor, nuestra unión, nuestro regalo del cielo- dijo acariciando su vientre.

-Es justo.

-Es lo que deseo.

-Marina Galán y Dupont de Santiago. Es raro, pero me gusta- le susurró acariciándola.

-¿Habías pensado tú en alguno?

-Solo de niño.

-¡Perfecto! Yo colocaré el nombre de niña y tú el de niño. ¿En qué habías pensado?

-Eh...bueno. Es solo como algo temporal hasta encontrar algo mejor, ya sabes que es difícil encontrar un nombre que te guste y la vida da tantas vueltas que...

-¡Vamos escúpelo!

-Había pensado en Rodrigo.

Ella hundió la barbilla y lo miró radiante, como si pensara que le estaba tomando el pelo.

-¿Rodrigo? ¿Como Mala Hierba?

-Sí...exacto.

-Rodrigo Galán de Santiago. Me gusta- le dijo antes de darle un beso y sonreír como si tuviera algo en mente.

-No se lo digas a Rodrigo.

Jeanette rió.

-¡Pero Fernando, algún día se enterará! ¿no?

-Solo si es niño. No te imaginas lo pesado que se podría poner si se entera antes de tiempo.

-Vale, vale. No diré nada.

Miraron hacia el horizonte nocturno, que pronto empezó a restallar en luces blancas y truenos ahogados. Cualquiera podría pensar que era una tormenta lejana y, en cierto modo lo era. La tormenta de la guerra. Las batería de artillería de Montaigne empezaban a bombardear muchas millas a lo lejos a las fortificaciones al otro lado del río. El infierno de pólvora se desataba a lo largo de muchas millas, a lo lejos.

-No sé si esto es un sueño o una pesadilla.

Fernando tocó su vientre, como si intentara proteger al fruto de su amor de los truenos de la guerra. Ella miró a lo lejos, como explotaban las detonaciones de los cañones de guerra. Al final, sus manos se unieron para acariciar su vientre.

-Es esperanza.

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Finca de olivos a 10 millas de Santiago, residencia donde Fernando y Jeanette residen tras su boda para descansar. Castilla, finales de mayo de 1670




martes, 17 de junio de 2014

Telaraña de destinos

A veces se preguntaba si Dios sentía lo mismo cada vez que tomaba una decisión sobre el destino de los hombres.

La bruja encendió extasiada una cerilla y con ella dio a luz el último de los cirios burdeos. Colocados de forma armónica por toda la sala circular, las luces de las velas parecían una moribunda representación del cosmos, donde las estrellas solo debían existir para dar sentido a la oscuridad. Las velas rodeaban todo el espacio, algunas en el suelo, otras colgando del techo, formando una galaxia de velas sangrantes que atravesaba la habitación como una telaraña. Encendida la última constelación de su universo, la mujer extinguió la luz de la cerilla acercando sus labios perfilados de rojo oscuro muy temerariamente al fuego, aspirando con un ronroneo de placer el humo de la luz muerta.

Paola Ulberti anduvo hasta el centro de la sala como una viuda negra trepa al epicentro de su telaraña, escuchando solo cómo su vestido se arrastraba tras ella como un lacayo. La armonía estaba creada y eso la hacía sentir que todo estaba en su sitio. En caso de que no lo estuviera, tendría el poder de cambiarlo.

A su manera.

Finalmente llegó al centro del universo que ella mismo había creado y, como un poder de la naturaleza, se sentó de rodillas derramando el manto de noche de su vestido por los lados. Colocada en el epicentro de luces muertas como un sol negro, apartó el velo de encaje negro de su cara, dejando ver el vanidoso rostro de una mujer que se sabía atractiva. Pelo oscuro y piel clara, de clásica belleza cortesana, el rostro de la condesa venía acompañada de una mirada madura y segura de sí misma. Mirada que seducía a muchos hombres y, a veces, hasta mujeres. Pero no solo por eso se consideraba una diosa.

Lo era porque manipulaba el destino de quienes les rodeaba, siempre y cuando se lo permitieran, claro. Era una guardiana del equilibrio. Ella, como sus hermanas, podía decidir tejer o deshilachar la telaraña del destino, manteniendo las cosas en su lugar, el status quo.

Y eso que todavía solo era una adepta.

Últimamente debía cumplir muchos deseos de sus señores. Pero no le suponía algo indignante, ella como diosa también estaba para servir a sus hombres y favorecer sus destinos.

Arriba, en un piso superior que bordeaba el extremo de la sala como un puente circular en forma de O, un hombre observaba la galaxia de luces y sombras protegido por la oscuridad. Solo su mentón era descubierto por las luces que provenían de abajo, dejando ver cómo se mesaba pacientemente una perilla bien afeitada bajo una sonrisa magna.

La condesa barajó mazo de Sorte, unas cartas alargadas que simbolizaban desde tiempos inmemoriales los arcanos del tarot que contaban las fuerzas y debilidades de los hombres y mujeres de toda Théah. A otro lado, tenía las cartas menores de naipes, que determinaba las conexiones entre las personas. Estaba preparada para desplegar el Gran Relato.

-Vos diréis quién, señor.

Desde abajo y de soslayo, la condesa solo vio los labios del hombre moverse en un susurro, mientras su rostro seguía encapuchado por las sombras.

-Marina Oliván.

Paola miró hacia arriba con una extraña mueca, como si esperara que todo fuera una broma. Tenía la esperanza que con tal distinguida visita pudiera impresionar con su brujería, pero empezaba mal. Ya había dedicado días pasados enteros en indagar en el destino de la aventurera castellana, sobre todo desde que supo que estaba relacionado con los perseguidos Francesco y Juliette. Pero no había encontrado nada y dudaba que fuera encontrarlo ahora. No quería decepcionar, no en este preciso momento y no delante del caballero.

-¿Algún problema?- la voz del hombre se escuchaba grave y las palabras masticadas a través de las sombras.

La pregunta había sido una mera advertencia de cortesía, no una pregunta.

Ella se puso manos a la obra y empezó a desplegar las cartas delante de ella. Conforme iba desarrollando el relato del tarot se fue tejiendo en por toda la sala una telaraña grisácea, que solo para ella tenía sentido. La tejedora estaba formando el destino de todos sus conocidos. El destino de todos estaba más relacionado de los que muchos podían imaginar y gracias al Sorte ella podía vislumbrar cómo todas las hebras de esas personas quedaban conectadas mediante símbolos de unión.

La habitación se estaba plagando de hebras grisáceas, pero donde cualquiera vería simplemente una horrible telaraña ella veía en cada hilo el destino de una persona. Todos esos hilos eran amigos, amantes, superiores y...enemigos. Solo tendría que detectar cuál era la hebra de Marina Oliván en toda la estructura del Destino y de qué manera se ataban entre ellos.

Tendría que tener cuidado, manipular el hilo equivocado podría deshilachar toda una estructura de la realidad. Amantes que deberían casarse romperían su comunicación de pronto, mercaderes y artesanos podrían arruinar sus negocios de forma violenta, las guerras podrían intensificarse o podrían fomentar alianzas que desestabilizaran el equilibrio de poderes en Théah.

Era un poder que debía usarse de forma muy sutil, puesto ella podía elegir qué quería manipular, pero no las consecuencias. La gente común no sabía, por ejemplo, que disminuir temporalmente el romance entre un diplomático ussuro y su amante montaignense podría en última instancia acabar con el reinado del Rey Sol. Un hilo deshilachado puede deshacer toda una prenda y, lo que es peor, cabía muchas posibilidades de que ella fuera descubierta como la autora de tal destino. Debía tener cuidado qué manipulaba o perdería la cabeza.

Sorte tenía un precio. Aunque ella pudiera manipular el destino de ciertas personas, no controlaría las consecuencias. Y la Dama Sorte casi siempre gustaba de burlarse de las brujas que la reclamaban.

De pronto, el pecho de la cortesana casi estalla en el corsé. Su respiración se hizo irregular y se levantó. Había encontrado la hebra. Paseándose entre la telaraña que ocupaba los cielos de la habitación, fue esquivando hebras hasta atravesar casi toda la sala. Conforme rozaba cerca de los hilos del destino, iba viendo las formas fantasmales de sus dueños, tranquilamente en sus quehaceres y siendo inconscientes de que en cualquier momento sus vidas pueden cambiar. A veces veía hilos sueltos, colgando fuera de la estructura de la telaraña. Sentía pánico cuando veía uno de estos, ellos eran los Desenredados, hombres de Vodacce los cuales eran tan sumamente afortunados, puesto que eran incapaces de ser manipulados por las brujas. Por fin, encontró la zona que buscaba, entre esa estrella formada de telarañas se encontraba la hebra del destino de Marina Oliván.

La cortesana se desvistió los brazos, dejando en el suelo los alargados guantes de encaje. Con sus dedos finos fue tanteando los hilos como si tocara un arpa, hasta que pudiera sentir cual de todos era ella. Conforme los rozaba podía ver los destinos de sus cercanos, hasta que la encontró. Allí estaba, una hebra central que daba consistencia a toda una telaraña de la realidad.

