miércoles, 12 de diciembre de 2012

Atlantis (I)

Desde las alturas se podía ver la gran ciudad blanca, solitaria y rodeada por el vasto océano. La blancura de las murallas y las torres se confundían con la espuma sedosa del mar eterno. Supervivientes y regias, las colosales torres albinas nacían de los océanos y se alzaban como un titan paciente y terrible que evitaba que las aguas engulleran el interior de la civilización. La protegían con un escudo de fuerza invisible, firmes contra el tiempo, escudados contra el viento y la marea, contra lo imposible, contra la grandeza del mundo y el terrible poder de los océanos. Era una ciudad imposible, pero era mucho más.

Era el símbolo la civilización contra la naturaleza. El recuerdo de nuestra civilización antigua conviviendo con Gaia.


La ciudad pálida y marítima estaba investida con la gran capa de los océanos, coronada por el cielo y blandiendo su cetro la Gran Torre de Marfil que vigilaba en el centro de todo. La aguja de la torre casi acariciaba el cielo cual Torre de Babel, y su punta fraccionaba en mil pedazos la luz de los astros con un sistema complejo de cristales-espejo. Las gotas de luz rompían en el cielo cristalinas y caían suavemente sobre la ciudad. Dentro de sus murallas crecía la vida, verde, equilibrada, armoniosa, bella y luminosa; mientras que tenía que convivir con el control de la tecnología, los vehículos elegantes, las luces artificiales, y los cambios de la ciudad. Al igual que la naturaleza, los edificios cóncavos y cilíndricos de la ciudad blanca crecían, se ensanchaban, ascendían o se ocultaban bajo tierra mediante los engranajes y bisagras enormes que hacían funcionar la ciudad como un gigante reloj conforme lo iban necesitando sus huéspedes. Un reloj que marcaba el tic y el tac de nuestra civilización, pero desconocíamos que nuestra arrogancia marcaba en su reloj el próximo fin. Habíamos conseguido la fusión entre máquina y naturaleza. Y por nuestra culpa, algunos de nosotros quisieron más y más. Sin quererlo, alimentamos la avaricia de algunos de los nuestros.

Quisieron a Gaia dominada por el Deux Machina, el dios máquina.

Qué arrogantes fuimos...


Nuestro equilibrio estaba a punto de romperse. No era un lugar excesivamente contaminado, la tecnología seguía un sistema complejo basado en la sencillez, pero había algunos que querían más. Sistemas y protocolos de seguridad ante las devoradoras olas permitían existir a la antigua civilización donde Dios no podía permitir la vida. Pero toda esa seguridad y fortificación contra la cólera de Gaia no le impedía ser una de las civilizaciones más bellas del mundo. Solo desde el cielo se podía ver el perfecto equilibrio de la ciudad, construida por círculos armoniosos que se comunicaban por una perfecta red de redes de plastiacero cabalgando por encima de las rugientes olas. Las ventanas de nuestras casas eran una arquitectura altamente avanzada en tecnología y claramente superior a la humana a años luz. Los ciudadanos se comunicaban por hologramas en tiempo real y muchos de nosotros nos transportábamos por hovercrafts diseñados como los barcos de vela que copiaron las civilizaciones clásicas de la humanidad.

Poseíamos una tecnología superior a la que ha tenido tiempo de poseer los humanos. Y mientras nosotros clavávamos nuestros estandartes por el mundo, los humanos estaban a punto de descubrir el fuego.

Nosotros somos los Syrneth. Y estuvimos mucho antes que vosotros.



Y aunque éramos superiores, fue nuestra codicia la que nos hizo caer ante los ojos de Dios. Una bestia que vive en todos los corazones, incluso en una raza tan superior como la nuestra. Os llevábamos años luz en cuanto a conocimientos, pero nuestros corazones no se diferenciaban mucho de los humanos. Y ahora, estáis a punto de permitir que el mismo error se reproduzca: dejar que las cadenas del honor, la virtud y la bondad liberen las múltiples cabezas de la arrogancia, la crueldad y el dolor.

Estamos en la Atlántida, cuna de la civilización de la mística civilización Syrneth. Y éste era mi hogar. El que decidí hundir para proteger al mundo de nosotros mismos.

Esta es la historia de lo que nos ocurrió hace miles de años. Y vosotros estáis a punto volver a permitir nuestra tragedia


Os avisé...

A la Bestia encerramos para protegeros.

...y estáis a punto de no entender de que algunos de los vuestros están siguiendo nuestros errores. Vuestro fin se acerca. Vosotros elegís. Salvación y muerte.

Vosotros aún podéis evitarlo. La humanidad debe decidir qué es lo que mueve  vuestro mundo.

No debéis perderlo todo solo porque algunos querían un poco más.

Nosotros solo deseamos un poco más, solo un poco más...hasta que el mundo se nos quedó pequeño y deseamos la creación.  Y cuando yo, decidí que debíamos parar, nadie me quiso escuchar. La avaricia había germinado en nuestros corazones. Era demasiado tarde. Ya no hubo vuelta atrás.

Debíamos morir...

Atlas

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