jueves, 1 de diciembre de 2011

Retomar el naufragio de la vida

El capitán Barceló suspiró ásperamente al volver a encontrarse con su elemento: el mar y la libertad. Cabalgando sobre el nuevo navío sin nombre, no miró atrás. No quiso despedirse mentalmente de la isla del Diablo (o Palabra de Dios, como la llamaban sus carceleros). ¿Para qué despedirse? Odiaba aquél lugar. Aunque ahora fuera un lugar de libertad para los piratas, para él no dejaría de ser nada más que su prisión. No había ningún lugar de la isla que le trajera un buen recuerdo: ni los campos de azúcar donde le hicieron trabajar de sol a sol; ni el castillo negro, donde lo torturaron sin piedad; ni siquiera Puerto Diablo, que por aquél entonces no era más que cuarteles para la guarnición de los carceleros castellanos y un mercado para vender esclavos.

"¡Adiós, maldita y apestosa roca!", pensó mientras echaba un trago de ron, apoyando su peso para mantener el timón en la dirección en la que tenían que ir. Camino a la corte del Infante Sandoval. A San Cristobal, capital de Castilla.

El capitán Barceló era un tipo enorme embutido en una elegante levita escarlata y de larga y espesa barba negra, la cual trenzaba para que no le molestara en los combates. Tenía todo el aspecto de un pirata (y lo era), pero en realidad no tenía ese aspecto porque así lo quisiera, sino porque se había dejado de cuidar hace muchos, muchos años. La vida le había tratado muy mal, y no solo por la pérdida completa de su identidad y su vida pasada. Su aspecto descuidado y su áspera voz no eran más que consecuencia de la dejadez de la vida, los vicios, el ansia de libertad y ron, mucho ron.
Barceló, ex-almirante de la Gran Armada castellana, no sabía que rumbo poner. Hacía tiempo que no lo sabía. No desde que pasaron todas sus desgracias seguidas, no desde aquella traición... Pero ahora la pequeña campesina que había aparecido en su vida le había dado un sentido a su difuminado rumbo. Incluso le conducía a la pista del traidor...aquél hijo de puta. Definitivamente, después de muchos años "muerto", volvería a la corte castellana, aunque no sabía con qué cara.

Ahora tenía tiempo para pensar, para beber y reflexionar sobre qué hacer con su vida. ¿Venganza? ¿Justicia? ¿O seguir con el plan de malvivir hasta morir?

"Ahh, Barceló. Pareces tan decidido y tan bravucón a los ojos de tu tripulación. Y no eres más que un náufrago de la vida. ¿Es quizás por eso que dejo mi timón en manos de Marina? Ella al menos sabe lo que quiere"

¿Qué era esa fuerza que mantenía su destino ligado al de la campesina castellana? Miró a Marina desde el castillo de popa. La castellana se había remangado la camisa y llevaba animadamente un cesto de manzanas para la bodega, probablemente para Ventisca, el caballo blanco que tenía más de persona que de bestia. Vio como ella se apartaba la hermosa y corta melena negra de la campesina para dar de comer a su corcel. Miró cómo le ofrecía la jugosa fruta al caballo y éste aceptó con una noble inclinación la ofrenda y empezó a comer. A ella le parecía graciosa la manera de comportarse tan cortés de su caballo.

La vio por primera vez en la Villa de Santa Elena. Aquellos días fueron difíciles para él. Hacía unos meses había decidido volver a levantar la cabeza y empezar malvivir por el mundo, haciendo rumbo para dejar atrás su vida, para no volver a ser el hombre que fue. No quería volver a saber del antiguo Barceló. En la posada de la Villa de Santa Elena habló con Marina. Él alistaba a gente para una nueva embarcación, para el nuevo trayecto que le iba a llevar a ninguna parte en la vida. Le dijo que se podía embarcar con él algún día...¿por qué? No lo sabía ni él. No era más que una campesina en un pueblo de paso, pero en sus ojos veía las ganas de luchar de la campesina, las ganas de salir a la calle para echar a Montaigne de sus calles. Vio que sus ojos se iluminaron cuando le contó que podían, en un futuro, asaltar los barco gabachos que bloqueaban sus puertos, que hacían que no le llegara comida a los campesinos muertos de hambre. Definitivamente, en ese momento, vio que ella no estaba hecha para el campo. ¡Y no se equivocaba! Después de meses de levantamiento popular y guerra, ahí estaban, haciendo rumbo los dos juntos con su extraña tripulación.

"¿Y si ella fuera una señal para dejar de naufragar en la vida? ¿Y si quizás en su destino encontrara yo el mío...? ¿Y si gracias a ella estuviera encontrando un sentido a mi vida, mas allá de encontrar mi barco y ahogarme en mis vicios? Supongo que podría posponer mi muerte un tiempo. ¿Debería volver a aparecer por la corte de Castilla a pesar de que mis perseguidores, carceleros y asesinos, ¿siguen allí? ¿Y si estuviera allí Corsario Negro?"

El solo pensamiento de volver a encontrarse a semejante personaje hizo que se le crispara el rostro. Hacía tiempo que había olvidado, que huía por todo el mundo y lo que era peor, huía de sí mismo. Un prófugo de por vida.

Miró a Marina, que ahora hablaba con su amiga Cintia mientras ésta tallaba con morriña un molino castellano en madera.

"Si lo que me contó el muchacho es cierto...ha perdido a su padre. Puede que también a su madre...y ella, una muchacha, una campesina ¡Sigue luchando! ¿Cual era su secreto? Tiene el cuerpo vendado después de la anterior trifulca, y a pesar de ello sigue sonriendo. Yo ni siquiera tengo fuerzas para seguir adelante. Ni fuerzas para vengarme ni escupirles en la cara aquellos que me traicionaron. ¿Acaso ella tiene algo que yo no tengo? Ganas de vivir, supongo."

Siguió el rumbo y tomó la dirección a favor al viento que iba al norte.¡Bah! Las cosas así estaban bien, a pesar de que la madera del barco se lamentaba. Dejaría a Marina en puerto y probablemente se emborrachara y se iría de putas. ¿Para qué remover la mierda del pasado?

Pero ella iba a buscar al Corsario Negro...sus destinos estaban entrelazados. ¿Ahora qué? ¿La iba a dejar sola ante tal terrible enemigo?
No, iba a estar con ella. Por una sencilla razón. Ella podría convertirse en todo lo que él no pudo ser por el odio, la avaricia y la traición. Podría enseñarla, podría entrenarla...

"Pero ella no es tu hija, Barceló"

Se sorprendió escuchando ese comentario en su cabeza.

"No...ella no es Dulcinea, mi dulce hija"

Abrió el cofre con el oro castellano del rey. Sacó un relicario y lo abrió. Una lágrima se le escapó y se perdió entre su larga barba. Lo besó y se lo puso.

No...si ella no se rendía, él tampoco lo haría.

Tomaría el timón de su vida. Navegaría por los mares del destino y encontraría su puerto, por muchos naufragios que hubiera tenido en su vida.


El Capitán Barceló volvió a retomar el rumbo de su vida. No iba a vengarse...iba a hacer justicia.

Se puso su sombrero de ala ancha y le metió un enorme trago a la botella de ron.

"Sí...vuelvo a sentir la sangre corriendo en mí. Espérame Dulcinea, probablemente volvamos a encontrarnos pronto"

Acto seguido se santiguó y se rió a carcajadas. Le dio una vuelta con ánimo al timón del nuevo y destrozado barco y le pegó un largo trago al ron.

Seguirían adelante...como siempre.

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