-¿Qué queréis que haga?- preguntó la condesa acariciando el destino de Marina.

-Tanteadla. No espero nada más de vos.

Aquello fue una estocada para el orgullo de la condesa. No podía ser bueno que alguien que se consideraba una semidiosa fuera ninguneada de aquella manera. Obedeció pero sintió el repentino impulso de impresionar a su interlocutor, de demostrar cuán diestra podía ser, demostrar que podía ser más de lo que esperaban de ella. Paola empezó a urgar en los destinos que iban unidos a los de Marina Oliván. De forma inmediata a su hebra había pocos, de los cuales sentía fuertemente a Francesco pero ni rastro de Juliette. También sintió la extraña hebra doble de Dayron, el cuál estaba estaba en esos momentos viajando en búsqueda de la Cámara Ambarina. Comenzó a ver cuantas hebras estaban conectadas de forma indirecta  la de la espadachina...había cientos de destinos los que dependían esa hebra.

Se le hizo un nudo en la garganta, pero siguió tanteando mientras reflexionaba. Si había preguntado por Marina Oliván es porque podían considerarla un peligro...y si la consideraba un peligro, podía hacerle abiertamente daño para complacer a su señor. Inspirada por esta idea, volvió a la hebra original, la de Marina. Encontró un hilo especialmente largo y con apariencia robusta. Estaba exhausta, esa hebra era una de las más poderosas que poseía la castellana. La unía con un joven...no podía ser. ¿Pudiera ser que el hilo unía a Marina Oliván con el joven barón Alonso Lara?

Sí...sí...lo sentía.

Era amor.

¿Cómo era posible que no lo hubiera visto antes? ¿Era posible que se hubiera formado recientemente? Había pasado mucho tiempo y jamás hubiera imaginado que Marina fuera tan tonta de caer en tales romanticismos. Aunque en público y ante la sociedad la plebeya y el noble se mantenían alejados e indiferentes...¡La maldita espadachina que tantos planes le había frustrado estaba enamorada! La bruja del destino tuvo que reprimir un gemido de placer ante tan suculento manjar.

-¿Qué veis, bruja?-preguntó paciente el hombre.

Paola ignoró la pregunta y miró palpitar la hebra mientras sacaba una daga curvada ceremonial. Si su señor preguntaba por la espadachina era porque quería apartarla de sus planes. Estaba decidida en contentar a su señor y para darse placer a sí misma después de tantos agravios. Se aseguró de soslayo que su señor estaba mirando y entonces...intentó cortar la hebra con un golpe certero; pero ésta se mantuvo fuerte. Observó la hebra, ya había visto esto otras veces: las hebras de Marina Oliván relucían con un puro resplandor blanco cada vez que se acercaba a ellas. Solo pasaba con personas con un voluntad legendaria, ayudada quizás de algún objeto que potenciaba su fe. Volvió a empuñar la daga con furia, pensando que estaba apuñalando a la mismísima Marina. Una y otra vez, una y otra vez, gritando de rabia, Paola rajaba ese amor, iba a hacer añicos ese romance...ella se vengaría y su señor sabría que no tendría que preocuparse de ella.

La espadachina tendría el corazón tan roto que no se le ocurriría interrumpir sus planes nunca más.

-Deteneos- le advirtió el caballero sin alzar la voz, observando cómo la bruja se tomaba sus libertades y seguía atacando la hebra como una loca.

Pero ya era tarde, la condesa había asestado otro corte lleno de furia a la hebra. El poderoso hilo se cortó para gusto de la bruja, pero no como ella esperaba. Inesperadamente los restos restallaron como se resquebraja una cuerda de violín tensada de forma peligrosa. No lo vio venir y no volvería a verlo nunca más. El extremo de la hebra latigó de forma lacerante su rostro, rajando superficialmente su cara. La condesa, humillada y a la vez triunfadora, escondió instintivamente la herida y cayó de rodillas enjaulada entre los hilos del destino y cirios llorosos con la respiración acelerada.

El hombre negó con la cabeza, defraudado. Justo lo que más temía Paola.

-Estúpida...que tu mal orgullo te lleve al infierno.

Bajó de forma pausada a la sala por una escalera de caracol apartada para encontrarse con ella. Paola se apartó la mano de la cara, viendo que su palma estaba ensangrentada. Aún de rodillas, veía en el suelo los restos deshilachados hilo que acababa de cortar. Comenzó a reír de forma arrítmica mientras la sangre del rostro le surcaba hasta a los labios. Había dejado un gran hueco en la telaraña de su destino.

De pronto, escuchó cómo los extremos que aún permanecían en la telaraña, separados por un enorme hueco, volvían a alzarse de forma fantasmagórica. Los extremos cortados, aún separados en el espacio, se estaban volviendo a tejer de forma tranquila, buscándose el uno al otro, hasta que se encontraron. Los hilos se empezaron a abrazar y a danzar entre ellos, haciendo de los dos hilos un único destino. La hebra destruida volvió a tejerse, formando una más fuerte que la anterior.

-¡Imposible!

Rápidamente, buscó la baraja menor de naipes y la barajó mientras manchaba las cartas de sangre. Entonces, puso delante del hilo destrozado la carta con la mano izquierda mientras con la otra se tapaba el rostro. Vislumbró dolida la carta frente los restos del anterior hilo que había destrozado.

-No puede ser...

Ante ella se encontraba el caballo de copas.

Una carta cortesana.

Aquello no era una conexión cualquiera. Las copas determinaban la Pasión entre dos destinos, pero el caballo era un cortesano de la baraja, lo cuál complicaba más las cosas. Qué tonta había sido.

-¿Qué significa?- dijo el hombre, que se encontraba detrás de ella.

-Hay determinadas hebras que no pueden manipularse, mi señor.

-¿Las copas?

-Determinan la pasión.

-¿Entre?

-Entre ella y el joven castellano que apresó Verdugo en el castillo de Stronghold, Eisen.

-Amor, ¿eh? ¿Y el caballo?

Ella tragó saliva trabajosamente mientras de entre la palma de su mano seguía conteniendo la sangre de su rostro.

-Que ese amor tiene voluntad propia, que la relación es demasiado fuerte como para cortarla. Escapa más allá de los designios de dios, de los hechiceros, de los hombres y de las fuerzas de la naturaleza. Fluye como un río y nada ni nadie excepto ellos podrá extinguirlo. Podrán ser separados por ángeles y por demonios, por jueces o por familiares, por la guerra y durante la paz. Pueden ser obligados a no verse jamás, frustrados y arrebatarles su derecho a verse, pero nadie jamás podrá negar el verdadero amor que sienten el uno por el otro en secreto. Aunque no sean dueños de sus destinos son dueños de su amor, trasciende cualquier brujería y cualquier circunstancia. Son señores de sus sentimientos y allí no hay rey, ni patria ni iglesia que gobierne. El que lo intente...que espere ser derrotado por dos almas libres que han decidido luchar por su destino.

Giovanni Villanova alargó una mano enguantada de negro y apartó la mano de la condesa. Descubrió el rostro de Paola. Un enorme corte le recorría desde la frente hasta el pómulo, pasando por su ojo izquierdo. Había perdido el color oscuro de su ojo y ahora se encontraba invadido por una película blanca. Entonces ella, llorando sangre por su mejilla, descubrió que su ojo estaba ciego.

Así que no vio venir el revés de Villanova. Con toda la fuerza que podía reunir el hombre, la mejilla de la cortesana fue besada por los nudillos de su mano anillada. Ella no pudo ver el golpe y cayó arrojando los cirios que se encontraban cerca.

Giovanni Villanova se arrodilló junto a ella y apresó su mandíbula con su huesuda mano enguantada y le obligó a que lo mirara.

-No volverás a desobedecerme.

El Príncipe Mercader salió de la sala y Constanzio di Rossi, que se había mantenido al margen todo el rato, le abrió las puertas y le alcanzó la capa de herreruelo.

-¿Puedo preguntaros algo, mi señor?

-Adelante.

-¿Por qué no la habéis matado?

-Porque aún ignorando mis instrucciones me ha sido útil. Y no me deshago de alguien que me es útil.

-¿Os preocupa la castellana?

-No, pero no debemos cegarnos por la soberbia como la condesa. Ningún enemigo debe ser infravalorado, eso es cosa de montaignenses. Ese fue el fallo de mi antiguos...socios.

-Entiendo. Pero, signore ¿por qué, teniendo a una de las brujas más poderosas de toda Vodacce como esposa ha venido vos a consultar a la condesa Ulberti?

Villanova sonrió enigmático.

-No he dicho que Paola me haya sido útil por descubrir que la señorita Oliván está enamorada. Eso me es indiferente. Quería comprobar...otra cosa.

