domingo, 11 de diciembre de 2011

Una carta que recorre el mundo

El día se había tornado noche. El sol fogoso del sur de Castilla se había ennegrecido como si sus venas se hubieran gangrenado. Los nubarrones formaban en el cielo siendo nutridas por las nubes de pólvora de los arcabuces castellanos y mosquetes montaigneres. Los truenos resonaban en el cielo y eran respondido con los cañonazos en tierra. La guerra se recrudecía en el cielo y en la tierra. Y para colmo del correo, estaba comenzando a llover.

"Bueno, quizás así les falle la pólvora"

Joselito, el mochilero, vestido totalmente de negro y con un sombrero chambergo con las alas hacia abajo para cubrirse de la gris lluvia, estaba agazapado en los arbustos silvestres de una de las ondulaciones del monte. Bajo las faldas de las montañas y llanuras, podía ver claramente los dos frentes desde una zona relativamente segura. El frente de Montaigne estaba al norte y se habían hecho fuertes en un pequeño alcázar castellano en ruinas. Sus firmes hombres de azul y amarillo corrían de un lado para otro, llevando pólvora y balas rasas para sus cañones de seis libras. Por lo que vio el correo, los hombres de Montaigne se retiraban por la entrada secreta del castillo mientras una guarnición de cazadores y artillería les daba cobertura desde las ruinas del alcázar arruinado.
Por otro lado, los castellanos se encontraban al sur. Si bien no eran mosqueteros elegantes, firmes y bien pertrechados como los de Montaigne, eran una fuerza unida, tosca, cabezona y altiva. Los hombres del Tercio, de coleto de cuero y capacete sucio, habían tomado con valentía (ya que el armamento no estaba a su favor) las caponeras que en su momento montaron para parar la invasión. Desde las caponeras y trincheras, los veteranos voluntarios del Tercio Viejo (soldados pobres, algunos groseros y toscos, pero de gran valentía y honor) bombardeaban con sus culebrinas los muros del alcázar. Algunos guerrilleros castellanos hacían de tiradores mientras sus hermanos de armas hacían señuelos asomando sombreros o el cuerpo entero por la trinchera, para poder ver a su enemigo por encima del muro.
Joselito tomó aire y le entró un escalofrío cuando le caló el agua. Miró las cartas de su mochila. Estaban bien. Traía dos cartas para el frente, pero había llegado una nueva. Miró al hombre que estaba con él y venía de San Cristóbal con la nueva carta. Le había pagado para que llevara la carta a las caponeras. Iba a ser difícil, pero no imposible.

-Vamos chico, esa carta tiene que llegar a terreno castellano y ya casi me vi atrapado cuando me topé con un enorme ejército montaignere que iba hacia el sur, a la Reina del Mar. Yo ya traje la carta de San Cristóbal así que sigue tú.

-¡Espera, viejo!- le recriminó el joven mochilero, intentaba concentrarse mientras rezaba un rosario- Tu correo puede esperar, mi alma no.

La lluvia aumentaba de intensidad y empezaba a negar visibilidad. El mochilero lo consideró una señal para empezar la carrera por el frente. Se santiguó y salió de su escondite.

-¡Santiago!- gritó para si mismo el chico mientras empezaba a correr por la tierra mojada.

Corrió y corrió, y aumentó la velocidad de la marcha cuando escuchó grito de los montaigneres, que empezaron a disparar sobre la figura oscura que corría por tierra de nadie.

-¡Mierda, mierda!

El chico se desvió en cuanto una bala de cañón incendiaria estalló demasiado cerca de él. Corrió de frente a las caponeras castellanas y alzó los brazos en señal de no agresión.

-¡Santiago! ¡Correo! ¡Por el amor de Dios no disparéis!

El capitán del Tercio, León, vio la figura oscura acercarse a la trinchera. No necesitó gritar, se acercó a los suyos cojeando con una muleta y alzó un puño. Los veteranos cesaron el fuego y avisaron a los guerrilleros de la señal. El chico cuando alcanzó a ver la zanja castellana se lanzó de lleno, cayendo al barro.

-Ostia la virgen, que jeta tienen los gabachos. Han dejao de dispararnos plomo y ahora nos lanzan sus niños mimaos, cojones.- escupió Castellanos Jiménez, un pobre soldado del sur que no simpatizaba nada con el invasor...aunque eso era algo general de los castellanos - Bien muchacho, tú a que has venio.

-Cabo primero,- increpó el capitán León a Castellanos- yo me encargo del muchacho. Usted encárguese de ese francotirador gabacho que ya se ha llevado a tres pueblerinos voluntarios.

-Joé capitán, tengo los ojos pepos de tanta pólvora, ¿no podemos dejar que se vayan corriendo los hi de puta con el rabo entre las piernas a su puta casa?

-Ni hablar del tema. Hay que asegurarse de que esa avanzadilla llegue lo más mermada posible. Ni un respiro al invasor.

