domingo, 7 de diciembre de 2014

Un nuevo sol (II)

Abajo, en los niveles inferiores de la prisión de los Insurgent se encontraba encerrado el que hacía un día era el hombre más poderoso de Théah. Ahora, el hombre que se proclamó Emperador por la gracia de Theus, no era más que un despojo humano. Un tirano acusado de no cuidar a su pueblo, de lapidar los fondos nacionales en favor de los caprichos de su corte hedonista y de levantar mil frentes que no podía mantener.

Leon Alexander XIV du Montaigne no tenía ni un ápice de fuerza. Encerrado en la prisión más triste de Les Insurgents, se encontraba solo, sobre un taburete en una esquina llena de hormigas. Despojado de traje elegante, su peluca y con un maquillaje ridículo emborronado, miró al tumulto de hormigas despedazar una colosal cucaracha que estaba en las últimas.

Nunca lo hubiera imaginado pero, por primera vez, el Emperador sintió una punzada de compasión. 

Jamás hubiera imaginado que sentiría pena de algo más pequeño que él.

Murmuraba en voz baja en la oscuridad, buscando otra cosa de la que ocuparse que no fuera de la dura rozadura de sus grilletes. El aire de su garganta sonaba quebrado; la voz, destrozada; su mente, embargada de autocompasión. Las hormigas habían rodeado el cuerpo de la cucaracha panza arriba y le estaban arrancando sus patas para llevárselas a un hormiguero oculto en Theus sabe dónde. El movimiento de las antenas del insecto apresado indicaba que aún conservaba un ápice de vida.

Así se sentía ahora: una cucaracha que luchaba por mantener lo poco que tenía mientras era despedazado por miles de hormigas


Entre las sombras de los pasillos de la prisión, una figura encapuchada por una túnica de viaje de terciopelo negro y costuras doradas se mantenía reflexiva en la oscuridad observando la celda iluminada del Empererur. A lo lejos del pasillo unos guardias liberaban a un reo y parecían traerlo hacia la dirección donde estaban ellos. Leon seguía ignorante, observando la cucaracha que imploraba ser aplastada por el cielo que le ofrecía la suela del regio zapato.

Mientras, el Empererur dudaba. Su pie aún vestido con sus famosos zuecos de tacón se colocó encima de la moribunda criatura. Se dispuso a aplastarlo con mucho asco y apartó la mirada, pero se detuvo. Manteniendo la suela por encima de los insectos y apoyado sobre su tacón, se atrevió a mirar la cruel escena del horrible ciclo del poder y la nada.

-Éramos los reyes de nuestros mundos. Tú, cucaracha, el insecto más grande de esta celda. Yo, emperador, el hombre más temido de Théah. Somos grandes en un mundo de pequeños insectos. Nacimos para sobrevivir en condiciones catastróficas, el calor nos ha motivado y el frío no nos achantó jamás. Allá donde fuimos creamos temor, asco y miedo en los corazones de los hombres. Nunca te paraste a pensar en esas hormigas como yo no me paré a pensar nunca en mi pueblo. ¿Para qué? Procedemos de mundos diferentes. Ellos nacieron para trabajar y nosotros para aprovecharnos de su productividad. Tú has nacido para ser la más grande de esta asquerosa celda; y yo he nacido para ser el más grande del gran continente. Nacimos para la grandeza de nuestro lugar y nuestro tiempo...¿quién puede juzgarnos si la naturaleza nos dio el poder que ostentamos? ¿Es justo que nos maltraten solo por haber decidido vivir conforme a la autoridad que nos han regalado? Fuimos grandes y mírate ahora...mírame...ahora ambos somos pasto de las masas, de insectos que nunca tomamos en cuenta y que por ello ahora se reparten nuestros restos para el invierno que se avecina. ¿Cómo hemos llegado a esto? Estaba tan obsesionado con conseguir un varón que me heredara. Si no fuera por la maldición de mi madre....