Constancio se despidió del Príncipe Mercader y mantuvo la compostura hasta el final. Pero en cuanto las puertas de la mansión de la condesa se cerraron, salió corriendo escaleras arriba al auxilio de Paola.

Seguía en el suelo entre los cirios, llorando de rabia y humillación, mientras contenía la sangre de la herida.

Constancio se deshizo de el tahalí dejando caer su estoque y sus dagas para arrojarse para arropar a la condesa.

-Mi signora...

-¡Aparta!- rugió ella intentando mantenerse en la oscuridad.

Al ver que él no se alejaba empezó a golpearlo pero Constanzio la redujo tranquilamente, tomó su mentón y le obligó que ella lo mirara. Observó el ojo ciego y las lágrimas de sangre que surcaba su rostro. Besó su mejilla.

-Signora, yo...

"Os amo igual", pero no pudo articular palabra, ella le ladró angustiada.

-¡Dejadme sola!

-Como queráis.

El espadachín recogió su espada y salió de la sala, dejando a la condesa llorar en el suelo. Paola se arrastró y recogió los restos de los hilos del amor que había intentado romper entre Marina y Alonso. Los guardaría, al fin y al cabo, eran retales de sus destinos y de algo servirían. Observó de nuevo que la hebra que hace un rato había cortado se había recompuesto y estaba más sana que nunca.

De pronto, sintió una hebra extraña, otra que no tenía nada que ver. Una hebra que le resultaba familiar.

Presta, comenzó a echar las cartas, a relatar e interpretar. Aquello era extraño, irregular...probablemente peligroso. De pronto, todas las cartas estaban sobre la mesa.

Pero...¿qué significaba aquello?

Sin duda su señor querría averiguarlo.

lunes, 12 de mayo de 2014

El filo de las palabras (I)


La decrépita Madamme Dupin volvió a repetir la pregunta a sus pequeños alumnos regla de madera en mano. Y esta vez esperaba una respuesta:

- Debe ser que me estoy quedando sorda, porque no oigo que ninguno de ustedes haya respondido a mi pregunta.

La pequeña clase de alumnos y alumnas (la academia de la señora Dupin era famosa por considerar conveniente la convivencia de ambos sexos en el aula) se había quedado petrificada, como si alguien los fuera a retratar. Cada uno escurría el bulto como podía mientras esperaban un salvador que aplacara las exigencias de la vieja profesora de historia. Unos pasaban páginas de libro, como si buscaran una solución profética; otros evitaban la mirada de la profesora mirando al suelo, mientras que los más despistados miraban por la ventana.

Jules Angelier, de 10 años, era uno de los privilegiado que se encontraba cerca de la ventana, pero había optado por fingir que tomaba apuntes en su libreta.

No era justo para unos niños de su condición trabajar, menos aún con el día que hacía. Fuera hacía un día despejado y el jardín de la Chateau du Bantreaux se veía más verde que nunca. Los jardineros trabajaban arduamente como hormigas, pero parecían divertirse más que ellos. Los sirvientes abrían manualmente los aspersores y, a veces, cuando el chambelán no miraban, se bañaban en el agua para aplacar el calor. Definitivamente aquél lugar era hermoso, pero como escuela privada para los pequeños hijos de la aristocracia, apestaba.


-Clara Chassier- nombró la profesora, y la docena de alumnos restantes bajaron los hombros de alivio

La niña, sentada justo al lado de Jules , sintió que un sable se clavaba en su estómago. Esa espantosa sensación que todo niño ha sentido cuando el profesor le nombra en clase. Clara jugaba con un tirabuzón que se le había salido de su elaborado recogido, como si con ello pudiera acelerar el mal trago. El corazón se le iba a salir del pecho y se quedó mirando al vacío.

-¿Sí, Madamme Dupin?- preguntó Clara casi como si hubieran presionado un resorte en su mente.

La vieja tomó un largo trago de agua, mientras le clavaba su mirada. Una vez carraspeó, continuó:

-Se lo pondré más claro, señorita Chassier, dándole más datos sobre la pregunta que aquí nos atañe ¿Qué Rey de Montaigne inició la invasión de Ávalon en el 1028?

La alumna fue claramente abrumada por la pregunta y el incómodo silencio solo fue combatido por una temeraria mosca.

-Señorita Chassier- dijo la profesora-. ¿Acaso no ha estado atenta a la lección de hoy? ¿Es que no sabe que sus padres depositan una enorme confianza en mi para convertirla en algo valioso para el futuro?

-Es...es que...-tembló la niña con duda, captando la atención de los alumnos-. Es que Jules me ha estado distrayendo.

Jules, que seguía fingiendo que tomaba apuntes levantó la mirada y la miró con relámpagos en los ojos.

-¿Cómo dice, señorita Chassier? ¿Le está distrayendo el señorito Angelier?

Clara Chassier tuvo que tomó más confianza en su voz.

-Sí, señorita. Además, no está tomando apuntes, ¡está dibujando! ¡Como uno de esos mendigos que hay en las calles de Charouse! No pude estar atenta a la lección, señora Dupin...

El resto de alumnos convirtieron el aula en una jaula de gallinas en menos de 3 segundos.

-¡Niños! ¡Basta ya!- la profesora pegó grandes zancadas hasta el pupitre de Jules, y éste notó su enorme y amenazante sombra-. ¿Jules? Enséñame que estás haciendo.

Jules sacó la hoja que había escondido bajo la mesa, ni siquiera intentó ofrecer ninguna resistencia. Sabía que era inútil, aunque a la traidora de Clara, le había salido condenadamente bien la jugada.

La profesora miró la hoja y arrugó la nariz, mientras deducía qué era lo dibujado. Al principio pensó que había pintado todo el folio con carboncillo y le había faltado el centro, que estaba blanco. Sin embargo, pronto percibió que el dibujo era precisamente lo que no estaba pintado con el carboncillo, dejando un cisne blanco justo en el centro de la oscura hoja. El dibujo tenía estilo, indudablemente.

-Dame tus lápices y tus libretas, señorito Angelier. A partir de ahora aprenderás todo de memoria.

-No es justo- dijo él sin mucha convicción mientras accedía.

-Claro que lo es- dijo ella-. Está usted en mi academia y lo que yo diga es ley.

Mientras madamme Dupin se alejaba hacia su mesa con los materiales de dibujo, la voz contenida del niño los petrificó a todos.

-Es usted una amargada. Es cierto lo que dicen.

Todos sabían que Jules era un niño raro, y que más bien no valía hablarle si no querías que te amargara la mañana. Lo que nadie hubiera imaginado nunca es que la profesora fuera víctima de su agrio veneno.

-¿ Y qué es lo que dicen?- dijo la profesora girándose lentamente a mitad de camino.

-Que está amargada, que su marido no la soportaba y construyó esta casa de verano para esconderse de usted, mientras fingía estar de negocios. Que cuando lo pilló con otras señoritas prefirió marcharse a la Guerra de la Cruz antes que soportarla y ahora se dedica a frustrar a todo el mundo como se dedicaba a frustrar a su marido.

En este momento podían pasar dos cosas. O que todos los niños aplaudieran la ocurrencia de plantarle cara a lo que ellos consideraban una bruja, o que todos se hicieran los muertos como si ante un oso rabioso estuvieran. Ocurrió lo segundo.

Por un momento pareció que Madamme Dupin estuviera altamente sofocada. Luego, con una voz vibrante, volvió a tomar las riendas de la clase.

-Jules, a partir de ahora te encargarás de limpiar el estanque del jardín todos los días después de las lecciones.

El niño asintió, sabía que cuando abrió la boca había comprado un pase para el infierno.

Cuando fuera  el chambelán tocó la campana de salida de sirvientes y alumnos, los niños empezaron a recoger, dispuestos a subir a las calesas familiares que les llevarían a sus respectivos hogares.

-Ah, se me olvidaba. Señorita Chassier...

-¿Si?

-Usted cumplirá condena con el señorito Angelier.

-¡¿Qué?! ¿Por qué?

-Por chivata, por cobarde, por falsa y por no estar atenta en clase.

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-Oye, Jules...no sabía que fuera a pasar esto.

El niño fingió no oírla, estaba demasiado ocupado intentando sacar todos los hierbajos y bichos del estanque. Aquello apestaba hasta el punto de tener que respirar por la boca. Clara era, sin duda, la menos eficaz, porque pescaba más bien poca basura. Finalmente desistió en su tarea y se encargó de mantener alejados a los cisnes.

-¡Oh, venga! ¡Perdoname Jules! Me salió solo. Estaba nerviosa. ¿A quién le importa quien invadió un aburrido trozo de roca en el año 1000?

Pero el chico seguía en su castigo. Cuanto antes empezara, antes acabaría.

-Además, ni siquiera te tenían que castigar por eso. Ha sido tu enorme bocaza la que te ha metido aquí. ¿Cómo se te ha podido ocurrir decirle semejante barbaridad a Madamme Dupin? Serás afortunado si te dejan continuar las lecciones.

