jueves, 1 de marzo de 2012

Pactos...

La gran masa de peregrinos vaticanos acudidos a Ciudad Vaticana era un sinónimo de alegría y buena nueva. Por fin, después de tantos años de anarquía religiosa, los devotos tenían un nuevo Papa. Ricos, pobres, locales y de otras naciones, celebraban con entusiasmo que por fin alguien se sentara en el trono de los Profetas. Sí, había sido una sorpresa, todos esperaban que saliera un castellano, como es lo corriente desde que el Vaticano fue trasladada de sede desde Vodacce a Castilla y, sin embargo, no fue elegido Ricardo de Barcino... sino el preferiti vodacciano.

Y no era raro por su nacionalidad...sino por su juventud.


Christiano Ulberti, hijo predilecto de los Ulberti, familia protegida por los Villanova, salió al balcón de la plaza de San Jorge ataviado con las vestiduras de pureza de Papa.

-¡Su Santidad el Papa, Alexandros III!

El joven sonrió y avanzó divertido por la irónica situación escoltado por el resto de miembros del colegio cardenalicio. El populacho enloqueció cuando la figura del nuevo papa fue bañada por la luz del sol en el palco de la Basílica. Los aplausos se apagaron y los devotos se arrodillaron. A Christiano se le apagó la felicidad, los feligreses esperaban su misa.

¡Qué aburrido!

Pero no todo podían ser ventajas, así que, alzando la joven voz sobre las cabezas de los fieles, comenzó a orar en latín de memoria, que no de corazón. Los rostros de los cardenales mostraba seriedad, vejez, y un sentimiento extraño de frustración... el cargo papal era vitalicio y ese muchacho que probablemente había comprado su puesto parecía tener mucha vida. A la derecha del papa el ala de los cardenales castellanos más conservadores hablaban en susurros, mirando al frente dando muestra de habilidad con la discreción...parecía que oraban, pero estaban manteniendo una conversación.

-Ricardo de Barcino- comenzó diciendo el Jefe de la Inquisición Esteban Verdugo con su peculiar y oscura voz que sacaba en los interrogatorios-, has vuelto a fallarme a mi y al Gran Plan.

El viejo cardenal de la región de Barcino se movió incómodo, moviendo el peso de una pierna a otra, como si no supiera cómo afrontar aquella amenaza.

-No...no, señor. No quería que nuestros planes salieran mal...

-¿Nuestros? Tú solo eres un instrumento de nuestra causa. Solo eres un carroñero que se dirige hacia donde sopla el viento. Al fin y al cabo, no eres más que un débil y despreciable humano más. Te advertimos sobre esto, si no puedes cumplir con tu promesa, no puedes esperar que haya sitio para ti en nuestro nuevo...futuro.

-No...no...lo siento, no ha sido culpa mía. D´Argeneau debía haber muerto...fue culpa de la asesina.

-Y además, le echa las culpas de tus errores a los demás...patético. Lo siento, pero te ofrecimos nuestro poder a cambio de una absoluta lealtad y obediencia. Está claro que no nos eres ya útil.

-P-piedad, señor.

-¿Piedad? La piedad se la dejo a Dios nuestro Señor. Éste será vuestro último amanecer, Ricardo.

-¡No!- exclamó en un suspiro agónico el viejo- Aún puedo seros útil. Yo...yo...puedo poner a uno de los vuestros como ujier en la coronación... estaría lo suficientemente cerca del Rey como para...

-Bien. Veo que aún vale de algo tu patética vida. Permitidme un consejo: no aceptéis un trato que no podéis pagar...y menos con nosotros. Nosotros siempre cumplimos, si tú no lo haces, lo pagarás con tu alma.

Ricardo de Barcino leyó en los ojos ceniza de Verdugo que lo decía literalmente.

-B-bien, señor. Mi vida por serviros.

-Así sea.

La gente clamó el final de la oración y Verdugo bajó a la Basílica para que el Papa diera las primeras órdenes y misa a sus lugartenientes. Mientras el Papa daba su discurso inicial, a su lado reconoció el olor humano de Harold, el fiel perro de guerra del Maestro.

-Marina Oliván...está en Ciudad Vaticana- susurró ásperamente el espadachín.

El se quedó un rato pensando mientras oía de fondo cómo retumbaba las órdenes del recién nombrado Alexandros III.

- Nunca dejará de sorprenderme la estupidez humana.

-Casi seguro que fue ella la chica que alertó a los hombres de Christiano, impidiendo el asesinato d´Argeneau.

-Y la responsable de la breve ausencia de Bernardo.

-Sí, señor.

-Has acabado con ella ¿no?

-No...señor. Hay circunstancias que no me permiten llevar la ejecución a cabo.- se excusó aludiendo a las dolencias abstractas.

-No, Harold. Lo único que te impide hacer lo que debes...se encuentra en tu interior. Largaos, informaré al Maestre antes de que se marche a Eisen con Espada, tiene muchos planes que tratar.

Harold puso un puño en el pecho y se marchó, alimentando su odio y su furia...que volvía a él como un torrente de malevolencia, volvía a encontrarse bien...

1 comentario:

  1. Lamento que, una vez más, el trato de Ricardo de Barcino no vaya a salir bien, o al menos no de la forma esperada.

    Marina Oliván.

    ResponderEliminar

La hora del dolor (III)

¡Disparo, disparo, disparo y disparo! ¡Já! Chequeo y...como siempre, ningún agujerito en el torso. Como era de esperar, no me han dado. ...