"Nunca tendrá hijos varones que te hereden". Sin embargo, toda maldición requiere la creación de un "antídoto" para poder deshacerse o para que la persona maldita pueda redimirse. La ingeniosa Reina Madre, desbordada por el odio que profesaba a su hijo, fue meticulosa con el vacío legal de su propia maldición. Sabiendo de sobra los horripilantes prejuicios que tenía su hijo hacia los castellanos y hacia las mujeres de voluntad pura, la Reina Madre decidió que la única manera que podía tener el Empereur para poder obtener su amado varón era compartiendo el lecho con una castellana de alma pura, desinteresada y de voluntad indomable. Por supuesto...nunca se lo dijo a su propio hijo, confiando conque nadie de esas características se iba a cruzar nunca con él. Sin embargo, Leon se cruzó con dos personas de esas características a lo largo de su vida. Sorte, la tejedora del destino, es caprichosa y gusta de poner a prueba a los mortales. La primera mujer fue Rosa Velázquez de Sandoval, su segunda esposa. La segunda fue Marina Oliván, una guerrillera castellana con un corazón fervoroso por deshacer cualquier entuerto. De Rosa Velázquez de Sandoval nunca sospecho que le hubiera dado un hijo en secreto cuando también nació junto a una de sus muchas hijas, Ysabette du Montaigne, menos aún que ésta ordenara esconderlo del Empereur para preservar la esperanza de un monarca legítimo educado fuera de la tiranía de su padre; de Marina Oliván sí descubrió que era apta para darle un varón, ya que el famoso fantasma del espejo del Empereur le reveló al monarca tal dicha. 

Así que por todos los medios intentó hacerse con ella. Poseerla por las buenas.

Y si no lo conseguía...lo haría por las malas. Lo que llevaba intentando hacer desde que que Marina rechazó su propuesta...

-Estuve tan ocupado con mi propia obsesión que no me di cuenta de lo que pasaba a mi alrededor. Un día eres un monarca poderoso con gran prestigio, todos te temen y te respetan, la gente te sonríe, te mienten sobre lo bien que van las cosas...de pronto tienes a tu hijo en tu contra, la corte no mueve un dedo por ti y por supuesto nadie te defiende cuando llega la hora de los lobos...

Leon se dispuso a aplastar la cucaracha, que es lo que quiso que hicieran con él cuando Marina quiso mostrar el rostro del villano que se escondía tras su máscara de monarca absoluto.

Pero una voz lo detuvo. La de la figura que le observaba desde las sombras del pasillo. Una voz joven, clara y cargada de un temblor controlado.

- Sí ha habido gente que os ha defendido, majestad.

Leon detuvo su zapato y se levantó lentamente con el ceño fruncido, como la expresión que pondría alguien al que le acaban de tirar una piedra y no sabe quién ha sido.

-¿Os burláis?

-No. Jean Marié Rois et Reines os ha estado sirviendo hasta el final. Habéis despreciado a la persona que más se ha mantenido a vuestro lado a pesar de que tenía razones de sobra para abandonaros.

Leon detuvo su andar hacia los barrotes que daban al pasillo y sus cejas se destensaron, embargadas por el peso de tal reflexión. Embargadas por el peso de tal verdad.

-¿No lo veis así, majestad?

-¿Os seguís burlando?


-¿Sobre qué ahora, majestad?- preguntaba la figura ahora con ciertos nervios.

-Me llamáis majestad cuando es evidente que ya no soy nada y que me van a ejecutar. 

-Seguís siendo Emperador hasta esta medianoche. Y sí...os van a ejecutar.

-¿Qué queréis entonces?

Pero la figura no habló. Por un momento pareció que se quedó en blanco, como si tuviera que dar un discurso frente a una multitud. Durante ese largo rato, dos guardias trajeron un gran objeto de pie envuelto en una gruesa lona blanca atada por cuerdas. Mientras los guardias deshacían los nudos, la figura ignoró a los hombres que trabajaban en las sombras y le dijo a Leon de forma casi inaudible:

-Todos hemos visto lo que Marina Oliván proyectó en el cielo de Charouse gracias a vuestro fantasma del espejo.

-Sí- gruñó Leon, incómodo por la situación.

-El pueblo lo vio. Todo.

-Lo sé. Y nadie va a olvidarlo, ¿verdad?

-¿Qué era?

Leon no respondió y volvió a su taburete. Sentía que su madre había resucitado y le echaba una reprimenda que no podía evitar oír. Y eso le enfurecía desde que era niño.

-¿Qué era?-volvió a preguntar la figura.