-Bien, no tendré que seguir soportándote. Con la de personas que hay en ese aula y tu siempre tienes que fastidiarme a mi.

Ella lo miró largo rato, despistada. Los cisnes empezaron a esquivarla y se volvieron a meter en el estanque.

-Bueno...no siempre te quiero fastidiar. ¡Solo lo hago porque te lo mereces! Eres un niño muy agrio, ¡podrías tener una palabra bonita conmigo de vez en cuando! Pero luego tienes cosas muy bonitas. Sabes dibujar muy bien. Yo...también he hecho un dibujo.

Jules miró la hoja que le tendía. Eran dos monigotes feos, aparentemente niños, pegándose un cabezazo.

-¡Están dándose un beso, idiota!-aclaró la niña-. ¿Ves como nunca tienes una palabra amable?

El chico volvió a lo suyo, pero Clara lo perseguía.

-Jules ¿tú me darías un beso?

Jules la miró. En ese momento no sabía que le daba más asco, besar a una niña o el estanque.

-¿Por qué iba a querer hacer eso?

-No sé, pero he visto muchos hombres de la corte rivalizar por el beso de una dama.

-¿Y por qué dos personas iban a querer besarse?

-Pues no sé...creo que es porque los labios están blanditos.

-¿Para qué? Es estúpido.

-¡Pues porque les gusta, digo yo!

-Mi papá siempre dice que todo tiene que tener un sentido en la vida, y que todo hombre tiene que actuar con un objetivo.

-¡Así has salido!

Pillado con la guardia baja, Clara avanzó su rostro y besó torpemente los labios de Jules. Este, con una mueca de horror la apartó asqueado, tirándola al sucio estanque lleno de sapos, raíces y bichos.

-¡Puaj!- gritaron al unísono.

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Madame Dupin tenía la mirada fría.

-Así que la empujaste a la señorita Chassier al estanque, porque...

-Porque me dio un beso- respondió Jules.

La señora Dupin estalló en carcajadas, como si no recordara las ofensas que le había hecho el niño hacía unas horas.

-Señorito Jules, a lo largo de su vida muchas señoritas van a pretenderlo, y usted tendrá que poseer la etiqueta adecuada como para rechazarlas públicamente con educación y cortesía.

Jules miraba el suelo.

-¿Por qué?

-Porque los sentimientos son complicados y cuando uno no es correspondido uno tiende a sufrir. Por suerte, las palabras nos permiten convertir los mensajes dañinos en algo correcto o dulce. El don de la oratoria se nos dio para amortiguar los efectos que provocan las palabras en los humores de las personas. Confío en que usted aprenda los intrincados designios de la cortesía y el protocolo algún día. Tenga en cuenta que, para rechazar a alguien, elegir las palabras es como elegir un arma para cazar: elijes cómo acabar con la presa, sin dolor o con crueldad, pero recuerda que el fin es matarla. Escoja sus frases como si escogiera un arma, lo único que debe saber antes es cuánta sangre quieres derramar con sus palabras.

Jules se mantuvo callado.

-Algún día comprenderás lo valioso que es es medir las palabras para multiplicar o dividir un efecto; comprenderás lo valioso de ser educado y suave en el insulto, el rechazo y la crueldad. Algún día entenderás por qué necesitamos azucarar el rechazo. Algún  día te enamorarás y sufrirás por ello.

-Ni lo sueñe- dijo el niño limpiándose aún los labios y marchando a la puerta. Una vez en la puerta, volvió la vista-. Lamento lo que dije sobre usted, Madamme Dupin.

A la vieja le tembló la rugosa piel.

-Mi marido huía de mí porque no podía darle hijos. Buscaba escaparse a esta casa con sus amantes a ver si podía dar a luz a algún bastardo, supongo que para después intentar convencerme de hacerlo pasar por hijo nuestro. Una vez me negué, me abandonó marchándose a Eisen, a buscar futuro en otra nación. Me dejó sola, señorito Angelier. Sepa que no debe hablar llevado por la ira, ni crea cierto ningún rumor. Sea un caballero y use guarde sus palabras como si de munición se tratara. Disculpas aceptadas.

-¿Puedo recuperar entonces mis herramientas de dibujo?

-No.
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Una vez Jules salió de la finca, se escondió entre los lindes de una carretera principal. Allí, probó uno de los trucos menores había aprendido. Rajó la palma de su mano con una pequeña navaja y comenzó el ritual. Con la mano ensangrentada, la hechicería del ambiente le permitió introducir la mano en una herida palpitante en la realidad, que se lamentaba de forma ahogada. Su mano se perdió en un bolsillo que acababa en otro plano de la realidad y cuando lo sacó, tenía en sus mano los lápices, los carboncillos y alguna vitela en blanco.

Aquello sí que le parecía práctico, y no las palabras, los modales o el amor.
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Infancia de Julius, uno de los mayores espías y hechiceros de Porté de la historia de Théah. Academia Chateau du Bantreaux de hijos de la aristocracia de la provincia Gloyure, 1646, Montaigne.

domingo, 30 de marzo de 2014

Traición a la confianza (II)


No tenía ni idea de cómo había acabado todo así, pero al fin y al cabo, así era. El plan de Orsini había sido destapado por Marina Oliván: la falsificación de Gálvez del testamento de Gregorio Lara con la intención de obligar al heredero a casarse con su adinerada hija, el asesinato de Simón por parte de Fausto y que pagó en la soga, y cómo él, Donato Orsini, se organizaba con los bajos fondos a través de un hombre que se hacía llamar Prometeo, líder de los bajos fondos. ¡Hasta Rubén, un corchete ridículo de la guardia, cayó en las manos de la ley, por aceptar un estúpido soborno, voto a Theus que no había cosa más ridícula!
En el juicio había salido a relucir los trapos sucios de Donato Orsini, pero él tenía un as en la manga. Sabía que ese juicio no había sido del todo legal. Él era un mercader de Castilla, no un paleto más que podía ser juzgado por campesinos en un chiste de juicio, así que había reclamado su derecho de ser juzgado por sus iguales, por nobles y comerciantes, por algún juez de San Cristóbal. Las pruebas que tenían contra él eran muy buenas y todas jugaban en muy en su contra. En el otro juicio sería igual de condenado seguramente, pero con esto le daría tiempo a pensar en algo. De momento ahí seguía, en su celda provisional en el cuartel de la Ronda de Santa Elena.

-Buenos días, don Donato- saludó Hugo González, cabo de los corchetes de la Ronda. Hoy le tocaba vigilar al preso privilegiado en el cuartel de la guardia del pueblo.

Donato ni siquiera le saludó, odiaba que cualquiera pudiera dirigirle la palabra. Miró al muchacho: cabeza cuadrada, pelo corto con un peinado muy soso, inexpresivo y una mirada perdida en sus pensamientos o en el vacío, quizás; en forma, como todos los de la guardia, pero la forma en que tenía amarrado el tahalí denotaba que no era un gran espadachín. Los rumores decía que se había encaprichado de la única hija de la viuda Beatriz Oliván: una bruja vestida siempre de negro que vivía en una casa solariega al otro lado de la empalizada. Suspiró amargado, ¿acaso tenía que lidiar con gente afín a esa estúpida heroína?

Escuchó lo que comentaban los guardias, en los pasillos de piedra de la improvisada prisión. Al parecer había excitación, no solo ya por la cercana boda del marqués de Santiago, que se estaría dando en estos momentos (y eso significaba que jóvenes casaderas habían pasado por la Villa, para gusto de los guardias, que hablaban de sus nuevas novias o romances), sino porque al parecer el Consejo de su Majestad el Buen Rey Sandoval había hecho circular un "se busca" de un hombre que debía ser peligroso, o al menos debía serlo con la recompensa que daban por su cabeza.

-5.000 gremiales, caballeros- dijo un guardia imberbe y soñador después de pegar un silbido- ¡A quien encuentre a este hombre le han solucionado casi toda la vida!

Otro, más veterano y barbudo, fue hacia su compañero y le quitó la vitela de un empellón.

-Aparta idiota, déjame ver el careto...¡pero si solo es un tío embozao!- refunfuñó disgustado al ver que no había cara en el "se busca". Lo único identificador eran unos ojos escoltados por un enorme cuello de la casaca que cubría toda su cara y un tricornio.

-Alguna información vendrá- apuntó Hugo mostrando un poco de interés, ya que con 3.000 gremiales tenía para instalarse 20 veces en Malaca, lugar donde quería instalarse a vivir con una esposa y alejarse de la guerra.

Donato estuvo a punto de taparse los oídos ante tales estupideces de los guardias, pero le vino muy bien estar atento a lo siguiente:

-Según el servicio de contraespionaje de Castilla, responde ante el pseudónimo de Julius y se le acusa de espionaje al Reino de Castilla a favor de Montaigne. Se cree que es un hechicero de Porté- dicho esto último todos se santiguaron con la cruz de los Profetas.