-Va, va...- respondió el arcabucero poniéndose en el frente de la caponera, con sus compañeros de penurias bajo la lluvia. Estaban amargados, pero tenían que dar una guerra sin tregua al invasor, se lo debían al pueblo sureño que tanto tiempo había mantenido a ralla un gran ejército solo con palos y piedras.

León habló con el mochilero. Éste cogió las cartas y leyó los remitentes bajo una tabla de madera para que no se mojaran demasiado.

"Mala hierba desde la Reina del Mar, otra de la esposa de uno de mis guerrilleros y...¿Marina desde San Cristóbal para el Marqués de Santiago?"

-Chico, me quedo con las cartas, pero deberás llevar esta a Santiago, tendrás que atravesar el monte y dirigirte al sur, cuando veas el río crúzalo. Ten cuidado porque tuvimos que destruirlos durante la batalla. Buena suerte y que Dios te acompañe.

Un alférez se acercó a León.

-¡Capitán, el invasor se retira a la Reina del Mar! Pero se espera una gran resistencia.

-Bien...ya nos queda menos para llegar al Mariscal.

El muchacho suspiró y se largó con un bufido y tuvo malos pensamientos hacia esa tal Marina Oliván que tanto trabajo le estaba dando. Ahora tendría que atravesar el río sin mojar el correo...¿cómo lo iba a hacer? Bueno, por lo menos el correo lo mandaba para su casa.
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El muchacho entró por la puerta norte de la ciudad y venía empapado. La ciudad amurallada de Santiago le recibió sin problemas y fue a la primera posada que encontró, para secarse y buscar información. El ambiente de la posada era brutal, maleantes y bribones infames estaban reunidos en esa cutre posada y no paraban de gritar, apostar y liarse a puñetazos. Joselito se acercó a la barra. Conocía el Gato Negro, después de todo, él vivía en esa ciudad y había servido de espía, pero nunca había entrado. Los maleantes se habían reído y burlado de la "criaturita". El mochilero hizo caso omiso.

-¡Eh! Posadero.

Un hombre con una sola muela le recibió y recogió el correo. Los hombres seguían gritando y habían empezado a lanzar botellas. Abrió los ojos sorprendido al ver la carta, pero no podía concentrarse con tanto ruido. Cogió una botella y la rompió en la barra.

-¡Eh! ¡Maleantes! ¡Callarse coño! ¡Que tengo noticias de Marina!- gritó

Los hombres dejaron de lanzar dados, pegarse de hostias y echar pulsos al unísono. Una parte de la posada sonrió y alzó su copa con un grito estruendoso de júbilo ante la noticia, la pequeña niña guerrillera se había convertido en una pequeña leyenda por ahí por "el por culo" que le había dado a algunos gabachos de las altas esferas (¡incluso se decía que le robó al Rey Sol!). La mayoría de los maleantes simplemente pasaron del tema sin saber de qué iba la cosa.

-¡Pero qué dices!- le increpó el niño.- ¡Sólo quiero que mandes esta carta al Marqués!

-Ah...- replicó el Muela,- ¿No es para mi?

-Eso no es de mi incumbencia.

-Bueno, bueno, está viva, eso me vale.- replicó mientras mandaba otro muchacho calle arriba para el castillo del "marquesito"

No tardaría demasiado en llegar.

Joselito suspiró y volvió a casa, Castañuelas le estaba esperando en la puerta con una sonrisa y su guitarra.

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-Dejad el correo en mi despacho, ya lo sabéis.- recordó Fernando Galán, apodado el "marquesito", a su secretario.- Ahora estoy comiendo.

-Solo es una carta de una tal Marina Oliván señor.

Fernando alzó el rostro por encima de los cubiertos.

-Trae esa carta.

"Después de todo lo que logramos juntos por Santiago, es lo menos que puedo hacer"

Abrió la carta sin acabar de comer. Una sonrisa se le dibujó mientras leía. Se levantó si haber terminado de comer.

-¿Señor?- dudó uno de sus criados.

-Sí, no he acabado, pero a los amigos no se les debe hacer esperar.- se excusó Fernando ante su criado para dirigirse al despacho de su padre, que ahora era suyo.

Cogió el tintero y sacó papel. Debía responder. Quería responder.

Saber de alguien en los tiempos oscuros que corrían era casi un milagro.
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Frente de la guerra Montaigne-Castilla. Una semana después de la llegada de Marina a la corte del Buen Rey Sandoval.

2 comentarios:

  1. Vaya, no sabía que causaría tanto trabajo enviar una carta...pero me alegro de que al final haya llegado a su destino.
    Espero vuestra respuesta, Fernando, impaciente.

    Marina Oliván.

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  2. "Ostia la virgen, que jeta tienen los gabachos. Han dejao de dispararnos plomo y ahora nos lanzan sus niños mimaos, cojones." (me ha encantao xD)

    En tiempos de guerra todas las noticias se temen oscuras, cuando no es así el corazón palpita bien deprisa, rebosante de alegría.

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