-Era...una imagen que reflejó ese espejo en el pasado. Era yo intentando forzar a Marina Oliván.

-¿Violarla?- preguntó el otro con la voz estrangulada.

Leon asintió con la cabeza. Querían humillarle y no quería hacerles perder el tiempo a esos morbosos que se querían regodear de su desgracia. 

-Le ofrecí todo por lo que cualquier mujer mataría. Le dí incluso poder sobre el fantasma de mi espejo, por eso consiguió mostrar esa escena ante el pueblo. Le hubiera dado todo lo que me hubiese pedido ¡Y ella me rechazó!

-¿Por qué ella? Pudiendo deleitarte con cualquier mujer de vuestra corte.

-Porque el espejo me reveló que ella me daría un varón.

-¿Y cualquier otra mujer no?

-¡No!- decía llorando desgarrado- El espejo decía una y otra vez que no lo conseguiría. Y siempre acierta. La gente dice que sobre mí pesa una maldición que reza que nunca podré obtener un varón.

Leon observó  a través de los pelos de su peluca, como un animal acorralado tras la maleza. Lloraba ya de desesperación por la tortura del interrogatorio, sentía que no podía soportar contar lo que había hecho, lo que había pensado...sentía que no quería mirarse a si mismo en el espejo.  

-Siempre es lo mismo...nunca cesará hasta que muera. Hasta entonces no dejo de pensar en otra cosa. Continuamente en mi cabeza suena un "tic-tac" que no me deja dormir, no me deja comer. ¡No me deja hacer nada! ¡Es el tiempo que corre en mi contra! Unas espadas que recorren el reloj apuñalando cada segundo que me queda de vida, avisándome de que en cualquier momento habré partido sin remedio Intento llenar el vacío de mi vida acumulando riquezas y despreciando a los demás solo para llenar ese vacío que me produce la promesa fría de una muerte próxima y segura. Mi  mente grita que debo seguir en este mundo, que necesito cumplir deseos que no cumpliría en una sola vida. Mi alma clama a mi pecho que debo prolongarme en una nueva vida, que debo seguir existiendo en una nueva forma...en un nuevo yo más joven que devuelva la gloria a mi tiempo perdido. Pero pronto me llegará la ejecución y la guillotina sonará como un baúl que encierra todos los sueños abortados por el tiempo. Si tan solo me hubiera molestado en no haberme excedido en mis pecados...

La figura lo observó y se llevó una mano al rostro para apartar una lágrima.

-Aun hay esperanza- murmuró.

 Anduvo despacio hasta la celda, sin salir de la sombra.

-Me alegra que reconozcas todos esos errores, padre. Es el primer paso a la sabiduría.

Leon alzó el rostro entre desquiciado y esperanzado. 

Lo había llamado padre.

Quien lo interrogaba entonces...no podía ser más que...

"Louis Alexander XV du Montaigne", resonó en la cabeza del Empereur. Fue lo que la gente clamaba cuando sus propios hombres le apresaban en la revuelta.

El joven se quitó la capucha, desvelando el rostro

Leon sintió enloquecer su mente en una explosión de revelaciones y de emociones acumuladas en su viejo corazón. Se levantó del taburete lentamente.

-¿El joven que habló sobre mi palco imperial sobre el cambio cuando toda esa escoria entró en mi residencia clamando sangre? ¿El que se proclamó rey después de derrotar a su supuesto padre? No eres más que un títere de conspiradores, de otros poderes. Dudo siquiera que seas mi hijo de verdad...

La figura retrocedió y se internó en la oscuridad. En un par de segundos un par de guardias avanzaron el enorme objeto vertical y lo colocaron frente a la celda, a la luz de las antorchas. De un tirón quitó la lona que tapaba el objeto. Tras una ola de polvo, las llamas de las antorchas dudaron de su muerte por el aire levantado. Cuando llegó la calma, Leon observó el espejo de su alcoba secreta y unipersonal. Dentro de su reflejo se encontraba el fantasma que le daba su poder mágico clarividente...un joven cortesano de otra época lleno de hastío y apatía.

-Preguntadle. 

Leon quedó impresionado. Y no podría inventar nada porque él mismo acababa de reconocer que la verdad del fantasma del espejo era infalible. Aunque, en realidad...no quería inventar nada. 