Donato alzó la vista, claramente interesado por el nuevo giro de acontecimientos, pero no dijo nada. Debía esperar...y saber cómo utilizar aquella increíble revelación que se acababa de hacer.

Esperó a la noche, y todos los guardias se fueron, menos Hugo, que tenía que seguir haciendo la ronda. Leía poesía bajo la luz de una de las antorchas. Un día iba a quedarse ciego si seguía con esa manía.
De pronto alguien le siseó desde atrás. Hugo no se volvió, solo podía haber sido Donato y él no se dignaría a hablar a un guardia. Finalmente le volvieron a sisear, y se dio la vuelta. Donato le miraba con un brillo en los ojos que denotaban esperanza.

-Sé lo que estás pensando-dijo Donato, misterioso- Con esos 5.000 gremiales podrías casarte con Marina Oliván, ¿verdad?

-¡¿Disculpe?!- inquirió Hugo totalmente escandalizado, aquello era lo último que se imaginaba que le diría Donato.

-Vamos, no te hagas el tonto, todos en la Villa saben que esa hija de bruja te ha hechizado y que no te hace ningún caso.

-Eso no es cierto. Además, la relación que haya entre la señorita Oliván y yo no es de la incumbencia de nadie. Menos de un criminal tan vil como vos.

-Eso es cierto...-continuó Donato restandole importancia-. Los rumores de romance que sí son fuertes en el pueblo son entre la espadachina y su señor el barón.

Hugo se levantó forzosamente tirando el taburete sin querer; los poemas cayeron y se dirigió Orsino claramente airado pero con diligencia..

-No os consiento que volváis a hablar así de ella. Si volvéis a ser un cobarde repetidor de rumores de ancianas vais a tener que véroslas con mi acero, caballero.

-Shh...no os pongáis así. Yo solo digo que cuando el río suena, agua lleva, señor González. Y ese río lleva sonando desde hace demasiado tiempo.

Hugo recogió todo lo que había tirado y respiró hondo tranquilamente, pero dolido. Aquello era cierto.

-Pero no temáis. Podemos silenciar ese río. Tengo la solución a todos vuestros problemas, pero tendréis que hacerme un pequeño favor.

-No pienso seguir hablando con vos.

-Pero podríais tener lo que más ansiáis...libraros del barón y recibir esa recompensa de 5.000 gremiales. Bueno, quizás no tanto...pero sí dar una cierta información sobre ese tal Julius.

-Fantaseáis.

-Id a la mansión Lara, esta madrugada si os toca estar vigilando por ahí. Sobornad a la ama de llaves y decid que venís de mi parte a por unas cosas para que me las traigan a prisión. Decidle que os deje la llave pequeña, ella sabrá a cuál me refiero. Coged las cartas y miradlas...os llevaréis una grata sorpresa al ver el nombre del famoso espía en su emisor.

-Estáis loco si pensáis que haré eso.

-Está bien...pero piensa en todo lo que puedes ganar. Reconocimiento de tu nación, un puesto mayor y una buena recompensa por revelar tal escándalo, un sueldo mejor, tu mayor rival juzgado por traidor a la nación e indispuesto para arrebataros a vuestra amada. Adivinad a quién se acercará ahora... ¿seréis vos el afortunado? Le volverá a ser difícil confiar en otra persona que no seáis vos, un muchacho humilde, honesto y caballeroso. Si lo hacéis, traedme las cartas, y yo me encargaré de que un juez las vea en San Cristóbal y lo meta en la prisión más oscura que haya en todo el reino.

Hugo se volvió a su lectura, claramente confuso. Pero no leía, seguía escuchando a la serpiente.

-Si decidís no hacerlo, eso os convertiría en cómplice de espionaje.  Esas cartas son reales, yo las he visto, sin trampa ni cartón. Pensadlo bien, solo hacéis justicia para con el reino...y además podréis ganar todo lo que os he dicho. Pensad en ella...pensad que está siendo manipulada por ese canalla. Marina seguramente no sepa nada. Solo echad un vistazo...si no están las cartas, quedaré como un mentiroso. Si no... cumplid vuestro deber.

Hugo salió airado después de aquella sarta de promesas vacías. Pero al final la impaciencia le pudo más. ¿Y si...? Fue a la mansión Lara. La ama de llaves le recibió sin problemas y, abusando de su autoridad de guardia de la ciudad se coló en la habitación de Alonso. Si no había nada de eso se iba a sentir despreciable. Al final, miró las cartas.

Ahí estaban...claramente. La firma de un hombre que se hacía llamar Julius.

Se lo imaginaba. El barón, don Alonso Lara, no era un  hombre de fiar pero ahora tenía unos motivos más que claros, y debía alejarse cuanto antes de Marina Oliván. En cuanto la viera le haría ver que no es de fiar y que debía alejarse de él, que no se acerque nunca más a él. Le llevaría las cartas a Donato Orsini y él se encargaría de llevarlas al tribunal de San Cristóbal. Se sentía culpable por cómo iba a intentar conseguir lo que quería, pero no estaba haciendo nada malo.  Denotaría que desde la humildad él era más noble que el aristócrata. Le quitaría la máscara de nobleza y él mostraría su corazón humilde. Era su deber y de paso era lo que quería. También sentía esperanza por abrirle los ojos a Marina sobre la máscara de Alonso...quizás aquello colocaría las cosas en su sitio. Tal vez, se haría justicia.

lunes, 17 de marzo de 2014

Cuando los hombres hablan

-¿Hay una mujer, verdad?

Gerard se alzó sorprendido y se cuadró militarmente sobre el castillo de popa del Finisterra. Había sido un acto reflejo, incluso estuvo a punto de decir "capitán en cubierta". Pero no era la capitana. De hecho, no era ni siquiera mujer. Alonso Lara, el joven noble de Castilla con una pequeña baronía bajo el brazo, estaba asomado como un crío por encima del timón del navío. Sonreía como si viera algo que él no podía. Descubierta la identidad del nuevo, los hombros de Gerard se cayeron por su propio peso. Alonso no era ninguna autoridad, al menos no en el Finisterra. Así que volvió a sus quehaceres, que eran pasar a limpio las líneas cartográficas que había hecho de las islas Thalusianas.

-¿De qué habláis?- preguntó distraído aunque cortés, el contramaestre.

Alonso soltó una risita y se acercó arrastrando un taburete.

-Todos se fueron a la Manzana Mordida. Todos se fueron a beber o a desfogarse con alguna mujer de compañía. ¿Todo esto viene a traducirse a que hay una mujer en vuestra vida, contramaestre Gerard?

Gerard alzó la mirada del papel, lo suficiente como para clavar su vista limpia y fatigada a través de los grasientos cabellos que intentaba recoger en un lazo azul marino y desgastado por el tiempo.

- Señor Lara, aun a riesgo de convertir vuestra entrada cómica en una conversación seria ¿me estáis intentando decir realmente que hay una mujer en vuestra vida?

Alonso perdió la sonrisa por un segundo, sorprendido por el "contraataque" de Gerard. Arrimó el taburete hacia la enorme caja que hacía las veces de mesa, donde trabajaba Gerard. Si al principio el tono de Alonso era satírico, derivó en una comicidad fascinada. Gerard le había dejado sin habla, y eso merecía una conversación más elevada.

-¿Por qué decís eso?- preguntó sonriendo mientras apartaba las levitas de su casaca al sentarse.

-Suponéis que el hecho de que no esté en el burdel es porque hay una mujer en mis pensamientos. Si vuestro argumento es válido, también debería serlo para vos. Después de todo, estáis aquí conmigo, y no con una exhuberante mujer de la calle en la Manzana. Así que o admitís que la hay, o vuestra idea se caería por su propio peso en el primer movimiento.

"Derrotado en el primer movimiento"

Alonso quedó en silencio y los graznidos de gaviotas y las olas rompiendo en el acantilado de Carleón llenaron el espacio. Finalmente la sonrisa de Alonso se ensanchó y se iluminó aún más, era más de lo que esperaba de un tripulante del Finisterra.

-¿Una partida de ajedrez?- preguntó sacando de su macuto un tablero.

Gerard negó con la cabeza.

-Lo lamento, estoy de servicio.

-¡Oh vamos!-Alonso le arrebató el compás y puso el tablero encima- Estáis todo el día de servicio. Daos un respiro.

-Pero la capitana puede necesitar...

-¡La capitana te diría lo mismo!-cortó con un bufido- Tú hazme caso.

-Sí. Parecéis conocerla bien- reflexionó-. De acuerdo, pero que no lleve mucho.

-No os preocupéis, os ganaré en breve. Hay muchas aperturas que te pueden hacer ganar rápido.

-¿En un movimiento?

-No. Nunca se puede ganar en un movimiento.

"No en el ajedrez"

Gerard miró al muchacho por encima de las piezas.

-¿Acaso os interesa mi vida amorosa, don Lara?

-No- susurró con firmeza el barón llevándose un dedo a los labios con respeto-. Don Lara era mi padre.