-Espejo...-dudó- ¿Es este joven...mi hijo?

El espejo, como de costumbre, respondió con un monosílabo.

-Sí.

Ya no quería saber más. El emperador suspiró fatigado, casi de alivio. De pronto pareció envejecer mil años en un segundo. Cayó al suelo al borde del desmayo a la altura 

-Hi...hijo mío.

-Padre, el pueblo pasó de querer entregarte a Marina Oliván a cambio de recompensas a querer asaltar tu palacio porque han visto tu verdadero rostro. 

-El rostro de la desesperación, del odio, de la lujuria y de la locura.

-Ambos sabemos que has llevado a este reino a lo alto de Théah...¿pero a que precio, padre?

-Al precio de vender mi alma y ahogarla en avaricia, hedonismo y derroche

-Hay otros caminos para el pueblo de Montagien, que ayudará a nuestras gentes a superar su hambruna y su tristeza por no poder ver a sus seres queridos.

-¿Pero cómo mantendrás la gloria que he conseguido? 

-No quiero mantener su gloria, quiero que la corona y sus gentes recupere su dignidad. Un prestigio a costa de la dignidad de un pueblo significa fracasar como rey. Prefiero ser un rey a pie de página de la historia y que no se me pueda reprochar nada, a que mi nombre esté en letras bien grandes y escriban que vendí mi alma a Legión por llevar a mi país a lo más alto a base de pisotear a los demás.

-Pero perderéis miles de riquezas...

-Ninguna persona buena consigue hacerse rica, porque acaba dejándolo donde es necesario.

-Hijo...hijo...-lloraba aplastado por la emoción Leon hasta alcanzar los barrotes. Las piernas le fallaron y cayó de rodillas frente a la figura oscura, con las rejas de por medio- ¿Cómo me has faltado tanto tiempo? ¿Y por qué vienes ahora para ordenar mi ejecución? Tú ibas a ser una prolongación de mi. Ibas a hacerme inmortal, ibas a ser mi reflejo en la eternidad...carne de mi carne, sangre de mi sangre.

Leon se detuvo y sus manos retrocedieron con miedo. No quería salir a la luz y que le vieran su viejo rostro.


¿Tan indigno le veía su hijo? Si hubiera sabido que ese hijo existía...¿hubiera cambiado su forma de ser? ¿Hubiera sido más magnánimo? 

Probablemente no. Hubiera sido incluso peor.

Su propio hijo.

Aún no lo podía creer. 

El único varón que había tenido el Empereur, aunque ni él lo supiera. Hijo que habían ocultado los conspiradores a su padre desde hacía 24 años solo para que este día pudiera darse a cabo. El día del cambio, de acelerar un derrocamiento, de cambiar la sangre vieja y tirana por una nueva, joven educada bajo los valores de la Iglesia.

Aunque no lo sabía, Louis Alexandre XV du Montaigne era llamado hasta hace unos días Domi Baduel, con una identidad confundida de un humilde pastor de los campos de Mont Sant. Así le habían ocultado la existencia de su único hijo varón. Y así le habían ocultado a Domi  su verdadera sangre azul. Delante de sus narices. 

Y ahora estaba frente a él.

Sintió rabia, sintió ira y se sintió traicionado por su hijo. Si no estuviera engrilletado, hubiera extendido sus brazos hacia adelante entre las rejas...y no sabía si quería abrazarlo o estrangular a su hijo. Avanzó por la celda para ver al traidor, quizás escupirle...pero entonces lo vio. Vio sus ojos. 

Y sintió paz. 

Leon moderó su paso y avanzó lentamente, contenido, embargado de una emoción de incredulidad y fascinación por ese rostro tan joven y lleno de energía.

"Quien pudiera volver a ser joven..."

A Leon le asustaba la edad y más aún la cercanía de la muerte. Pensaba que lo más cercano que un ser humano podía llegar a la inmortalidad era teniendo un hijo. Por eso le obsesionaba tanto tener un hijo varón, para poder verse reflejado en él. Para poder vivir a través de él.

No tenía el porte de un rey, tenía la piel curtida por el trabajo y su mirada no era altiva, sino aguda y reflexiva. Sin embargo, se veía claramente reflejado en ese rostro perfilado, barbilla cuadrada y frente aristócrata. Ahora se sentía completo.