-Lo lamento. Lo intentaré de nuevo ¿Os interesa mi vida amorosa, Excelen...?

Alonso negó con la cabeza con una carcajada, y terminó de colocar sus piezas.

-No realmente, simplemente buscaba una manera de entablar conversación. ¿Por qué?

Gerard meditó.

-Porque por un momento pensé que realmente buscabais consejo. Iniciar el tema de conversación para que alguien que compartiera vuestra misma situación.

-¿Qué? ¡Venga ya!- una explosiva carcajada salió de los labios de Alonso mientras agitaba una mano- No, no, no, no. Para nada. No, no- continuó, pero Gerard seguía clavando su cristalina mirada-. ¡Que no!

Gerard dejó de mirarlo y volvió a la partida.

-De acuerdo. Si os interesa...os puedo contar un poco, aunque no es mucho. O al menos, no hay mucho de lo que vos os imagináis. Eran buenos tiempos, yo era segundo de a bordo en el Conquerant. Estaba al servicio del almirante Alazais y teníamos la empresa de cazar a los corsarios y piratas del Canal de Ávalon. Perros Marinos, odiosos perros de Ávalon. Recorríamos todos los puertos de la costa de Montaigne, Muguet, Crieux, Dechaine...en todos esos puertos tuve mis aventuras. Las amorosas también. Fueron varias, muchas, ni siquiera recuerdo a quién di mi primer beso.

-¿No recordáis? Pero eso es algo que se suele guardar como un recuerdo especial, ¿no?

-Solo los románticos.

-¡Oh vamos! Aunque no fuera un recuerdo especial sigue siendo un recuerdo realmente.

-Probablemente para alguien con las ideas claras, pero no es mi caso. Creo que fue una joven que trabajaba en una grúa portuaria de Entour.

-¿Era guapa?- se interesó el barón.

-Seguramente.

-Cuidado- bufó el barón-. No me abruméis con tantos detalles.

Gerard rió apaciblemente.

-Recuerdo bien a la recatada hija de un comerciante de Muguet. Clothilde. Recuerdo que era la hermana de un cabo de la marina. En los bailes solíamos burlarnos de ella, llamándola por su nombre completo con voz aguda y lamentable. La tomó conmigo en el jardín y como no dejaba de gritar, la besé para que se callara.

Alonso estalló en una risa sincera y llena de reconocimiento.

-¡Por Theus pensaba que era el único que había hecho eso alguna vez!- alargó la mano hacia una botella y se la tendió- ¿Brandy?

-No, gracias. No bebo.

-Bueno. ¿Y qué pasó con Clothilde?

-Ella se calló, claro. No volvió a gritarme.

-¡La traumatizaste!

-Algo así- rió el contramaestre-. La volví a ver cuando volvíamos a la mar, en el puerto. Me trajo su cinta de pelo y me dijo que me esperaría.

Alonso ya había observado su cinta de pelo. Estaba seguro de que era esa. Casi nunca se recogía el pelo con ella, pero siempre la llevaba en la muñeca.

- Estuvieron riéndose de mi 6 meses en la cubierta. Ni qué decir que su hermano, el guardiamarina del Conquerant, me dio de golpes hasta en el alma por tocar a su hermanita.

-¿Volvieron a verse?

-Sí. Pero pasó demasiado tiempo. Cloe se había casado. Tratados comerciales, ya sabes. Cosas de negocios.

-La sociedad- resumió Alonso.

-Sí. La sociedad.

-¿Y ella?

-No volvía a verla. Solo le iba a causar dolor. Le escribí felicitándola por su unión y me eché a la mar de nuevo, ignorando el permiso que me habían concedido. Después conocería a Arisent.

-¿Os gustan con nombres feos eh? Esto se pone interesante...

-Arsent, una loca, una ordinaria. Una posadera independiente, sin hombres a su cargo. Una mujer con cojones si se me permite la expresión. Desaliñada, bruta, promiscua y casada. Infelizmente casada, en mi defensa. Se encendía como una caldera cuando veía un hombre con uniforme. Nada serio, muchas noches juntos. Tres meses duró. Finalmente descubrí de donde sacaba tanta fuerza. Su marido la golpeaba y en parte no le culpo, su mujer se mofaba de él delante de todos y le había convertido en la burla del puerto. Nos pilló en el lecho, y casi la mata, pero estaba allí para impedirlo, armado con los vasos de la posada. Tras una dura pelea ella escapamos, sin darme cuenta de que me había llevado una copa. Le di toda la soldada que tenía, y por lo que tengo entendido con eso comenzó una nueva vida en Charouse, en un tugurio de mala muerte. Conservé la copa, con la que bebí alcohol mucho tiempo. Volví al Conquerant y a la mar.

De pronto Alonso se percató en que la partida era lo de menos. Vio el tablero y resolvió en que todas las jugadas hechas habían sido dignas de Marina Oliván...horrorosas. Aunque podian ser efectivas si el contrincante perdía la concentración, recordó.

-Después acabé en el primer año de la guerra de Castilla. Habíamos bajado en Barcino para un reconocimiento. Acabé perdiéndome con el cuerpo de exploración. Ni siquiera sé qué hacía allí, creo que queríamos reconocer el terreno litoral de la Reina del Mar para la incursión. Nos emboscaron los guerrilleros castellanos. Me oculté en un granero durante un tiempo. Conocí a Larissa. Una campesina castellana. Me vio escondido entre la paja, vio mi uniforme. Fingió no haber visto nada, no alertó a nadie. Traía leche y comida y lo dejaba allí, sin decir nada, sin mirar en mi escondite. Y claro, misteriosamente desaparecía su contenido porque yo debía vivir de algo. Me estuvo alimentando como si de un gato callejero se tratara. Como si intentara ganarse mi afecto antes de entablar conversación. Finalmente me mostré, y ella, claro, sabía ya de mi presencia en su granero. Me escondió tres meses, me cuidó, comimos juntos, le ayudé a reparar el establo e incluso pasamos alguna noche juntos. Y eso que apenas nos entendíamos, yo estaba aprendiendo el castellano. Ella me enseñó.  Un día, los castellanos llegaron buscando todos los espías de Montaigne. Ella me ayudó a salir por la puerta de atrás mientras distraía a los guerrilleros. Sabía que acabarían fusilándose como un perro frente las líneas enemigas...para los castellanos da igual el uniforme de oficial, todos éramos invasores.

La partida se terminó. Alonso había ganado. Gerard echó mano a sus herramientas de cartografía, pero el barón le interrumpió sujetándole la mano.

-¿Echamos otra?

Gerard rió.

-No tuve muchas más. Fantine Constance, Crieux.

Alonso abrió mucho los ojos. La conocía de vista, de cuando la revuelta de Santiago.

-La conocí en un desfile. Era Segundo de a Bordo y gozaba de reputación. Traíamos a un canalla que había saqueado un barco en el Mar de la Espuma y la primera que me ayudó a encarcelarlo fue ella. Una candidata a mosquetera. Eramos tal para cual. Bebíamos, gozábamos de una condecoración, contábamos historietas y batallitas. Pero éramos como el mar y la costa, destinados a romper. Ella fue ascendida a mosquetero y yo fui reclamado por el Almirante Alazais...y el Rey Sol. Fui destinado a las más lejanas de las costas, y ella, a la capital. Creo que hoy día está en el frente.

-Está bien. Os lo aseguro. La vi en Santiago.

Gerard se recuperó de la sorpresa y sonrió.

-Me alegro por ella. Y en respuesta a tu pregunta inicial: no, no hay ninguna mujer ahora que me impida irme a un prostíbulo. Sin embargo, he tenido mujeres en mi vida, he recibido mucho de ellas, algo más que una burda pasión vacía. Cuando has compartido una historia con una mujer, la simple carne no tiene ningún tipo de sabor.

El silencio gobernó, dejando enfrascados en sus pensamientos a los dos hombres. Al cabo de un minuto, Gerard pestañeó con fuerza, como si acabara de despertar de un ensueño.

- Bueno y vos...¿vais a contarme algo?

-¿Yo? Bueno, no hay mucho.

-¿Vuestro primer beso?

-Fue tras la batalla de San Teodoro. Muchos murieron, pero se salvó el fuerte. La alegría pudo con todos nosotros. Sentíamos ese fervor en el cuerpo, esa esperanza que se siente cuando alguien grita que se acaba una guerra. Es irónico, porque en cuanto acabó la batalla me sentí más valiente que nunca. Tenía un compromiso con la hija de un viejo amigo de mi padre. Alicia Orsini. Un compromiso que estuve atrasando todo lo que pude, pero antes de marchar a ese fatigoso deber, quería hacer algo que de verdad quería. Quería besar primero a alguien que al menos me importase.

-¿Y ella?

-Ella está bien, creo. Lleva su vida aparte, y mejor así. No soy lo mejor que le podría pasar.

- ¿Por qué? ¿Vos la amáis?

Alonso estiró los brazos por encima de la cabeza.

-Es complicado. Siempre he tenido a alguna mujer detrás de mi. Nuestras historias se parecen un poco, porque yo también he tenido multitud de mujeres en mi vida que han intentado casarse conmigo. No había día en el pasado que no recibiera una propuesta de...

-Estáis evadiendo la respuesta

-¿Qué? ¡No! Para nada...¿cuál era la pregunta?- preguntó el barón antes de echar un trago de brandy

-¿Vos amáis a Marina Oliván?

Alonso escupió el alcohol y casi se atraganta.

-¡¿Cómo?!

-¿La amáis?

-Pues...

-¿Sí o no?

Alonso pensó largo rato. Cuando pareció que encontró todas las palabras abrió la boca para responder, pero escuchó el crujir de la madera, alguien se acercaba. Se puso con ell ajedrez.

-Ésta...es la entrada francesa. Y esto, es el jaque pastor. Y no es posible ganar una partida en tres movimientos.

Gerard le miró extrañado, como si no entendiera nada. Dijo algo más, pero Alonso ya se había levantado. Marina Oliván estaba entre ellos. Él ya se había percatado y estaba preparado para recibirla.

-¡Señorita Oliván! ¡Qué amable por su parte que nos bendiga con su presencia!

Marina Oliván se quitó el sombrero y se sentó entre los dos hombres, ignorando que los verdaderos movimientos que habían hablado no eran sobre ajedrez, sino del corazón.

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Marzo 1670. Muelle de Carleón, Ávalon.

miércoles, 29 de enero de 2014

Dejando una huella

La casa de los Boucher estaba tranquila, demasiado tranquila, sobre todo teniendo en cuenta que se situaba en el barrio burgués de Le Cage en la ciudad embajada de Paix. Caroline salió de su ensimismamiento con un bote tranquilo, y se descubrió de rodillas en la alfombra floreada de su habitación, frente a su casa de muñecas. La frágil niña debía contar con unos 9 años, tenía el pelo recogido como la última moda aristocrática dictaba. Piel pálida, pómulos afilados y cuello de cisne, Caroline reflejaba un aspecto angelical de primera mano. Sin embargo, sus ojos siempre habían destilado un brillo malicioso y la altivez con la que alzaba su mentón denotaba todo su desdén hacia cualquier persona que se atreviera a darle consejos o ayudarla. Pero la frialdad de mármol de Caroline se había quebrado dado los acontecimientos de los últimos días, y sus hombros se habían hundido. Había descubierto algo terrible que la aprisionaba:

Estaba sola.

Caroline nunca había tenido buenos amigos, y no nunca hubo ninguna razón para explicar un por qué. Siempre había sido ignorada por el mundo, tanto por adultos como por otros niños. Al principio siempre tuvo gente revoloteando alrededor, suponía ahora que se debía a la abundancia en la que vivía su familia por el tráfico de esclavos del Archipiélago de la Medianoche. Cuando se percataron de que no era más que una niña acostumbrada a que todos le hicieran caso, descubrió demasiado tarde que no sabía tomar la iniciativa para relacionarse, y pronto  En la escuela los otros niños la pasaban por alto, suponía que por la abundancia en la que nadaba su familia, ¿pero eso no era motivo para que tuviera más amigos? Sus padres la sobreprotegieron y la aislaron en un arca de cristal, y allí en esa campana se ahogó y perdió su oxígeno, por lo que tuvo que aprender a respirar odio y menosprecio. Tenía que sobrevivir.

Pero al menos tenía sus mascotas. Esos indígenas de alguna isla perdida del Archipiélago de la Medianoche, atontados por algún ritual antiguo o por algún galeno experimental, y el resto de esclavos tribales de las cocinas. Y Brock, ese enorme y tontorrón, el único esclavo de alguna tribu indígena de las islas del oeste lo suficientemente listo como para hacer las veces de mayordomo en la casa de los Boucher. Y a pesar de ser sus esclavos, y a pesar de lo mal que los había tratado, se había dado cuenta de que ellos eran los únicos que le habían dado compañía. Sobre todo Brock. Ahora todos se habían ido. Estaba sola. Era irónico pensar que ella necesitaría a sus esclavos de una manera más íntima que material...era absurdo.

Y ahora todos habían escapado de allí. Todo por culpa de esa estúpida institutriz que habían contratado sus padres para que dejara de ser una niña mimada resentida con el mundo. Esa estúpida institutriz...Sophie Mallarmé, decía llamarse. Y sin embargo, tan estúpida no sería, ya que no era más que una farsante que los había engañado a todos. La institutriz que le había estado enseñando a comportarse, el protocolo, la etiqueta en la mesa y a leer textos filosóficos en casa, no había sido más que la famosa aventurera castellana Marina Oliván. Habían tenido estos dos o tres días a una guerrillera de la guerra castellana llevando su educación, cuando en realidad iba en busca de una pieza Syrneth que poseía su madre. Acababa de enterarse ella y su familia por Remy du Montaigne, el cuál está persiguiendo ahora a Marina Oliván y el paradero de la caja.

Esa estúpida caja de música. Todos la querían: desde su madre, que seguía obsesionada con su música; hasta el mismísimo Rey Sol. Pero quien se la había llevado había sido Marina Oliván que, no contenta con eso, había liberado a todos los esclavos de su casa. Incluso a Brock, el cuál se despidió de ella antes de fugarse. No entendía nada, Brock se despedía de ella y Marina Oliván la había ayudado con sus problemas de niña mimada, cuando en realidad podría haber ido directamente a por lo que quería.

-¡¡Caroline cielo, baja a cenar!!

La voz de soprano repelente de su oronda madre la sacó de sus ensimismamientos. Estaba acostumbrada a que el indígena Brock fuera a recogerla a su habitación y que la escoltara hasta al comedor. Pero dada su reciente huida la mecánica de la casa estaba muerta.

Caroline colocó sus muñecos en la casa de juguete. Colocó a la baronesa junto al marqués al lado de la chimenea, y a los aristócratas los colocó sentados alrededor de una mesa de cartas, en el salón de juegos. Cuando salió de la habitación pisó sin querer la criada que estaba en el suelo. Molesta, la apartó un poco con el pie y prosiguió su camino. Ese era su lugar. Todo estaba en su sitio.

Bajó las escaleras y posó la mano enguantada en la madera del pasamanos. Bajó sin mirar los pies, como le había enseñado la institutriz Sophie Mallar...argh, no. Marina Oliván. Todavía le costaba aceptarlo.

Llegó al comedor. Su madre, una señora oronda y rubia, de grande papada, llamada Elisse Boucher, estaba organizando a los esclavos que tenían en el sótano encerrados de reserva. Eran solo dos, pero estaban bien alimentados. Aun así no tenían ni idea de poner la mesa. A uno de ellos se le cayó un plato con sopa, que estaba ardiendo. A Elisse se le escapó un gritito de indignación.

-¡Por el amor del Empereur! ¡Malditos esclavos! ¿Qué os enseñan en esas islas tropicales dejadas de la mano del Empereur? No sabéis hacer nada a derechas. ¡Ven aquí!

El que había tirado la sopa se quedó quieto sin entender la situación, seguramente ni siquiera hablaran el idioma montaignense. Elisse pegó un berrido furioso y se acercó al negligente esclavo y le propinó una descarga con el bastón de energía syrneth que todos los suyos temían. La descarga era inocente, decían, pero la cara de la víctima no decía lo mismo. El esclavo quedó al borde de las lágrimas y recogió presto todo el destrozo.

-Así aprenden. A este no se le vuelve a pasar por la cabeza cometer una torpeza. ¡Ah!- exclamó percatándose de la entrada de su hija en el comedor- Mi dulce Caroline...es complicado domesticar los nuevos esclavos.

Caroline avanzó por la alfombra del comedor como si de un espectro se tratara. Llegó hasta a su silla conteniendo un suspiro. La retiró tal y como le había enseñado Marina Oliván, y se sentó, esperando a que todos estuvieran en la mesa. Colocó su copa a la derecha, cuchillos a la diestra, tenedor siniestra, y alcanzó en su extremo una cucharita para el primer plato. Nadie se fijó en ella.

-Caroline, ¿es que no me vas a responder nada?- Elisee parecía al borde de una indignación maternal.

Caroline la observó con una mirada vacía. Su altivez se había perdido.

-Si, madre, es horrible, un drama.

Pero Elisse no se había percatado el cambio que había sufrido su hija, solo asintió con la cabeza conforme de que le dieran la razón. Mejor, pensó Caroline. De todas formas ella tampoco entendía qué era lo que le había afectado tanto.

Monsieur Boucher, un burgués cincuentón, pelo ralo y canoso, aspecto amargado al que le faltaba un ojo, entró aireado en el comedor.

-Hemos perdido nuestras ganancias..el último lote de mercancías ha escapado a través del río del comercio por una figura desconocida, y me han dicho que el único testigo, un cochero local, se ha ido a vivir a la tranquilidad del campo. Encima esa odiosa Marina Oliván nos arrebata el artefacto que nos iba a dar el dinero para suplir nuestros gastos. Apuesto a que es la misma horripilante persona que asaltó mi mercancía y les ha dado la libertad.