Las dos miradas se encontraron. Padre e hijo.


-Por mi ya pueden ejecutarme...-dijo Leon.

Louis Alexander negó con la cabeza y tocó el rostro de su padre, que tembló al contacto de su hijo.

-No, padre. Es la hora del cambio. Pero no del cambio que todos decían, de cambiar al padre por el hijo. Lo he estado reflexionando, el verdadero cambio va a producirse en ti. En ambos. Saldremos de aquí juntos en alianza. Solo eres un hombre que se ha perdido en el camino...y que yo debo reconducir como un pastor busca a su oveja perdida. Volveremos al buen camino. No reinaré por ti como querían tus enemigos, no te sustituiré...reinaremos juntos como padre e hijo. Te necesito como monarca para que mantengas a ralla a las víboras de la corte y los radicales del pueblo. Pero sobre todo necesito a mi padre. Mostremos al pueblo que el perdón pueden ganarlo todos si se lo ganan.

Leon se levantó y aferró el rostro de su hijo asombrado por el porte magno que desprendía su hijo.

-¿Cómo puedes perdonarme después de las barbaridades que he causado a tanta gente?

Louis lo miró como si estuviera preparado para responder a esa pregunta. Llevaba días pensando en la respuesta.

Se juró que si encontraba la respuesta a esa pregunta, salvaría a su padre.

-Marina es la única que podía haber reclamado justicia sobre tu cabeza, por tus pecados y por tus agresiones. Si ella no se ha cobrado la justicia teniendo tu corazón entre sus manos...ninguno de nosotros somos dignos de hacerlo. Sería mancillar su piedad y su perdón. 

Leon Alexander acabó por derrumbarse. ¡Perdonado por su peor enemiga! Veía más cruel estar desprestigiado que haber muerto. 

Pero entonces ahora no gozaría de la presencia de su hijo.

Estaba confundido. La odiaba...¿o la respetaba?

-Sacad al Empereur de la celda. 

La celda quedó abierta. Pero el Empereur se volvió al interior hacia donde estaban los insectos. La cucaracha seguía agonizando.

-Ya sé en lo que nos diferenciamos. El ser humano tiene la capacidad de ahorrarnos sufrimiento entre ellos a través de la compasión...pero ¿servirá para algo?

Aplastó a la cucaracha para ahorrarle la larga agonía que aún le quedaba.
Al final del pasillo, Jean Marié estaba rodeado por dos de los guardias que le quitaban los grilletes. 

El Empereur y Jean Marie se miraron durante largo rato.

-Es hora de cambiar- le dijo Leon a Jean Marie muy serio.

Jean Marie lo miró atrincherado sobre sus ojeras y su cansancio y murmuró:

-Yo no cambiaré. Soy fiel a mis juramentos. Pero si conseguís que me sienta orgulloso de serviros y protegeros, sentiré que todo este sufrimiento haya servido para algo. Haced que valga la pena todo este dolor.

Leon Alexander no dijo nada pero agachó la cabeza. Su hijo lo recogió y se lo llevó al carruaje imperial.

Esa noche Louis Alexander ordenó no retirar los blasones imperiales de Montaigne. El Empereur no sería ejecutado y sería enclaustrado cómodamente en los jardines de la Reina Madre. Esa misma noche, Louis y Leon redactaron las primeras peticiones de paz con Castilla y Ussura, a pesar de que al Empereur no le agradaba tal política. 

Pero tendría que hacerlo. Acababan de darle una lección. Marina Oliván había destapado su verdadero y horrible rostro a su propio pueblo...y debía cambiar si quería sobrevivir.

Además el descubrimiento de su magno hijo le había aportado una paz que antes no llenaba su estómago, sus arcas o su lujuria.

Y ese día en Montaigne se amaneció con un nuevo sol. Un sol de justicia, de cambio... un resplandeciente sol amarillo libre de sangre.




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Primera noche tras asaltar Marina Oliván y sus compañeros la Chateau du Soleil para enfrentar la tiranía del Empereur León Alexander XIV du Montaigne contra el pueblo y la invasión de Castilla. 4 de noviembre de 1670, Castillo de los Insurgents, Charouse, capital de Montaigne.

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