-¡Oh, querido!-lamentó su esposa con exagerada preocupación- ¡Qué horrible! ¿Por qué esa horrible muchacha querría vernos arruinados?

-Hay castellanos malvados por todas partes, Elisse. ¡Están todos resentidos porque no pueden ganar su maldita guerra! ¡Seguro que es una amargada!

-¡Qué razón, querido! Seguro que se lleva mi adorada caja para vendérsela a cualquier infame para sacar dinero y financiar futuros asaltos a civiles montaignenses...

-¡Y lo peor de todo es que ha ayudado a escapar a Brock, a los esclavos de cocina...a casi todos!

-Menos a estos dos desgraciados, ¡que no saben hacer nada, querido! ¡Tiraron tu sopa con sus torpes manazas!

Monsieur Boucheur alzó la vista con su único ojo.

-¿Quién?

-Éste, querido- dijo señalando al aludido, que empezó a sudar de pánico.

-Dale una descarga, Caroline, cielo mío. Siempre te ha gustado enseñarles el camino correcto a estas bestias.

-No quiero.

Su padre alzó la vista del plato, pero siguió encorvado, a escasos centímetros de la sopa.

-¿Qué has dicho?

-Que no me apetece, padre- las palabras de la niña cortaron el aire como un frío cuchillo. Pero ante todo, y por una vez, fue educada.

Elisse pegó una risita aguda.

-Pero cielo, si sabes que ellos desean ser amaestrados...¡necesitan aprender! Ellos quieren ser civilizados...

-¿Como nosotros?- respondió la niña tajante- Entonces supongo que podréis explicarme por qué Brock se ha fugado. ¡Ah! Supongo que le habíamos enseñado tanta civilización en esta casa que ha ido a buscar un sitio civilizado.

Monsieur Boucher se le cayó la servilleta en la sopa, boquiabierto.

-¡¿Quién te ha enseñado a hablarle así a tu madre?!

-¡Es evidente!- se adelantó ésta al borde de las lágrimas de cocodrilo- Ha sido esa pérfida bruja de Marina Oliván, haciéndose pasar por institutriz, la que la ha corrompido.

-¡O la que ha roto la estúpida jaula de cristal que vosotros me habéis construido a mi alrededor!

-¡Caroline!- gritó su madre, como si no la reconociera, buscando apoyo en la mirada de su esposo.

-Y pensar que esa estúpida institutriz era la infame Marina Oliván...¡dios mío! Una maldita y sucia guerrillera. ¡Una saboteadora! ¡Una espía! Si luchara en las filas de batalla se merecería un respeto. Pero sus maneras son sucias...¡deberían colgarla!

-Ay, querido...esa sucia plebeya ha estado malcriando a nuestra dulce Caroline. Pero podía haber sido peor ¡Con la de cosas malas que te podía haber hecho esa farsante!

Elisse acercó su manaza a los mofletes de Caroline, pero la niña ni siquiera se acercó para ayudarla, como solía hacer. Elisse recogió su mano, con paciencia.

-¡Oh, querida! Estás asustada, ¿verdad? Es solo eso, estás asustada por ella. Es terrible que esa sucia criminal estuviera dándote lecciones de señorita mientras solo buscaba pérfidamente robarnos y arruinarnos. ¡Tranquila mamá ya está contigo y esa horrible mujer perseguida por toda la Guardia Relámpago! No tienes nada que temer...

Caroline retiró la silla bruscamente y golpeó con la palma de sus manos la mesa, poniendo incómodos a los esclavos.

-¡¡BASTA!! Si es una farsante ¿Por qué realmente me ayudó con mis tareas? Si es una criminal ¿Por qué tener paciencia conmigo cuando nadie me soporta? Si es una amargada ¿Por qué intentar hacer que mis deberes sean divertidos? Si es una sucia plebeya ¿Cómo es posible que me haya enseñado todos los modales que estoy mostrándoos delante de vuestras narices? Vosotros ni siquiera os habéis dado cuenta. Esa estúpida de Marina Oliván será muchas cosas, pero hay algo que no acabo de entender de ella. Me gustaría odiarla por todo lo que nos ha hecho, me gustaría despreciarla y sentir rencor, pero...¿por qué en vez de fingir ser una institutriz más ha intentado también ser...mi amiga? ¿Por qué animarme a hacer lo que me gusta, que es cantar, mientras mi madre solo ha intentado reprimir mis deseos? Ha intentado comprenderme, ha intentado ayudarme con mis tareas, ha tenido paciencia conmigo, y sé que eso es difícil porque soy un desastre. ¡Incluso ha llegado a pararme los pies en mis caprichos! Cosa que vosotros nunca habéis hecho. Me habéis malcriado y eso ha hecho que sea una rencorosa caprichosa. La única buena decisión que habéis tenido en la vida es pagarle a otra persona para que se dedique a educarme, ¡cosa que os correspondía a vosotros!

-¡No voy a consentir esto!- gritó su padre alzándose de la silla- ¡¿Cómo puedes reprocharnos que no te hayamos parado los pies?! ¡Te hemos dado todo lo que tenemos y ahora cuando una extranjera nos lo quita todo ¡¿Y tú vas y le das las gracias?!

-No estamos arruinados padre, tú mismo siempre has dicho que teníamos para vivir. Quizás lo que os fastidia es que no viviremos en la abundancia en la que estamos malamente acostumbrados. Sobreviviremos, padre. Y esto nos vendrá bien, y nos hará aprender y a romper la burbuja que vivimos y abrirnos al mundo. Los esclavos con los que hemos comerciado se han escapado, son libres gracias a Marina Oliván. Lo que nunca hubiera podido llegar a pensar...es que yo también soy una esclava privilegiada, rodeada de lujos y caprichos. Yo soy la verdadera esclava de esta casa.

-¡Tu hija está loca! ¡¿Qué quieres que vivamos como pobres para aprender a valorar la vida?!

Caroline se levantó de la mesa, se paró en la entrada del comedor y se giró lentamente:

-Padre, "el pájaro necesita el miedo a caer para aprender a volar". Lo leí en mi libro de filosofía el otro día. Marina me lo leyó ya que yo no estaba dispuesta a ceder a los caprichos de nadie.

- ¿Pero qué dice esta niña? Todo esto es culpa tuya, Elisse. ¿Cómo se te ocurre haber contratado a esa estúpida institutriz? Maldigo a esa bastarda de Marina Oliván. ¡Le ha lavado la cabeza a la niña! ¡Vivir como pobres! ¿La estás oyendo? ¿De dónde saca esas estúpidas ideas?- Monsieur Boucher persiguió a su hija por toda la casa, hasta la escalera- ¡Caroline! ¡Caroline!

Caroline se paró educadamente en mitad de la escalera. Ya no sentía odio, ni rencor, ni desdén...solo los ojos empañados de lágrima. Su estómago tenía un vacío.

-Buenas noche, padre. Os agradezco la cena e intentaré no daros muchos dolores de cabeza.

Caroline volvió a su habitación y cerró la puerta con un suspiro. No se entendía a si misma. ¿Por qué este cambio tan radical? Sentía que se había conocido a sí misma después de todo lo que había pasado con Marina Oliván, pero a la misma vez...no entendía nada. ¿Por qué este cambio en ella? Era bueno, era malo...no sabía qué sentir. La experiencia había sido mala, pero le había hecho abrir los ojos. ¿Se lo podría reprochar a Marina?

Entrando en la habitación pisó uno de sus muñecos. Era la criada, que seguía en el suelo. Caroline la cogió y la miró. Estaba destrozada, casi rota y mullida. Era con la que menos quería jugar pero era la que más maltrataba. Miró la muñeca, parecía tener una sonrisa más auténtica que la del resto de juguetes, a pesar de todas las penurias que le había hecho pasar.

Caroline fue a su mesa, y estuvo un rato trabajando. Al final le cambió la ropa, le puso pantalones y le puso una capa. Había empezado a aprender a coser con Marina, pero no creía que pudieran acabar la lección. Tampoco le importaba.

Ya no era una criada. La muñeca, recién bautizada como aventurera y espadachina en lo alto de la casa de muñecas, en los tejados.

No sabía qué pensar de todo esto. Pero una cosa tenía clara, Marina había dejado una huella en esa casa. Pero sobre todo, había dejado huella en ella.

Y jamás se borraría.

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Febrero de 1670, barrio de Le Cage, Paix, Montaigne. Después de que Marina consiguiera encontrar la caja de música que le llevaría hasta uno de los talismanes para la Cámara Ambarina, y poder salvar a Karl, su tripulante en apuros.

Cadenas por corona

Los grilletes se cerraron sobre las muñecas de Leandro Vázquez de Gallegos. El Alguacil cerró las esposas duramente y apretando con malicia,...